Veracruz, textos de su historia

TEXTOS DE SU HISTORIA

TOMO I

V E R A C R U Z
COMPILADORA: CARMEN BLÁZQUEZ DOMÍNGUEZ

GOBIERNO DEL ESTADO DE VERACRUZ

INSTITUTO VERACRUZANO DE CULTURA

INSTITUTO DE INVESTIGACIONES DR. JOSÉ MARÍA LUIS MORA

Primera Edición 1988

Ó Derechos reservados

conforme a la ley, 1988

Instituto de Investigaciones

Dr. José María Luis Mora

Plaza Valentín Gómez Farías, 12

San Juan 03730, México, D.F.

ISBN 968-6173-60-9 obra completa

ISBN 968-6173-61-7 Tomo I

Impreso en México

En cumplimiento del objetivo de “Regionalizar y desconcentrar la educación superior, la investigación y la cultura”, propuesto en el Programa Nacional de Educación, Cultura, Recreación y Deporte 1984-1988, el Proyecto Estratégico Núm. 14, “Regionalización y Coordinación de la Educación Superior y la Investigación Científica y Tecnológica” contribuye a la edición de Veracruz, textos de su historia…

Presentación

La historia, más que una simple relación de hechos, constituye el testimonio del esfuerzo del hombre y la capacidad de los pueblos, por transformar su circunstancia, y recuperar los obstáculos que se oponen a su indeclinable voluntad, de ser y de trascender.

Apoyado en el impulso enérgico de su inteligencia y de su determinación, que le permiten optar por las alternativas más viables, el hombre va acumulando hechos y sucesos, que enriquecen su experiencia colectiva. El pasado, así, se convierte en una elección de inapreciable valor práctico. De ahí que la historia, como repentinamente se afirma, sea la mejor maestra de la humanidad.

Veracruz, comparte una extraordinaria variedad de experiencias históricas comunes con la patria. Su posición geográfica, ha sido definitiva y notable en nuestro acontecer. Nuestra entidad se encuentra enclavada en una región de privilegiada apertura hacia el golfo, que alterna, por igual, montañas, llanuras, lagunas, selvas y bosques.

En Veracruz se desarrolló la cultura olmeca, la cual constituye el germen originario de las civilizaciones mesoamericanas. Aquí se estableció el primer ayuntamiento de América Continental. En diversas etapas de nuestra existencia, el puerto de Veracruz ha sido la sede de los poderes de la nación. Por mucho tiempo fue puerta principal de acceso y de salida para la actividad comercial del país. Nuestra composición étnica, ha sido heterogénea y proclive al mestizaje, con los rasgos y características donde se sustenta el perfil de nuestra nacionalidad.

Aquí florece, un espíritu libertario. El mismo que encendió una de las primeras rebeliones de emancipación que precedieron a la lucha de la independencia, cuando se suscitó en nuestro territorio, el movimiento rebelde de los esclavos negros, que encabezara Yanga, en la región de Córdoba, donde se firmaron los tratados que reconocieron la independencia de México, frente a la hegemonía de la corona española.

La historia del territorio que conforma el estado de Veracruz, es parte decisiva y fundamental de a historia de México. Puede afirmarse que sin el conocimiento del acontecer regional, no es posible comprender cabalmente el proceso vital de nuestro país. En nuestra vasta geografía inciden acontecimientos determinantes, como las heroicas defensas contra las invasiones extranjeras. En ella se localizan los próceres y personalidades que han intervenido directamente en su acontecer político, económico y social. En ella se encuentran las legislaciones que de esta tierra han emanado, producto de su permanente lucha por alcanzar la independencia y mantener la libertad.

En el contenido de este libro, queda de manifiesto la riqueza del suelo veracruzano. Se expresa el nacimiento, a principios del siglo XX, de los primeros centros fabriles. Se analizan las formas de producción, así como los cultivos que perduran y los que han desaparecido. Se señala nuestra producción agrícola y se muestra la importancia de la ganadería y de otras ramas productivas, del rico y variado potencial con que cuenta nuestra entidad.

El gobierno del estado, a través del Instituto de Investigaciones “Dr. José María Luis Mora” y del Instituto Veracruzano de Cultura, presenta y edita la historia donde se cimenta la grandeza de su pueblo. Lo hace con la finalidad de que los estudiosos continúen esta tarea, de carácter regional, que es fundamental para acrecentar la historia patria. Lo hace para que los veracruzanos conozcan las heroicas gesta aquí consignadas, los ejemplos elocuentes del empeño y la voluntad de sus antecesores, por construir una historia digna y trascendente. Lo hace para que a través de su conocimiento se proyecte su futuro y se perfile su porvenir.

C. Fernando Gutiérrez Barrios.

Gobernador Constitucional del Estado

de Veracruz-Llave

Introducción

La selección de textos que se presenta en esta antología intenta proporcionar

una visión global del desarrollo histórico de Veracruz a partir de la etapa de la lucha insurgente y hasta la consolidación del Estado con la llegada al poder de Adalberto Tejeda, en la segunda década del siglo XX. No se pretendió realizar una gran obra analítica que profundizara en la temática desconocida o aun polémica del proceso histórico veracruzano; la meta fijada fue reconstruir la historia regional con base en los testimonios de sus protagonistas y a los esfuerzos realizados tanto por historiadores veracruzanos, que tratan de explicar su propio pasado histórico, como por historiadores nacionales que cuestionan las vinculaciones existentes entre el acontecer local y el panorama histórico del país.

Su justificación radica en la utilidad que pueda brindar a maestros, alumnos y público en general para el conocimiento del origen de los procesos regionales del que proviene su presente actual. También busca ayudar a descubrir la revelación del campo de la historia regional, las perspectivas de análisis distintas y novedosas que se hallan en ella, los temas vírgenes y las lagunas documentales.

Su elaboración requirió una búsqueda minuciosa en bibliotecas de la ciudad de México y de la ciudad de Xalapa, en donde se enfrentaron dos de las características más comunes de la bibliografía veracruzana, su dispersión y su escasez. Hubo que resolver la casi total inexistencia de material de algunos periodos históricos, como es el caso del porfiriato, o la abundancia de documentación sobre sucesos específicos como la independencia, la guerra de 1847 o la Reforma. Quizás, debido a estas circunstancias, la mayoría de los estudios y monografías consultadas siguen las divisiones tradicionales de la historia nacional. A lo anterior debe agregarse el hecho de que no ha sido, sino hasta tiempos recientes, cuando ha intentado crearse en el estado de Veracruz la conciencia de que es necesario rescatar y preservar los testimonios del pasado veracruzano.

En consecuencia, fue necesario utilizar para nuestra tarea, en repetidas ocasiones, dos obras básicas en la historiografía de Veracruz, la Historia Antigua y Moderna de Xalapa y de las Revoluciones del Estado de Veracruz de Manuel Rivera Cambas, y la Historia de la Heroica Ciudad de Veracruz, y la colección documental publicada por el gobierno estatal en el presente año, bajo el título de Estado de Veracruz. Informes de sus Gobernadores, 1826-1986, que igualmente se utilizó para las décadas posteriores. Otros autores cuyos escritos resultaron de gran ayuda, fueron Juan Zilli, Luis Chávez Orozco, Enrique Florescano, Sara García Iglesias, Miguel Domínguez Loyo, margo Glantz y Leonardo Pasquel. En el caso de los dos últimos debe hacerse una mención especial, puesto que sus textos relativos a viajeros en tierra veracruzana, brindan la imagen de épocas determinadas, así como los de Manuel Payno, Guillermo Prieto y Charles Brasseur. Para la etapa revolucionaria fue indispensable echar mano de obras de reciente aparición realizadas por Berta Ulloa, Romana Falcón y Soledad García Morales, Ricardo Corzo, José González Sierra y David Skerritt.

En términos generales, la antología se estructuró adecuándose a las posibilidades del material seleccionado. Se formaron capítulos que incluyeron, a su vez, un número variable de apartados, a través de los cuales se hace evidente el hilo conductor que se ha forjado para la historiografía veracruzana: el relativo a las cuestiones políticas; dejándose de lado aspectos de vital importancia, inclusive para la comprensión del mismo trasfondo político como son la sociedad y la economía locales.

La selección de textos se inició ubicando a la tierra veracruzana y señalando sus características específicas, en relación a la orografía, hidrografía y clima que, en cierta medida, determinaron la situación de los asentamientos humanos. Fueron precisamente circunstancias geográficas las que condicionaron la concentración de la población en la región central de la entidad y en la que también influyó la decisión colonial de transformar al puerto de Veracruz en el punto de entrada a la Nueva España. Esta última circunstancia dio lugar a la construcción de un sistema de comunicaciones a través de la misma región central veracruzana, que respondía a movimientos comerciales de larga distancia, y que persistió después de la independencia, fortaleciendo los grupos mercantiles creados en Veracruz, Xalapa, Córdoba y Orizaba e incrementando la relevancia del comercio dentro de la economía local.

De manera que, a lo largo de la primera mitad del siglo XIX, es notoria la interrelación entre movimiento mercantil y juego político, a la que debe añadirse un factor más, la figura de Antonio López de Santa Anna, caudillo regional de impacto nacional cuya influencia y carisma se dejó sentir constantemente entre su “clientela” veracruzana, ajustándose al concepto del “hombre providencial”. Su nombre se asoció, con razón o sin ella, a la mayoría de los levantamientos y asonadas que tuvieron lugar en esta época, conocida también como etapa santanista; sus múltiples actividades tuvieron lugar en otras partes del país, poniendo de manifiesto las extensas relaciones de las oligarquías regionales.

La época de Santa Anna significó también para Veracruz tiempos de guerras extranjeras, de fluctuaciones políticas y de búsqueda de identidad regional; etapa de inestabilidad que repercutió en su desarrollo económico.

La última dictadura santanista trajo consigo una pérdida paulatina de la credibilidad del caudillo y dio paso a la definición política, al surgimiento de un régimen liberal y a la conformación de nuevas estructuras de poder derivadas del triunfo de Ayutla y consolidadas a lo largo de la guerra de Reforma y de la intervención francesa. En este nuevo periodo surge nuevamente el papel de vital importancia que tienen los grupos mercantiles, ahora asociados al régimen establecido que pugna por su sobrevivencia, pero que puede brindarles la libertad económica que buscan y garantizarles la permanencia de sus fuentes de acumulación de capital.

Las últimas décadas del siglo XIX marcaron para el territorio veracruzano una época de avances y de progresos. Gobernadores como Francisco Hernández y Hernández, Apolinar Castillo y Juan de la Luz Enríquez, liberales de afiliación, tienen en sus manos esa tarea que llevan a cabo, pese a las inevitables rebeliones y a las pugnas que comienzan a surgir entre juaristas, lerdistas y porfiristas. Las estructuras políticas se afianzan y, de esta forma, se entra en el porfiriato; a los gobiernos de Luis Mier y Terán y de Teodoro A. Dehesa en el poder. Continúan los progresos veracruzanos, se abren las puertas al capital extranjero, se impulsan las comunicaciones, en especial el ferrocarril, y promueve la cultura, pero bajo la “paz porfiriana” late el descontento provocado por la concentración de la propiedad rural, la fuerza de las compañías extranjeras y las condiciones de obreros y campesinos.

Aparecen, pues, los primeros brotes de rebelión. Llegan a Veracruz las influencias de otros revolucionarios, los trabajadores comienzan a organizarse y aparece la represión. Río Blanco y Santa Rosa son la prueba. El maderismo s acogido primero, y después el constitucionalismo. Nueva época de inestabilidad pública, de ocupación extranjera; y de división revolucionaria de la que surgen otras estructuras económicas, sociales y políticas más acordes con los cambios de la época, en los revolucionarios como Cándido Aguilar y Adalberto Tejeda dan a Veracruz una nueva configuración.

Advertencia

El trabajo que se presenta forma parte de uno de los proyectos del Instituto de Investigaciones Dr. José Ma. Luis Mora por medio del cual se pretende obtener una serie de antologías, bibliográficas comentadas, cronologías y síntesis históricas regionales que brinden la posibilidad de conocer el desarrollo histórico de los diferentes estados que conforman la Federación mexicana. En consecuencia, se ha intentado conservar una cierta similitud en relación a la forma de presentar los textos seleccionados.

Tal es el caso de los prólogos y prologuillos que aparecen centrados en letras cursivas y cuyo objeto es doble, es decir, proporcionar una visión del acontecer local o nacional y ubicar cronológicamente algunos documentos. Los títulos y subtítulos en cursivas pertenecen a la compiladora. Los datos que aparecen a pie de página, señalados con un asterisco, consignan la ficha bibliográfica o hemerográfica a la cual corresponde el fragmento antologado. La palabra “(selección)”, indica que en el texto no se ha respetado el orden que sigue el autor.

Por último, en nuestro caso particular se optó, con el objeto de dar mayor fluidez a la lectura, por omitir las notas bibliográficas, siglas de archivos, fuentes primarias y citas en las obras de publicación reciente, cuyo aparato crítico resulta apegado a las normas de la historiografía actual.

La tierra veracruzana

DESCRIPCIÓN GENERAL DEL ESTADO

John Reginald Southworth*

Veracruz, el más rico y uno de los más pintorescos e interesantes estados de la República mexicana, se encuentra situado entre los 17°10’30’’ de latitud norte y entre los 10°28’ y 5°30’’ de longitud este de la ciudad de México. Bañan sus extensas costas las calientes aguas del Golfo de México y sus límites se encuentran comprendidos entre las barras de Tampico y Tonalá, respectivas desembocaduras de los ríos Pánuco y Tancochapa, abarcando una extensión costera de más de cuatrocientas treinta y siete millas, o sean setecientos kilómetros.

La gran cadena oriental de la Sierra Madre ocupa la región central del lado este del estado y lo separa del estado de Puebla y de los extensos y elevados valles formados por las sierras oriental, occidental y del sur. Por el norte, el río Tamesi, afluente del Pánuco, depara a Veracruz del estado de Tamaulipas. En su curso medio, este mismo río lo divide del estado de San Luis Potosí, y el río Tempoal con sus diversos tributarios y el río Calabozo lo separan den estado de Hidalgo: por el lado sur, varios caudalosos ríos, el Blanco, Tonto y Colorado, y los encrespados filos del Zapoteacan forman la línea divisoria entre los estados de Veracruz y Oaxaca. La anchura del estado es sobremanera irregular y relacionándose con las cimas montañosas de la cadena que cierra el gran valle de México varía de 20 a 138 millas. La superficie del estado es de 38 521 millas, o sean, 71 116 kilómetros. Bajo el punto de vista topográfico es el estado de lo más accidentado y en él se encuentran todos los productos y todas las temperaturas imaginables. A lo largo de las costas, el terreno es bajo, formando ensenadas y golfos, pantanoso algunas veces, menos en la parte sur del estado, pues allí las montañas se adelantan atrevidamente hasta bañarse en aguas del océano, como mudos centinelas que desafían las tempestuosas y encrespadas ondas del Atlántico. En algunos lugares estas planicies bajas se prolongan bastante tierra adentro, pero generalmente el terreno asciende rápidamente por lomas y montañas cubiertas de exuberante vegetación y salvando los fértiles valles que a su paso se encuentran, escala los dos puntos más elevados, a saber, el famoso Pico de Orizaba, volcán ya extinguido, con una altura de 17 905 pies y con su cumbre cubiertas de perpetuas nieves, y el majestuoso e histórico Nauchampatepetl o Cofre de Perote, cuya altura es de 12 608 pies. La altura media de esta inmensa región montañosa es de 2 000 a 5 000 pies sobre el nivel del mar. Maravillosa vegetación y espesos bosques de maderas preciosas tapizan las vertientes de estas montañas.

Debido a sus múltiples arroyos, a sus ríos navegables y a sus caídas de agua, el estado de Veracruz se vanagloria de ser el mejor irrigado de la República. Formados, ya sea por manantiales naturales de purísimas aguas, ya por las nieves que se funden en las cumbres de los volcanes, incontables cursos de agua se desprenden de las faldas de las montañas. Estos, al llegar a los valles se encuentran convertidos en poderosas cascadas que imparten movimiento y vida a las numerosas fábricas y establecimientos industriales que posee el estado.

Al terminarse las magníficas obras que actualmente se llevan a cabo en su bahía, el puerto de Veracruz llegará a ser el lugar marítimo de más importancia al sur de Nueva York. Y esto, complementado por los importantes trabajos que mejorarán el puerto de Coatzacoalcos, hará que Veracruz posea, por medio del ferrocarril del Istmo de Tehuantepec, un camino directo para el puerto de Salina Cruz en el océano Pacífico, lo cual le facilitará, en no muy lejanos tiempos, los medios de abrirse en el Extremo Oriente seguros mercados para los productos de su suelo. No dista mucho, en efecto, el día en que los industriales de los estados del este de la República Mexicana, se vean indefectiblemente obligados a buscar salida para la excedencia de sus productos y esta no podrá ser otra que el Extremo Oriente con sus mercados siempre abiertos y necesitados. Al quedar terminados los puertos de Coatzacoalcos, Veracruz, Salina Cruz los productores de México tendrán una vía tan directa como rápida para los mercados orientales teniendo en sus comunicaciones varios días de ventaja sobre sus competidores europeos. No deja esto de ser una simple previsión del porvenir, pero puede asegurarse, sin temor de equivocación, que las fáciles vías comerciales de que se dispondrá dentro de breve tiempo es las costas veracruzanas, desarrollarán en todos sentidos los incontables recursos del estado de Veracruz hoy día abandonados al más profundo de los sueños.

* El Estado de Veracruz-Llave, su historia, agricultura, comercio e industria en inglés y español, Liverpool, Blake an Mackenzie Printers, 1900, p. 5-6.

OROGRAFÍA, HIDROGRAFÍA Y CLIMA

Alfonso Luis Velasco*

Veracruz es una de las regiones más bellas y más ricas de la tierra. Desde las orillas del Pánuco hasta los márgenes del Tancochapa presenta una costa bordada de cocoteros y de selvas vírgenes, tapizadas de florestales e inundadas de embalsamados aromas. Las aves de mil colores cruzan el espacio, alegrando con sus cantos la naturaleza veracruzana, rica y exuberante. Las sabanas de la costa forman, en algunos lugares, pintoresco contraste con los bosques que van cubriendo los primeros escalones de la cordillera. El sol se deleita irisando sus rayos más lindos sobre los verdes penachos de los palmeros, y jugando sus iris entre las ondas del Golfo o en las aguas de los ríos, las aguas y los mil arroyos que surcan el terreno. Los manglares forman valla a las azuladas corrientes de agua, y en el ramaje cantan los pájaros y chillan las greguerías de cotorras y chachalacas. Pero esta no es toda la belleza de Veracruz. Los cafetales, los tabacales, los jardines, los sembradíos, etc., bordan las colinas y adornan los campos, donde la naturaleza ha hecho prodigios para presentantes deslumbrante al observador.

El Citlaltepetl, destacándose majestuoso sobre la Cordillera, y presentándose puro como una idealidad, con su túnica de nieve, coronada por una estrella, que tal forma presenta la montaña, parece desafiar al Golfo, y deslumbrarlo con su mágica belleza. El Cofre de Perote se levanta cerca de él, presentando humilde su menos soberbia belleza.

El Papaloapan parece enamorado de la tierra que baña, y hace de los campos que atraviesa vergeles encantadores. Pero no terminaría jamás de describir la naturaleza veracruzana, si fuese juntando mis recuerdos e impresiones. Es fuerza ir por orden y saber que el Estado es la llave del comercio de México; el que provee al país de arroz, tabaco, café, frutas, maderas, etc.; el lugar en que han nacido Clavijero, Gorostiza, Miguel y Sebastián Lerdo de Tejada, Llave, Hernández y Hernández, Alegre, Gutiérrez Zamora, Ciriaco Vázquez y otros mil; y donde Don Guadalupe Victoria alcanzó triunfos contra los realistas, y el ejército francés recibió duras lecciones del patriotismo mexicano. Paso a describirlo, aun cuando sea de una manera general.

1. Situación geográfica

El estado de Veracruz se halla situado entre los 17°10’30’’ y los 22°19’25’’ de latitud norte, y entre 0°28’ y los 5°30’’ de longitud oriental del meridiano de la ciudad de México.

2. Límites

El estado de Tamaulipas le sirve de límite por el noreste, separándolos los ríos Pánuco y Tamesín, y una línea convencional entre los dos ríos; el de San Luis Potosí lo limita al oeste, desde la orilla del Pánuco hasta cerca del río del Capadero; el del Hidalgo lo limita al occidente, desde el límite de éste con el de San Luis, hasta el sur del cantón de Chicontepec; el de Puebla lo limita , desde el límite con el de Hidalgo, hasta la parte sur del cantón de Zongolica, en la orilla del río Tonto; el de Oaxaca lo limita en la parte sur, desde el río Tonto hasta el de Tancochapa; el de Tabasco lo limita al sureste, separando a ambos estados el río de Tancochapa, y el Golfo de México le sirve de límite por el de oriente, desde la Barra de Tonalá, en el límite con Tabasco, hasta la de Tampico en el límite con Tamaulipas.

3. Extensión superficial

El estado mide una superficie de 71 116 (setenta y un mil ciento dieciséis) kilómetros.

4. Aspecto físico

El estado de Veracruz ocupa una faja estrecha y larga de terrenos que gradualmente va ascendiendo desde las costas, hasta formar los primeros escalones de la Sierra Madre, que en el interior da lugar a la Mesa Central de la república, cuyos bordes tocan la extremidad suroeste del cantón de Chicontepec y la parte occidental del de Jalacingo. Casi todo el terreno es montañoso, presentando sólo hacia las costas algunas tierras llanas que forman las sabanas. La región meridional del estado, ocupada por los cantones de Cosamaloapan, Tuxtlas, Acayucan y Minatitlán, es completamente llana, menos en la parte norte de los cantones de Tuxtlas y Acayucan, donde se encuentran el volcán de San Andrés y la sierra de San Martín. Toda esta región denominada BAJOS, está surcada por multitud de arroyos y ríos, cubierta de bosques, de algodonales y de sembradíos.

La región central del estado es completamente montañosa, excepto en la costa, donde es llana, y en algunos lugares, pantanosa. Aquí presenta la Sierra Madre todas sus bellezas. Las intrincadas serranías que cruzan los cantones de Zongolica, Orizaba, Córdoba, Huatusto, Coatepec, Xalapa y Jalacingo, forman pintorescos paisajes, y sus alturas se coronan de pinares, ocotales y oyameles. En ellas se descubre el majestuoso Citlaltepetl, en la parte norte del cantón de Orizaba, y en el sur del de Jalacingo el hermoso Cofre de Perote. Las faldas de la sierra dejan sus últimas ondulaciones sobre la región marítima de los cantones de Veracruz, Xalapa y Misantla, hasta dar lugar a los llanos que van a encontrar las arenas del golfo. La cordillera de la Sierra Madre veracruzana se comunica por medio de obras naturales con la mesa central. Esta región está regada por muchos ríos y arroyos, y es una de las más bellas de la tierra. La región septentrional del estado es montañosa, y se halla atravesada por multitud de corrientes. Cúbrenla inmensos bosques que desde la costa admiran, y en la parte oriental de ella se dilata la extensa laguna de Tamiahua. El Golfo de México baña la región oriental que tiene la forma de un arco de círculo. La mayor anchura la presenta el estado en la región central, y la menor en el cantón de Misantla.

5. Litoral

Como hemos visto, las costas veracruzanas están bañadas por el Golfo de México. Tienen una extensión de 700 kilómetros, desde la barra de Tampico al noroeste, hasta la de Tonalá, al sureste.

Viniendo del noreste al sureste, se encuentran: la Barra de Tampico y la Punta de Jerez, en el cantón de Ozuluama; el cabo Rojo hacia los 21°29’58’’ latitud norte y 1°34’ longitud oriental de México; la isla Blanquilla; el bajo del Medio; la isla de Lobos; la punta Majahua; el bajo de Tangüijo; el segundo bajo del Medio; la barra de Tangüijo, que comunica la laguna de Tamiahua con el Golfo de México, y en el interior del cual se hallan las islas de Juana Ramírez y Burros, en la parte de la laguna que corresponde a Ozuluama; y las del Toro, Frijoles, Pájaros y del Idolo, al de Tuxpan; el bajo de Tuxpan; la barra de Tuxpan, que da acceso al puerto de Tuxpan, situado a orillas del río de su nombre y a poca distancia del Golfo, la punta de Piedras y la barra de Cazones, en el límite entre los cantones de Tuxpan y Papantla.

Las barras del Tejón, Tenextepec, Limón y Tecolutla, la punta de Cerro Gordo y la barra de Nautla en el límite entre os cantones de Papantla y Misantla, se encuentran en el litoral del primero.

En las costas del de Misantla se encuentra la barra de Palmas y la de Vega y la punta de Piedras.

En el litoral del de Xalapa se hallan la punta Delgada, punta María Andrea, barra Laguna Verde, punta Bernal y punta Peñón.

En la costa del de Veracruz se encuentran la punta de la Mancha, la barra Juan Ángel, la punta Zempoala, la barra de Chachalacas, la barra de la Antigua, punta Gorda, el puerto de Veracruz, y frente a él el islote de Ulúa y las islas de la Lavandera, Gallegas, Galleguillas, Blanquilla, Anegada de Adentro, Isla Verde, Pájaros y Sacrificios; punta de Hornos, punta Mocambo, el puerto de Antón Lizardo y frente a él las islas Blanquilla, Chopas, Palo, Anegada de Afuera, Anegadilla, Topatillo y los arrecifes del Medio, del Rizo y Cabeza; punta Coyol, Barra Vieja, la barra de Alvarado que comunica la laguna del mismo nombre con el Golfo y el puerto de Alvarado.

En el litoral del cantón de los Tuxtlas se hallan: la punta de Arenas, la barra de Cañas, la dos puntas de Piedras, la punta de Terrón, las puntas Roca Partida, Ermita, Organos y Morrillos, la barra de Santecomapan que comunica la laguna de su nombre con el mar, y las puntas Carrizal y Zapotitlán.

En la costa del catón de Acayucan, ocupada casi en su totalidad por la sierra de San Martín, se hallan los bajos y la punta de San Juan.

El litoral del cantón de Minatitlán tiene la Barrilla, la barra de Coatzacoalcos y la barra de Tonalá en el límite con Tabasco, en la desembocadura del Taconchapa.

La costa de la región norte del estado es conocida bajo el nombre de Barlovento; y desde Veracruz hasta la barra de Tonalá, esto es, la costa sur, se denomina de Sotavento.

En la costa del cantón de Veracruz se encuentran los faros “Juárez” y “Ulúa”, que tienen una visibilidad de 15 millas marinas.

6. Descripción hidrográfica

El estado de Veracruz se puede dividir en dos grandes regiones hidrográficas: la del norte, que comienza en el río Pánuco y termina en el río Blanco, y la del sur que comienza desde este río y termina en el Tancochapa. Muchas diferencias geológicas dan lugar a esta división.

La región hidrográfica del norte es completamente accidentada, y los ríos y arroyos descienden de la cordillera, presentando paisajes menos pintorescos que los de la región meridional.

La región hidrográfica del sur es completamente llana, excepto en una pequeña parte, al noroeste, en los cantones de Zongólica y Orizaba, donde la Sierra Madre se presenta con toda su fragosidad.

10. Clima

El clima del estado es muy variable. En todo el litoral, en la región del sur, y en lugares poco elevados, el clima es caliente y malsano. En los puertos son frecuentes la fiebre amarilla, la disentería y el vómito; este último aparece en mayo o junio y hace estragos hasta fines de septiembre.

En los lugares más elevados, que pasan de 1 000 metros de altura, el clima es templado-cálido, y a veces húmedo, como en Orizaba y Xalapa, donde llovizna casi diariamente.

Todas las vertientes de la cordillera Central, con especialidad los valles y las cañadas, gozan de un clima templado-cálido y sano.

Más allá de los 1 500 metros se empieza a sentir el clima templado-frío, y a medida que se asciende hacia la Mesa Central, el clima es más frío.

La región, en general, es caliente y malsana.

El Barón de Humboldt, uno de los viajeros más relevantes de la Nueva España de principios del siglo XIX, dejó en su obra una descripción de la Intendencia de Veracruz en donde ensalzaba sus riquezas naturales y las posibilidades de desarrollo económico.

11. Intendencia de Veracruz

Población en 1803: 156 000

Extensión de la superficie: 4 141 leguas cuadradas

Habitantes por legua cuadrada: 38

Esta provincia, situada bajo el cielo abrasador de los trópicos, se extiende a lo largo del golfo mexicano, desde el río Baraderas (o de los Lagartos) hasta el grande río de Pánuco, que nace en las montañas metalíferas de San Luis Potosí, y por consiguiente abraza una porción considerable de la costa oriental de Nueva España. Desde la bahía de Términos, cerca de la isla del Carmen, hasta el puertecillo de Tampico, tiene 210 leguas de largo, al paso que su ancho en general no es más que de 25 a 28 leguas. Confirma al E. con la península de Mérida; al O. con las intendencias de Oaxaca, La Puebla y México; y al N. con la colonia del Nuevo Santander.

Pocas son las regiones del Nuevo Continente que se puedan comparar con este extraordinario país, que en otro tiempo se comprendió bajo el nombre de Cuetlachtlán, y en donde el viajero se encuentra más admirado de ver aproximados los más opuestos climas. En efecto, toda la parte occidental de la intendencia de Veracruz ocupa la falta de las cordilleras del Anáhuac, y en un día los habitantes bajan de la zona de las nieves perpetuas a los llanos inmediatos al mar, en donde reinan unos calores que sofocan. En ninguna parte se deja ver mejor el admirable orden con que las diferentes tribus de vegetales van siguiéndose por tongadas unas mas arriba de la otra, que subiendo desde Veracruz hacia la meseta de Perote. Allí se ve cambiar a cada paso la fisonomía del país, el aspecto del cielo, la vista exterior de las plantas, la figura de los animales, las costumbres de los habitantes y el género de cultura a que se dedican.

Al paso que se va subiendo, la naturaleza parece menos animada, la hermosura de las formas vegetales se disminuye, los tallos tienen menos jugo, las flores son menos grandes y más pálidas. El viajero que ha desembarcado en Veracruz, se tranquiliza a la vista del roble mexicano, porque esto manifiesta que ya ha dejado aquella zona, que con tanta razón temen las gentes del norte por los estragos que hace la fiebre amarilla. Este mismo límite inferior de los robles enseña al colono habitante del llano central, hasta dónde puede bajar hacia las costas, sin temor de la enfermedad mortal del vómito. Cerca de Xalapa, los bosques de ocozoles (liquidámbar) anuncian por la viveza de su verdor, que es aquella altura donde las nubes suspendidas sobre el océano vienen a tropezar con los picos de basalto de la cordillera. Más arriba, cerca de la Banderilla, ya no llega a madurar el fruto nutritivo del plátano; de manera que en esta región nebulosa y fría, la necesidad precisa al indio a trabajar despierta su industria. A la altura de San Miguel, los pinabetes empiezan a interpolarse con los robles, y se van encontrando así hasta los altos llanos de Perote, los cuales presentan el risueño aspecto de campos sembrados de trigo. Ochocientos metros más arriba, el clima es ya muy frío para que los robles puedan vegetar; sólo los pinabetes cubren las rocas, cuyas puntas entran en la zona de las nieves perpetuas: de manera que en este país maravilloso, en el espacio de pocas horas recorre el físico toda la escala de la vegetación, desde la heliconia y el plátano, cuyas hojas lustrosas llegan a tener extraordinarias dimensiones, hasta el encogido parénquima de los arbustos resinosos.

La naturaleza ha enriquecido la provincia de Veracruz con los productos más preciosos. Al pie de la cordillera, en los bosques siempre verdes de Papantla, Nautla y San Andrés Tuxtla, crece el bejuco (epidendrum vanilla), cuyo fruto odorífero se emplea para aromatizar el chocolate. Cerca de los pueblos indios de Colipa y Misantla se encuentra la bella planta convolvulácea (convolvulus jalapoe), cuya raíz tuberosa da la jalapa, uno de los purgantes más eficaces y benéficos. En la parte oriental de la intendencia de Veracruz, en los bosques que se extienden hacia el río de Baraderas, se cría el mirto (myrtus pimenta), cuyo grano es una especia agradable, y conocida en el comercio con el nombre de pimienta de Tabasco; el cacao de Acayucan sería muy buscado si los indígenas se dedicasen con más esmero a su cultivo. En la costa oriental y austral del pico de Orizaba, en los valles que se prolongan hacia Córdoba, se cultiva el tabaco de excelente calidad, que produce anualmente a la corona más de tres millones y medio de pesos. El smilax , cuya raíz es la verdadera zarzaparrilla, vegeta en los barrancos húmedos y sombríos de la cordillera. El algodón de las costas de Veracruz es célebre por su finura y bello color. La caña tiene casi tanta azúcar como la de isla de Cuba, y más que la de Santo Domingo.

Solo esta intendencia bastaría para vivificar el comercio del puerto de Veracruz, si fuese mayor el número de los colonos y si su desidia, afecto de la misma beneficencia de la naturaleza, y de la facilidad con que proveen sin trabajo a las primeras necesidades de la vida, no entorpeciese los progresos de la industria. La antigua población de México está reunida en lo interior del país, en el llano mismo: los pueblos mexicanos que eran oriundos de comarcas septentrionales, como ya lo hemos dicho más arriba, prefirieron en sus emigraciones el lomo de las cordilleras, porque su clima era análogo al de su país natal. No hay duda, que a la primera arribada de los españoles a la playa de Chalchihuecan (Veracruz), toda esta costa, desde el río Papaloapan (Alvarado) hasta Huaxtecapan, era más habitada y mejor cultivada que lo es hoy día. Con todo, a medida que los conquistadores subieron al llano, hallaron los pueblos más inmediatos unos de otros, los campos divididos en porciones más pequeñas y la gente más culta. Los españoles, que creían fundar ciudades cuando daban nombres europeos a las ya construidas por los aztecas, siguieron las huellas de la civilización de los indígenas y tuvieron muy poderosos motivos para habitar el alto llano de Anáhuac, temiendo el calor y las enfermedades que reinan en los llanos inferiores. El afán de buscar los metales preciosos, el cultivo del trigo, los árboles frutales de Europa, la analogía del clima con el de las dos Castillas y […], les indujeron a establecerse en el lomo de las cordilleras. Durante todo el tiempo que los encomenderos, (abusando de los derechos que las leyes les concedían) trataron a los indios como esclavos, un gran número de estos fueron trasplantados desde las regiones inmediatas a las costas, a la alta meseta interior, ya para trabajar en las minas, ya solamente para tenerlos cerca de donde habitaban sus dueños. El comercio del añil, del azúcar y del algodón de América, fue casi nulo en el espacio de dos siglos; nada excitaba a los blancos a establecerse en los llanos que gozan del verdadero clima de las Indias. Se podría decir que los europeos tan solo venían a los trópicos para habitar en ellos la zona templada.

Desde que el consumo del azúcar ha tenido aumento considerable, y que el comercio del Nuevo Continente proporciona a la Europa muchos productos que en otro tiempo sólo sacaba de Asia y África, las tierras calientes no ha duda que presentan más atractivos para el establecimiento de colonias; por esto se ha multiplicado en la provincia de Veracruz las plantaciones de caña de azúcar y de algodonales, principalmente desde los funestos sucesos de Santo Domingo, que han dado un grande impulso a la industria en las colonias españolas. No obstante, estos progresos no se notan todavía mucho en las costas mexicanas; y se necesitaran siglos para volver a poblar aquellos desiertos. En el día, dos o tres hatos de ganado, alrededor de los cuales andan errando algunos bueyes semisalvajes, ocupan espacios de muchas leguas cuadradas. Un corto número de familias poderosas, que viven en el llano central, poseen la mayor parte del litoral de las intendencias de Veracruz y San Luis Potosí. No hay ley agraria que obligue a estos ricos propietarios a vender sus mayorazgos, aunque persistan en no querer poner en cultivo ellos mismos los inmensos terrenos de su dependencia; ellos tratan mal a sus arrendadores y los echan de las haciendas a su antojo.

A este mal, tan común en las costas del golfo de México como en Andalucía y una gran parte de la España, se añaden otras causas de despoblación. La intendencia de Veracruz tiene demasiada tropa en proporción al corto número de sus habitantes; y como el servicio militar molesta al labrador, le hace huir de la costa por no verse forzado a entrar en los cuerpos de los lanceros o de los milicianos. Las levas que se hacen para la marina real también se repiten demasiado a menudo, y se ejecutan de una manera harto arbitraria. Hasta ahora el gobierno ha descuidado todos los medios de aumentar la población de esta costa desierta. De un tal estado de cosas resulta mucha falta de brazos y una carestía de víveres que hacen una contraposición singular con la gran fertilidad del país. En el puerto de Veracruz se paga cada jornal a un peso fuerte, a veces más; un albañil y todo hombre que ejerce un arte particular, gana de 3 a 4 pesos al día; es decir, dos o tres veces más que en el llano central.

Es la intendencia de Veracruz se encuentran dos picos colosales; uno de ellos es el volcán de Orizaba, que es el cerro más alto de la Nueva España después del Popocatépetl. La cima de este cono truncado está inclinada al S.E.; y por una escotadura que presenta, se ve su cráter desde muy lejos, hasta desde Xalapa. El segundo pico es el cofre de Perote, que según mis medidas es cerca de 400 metros más alto que el pico de Tenerife, y sirve de señal a los navegantes al recalar en Veracruz. Como esta circunstancia hace muy importante la determinación de su posición astronómica, he observado sobre el mismo Cofre varias alturas circunmeridianas del sol. Hállase esta montaña porfídica rodeada de una capa de piedra pómez y nada anuncia que haya un cráter en su cumbre; pero las corrientes de la lava que se observan entre el pueblecillo de las Vigas y de Hoya, parecen ser efectos de una explosión lateral muy antigua. El pequeño volcán de Tuxtla, que está al respaldo de la sierra de San Martín, se halla situado a cuatro leguas de la costa, el S.E. del puerto de Veracruz, cerca del pueblo indio de Santiago de Tuxtla; por consiguiente se halla fuera de la línea que más arriba hemos marcado como el paralelo de los volcanes encendidos del reino de México. En su última erupción, que fue muy fuerte y sucedió el 2 de marzo de 1793, las cenizas volcánicas cubrieron los techos de las casas de Oaxaca, Veracruz y Perote. En este último paraje, que está distante del volcán de Tuxtla 57 leguas, 1 en línea recta, el ruido subterráneo se parecía a descargas de artillería de grueso calibre.

En la parte septentrional de la intendencia de Veracruz, al O. de la desembocadura del río Tecolutla, a dos leguas de distancia del grande pueblo indio de Papantla, se halla un edificio piramidal de muy remota antigüedad. Los primeros conquistadores no conocieron la pirámide de Papantla, que se halla situada en medio de un bosque espeso, llamado Tajín en lengua totonaca. Los indígenas han ocultado a los españoles por siglos enteros este monumento, objeto de antigua veneración: la casualidad lo hizo descubrir a unos cazadores, hará unos treinta años. El señor Dupé, 2 observador tan modesto como ilustrado, y que hace mucho tiempo se dedica a indagaciones muy curiosas sobre la arquitectura y los ídolos mexicanos, ha visitado la pirámide de Papantla; ha examinado cuidadosamente el corte de las enormes piedras con que está construida; y ha sacado diseños de los jeroglíficos de que se hallan cubiertas; sería de desear que se resolviese a publicar la descripción de este interesante monumento. La estampa 3 que en 1785 se publicó en la Gazeta de México es muy imperfecta.

La pirámide de Papantla no está construida con ladrillos, o arcilla mezclada con guijarros y revestida de un muro de amigdaloides, como las de Cholula y Teotihuacan; los únicos materiales que se han empleado en ella son inmensas piedras de cantería de pórfido y se distingue el mortero en las junturas. Con todo, el edificio es menos notable por su magnitud que por su disposición, por el labrado de sus piedras y por la gran regularidad de su corte. La base de la pirámide es exactamente cuadrada; cada costado tiene 25 metros de largo. Este monumento, como todos los teocallis mexicanos, se compone de muchas hiladas de sillares. Todavía se distinguen seis, y se cree que la séptima está cubierta por la vegetación que cubre todo el costado de la pirámide. Una escalera principal de 52 gradas conduce a la cima truncada del teocalli, y al sitio en donde se sacrificaban las víctimas humanas, y al lado hay otra escalera pequeña. El revestimiento de las hiladas de piedras está adornado de jeroglíficos, entre los cuales se distinguen serpientes y cocodrilos esculpidos en relieve. Cada hilada presenta un gran número de nichos cuadrados y ordenados simétricamente. En el primer piso se cuentan24 por costado, 20 en el segundo y 16 en el tercero. El número de estos nichos es de 366 en el cuerpo de la pirámide, y de 12 en la escalera que se encuentra hacia el E. El abate Márquez supone que este número de 378 nichos hace alusión al sistema calendario de los mexicanos, y aun cree que en cada uno de ellos estaba repetida una de las veinte figuras que en la lengua jeroglífica de los toltecas servían de símbolo para designar el día del año común y los intercalares al fin de los ciclos. En efecto, componiéndose el año de 18 meses, de 20 días cada uno, resultaban 360 días, a los cuales se añadían (conforme al uso egipcio), 5 días complementarios llamados nemontemi. La intercalación se hacía cada 52 años, aumentando 13 días al ciclo, lo que da 360 + 5 + 13 = 378, signos simples o compuestos de los días del calendario civil que llamaron compohualihuitl o tonalpohualli, para distinguirlo del comilhuitlapohualliztli, o calendario ritual de que usaban los sacerdotes para indicar el turno de los sacrificios. No emprenderé aquí el examen de la hipótesis del abate Márquez, el cual también recuerda las explicaciones astronómicas que Gatterer, célebre historiador, dio del número de las habitaciones y de las gradas que se hallaban en el gran laberinto egipcio.

Las poblaciones más principales de esta provincia son: Veracruz, residencia del intendente y centro del comercio con Europa y las Antillas. La ciudad es hermosa y está construida con mucha regularidad; los comerciantes que la habitan son ilustrados, activos y celosos por el bien de su patria; y en estos últimos años ha ganado mucho con respecto a su policía interior. La playa en donde está situada se llamó en otro tiempo Chalchihuecan. Juan Grijalva en 1518 visitó ya la isla, en donde a fuerza de dinero (40 millones de pesos, según la tradición vulgar) se consiguió construir el castillo de San Juan de Ulúa, habiéndose dado este nombre de Ulúa, porque habiendo encontrado los restos de dos infelices víctimas, 4 y preguntado a los indígenas por qué sacrificaban hombres, le respondieron que era de orden de los reyes de Acolhúa o de México. Los españoles que no tuvieron otros intérpretes que indios de Yucatán, entendieron mal la respuesta y creyeron que Ulúa era el nombre de la isla. A semejantes interpretaciones deber sus nombres actuales e Perú, la costa de Paria y otras muchas provincias. La ciudad de Veracruz se llama muchas veces Veracruz Nueva, para distinguirla de Veracruz Vieja, situada cerca de la desembocadura del río la Antigua, y que casi todos los historiadores consideran como la primera colonia que fundó Cortés. El abate Clavijero ha probado la falsedad de esta opinión. La ciudad llamada Villarrica, o la Villa Rica de Veracruz, que se empezó en el año 1519, estaba situada a tres leguas de Cempoala, lugar principal de los totonacas cerca del puertecillo de Chiahuitzla, que con dificultad se conoce en la obra de Robertson, el que llama Quiabistan. Tres años después quedó la Villarrica inhabitada, y los españoles fundaron al sur otra villa, que ha conservado el nombre de la Antigua. En el país se cree que esta segunda colonia se abandonó de nuevo a causa de la enfermedad del vómito, que ya en aquella época arrebataba más de dos tercios de los españoles que desembarcaron en la estación de los grandes calores. El virrey conde de Monterrey, que gobernó al reino de México a fines del siglo XVI, hizo echar los cimientos de la Nueva Veracruz o de la ciudad actual, frete del islote de San Juan de Ulúa, en la playa de Chalchihuecan, en el mismo paraje en donde desembarcó Cortés el día 21 de abril de 1519. Esta tercera villa no ha obtenido los privilegios de ciudad hasta el reinado de Felipe III en 1615. Está situada en un llano árido, falto de aguas corrientes y en el cual los vientos del norte, que soplan con mucha violencia desde el mes de octubre hasta el mes de abril, forman médanos o sean montecillos de arena movedizos. Estos médanos de arena varían todos los años de lugar y forma; tienen de 8 a 12 metros de altura, y por la reverberación de los rayos del sol y alta temperatura que ellos mismos adquieren durante los meses de verano, contribuyen extraordinariamente a aumentar el calor sofocante del aire de Veracruz. Entre la ciudad y el arroyo Gavilán se hallan en medio de los médanos algunas tierras pantanosas, cubiertas de mangles y otros arbustos. Las aguas estancadas del bajío de la Tembladera y de las pequeñas lagunas de la Hormiga, del Rancho, de la Hortaliza y de Arjona, son la causa de las tercianas entre los indígenas, y probablemente hacen también un papel importantes entre las causas funestas que producen el azote del vómito prieto y de las cuales hablaremos más adelante. Todos los edificios de Veracruz y del castillo de Ulúa están construidos con materiales sacados del fondo del océano, que constituye la habitación pedregosa de las madréporas, y que es donde se encuentran las piedras de múcara, pues en las inmediaciones de la ciudad no se encuentra ninguna roca. Las arenas cubren las formaciones secundarias que descansan sobre el pórfido del Encero, y que no se dejan ver hasta cerca de Acazónica, hacienda de los jesuitas, célebre por sus canteras de hermoso espejuelo hojaldrado. Cavando en el suelo arenoso de Veracruz se encuentra agua dulce a un metro de profundidad; pero esta agua proviene de la filtración de las charcas o lagunas que se forman entre los médanos: es agua llovediza, que habiendo estado en contacto con las raíces de los vegetales, es de muy mala calidad y no sirva más que para lavar. La gente común (y nótese este hecho como importante para la topografía médica de Veracruz) se ve precisada a valerse del agua de una zanja que viene de los médanos, porque es algo mejor que la de los pozos, o que la del arroyo de Tenoya. La gente acomodada, al contrario, bebe agua de lluvia que recoge en cisternas cuya construcción es bastante defectuosa, a excepción de los bellos aljibes del castillo de San Juan de Ulúa, cuya agua, muy pura y saludable, no se distribuye sino a los empleados militares. Esa falta de buena agua potables se ha considerado, hace siglos, como una de las muchas causas de las enfermedades de los habitantes. El año de 1704 se formó el proyecto de conducir al puerto de Veracruz una parte del hermoso río de Jamapa: el rey Felipe V mandó un ingeniero francés para examinar el terreno. El ingeniero poco contento sin duda de habitar un país tan caliente y desagradable, declaró imposible la ejecución del proyecto. El año 1756 volvieron a empezar las discusiones entre los ingenieros, el ayuntamiento, el asesor del virrey y el fiscal. Hasta ahora en visitas de expertos y en gastos judiciales (pues en las colonias españolas todo se convierte en proceso), se han gastado 500 000 pesos. Antes de haber nivelado el suelo, habían construido una calzada, a 1 100 metros sobre el pueblo de Jamapa, que ya está medio arruinada, y costó 300 000 pesos; doce años ha que el gobierno hace pagar al público un derecho sobre las harinas, que produce anualmente más de 30 000 pesos. Ya está construido en un trecho de más de 900 metros de largo, un acueducto, o atarjea que puede dar un perfil de agua de 116 centímetros; y a pesar de todos estos gastos, a pesar de todo el fárrago de memorias e informes amontonados en los archivos, las aguas del río Jamapa todavía están a más de 23 000 metros de distancia de la ciudad de Veracruz. En 1975 vinieron a acabar por donde deberían haber empezado: nivelaron el terreno, y hallaron que las aguas medias de Jamapa están 8m, 83 (10 varas mexicanas y 22 ½ pulgadas) más altas que el nivel de las calles de Veracruz; se reconoció que la gran calzada debía estar en Medellín, y que por ignorancia la habían construido en un punto no sólo demasiado elevado, sino también 7 500 metros más lejos del puerto de lo que era menester, para dar la caída necesaria para conducir las aguas. En el actual estado de costas la construcción de la atarjea desde el río Jamapa hasta Veracruz, está valuada en un millón o 1 200 000 pesos. En un país en donde existen inmensas riquezas metálicas, no es la cuantía de esta suma la que espanta al gobierno ; se ha suspendido la ejecución de este proyecto, porque hace poco se ha calculado, que diez aljibes públicos, colocados fuera del recinto de la ciudad, no costarían juntos más de 140 000 pesos, y bastarían para una población de 16 000 almas, si cada aljibe contuviese un volumen de agua de 670 metros cúbicos. “¿A qué fin pues ir a buscar tan lejos lo que la naturaleza nos ofrece tan cerca, se decía en el informe que se pasó al virrey? Por qué no nos aprovecharíamos de estas lluvias tan regulares como abundantes, y que según las experiencias del coronel Constanzó dan anualmente triplicada agua de la que cae en Francia y Alemania”. La población habitual de Veracruz, sin contar la tropa y la marina, es de 16 000 almas.

Jalapa (Xalapan) al pie de la montaña de basalto de Macuiltépec , en una situación muy amena. El convento de San Francisco, como todos los que fundó Cortés, aparece de lejos como una fortaleza, pues en los primeros tiempos de la conquista construían los conventos e iglesias de manera que pidiesen servir de defensa en caso de insurrección de parte de los indígenas. En este convento se goza de una vida magnífica, descubriéndose desde él los picos colosales del Cofre de Perote y de Orizaba, la falda de la cordillera (hacia el Encero, Otates y Apazapan), el río de la Antigua, y el océano. Los espesos bosques de styrax, piper, melástomos y helechos arbóreos, particularmente el que atraviesa el camino de Pacho y de San Andrés, las orillas del pequeño lago de los Berrios y las alturas que conducen al pueblo de Huastepec, ofrecen paseos muy agradables. El cielo de Xalapa, hermoso y sereno en verano, inspira melancolía desde el mes de diciembre hasta el de febrero; cada vez que el viento del norte sopla en Veracruz, cubre un espeso brumazón a los habitantes de Xalapa, y entonces baja el termómetro hasta 12 o 16 grados. En la estación de los nortes muchas veces se pasan 2 o 3 semanas sin ver el sol ni las estrellas. Los comerciantes más ricos de Veracruz tienen casas del campo en Xalapa, en donde gozan de una frescura agradable, mientras que los mosquitos, los grandes calores y la fiebre amarilla hacen muy desagradable la resistencia en la costa. En esta pequeña ciudad hay un establecimiento cuya existencia confirma lo que he dicho más arriba sobre los progresos de la cultura intelectual del reino de México; una excelente escuela de dibujo, fundada de pocos años a esta parte, en la cual los muchachos de los artesanos pobres, se instruyen a expensas de los ciudadanos más acomodados. La altura de Xalapa sobre el nivel del océano es de 1 320 metros; su población se estima en 13 000 almas.

Perote (el antiguo Pinahuizapan). El castillejo de San Carlos de Perote está situado al norte de la villa. Más bien es una plaza de armas que una fortaleza. Los llanos inmediatos son muy fértiles y cubiertos de piedra pómez; no hay árboles, a excepción de algunos troncos sueltos de ciprés y de molina. Altura de Perote, 2 333 metros.

Córdoba, el la falda oriental del pico de Orizaba; su clima es mucho más caliente que el de Jalapa. Las inmediaciones de Córdoba y de Orizaba producen todo el tabaco que se consume en la Nueva Espala.

Orizaba, al E. de Córdoba, un poco al norte del río Blanco que vierte sus aguas en la laguna de Alvarado. Se ha disputado por mucho tiempo si el nuevo camino de México a Veracruz debía pasar por Xalapa o por Orizaba. Como estas dos ciudades tienen un gran interés en la dirección de este camino, han empleado, por rivalidad, todos los medios para hacer valer sus derechos cerca de las autoridades constituidas. De ello ha resultado que los virreyes han abrazado alternativamente ambos partidos, y que en esta indecisión no se ha construido camino ninguno. Por fin, de algunos años a esta parte se ha empezado una bella calzada desde el fuerte de Perote a Jalapa y de Jalapa al Encero.

Tlacotalpan, cabeza de la antigua provincia de Tabasco. Más al norte se hallan las pequeñas villas de Victoria y Villahermosa, la primera de las cuales es una de las más antiguas de la Nueva España. En la intendencia de Veracruz no hay ningún beneficio o laboreo metálico que sea de alguna consideración. Las minas de Zomelahuacan, cerca de Jalacingo, están casi abandonadas.

* Geografía y estadística de la República Mexicana, México, Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento, 1890, vol. III, p. 7-13, 28-29 (selección).

* Ensayo Político sobre el Reino de la Nueva España, México, Editorial Porrúa, 1978, p. 175-181.

1 Esta distancia es más grande que la de Nápoles a Roma; sin embargo, el Vesubio no se oye ni aun en Gaeta. Bonpland y no oímos distintamente los bramidos del Cotopaxi en su explosión de 1802, en el mar del sur, al O. de la isla de Puna, a 72 leguas de distancia del cráter. En 1744, se oyó este mismo volcán en Honda y en Mompox, en las orillas del río de la Magdalena (Véase mi Geografía de las Plantas, p. 53, edic. en 4°)

2 Capitán al servicio del rey de España. El señor Dupé posee el busto de basalto de una sacerdotisa mexicana, que yo he hecho grabar por Massard, y que tiene una gran semejanza con el calanhtica de las cabezas de Isis. Esta estampa se halla en mis Vistas de las Cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de la América. Pls. I y II.

3 Veánse también Monumenti di Architettura mexicana di Pietro Marquez, Roma, 1804, Tab. I.

4 Parece que estos sacrificios se hacían en varios islotillos que circundan el puerto de Veracruz. Uno de estos islotes, muy temido de los navegantes, lleva todavía el nombre de isla de Sacrificios.

Los últimos años del viejo régimen

LA HERENCIA COLONIAL

Luis Chávez Orozco y Enrique Florescano*

Se ha hecho hincapié todo en estos últimos años, en la necesidad de estudiar cuidadosamente los procesos y estructuras que aparecen en el periodo colonial para poder comprender así, cabalmente, el desarrollo económico y social del país en los años posteriores. La proposición anterior se cumple ejemplarmente en el caso concreto de Veracruz. En efecto, por más que se quiera, no es posible formarse una idea ligeramente aproximada al desenvolvimiento económico y social de Veracruz en el siglo XIX prescindiendo del antecedente histórico de la colonia. Tres hechos por lo menos, surgidos y desarrollados durante el virreinato, determinan decisivamente el crecimiento del estado, ejerciendo después una influencia poderosa y constante en la vida futura del territorio veracruzano: escasa población blanca e indígena (con sus consecuentes: débil desarrollo urbano e industrial y falta permanente de mano de obra), la creación del puerto de Veracruz, y el nacimiento y desarrollo de los caminos, que partiendo de este puerto, establecían contacto con el interior de la Nueva España.

Escasa población diseminada en un extenso y rico territorio. Ya desde tiempos precolombinos la reducida población indígena que se asentó en las tierras de Veracruz dejaba ver bien a las claras la notable desproporción existente entre hombres y territorio. Poco después, con la llegada de los españoles, la desigualdad del binomio hombres-tierra aumentó alarmantemente, notándose en algunos pueblos de indios despoblamientos casi totales (Cempoala, Quiahuiztlan). La conquista, las viruelas y epidemias, el despojo de las tierras y la presencia del hombre blanco fueron los factores que provocaron ese tremendo descenso de la población nativa que se observa en los primeros años de la colonia. Además, muchos de los indígenas que lograron escapar de las funestas consecuencias producidas por las guerras y epidemias, huyeron hacia las regiones más apartadas y peor comunicadas donde encontraron zonas de refugio. De esta manera, el extenso y rico territorio veracruzano quedó virtualmente despoblado en algunas áreas, resintiendo en otras una despoblación relativa. Sólo la porción central conservó aglutinamientos de población indígena hasta cierto punto numerosos, pero aislados y reacios al contacto con el europeo. Estos grupos indígenas practicaron un tipo de economía autosuficiente y en general continuaron con el patrón económico de los años anteriores a la conquista.

Al descenso de la población nativa en las primeras décadas de la colonia se aparejó otro factor, también de población, que afectó radicalmente el desarrollo general de Veracruz en los siglos posteriores: la escasa disposición que manifestó a lo largo del virreinato la población blanca para establecerse en las tierras tropicales y costeras. Un rápido vistazo a las cifras de población de la colonia nos muestra hasta que punto el fenómeno demográfico influyó en el lento desarrollo urbano, comercial, artesanal y agrícola del Estado. En el siglo XVI la población europea que se asienta en las costas de Veracruz difícilmente sobrepasa los mil habitantes. A fines del virreinato, por los años de 1803, los Apuntes Estadísticos de la Intendencia de Veracruz anotan, entre españoles, “tenidos por tales y pardos”, de 4 500 a 5 000 vecinos en toda la subdelegación de Jalapa, 120 de la Antigua, 603 en Cosamaloapan, 238 en Tlacotalpan y sus pueblos, y unos 705 en Acayucan. Hacia los mismos años, el barón de Humboldt le asignaba a toda la tendencia de Veracruz, entre indios, mestizos, negros, mulatos y españoles, un total de 156 000 habitantes desperdigados en una superficie de 41 141 leguas cuadradas, o sea un promedio de 38 habitantes por legua cuadrada. 1

Conviene destacar, sobre todo, el hecho de que siendo en general la densidad de la población colonial de Veracruz sumamente baja en todos los grupos étnicos (indios, mestizos, negros, mulatos y blancos), las cifras notablemente inferiores de la población europea son las que más importan desde el punto de vista económico, ya que este es el grupo activo, dirigente y propulsor de la economía monetaria y comercial. El español encontró desde un principio una gran dificultad para aclimatarse en las tierras calientes y costeras, y por ello prefirió la región del altiplano, más benigna y acogedora, donde además disponía de grandes recursos humanos para sus empresas. Esta inclinación del europeo limitó el desarrollo urbano en la costa veracruzana y aún en las zonas del interior que no ofrecían mayor aliciente que la tierra. De hecho, en la costa sólo prosperó Veracruz, ya que Pánuco y la villa del Espíritu Santo permanecen semipobladas. En el interior, los españoles únicamente se decidieron a poblar en las regiones situadas más allá de los 1 000 metros de altura sobre el nivel del mar (Córdoba, Orizaba, Jalapa), lugares que además ofrecían comunicación constante con la costa y el centro de la Nueva España.

Dos fueron los factores principales que se opusieron al poblamiento europeo en las costas veracruzanas: el clima y las enfermedades (grandes calores, fiebre amarilla, epidemia y los mosquitos), además de la ausencia de minas que impulsaran a los españoles a desafiar el vómito negro y las epidemias del trópico con tal de perseguir la quimera del oro. 2 En los siglos XVI y XVII las relaciones de la época y los informes de los viajeros coinciden en describir la costa de Veracruz como un verdadero infierno devorador de vidas y haciendas. Justamente, la insalubridad del puerto de Veracruz, y la costa en general, fue la que impulsó en el siglo XVIII el establecimiento de las ferias en Orizaba (transitoriamente) y en Jalapa, concentrándose finalmente la actividad mercantil del puerto en esta última ciudad, mejor conocida en la época con el nombre de Jalapa de la Feria. 3 Sin embargo, a pesar de la feria, en 1769 Jalapa apenas contaba con “mil familias de razón”, o sea familias de españoles, mestizos y aun de castas. 4 Naturalmente, este lento y difícil crecimiento de la población blanca en el territorio veracruzano fue un obstáculo para el desarrollo de las ciudades, y consecuentemente, una limitación enorme en el progreso del comercio y de las artesanías locales, que no prosperaron por falta de una demanda suficiente y sostenida.

La débil densidad de población que se observa en Veracruz en los tres siglos de la colonia, afectó también decisivamente el desarrollo de la agricultura. La disminución considerable de la población nativa a raíz de la conquista y las posteriores epidemias (Matlazahuatl en Medellín, en 1798; viruelas en Córdoba en 1730, etc.), así como la apropiación de la tierra por los españoles, empujaron a los indígenas a las zonas de refugio, provocando un descenso brusco de la oferta de trabajo y también una baja sensible de la agricultura indígena. Todo esto propició la formación de latifundios ganaderos que requerían pocas manos trabajadoras y grandes extensiones de tierra. El fenómeno de la creación de latifundios fue claramente percibido por Humboldt, quien apreció con exactitud cómo el desarrollo de los latifundios operaba perjudicialmente sobre el descenso de la agricultura y el despoblamiento indígena en las zonas fértiles de Veracruz:

En el día, dos o tres hatos de ganado, alrededor de los cuales andan errando algunas reses semisalvajes, ocupan espacios de muchas leguas cuadradas. Un corto número de familias poderosas, que viven en la mesa central, poseen la mayor parte del litoral de las intendencias de Veracruz y San Luis Potosí. No hay ninguna ley agraria que obligue a estos ricos propietarios a vender sus mayorazgos, aunque persistan en no querer abrir al cultivo ellos mismos los inmensos terrenos de su dependencia; ellos tratan mal a sus medieros y los echan de las haciendas a su antojo. 5

Por otra parte, la continua disminución de la población nativa y la fragilidad de este grupo para las labores agrícolas del trópico determinó la entrada temprana en Veracruz, y en otras zonas de la Nueva España, de la población negra. Con ello, además de introducirse un grupo étnico que inmediatamente estampó su huella en la vida social y demográfica de Veracruz, la agricultura tropical, especialmente el cultivo de la caña de azúcar, observó un rápido desarrollo, particularmente en la región de Córdoba y Orizaba. 6

Finalmente, Humboldt señala otro factor que en su parecer contribuyó sensiblemente a la despoblación de las costas y al decaimiento de la agricultura. Dice el primer gran estudioso de la historia económica y social de México:

La intendencia de Veracruz tiene demasiada tropa con relación al corto número de sus habitantes; y como el servicio militar molesta al labrador, le hace huir de la costa por no verse forzado a entrar en los cuerpos de lanceros o milicianos. Las levas que se hacen para la marina real también se repiten demasiado a menudo y se ejecutan de una manera harto arbitraria. Hasta ahora, el gobierno ha descuidado todos los medios de aumentar la población de esta costa desierta. De un tal estado de cosas resulta mucha falta de brazos y una carestía de víveres que contrastan singularmente con la gran fertilidad del país. 7

Los ejemplos anteriores muestran suficiente hasta qué grado la vida toda del territorio veracruzano resultó afectada por la baja densidad de población, que se observa como un mal constante a todo lo largo del periodo colonial. La importancia enorme del factor población en el desarrollo posterior del estado puede medirse por los continuos esfuerzos que se realizan en el siglo XIX para incrementar el número de habitantes en esta parte del país, en un intento desesperado por nivelar el desajuste entre territorio y hombres. No es por ello exagerado decir que el siglo XIX se resume, en Veracruz, en un problema de población y colonización. 8

Un puerto del interior de la Nueva España. El segundo factor que marcó para siempre el desarrollo económico de Veracruz fue la creación y el rápido progreso del puerto. A pesar de su peregrinaje por la Villa Rica – la Vieja y la Antigua-, hasta llegar a su última residencia la Nueva Veracruz, desde mediados del siglo XVI, aun sin ubicación fija, Veracruz es el gran puerto americano, sólo equiparable a Nombre de Dios-Porto Belo en el istmo de Panamá. La mayoría de los movimientos marítimos entre España y Nueva España se hace por Veracruz, en una porción de 99.9 a 100 por 100. 9 Toda la riqueza y los productos exportables de Nueva España (plata, cochinilla, pieles, índigo, lana, maderas, etc.) concluyen hacia el puerto para su envío al otro lado del Atlántico. Y por Veracruz entran, igualmente, vinos, aceite, mercurio, fierro, ropas, telas finas, papel, libros y la totalidad de las importaciones. A finales del siglo XVI y principios del XVII, el intenso tráfico marítimo y comercial que se concentra en Veracruz hacen que el primer puerto de la Nueva España aparezca como insuficiente, pues además de las transacciones con España, se establece un intercambio activo con La Habana, las Antillas y con varios puertos de la costa mexicana, como Pánuco, Tampico, Coatzacoalcos y Campeche.

Pero, por sorprendente que ello sea, la ciudad de Veracruz no prospera al mismo ritmo del tráfico comercial y marítimo que mantiene el puerto. La ciudad es más bien un poblado de casuchas de madera, de almacenes y cuarteles toscos, donde habitan un buen número de negros, algunos españoles y muy pocos indios. El clima insalubre y las constantes epidemias frenan su desarrollo urbano. Los comerciantes que se benefician con las transacciones comerciales viven en México, y sólo cuando arriba la flota al puerto envían sus representantes a vigilar el desembarco de las mercancías. Y cuando en el siglo XVIII se establece regularmente la feria de Jalapa, los comerciantes deciden radicarse en esa ciudad de clima templado y agradable, que está además muy próxima a Puebla y a la capital. El puerto de Veracruz queda así reducido a un mero centro de trasbordo de las mercancías, de carga y descarga. El verdadero puerto está en la ciudad de México, o en Jalapa de la Feria, lugares donde se concentran y distribuyen las mercancías, donde se especula y se cambia, donde radican los comerciantes que dominan el tráfico marítimo.

Además, como lo ha señalado Pierre Chaunu, 10 la larga travesía a que obligaba la navegación de la época, que generalmente se hacía en un promedio de 35 a 40 días, y la intermitencia del viaje, le imprimieron a Veracruz una vida episódica. En los días en que llegaba la flota, Veracruz se transformaba, dejaba de ser la ciudad semipoblada de negros, soldados y representantes comerciales de las casas de la ciudad de México, para convertirse en una ciudad bulliciosa e insuficiente. Entonces los arrieros bajaban con sus recuas desde Jalapa, Puebla y México, inundando la ciudad y entorpeciendo el tráfico. Decenas de indios y mestizos acudían al puerto a ofrecer su trabajo, alimentos y provisiones. Civiles, comerciantes, soldados y marineros se arremolinaban en los muelles, almacenes, ventas y barrancas, y por unas semanas, a veces hasta meses, Veracruz ofrecía el aspecto de un verdadero gran puerto. Pero después, con la partida de la flota, de los arrieros y de los comerciantes, la ciudad tornaba a su tranquilidad habitual, hasta que otra vez era removida por la llegada de una nueva flota. Naturalmente, este ritmo episódico en la vida del puerto trajo consigo una serie de tensiones graves. Por ejemplo, cuando la flota atracaba en sus muelles, tenía lugar un periodo crítico de sobreactividad, demanda creciente de mano de obra, de arrieros y de bastimentos; periodo que era seguido, a la partida de la flota, por otro de subactividad y desempleo, que afectaba no sólo a la población del puerto, sino incluso a un buen número de actividades del interior de la Nueva España.

Por lo demás, aun cuando enclavado en la costa veracruzana, Veracruz era en realidad un puerto del interior de la Nueva España. Su función específica y primordial era darle salida a los productos del interior y recibir las mercancías y materiales que requerían las grandes ciudades del altiplano y las zonas mineras. 11 Es decir que las mercancías que entran y salen por el puerto casi nunca llegan (salvo rarísimas excepciones) a derramarse por el territorio veracruzano. La población veracruzana asiste al paso de las mercancías por su territorio como un mero espectador que siente cerca el tránsito de las riquezas sin que pueda derivar de ello alguna utilidad. Por otra parte, el atraso urbano, comercial e incluso agrícola de la región costera, impidió a sus habitantes aprovechar las ventajas que permitía el puerto y las rutas que comunicaban con el interior del país. En efecto, desde el punto de vista económico y comercial, la creación del puerto no parece haber influido en la vida de Veracruz, al menos no en la proporción que hubiera podido esperarse. Por ejemplo, el abasto del puerto y de la flota, principalmente de harina, se hace con el trigo que se cosecha en Puebla y Tehuacan, 12 porque la agricultura de granos del estado apenas si alcanzaba a cubrir las necesidades del consumo local. El comercio e incluso la arriería, eran actividades dominadas por los habitantes de las ciudades de México y Puebla. Solamente pudo exportarse alguna madera, azúcar, vainilla y cueros.

Parece, pues, durante la época colonial si bien el puerto de Veracruz era una pieza esencial para la economía y el comercio de la Nueva España, no tuvo ni remotamente la misma importancia para el territorio de Veracruz. Y sin embargo, aun cuando la importancia económica del puerto sólo pudo ser aprovechada muy posteriormente por los veracruzanos, ya bien entrado el siglo XIX (en los años en que el estado resintió una aceleración en su desarrollo urbano, comercial, manufacturero y agrícola), no puede negarse la tremenda influencia del puerto y de los caminos en el nacimiento y desarrollo de las ciudades, en un periodo en que la raquítica densidad de población no sólo entorpecía, sino que incluso lo anulaba. Por ellos, para determinar con justicia el papel que jugó el puerto en el desarrollo general del estado, dejando a un lado su importancia ostensible como punto estratégico en la defensa de la colonia 13 y como primer puerto de Nueva España, 14 es preciso estudiarlo en relación con los caminos, su complemento inseparable. Los caminos. Los caminos que unían a Veracruz con el interior de la Nueva España nacieron como consecuencia de la creación del puerto de Veracruz. En este caso, como en el del puerto, observamos nuevamente que los caminos de Veracruz aparecen como resultado de requerimientos externos, ajenos a las necesidades propias y peculiares de la provincia veracruzana. Y sin embargo de la función específica que están destinados a cumplir: satisfacer las necesidades comerciales, económicas, políticas y administrativas del interior de la Nueva España, los beneficios que puerto y caminos derraman por la porción veracruzana son considerables, aun cuando ciertamente pueden ser calificados de accidentales o fortuitos.

Por lo demás, los caminos de Veracruz se caracterizan en la Colonia por ser una vía terrestre que conectaba a Sevilla o a Cádiz, La Habana o los puertos del continente americano con el puerto interior de México, pasando antes por el puerto intermedio de Veracruz. 15 En el ámbito de la Nueva España, el río terrestre que partía de Veracruz hacia México se dividía en dos al llegar a este puerto principal, internándose uno de sus extremos por el occidente hasta desembocar en el puerto pacífico de Acapulco, mientras que el otro corría por el norte estableciendo contacto con el archipiélago minero, según la acertada expresión de Pierre Chauhu. Este eslabonamiento de los caminos costeros con el interior y el norte de la Nueva España, es la base de la vida económica sobre la que descansa el desarrollo de la Colonia.

Dos caminos partían de Veracruz y por distintas rutas ascendían a la meseta para desembocar en México. El primero, de trazo prehispánico y cuya ruta siguió Cortés, pasaba por Quiahuiztlan, Cempoala, Rinconada, Lencero, Jalapa, Perote, Huamantla, Texcoco y otros puntos hasta terminar en México. El otro tocaba los siguientes lugares: Medellín, Cotaxtla, San Juan de la Punta, Córdoba, Orizaba, Acultzingo, Puebla y México. Como puede observarse, las dos rutas, salvo ligeras modificaciones, siguen siendo hoy las principales que cruzan el Estado. El primer camino, el más corto, fue también el más frecuente durante la Colonia, acentuando su importancia en el siglo XVIII, o con motivo de las ferias comerciales de Jalapa. El segundo empezó a frecuentarse desde 1534-5, aun cuando su verdadero desarrollo tuvo lugar a partir de 1590, cuando se arregló su trazo; cobró importancia a medida que se desarrollaron las regiones azucareras y tabaqueras de Córdoba, Orizaba y Huatusco, y también porque así lo exigía el abasto de granos que llegaba a Veracruz procedente de Atlixco y Tehuacan. 16

Por estas dos rutas transitaban casi todos los bienes y riquezas que importaba y exportaba la Nueva España. Por ambas rutas se alimentaba y abastecía a las flotas y a la población del puerto, y a través de esos dos caminos los viajeros iniciaban su conocimiento de las tierras de Nueva España. La Nueva España, ciertamente, comenzaba en Veracruz. A partir del puerto, el viajero, a manera de nuevo conquistador, iba ascendiendo hasta la meseta central, descubriendo en cada nueva jornada un paisaje distinto. Del calor sofocante y la vegetación tropical de la planicie costera, el caminante pasaba al paisaje de montaña y luego al valle. Humboldt, al describir el camino Veracruz-México por Jalapa, dice que en ninguna otra parte se deja ver mejor

El admirable orden con que las diferentes tribus de vegetales van sucediéndose por tongadas, unas arriba de otras… desde Veracruz hacia la meseta de Perote. Allí se ve cambiar a cada paso la fisonomía del país, el aspecto del cielo, la vista exterior de las plantas, la figuras de los animales, las costumbres de los habitantes y el género de la cultura a que se dedican… Al paso que se va subiendo, la naturaleza parece menos animada, la hermosura de las formas vegetales disminuye, los tallos tienen menos jugo, las flores son menos grandes y más palidas… Cerca de Jalapa, los bosques de liquidámbar anuncian, por la viveza de su verdor, que es en aquella altura donde las nubes suspendidas sobre el océano vienen a tropezar con los picos de basalto de la cordillera. Más arriba, cerca de Banderilla, ya no llega a madurar el fruto nutritivo del plátano: de manera que en esta región nebulosa y fría, la necesidad precisa al indio a trabajar y aguijonea su industria. A la altura de San Miguel, los pinabetes empiezan a interpolarse con los robles, y se van encontrando así hasta los altos llanos de Perote, los cuales presentan el risueño aspecto de campos sembrados de trigo. Ochocientos metros más arriba, el clima es ya muy frío para que los robles puedan vegetar; sólo los pinabetes cubren las rocas, cuyas puntas entran en la zona de las nieves perpetuas; de manera que en este país maravilloso, en el espacio de pocas horas, recorre el hombre de ciencia toda la escala de la vegetación, desde la heliconia y el plátano… hasta el encogido parénquima de los arbustos resinosos. 17

Considerando la íntima e indisoluble unión entre el puerto de Veracruz y los caminos que de él salen hacia México, es obvio que no se puede concebir la existencia de uso sin los otros y viceversa. Justamente, sólo desde este punto de vista, contemplando el territorio de Veracruz desde la perspectiva del binomio puerto-caminos, es como se explica cabalmente el desarrollo de la entidad en la época colonial. Hay que imaginarse lo que hubiera sido Veracruz sin puerto y sin caminos para tener una idea precisa de la enorme importancia que estos dos elementos jugaron en el desarrollo del estado. Con una costa malsana, plagada de mosquitos y enfermedades tropicales, son su pobre y escasa población diseminada en un territorio extenso, rico y a la vez impenetrable, sin minas, y además, sin el puerto y los caminos, Veracruz seguramente hubiera retrasado su desarrollo urbano, industrial y agrícola cuando menos en un siglo, a semejanza de lo que ocurrió, por ejemplo, con los estados de Tabasco y Chiapas.

De manera que se puede decir, en más de un sentido, que Veracruz debe su desarrollo a la creación del puerto y de los caminos en la época colonial. Puerto y caminos, así como la necesidad de defender este centro vital de la economía novohispana, promovieron el conocimiento de sus riquezas y posibilidades de desarrollo, auspiciaron el crecimiento de sus ciudades e impulsaron la explotación de sus recursos agrícolas. 18 Ciertamente, estas afirmaciones deben aceptarse con referencia al marco de desarrollo que permitía la Colonia y tomando en cuenta, como lo hemos señalado, que tanto el puerto como los caminos surgieron para atender los requerimientos económicos y políticos de la Nueva España en general, y no los de la porción veracruzana en particular.

Sin embargo, el potente estímulo que estos dos factores le otorgaron al desarrollo general del estado apenas si fue suficiente para contrarrestar el efecto negativo que ejercía la baja densidad de población. Si el desarrollo urbano de Veracruz fue sumamente lento por causa de la débil densidad de población, sin el puerto y los caminos seguramente no hubiera surgido, cuando menos no en el tiempo en que lo hicieron, ciudades de la importancia actual de Córdoba, Orizaba, Jalapa e incluso la misma ciudad de Veracruz. Las dos primeras se desarrollaron, recién iniciado el siglo XVII, a orillas del camino el que facilitó su progreso y la salida de sus productos al mercado (caña de azúcar, tabaco, etc.). 19 Jalapa, sin grandes recursos agrícolas ni de otro tipo, pudo sin embargo desarrollarse gracias al camino y a las ferias, dos resultantes del puerto. Cabría además señalar el nacimiento de pequeños poblados a lo largo de los caminos principales, que tienen por origen las ventas, como es el caso de Perote, La Joya, etcétera.

La importancia del puerto y de los caminos como estimulantes del desarrollo urbano y agrícola de Veracruz, queda ampliamente demostrada si dejamos corres la vista por los otros rumbos del estado que escaparon a la influencia de esos dos factores. Más allá de la ruta seguida por los caminos que salen del puerto y cruzan el centro del territorio, hacia el norte y el sur, el desarrollo agrícola y urbano está estancado, o se produce con suma lentitud. Y mal se puede hablar de caminos en estas regiones apartadas, donde sólo hay veredas que no consiente el paso de las carretas.

De mucho menor importancia y tráfico, el siglo XVIII vio surgir en Veracruz otros caminos, de tipo vecinal, que conectaban a las ciudades grandes con pueblos y zonas agrícolas próximas, como el de Jalapa-Tuzamapan-Huatusco-Coscomatepec, que entroncaba con el camino Veracruz-México por Puebla, a la altura de Córdoba y Orizaba; otro ejemplo es el camino Jalapa-Naolinco-Misantla, o el de Cotaxtla-Tlalixcoyan. Estos caminos, como puede verse por los puntos que tocan, son en cierta forma un resultado, una derivación del desarrollo urbano propiciado por las dos rutas principales que atraviesan el estado.

En todo caso, queda bien claro que contra el factor depresivo de la baja densidad de población, Veracruz sólo cuenta, para impulsar su desarrollo, con los estímulos del puerto y de los caminos y con la extraordinaria fertilidad de su suelo.

* Agricultura e Industria Textil de Veracruz: Siglo XIX, Xalapa, Universidad Veracruzana, 1965, p. 32-43.

1 Alejandro de Hulboldt, Ensayo político sobre el reino de la Nueva España. Edición crítica, con una introducción bibliográfica, notas y arreglo de la versión española por Vito Alessio Robles. 5 tomos, México, Ed. Pedro Robredo, 1:41, t. II, p. 299. Véanse otros aspectos sobre la población de Veracruz en la colonia en la obra de José Luis Melgarejo Vivanco, Breve historia de Veracruz. Jalapa, Universidad Veracruzana, 1960, p. 67-71.

2 Véanse las consideraciones que hace Humboldt acerca de las epidemias y fiebres en Veracruz y sus efectos sobre la vida económica del puerto, op. cit., t. IV, p. 116 y ss. También Miguel Lerdo de Tejada, Apuntes históricos de la heroica ciudad de Veracruz, 3 tomos, México, reeditados por la Oficina de Máquinas de la Secretaría de Educación Pública, 1940 t. I, p. 147 y ss.

3 Sobre las ferias de Jalapa véase el artículo de Manuel Carrera Stampa, “Las ferias novohispanas”, en Historia Mexicana, México, El Colegio de México, vol. II, enero-mayo de 1953, p. 319-342, y sobre todo el estudio de José Joaquín Real Díaz, Las ferias de Jalapa, Sevilla, Publicaciones de la Escuela de Estudios Hispano Americanos de Sevilla, 1959, también Eduardo Arcila Farías, El siglo ilustrado en América, Reformas económicas del siglo XVIII en Nueva España, Caracas, Ediciones del Ministerio de Educación 1955, cap. IV, “Feria de las Flotas”.

4 Melgarejo, op. cit., p. 68-9.

5 Op. cit., II, p. 203. Véase también el doc. I, en donde se refiere el caso del latifundio del marqués de Salinas: a los colonos y terrazqueros se les limita al arrendamiento de la tierra a 5 años, fijándoseles condiciones como las de que al vencimiento del plazo todas las casas, obrajes, árboles frutales y demás beneficios han de quedar en manos del propietario.

6 Véase sobre los negros de Veracruz, y de Nueva España en general, la obra de Gonzalo Aguirre Beltrán: La población negra de México 1, (1519-1810), México, Ed. Fuente Cultural, 1946.

7 Loc. cit. En el doc. 1 se aduce como causa de la despoblación de pueblos costeros (Boca del Río, Alvarado y La Antigua) el establecimiento de la matricula o leva militar a partir del año de 1779. Un libro de Próxima publicación en esta colección de Fuentes para la Historia económica y social de Veracruz, sobre la Defensa militar y los recursos económicos de la costa de Veracruz, siglo XVIII, contribuirá a esclarecer estos fenómenos.

8 Véase por ejemplo los numerosos folletos y estudios sobre colonización y poblamiento de Veracruz en el siglo XIX que se consignan en el libro de Joaquín Díaz Mercado Bibliografía general del Estado de Veracruz, México, D.A.P.P., Bibliografía mexicana 1, 1937; también Moisés González Navarro, La colonización en México, México, 1960, p. 29, 31, 33-4, 39-41, 43-4, 49, 53, 89-93, 111 y 117; finalmente Historia Moderna de México. La República Restaurada. La Vida Social, por Luis González, Emma Cosío Villegas y Guadalupe Monroy, México, Ed. Hermes, 1956, p. 77, 79 y 140-1.

9 Pierre Chaunu: “Veracruz en la segunda mitad del siglo XVI y la primera del XVII”, en Historia Mexicana, Vol. IX, abril-junio de 1960, p. 529. Para mayor información sobre el comercio y el movimiento marítimo entre Veracruz y España véase la obra monumental del Huguette y Pierre Chaunu Seville et L’Atlantique (1504-1650), primera y segunda partes, VIII tomos, París, S.E.V.P.E.N.; 1955-59.

10 “Veracruz en la segunda mitad del siglo XVI…”, p. 542 y ss. Seville et L’Atlantique, t. VIII, p. 707 y ss.

11 Para más datos sobre el movimiento marítimo y comercial de Veracruz véanse las siguientes obras: Miguel Lerdo de Tejada, Comercio Exterior de México desde la Conquista hasta hoy, México, 1853; Eduardo Arcila Farías, Comercio entre Venezuela y México en los siglo XVII y XVIII, México, El Colegio de México, 1950; Robert Sydney Smith: “Shipping in the port of Veracruz 1790-1821”, en Hispanic American Historical Review, vol. XXIII, february 1943, p. 5-20; para el comercio de cabotaje entre Veracruz y Campeche véanse los estudios de José Ignacio Rubio Mañé, publicados en el “Boletín del Archivo General de la Nación”, t. XXIV, 4, 1953, t. XXV, 1 y 2, 1954; en la colección que se inicia con este volumen se publicará en fecha próxima un libro que recoge valiosa información sobre el movimiento marítimo y comercial del puerto en el siglo XVIII.

12 Véase la descripción de Veracruz y cu comarca de Álvaro Patiño, en Joaquín Ramírez Cabañas: La ciudad de Veracruz en el siglo XVI, México, Imprenta Universitaria, 1943, p. 23. Hacia la mitad del siglo XVIII continuaba esta situación, como puede verse en la obra de Joseph Antonio de Villaseñor y Sáchez, Teatro americano. Descripción general de los reynos y provincias de la Nueva España y sus jurisdicciones, 2 tomos, México, ed. Nacional, 1952 p. 350.

13 Sobre la defensa y fortificaciones del puerto véase Antonio Calderón Quijano, Las Fortificaciones en Nueva España, Sevilla, Escuela de Estudios Hispano Americanos, 1953; el volumen 2 de esta elección, ya en prensa, agrupa una larga serie de reales cédulas relativas al castillo y la fortaleza de San Juan de Ulúa en los siglos XVII y XVIII, más una introducción de la profesora María del Carmen Velásquez: el volumen 3, también de próxima aparición, contiene valiosos documentos sobre la Armada de Barlovento y un estudio preliminar del profesor Jorge Alberto Manríque.

14 En relación a la importancia del puerto de Veracruz en la economía de la Nueva España véanse las obras consignadas en la nota 11.

15 Seville et L’Atlantique, t. VIII, p. 698 y ss., y 713 y ss.

16 Para más datos sobre los caminos de Veracruz, el abasto y la arriería, véase la obra de Manuel B. Trens, Historia de Veracruz, 6 tomos. Jalapa, 1947, t. II, p. 100-109.

17 Op. cit., t. II, p. 300-301.

18 El libro próximo a aparecer en esta colección, citado en la nota 7, muestra claramente cómo la necesidad de defender la costa de Veracruz en el siglo XVIII, promovió el conocimiento de los recursos naturales y económicos de esta región.

19 Véase sobre Córdoba el libro de Joseph Antonio Rodríguez y Valero: Cartilla histórica y sagrada. Descripción de la villa de Córdoba y su gobierno de su santa iglesia parrochial (1959). Estudio preliminar de Leonardo Pasquel. México, Ed. Citlaltépetl, 1964, p. 1 y ss., 48 y ss. También Enrique Herrera Moreno: El cantón de Córdoba. Apuntes de Geografía, estadística, historia, etc., 2 tomos. Estudio preliminar de Leonardo Pasquel. México, Ed. Citlaltépetl, 1959, T. 1, caps. IV, V, VI y VII; para lo mismo pero en relación con Orizaba: Joaquín Arróniz: Ensayo de una historia de Orizaba, 2 tomos. Estudio preliminar de L. Pasquel. México, Ed. Citlaltépetl, 1959, T. 1, cuarta parte, caps. I, II, III, IV, V, VI, VII; T. II cap. VIII; Vicente Segura: Apuntes para la estadística del departamento de Orizaba. Jalapa, Talleres de la Escuela de Artes y Oficios, 1935. Caps. V y VI.

COMUNICACIONES Y MOVIMIENTO MERCANTIL

Peter Rees*

En el caso de Veracruz, la creación de un sistema de comunicaciones que vinculaba la costa del Golfo con el Altiplano determinó no sólo la formación de poblaciones importantes como Xalapa, Córdoba y Orizaba, sino la economía misma de la entidad, sobre todo de la región central.

Los sistemas de transporte son la expresión del intercambio material de mercancías como de personas. A medida que la especialización económica y cultural se va propagando de un lugar a otro, los transportes actúan, cada vez en mayor medida, como vínculos que unen a la sociedad humana. La representación geográfica visual de estos vínculos se traduce en una amplia variedad de redes de transporte cinceladas en el paisaje, que entrelazan y conectan las desiguales actividades que desarrolla el hombre en la superficie de la tierra. Por lo tanto el análisis de las fuerzas que dan origen a estos circuitos de caminos, nos permite obtener una mayor comprensión de las fuerzas fundamentales de la organización geográfica de la sociedad.

En ningún lugar es más factible el desarrollo de los medios de transporte que entre dos regiones con recursos básicos marcadamente diferentes. Este es el caso de la zona situada en el oriente de México, que abarca de la ciudad de México al puerto de Veracruz, núcleos de población separados por un relieve extremadamente variado. A pesar de que en la mayor parte de los 430 km de distancia que hay entre las dos ciudades predomina el altiplano alto y seco, surcado por depresiones, en la orilla de la meseta, que define la Sierra Madre Oriental, hay un hondo precipicio de 3 000 m que se extiende a través de una amplia variedad de zonas ecológicas, hasta llegar a las cálidas y húmedas planicies costeras del golfo de México, surcadas por barrancas.

En esta brusca yuxtaposición de climas tropicales y templados, era natural que se generara una importante interacción social y económica. En forma concluyente Katz afirma que una complementación ecológica similar, a mayor escala, fue uno de los principales incentivos para el desarrollo de las líneas prehispánicas de comercio a larga distancia en Mesoamérica.

No obstante, la demanda de interacción entre dos núcleos de población geográficamente separados dará lugar a que surjan vínculos de transporte, únicamente si dicha demanda en lo suficientemente vigorosa para vencer cualquier obstáculo topográfico que pudiera interponerse y que significaría la elevación de los costos de capital y operación de una determinada tecnología de transporte. Entre la ciudad de México y el puerto de Veracruz existen dos puntos que dificultan notablemente el transporte por tierra. Alrededor de la zona oriental del valle de México, los elevados picos del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl forman un enorme macizo volcánico llamado la sierra de Tláloc. En este lugar, las rutas convergen necesariamente en cualquiera de los dos pasos, o bien tienen que circular la barrera montañosa. Además, en el borde de la meseta, las elevaciones de la Sierra Madre Oriental permiten únicamente el acceso por tres pasos, bastante angostos, a las tierras bajas, situados al otro lado de la barrera. El paso del norte atraviesa Jalapa y consiste de una prolongada pendiente. El del sur recorre el valle de Orizaba, un cañón profundo y encajonado que llega hasta el corazón de la cadena montañosa y termina en la meseta, formando un acantilado casi vertical. El tercero es el más elevado: atraviesa el paisaje situado entre los picos de Orizaba y Perote, que coronan el macizo montañoso. Ninguno de estos tres pasos puede franquearse con facilidad, ni siquiera en la época actual de tecnología moderna.

Así pues, en términos del desarrollo del transporte la región oriental de México es un ejemplo extremoso, ya que por una parte las variedades climáticas producen condiciones sumamente positivas para la interacción, y al mismo tiempo graves limitaciones para lograrla. Diversas teorías sobre la geografía del transporte sugieren que para resolver este conflicto de fuerzas es necesario, en primer lugar, realizar pruebas y experimentos preliminares con las diferentes combinaciones de rutas que surgieron después de la aparición de una línea de transporte única y predominante. 20 Pero en realidad, desde la época colonial las ciudades de México y Veracruz han estado unidas por una red de transporte en que predominan dos rutas paralelas, que, una vez establecidas como resultado de las extremas dificultades para el tránsito, se han conservado intactas a pesar de las subsecuentes modificaciones que han experimentado la tecnología del transporte y la demanda del tránsito.

Esto nos lleva al propósito fundamental de este estudio que consiste en la investigación de dos aspectos básicos: 1) ¿Por qué razón después de trescientos años perdura esta costosa duplicación de caminos?; y 2) ¿Cuáles han sido las consecuencias de esta situación para la estructura del panorama económico y de los asentamientos del oriente de México? Las preguntas anteriores, a su vez, se derivan de la identificación de las fuerzas fundamentales del desarrollo del transporte en la región. En este estudio se señalan dos fenómenos que han desempeñado un papel especialmente importante: la inercia y la competencia de las rutas.

La competencia, derivada de los intereses comerciales en Jalapa y Orizaba-Córdoba, tanto por su propio derecho como en su carácter de representantes de intereses similares de México, Puebla, Veracruz y hasta España, estimuló la duplicación de la alineación de rutas. La constante rivalidad económica entre estos grupos se conservó lo suficientemente firme como para evitar la captura de los caminos y la aparición de una traza predominante. La consecuencia de esta competencia ha sido la inercia, es decir, la persistencia en la ubicación de las rutas.

Una vez establecidas las rutas de transporte, por el mero hecho de su existencia tienden a impedir la depreciación por desuso, ya que por lo general atraen el apoyo económico local además del originalmente generado entre las terminales. Los asentamientos crecen a lo largo de la traza, las líneas de construcción urbana se orientan también hacia los caminos y se fusionan los intereses económicos legalmente establecidos en los lineamientos vigentes. Únicamente en ciertos momentos críticos esta inercia se debilita o trastorna, en especial durante la introducción de una innovación fundamental en el campo del transporte, cuyos requerimientos tecnológicos hacen necesaria una nueva alineación de la ruta, o en épocas de importantes cambios culturales y económicos, cuando es factible el surgimiento de nuevas fuentes de interacción. Estas circunstancias se presentaron en el oriente de México, pero la competencia económica logró resistir su impacto. Además, la inercia se fortaleció aún más debido al punto de vista predominante de los que controlaban el transporte y el comercio durante toda la época y el siglo XIX, en el sentido de que las rutas entre México y Veracruz estaban destinadas a funcionar como parte de un sistema económico colonial a larga distancia, basado en la exportación de materias primas y la importación de artículos manufacturados. Muy rara vez se consideraban las nuevas demandas locales de interacción, que pudieran haber significado la modificación de las rutas de transporte.

Así pues, la capital de la Nueva España y Veracruz, el puerto colonial más importante de la costa del golfo, llegaron a convertirse en los puntos centrales del vasto eje comercial colonial entre España y América. Los caminos coloniales sentaron las bases de la moderna red de transportes. En el transcurso de cuatro siglos, en los que la República se inclinó principalmente hacia Europa, el corredor México-Veracruz conservo su importancia como el lazo de transporte fundamental del país. Los medios de transporte imprimieron una unidad regional a la zona, así como una cohesión que de lo contrario hubiera sido imposible lograr entre paisajes topográficos tan disímbolos. Pero el aspecto más importante estriba en que la persistencia de la ruta geográfica durante tanto tiempo, convirtió a la red de transporte en una fuerza primordial en la conformación del paisaje humano de la región. Por lo tanto, en este caso, la comprensión de las fuerzas inherentes a la evolución del transporte es requisito previo para el entendimiento de la propia región. El enlace del circuito de caminos que conectaba a México con Veracruz estaba virtualmente terminado hacia el final del periodo colonial. El moderno circuito de caminos sufrió algunas modificaciones con respecto a su antecedente colonial, así como en la dirección y el uso de los diversos segmentos de la ruta. En realidad la mayor parte del circuito se había trazado sólo cinco años después de la llegada de los españoles. En los dos siglos subsiguientes de colonización se presentaron otras modificaciones en la ubicación de las rutas correspondientes a las tierras bajas de Veracruz. Cuando se terminó la construcción de un puente sobre el río La Antigua, fue abandonada la senda que se extendía a lo largo de la playa, desde el puerto de La Antigua, a favor de una ruta interior más directa. Hacia el sur, a través del Paso del Macho, una ruta más directa aunque no más accesible, vino a completar la antigua ruta que pasaba por Cotaxtla, uniéndose ambos caminos precisamente debajo de la ciudad de Córdoba.

Las características predominantes del circuito continuaron siendo las dos rutas paralelas que unían a Veracruz con la capital, una que pasaba por Xalapa y Apan y otra por Orizaba y Puebla. Una ruta transversal unía a estos dos caminos, entre Puebla y Perote. Podría pensarse que la distribución de este circuito de caminos no obedecía a ninguna razón misteriosa: los españoles simplemente establecieron rutas a través de los pasos y de los valles más importantes, en los casos en los que la geografía física lo permitía. Pero esta suposición no tiene en cuenta las significativas diferencias en las elevaciones y distancias entre las diferentes secciones del circuito. La ruta Xalapa-Apan tenía 40 km más de longitud, pero el terreno por el que atravesaba tenía una elevación total de 1 150-1 250 m menos que el de la ruta Orizaba-Puebla. Esto contribuía indudablemente a fortalecer los elementos que apoyaban el tránsito por el valle de Apan durante todo el periodo colonial, a pesar del papel que desempeñaba Puebla como imán para el tránsito. Pero el argumento relativo a la topografía en sí mismo ignora la naturaleza del tránsito que circulaba por los diversos segmentos del circuito de caminos. En el paso de Jalapa, continuaba circulando la mayor parte del tránsito a larga distancia, pero hacia el sur, en el valle de Orizaba, la ruta donde circulaba el tránsito local o regional originado por los intereses de Puebla y del altiplano, se elevó a la categoría de una ruta opcional para el movimiento a larga distancia del golfo a la capital. Esta duplicación de rutas con diferentes características físicas, que enlazaban una serie de terminales de un circuito, puede explicarse como producto de la competencia.

Las rutas estaban al servicio de los intereses del comercio mercantil a larga distancia. El tránsito de los artículos a través de Jalapa (especialmente en la época de las ferias) favoreció a los mercaderes de Sevilla y Veracruz, que habían fincado sus intereses en esta población. Al evitar pasar por Xalapa, los comerciantes de la ciudad de México se favorecían, ya que ellos apoyaban la ruta de Orizaba. Las rivalidades subsidiarias entre Orizaba y Jalapa fortalecieron la competencia entre las rutas debido a las ventajas económicas reportadas por el tránsito que circulaba en ambas poblaciones. La naturaleza de las barreras físicas que se levantaban entre las dos ciudades, evitó que éstas lograran extender su esfera de influencia económica y llegaran a invadirse mutuamente. La “captura” de la ruta que pudo haber ocurrido si una situación de esta naturaleza se hubiera presentado en terrenos planos, no fue posible porque los caminos ramales entre los dos centros urbanos, vía Huatusco, eran casi intransitables, hecho que permitió la perpetuación de la competencia entre las dos rutas y la duplicación de las mismas.

* Transportes y Comercio entre México y Veracruz, México, Sep. Setentas, No. 304, 1976, p. 11-16, 92-94 (selección).

20 Véase Edward J. Taaffe, Richard L. Morril y Peter R. Gould, “Transportation Expansion in Underdeveloped Countries: a Comparative Analysis”, Geographical Review, 53, 1963, p. 503-529.

AGRICULTURA NOVOHISPANA

Luis Chávez Orozco y Enrique Florescano*

Pese a la importancia que el movimiento mercantil adquirió dentro de la economía veracruzana, la agricultura también constituyó un renglón de relevancia con características propias de la “tierra caliente”.

Con el propósito de disponer de un marco de referencia que nos permita comparar el desenvolvimiento agrícola de Veracruz con el que distingue en general al de la Nueva España, comenzaremos por reseñar, brevísimamente, algunas de las características que definen a este último.

La agricultura de la Nueva España, aun cuando adoptó modalidades propias en cada región, se distinguió por ser fundamentalmente una agricultura de granos (de maíz y trigo en particular, y secundariamente de frijol, garbanzo, alberjón, lenteja, etc.). El papel desempeñado por el maíz y el trigo en el desarrollo de la sociedad que se gestaba en esta parte del Nuevo Mundo fue definitiva. El primero era el sustento básico de la totalidad de la población indígena, o sea, en términos económicos, de la fuerza de trabajo. Un informe del consulado de México del año de 1788, sobre la situación económica del virreinato, es bastante explícito en relación al lugar que ocupaba el maíz en la vida de la Colonia:

El primer ramo de la agricultura es el de las siembras de maíz, por ser la semilla con que se alimentan a lo menos las cuatro quintas partes de personas de este reino y casi todas las bestias de carga, silla y tiro de minas, ingenios de azúcar y de coches. 21

Por su parte, el trigo cumplía igual papel respecto de la población blanca, aunque ésta disponía también de la carne, e incluso del maíz, como sustitutos de su dieta. Pero si la importancia de ambos cereales como alimentos esenciales de uno y otro sector de la población es más o menos pareja, no ocurre lo mismo con el desarrollo que experimentan a lo largo de la colonia. Mientras que el cultivo y la producción de maíz es más bien lento, el del trigo, bajo el estímulo de un mercado remunerador, mejores técnicas y el beneficio del riego, parece desarrollarse con mayor rapidez. Y aun cuando puede decirse que el maíz gozaba de ciertas ventajas (como su origen americano, el hecho de poder cultivarse en casi todas las tierras de la Nueva España, con o sin riego, técnicas de cultivo más sencillas, etc.), también es cierto que se enfrentaba a problemas de muy difícil solución en su época. Por ejemplo, el mismo informe del consulado citado arriba explica que:

Como no hay ni puede haber extracción alguna (fuera de la Nueva España) se limitan las siembras a poco más de lo que se pueda consumir en dos años, supuesta una buena cosecha, porque hay pocos labradores que tengan facultades para encerrar el maíz por tres o más años, aunque el temperamento… ofrezca la conservación con poca merma. 22

Por otro lado, el cultivo del maíz, además de las limitaciones que le imponían a su producción la falta de mercados exteriores y las dificultades de almacenamiento, estaba expuesto, mucho más peligrosamente que el trigo, a las contingencias del tiempo: las heladas, el granizo y la escasez o la abundancia excesiva de lluvias, fueron, sin duda alguna, el principal enemigo del agricultor. Durante el siglo XVIII, por ejemplo, los problemas más graves de la agricultura de granos tuvieron por origen la intempestiva aparición de uno o varios de estos fenómenos climáticos. En esa centuria la escasez de maíz motivadas por variaciones imprevisibles del tiempo fueron muy frecuentes (1709-1710, 1713-14, 1749-50, 1785-86, 1792), por lo que los informes sobre la situación agrícola de fines de siglo son en general profundamente pesimistas. La escasez de 1785-86, la más severa de todo el periodo colonial, elevó los precios del maíz y del trigo a su nivel más alto, provocó una mortandad terrible entre la población indígena, paralizó buena parte de la vida económica y todavía prolongó sus efectos hasta el final del siglo. 23

Sin embargo, a pesar de todas estas limitaciones, la agricultura de granos experimentó un progreso notable a partir de la segunda mitad del siglo XVI. Desde estos años en adelante se van delineando con precisión los centros productores de granos sobre los que descansará la alimentación de la colonia. Los valles de México, Toluca y Puebla, y un poco después, las zonas del occidente y el norte de la Nueva España, serán las áreas que concentren la mayor producción de granos.

Nos interesa destacar aquí, para su comparación con la situación agrícola que prevalece en Veracruz, las causas que motivan el rápido desarrollo de la agricultura en las regiones arriba mencionadas. El primer elemento que sobresale actuando como incentivo poderoso en el incremento de la agricultura de granos, es la fundación de numerosas villas y ciudades en las primeras décadas de la Colonia y posteriormente. No cabe duda que la creación de pequeñas y grandes ciudades (que desarrollan a su vez la economía monetaria y comercial), ejerció una influencia determinante en el aumento de la producción agrícola. En efecto, la demanda constante que hacen estos nuevos centros, así como la reglamentación municipal de granos que pronto aparece 24 favorecieron la formación de un mercado cada vez más amplio y estable, que aseguraba la compra a buen precio de los productos agrícolas. El caso de la ciudad de México, el mayor centro de consumo de la Nueva España, es sumamente ilustrado en este respecto. Resulta curioso observar cómo el crecimiento demográfico de la ciudad de México corre parejo con el desarrollo agrícola de sus alrededores. Así, al paso que aumenta su población, en las inmediaciones de la gran ciudad crecen y se multiplican un gran número de ranchos y haciendas especializados en la producción de granos, que a manera de inmenso cinturón circundan la ciudad y cuidan de su abasto (Chalco, Xochimilco, Tacuba, Tacubaya, Coyoacán, Tepoztlán, y más alejados, Apan, Tula, Toluca, etcétera.). 25

El gran rival de los valles de México-Toluca en la producción de granos fue el valle poblano-tlaxcalteca, cuyo desarrollo agrícola se explica, como en el caso anterior, por su proximidad a los grandes centros de consumo (Puebla, México, el puerto de Veracruz), y porque también dispone de una abundante mano de obra. El rápido desarrollo de la producción de trigo y maíz que se observa en esa zona (Tehuacan, Atlixco, Tepeaca, Tecamachalco, etc.), se debe en buena parte a la situación estratégica que ocupa. Situada a medio camino entre México y el puerto de Veracruz, el trigo y el maíz que se producen en esta zona tenían prácticamente asegurada su salida, sobre todo por el puerto. Ya vimos anteriormente que el aprovisionamiento de harina del puerto provenía de Atlixco y Tehuacan. Pero además, que sepamos, es ésta la única región que exporta granos al exterior. En efecto, de Tehuacan, Atlixco y las proximidades de Puebla salía la harina que abastecía a muchas de las islas españolas del Caribe y a las provincias de Caracas y Maracaibo. 26

Otro factor que impulsó la agricultura de granos fue el descubrimiento de las minas en el norte de la Nueva España. Con las minas vino el establecimiento de los reales mineros, de los presidios y de los fuertes en “la frontera de los indios bárbaros”. El desplazamiento de una numerosa población hacia esta región pionera, y la lejanía de los grandes centros productores, fueron los incentivos que obligaron a desarrollar, en las cercanías de los reales mineros y de los presidios, los imprescindibles y haciendas de labor que habrían de asegurar el aprovisionamiento de hombres y bestias, así como la continuidad del trabajo en las minas. La creación de ranchos y haciendas agrícolas alrededor de los reales mineros tendía también a reducir altísimos precios a que se vendían los mantenimientos esenciales en esos lugares apartados y de difícil comunicación. Surgió así el llamado complejo real minero-hacienda, cuyo componentes, la comunidad minera, el rancho ganadero y la hacienda agrícola, combinaban la proximidad geográfica con la interdependencia para el progreso de la agricultura en el norte y el occidente. Y en general, como bien lo apuntó Humboldt:

En todos los parajes donde se han descubierto vetas metálicas, en las partes más incultas de las cordilleras, en llanuras aisladas y desiertas, el beneficio de las minas, lejos de entorpecer el cultivo de la tierra, lo ha favorecido singularmente… Sin los establecimientos formados para el beneficio de las minas. ¡Cuántos sitios habrían permanecido desiertos; cuántos terrenos sin abrir al cultivo en las cuatro intendencias de Guanajuato, Zacatecas, San Luis Potosí y Durango…!28

Finalmente, la agricultura que venimos reseñando se distinguía por un rasgo muy peculiar: por su carácter marcadamente comercial. A diferencia de la agricultura de subsistencia que fue común en las regiones de Chiapas, Oaxaca, Yucatán, e incluso Veracruz, la agricultura de los valles de México y Puebla, o la del norte de Nueva España, es una agricultura que produce para el mercado, ya sea el de las grandes urbes (como México o Puebla), el de los puertos (Veracruz, Campeche, La Habana, Maracaibo), o el de los reales mineros (Zacatecas, Guanajuato, Pachuca). Estos son, pues, a grandes rasgos, los elementos esenciales que contribuyen a desarrollar la agricultura de granos en el centro y el norte del país.

Infortunadamente, en el resto de la Nueva España no concurren estos factores, o al menos no en la misma medida, y por esa razón la situación agrícola es singularmente distinta. En Tabasco, Oaxaca, Chiapas y la península yucateca, la población blanca que se establece en esas tierras es sumamente reducida; además, el grupo indígena, mucho más numeroso, persiste en sus técnicas de cultivo milenarias y desarrolla una agricultura de subsistencia. No hay tampoco en estas tierras el estímulo de los grandes centros de consumo ni de las minas, que son pocas y de mediana importancia. Todo esto, más la falta de comunicaciones en una zona dominada por la selva, contribuye a modelar una estructura económica muy atrasada, que se caracteriza por una agricultura de subsistencia y por el casi nulo desarrollo urbano y artesanal.

En Veracruz, la situación agrícola a fines de la Colonia si bien presenta algunos puntos de contacto con la del sureste de México, muestra en cambio una mayor diversidad y progreso. Sin embargo, en lo que se refiere a la agricultura de granos, el panorama es muy semejante al que se observa en Oaxaca, Chiapas o Yucatán. En primer lugar, el clima de la provincia veracruzana no consintió el cultivo del trigo más que en unas cuantas zonas que producían cosechas muy limitadas (Jalacingo, Orizaba, Acultzingo, Perote). Y en cuanto al maíz, aunque de hecho se cultivó en casi toda la extensión del territorio, la producción fue muy pobre. Los informes que suministran los Apuntes Estadísticos de la Intendencia de Veracruz indican que la producción maicera de Veracruz apenas si cubría el consumo local. Hacia 1803, los productores principales de maíz en el estado, según ese mismo documento, son: Tlacotalpan (que produce 130 000 fanegas anualmente). La Antigua (con una producción anual de 35 000 fanegas), Zongolica (200 fanegas), y Jalacingo, cuyas cosechas le producían $1 300.00 anuales. También se cosecha maíz, frijol, arroz y otras semillas en Córdoba, Orizaba, Huatusco, Cosamaloapan, Acayucan, Misantla, Jalapa y en los alrededores del puerto de Veracruz, pero en cantidades muy exiguas. En fin, la pobreza de la producción de granos veracruzana queda suficientemente demostrada por el hecho de que ni siquiera podía abastecer al puerto de Veracruz en los momentos en que la flota atracaba en sus muelles. El desarrollo de Veracruz como centro productos de granos, obstaculizado en esos años por la baja densidad de población y la falta de mercados, tuvo así que posponerse hasta nuestros días.

Sin embargo, y a diferencia del centro y el norte de la Nueva España, la zona de los granos por excelencia, Veracruz desarrolló la agricultura que más se avenía con su situación, clima y tierras: la agricultura tropical. Los cultivos de caña de azúcar, tabaco, cacao, vainilla y frutas, así como los de fibras textiles (ixtle, algodón), compensaron la debilidad que manifestaba en la época la producción de granos.

La caña de azúcar. El cultivo de la caña de azúcar fue transportado por los españoles de las islas Canarias a las Antillas, y de ahí saltó a la Nueva España, donde rápidamente se expandió por la costa veracruzana, el valle de Cuernavaca, Michoacán, Puebla y otros puntos. A fines del siglo XVI el nuevo cultivo y la producción azucarera eran ya de tal importancia en Nueva España, que el padre Acosta hace notar que “es cosa loca lo que se consume de azúcar y se conserva en indias”. 29

Con el cultivo y el beneficio de la caña de azúcar aparecieron en Nueva España las primeras muestras de lo que después se llamaría complejo agrícola-industrial, pues, por contraste que otros cultivos, el de la caña de azúcar requería de “grandes explotaciones mitad agrícolas, mitad industriales, que empleaban centenares de hombres, indios o negros”. 30 Esta particularidad de la explotación cañera le imprimió a Veracruz, en lo que al campo y a la agricultura se refiere, un carácter especial en su estructura agraria muy cercano al sistema de la plantación; carácter que habría de acentuarse al prosperar otro tipo de cultivos semejantes, como el de algodón e incluso el del tabaco. Por otra parte, el aspecto industrial de la caña de azúcar: la producción de azúcar, melazas, panelas y aguardiente, contribuyó a estimular el débil desarrollo industrial que se observa en Veracruz a lo largo de la Colonia.

Hernán Cortés sembró en Veracruz (Tuxtla) las primeras cañas que crecieron en el continente, hacia el año de 1526. Poco después, por 1535, Rodrigo de Albornoz sembró caña e instaló un trapiche en la región de Cempoala, y para beneficiar el azúcar hizo traer más de un centenar y medio de negros. 31

Pronto, pues, la extraordinaria fertilidad del suelo y seguramente la cercanía del puerto, impulsaron el crecimiento de las explotaciones cañeras, que a su vez multiplicaron el número de trapiches e ingenios. Así, a fines del siglo XVII, se enumeran importantes trapiches e ingenios en Orizaba, Jalapa, Chicontepec, Coatepec, Tamazunchale, Tantoyuca, Mahuixtlán, Tuxtla, etc. Algunos de ellos de magnitudes impresionantes, como el de Orizaba, “con todo un arsenal de herramientas, calderas, peroles y piezas de cobre, una herrería y una carpintería completas para el mantenimiento de las máquinas, el ingenio propiamente dicho, la ‘casa de prensas’, la de las calderas, 2 ‘casas de purgar’ o, edificios en que se purificaba el producto, con 34 ‘barbacoas y 2 tachos, decenas de bueyes, arados y carretas, 2 recuas de 37 y de 22 mulas, y sobre todo, una multitud de esclavos”. 32

Más tarde, hacia la mitad del siglo XVIII, había en Chacaltianguis 19 ingenios y trapiches y en Córdoba otros 33, además de los de Tantima, Pacho, Tuxpan, Jalapa, Orizaba. En los primeros años del siglo XIX los ingenios de Tuxtla fabricaban azúcar, panela y aguardiente, lo mismo que los de Córdoba, que en esos años suman 23. En 1804, la subdelegación de Jalapa contaba con 11 trapiches e ingenios: Almolonga, Maxtatlán Lencero, Ingenio Viejo, Platanar, Pacho, Tuzamapan, Mahuixtlán, La Laguna, La Orduña y Zimpizahua.

Un poco antes del gran desarrollo del cultivo de la industria azucarera a finales del siglo XVIII y principios del XIX, la situación era distinta. Hacia el año de 1788 el informe del consulado de México asevera que las cosechas en los arzobispados de México, Valladolid y Puebla, apenas llegan a 800 000 arrobas, por lo cual “no hay extracción alguna y se consumen en este reino”. Apunta ese documento, como causas de la débil producción, la competencia que hacen las Islas de Barlovento y la prohibición de fabricar aguardiente que pesaba sobre los habitantes de la Nueva España. 33 Agrega el mismo documento que si se suspendiera esta última limitación, se producirían en Nueva España millón y medio de arrobas de caña de azúcar, cantidad suficiente para competir ventajosamente con la producción azucarera de las Antillas.

Afortunadamente, a principios del siglo XIX los dos obstáculos mencionados cesaron de afectar la producción de caña de azúcar, pues según explica Humboldt:

El cultivo de la caña de azúcar ha afectado progresos tan rápidos en estos últimos años, que en la actualidad la exportación de azúcar, por el puerto de Veracruz, es de más de 500 000 arrobas que, a tres pesos la arroba, en 1803, valen 1 500 000 pesos. 34

Señala el mismo Humboldt que desde que se ha observado esta prosperidad en el cultivo del azúcar, “se han multiplicado en la provincia de Veracruz las plantaciones de caña de azúcar y de algodonales, principalmente desde los funestos de Santo Domingo, que han dado un gran impulso a la industria en las colonias españolas”. 35

El ejemplo citado muestra, por lo demás, cómo desde esos años hasta nuestros días la industria azucarera de México ha estado muy estrechamente ligada a los avatares políticos que frenen o desarrollan la producción de azúcar en las islas del Caribe. El gran incremento en el cultivo del azúcar que señala Humboldt en los primeros años del siglo XIX, tuvo por causas, entre otras, la rebelión de los negros de Haití-Santo Domingo, encabezada por Toussaint L’Overture, Dessalines y Henri Christhope en 1794, que paralizó todas las actividades de la isla, entre ellas la muy importante del cultivo y beneficio de la caña de azúcar.

Así, pues, la intendencia de Veracruz muestra, poco antes de la guerra de independencia, un sensible progreso en el cultivo de la caña de azúcar y un fuerte crecimiento en la industria azucarera.

El tabaco. El cultivo del tabaco fue otra de las actividades agrícolas que desarrolló Veracruz, especialmente a partir del siglo XVIII. Las zonas en que prosperó el cultivo fueron las de Córdoba, Huatusco, Orizaba y Zongolica, las cuales pronto se distinguieron por su fuerte producción y calidad del producto. A mediados del siglo XVIII, el cultivo del tabaco iba en auge no sólo en Veracruz, sino también en otras provincias de la Nueva España. Sin embargo. Un bando del 14 de diciembre de 1764 estableció el Estanco de Tabaco, y a partir de esa fecha los agricultores tuvieron que solicitar permiso especial para plantar tabaco, viéndose obligados además a vender toda su producción a la Real Hacienda. La compra y la venta del tabaco se convirtió así en un monopolio de la corona. Finalmente, el cultivo quedó limitado a sólo las regiones de Córdoba, Orizaba, Huatusco y Zongolica, perjudicándose a todas las demás zonas productoras que, como Autlán, Ezatlán, Tepic, Acaponeta, etc. en la intendencia de Guadalajara, habían alcanzado renombre y prosperidad por la calidad del tabaco que cosechaban. 36

Naturalmente, la creación del estanco produjo gran descontento entre los agricultores directamente afectados. Esta situación se agravó por la pésima administración de los años iniciales, que contribuyó a desacreditar más ampliamente al estanco y que impidió alcanzar el fin que se buscaba con su establecimiento: aumentar los ingresos del erario. No fue sino hasta después de 1765, cuando el visitador José de Gálvez tomó el asunto en sus manos, que la situación financiera del estanco mejoró. Según Humboldt, en los primeros años del siglo XIX el estanco del tabaco le aportaba a la Real Hacienda un beneficio neto de cuatro millones de pesos. He ahí, pues, en cifras concretas, la explicación del establecimiento del estanco.

Pero no todo fue ganancia de los plantíos a sólo la región de Córdoba, Orizaba, Huatusco y Zongolica, significó un brusco descenso de la producción global de tabaco en Nueva España. Así, en frecuentes ocasiones hubo necesidad de importar tabaco al exterior: en 1770 se recomendaba pedir un millón de libras de tabaco al extranjero (500 000 libras de La Habana y otras tantas de Caracas o Santo Domingo). Y en ese año y en otros también se compró tabaco a Santo Domingo, Guatemala, Nueva Orleáns, e incluso se tuvo que permitir algunas veces la siembra de tabaco en el obispado de Guadalajara, aunque sólo transitoriamente. 37

A pesar de todo, el monopolio del cultivo concedido a Veracruz benefició el desarrollo agrícola del Estado. A principios del siglo XIX Humboldt decía, en relación a la producción tabaquera de esa entidad, lo siguiente:

En Veracruz se valúa la cantidad de tabaco que se cosecha en los distritos de Orizaba y Córdoba en ocho o diez mil tercios (de ocho arrobas), que hacen 1 600 000 ó 2 000 000 de libras; pero esta valuación es demasiado baja. 38

La importancia económica de este cultivo para Veracruz puede apreciarse si consideramos que en 1803 la siembra de tabaco le producía, únicamente a la región de Zongolica, de 50 a 60 mil pesos anualmente.

El monopolio del tabaco, que en principio sólo se concretaba a la compra y la venta del tabaco en rama, fue extendido, por idea de Gálvez, a la fabricación de puros y cigarros. De este modo, a partir de 1775 quedaron suprimidas todas las fábricas particulares de puros y cigarros, convirtiéndose la Real Hacienda en la única beneficiaria de este ramo, cuya producción, elaboración, distribución y comercio le producían uno de los ingresos más altos entre todos los monopolios. En estas medidas de Gálvez tienen su origen las Reales Fábricas de puros y cigarros de México, Puebla, Orizaba, Querétaro, Guadalajara y Oaxaca, todas propiedad de la corona. De ellas, las más importantes fueron la de México, que en 1788 tenía más de 7 000 trabajadores 39 ; la de Querétaro, que daba ocupación a 3 000 obreros, de los cuales 1 900 eran mujeres 40 ; y la de Orizaba, de la que nos ocuparemos adelante, cuando consideremos la situación industrial de Veracruz.

El estanco del tabaco, como todos los otros monopolios de la corona, fue objeto posteriormente de numerosas críticas por parte de los partidarios de la libertad de comercio. Entre éstos hubo algunos veracruzanos que, como Vicente Segura, afirmaron que el estanco fue incluso perjudicial para las zonas beneficiadas con el monopolio del cultivo. 41 Sin embargo, no debe olvidarse que sin el monopolio del cultivo del tabaco el progreso agrícola de una importante zona de Veracruz se hubiera estancado. Además, gracias a este cultivo pudo después Veracruz desarrollar una actividad industrial que todavía hoy es importante en el estado: la fabricación de puros.

La vainilla y el cacao. Seguía en orden de importancia a los dos cultivos anteriores el de la vainilla, cuya producción se concentraba casi toda en Veracruz (Misantla, Colipa, Yacuatla, Papantla, Nautla y San Andrés Tuxtla), de donde también salía toda la vainilla que la Nueva España exportaba a Europa. Humboldt estimaba el valor de la producción de vainilla de las regiones de Misantla, Colipa, Papantla y Teutila entre 30 y 40 000 pesos anuales, sin tomas en cuenta lo que se producía en San Andrés Tuxtla. 42 En 1803, según otro informante, los beneficios que la vainilla le aportaba a Misantla y Colipa eran del orden de 14 a 20 000 pesos anuales.

Sin embargo, los rendimientos que producía este cultivo no beneficiaban a los agricultores de esas regiones, ni tampoco a los indígenas, quienes hacían el corte, sino sólo a un pequeño número de comerciantes: los famosos “habilitadores”. Afirma Humboldt que el comercio de la vainilla estaba en manos de “algunos sujetos que llaman habilitadores, porque adelantan dinero a los cosecheros, que con este motivo se ponen bajo su dependencia. Estos son los únicos que sacan casi todo el provecho de este ramo de la industria mexicana”.

El cacao, cuya producción disminuyó en toda la Nueva España desde el siglo XVI, se cultivaba, aun cuando no en cantidades importantes, en Acayucan, donde producían unos 3 000 pesos anualmente en Tuxtla y Coatzacoalcos. Pero en general, ni la producción de Veracruz ni la de Tabasco alcanzaban a cubrir la creciente demanda (interna y externa) de este grano, por lo que gran parte del cacao que se consumía y se exportaba provenía de Guatemala, Guayaquil, Maracaibo y Caracas.

Cultivo y beneficio de fibras textiles. Desde tiempos prehispánicos las tierras de Veracruz se distinguieron por su fuerte producción de fibras textiles, principalmente de algodón, de cuyo cultivo e industria nos ocuparemos en la segunda parte de este estudio. A finales del siglo XVIII se reveló también la importancia de Veracruz como productor de ixtle, planta que no se cultiva, sino que crecía salvaje en la región de Acayucan y Tlalixcoyan. El descubrimiento de enormes plantíos de ixtle en esa región de Veracruz, y también los primeros pasos para su explotación, tienen como antecedente la política adoptada por la corona hacia 1788, en el sentido de fomentar la producción de materias primas en Nueva España con el propósito de que estos productos abastecieran las necesidades de la industria de la metrópoli que precisamente estaba en decadencia por falta de materias primas. Estos requerimientos de la industria española explican la real cédula de mayo de 1788, que ordenaba introducir en América el cultivo del cáñamo y del lino, con la advertencia de que toda la fibra que se recogiera debería llevarse a hilar en España.

Con estos antecedentes se aclara un tanto la preocupación que a principios del siglo XIX manifiestan algunos agricultores y hombres de empresas veracruzanos para cultivar y beneficiar el ixtle. Antes de 1803 ya se exportaba ixtle de Tlalixcoyan a La Habana y Campeche, pero es a partir de esa fecha cuando se observa un interés mayor por explotar esa fibra, según lo demuestran los documentos que se publican […]. Al finalizar el siglo XVIII el ixtle de Tlalixcoyan y Acayucan únicamente era aprovechado por los indígenas, quienes sacaban de esta planta la pita que les servía para hacer cuerdas y tejidos burdos. Pero en 1803, don Juan Bautista del Río, vecino de Tlalixcoyan, al percatarse de que en las inmediaciones de este pueblo se localizaban inmensos plantíos de ixtle en estado silvestre, ve la posibilidad de beneficiar la pita de esta planta y producir cuerdas, lonas, lienzos y otros artículos necesarios para el abasto de la armada y barcos españoles. Con este propósito, solicitó a la Real Hacienda y luego al rey, privilegio exclusivo para beneficiar el ixtle de Tlalixcoyan, así como permiso para que 100 o más indios de la región le prestaran ayuda en el beneficio de esta planta. Los documentos citados, además de proporcionar datos sobre la producción y el beneficio del ixtle en Veracruz, aportan un material de gran interés para el estudio de la explotación de la tierra, la concesión de privilegios y la política general que adopta la administración colonial en relación al desarrollo de la agricultura y de la industria en las postrimerías del virreinato.

Ganadería. Además de los cultivos principales arriba mencionados, y de otros secundarios (plátano, frutas, hierbas medicinales, etc.), se desarrolló en Veracruz otra actividad muy importante: la ganadería.

Casi todo el hoy Estado de Veracruz quedó cubierto por criaderos de vacas en el mismo siglo XVI; a finales del cual abundaba tanto el ganado vuelto cimarrón, que principiaron a extenderse autorizaciones para desjarretarlo. En el año de 1580 se contaban en la ciudad de Veracruz, en términos de siete leguas a la redonda, unas 150 000 cabezas de ganado mayor, vacas y yeguas.

Esta expansión de la ganadería mayor por la provincia veracruzana continuó hasta muy avanzado el siglo XVIII. Por el año de 1777 se cuentan más de 12 000 cabezas de ganado mayor en las haciendas de Santa Fe, Buenavista, Dos Bajadas, Moreno, Paso del Jobo, Rancho de la Virgen, Moralillos y otras. Parece, sin embargo, que después de esos años los rebaños disminuyen, como lo indica el hecho de que hacia 1803 sólo se enumeren 3 000 cabezas de ganado en esas mismas haciendas. También es un índice de la merma del ganado el alza en los precios de la carne, que de 4 pesos que valía la ternera en 1777 puesta en Veracruz, aumentó a 12 pesos en 1803.

Por el mismo año de 1803 había en la subdelegación de La Antigua 15 000 cabezas de ganado mayor, cerca de 5 000 de caballar, 500 mulas y 200 burros; en Orizaba se mencionan 4 000 cabezas de ganado mayor. Además de estos datos concretos, los Apuntes estadísticos de la Intendencia de Veracruz refieren la existencia de numerosas haciendas ganaderas en Tlalixcoyan (5 hdas. de ganado mayor y cerca de 60 ranchos pequeños), en Córdoba (11 hdas. de ganado mayor y 2 de menor); en Cosamaloapan (5 hdas. de ganado mayor y entre 40 y 50 ranchos chicos); en Acayucan (7 hdas. grandes y 37 ranchos pequeños: las primeras abastecen con 4 o 5 000 toros a Veracruz y las villas). En fin, en Pánuco y Tampico la principal ocupación era la cría de ganado vacuno y la elaboración de quesos.

En 1804 Humboldt atestigua la gran abundancia de ganado mayor en la desembocadura de los ríos Alvarado, Coatzacoalcos y Pánuco, “en donde numerosos rebaños encuentran pastos constantemente verdes”. Parece, no obstante todo lo anterior, que la gran riqueza ganadera de Veracruz sólo fue explotada en parte mínima, pues afirma Humboldt que sin embargo de la gran cantidad de rebaños que había en Veracruz, “la capital de México y las grandes poblaciones inmediatas a ella se proveían de carnes en la intendencia de Durango”. Es decir, que la riqueza ganadera de Veracruz no tenía salida al mercado interno ni tampoco al exterior, puesto que sólo en el puerto de Veracruz había demanda de carne, especialmente cuando llegaba la flota, en tanto que al exterior únicamente se exportaban algunos cueros.

* Agricultura e Industria…, op. cit., p. 43-54.

21 Cuadro de la situación económica novohispana en 1788. Recopilación y advertencia de Luis Chávez Orozco, México, Publicaciones de la Secretaría de la Economía Nacional, 1934, p. 55 (Vol. II de la colección de Documentos para la historia económica de México)

22 Ibid., p. 56.

23 Preparamos en la actualidad un estudio sobre la crisis ecológica de 1785-86, así como un estudio más general acerca del maíz en la economía de la Nueva España, en el siglo XVIII.

24 Véase las particularidades que presentan en el siglo XVI la agricultura, el abasto y la legislación de granos en un artículo nuestro: “El abasto y la legislación de granos en Nueva España”, en el núm. 56 de la revista Historia Mexicana, abril-junio de 1965.

25 Véase nuestro estudio citado en la nota anterior y el libro de Charles Gibson: The Aztecs under spanish rule. A history of the Valley of Mexico, 1519-1810, Stanford California, Stanford University Press 1964. Caps. XI y XIII.

26 Arcila Farías, El siglo ilustrado en América, p. 268. Parece, sin embargo, que la exportación de harina de la Nueva España hacia las Antillas entró en decadencia a fines del siglo XVIII, debido a la fuerte competencia de los Estados Unidos, cuyo producto, más barato que el mexicano, terminó por imponerse en esos mercados. Sobre la producción de trigo en Puebla véase Francois Chevalier, La Formación de los grandes latifundios en México. Traduc. de Antonio Alatorre, México, Problemas agrícolas e industriales de México, 1956, p. 47 y ss.

27 Véase, por ejemplo, Robert C. West, The mining community in northern New Spain: The Parral mining district, Berkeley y Los Ángeles, University of California Press, 1949, p. 57 y ss.

28 Op. cit., t. III, p. 14 y ss.

29 Cit., por Chevalier, op. cit., p. 63.

30 Loc. cit.

31 Aguirre Beltrán, La población negra…, p. 10 y ss., Chevalier op. cit., p. 61, Melgarejo, op. cit., p. 80 y ss.

32 Chevalier, op. cit., p. 63-4 ; véase también sobre el cultivo y la industria de la caña de azúcar en la colonia la obra de Fernando Sandoval, La industria del azúcar en Nueva España, México, UNAM, Instituto de Historia, 1951.

33 Cuando la situación económica novohispana…, p. 61 y ss.

34 Humboldt, op. cit., III, p. 102.

35 Ibid., t. II, p. 302.

36 En relación a la creación del estanco y sus efectos véase Humboldt op. cit., t. III, p. 133 y ss.; Trens, op. cit., t. II, p. 527 y ss. Farías Arcila op. cit., p. 204 y ss.

37 Arcila Farías, p. 210-12.

38 Humboldt, t. III, p. 135. Compárense estas cifras con las que proporciona el mismo autor sobre la producción de La Habana y Virginia. Según Arcila Farías, hacia 1788 se sembraron en Orizaba y Córdoba 53 millones de matas de café, p. 212.

39 Arcila Farías, op. cit., p. 215. Véase una interesante descripción acerca de las condiciones de trabajo que prevalecían en la fábrica de México en Cuadro de la situación económica novohispana…, p. 64-5.

40 Humboldt, t. IV, p. 15.

41 Vicente Segura, op. cit., p. 15.

42 Humboldt, t. III, p. 131.

LA INDUSTRIA Y SUS LIMITACIONES

Luis Chávez Orozco y Enrique Florescano*

Durante todo el periodo colonial el desarrollo de las artesanías y de la industria en la provincia de Veracruz es sumamente lento; propiamente sólo puede hablarse de artesanías e industrias en el siglo XVIII tiempo en el que se observa una aceleración mayor en estos aspectos. En los años anteriores, la escasa población y el débil crecimiento urbano imposibilitaron la formación de una demanda que impulsara la producción de artículos semielaborados. En el siglo XVIII, aunque persiste el elemento depresivo de la baja densidad de población, aparecen otros factores que contribuyen a contrarrestarla. Por ejemplo, la principal industria de transformación que se establece a principios de la dominación española; la fabricación de azúcar, piloncillo y aguardiente, alcanza su mayor auge a finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando por circunstancias políticas e internas se paraliza la producción azucarera de Santo Domingo y de otras islas antillanas quedando libre el mercado europeo a la producción de Nueva España. O sea que la demanda interna, a pesar de ser abundante en este renglón, no es suficiente para incrementar el desarrollo industrial de Veracruz. Por ellos, cada vez que se nota un aumento en la producción agrícola o industrial, es casi seguro que un factor externo está operando sobre la economía veracruzana.

Las fábricas de puros y cigarros de Veracruz surgen también a mediados del siglo XVIII, pero cuando a partir de 1768 se prohíbe la existencia de fábricas particulares, sólo queda en pie la Real Fábrica de puros y cigarros de Orizaba.

Esta Fábrica de Orizaba contaba con 639 operarios de ambos sexos, repartidos en 37 oficiales pureros, 270 operarios cigarreros, 289 operarias cigarreras, 24 para encajillar, 1 cernidor con 8 ayudantes, 3 encajonadores, 1 maestro purero, 2 cigarreros, 3 cigarreras y 1 portero.

La fábrica de Orizaba, si bien menor que las de México y Querétaro, es un establecimiento de suma importancia en el desarrollo industrial de Veracruz, sobre todo si consideramos la escasa población de Orizaba, que a finales del siglo XVIII debió ser muy inferior a los 10 000 habitantes 43. Y si en la ciudad de México la fábrica de puros contaba con más de 7 000 obreros y suscitaba temores tremendos por las “perversas y dañosas conversaciones” entre gentes de ambos sexos, hay que imaginar las repercusiones sociales producidas por una fábrica de más de 600 obreros de ambos sexos en una ciudad de población mucho más reducida e indiferenciada. Son pues estas fábricas de puros y cigarros, antes que las de hilados y tejidos, las que anuncian en Veracruz el advenimiento de la era industrial y la formación de un verdadero proletario.

Aparte de estas dos industrias, cuyo crecimiento se explica por la abundancia de la materia prima en la misma región donde se instalan y por la demanda que desde el exterior se hace de sus productos, solamente puede hablarse de artesanías. Y aun éstas son muy escasas y reducidas. Entre las más destacadas deben mencionarse las tenerías, las sombrererías, la elaboración de chicle y alquitrán en Las Vigas y Perote, la producción de quesos y mantequilla en Pánuco y Tampico, la alfarería y la fabricación de tejas y ladrillos. En 1777 había obrajes de cal y ladrillo en las cercanías de Veracruz, en el Tejar, Jamapa, Tejería, etc. En 1803 encontramos pequeñas fábricas de ladrillo y tejas en Tlacotalpan, Alvarado, Jalapa y Orizaba. La producción de loza sólo alcanzó cierta importancia en Jalapa de donde incluso se exportaba para La Habana y las Antillas. 44

Las maderas de los bosques, que pudieron ser la base de una industria floreciente, casi siempre fueron artículos de exportación y solamente en raras ocasiones se utilizaron en la construcción de barcos: en 1731 se construyó un buque en Tlacotalpan; en 1734 otro más en el astillero de Coatzacoalcos; en 1746 se hizo en Tecolutla la fragata “La Tecoluteña”; finalmente, tenemos noticias de la construcción en Tlacotalpan de un bergantín correo, en el año de 1790.

En todo caso puede verse con claridad que el desarrollo industrial y artesanal de Veracruz es mucho más rápido a finales del virreinato que en los siglos anteriores. Este proceso produce al menos una ciudad de corte preindustrial: Orizaba, que en 1803 cuenta, además de sus grandes ingenios y de su fábrica de puros, con 30 telares de hacer mantas, 3 molinos de pan moler, 3 sombrererías, 3 curtidurías de vaquetas, 6 gamuzerías y 9 ladrillerías y tejerías.

Salta a la vista, en la mayoría de los ejemplos citados arriba, que el obstáculo principal que se opone al progreso agrícola e industrial de Veracruz lo sigue siendo la baja densidad de población, que se traduce en ausencia de centros urbanos importantes y en la carencia de una demanda interna sostenida que aliente la producción. Las limitaciones que este fenómeno ocasiona en la agricultura son patentes, como lo ilustra el caso de Cosamaloapan, sin duda la zona que mayor cantidad de granos produce a fines del virreinato. Hacia 1803 a pesar de la enorme producción de maíz que se cosecha en esta zona, los agricultores se ven obligados a quemar el grano por la falta de compradores. Algo semejante ocurre con la ganadería, cuyo escaso aprovechamiento se explica por la ausencia de demanda interna. Otro tanto ocurre en el caso de numerosas actividades agrícolas o semiindustriales, como la del beneficio de la pita, que se dificulta por la falta de brazos.

Son pues excepcionales los adelantos en el cultivo de la caña de azúcar y del tabaco; pero éstos son favorecidos por la demanda externa y por la creación de fábricas e ingenios en los lugares mismos donde se produce la materia prima. Un poco ocurre lo mismo con la vainilla, cuya producción está dirigida a satisfacer el consumo europeo.

Vemos así que la agricultura que prospera en Veracruz a fines del virreinato se basa en aquellos productos que la meseta central no produce y sobre los cuales ejerce una demanda constante (azúcar, tabaco, vainilla, zarzaparrilla, hierbas medicinales, etc.), bien para satisfacer sus propias necesidades o para exportarlos y adquirir en cambio otros bienes. Este hecho dota a la agricultura de Veracruz de un carácter inestable, al quedar supeditada a las variaciones de la demanda externa o a casos puramente circunstanciales (la creación del estanco y del monopolio del cultivo de tabaco en la región de Córdoba, Orizaba, Huatusco y Zongolica; los disturbios del Caribe en el caso del azúcar, la demanda europea sobre la vainilla, etcétera.).

Y sin embargo de todas estas limitaciones, a finales del virreinato la producción agrícola de Veracruz ocupaba ya un lugar importante dentro del cuadro económico de la Nueva España, como lo revelan los siguientes datos:

Según la memoria publicada por el consulado de Veracruz en 1807, se cosechaban anualmente en aquella intendencia 200 000 fanegas de maíz, 243 750 arrobas de algodón, 20 000 arrobas de zarzaparrilla, 1 500 millares de vainilla, 20 000 quintales de pimienta malagueta, 3 000 cargas de cacao de Acayucan, 80 000 arrobas de azúcar y 10 000 arrobas de cera virgen.

En cuanto a la industria la situación es desde luego mucho menos favorable. En este sector la debilidad de la población opera con tremenda fuerza. Si no hacemos caso del impulso que le otorga a la industria el desarrollo de cultivos como la caña de azúcar y el tabaco, resulta difícil hablar de verdadera industria en Veracruz. Por otro lado, las pocas artesanías que logran subsistir se ven extraordinariamente limitadas por el raquítico consumo local de las villas y pueblos. En este sentido conviene subrayar que a fines de la colonia había en la intendencia de Veracruz únicamente 2 ciudades, 5 villas, 147 pueblos, 60 haciendas y 157 ranchos.

En esas 2 ciudades y 5 villas, y en algunos ranchos y haciendas, habitaba toda la escasa población blanca de Veracruz, que de esta forma nunca pudo integrar una demanda que impulsara el desarrollo de artesanías, obrajes e industrias importantes dentro de los límites de la intendencia. Por el contrario, las necesidades de ropa y artículos elaborados se satisfacían acudiendo a los mercados externos: Puebla, México y España.

Por otra parte, los pueblos concentraban el grueso de la población indígena, también escasa y frecuentemente aislada, al margen del grupo blanco. La falta de integración de los dos grupos favoreció la creación de dos economías casi independientes que conjugaban sus esfuerzos para frenar el desarrollo industrial y artesanal de Veracruz. Así, al lado de la agricultura indígena de subsistencia, surgieron también numerosas artesanías de tipo familiar cuya producción estaba limitada por los requerimientos de la unidad familiar; tal es el caso de la elaboración de telas, mantas, velas, etcétera.

Dentro de este panorama general que presenta la industria a fines del virreinato, el caso de Orizaba aparece como realmente excepcional. Por lo demás, es evidente que el desarrollo industrial de Veracruz dependerá en lo futuro de la solución que se le dé al problema de la población, o de causas externas, ajenas al desarrollo propio del estado, que estimulen el aprovechamiento de sus recursos y potencialidades económicas.

* Ibidem, p. 55-59.

43 Según Vicente Segura, la población de Orizaba en 1821-22 era de 12 080 habitantes, Apuntes para la estadística…, p. 34.

44 Las gacetas de 6 y 27 de mayo de 1788, consignan, por ejemplo, la salida de Veracruz de varios huacales de loza de Jalapa. Gazeta de México, t. III, y p. 58-60 y 66-8.

Aires de libertad

LA INTENDENCIA DE VERACRUZ

Manuel B. Trens*

El establecimiento del sistema de intendencias ordenado por Carlos III a finales del siglo dio al territorio veracruzano una nueva distribución, primer ensayo de los estados que posteriormente integrarían la federación.

Movido el rey del paternal amor que le merecían sus vasallos y del deseo de procurar uniformar el gobierno y poner en orden, felicidad y defensa sus dominios, después de maduro examen resolvió establecer en Nueva España intendencias de ejército y provincia para que gobernaran en paz y justicia en la parte que se les confiara por esta institución, y recaudaran los intereses legítimos del real erario con integridad, celo y vigilancia prefinidos en las sabias Leyes de Indias y en las reales ordenanzas de Felipe V y Fernando VI de 4 de julio de 1718 y 13 de octubre de 1749, respectivamente. De ahí las Ordenanzas de Intendentes expedidas en Madrid el 4 de diciembre de 1786.

Todo el territorio de Nueva España, incluso Yucatán y las provincias internas, fue dividido en 12 intendencias que tomaron el nombre de sus capitales, intendencias que tenían por territorio el de las antiguas provincias o demarcaciones, divididas en intendencias. Por cuanto a los cargos existentes antes de corregidores y alcaldes mayores, se irían extinguiendo conforme fueran vacando o cumpliendo su término. En cada pueblo cabecera de partido radicaría un subdelegado para que administrara justicia y mantuviera a los naturales en orden y obediencia sin perjuicio de las autoridades indígenas.

La tercera de estas intendencias fue la de Veracruz, que se componía de la ciudad y puerto de su nombre, capital de ella y residencia oficial de intendente y gobernador de la plaza, con la jurisdicción de su gobierno y la de las antiguas alcaldías de Jalapa y Jalacingo con Perote, Acayucan, Tuxtla y Cotaxtla, Papantla, Pánuco y Tampico, Cosamaloapan, Orizaba, Huatusco Villa de Córdoba, transformadas en subdelegaciones.

No obstante esta división, continuó la antigua que dividía a la costa en las secciones de Barlovento, Centro y Sotavento, y la parte inferior de la intendencia comprendía las provincias de Jalapa, Córdoba, Orizaba y Jalacingo con Perote, la primera de las cuales lindaba al norte con las Vigas, Tatatila, Cuapan y Chiconquiaco, al sur, con Jacomulco y Ayahualulco, al oriente, con Yecuatla, Calaverna, Chicuacen, Cerro Gordo y Plan del río y al poniente, con Ixhuacan y el Cofre de Perote, provincia en la que figuraban los pueblos de Naolinco, Coatepec, Las Vigas y Chiconquiaco, y además veintisiete de indígenas, cinco ingenios y quince haciendas; la provincia de Córdoba estaba limitada al norte, por Totutla y San Bartolo, al oriente, por Santiago Huatusco, al sur, por el río Blanco y al poniente, por Santa Ana y Cacahualco, la cual comprendía los pueblos de San Antonio Huatusco, San Lorenzo y San Juan de la Punta, más catorce pueblos indígenas, quince ingenios y numerosos ranchos; la provincia de Orizaba lindaba: al sur y al oriente, con la de Córdoba, al norte, con la sierra orizabeña y al poniente, comprendía el territorio de Zongolica hasta los límites con Puebla, con veintiocho pueblos, seis haciendas y muchos ranchos; por cuanto a Jalacingo y Perote, lindaba: al oriente, con lo que más tarde sería el distrito de Papantla, al sur, con la provincia de Jalapa y al norte y poniente, con la intendencia de Puebla.

Como a la intendencia de Puebla correspondía la jurisdicción de la subdelegación de Guauchinango, el puerto de Tuxpan quedó comprendido en la intendencia poblana.

Al establecerse este nuevo régimen político en 1787, fue nombrado intendente de Veracruz con honores de intendente de ejército, D. Pedro Corvalán, a cuyo cargo se unió también el corregimiento de Veracruz que hubo de crearse de acuerdo con las ordenanzas. Era gobernador de la plaza el mariscal de campo D. Bernardo Troncoso, quien fue sustituido interinamente en 1789 por D. Miguel del Corral, hasta la llegada de su sucesor brigadier Pedro de Gorostiza, quien arribó en unión del segundo conde de Revillagigedo.

EL IMPACTO DE LOS SUCESOS PENINSULARES

Miguel Lerdo de Tejada *

Las noticias de los sucesos ocurridos en España durante los tres primeros meses de ese periodo que acabo de recorrer, esto es, desde el motín de Aranjuez hasta la declaración de guerra hecha por la junta de Sevilla contra la Francia, fueron llegando sucesivamente a Vera-cruz y difundiéndose por toda la Nueva España desde principios de junio de 1808, y es fácil comprender la fuerte sensación que ellas causarían en una colonia dominada enteramente por las ideas españolas, y acostumbrada a no ver ni discurrir sobre las cosas sino del mismo modo que se veía y se discurría en la metrópoli. Al contento con que generalmente fue recibido en ella el anuncio de la caída del valido príncipe de la Paz y de la abdicación del rey D. Carlos IV a favor de su hijo D. Fernando, que acá por allá era objeto de grandes esperanzas, se siguió la sorpresa e indignación que produjeron los pérfidos manejos con que Bonaparte pretendió arrebatar la corona a los reyes de España, después de haber ocupado militarmente con engaño una gran parte de su territorio; y por último, las noticias de lo acaecido en Madrid el 2 de mayo, del levantamiento general que este suceso había ocasionado en toda la Península, y de la resolución adoptada por la junta de Sevilla de hacer la guerra a Bonaparte, vinieron a sacar a los habitantes de la Nueva España de su quietismo habitual, haciéndoles participar de la frenética exaltación que allá habían producido.

Desde aquellos momentos, aunque el virrey de esta colonia D. José de Iturrigaray, deseando conducirse con el tino y circunspección que exigían los últimos acontecimientos de la metrópoli, pensaba tomar algunas medidas ilustradas para salvarla en lo posible de las desgracias a que la conduciría indudablemente el estado de anarquía en que esta se encontraba envuelta, sus juiciosas opiniones fueron rechazadas por las demás autoridades civiles y eclesiásticas, y tuvo que ceder el torrente de la ignorancia y de las pasiones de la mayoría de éstas, que desde luego comenzaron a señalarlo con la fea nota de traidor a su patria, mientras se preparaban a cometer con él un escandaloso atentado.

La Gaceta de México, que hasta entonces prodigaba al emperador de los franceses los mas grandes elogios, comenzó a tratarlo como al mas despreciable de todos los hombres; los ayuntamientos y demás corporaciones de la capital y de las principales ciudades de las provincias, se apresuraron a dirigir al virrey patrióticos manifiestos en los que ofrecían sacrificar sus personas, vidas y haciendas en defensa de los derechos de sus legítimos soberanos, y desde luego comenzó a apoderarse de los españoles, aunque bajo la apariencia de la más exagerada fidelidad, ese espíritu de insurrección que había de arrastrarlos a algunos excesos contra las autoridades constituidas, y que comunicándose luego a los hijos de este país, ó a los criollos con cuyo nombre se distinguían entonces estos de los peninsulares, debía dar por resultado a la España la pérdida de esta rica parte de sus dominios en el continente americano.

En medio de la excitación general que reinaba en los ánimos, el pueblo de Veracruz, compuesto en su mayor parte de españoles o de mexicanos que les eran enteramente adictos, y que por la situación de aquella ciudad como puerto único de la colonia, se creía llamado a ser el primer escollo en que se estrellasen las intentonas que sin duda había de promover el gobierno intruso de Bonaparte para apoderarse de ella, procuró distinguirse por su entusiasmo, con tanto mas motivo, cuanto que, desconfiando o aparentando desconfiar de la lealtad del virrey, a quien se suponía inclinado a probar los convenios hechos en Bayona entre D. Carlos IV y Bonaparte, por las relaciones de amistad que llevaba con el príncipe de la Paz, de quien era criatura, consideraba de su deber fomentar de cuantas maneras le era posible el espíritu público contra tales ideas.

El 22 de julio dirigió el ayuntamiento de aquel puerto al Sr. Iturrigaray una larga exposición, en la que después de manifestarle el imponderable descontento en que se hallaban sumergidos todos sus habitantes desde que se supo allí por la barca Ventura la renuncia que el rey y los príncipes de España habían hecho a favor del emperador de los franceses, concluía protestándole los ardientes deseos que todos ellos tenían de hacer los mayores sacrificios para sostener la causa de sus reyes y de la religión. El día 26 del mismo mes, con motivo de haber llegado allí la goleta Esperanza, procedente de Barcelona, de la declaración de guerra hecha a la Francia y del armisticio ajustado con la Inglaterra, las autoridades y el pueblo manifestaron su regocijo con los acostumbrados repiques de campanas, funciones de iglesia, cortinas e iluminaciones en el exterior de los edificios; y a estas demostraciones se sucedieron luego otras que contribuyeron a llevar la exaltación de parte del pueblo a un grado que no podía dejar de producir algún trastorno en el orden público, como en efecto se verificó pocos días después, del modo que vamos a ver enseguida.

El 10 de agosto, entre las seis y las siete de la mañana, anunció el vigía del castillo de San Juan de Ulúa, que se hallaba a la vista un buque con pabellón francés que se dirigía hacia el puerto, y aquel anuncio, como puede muy bien suponerse, lo fue también de un gran conflicto para las autoridades de la ciudad, así como para la parte pacífica de su vecindario.

Luego que se ratificó por las señales del vigía que aquel buque, que era una goleta de guerra, venía al puerto, un ayudante de la comandancia del apostadero, llamado D. Rafael Domínguez Aguayo, sin tomar órdenes de su jefe, a pesar de hallarse este en la ciudad, observando que no había enviado el práctico de costumbre, se dirigió en un bote al castillo, y dio por sí ordenes a la fragata de guerra O y al bergantin guardacostas Saeta, que se hallaban anclados en la bahía, para que cargasen inmediatamente sus cañones por la banda de babor, y estuvieran prontos a hacer fuego sobre la goleta francesa, en el caso que intentara fugarse después de haber echado sus anclas, con cuyo objeto iba a disponer él mismo que se colocase entre dichos buques. Dadas ya estas ordenes, el citado oficial se dirigía hacia el castillo de San Juan de Ulúa, para tomar allí un práctico y llevarlo a bordo de la goleta, a fin de que la condujera al punto indicado, donde se proponía intimarle que se rindiese; mas como al aproximarse al castillo observó que la batería baja de Guadalupe estaba ya preparada para dirigir sus tiros sobre la goleta, y aun oyó que del baluarte de San Pedro, donde se hallaba el comandante de la fortaleza, que lo era entonces el brigadier D. Juan Camargo, dieron la orden al jefe de la citada batería para que hiciera fuego, como lo verificó, a pesar de estar todavía aquel buque muy lejos del alcance de la artillería, determinó volverse a Veracruz, con el objeto de dar allí parte a su jefe de lo que pasaba.

Al regresar dicho oficial al muelle, encontró en el tránsito al comandante del apostadero, que lo era el capitán de navío D. Ciriaco de Cevallos, quien se dirigía en su falúa al castillo; y habiéndole seguido, recibió allí de él la orden de pasar con una bandera parlamentaria a la goleta, que al ver que se le hacía fuego se había detenido, poniendo la señal de que tenía algo que comunicar, y averiguase lo que tenía que decir. En cumplimiento de esta orden, se dirigió ya dicho oficial en un bote, acompañado de una falúa, hacia la goleta, y preguntando a su comandante cual era el objeto que allí lo traía, contestó éste que venía de la isla francesa la Guadalupe, estando limitada su comisión a conducir un oficial que enviaba el gobierno particular de aquella colonia al de la Nueva España, con unos pliegos que habían venido allí de Bayona, en un buque llegado a la citada isla dos días antes de su salida de ella, añadiendo que extrañaba que se tratase como enemigo, y concluyendo con pedir que se le concediera el permiso de entrar en el puerto.

En vista de esta contestación, el ayudante Domínguez, que según parece era muy inclinado a disponer por sí, dijo al comandante de la goleta que podía entrar, con cuyo objeto le dejó con el bote al patrón de la falúa para que sirviera de práctico, y regresó al castillo, donde fue reconvenido por el comandante del apostadero, quien le mando que de nuevo volviera hacia la goleta, e impidiera su entrada, mientras que él, obrando de acuerdo con el gobernador de Veracruz, a quien escribía en aquel momento, disponía lo que debía hacerse. Así se ejecutó inmediatamente, y como el viento estaba muy escaso aquel día, y la goleta se encontraba todavía más allá de la punta del Soldado, pudo comunicarle allí el ayudante la nueva orden que llevaba, manteniéndose al costado de dicho buque por espacio de mas de una hora, hasta que recibió una esquela del Sr. Cevallos, en la que le prevenía que permitiese a la goleta entrar, con lo cual se dirigió por fin aquel buque a la bahía, donde fue ocupado en el acto por un oficial y algunos soldados, con la orden de mantenerlo incomunicado hasta que se extrajeran los pliegos que conducía, y se determinaba lo conveniente acerca del buque y su tripulación, quedando desde luego declarado por buena presa, y haciéndose arriar inmediatamente la bandera francesa.

Mientras que todo esto pasaba a la vista de la ciudad reinaba en la mayor parte de su vecindario la agitación que naturalmente debía producir allí la presencia de buque de guerra francés después de los sucesos que habían tenido lugar en la Península, y como es de costumbre en los casos de esta naturaleza, las suposiciones de los mas exaltados, por mas absurdas o ridículas que fueran, circulaban de boca en boca como verdades averiguadas, aumentando la alarma general y disponiendo los ánimos a un gran trastorno.

Entre las falsas noticias que se hicieron correr, se admitió como un hecho indudable el de que a bordo de la goleta se encontraba el ministro D. José Miguel Azanza, antiguo virrey de México, en unión de otros personajes conocidos como lo era él, por su adhesión a la causa de Bonaparte, los cuales se decía que venían enviados por éste para asegurar su dominio en esta colonia. Aquel rumor, haciendo concebir a un gran número de los mas exaltados el proyecto de pasar a bordo del buque con el objeto de castigar a los supuestos personajes, a pesar de la orden que se había dado para que permaneciera incomunicado, fue el origen de todos los desordenes que se sometieron después, porque el comandante Cevallos, luego que tuvo conocimiento de tal proyecto, y creyendo que debía evitar su ejecución, no ya para salvar del furor popular a unos personajes que no existían sino para precaver otros males, hizo fijar inmediatamente en la puerta del muelle una orden, prohibiendo a todos los individuos de la matrícula del puerto el aproximarse con sus botes a la goleta, o conducir persona alguna a ella, e imponiendo la pena de muerte a los contraventores.

Hasta aquel momento, aunque algunos opinaban que era mejor haber impedido la entrada a la goleta, y elogiaban la conducta del comandante del castillo que mandó hacerle fuego, la mayoría había aplaudido la resolución dictada por el Sr. Cevallos para que se le permitiera entrar; mas tan luego como apareció fijado aquel rescripto, que se consideró como un acto del mas insoportable despotismo, la indignación de los que vieron en esa providencia un freno para la realización de sus planes, se declaró contra este jefe, y desde luego comenzaron a difundir voces calumniosas acerca de su lealtad, haciendo creer que su objeto al impedir toda comunicación con la goleta, eran sin duda el de favorecer la introducción de los imaginarios personajes que en ella venían, y con los cuales estaba de acuerdo para favorecer la causa de Bonaparte.

Fijándose por este medio el encono de los directores del proyectado escándalo y sus secuaces, contra la persona del comandante del apostadero, ya no se pensó sino en el modo de satisfacer en él sus deseos de venganza, y éste no podía ser otro que el de promover un trastorno público, que cubierto con un falso velo de lealtad y del mas exagerado patriotismo, asegurase la impunidad de las faltas de respeto a las leyes y aun los crímenes que se cometieran, imitando lo que acababa de ejecutarse en varias de las principales ciudades de España, cuyo ejemplo era tan a propósito para alentar a cuantos deseaban promover esta clase de asonadas, como para intimidar a las autoridades que temían hacerse sospechosas si contenían tales desmates.

A las dos de la tarde del mismo día estaban ya reunidos en una casa pública que llevaba el nombre de Gran Sociedad sita en la calle de las Damas, la mayor parte de los conjurados, mientras que otros de ellos, excitando al pueblo a la rebelión, habían logrado formar algunos grupos numerosos que recorrían ya las calles por diversos rumbos, gritando, ¡mueran los traidores! En seguida, habiéndose apoderado de los campanarios de las principales iglesias, comenzaron a tocar a rebato, con lo cual muy pronto la plaza de armas y las calles inmediatas se vieron inundadas de gente que pedía a gritos que se reuniera el ayuntamiento para escuchar sus deseos, y se mantuviera en sesión permanente hasta que quedasen satisfechos. Como la reunión del cuerpo municipal no podía tener efecto con la brevedad que se pretendía, y no era posible por otra parte que un motín de esta clase permaneciera sin acción por tanto tiempo, mientras que algunos grupos formados por los mas inquietos se dirigían a las casas de los concejales, con el objeto de conducirlos al palacio, el mayor número de los conjurados se dirigió a la casa de D. Mateo Lorenzo de Murphy, donde se sabía que estaba Cevallos como uno de los convidados a la comida que dicho Sr. Murphy daba a sus amigos en celebridad de ser el día de su santo, con la mira de apoderarse de él y satisfacer sus deseos de venganza; pero afortunadamente, informado con tiempo Cevallos de los proyectos de los amotinados, había logrado evadirse de aquella casa, donde se encontraba en efecto poco antes, y trasladarse sin ser notado de sus enemigos a bordo de uno de los buques de guerra que se hallaban en la bahía, salvándose por este medio de tener en Veracruz el mismo trágico fin que con menos motivo acababa de tener en Cádiz el desgraciado general Solano.

Así es que, cuando se presentó aquel numeroso grupo de sublevados frente a la casa del Sr. Murphy, éste le manifestó que aunque Cevallos había estado allí, se había marchado ya hacía algún tiempo, y que aun entendía que se había ausentado de la ciudad, agregando que si algunos dudaban de su palabra, podían entrar en su casa una o más personas de la confianza del pueblo, para que se cercioraran de la verdad de lo que él decía.

Con esta franca manifestación, parecía que debía ya calmarse aquel escándalo, supuesto que había desaparecido el principal objeto que lo provocaba; mas como una vez que el pueblo se lanza a un movimiento de esta clase, no es fácil luego poner límites a su acción, ni aun por los mismos que lo han promovido y dirigido en sus primeros pasos, el motín siguió adelante, haciéndose cada vez tanto mas terrible, cuando que nada se disponía por parte de las autoridades para contener sus progresos, pues el gobernador militar interino de la plaza, que lo era el coronel D. Pedro Alonso, ya fuese porque no estando en la mejor armonía con el Sr. Cevallos, no había querido emplear la fuerza para sofocar desde el principio una sublevación en su contra, o ya porque temiera que empleando la fuerza tomaría acaso un carácter más serio aquel movimiento, se había conformado con procurar personalmente apaciguar los ánimos por medio de la persuasión, manteniendo sobre las armas todas las tropas en sus cuarteles, resuelto a no hacer uso de ellas sino en un caso muy extremo.

Reunido ya el ayuntamiento en el palacio, todos los amotinados que se encontraban de nuevo en la plaza, exigieron que inmediatamente se hiciera venir a tierra toda la correspondencia que conducía la goleta, y habiendo accedido el cuerpo municipal a tal demanda, nombró en el acto para desempeñar aquella comisión a los regidores D. Juan B. Lobo y D. Francisco de Arrillaga, asociados del mayor de la plaza, nombrado por el gobernador. Estos individuos no tardaron mucho en regresar de la bahía conduciendo algunos paquetes y cajones de correspondencia e impresos que enviaba el nuevo gobierno de José Bonaparte a las autoridades de la Nueva España, todos los cuales fueron abiertos en los corredores altos del palacio, a la vista del pueblo, dándoseles lectura por el Dr. D. Florencio Pérez y Comoto, que fue elegido por el mismo pueblo para tal encargo, por tener la claridad de pronunciación y todo el torrente de voz que se requería para ser escuchado de tan numeroso auditorio, quemándose enseguida todos los papeles.

Entre tanto que la mencionada comisión había ido a traer la correspondencia de la goleta, algunos individuos del ayuntamiento y otras personas interesadas en la conversación del orden público, propusieron que inmediatamente se celebrara de un modo solemne la jura que aun no se había hecho allí del nuevo rey de España D. Fernando VII, confiando en que esta ceremonia contribuiría a distraer los ánimos y daría un giro más pacífico a las ideas de aquella tumultuosa reunión; pero aunque en efecto se llevó a cabo ese pensamiento, y se prestó públicamente el juramento de fidelidad al nuevo monarca, en medio del mas estrepitoso entusiasmo, no se consiguió por esto el objeto que se habían propuesto sus autores, pues mientras que una parte de los sublevados y gran número de curiosos se entretenían con la ceremonia del juramento, la lectura de la correspondencia y el auto de fe consiguiente, que se celebraban en la plaza, algunos grupos de los que estaban mas encarnizados contra el comandante Cevallos, entre los que se hallaban muchos individuos de la matrícula, enemigos naturales de su jefe, ya que había perdido la esperanza de sacrificar su persona, se dirigieron a su casa, donde destruyeron todo cuanto se encontraba en ella, conduciendo por último una cartelera a la plaza, donde fue destrozada y entregada a las llamas, no habiéndose salvado de los golpes de aquella turba desenfrenada, ni aun los caballos que le servían, los cuales fueron bastante maltratados, sin embargo de que los infelices animalitos no habían dado seguramente el menor motivo para que se les supusiera adictos a los franceses, ni menos para que se dudase de su fidelidad al legítimo soberano del pueblo español. Tampoco se escaparon de aquel asalto brutal muchos instrumentos y planos pertenecientes a la comisión hidrográfica que el gobierno había encargado al Sr. Cevallos, y la que trabajaba también el teniente de navío D. Fabio Alfonsoni.

Aproximándose y ala noche en medio de estos sucesos, el aspecto que tomaba aquel motín era más y más amenazante. Algunos de los sublevados, estimulados por los licores que habían bebido durante la tarde, alentados por la impunidad de que disfrutaban, y con toda la audacia que las tinieblas prestan al criminal para la ejecución de sus más perversos designios, no pensaban ya únicamente en saciar su saña contra la casa del Sr. Murphy, a quien consideraban cómplice de Cevallos, por haber favorecido su evasión, sino que además se proponían asaltar otras casas de varios comerciantes a quienes designaban como partidarios del gobierno francés, y destruir cuanto encontraran en ella, de manera que ya nadie podía considerarse seguro de su casa, porque en medio de aquella efervescencia , bastaría la indicación del enemigo más despreciable, cosa que a nadie le falta, para ser vilmente atropellado y arruinado en sus intereses, debiendo reputarse todavía muy felices los que lograran salvar su existencia y la de sus familias.

Para evitar la ejecución de tan criminales intentos, manteniéndose siempre el gobernador en su resolución de no emplear todavía la fuerza armada para reprimirlos, se adoptó, entre otras, la idea de hacer que las comunidades religiosas salieran rezando el rosario por las calles, con algunas imágenes de sus santos, con el objeto de ver si este espectáculo de devoción cristiana, influía en tranquilizar los ánimos, y en efecto lo hicieron así las comunidades de Nuestra Señora de la Merced, San Francisco, San Agustín y Santo Domingo, dirigiéndose a la calle donde vivía el Sr. Murphy, cuya casa era la primera que se intentaba asaltar; pero este recurso fue de todo punto vano, porque no tardaron en llegar allí los sublevados, pretendiendo apoderarse de la casa, con el pretexto de que sabían que todavía estaba oculto en ella Cevallos; y aunque Murphy repitió la oferta que había hecho antes para que entraran algunas personas a registrar toda la casa, como lo hicieron, y además se presentó un sacerdote en su balcón con el Divinísimo en las manos, exhortándolos

Al día siguiente, pretendían todavía algunos de los amotinados llevar adelante los planes que habían quedado frustrados la víspera; más como todo desorden de esta especie no puede sobrevivir veinticuatro horas después de su nacimiento, siendo siempre su existencia tan corta como tormentosa, y aunque en la mañana del 11 fue todavía un grupo de ellos a extraer de la oficina del correo varios paquetes de correspondencia de la goleta, que supieron se encontraban allí, y éstos fueron quemados públicamente como sus compañeros del día anterior, habían desaparecido ya en el mayor número los bríos que son necesarios para la repetición de iguales excesos de manera que en vez de tomar de nuevo cuerpo el motín, no se pensó ya sino en que tuviera un término satisfactorio para todos, obsequiando las autoridades algunas de las exigencias de los sublevados, tales como las de que no se permitiera a Cevallos el volver a aquella ciudad, y las de que se pusiera ésta en buen estado de defensa, dejando a los sublevados a cubierto del castigo a que se habían hecho acreedores, por medio de un indulto que las mismas autoridades concedieron desde luego, sin perjuicio de recabar la aprobación del virrey, quien la acordó inmediatamente.

También se dirigieron en aquella mañana muchos de los amotinados, acompañados de algunos lanceros, hasta la Antigua, creyendo que hubieran desembarcado por allí el ministro Azanza y los demás personajes que se dijo habían venido en la goleta; pero habiéndose cerciorado de que sus sospechas eran infundadas, después de haber recorrido varios pueblos, regresaron el mismo día.

Así terminó aquel desorden, que puso en conflicto algunas horas a los pacíficos habitantes de Vera-cruz, y que por la impunidad que disfrutaron sus autores, fue imitado un mes después en México, deponiendo tumultuariamente al virrey Iturrigaray, también por un exceso de lealtad y patriotismo, y sirviendo estos ejemplos de modelo para los frecuentes actos de insurrección que se repitieron más tarde por parte de los mexicanos contra las autoridades españolas

6 de diciembre de 1809, en que con el objeto de limpiar el ancladero del puerto, fue cedida por el gobierno al contramaestre de la fragata Oliva, quien la hizo conducir a la playa para aprovechar la parte que de ella quedaba útil. El comandante del apostadero D. Ciriaco de Cevallos, objeto de la ira de los amotinados, se dirigió el día 11 a Nueva-Orleans en una pequeña goleta, acompañado de su amigo el teniente de navío D. Pedro Celestino Negrete, el mismo que después de la independencia fue uno de los generales del imperio de México, quien regresó pocos días después a Vera-Cruz, donde, en vez de recibir reproche alguno por haber prestado sus servicios a aquel proscripto, fue visto por todas las personas de buenos sentimientos con el respeto y estimación a que se hace acreedor el hombre que tiene la nobleza de corazón que se requiere para salvar a acompañar a un amigo cuando es víctima de una gran desgracia.

*Apuntes Históricos de la Heroica Ciudad de Veracruz, México, Imprenta de Ignacio Cumplido, 1850, vol. II. p. 26-37.