RELATOS DE OMEGA
AUTOR: David Fernández Brindis
Un montón de sandeces y aberraciones a manera de:
INTRODUCCION
Cuando el autor de esta magnifica obra me “suplicó” que le hiciera una entrada, de inmediato me di a la tarea de recopilar toda la información necesaria sobre su haber para poder realizar una buena introducción tanto a su vida, como a su obra. Pero sin esperarlo, oí una vocecilla dentro de mí, seguramente provocada por los excesos alcohólicos de las últimas semanas.
Tal es el caso que mientras arrugaba una tras otra las cuartillas en la vieja maquina de escribir de mi madre, la maldita vocecilla me decía: “Oye tú… ¿Que haces?, ¿no te das cuenta que nadie conoce a David Fernández?, ¿ni siquiera tú mismo?”, y fue precisamente cuando comprendí que no debía hablarles de David Fernández, sino de Omega, o del Marylin.
Ahora bien, Omega no es una entidad física, sino un concepto existencialista seriamente influenciado por el alcohol, la pubertad, la masturbación, los desamores de adolescente y por supuesto por el capitán brocheta, de quien les hablare en otra ocasión.
Supongo que en este punto es claro que no será posible describirlo en su forma humana, así que mejor les contare una historia sucedida no muchos años atrás, en un lugar llamado “El Mundo de los Sueños”, que aunque suena a cliché cinematográfico, resultó ser nuestro cobijo (del autor y mío) durante años. Lo conocimos por la influencia de un tipo y una mujer alquimistas, que aseguraban poder entrar en los sueños de todo aquel que se los autorizara de propia voz la noche anterior, y aunque pudiera sonar un poco macabro, lo cierto es que lo lograron, bueno, al menos uno de ellos.
En ese mundo, el mismo de donde patearon a mi amigo David Fernández provocando que se cayera de la cama, sucedió de tanto en tanto la siguiente historia, que no contare completa pues éste no es mi libro, pero estoy seguro que la pequeñísima parte a mostrar resultará más provechosa para conocer al autor, que cualquier descripción cronológica vacía de su vida y pensamiento.
Crónicas de la Azotea
Conocí hace ya varios años, en un vecindario típico de cualquier ciudad en vías de desarrollo ubicado en… bueno eso no es importante, lo importante es que ahí conocí, cuando niño, a Marylin.
Marylin era en ese entonces el cliché puberto de Woody Allen (si, en lo físico también) le encantaba, al igual que a mí, fantasear con historias sobre seres inexistentes que venían al mundo exclusivamente para cortarle la cabeza a otros, y cosas por el estilo. Aun recuerdo que al final nos peleábamos por quien de todos sus amigos (cuando los tenía) se quedaba, dentro de aquella historia, con la cabeza de todos.
Así crecimos hasta llegar a aquella época, días en los que además de interesarnos por espiar a las vecinas y beber alcohol por las noches mientras probábamos nuestras primeras drogas caseras, también comenzamos a introducirnos al patético mundo de las relaciones sentimentales (aclaro que con el sexo opuesto, digo el lector debe saber que no necesariamente la excentricidad de algunos escritores conduce a la homosexualidad).
Es en éste punto donde “Coma Blanco” nace indiscutiblemente. Pues en éste periodo, que duraría unos seis años, aquella azotea con la vista mas perfecta que puedan ustedes imaginarse, absorbió con sus rojas tejas, además de orines, vomito y escupitajos, decenas de historias de amor que casi siempre terminaron como toda historia de amor legítima termina: con un corazón desmembrado y una infame que lo tomó y lo botó en el primer cesto de basura que por el camino se encontró.
Ustedes podrán pensar que eso no es posible pues “nadie podría vivir sin corazón”, y tendrían razón en suponerlo, pero lo que si se puede es vivir con la mitad de él. Obviamente quienes tanto lloraron en aquella azotea tenían que aprender algún día a no estarlo regalando con cuanta maldita conocieran.
En fin, un día mediante una sesión de esas que les platiqué en donde pudimos entrar en el extraño, pero no por eso menos fascinante, mundo de nuestros sueños a través de una técnica ancestral de alquimia que nos enseñaron aquellos sujetos de los que les hablé, logramos tomar nota de algunos pasajes quizá un poco desordenados, pero nada incoherentes, que aquella azotea registró con el paso de los años, y de los cuales les compartiré tres que, me parece, muestran notablemente la evolución espiritual del autor.
Hasta ahí llegaremos con las Crónicas de la Azotea para inmediatamente después presentarles una brevísima descripción de las personalidades del autor, para que el lector conozca mejor al maniático que escribió la obra que tienen en sus manos.
Empecemos con los tres pasajes…
“Amor”
Warika.- ¡Maldita sea! otra vez me dejaron, te necesito viejo ¡necesito aliviar el dolor! Por favor bebe conmigo.
Marylin.- Ok, desembucha ¿ahora quien fue la maldita? ¿La rubia delgadita? ¿Como se llamaba?
Warika.- Si, esa misma. Le di un trozo de mi corazón, y al final, como siempre, ¡lo tiró en el primer bote de basura que encontró!
Marylin.- Suele pasar, tú sigue bebiendo, a este paso, en algunos años no tendrás corazón.
Warika.- Si, así es. Que te sirva de lección, algún día te romperán el corazón a ti también, algún día…
Marylin.- Eso dices siempre. Ya veremos.
Warika.- Tal vez debería buscar a alguien más, ya sabes, un clavo saca otro clavo.
Marylin.- Si. Ya sabes lo que siempre he dicho, “el amor de tu vida siempre es la siguiente”, y cuando termina todo con la siguiente, pues la siguiente, ¿no?
Warika.- Si. Ya he oído eso antes.
…
“Navidad”
Extraña de pelo largo.- Bueno maldito vago ya nos vamos, ten cuidado de no incendiar la casa y no permitas que tu amigote se beba todo nuestro alcohol.
Marylin.- Esta bien, yo también los quiero, ¡feliz navidad! para ustedes también.
Más tarde…
Warika.- Y bien, ¿que te dejaron para cenar?
Marylin.- Nada, pero tengo suficiente dinero para comprar dos coca colas grandes y quizá una hamburguesa.
Warika.- Mmm, ya sé. Bebamos alcohol, de seguro hay algo por aquí.
Marylin.- ¿Y la cena?
Warika.- Teniendo alcohol, la comida es puro lujo.
Marylin.- Quizá para ti, pero yo no bebo.
Warika.- No hay problema, esta noche cambiaremos eso.
Marylin.- ¡yuju! ¡Bravísimo! Pero en tanto eso sucede ¿que vamos a cenar?
Warika .- Ok, esta bien. Veré que me robo de la casa, nos vemos por la noche.
Marylin.- Así sea.
Por la noche…
Warika.- ¡Ya llegué!
Marylin.- ¿Y la cena?
Warika .- La olvidé, no te preocupes, podemos preparar algo aquí.
Marylin .- ¿Como que?
Warika.- ¿Qué te parece si preparo una pizza?
Marylin.- Fantástico, yo pondré la mesa, y de paso una musiquita.
Más tarde…
Marylin.- Hmm ¡que rico estuvo eso!
Warika.- ¡Lo sé, ahora a beber!
Aún más tarde…
Marylin.- Hmm, ¡Quuee ricooo eztubbo eso!
Warika.- ¡Loooc sé!, presientop que se harap una tradicionp.
Marylin.- ¿Prepararr pizzza o beeber Alcohol?
Warika.- Losss doss…
…
“Miedo”
Marylin.- Tengo frío y miedo.
Warika.- Es natural, abusaste mucho de la droga.
Marylin.- No, tú no entiendes. Hoy estuve sentado por seis horas en la banca de aquel parque, y pues… fue muy duro.
Warika.- ¡Ah! Es cierto, hoy hubieran celebrado un aniversario más, pero en fin. Deja de lamentarte ¿no vez que la maldita está muerta?
Marylin.- Tienes razón, se me olvidaba ese pequeño detalle. ¿Vas a salir hoy? Tienes días sin salir a buscarla, ¿o es que piensas que el amor de tu vida vendrá por si sola a tocar tu puerta?
Warika.- La verdad es que tengo miedo.
Marylin.- ¿De que?
Warika.- De no encontrarla nunca, o de encontrarla y que no sea especial, o quizá de salir y caminar por la acera equivocada, o que se yo, ¿y si es hombre? o ¿si le falta un ojo? o peor aun, ¿que tal si ella se confunde y en lugar de encontrarse conmigo se topa con otro cabrón y se casa con él? Si, imagina eso, no puedo permitir que otro me la robe.
Marylin.- ¡Mmm!
Warika.- No, no lo permitiré, todo debe salir como lo planeé: deberé salir a caminar por la tarde, justo cuando el sol se pone, y cuando comience a llover la veré mojándose afuera de la famosa cafetería, estará llorando y tratará con todas sus fuerzas de prender un cigarrillo, y entonces llegaré yo.
Si. Y sacaré mi encendedor negro y prenderé su cigarrillo, después nos tomaremos de la mano y entraremos a la cafetería para al final planear el resto de nuestras vidas juntos.
Marylin.- Estás mal hermano,
Warika.- Lo sé.
Marylin.- Tengo frío y miedo
Warika.- Lo tengo que hacer, terminando este churro ¡correré a buscarla!
Marylin.- Eso no es posible, son las tres de la mañana.
Warika.- ¡Diablos! ¿Sabes que? De este lado da risa, pero de este otro da MIEDO…
…
A estas alturas imagino y pretendo creer que todos saben que Marylin , Omega , etc. y el autor son la misma persona. Obviando lo anterior quiero hablarles un poco de Memo, Marylin, Pelón, Omega y David Fernández y las frases que marcaron el desarrollo mental del autor.
Memo, era el niño blanco común y corriente, crecido en una familia común y corriente que vivía, pues… una vida común y corriente
Frase clave, nacida en el colegio, cuando cierto profesor lo reprendía por conductas antihigiénicas en el salón de clases: “De algo hay que vivir”.
Marylin, fue y sigue siendo la parte rebelde de Memo que tantos problemas familiares le ha causado, al grado de ser cuasi-demandado por su madre por lo que ella denomina “actos inmorales”. No me consta, pero estoy seguro que alguna vez probó alguna droga bajo esta personalidad, lo cual no seria raro pues Marylin es alcohólico. Marylin fue el primero en escribir cuentos cortos y novelitas fantásticas. Marylin es mi amigo.
Frase celebre, originada una ocasión cuando hizo un campamento estilo scout en la banqueta afuera de su casa durante dos días, y lo reprendieron por hacer una fogata a la orilla de la calle, la cual comprometía la seguridad del vecindario: “Wey, soy un vago”.
Pelón, es la transición entre Memo y Marylin. Seguramente se masturbaba demasiado (No conozco esta personalidad, pero de seguro al autor le gustara que la mencione).
Omega, es la etapa de desmadre organizado en la vida de Memo. Surge si no mal recuerdo, con la madurez de Marylin, es decir cuando el tipo era ya, lo que denominamos un ¡Malandrinazo! En esta etapa el señor ya se tomaba sus tragos frecuentemente sin esconderse de nadie, fue aquí cuando comenzó su duro trayecto hacia sus estudios superiores, pasando por varias escuelas en varios estados de la republica. Este tipo tenía y tiene hasta hoy la habilidad de sobrevivir sin dinero y sin comida, de lo cual no puedo revelar el secreto, pues como buen mago me pidió no hacerlo jamás. Tengo que decir también que Omega se enamoró una vez en su vida como loco y jamás lo volvió a hacer, aunque esta seguro de no haber encontrado aun al amor de su vida. Quién sabe, podría estar cerca, ¿no?
Frase importantemente notable, que surgió en su época de estudiante foráneo en alguna universidad lejana después de tres días sin comer: “Estoy muy débil, pero wey, Tengo que escoger entre comer o ir a la escuela”.
David Fernández, es quien se robará los créditos del libro escrito por Marylin y Omega. Yo casi no lo conozco, y creo que nadie lo ha escuchado. Pero según entiendo, tiene como objetivo seguir escribiendo, y en su oportunidad hacer cine. En fin, es el prestanombres, que absorberá el éxito y fracaso de todos los “Yo” de David Guillermo Fernández Brindis. Espero saber de él muy pronto, pues eso querrá decir que la gente leyó sus blasfemias, y que está comprando sus libros.
Después de tanta faramalla sólo me resta decir que “Coma Blanco”, es existencialismo muy mexicano, basado en personajes sin aspiraciones, por no decir gente normal, que se desarrollan en un ambiente muy urbano y viven sus vidas de la manera en que estas les resulten más soportables.
El lector encontrará en las páginas siguientes paginas obras tan digeribles como cualquier novela corta, pero tan audaces, obscuras y maquiladas como las mejores obras existencialistas de los autores europeos de la primera mitad del siglo XX.
Voilà, a disfrutarla entonces.
Marco Villafuerte, Warika the Poe.
Febrero de 2008
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COMA BLANCO 
Prólogo: BEATIFUL WONDER
“Nunca fue tan breve, una
despedida, nunca me creí
que fuera definitiva”
-Héroes del Silencio
Recuerdo cuando nos bañamos bajo las estrellas. Fue el día en que estuvimos más enamorados. La noche era cálida y la luna bailando en el cielo destilaba luz. Tu nariz acarició la mía y quise llorar cuando me besaste. Sentí tus lágrimas correr entre mis dedos al acariciar tu cara y sonreí. Recogí las pequeñas gotitas de tu rostro con los labios. Las lágrimas –dijiste –son como copas de champagne, sólo se toman en ocasiones especiales.
Entonces finalmente lloré, porque entendí el mucho daño que me harías cuando me apartaras de ti.
Me abrazaste dulcemente al decirme: –nunca lo haré, eres mi luz, eres mi vida, no podría terminar con mi vida ¿verdad?
En cuanto llegues, te voy a abrazar, a besar y voy a rogar porque no sea la última vez. Debería estar haciendo algo, cualquier cosa. Pero en vez, estoy tirado sobre un montón de cajetillas vacías pensando en ti. Te amo, no puedo dejar de verte a donde miro. Te extraño, me estoy entristeciendo, siento que todo se va al carajo y a ti te es indistinto, que no te importa perderme, me lastima eso y tampoco creo que te importe.
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1 – ROSE

“La vida es un sueño, prueba de ello, son las pesadillas que vivimos a diario”.
Una gota carmesí escurre por una sonrosada mejilla hinchada. Las raspadas y adoloridas rodillas delatan que ha estado mucho tiempo hincado en las piedras sobre los gusanos. Las sucias y rotas uñas de sus cansadas y maltratadas manos esperan con sed agonizante que las ponzoñosas pesuñas de aquella anciana senil y calva le den las seis monedas por las cuales arrancaron la hierba mala del jardín durante toda la semana.
La dulce viejecita va con lentos pasos a su cuarto, se reposa en su cama un momento, inquietando a la familia de ratas que dormía en su almohada. Su amable sonrisa hace más evidentes sus evidentes arrugas. Es fácil imaginar que entre esos flácidos pliegues de piel hay colonias de hongos fétidos, todo un ecosistema con vida ahí dentro, que luchan para defender sus fronteras de larvas de mosca y otras criaturas detestables. Ahora sé que toda la vida de este planeta, no es más que una arruga en el rostro de una anciana agonizante.
La tierna mujer se acerca sin prisa al pequeño niño que perplejo espera que el costal de huesos le entregue su dinero. La espera se vuelve angustiante cuando la cansada señora se detiene a dedicarle algunas palabras que no tienen sentido para el pequeño. Él sólo quiere el dinero para poder huir lejos de esa grotesca imagen que el tiempo en su viciado ocio esculpió en una persona que alguna vez debió ser fresca como una gota del rocío matinal escurriendo en una flor de primavera.
La gentil vieja estira su brazo con el puño cerrado al niño que observa pasmado las llagas de las manos y la suciedad de sus uñas, mira sus propias manos en igual estado, pero encuentra una ligera diferencia; las suyas no tienen ese olor a podrido. El puño se abre lentamente dejando caer en la infantil mano seis monedas de cobre, las monedas parecen brillar, pero solo reflejan la luz de los ojos del niño que las mira extasiado. Ni un crepúsculo esmeralda, ni los tres colores que le faltan al arco iris, ni una sobredosis de heroína, pueden ser tan hermosos como la cara de un niño iluminada.
¿Cuál es el motivo último de su alegría? No es la satisfacción de un trabajo bien hecho, ni siquiera el poder huir de esa casa con olor a muerte cercana. Es un calor dentro de su pecho… “quiero una rosa blanca, tráemela y seré tu novia…”
El pequeño tomó de su mano dos monedas y se las devolvió a la anciana, esta sonrió y una cucaracha salió de su boca para buscar cobijo dentro de su nariz.
- Ve a tomarla del jardín, toma la más bella y grande que encuentres.
Corriendo con rosa en mano, el retoño pasa por un estrecho callejón gris que se abrió a medida que salio a una transcurrida avenida. Sube al puente peatonal, pasa por una pequeña tienda en donde se detuvo a comprar caramelos. Continua su camino, dobla a la derecha al llegar a la esquina y finalmente llega a una elegante casa, adornada con flores multicolores que se enredan a lo largo y alto de las paredes. El pequeño se alza de puntas para poder alcanzar el timbre con el dedo. Repite la operación un par de veces hasta que la pesada puerta con cisnes tallados en las orillas se entreabre para dejar salir a una bonita niña de grandes ojos almendrados. La niña pelirroja sale dando pequeños saltitos con un pie hasta llegar a él. Lo mira y le dedica una alegre sonrisa al ver la blanca rosa.
- Esta hermosa, pero… – Exclama llevándose sus regordetas manos a sus sonrosadas mejillas – pero… alguien me la dio primero.
El niño apretó los puños, y, la rosa se pintó de rojo.
Me estiro en la cama tratando de olvidar mi infancia; no debí detenerme a comprar caramelos, una caja de cigarros hubiera valido la pena.
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2 – THAT DAY.

Flotábamos en un mundo de ensueño sobre los lagos. Los cisnes bailaban a nuestro alrededor, las ranas entonaban la más dulce canción y la luna estuvo más cerca que nunca. Tan romántico, tan absolutamente perfecto ese momento, que realmente sientes que va a durar para siempre.
¿Qué es lo que esta mal con el mundo? Es difícil levantarse y algo en él apesta.
Cuando sufres, sabes que es real, pero cuando amas, se siente tan vacío. Es como soñar, como rasgar la realidad para poder evadirla por un momento, no importa que tan largo sea… siempre es muy corto.
Hay veces en que preferiría no despertar y seguir soñando, más siempre despiertas y al primer parpadeo el desengaño te ensombrece el alma. Todo es tan claro entonces, percibes el color real de las cosas y sonríes en un suspiro. Todo es gris, trágico y tan romántico, tan absolutamente perfecto que entiendes que es un sueño. Es una lastima que no puedas recordar nada al despertar.
Pero es que si recuerdo algo: Sus caricias, su sonrisa y su cálido aliento en mi mejilla, recuerdo sus besos y sus muertas palabras de amor, lo que más recuerdo es el adiós y como me hizo mierda el corazón. Es duro seguir adelante amando a quien se ha ido.
Cuando sufres sabes que es real, pero cuando amas, sabes que no puede ser cierto. No tiene sentido, todos los caminos conducen al mismo destino y ni todas las drogas del mundo podrán salvarte de ella.
A veces detesto a las cosas hermosas porque no las poseo. A veces envidio al universo por ser tan extenso y echarme en cara mi insignificancia; a las estrellas por ser inalcanzables y recordarme mi impotencia. Te envidio luna por cada una de las noches que arropas mi amor, te envidio sol porque con suaves caricias despiertas a…
Omnipresentes astros, egoístas reinas del drama que en el vasto cielo azul, complacidos de arrebatar a los amantes, se regocijan entre sus caricias. Frágil mente hermosa y gentil espíritu, tonto, tonto estúpido.
¿Tratas de encontrar su dulce cara entre los sueños? ¿Algún consuelo en tus lamentos?
No. No es a ella a quien trato de recordar en sueños, es a quien trato de olvidar en realidad. La de mis sueños, me atormenta, me provoca como el cielo cuneado. Me reta a poseerla en un sueño constante entre muchos que van y muchos que nunca llegan. Ella nunca se va, siempre ha estado ahí, lejos de mí.
Flotábamos en un mundo de ensueño sobre los lagos. Los cisnes bailaban a nuestro alrededor, las ranas entonaban la más dulce canción y la luna estuvo más cerca que nunca. Tan romántico, tan absolutamente perfecto ese momento, que realmente sientes que va a durar para siempre. Pero no es cierto, cada lagrima que derramas, cada sueño del que te levantas, cada día como aquel, cada momento que pasa, te mata un poco, y al final, es lo único que dura para siempre.
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3 – COMA BLANCO
Últimamente he estado hablando mucho conmigo mismo. Digo, siempre hablo conmigo mismo pero no de la forma tan aguda como últimamente. Ahora me siento y me hablo durante horas.
Salgo de mi casa, es un hermoso día nublado. Doy un paso con el mismo pie con que lo hago todos los días; para recorrer el mismo camino que recorro a diario.
Paso por un estrecho callejón gris a medida que salgo a una transcurrida avenida que cruzo por el puente peatonal, paso por una pequeña tienda en donde me detengo a comprar cigarros. Continúo el camino. Doblo a la izquierda al llegar a la esquina y finalmente llego a una modesta cafetería de corte italiano que algún día he de atreverme a visitar.
Me detengo a sacar un tabaco. Lo coloco en mi boca y saco el encendedor. Una gota de lluvia aterriza en la mano con que lo sostengo. Levanto el rostro alzando la mirada y cae otra gota justo entre mis ojos, cae una más en mi zapato, otra más en mi costado. Cae otra más y gota a gota empieza una fuerte lluvia que me impide encender mi cigarro.
Comúnmente no me importa y continúo mi caminata bajo la lluvia, pero en esta ocasión me resguardo bajo la puerta de la cafetería. En donde se encuentra una linda señorita. Su largo cabello me impide verle el rostro. De las negras mangas de su gabardina escapan sus delicadas manos, cubiertas por unos suaves guantes oscuros. En uno de ellos cuelga frío, triste y muerto un cigarro. El cual amablemente me ofrezco a encender. Sonríe y levanta el rostro para permitirme verlo.
El verde brillo de sus ojos me transporta a lugares insospechados. Es entonces, cuando me doy cuenta de que es el amor de mi vida. Eso es todas las noches.
Y durante el día.
- ¡Levántate cabrón!
- Buenos días madre…
- Cabrón, busca un empleo.
¿Alguna vez oíste eso de haz fama y échate a dormir? Bueno, pues yo he dejado la fama para más adelante.
- ¡Consíguete una cabrona vida!
- No, mucho problema.
- Una cabrona mosca ¡tu culpa!
¿Notaste el amplio vocabulario que tiene mi madre?, se sabe caca y baboso también. En estas ocasiones me dan ganas de consumir potentes drogas intravenosas y extraviarme en el silencioso mundo del olvido. Pero le tengo miedo a las agujas.
Madre, lamento que tengas problemas, que papá se haya ido de casa, que se haya quemado la cosecha, o que tu vida no sea lo que tu quieres, pero no es culpa de ninguna ¡puta mosca! Déjala en paz, no hace daño a nadie.
Soy un hombre de costumbres, todas ellas, malas. Despierto de mi letargo vespertino, perezosamente despego mi rostro de la babeada almohada; me paro frente al espejo. Me rasuro y fumo mientras hablamos.
¿No habíamos tenido esta conversación antes?
Lo dudo mucho.
A veces siento como si las cosas se repitieran una y otra vez, por primera vez. Como si cada vez que despierto empezara el mismo sueño.
Pues yo creo que deberías dejar el cigarro.
¿Eso que tiene que ver con esto?
Nada, pero se te están poniendo los dientes amarillos y odio eso.
Salgo de mi casa, es un hermoso día nublado. Doy un paso con el mismo pie con que lo hago todos los días, para recorrer el mismo camino que recorro a diario.
Paso por un estrecho callejón gris a medida que salgo a una transcurrida avenida que cruzo por el puente peatonal, paso por una pequeña tienda en donde me detengo a comprar cigarros.
Continúo el camino. Doblo a la izquierda al llegar a la esquina y finalmente llego a una modesta cafetería de corte italiano que algún día he de atreverme a visitar.
Me detengo a sacar un tabaco. Lo coloco en mi boca y saco el encendedor. Una gota de lluvia aterriza en la mano con que lo sostengo. Levanto el rostro alzando la mirada y cae otra gota justo entre mis ojos, cae una más en mi zapato, otra más en mi costado. Cae otra más y gota a gota empieza una fuerte lluvia que me impide encender mi cigarro.
Comúnmente no me importa y continúo mi caminata bajo la lluvia, pero en esta ocasión me resguardo bajo la puerta de la cafetería. En donde ella, como todos los días, no esta ahí.
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4 –THE GREAT PRETENDER.
En realidad no importa; no sé por qué lo hago o por qué lo sigue haciendo; no sirve dar explicaciones. Los motivos no cambian los hechos pero, por alguna razón, la gente siempre trata de justificarse, como si eso mitigara o compensara el daño que acarrean las consecuencias de sus acciones.
Me citó en el puente peatonal donde nos conocimos, llegué quince minutos antes como es mi costumbre y esperé. Mi corazón latía a un ritmo acelerado mientras el mundo avanzaba cada vez más despacio. Me temblaban las manos y mis piernas sudaban mientras intentaba distraerme mirando pasar los coches. Respiraba profundamente tratando de tranquilizarme mientras pensaba las mil razones que ella podría tener para verme una vez más; ¿Quería que le devolviera su colección de besos y caricias, deseaba tal vez pedir perdón arrepentida y volver a mi lado? ¿Qué más daba?, no podía acceder a ninguna de ambas peticiones: Lo primero no podía devolverlo, pues lo coloqué en una pequeña caja que, a su vez, guarde en algún lugar al cual puedo volver de vez en vez a rumiar mis sentimientos; y la segunda, por que no quiero, nunca lo he querido y nunca aceptaré lo contrario.
Finalmente se presentó. Mi sudor se volvió frío, mi corazón empezó a latir cada vez más despacio, mientras el mundo avanzaba a un ritmo acelerado. Ella me miró llena de compasión, porque no quiero decir que era pura lastima. La observé con particular atención y es que por un largo momento no pude articular oración coherente. Lucía, como siempre lucen quienes han jugado con tu cariño: aborrecible, y a la vez, fascinante.
Nos encontramos frente a frente, cara a cara, y empezamos a pretender. Yo comencé a fingir que no me importaba lo que ella decía, y ella comenzó a fingir que le importaba lo que yo sentía.
Cuando alguien traiciona tu amor, siempre tratas de demostrar que no duele, que puedes vivir sin ella, que ha cometido el error más grande de su vida al lastimarte con su ausencia y que, de nada sirve que tan arrepentida éste, te ha perdido para siempre. Y es que en el fondo siempre queda clavada esa estúpida espinita, esa absurda esperanza que nos hace pensar que en cualquier momento esa persona que te lastimó, se dará cuenta de su error. Se arrepentirá, correrá suplicante a pedirte perdón, y entonces despertaremos de ésta pesadilla para volver al sueño en el que fuimos felices.
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5 – TOCANDO LAS PUERTAS DEL CIELO.

Algo no anda bien. Tengo miedo de abrir los ojos y descubrir cosas horribles. Los mantengo cerrados aferrado a sus labios. Atando su cuerpo al mío, aprisionando sus brazos entre los míos, mezclando mis piernas con su aliento, presionando su corazón con un martillo.
Respiro su aliento y siento su cuerpo palpitante sobre el mío estremecido. Hace tanto… que ya olvidaba lo fuerte que puede ser la luz del sol, lo suave que pueden ser las flores, lo frescas que pueden ser las tormentas de medianoche o lo confortable que puede ser amanecer entre sabanas tibias, abrir los ojos y admirar su sonrisa. Por eso tengo miedo, porque a pesar de que siento su cuerpo y respiro su aliento, tengo la sensación de que algo no esta bien.
Así que mantengo los ojos cerrados y me guío por mi olfato, me dejo llevar por mi tacto en la suavidad de sus formas. Mis manos se cierran sobre sus pechos y en mi oído, lejano, alcanzo a escuchar un tibio gemido que dice te quiero. Deslizo mis dedos en círculos hasta su vientre, abro los brazos y los cierro en su espalda y girando sobre la cama nos enredamos entre las sabanas que desprenden aromas cómplices de noches a solas. Largas noches de espera que huyen veloces entre susurros. Escapando sin tropezar con las promesas tiradas junto a la ropa en el piso.
Llevo mi boca a la suya e introduzco mi lengua por su garganta hasta su pecho, hago un esfuerzo para introducir mi extremidad bucal en lo más profundo de su intimidad, para rozar su corazón con la punta agradecida. Ella pega pequeños gemidos felices. Bebo chorreante su alegría que llevo a mi cuerpo y la tomo del pelo y acaricia mi faz con la suya. La graciosa punta de su nariz busca la mía, al encontrarse se frotan y se acarician, se bañan en sonrisas y buscan nuevas palabras para definir alegría.
Entonces pequeñas arañas trepan mi espalda. Mientras salvajes bestias me muerden los hombros, la siento en mi vientre y me regala la espalda. Mis dedos valientes matan arañas y buscando su guarida aventureros se pierden entre sus piernas, que, imbatibles los hacen huir de vuelta a las altas montañas donde felices traviesas juegan las yemas mientras ella lame mi cuello, busca mi boca y me besa.
Mi puño se cierra presionando con fuerza. La saliva, siento su tibia saliva invadirme, puedo sentir su lengua, tan viva, acoplada a la mía, incluso siento sus poderosos labios succionando los míos, apretando, empujando, buscando sedientos mi aliento. Sin embargo es el puño cerrado el que me indica que algo aquí, no esta bien.
Entonces se tensa mi espalda con fuerza; pues ella con lujuria cabalga, la forma del sol sus caderas describen sobre mi vientre acopladas a versos sin forma, al rítmico latir de nuestros corazones vencidos. Una ola de placer se estremece en mi inferior. Otra ola de angustia se expande en mi cuerpo. Escucho como sus tiernos gemidos se convierten en liberadores gritos que se esfuman en el batir de astas del ventilador. Yo no grito, sólo contengo el aliento y me aferró a mi cuerpo, porque de pronto comprendo, como luz enceguecedora, qué es lo que me perturba, qué es lo que no esta bien.
Mi mano me suelta y mi espalda descansa. Entonces un suspiro venenoso se me escapa; sube al techo y se disuelve en un lamento. Abro el puño, y los ojos. Toso un poco. Y buscando a tientas su mano encuentro las alas de un recuerdo muerto chorreado en mi vientre.
Tengo que dejar de hacer esto, rentar una película porno o algo; debe haber alguna manera menos patética de masturbarme que pensando en ella.
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6 – LA MIEL DEL ESCORPION.

Cae la noche y nos invita a ese mundo de ensueño que sólo se puede encontrar en la intimidad de la noche, en las drogas y el amor.
Toda la tarde escuchándola balbucear y aún no ha dicho nada que haga que valga la pena haber vuelto a verla; aún no ha dicho que me extraña.
Sus ojos son hipnóticos; su lengua viperina me adormece; de su boca brota ponzoña y me salpica. Una de sus orejas se escama y cae a pedazos; sale de ella una cucaracha con una guitarra y se va a tocarle serenata a alguien más. Uno de sus senos despierta bajo el embrujo de la luna llena y a patadas despierta a su compañero. Juntos deciden cantarme; se despiden de mí con dulces sonrisas.
- ¡Deja de verme el escote!
¿Por qué todas las mujeres con las que salgo dicen eso en alguna ocasión?
A través de la historia, hombres sabios fueron condenados, e inocentes subyugados, pueblos enteros fueron diezmados y extinguidos, simplemente por no tener la misma perspectiva.
Hace mucho oriente y occidente se encontraron por vez primera a través de la perspectiva de musulmanes y cristianos; y la primera mirada fue de terror. La perspectiva, es sin duda, peligrosa.
- Creo que tenemos diferentes perspectivas de la vida.
¡Estupendo! Me hace venir aquí, pasar toda la tarde a su lado, escuchar muchas historias estúpidas de nosotros, sólo ¡tan sólo para decirme eso! Como si no me hubiera dado cuenta antes.
¿Y? ¿Ahora qué?
Se irá y pretenderá que el hecho de que sepas que te deja por una diferencia de opinión lo vuelve menos doloroso.
Es sólo eso; una diferencia de opinión. Nunca me impidió amarla; podemos arreglarlo.
Sin embargo para ella fue razón suficiente.
Pero no es su culpa no ver las cosas igual que yo, hay que unificar criterios, es todo.
Deja de justificarla, la vida simplemente no tiene perspectivas. Ese fue uno de los pretextos más estúpidos que se han usado después de la rutina de “no eres tú, soy yo”.
Pero aún la quiero… como las flores necesitan del rocío por las mañanas, así la necesito.
Pero ella a ti no. Resígnate; se le acabo el amor.
Pero no dijo eso, no ha dicho que no me quiere; aun lo hace.
No, no lo hace.
¡Si lo hace!
Dime entonces ¿Su mirada se entristece en este momento como la tuya; se le quiebra la voz al hablarte; ves en sus ojos alguna otra intención aparte de la de salir corriendo de esta situación tan vergonzosa para ella y desdichada para ti?
Miré sus ojos, queriendo escudriñar su alma, pero me encontré a mí mismo reflejado en su mirada; una mirada fría e impersonal, como si contemplase una pintura que aunque aparente lo contrario yace sin vida frente a ella. Acaricié su cabello. Con mi cálida piel rocé la suya helada, agaché la cabeza, cerré los ojos y tragué, tragué con fuerza y muy profundo.
¿Por qué no me clava la daga de una vez? ¿Por qué no me lo dice tal cual es?
No quiere dejar al descubierto su egoísmo, eso implica la posibilidad de ser lastimado.
Pero… pero… yo nunca la lastimaría
Ja ja ja, no mientas.
La luna ya se encuentra hinchada, molesta y hastiada sobre el mar, me mira con su único ojo irritado como si entre todas las cosas en el mundo, yo fuera la que más detestara.
Es tarde y debemos despedirnos. Con un frío beso, agriamente, me murmura como intentando lastimarme:
- No pienses en mí.
Cierro los ojos. Algo despierta dentro de mi pecho, una sensación olvidada. Creí haberme desecho de ella hace tiempo; pero nunca se fue, siempre ha estado ahí, esperando pacientemente el momento de retornar y devorarme. Aprieto los puños y la rosa se pinta de rojo. Doy media vuelta y busco un cigarro en mi cartera. Entonces me da la impresión de que no la volveré a ver jamás y siento un impulso de hacerlo una vez más, una última vez, una más para sobrevivir más tiempo, una más para aletargar la agonía y alargarla. No voy a voltear, no voy a voltear, porque si lo hago voy a llorar como una niña. Inhalo la vital nicotina.
La siento a mis espaldas, exhalando el humo que al diluirse va contando historias y recuerdo de dos enamorados. Entonces, tras un suspiro, una lágrima escurre por su mejilla hasta tocar los labios que envenenaron mi mente. Y corre tras de mí, pero se detiene pocos pasos antes de alcanzarme. Estira el brazo intentando detenerme, queriendo gritar mi nombre, pero un nudo en la garganta se lo impide. Cae de rodillas llevándose las manos a la cara y solloza en silencio, bajo un claro rayo de luna mientras me alejo. O tal vez simplemente exhaló el humo de su cigarro antes de tirarlo, me observó una vez más, dio media vuelta y se fue. Pues soy yo el que llora. No debí haber volteado.
Que bien sabe. Todos probamos esa amarga ilusión, la falsa esperanza, la dulce decepción: La miel del escorpión. Me escurro las lágrimas mientras me alejo de aquel puente. Justo ahora un recuerdo decide visitarme, inoportuno, a mal hora regresas.
- Es que… no sé, tengo miedo – decía mientras la abrazaba llenándola de besos
- No te apures, es un puente que aun no tendremos que cruzar
- Pero tendremos – insistía acurrucada –Temo que me lastimes, sé que un día, si las cosas andan mal, a ti no te importa y me dejarás
- Tú también lo harías.
- No es cierto – afirmaba… tonta.
- Bueno – le contesté para tranquilizarla – cruzaré ese puente al llegar a él. Hecho está.
Avanzo entre las sombras internándome en la incertidumbre. Al llegar a la oscuridad me detengo y toco la puerta un par de veces, la voz que responde pregunta que deseo.
- ¿Puedo despertar ahora?
CONTINUARÁ…
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POR SI NO TE VUELVO A VER
1- AL FINAL
¿Será esto lo que estaba esperando? ¿Lo que he buscado por tanto tiempo; la casualidad de mi vida? ¿No será simplemente el destino?
- ¿Por qué no te quedas? – me dijo mi padre
La decisión: – No sé – respondí – sólo deseo irme – y ante un deseo sólo se pueden hacer dos cosas, entregarse a él, o frustrarse.
Me retrase un par de minutos dando besos y abrazos. Me despedí de todos, y me dispuse a marchar.
Atrás, en la puerta de cristal dejaba a mis padres que agitaban las manos en señal de despedida. A mis bellas primas que se tomaban de las manos sonrientes, la mayor de ellas aun con el vestido de novia, y a mis amados amigos.
Di unos pasos, extraje el boleto de la billetera “¿Por qué no me quedo?” pensé un segundo desdoblándolo y me formé en la cola del bus. Entonces la ví mas adelante con su suéter gris a cuadros amarrado a la cintura y sus botas de gamuza, entregando su boleto al chofer; “ojala me tocase compartir el asiento con alguien como ella, y no con señoras gordas o viejos pesados como siempre me pasa”, pensé a la vez que mostrando su identificación sintió mi mirada sobre su hombro, volteó, nuestros ojos se encontraron; me pareció entrever en ellos y en sus labios inquietos un sentimiento similar al mío, sino es que el mismo, y subió.
La fila avanzó y la borré de mi mente. En su lugar fue abordada por la voracidad de partir. No sé por qué me voy, ni se exactamente que será de mi, pero mi corazón me insita a marcharme. A no quedarme quieto, a seguir, a seguir y a seguir hasta liberarme de ti.
Abordé el camión. Busqué mi butaca indiferente. Quedamente avancé comparando mi boleto con los números que siempre están dispuestos en el portaequipaje sobre los asientos. Al fondo ví el 17 y el 18 ocupados, y descubrí el mío, del lado de la ventana, junto al de ella.
Sentado a su lado mi pecho empezó a golpetear. Mis ojos esquivos se cerraban, daban vueltas, giraban sobre si mismos y bailaban, y se negaban a mirarla.
Quise hablarle, titubeé, volteé sonrojado, me torcí, dudé, y apenado, tome aire; y valor. Giré el cuerpo hacia ella y torpemente, pregunté - ¿A dónde vas? – sabiendo de antemano que, estando en el mismo camión que yo, tendría que ir al mismo sitio.
- ¿Y tú eres de allá? – agregó a su respuesta.
- No, – confesé apenado – sólo trabajo allá.
- ¿Ah sí? ¿En donde? – preguntó hundiéndose en su asiento.
- Universidad Capital – dije imitándola.
- ¡¿En serio?! Yo también – exclamó girando su cuerpo nacarado hacia mí, haciendo a un lado su enmarañado cabello y reposando suavemente su rostro en una de sus manos. Hizo una pausa y en la penumbra me pareció que sus opalinos ojos brillaban – esto sonará tonto – dijo sonriendo – pero… ¿crees en las casualidades?
¿Es el destino algo cierto? ¿Hay una trama escrita para cada uno de nosotros de cuyos lineamientos no podemos escapar? ¿Las situaciones y oportunidades se nos revelan como los ineludibles pasos que debemos seguir para llegar a lo que nos ha sido destinado?
Algunas veces pareciera que todo esta encadenado de tal forma que yo no estaría aquí si no fuese por esa banca en el parque.
Sin embargo tampoco descarto que sean nuestras decisiones quienes nos guían sin sentido fijo, convirtiéndonos en navegantes sin rumbo en el mar de la vida. Favorecidos o victimados por el vago capricho de la casualidad.
- Supongo que si – respondí. Y charlamos hasta la madrugada.
2 - LA VIDA SIN MÍ
Uno puede contar su vida… uniendo casualidades que pasan y otras que nunca pasan. La casualidad, decía mi padre, es tan imperceptible como el aleteo de una mariposa y tan poderosa como un tornado. Eso decía él, y puede que tenga razón.
En su juventud, mi padre, sostenía un amorío con una bella mujer a la que había conocido por casualidad en un viaje escolar al norte del estado. Ahí, en una cantina con sus amigos, apostó cincuenta pesos a que podría conseguir la dirección de la dama de rojo sentada en la barra. No sólo ganó la apuesta, sino una cita y una noche de pasión servida entre copas de vino.
La alegre sorpresa fue grande cuando supo que esta dama de rojo radicaba en la misma ciudad que él, y al igual, sólo estaba de viaje estudiantil. Así entonces, la casualidad jugo a favor de ambos esa vez. Y al despedirse prometieron que al regresar se volverían a ver.
Una tarde, tiempo después, mi padre se quedó profundamente dormido tras la comida. Al despertar, recordó amodorrado, que tenía que verla a las cinco de la tarde. Miro su reloj espantado y este, marcando las cinco con treinta, le gritó que era tarde. Salió veloz como relámpago; ni quince minutos le llevó arreglarse.
La estación de metro se encontraba a media cuadra de su casa. En su prisa, en vez de usarlo, que en un día común tardaría otros veinte minutos más en llevarlo, tomó un taxi.
A las cinco en punto de la tarde en la alameda la dama de rojo, obsesionada con la puntualidad, decidió ir a buscarlo. Desde ese momento hasta que el metro la llevó a su destino transcurrieron poco más de cuarenta minutos. Si mi padre hubiese decidido usar el metro, se hubiesen topado de frente en la salida de la estación.
Mas atrás aun, si hubiese decidido ir directo a dormir aquel día al volver del colegio en vez de ir a jugar fútbol o, si simplemente se hubiese mantenido despierto hubiera llegado a tiempo y nada hubiera pasado. Inclusive, si la noche anterior su madre no se hubiese aliviado de aquel resfriado, no hubiera habido póquer de los miércoles y él no se habría desvelado sirviendo copas a los tíos. El hubiera no existe.
Ese día por la mañana, en el colegio de monjas “Las Piadosas Hermanas Del Sagrado Corazón De Jesús Bañado En Vino Por Las Manos De Su Madre, Su Padre y El Espíritu Santo Hasta El Fin De Todos Los Tiempos y Después De La Resurrección Del Padre Santo Que Todo Lo Puede, Amen” ubicado del lado de la ciudad que no es este. Una chica intentaba introducir un tarot al recinto. Las monjas, previendo actos tan atroces como ese, revisaban diariamente las pertenencias de todas las estudiantes para cerciorarse que no metieran objetos malsanos e impuros. Pero ese día, justo dos turnos antes de ser revisada, resbaló en el baño la madre superiora al pisar un jabón que había sido tirado descuidadamente por unas alumnas el día anterior y que nadie vio o nadie se acomidió a levantar. Por aquel desafortunado incidente las monjas suspendieron la revisión ese día y la muchacha introdujo sin mayor problema el juego prohibido.
A la hora del receso, escondida en la parte mas descuidada del jardín, convenció a una amiga para leerle la suerte, quien inocentemente creyó todo lo que esta dijo.
- Según esto – le dijo – la vida tiene una sorpresa para ti hoy, lo único que tienes que hacer, es dejarte llevar.
Esa tarde, tras levantar la cocina, movida por la curiosidad salió a dar un paseo en expectativa de lo que pudiese pasar. Salió decidida a seguir el camino que la vida le tenía señalado. Primero pensó en caminar un rato y así lo hizo hasta que se topó con una estación de metro y entonces sintió que su corazón latía fuertemente. Entró. Entonces, el viento que viajaba rumbo sur le arrebató el sombrero y al perseguirlo subió a un vagón que a través de túneles oscuros la llevó hasta el centro. Ahí, su corazón volvió a latir desesperadamente arrancándose de su pecho; dejándola para poder encontrar su destino. No queriendo quedarse atrás subió rápidamente los escalones y al salir el latido se detuvo en seco y se halló perdida. La alameda se encontraba vacía, sólo los árboles mecidos por el viento parecían ahí esperarla. Entonces y de repente la encontró una mirada agitada y penetrante con un bello ramo de flores. Sorprendida en voz alta se dijo así misma – ¿Son para mí?
Mi padre llegó al punto de encuentro cuarenta y cinco minutos después de la hora. Desesperado bajo corriendo del taxi en busca de la dama de rojo; pasó a un lado de un muchacho de esos que venden chicles o flores o cigarrillos en los parques. Un pensamiento cruzó por su mente y corrió de regreso para comprar una docena de rosas. Apurado volvió a su camino y al llegar, sin resignarse, la buscó con la mirada. Entonces entre los árboles se topó con una mirada en medio de la nada, sola, como perdida.
La mirada pertenecía a la mujer mas bella que jamás hubiese visto. Y ella, tratando de mantener tranquilo su cabello que jugaba con el viento, preguntó como para si misma – ¿Son para mí? – y, sonrojado, sólo acerté a decir que si. Cuenta mi padre.
Esa, fue la primera gran casualidad de mi vida, porque fue el día en que se conocieron mis padres.
La vida, decía mi madre, tiene un plan maravilloso para cada uno de nosotros. Lo único que tienes que hacer es seguir tu corazón.
3 -LA VIDA SIN TI.
La vida esta formada por pequeños ciclos que encadenados unos de otros nos llevan al gran ciclo de la vida, al inevitable regreso al comienzo.
Yo nací una tarde nublada de invierno en un cruce de caminos. Mi llegada estaba programada para los primeros días de primavera, sin embargo el capricho de la naturaleza hizo que el ciclo de mi vida empezara antes de lo esperado. Esa tarde mi padre tuvo un importante compromiso con sus amigos. Un partido por el campeonato de la liga regional de fútbol amateur. Insistió una semana completa a mi madre para que esta aceptara acompañarlo. Ella, que nunca sintió afición por este deporte o ningún otro según recuerdo, cambio de opinión el día del encuentro y alegando su estado se negó a ir. Mi padre, algo molesto, solo alcanzo a refunfuñar mientras tomaba las llaves del coche, daba un portazo y se iba.
Este es mi día y nada lo va a arruinar – y vaya que fue mi día – dice mi padre cada vez que cuenta esta historia.
Un par de horas después, de improvisto, mientras mi padre anotaba el primer gol de la tarde, a mi madre se le rompía la fuente. Y el par de minutos que mi padre tardo festejando su anotación, fue lo que tardo mi madre en ir a casa del vecino, pedir el teléfono y hablar a sus padres.
Ese día, el vecino había decidió arreglar él mismo su instalación eléctrica, lo que provocó un apagón en toda la casa. Así que cuando llegó mi madre, en vez de estar viendo el noticiero como era su costumbre, estaba discutiendo con su mujer. Aparentemente era un matrimonio caducado y únicamente se soportaban entre ellos gracias a la intervención del televisor. Y ese día, dice mi madre, era el fin de todo. El detonante parecía ser el asalto del que fue víctima la vecina en su propio auto una semana antes. Donde le quitaron, entre otras pertenencias, el auto estéreo. Y eso, sin duda, era lo que mas le dolía a su marido.
Pero viendo la condición de mi madre en ese momento, como toda persona decente, suspendieron su lucha y en cuanto esta colgó el teléfono la subieron al coche partiendo inmediatamente rumbo al hospital en el momento en que mi padre hacia el segundo tanto del partido.
Una hora antes, en la avenida principal, el chofer de un camión de pasajeros se había quedado dormido provocando un terrible accidente; la nota principal en todos los noticieros de la tarde. Con reportes por radio cada veinte minutos para informar del terrible tráfico. Porque estaba imposible.
Por tal hecho, y en el momento en que mi padre anotaba su tercer gol, quedaron como varados en la avenida – entre un montón de morsas gordas y ruidosas, como tu tía. Pero no lo repitas – dice mi padrino cada que cuenta la historia.
Tras unos minutos de histeria tomó a mi madre entre sus brazos y la cargó hasta conseguir un taxi.
Ninguno quería que le manchara su silloncito, y yo, con la mujer que parecía un geiser a punto de estallar – siempre se ríe en esta parte del relato.
Finalmente hallaron un alma piadosa que los llevó por el libramiento donde tuvo que detenerse en un crucero obedeciendo a los gritos de mi madre que empezaba a darme a luz en el asiento trasero.
- ¿Te imaginas? Seis goles metí ese día, ¡Seis!, no me vieron ni el polvo.
Cerca de cincuenta años antes varios destinos comerciales se toparon entre si creando la necesidad de diseñar un cruce de caminos cuando se urbanizó la zona. Más lo que fue obrado gracias a la necesidad humana, fue interpretado como un presagio.
- Quiere decir que viajará mucho –Decía mi abuela - ¡No! en un cruce de caminos pasan muchos caminos, sin ser el mismo uno. Es una mala señal – alegaba mi abuelo.
- Pamplinas, es sólo un maldito cruce de caminos – dice mi padre al respecto -¿qué podría ser mejor que meter seis goles en un partido de campeonato? Menuda sorpresa me llevé al llegar a casa ¡fantástico!
Lo que sólo cuenta cuando esta borracho es que se desmayó al encontrar la nota de mi madre.
Ya pasada la tormenta, los vecinos al ver la asombrosa creación del amor, reconsideraron su relación y aceptaron gustosamente ser mis padrinos a petición unánime.
Así entonces, mi nacimiento, no sólo quedó marcado con un ambiguo presagio, si no que también salvé un matrimonio que ha la postre me regaló dos lindas primas quienes fueron mis mejores amigas de la infancia.
Hay personas, me dijo una de ellas el día de su boda, que vienen al mundo a ayudar con su amor a quienes se cruzan en su camino. Es triste pensar que no hay quien les de amor a ellos.
Pero, mientras yo jugaba con ellas a las escondidas y a los vaqueros, había otra persona, otro niño que jugaba solo a las canicas en un rincón de su escuela. Y mientras yo tenía una hermosa fiesta de cumpleaños numero nueve, sus padres sostenían un pleito legal y un divorcio. Tras eso, su madre se mudó a nuestra ciudad donde se instaló en una humilde casa donde pagaba una renta muy elevada. Y, ubicada tan sólo a cuatro cuadras de la mía, pasarían seis años más antes de que nos cruzáramos.
La primera vez que nos encontramos fue en un partido de fútbol. Una semana antes los chicos de mi cuadra apostaron que podrían ganarle a los chicos de la secundaria Uno. Nos dieron una paliza. Al finalizar se acercó a mí, que siempre pedía la portería, y lleno de soberbia me dijo – Tú no deberías jugar fútbol; apestas.
Me enfurecí, me llené de rabia, me agité, apreté el puño y, doblando la mirada, me quedé callado. Y es que tenía razón.
Al salir de la secundaria yo quería entrar en la misma escuela de mis primas que asistían a un colegio de paga, pero a mis padres pagar por algo que te da el gobierno siempre les pareció tonto, así que fui directo a la del Estado.
Ideé un plan para no pasar el examen de admisión, así, tendrían que considerar mi petición. Reprobado el examen, mi padre me aplicó la disciplina del cinturón de cuero mojado por lo que me esforcé al máximo en entrar al siguiente semestre, que era de arrastre y por tanto me encontré con todos aquellos que estaban repitiendo el grado. Esa fue la segunda vez que nos hallamos.
Al entrar al colegio mientras me dirigía al salón me sentí incomodo, pues los chicos de el curso avanzado miraban con desdén a los de mi grado. Como diciendo “mira a esos burros torpes no tienen remedio”.
Al llegar busqué un lugar desocupado. Ahí me lo volví a topar. Me sorprendió que me reconociera. Y mas que, sonriendo, me invitara a tomar asiento a su lado – No les hagas caso – decía – No pasa nada, no tienes porque sentirte mal sólo porque ellos terminarán un ciclo antes que nosotros.
Un día en el que reímos demasiado, una mañana en que las cosas daban la impresión de ser estáticas, en un momento en el que sentimos que las cosas serían iguales por siempre, sin saberlo, empezaba a tejerse la trama de la segunda gran casualidad de mi vida. Animados por nuestro corazón, escapamos de clase; mi amigo me llevó a comprar cigarros y en la tienda, conocí a mi novia.
Desde ese día, al salir de la escuela, bajábamos al parque a comprar cigarrillos y a veces, sólo unas pocas, convencíamos al señor de la tienda para que nos vendiera cervezas. Y de ahí íbamos al campo de soccer a fumar y a beber.
Teníamos que andarnos con cuidado porque algunas ocasiones sucedía que al vigilante se le ocurría hacer su trabajo y al encontrarse con dos menores infractores amenazaba con llamar a la policía, o peor, a nuestros padres. Muchas veces salíamos huyendo abandonando ahí nuestras provisiones y luego por la tarde, cuando calculábamos que todo estaba despejado, volvíamos en busca del cuerpo del delito y hallábamos al poli, de lo lindo, con nuestras cervezas.
Tras lo cual nos despedíamos, el corría a casa a ver la TV y yo corría a verla a ella.
Una tarde en particular, en la que sin decirlo decidimos ver una película en vez de beber, mientras entrábamos a la sala, un compañero del colegio telefoneaba a su novia para verla en una de las cafeterías frente al cine.
Al salir, sentí latir mi corazón. Le pedí a mi amigo que me acompañara a ver a mi novia y él, que siempre ha gustado del olor a café, sugirió caminar por la acera de en frente.
Así pues, sucedió que un día, mientras iba a ver a mi novia, me encontré de frente con ese compañero del colegio acompañado de la suya. Y esa fue la segunda gran casualidad de mi vida. Porque fue el día en que te conocí a ti.
Cuando volví de mis viajes, mi amigo me llevó a comprar, ya no una cerveza, sino un Whisky, ya no unos cigarros, sino unos puros. Y fuimos a fumar y a beber y charlar. A enterarnos de nuestras vidas al viejo campo de soccer. Donde nos abrazamos casi entre lágrimas, al momento que, saliendo de la pequeña caseta de vigilancia, apareció con su charola y su viejo uniforme: el poli.
Algo encorvado, muy envejecido, meneando la macana carcomida por polillas, diciendo con la voz mas alta que pudo, tratando de parecer furioso sin poder contener la nostalgia – ¡¿ustedes de nuevo?!
- Así es mi poli – dijo mi amigo secándose una gotita de sal – al final, uno invariablemente regresa al lugar donde todo comenzó.
Y en ese momento supimos, que algo entre nosotros había cambiado, no es que ya no fuésemos amigos o que no volviéramos a vernos. Una parte de nosotros, que debió ser el corazón, nos dijo que esa noche bajo la luna algo había terminado, que un ciclo había llegado a su fin, la juventud
4 - POR SI NO TE VUELVO A VER
Quiero decirte que cada elección que hemos tomado, cada paso, cada sueño anhelado, cada pálpito nos ha guiado ineludiblemente a este momento; a la tercera gran casualidad de mi vida. La cual sin proponérnoslo pusimos en marcha años atrás el día en que salimos juntos por ultima vez. En esta banca inerte de parque donde te miro, aquella noche sin estrellas con nuestras manos entrelazadas, hostigamos a mi prima, querida, a que aceptase las proposiciones amorosas de mi amigo. Y nos reímos.
Y no sé como pero nos perdimos. Me perdí yo al menos. Lo único que hice fue seguir mi corazón. Fue mi culpa, no pude encontrarte y me perdí. Supongo que te fallé, que nos fallé a ambos… que era demasiado tarde, que esperé demasiado y partí con desatino. Que me enrolé en una búsqueda estúpida y sin sentido. La suerte estaba echada supongo. Aunque también creo que pudiste haberme esperado.
Ahora que estoy aquí, me asalta una sensación nostálgica y de dolor, como si toda la sangre de mi cuerpo hubiese sido drenada para ponerme sangre nueva. Pero aun quedan rastros de ti en mis venas.
Sentado me quedo, desolado, buscando cobijo en la noche negligente y sus estrellas sin brillo. Y suspiro. Y a cada profundo latido se agrava mi soledad, porque la gente me detesta; te detesta y detesta que te extrañe en la manera en que lo hago.
Por eso me resistía a volver; sospecho. Pero aunque mi mundo fracturado se halle detenido, el tiempo que he perdido se me acerca. Es un llamado muy fuerte, el de mis seres queridos, y volví.
¿Cómo adivinaría que la casualidad sarcástica querría que me lo encontrara a mi regreso?
Lo vi desde que subí al camión, al fondo, pegado a la ventana, vestido de azul, de expresión meditabunda pero distraída. Miré el boleto para confirmar el número de asiento, y me senté junto a él.
- Los deseos – dijo el joven sin dejar de ver por la ventana – son lo que mantienen vivas a las personas. Son lo que, aun cuando todo parece perdido, las anima a salir adelante. Y al final, aunque sea a un precio muy elevado, los más tenaces… los alcanzan. Tal es la furia de los deseos –. Sonreí complaciente.
- ¿Crees en las almas gemelas? – agregó.
- Supongo que si – dije y me quedé dormido.
Soñé lo más bello que pude soñar hasta entonces. Vino a mí aquel sábado particularmente aburrido y nublado en el que no hallé nada que hacer en casa. O en el que mi corazón latió tanto que no me permitió estar tranquilo, y el viento arremolinado en el exterior me invitaba a dejarme arrastrar. Pensé en ir a ver a mi amigo para distraerme un poco. El pretexto ideal para sentir al aire enmarañarse en mi cabello. Salí con las manos en los bolsillos sin imaginar que a pocos pasos antes de llegar a mi destino, él se toparía conmigo.
Si es verdad que cuando uno esta en su último estertor de muerte ve pasar su vida frente a sus ojos, me pregunto si será posible detenerse en un instante y cobijarse ahí por la eternidad. Si fuera de ese modo, sin duda escogería como ultimo refugio aquella tarde invernal en ese parque de coniferas. Chocaría contigo al doblar en la esquina, y me volvería a enamorar.
Pasaríamos la tarde juntos, charlando hasta que la noche cobijara con su manto al mundo y te tuvieses que ir. Entonces esperando a que tomaras un taxi te obligaría a abrazarme, antes de verte marchar. Conmocionado, metería las manos en los bolsillos, y me iría por donde vine, para toparme contigo al llegar a la esquina, en donde tu oscuro cabello flotando en el aire te acariciaría de nuevo las mejillas, mientras tus manos sostendrían tu falda levantada por el viento y tendrías frío. Inmediatamente pondría mi chamarra alrededor de tu cuello, abrazándote. Para después charlar hasta que tuvieras que partir. ¡Que maravilloso lugar de descanso seria ese!
Esa banca, ese parque, que sin dudarlo podría contarnos mil historias como la nuestra, apareció ahí, como puesto con ese único propósito, por un vil y simple acto de negligencia.
- Originalmente – me contó mi abuelo –unos setenta años antes en ese lugar se planeó la construcción de un hospital. El gobierno y un grupo de médicos se asociaron para lo que seria una clínica de la vista. Pero los inversionistas, en su avaricia, usaron material de mala calidad. Poco después de iniciada la obra un supervisor la detuvo. El grupo de doctores retiro su dinero y desapareció. Con el material sobrante empedraron el piso, esparcieron bancas por todas partes, plantaron algunos árboles y pusieron una fuente. Años después la fuente se hundió, así que sobre ella se construyó un quiosco.
Antes de que te subieras a ese taxi, tuve un destello, y te extendí una invitación para vernos en una semana. Si en ves del parque hubiera estado aquel hospital ¿habríamos caminado juntos? o, sin un lugar donde sentarnos ¿nos hubiésemos ido cada quien por su camino? ¿Cómo saberlo? Lo único cierto es que una semana te pareció demasiado, así que a los tres días llamaste a mi puerta. Y sin aun tomarnos de la mano regresamos a la banca en la que sin saberlo todavía nos habíamos enamorado.
Admito que debajo de mi alegría escondí una inquietud reprimida, una amargura, pues la casualidad que me había favorecido, jugó en contra de aquel compañero de escuela. Sin embargo – ¡no puedes dejar de pasar esto que es como de película! – me decía mi hermano adoptivo, mi amigo del alma. Y no lo hice. Mi compañero de colegio me importó un cuerno, en vez de mantenerme quieto y distante, me arrojé sobre ti. Mis manos se apoderaron de tu cuerpo y mis labios de tus ojos radiantes, que cerraste mientras los besaba. Y lo dejaste.
Porque cuando dos personas desean estar juntas, nada debe interponerse entre ellos – dijiste.
En esa nuestra primera noche nos abrazamos e inundamos de caricias. Me percaté de tu aroma tenue pero delicioso y saboreando cada pequeña partícula de tu fragancia inhale profundo, pausado pero con fuerza, y desperté dando un bostezo.
Miré en mi muñeca el tiempo que faltaba para arribar a casa. El hombre de azul miraba aproximarse las montañas.
Es la primera vez que vengo por aquí – me dijo – ahora entiendo porque regresó – y me miró con su cara franca y morena antes de volver su atención a la ventana – tengo una novia, bueno, al menos espero que quiera seguir siéndolo cuando la encuentre.
La conocí en la facultad ¿sabes? Y nos enamoramos casi al instante. Ya sabes como es eso ¿no? Es como de película. Con chispas luminosas de colores y todo eso – agregó – en fin. Un año antes de graduarnos se mudó a mi departamento. Yo acababa de conseguir un buen puesto en una fábrica, con excelentes prestaciones, buen salario y la oportunidad de hacer carrera en la empresa. De esas oportunidades de una sola vez en la vida, ya sabes como es – sonrió – pero me mandaron a trabajar fuera. Así que después de graduarnos, me dejó. Dijo que tenía que regresar a su casa y esas cosas mujeriles.
Luego de estar juntos cuatro años, ahora era una chica de hogar ¿no te parece increíble? – Me instó a responder – si… - murmuré más para mí que para él.
- Me dijo que la alcanzara – añadió – que si en verdad la amaba la alcanzara ¿y yo? ¿Que hay de mí y de mi oportunidad de volverme un gran empresario? Ella sabía cuanto luché por conseguir ese puesto, en esa empresa, y se le hizo indistinto. Me pareció una injusticia cruel de su parte y dejé que se largara.
- Sabia decisión – le dije tratando de recobrar el sueño.
- Lo mismo pensé en su momento pero, sabes, cuando se frustran, cuando los deseos de dos personas chocan, o cuando llevan a estos por caminos separados, se vuelven la causa de sus padecimientos. Así que heme aquí en su búsqueda. Mi deseo de convertirme en empresario al final no pudo con mi deseo de tenerla a mi lado – dijo mi filosófico compañero mostrándome una cajita negra que llevaba aferrada a la mano.
- ¿Cómo ves? ¿Crees que la encuentre?
- Espero que si – le dije, y me acordé de ti, y de cómo la vida se me volvió un infierno.
Te busqué en el lugar pactado y sus alrededores. En puntos cercanos y también lejanos. ¡Universidad Capital en Ciudad Capital! Apenas un pequeño punto clavado como un alfiler en el mundo; muy pequeño como para no sentirse solo pero demasiado grande como para encontrarte. Te busqué por años. Y cuando ya me resignaba a no hallarte, cansado y frustrado de la falta de éxito, cuando tu recuerdo empezaba a tornarse brumoso, encontré una carta bajo la puerta del pequeño apartamento donde vivo. La cogí sacudiendo el polvo – debo barrer mas seguido – murmuré extrayendo una pequeña carpetita blanca envuelta en papel celofán transparente con mi nombre inscrito en un bajo relieve dorado. Era la invitación de la boda.
Al principio tuve mis reservas. Tenía tanto que no los veía que comenzaba a sentirlos nebulosos y lejanos. Pero mi corazón ¡mi maldito corazón! me inundo con una ansiedad inapacíguable. Asaltándome unas fuertes ganas de volver decidí pedir un par de días en el trabajo. Si me los daban iría, sino, pues no.
Cuando finalmente tuve el boleto en la mano me pareció evidente que esa angustia impenetrable por la razón era el simple deseo frustrado de volver a casa, aunque sólo fuese unos días.
- No basta con desear – repetía mi amigo cada vez que le confesaba mis sueños e ilusiones. Hay que luchar por ello. Tú no sabes – decía él – lo que es ver a tu madre trabajando como sirvienta para pagar las cuentas. No sabes lo que es ver a todas esas personas con su ropa cara en lugares exclusivos. Que te hagan menos con la mirada. Y querer, desear tener todo lo que ellos tienen y no poder tenerlo. Pero un día, te aseguro, eso cambiará.
Desde siempre fue tenaz el desgraciado, esa es la causa de haber logrado todo lo que ha hecho a tan corta edad, me supongo. Recuerdo la época en que comenzó a trabajar. Entró de barrendero en un parque infantil los fines de semana. Pero como no ganaba suficiente, por las tardes entraba de mesero en un bar. Recuerdo esa época y creo que fue cuando comenzamos a ser lo que seriamos el resto de nuestras vidas. La época en que mi padre me dijo las dos palabras que más trascendencia han tenido en mi persona: - ¡trabaja huevón!
Aún así no pensaría que esa fue la época en que empezamos a crecer si la segunda advertencia de la adultez no hubiese venido justo de ti. Una tarde en la que los árboles se mecían somnolientos sobre nosotros una hoja intrépida se desprendió y deslizándose en el viento fue a posarse en tu mejilla.
Tomé la hoja otoñal y exclamé acariciando con ella tu cara – Hace frío.
Reprimiste una sonrisa, pusiste ojos severos, bruscamente retiraste mi mano de tu rostro y gruñiste.
- ¡¿Ya vez?! A ti no te interesa nada.
- Me interesas tú – dije esperando que te callaras y me besaras.
- ¡No es verdad! No me escuchas. En un año termina la preparatoria y tu sigues reprobando ¡Prometiste que iríamos juntos a Universidad Capital!
El viento silbó. Nuevas hojas se dejaron caer de los árboles. Te tomé de las manos
- Es sólo un año – dije – te alcanzaré.
- ¿Y si ya no estoy ahí? – preguntaste mas molesta que angustiada
- Te buscaré. A cualquier lugar que vayas sin importar que tan lejos estés, te encontraré – respondí y eso pareció hacerte feliz.
- Si dos enamorados van juntos a la universidad estarán juntos para siempre. No lo olvides – añadiste antes de quitarme la hoja seca de la mano y arrojarte a mis brazos.
En realidad era alguien con quien debí hacer un trabajo un día y ya – continuó el joven cuando el autobús estaba entrando a la Terminal – pero allí estábamos tomando café. Nos sentíamos muy bien juntos. Tuve la impresión de que la conocía de siempre. No hubo problemas de seducción, ni sexuales. Estaba resuelto; nunca me sentí tan bien – terminó de decir. El camión se detuvo. Tomó su mochila, nos levantamos y desbordamos.
Espero no haberte molestado demasiado, es que estoy muy emocionado y nervioso. Quien sabe, tal vez sólo soy un loco enamorado – me dijo sonriendo.
Cogí un taxi rumbo a casa de mis padres. Miré la hora y pensé que llegaría a tiempo para desayunar mientras él se perdía en las sombras de mi ciudad natal bajo las agónicas luces de los faros.
Cuando desperté al día siguiente por la tarde, mi madre me preparó el almuerzo mientras mi padre sin quitar la mirada del periódico me mandó a visitar a mis padrinos. Así que lo hice y aproveché para felicitar a la novia. Confieso que no esperaba verlo hasta la boda, pero quiso el hado que me encontrase con mi entrañable amigo de la infancia justo esa noche. Ella misma le marcó para que pasara a buscarme a su casa pues como unas amigas se la llevarían de fiesta – debes aprovecharlo ahora – exclamó emocionada – después será sólo mío.
Así que nos vimos y fuimos a brindar por sus futuras nupcias al viejo campo de soccer, al cual no íbamos desde la preparatoria. Festejamos que finalmente podríamos llamarnos parientes y después de un rato fui a buscar el boleto para mi viaje de regreso mientras él iba a salvar a mi prima de su despedida de soltera. Si no hubiese quedado de ir por ella, seguro habríamos continuado bebiendo hasta el amanecer. Si sus amigas no hubieran tenido la iniciativa de despedirla como se merece de la soltería, seguramente me hubiera quedado en casa de mis padres viendo TV o jugando ajedrez con mi abuelo. Pero en vez, estaba comprando un boleto para irme lo más pronto posible. No sé porque, pero en ningún momento tuve intención de quedarme a la fiesta.
- Los de verde son los disponibles – me dijo la joven castaña de labios sensuales señalando la pantalla de su computadora. La miré atento, a ella pareció incomodarle así que atendí al monitor. Casi el total de lugares estaban ocupados. Al fondo el 17 y 18, uno junto al otro, estaban libres. También lo estaba a medio vagón el numero nueve junto a la ventanilla.
Azuzado por la nostalgia me entraron ganas de mirar las montañas quedarse atrás por la ventana, y como siempre me ha gustado ir a mis anchas estuve a punto de pedir el 17. Pero me detuve a una silaba de pronunciarlo pues mi corazón inexplicable se me adelantó y pidió el nueve.
Después de todo, pensé, el camión esta lleno ¿qué posibilidad hay de que no se ocupe el 18? Pagué el boleto. Salí de la estación; lo vi una vez más para reiterar la hora de salida. Doblándolo lo metí en la billetera. Mendigué un cigarro, y sin nada que hacer, di un paso sin dirección, y luego otro. Metro a metro, calle a calle, inhalo y exhalo, me fui acercando a mi tercera casualidad. Y sin darme cuenta siquiera me encontré en este lugar y me senté porque una noche sin estrellas no la quería desperdiciar.
Entonces, mientras tonteaba melancólico y suspiraba viendo a las parejas que se daban cita en el lugar, volteé y capté una figura conocida; el joven de azul caminando sobre la acera de enfrente. Mis pupilas se dilataron de golpe a la vez que mi corazón se colapsaba. Sentí agudizar cada uno de mis sentidos. El viento me pareció cortante de repente y la noche más fría de lo usual. Las luces me parecieron demasiado brillantes, tanto, que no hubo modo en que la oscuridad me hiciera dudar o me engañase. Tranquilamente andando, agarrada de su mano ibas tú. Noté claramente como se dibujaron las palabras – ¿lo conoces? – en su boca cuando me miraste y el humo blanco que escapó de ella.
Cuando alguien desea algo sinceramente con toda su fuerza, se vuelve realidad – me dijo el joven de azul en el autobús y no le creí hasta este momento, cuando un latido bandido que, sin que lo notaras, te robó una sonrisa al verme de reojo antes de que fingieras no hacerlo, y huyeras.
5 -LA VIDA CONTIGO
Fue inesperada, peligrosa; a veces fría, a veces tórrida y otras tantas veces: temible. Venturosa y desgraciada. Como el vuelo de las águilas, maravillosa, pero impredecible.
Algunos días llegabas tranquila, algunos complicada, y algunos otros simplemente no llegabas; y esos fueron días sin fin. Días largos y angustiantes, que se desvanecían a lado de los rápidos y violentos días en los que estrechándome contra tu pecho me amabas. Días en lo que hacíamos el amor bajo las estrellas. Aun me sorprende como te las ingeniabas para intercalar todos esos momentos que duran un instante, con aquellos otros que duran para siempre.
Algunas noches como esta, temía a tus labios y al roce de tu cuerpo; como me incendiaba por dentro a cada soplo de tu aliento agitado y voraz. Le temía a tu cabello jugando con el viento y a tus lágrimas chorreando por mi pecho. Tenía miedo de tus ojos y descubrir indiferencia en su mirada, o toparme con su furia. Me aterraban los crepúsculos a tu lado y me estremecían tus besos en mi almohada.
Algunas noches exhalabas fuego, algunas, venías como tallada en hielo, algunas otras como nada que hubiese visto antes, o vuelva a ver jamás. A veces venías a mí como un ángel inocente, otras te acercabas como un demonio lascivo. Eras una diosa generosa del amor y los placeres; una divinidad rencorosa y vengativa. Y tenía miedo… como sólo a un niño le angustia la oscuridad, de descubrir que te habías ido al despertar.
La vida sin ti, en cambio, era tibia, tranquila, simple, segura y perfecta. Sin grandes sobresaltos, ni grandes dolores. Y por esa misma tibieza, creo, sin grandes alegrías.
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EL NUEVO EDEN TABASQUEÑO
Tabasco esta bajo el agua
en Chiapas sigue lloviendo
el rio que va a dar al mar
a Villahermosa sigue jodiendo.
Dia con dia coatza se llena de gente
noche a noche tabasco se llena de agua
a dejar comida fueron en una guagua
en el camino un lagarto se comio a una niña por valiente.
El Gobernador le esta dando empleo a los damnificados
pan, leche, agua y techo no le faltan a la gente
mientras, pasan hambre los veracruzanos
Fidel Herrera va a empeñar hasta los dientes.
06/11/07

