Maestros Veracruzanos
GOBIERNO DEL ESTADO
DE VERACRUZ
Secretaría de Educación y Cultura
MAESTROS
DE VERACRUZ
Ángel J. Hermida Ruiz
XALAPA-ENRIQUEZ, VER.
Junio de 1989
UNAS PALABRAS
La más bella de las profesiones –sin menospreciar en lo más mínimo las demás-, es la magisterial. Formar la niñez y la juventud es también de lo más trascendente. Los pueblos mejor educados son los más progresistas.
Sin embargo, es el maestro, en la actualidad, uno de los profesionistas más duramente criticados. Se le quiere juzgar por los irresponsables que se han colocado en sus filas, el igual que llegan a todas las profesiones. Pero el magisterio es algo distinto a esto último. Por todos los rumbos del país, y a pesar de los bajísimos sueldos percibidos, encontramos en gran número al educador entregado apasionadamente a su tarea excepcional, sirviendo con lealtad a su pueblo y a la patria. Desinteresadamente, ignorado no pocas veces, cumple con gusto su deber cotidiano.
Escribir sobre nuestros maestros es faena necesaria. Y de justicia. Debe exaltar su obra. Es saludable. Por eso, aunque muy modestamente, lo estamos intentando. Y en este libro unimos lo realizado hasta hoy.
Primero pensamos hablar sólo de maestros que hubieran ya rendido tributo a la madre tierra. Pero después consideramos incorrecto tal proceder y que era una falta de consideración a los que viven, muchos de los cuales –aunque cansados por los años y el trabajo intenso-, todavía dan cuanto tienen a la educación veracruzana y nacional.
Los datos biográficos que hoy se publican han aparecido en periódicos en los que colaboramos, dentro de una serie titulada “Maestros de Veracruz”, de donde surge el nombre del libro. Además, hemos creído pertinente agregar artículos escritos con motivo de homenajes, jubilaciones o fallecimientos de algunos otros educadores.
Los hay muy famosos, consagrados por sus enormes méritos, así como también están algunos que son poco conocidos, pero de trayectoria ejemplar que cabe conocerse y que son símbolo de la masa anónima que labora con devoción.
Muchos más, que forman parte de la historia educativa nuestra, deben incluirse en compilaciones como ésta. Por su número es imposible hacerlo. Ojalá y la vida nos conceda aumentar el número de estas biografías y seguir poniendo modestos granitos de arena en la necesaria tarea.
Agradecemos mucho a cuantas personas nos han facilitado realizar estas investigaciones, sin cuya ayuda nada hubiera podido escribirse; y a la Secretaría de Educación y Cultura del Estado, su generoso patrocinio de la publicación.
Xalapa-Enríquez, Ver., año de 1988.
Ángel J. Hermida Ruiz.
Maestros de Veracruz
Gobierno del Estado de Veracruz
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
EMILIO ABURTO GONZÁLEZ
Emilio Aburto González es de los hombres que nacieron para ser maestro. Entregado desde hace 54 años a la enseñanza, sigue cumpliendo con fervor juvenil y con amor profundo, su gran misión, que considera sagrada, como los grandes apóstoles.
Limpio, honesto, sencillo, callado, muy responsable, es un símbolo en la educación veracruzana y nacional. Nació en 22 de septiembre de 1910, en Altotonga. Sus padres: don Emilio Aburto y doña Elena González de Aburto.
Muy pequeño aún, de meses, pasó a Xalapa, donde hizo su escuela primaria. En 1923 ingresó al exconvento de San Ignacio Allende a realizar sus estudios normalistas, adquiriendo el título profesional el 15 de diciembre de 1927 –expedido por el Gobernador don Abel S. Rodríguez-, tras realizar los exámenes finales del – al 14 del mismo mes.
Su primer trabajo fue en Coatepec, como ayudante de la escuela “Benito Juárez”. Esta pintoresca ciudad dejaría en su vida honda huella, pues aun cuando saliera a otros puntos del Estado, laboraría allí más de 27 años.
Permaneció entonces en Coatepec, desde enero de 1928 hasta el 3 de julio de 1933, en que gracias a su eficaz desempeño, pasó como Inspector Técnico Escolar a la zona de Tantoyuca.
Fugazmente –enero de 1934- fue catedrático de la Escuela Normal Regional del Sur, establecida en Acayucan, y volvió a Coatepec a la misma escuela “Benito Juárez”, donde había iniciado sus actividades profesionales.
El 1º de noviembre de 1936, invitado por su titular, profesor Adolfo L. Sosa, pasó a la Dirección General de Educación como Asesor y Jefe de la Sección de Estadística y Archivo; y dos meses después como Secretario de la Dirección General.
En el mes de diciembre de 1936 fue Presidente del Jurado Calificador de los aspirantes a maestros rurales.
En enero de 1946 fue designado Supervisor Escolar de la zona de Altotonga, puesto en el que estuvo hasta abril de 1954, en que por diferencias con el Director General de Educación, volvió al banquillo como ayudante de la escuela “Nicolás Bravo”, de Altotonga. En febrero de 1956 ocupó la dirección de la escuela “Carlos A. Carrillo, de Xalapa de la que salió el 31 de enero de 1957, por ser nombrado, por tercera vez, Inspector Escolar, ahora en la zona de Coatepec, donde permaneció hasta el 31 de octubre de 1965 en que se le extendió el nombramiento de Presidente Arbitrario de la Comisión Estatal de Escalafón. En este cargo obtuvo la jubilación por parte del Instituto de Pensiones del Estado, el 1º de septiembre de 1972.
Trabajó también en escuelas nocturnas en Coatepec y Veracruz, y llegó a ocupar una inspección –en Coatepec- de estos planteles.
En 1956 empezó a laborar en la Escuela Normal Veracruzana, de la que fue catedrático hasta su jubilación estatal en 1972. Impartió Ciencias de la Educación, Historia de la Educación en México y Organización y Administración Escolar.
También hasta que se jubiló desempeñó en la Facultad de Pedagogía de la Universidad Veracruzana, las cátedras de Educación de Adultos, Historia de la Educación en México y Organización y Supervisión Escolar.
Por otro lado, ingresó al servicio federal, en 1956, como catedrático de la Escuela Secundaria “Joaquín Ramírez Cabañas” de Coatepec. Año y medio después pasó a Xalapa, a la Secundaria para Trabajadores No. 1, y desde el 1º de septiembre de 1981 es Director de la Escuela Secundaria para Trabajadores No. 2 en la misma ciudad.
El maestro Aburto, pos su intenso y eficiente trabajo durante toda su vida útil, se ha ganado la admiración y el cariño de la sociedad. Es natural que haya recibido distinciones diversas, entre ellas no pocos diplomas de respetadas instituciones y el que una escuela primaria de esta ciudad de Xalapa, lleve su nombre.
* Fallecido el 2 de noviembre de 1988
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
JOSÉ ACOSTA LUCERO
José Acosta Lucero es uno de los investigadores que más han profundizado en el área de la educación, derivando, además, a otros campos científicos. Ha ocupado puestos de relevancia en el estado de Veracruz, al igual que en la Federación.
Nació en el puerto de Veracruz, el 13 de noviembre de 1924. Sus padres: José Acosta Garay y María de Loreto Lucero Monje. Tuvo una hermana, Clementina, 4 años después.
Se enfrentó muy pequeño a la vida, por la falta tempranera de su padre, que se lanzó a otros rumbos. La hizo de mozo en algunas casas, por 20 centavos, y vendía periódicos por las noches.
Su padre había sido maestro en la escuela “Don Delfino F. Valenzuela”, le había dado clases de música a una de sus hijas. Ello motivó que don Delfino le pidiera a la mamá de Pepe Acosta, cuando cumplió 7 años, que lo enviara al plantel, gratuitamente. Cursó allí hasta tercer grado, luego en la Cantonal, cuarto y quinto. No se pudo más por el momento. Las necesidades económicas no lo permitieron. Trabajó entonces como aprendiz en varios talleres. Y a los 15 años de edad partió para Tecolutla, con su tía María Acosta Garay. Fue peón de campo, pescador, carbonero y en un balneario, cantinero.
En Gutiérrez Zamora encontró trabajo en un tendajón, mas al cambiar de propietario, quedó fuera. Su siguiente actividad estuvo en los muelles, checando la carga de plátano en los chalanes.
Por fin, pudo terminar su instrucción primaria. El Director de la Escuela, a quien conoció en el balneario de Tecolutla, le ofreció una plaza de conserje. Aseaba el edificio y estudiaba. En 1943 recibió su Certificado.
Anhelaba seguir estudiando. Quería ingresar a la Normal. Y un pariente le regaló 30 pesos. No le alcanzaba para viajar primero a Papantla a disputar una beca, y después a Xalapa, al plantel de Rébsamen. Hizo sólo lo último, se le examinó y fue inscrito.
Dura fue igualmente esa etapa de su vida, aun cuando el Director normalista don Manuel C. Tello, le concedió una beca, con motivo de las buenas calificaciones obtenidas en el examen de admisión. Realizaba trabajos de carpintería y otros. No siempre pudo comer tres veces al día. En vacaciones buscaba mayores ingresos; en una ocasión laboró como petrolero en Poza Rica.
En 1949 terminó y obtuvo su título. El primer empleo como Profesor de Primaria lo desempeñó en la escuela “Artículo 123” de las Choapas, Ver., donde igualmente laboró en la Escuela Secundaria. Allí estuvo hasta 1952, pues en 1953, se le nombró Delegado de Asuntos Indígenas de la Secretaría de Educación Pública, en el estado de México, comisionándosele con la misma plaza como Director del Centro de Capacitación para Indígenas, de La Huerta, Zinacatepec. Méx., y como Inspector Administrativo de Internados Indígenas. A los dos años lo llamaron de la Dirección General de Asuntos Indígenas, en la capital de la República, para que jefaturara el Departamento de la Educación Indígena, en el permaneció otros dos años –1955 y 1956-, pues en 1957 ingresó al sistema estatal de Veracruz, al ser designado Jefe del Departamento de Contabilidad y Presupuestos de la Dirección General de Educación Popular. En los puestos ocupados demostró especial responsabilidad y capacidad. De aquí que en 1958 se le ascendiera a Subdirector Administrativo de la Dirección General.
En el mismo año ingresó como catedrático a la Escuela Normal Veracruzana, impartiendo “Historia de la Educación”. Otras cátedras atendería también después: Pedagogía, distintas Psicologías y Psicotecnia; y Metodología de la Lengua Escrita en la normal de Educadoras.
Rechazó una Inspección Escolar y sería Director de las escuelas matutina “Miguel Hidalgo” y vespertina “Manuel R. Gutiérrez” y catedrático de Secundaria.
En 1965, al realizarse la reforma en la Escuela Normal Veracruzana –que entrenaba el actual edificio construido por el Gobierno del Lic. Fernando López Arias- fue designado Director del Plantel, encargándose, de llevar a la práctica los importantes propósitos reformistas. Es una de las etapas más brillantes de la Escuela Normal.
En 1971 volvió a la capital de la República como Subdirector Administrativo de la recién creada Dirección General de Educación Fundamental, y al año siguiente como Subdirector de Alfabetización y Educación para Adultos, cargo que sería decisivo en su futuro por haberse encausado en nuevas investigaciones de singular relevancia en tal campo, especialmente al ocupar en 1974 la Dirección General.
En 1975 desempeñó importante comisión en el Centro para el Estudio de Medios y Procedimientos Avanzados de la Educación (CEM-PAE), donde escribió el Auxiliar Didáctico para el Maestro y el Cuaderno de Trabajo para los alumnos, en la Primaria Intensiva para Adultos.
El profesor Acosta Lucero ha representado a México en diversas reuniones educativas internacionales, en el extranjero y en el país. En 1975 en el Primer Laboratorio Aplicado de Educación para Adultos, celebrado en Buenos Aires, destacó al señalar la necesidad de aplicar el método global para la enseñanza de la lectura escrita –que conoce y domina como pocos- en la alfabetización de adultos. Y se comprometió a realizar en México un experimento al respecto. Con pasión lo llevó al cabo, y de él surgió el libro “Nos dejaron hablar”, con trabajos de los adultos. Fue magnífico el éxito, de trascendencia en los organismos educativos internacionales. Llegó a conclusiones muy valiosas sobre la enseñanza de la lectura y escritura en los adultos, en relación con la misma enseñanza de la lectura y escritura en los adultos, en relación con la misma enseñanza en los niños, que lo reducido de este trabajo nos impide mencionar.
Las investigaciones han causado gran impacto. Como consecuencia de ellas, el profesor Acosta Lucero afirma que las bases del sistema educativo son falsas y anticientíficas, no sólo en México, sino en el mundo. Asegura también que los niños pueden aprender a leer en el hogar, antes de hablar; entre sus libros está precisamente uno llamado “Mamá Profesora”. El método natural es para él, único a utilizarse en la enseñanza de la lectura y escritura y considera que no se justifica la reprobación en este campo, ni analfabetismo en la sociedad. También refuta los criterios con que se ha determinado la edad escolar.
En la actualidad sus pesquisas se han extendido considerablemente. Ha organizado un equipo interdisciplinario, cuyos estudios llegan a los ámbitos de la Ontogenia y la Filogenia, referidos al desarrollo del hombre y sus repercusiones en la educación.
Además de los libros citados ya, tiene publicados “Analfabetismo, una Lacra Absurda”, “Capullo”, “Los Párvulos Leen” y “La Metodología Genética” que han sido objeto de gran interés dentro y fuera de México.
Su obra mayor está inédita: “Didáctica de la Lengua Escrita”, “La Lectura en Adultos con el Método Global”, “La Metodología de la Lectoescritura”, “Para no estar Analfabeto” y “Filogénesis, Educación y Pedagogía”, como parte del trabajo interdisciplinario referido.
En su afán de prepararse más y más, estudió en la Normal Superior de México –aun cuando no las terminó- las especialidades de “Técnico en Educación” y “Lengua y Literatura Españolas”.
En septiembre de 1983 se jubiló en la Escuela Normal Veracruzana, como Catedrático e Investigador y en diciembre de 1984 obtuvo su pensión jubilatoria en la Federación.
Entre las múltiples distinciones recibidas por Acosta Lucero, está la proposición hecha en su favor por nuestro país en 1980, para obtener el Premio Internacional de Alfabetización, que otorga la UNESCO, cada año, el Día Mundial de la Alfabetización (8 de septiembre).
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
GONZALO AGUIRRE BELTRÁN
Algunos han llamado al maestro Gonzalo Aguirre Beltrán, “el antropólogo de la Revolución Mexicana”, pero no es sólo eso, -que ya es mucho-, sino más. Es uno de los científicos que mayor aportación ha dado a la antropología mundial. Por eso es también uno de los mexicanos más galardonados y respetados, nacional e internacionalmente.
Nació en la Perla del Papaloapan, en la agradable Tlacotalpan, Ver., el 20 de enero de 1908, es decir, está próximo a cumplir sus ochenta años de edad, y se le ve trabajar en su oficina, o fuera de ella, como el más activo de los servidores públicos y, maneja su automóvil como cualquier experto automovilista. La disciplina y austeridad de su vida, le han permitido disfrutar a su avanzada edad, de buena parte de sus facultades físicas y de todas las mentales.
Fueron sus padres el Dr. Gonzalo Aguirre Beltrán y doña Pilar Beltrán Luchichi y fue el primero de dieciocho hijos, dos de los cuales murieron en la temprana infancia. De adultos, han fallecido cuatro, por lo cual quedan 12, formando una familia unida que es casi imposible que falten cada mes de enero en el hogar del hermano mayor, a celebrar su cumpleaños.
Como fue muy común en la época revolucionaria, tuvo que andar de una escuela a otra para cursar su primaria, entonces elemental (4 años), después de haber aprendido a leer en el Silabario de San Miguel, en la escuela “amiga” de unas señoritas de apellido Cruz. Continuó en un año preparatorio, de ingreso a la Escuela de Comercio que dirigía el americano maestro don Avelino Bolaños. En ese curso tuvo un maestro magnifico, don Eduardo Lara.
No se inscribió en la Escuela de Comercio, pues fue llevado a México y se le matriculó en el Colegio Salesiano, con sacerdotes italianos. No duró mucho; al siguiente año pasó al colegio francés (católico), donde sólo estuvo dos de los cuatro años, pues no estaba a gusto; en vez de Historia de México, le hablaban de la Biblia. Prefirió la Nacional Preparatoria y, tras de cursar ésta, en 1925, ingresó a la Escuela Nacional de Medicina, de la Universidad Nacional, donde se recibió el cinco de junio de 1931.
Su vida estudiantil la dedicó al estudio. Leía mucho; muy poca, en realidad, fue la diversión. Y le interesaron, entre los ajenos a la ciencia médica, escritores anarquistas, como Pedro Kropotkin, Miguel Bakunin, Eliseo Reclús, Enrico Malatesta y Francisco Ferrer Guardia. Su tesis profesional se llamó “El metabolismo Basal, en las Nefrosis”.
Inició su vida profesional en 1931, en Huatusco, Ver., que sería determinante en su vida. Época turbulenta, especialmente en el campo. La lucha religiosa y social –por la tierra, sobre todo- cobraba víctimas constantemente. El día antes de llegar el joven médico, turbas indignadas habían matado al comandante policíaco, a varios policías y a otras personas, en el sepelio del cura del lugar, que había sido muerto en las enardecidas pugnas. De tal manera que cuando entró el doctor, a caballo, -era el medio por el cual se llegaba-, sólo veía extrañado y preocupado, en la ciudad desierta, rostros que se asomaban a ver quien llegaba. Atrás de él iba un arriero con el correo.
Curó muchos heridos en la sangrienta crisis vivida. Y después, en la época de Lázaro Cárdenas, le tocó atender los servicios médicos, agrícolas y ejidales allí establecidos. Para rendir un informe sobre las condiciones de salubridad en la zona, se puso a estudiar a conciencia los antecedentes y, la documentación encontrada, rebasó en mucho lo buscado. Además de los sanitario, se enteró de las viejas luchas por la tierra, del despojo y de los atropellos cometidos a sus auténticos propietarios, y tras formular el informe obligado, continuó sus lecturas e investigaciones sobre lo nuevo que aparecía ante sus ojos y su mente despierta, ansiosa de conocimientos mayores. Escarbando, sin pensarlo, descubrió otros rumbos y fue a dar al estudio del hombre. Por eso, sin duda, llegó a decir con el tiempo: “Mi ingreso a la Antropología no fue el habitual”. “Entré por la puerta trasera después de dar un rodeo en que el autodidactismo fue el responsable de mi formación en las ciencias sociales”. Y de las pesquisas en Huatusco, escribió en el diario “El Dictamen” de Veracruz, artículos que serían la base para su primer libro: “El señorío de Cuauhtochco”. Obra seria, científica, profunda, y, sin rodeos, anticolonialista, es decir, inclinada a la justicia. Vio la luz en 1940.
No quedó al margen de la pasión política de esa etapa estelar en la vida de los mexicanos, que sacudiría a la República entera. Y cosa que algunos no se explican: en la sucesión presidencial de Cárdenas, a pesar de su gran admiración al prócer michoacano, fue almazanista. Y es que el Dr. Aguirre Beltrán no comulgaba con Ávila Camacho; posiblemente haya influido en él, don Antonio Soto y Gama, con su aureola agrarista.
Una preocupación lo dominaba después de su experiencia y sus estudios. Comprendía que “el marco de referencia biológico, por sí solo, era incapaz de transformar la realidad circundante”. Y había que trabajar por cambiarla. Extendió las alas y buscó posibilidades más amplias. Sentía la necesidad de contribuir a resolver los problemas que vivíamos, de ser un hombre completo. Y con la ayuda de un antiguo amigo y compañero de escuela, el Dr. Leopoldo Chávez, marchó a fines de 1941, a México.
En 1942 empezó a trabajar, con plaza de biólogo, en el Secretaría de Gobernación, en el Departamento Demográfico que jefaturaba el eminente antropólogo Dr. Manuel Gamio. Sería también decisiva en su existencia la relación con él. Al darse cuenta del talento y, de la firme voluntad del Dr. Aguirre Beltrán en llevar a efecto sus ideas e ideales, le animó en algo que él –Gamio- consideraba una necesidad y en lo cual tenía gran interés: el estudio de la población negra en México, campo realmente virgen entonces. Y aunque pasó el Dr. Gamio a ocupar la dirección del Instituto Indigenista Interamericano, el trabajo quedó en pie. Y don Gonzalo Aguirre Beltrán, por dos años, se refugió en el Archivo General de la Nación, entregado al estudio histórico del negro (más tarde vería el aspecto etnográfico). Sólo se distrajo algo en esa actividad, cuando fue ascendido a Jefe del mismo Departamento Demográfico y recibió la responsabilidad de organizar el Primer Congreso Demográfico Interamericano.
Dos tomos voluminosos formaron la primera versión de sus investigaciones, que fue conocida por el distinguido antropólogo francés, Alfred Metraux, al venir de esos días a México, interesado precisamente en los negros de nuestro país. Metraux puso en contacto al Dr. Aguirre Beltrán con el antropólogo norteamericano Melville J. Herskovits, especialista muy destacado en estudios de los negros, que trataba de reunir datos de toda América y nada tenía de nuestra nación. Al conocer lo hecho por el Dr. Aguirre Beltrán, le consiguió una beca de la Fundación Rockefeller, para estudiar con él, en la Northwestern University. En México el Gobierno le concedió otra para el sostenimiento de su familia. De mediados de 1945 a mediados de 1946, bajo la dirección de Herskovits y el esclarecido psicoanalista Irving A. Hallowell, llevó cursos antropológicos, especialmente sobre África y Afro América, que con los numerosos libros consultados, completaron los conocimientos adquiridos en México, muy singularmente lo relativo a la trata de esclavos, que era un punto débil en los dos tomos elaborados anteriormente.
Cuando regresó a su patria y a su trabajo en la Secretaría de Gobernación, pudo redactar ya la definitiva versión de lo que sería “La Población Negra de México”, que se publicó a fines de 1946 y que se convertiría en obra clásica para los estudiosos de la materia en América, pues en todos los países del Continente jugó el negro importante papel en la vida colonial. En el libro surgen los negros como un componente más, junto a los indígenas y europeos, de la nación mexicana. El maestro Gamio admirado por la obra, que había sugerido, alentado y estimulado, comentó: “No se conformó Aguirre Beltrán con hacer un trabajo sintético, según se había convenido, sino que elaboró una obra básica, trascendental y única en su género, dentro de lo que sobra tal materia se ha escrito en nuestro medio”.
Hizo frente entonces a un dilema que él describe con estas palabras: “Tenía frente a mí dos caminos a seguir: dedicarme a la docencia universitaria y a ka investigación en procura de una posición académica o encaminar mis pasos por los senderos de la administración pública, es decir, de la política, para participar y transformar el destino de la gente. En ésta y ocasiones posteriores en que me enfrenté a un dilema semejante, elegí la última alternativa”.
En 1946 fue designado Director General de Asuntos Indígenas, con un Subdirector excelente, Julio de la Fuente; y se adentró el doctor en el problema indígena, en cuya política, más tarde, participaría en forma decisiva. Y decimos más tarde, porque en la Dirección mencionada duró poco tiempo, sólo un año, ya que tuvo problemas con el Secretario de Educación, Lic. Manuel Gual Vidal.
Poco después de su salida, la dirección del Instituto Nacional de Historia (INAH), a cargo del arquitecto Marquina, le pagó una corta estancia en la costa china de Guerrero, iniciando sus investigaciones etnográficas en el pueblo negro de Cuijla, que darían lugar a un nuevo libro, con ese nombre, publicado en 1958. “Me interesaba mucho realizar el trabajo de campo –diría el maestro Aguirre Beltrán-, porque con él justificaba el subtítulo Estudio Etnohistórico que apliqué a ‘la Población Negra de México’; sólo la complementación de historia y etnografía daban sentido de ser al método etnohistórico”.
Complemento al estudio de los negros, sería una obra más, aparecida en 1963, “Medicina y Magia”, que también es contribución sobresaliente y pionera en la Antropología Médica, por lo que la Academia Nacional de Medicina le llevó a su seno, y, la Society For Medical Antropology, le hizo especial reconocimiento.
Pero volvamos a 1948. Después de retirarse de la Dirección General de Asuntos Indígenas, fue de nuevo a la Secretaría de Gobernación y representó a ésta en las juntas en que se discutió la ley creadora del Instituto Nacional Indigenista (INI), por lo que influyó, y considerablemente, en sus bases y organización. Más adelante formaría parte del Consejo Directivo.
Don Alfonso Caso, Director fundador del INI, le encargó al siguiente año, una investigación sobre la población indígena de la cuenca del Tepalcatepec, que produjo un libro publicado en 1952. Entonces entró en relaciones de trabajo con Lázaro Cárdenas, a quien acompañó en algunas giras, acrecentando la admiración que le guardaba.
En 1951, el INI le encomendó otra muy importante comisión. Deseando establecer un ensayo de acción integral indígena, lo escogieron para llevarla al cabo. Fue en la región tzeltal-tzotzil, de los Altos de Chiapas. Quedó así fundado el primer Centro Coordinador del INI, que sería piloto para los demás que habrían de crearse. Los centros coordinadores fueron los medios o instrumentos para llevar a la práctica la teoría y política indigenista. Diría años después el Dr. Aguirre Beltrán: “en mi libro ‘Formas de Gobierno Indígena’ (1953), describí la realidad de los Altos de Chiapas, como una integración de carácter regional; más tarde, en 1957 publiqué ‘El Proceso de Aculturación’ y establecí los principios teóricos que definen una estructura regional desde la perspectiva conceptual de la cultura y, en 1967, en mi obra ‘Regiones de Refugio’, perfeccioné la teoría con otros parámetros que incluyen la dimensión social en la meditación sobre el proceso formativo de las estructuras regionales”. Alcanzan tal importancia estos estudios que el maestro Aguirre Beltrán, considera la teoría general de la integración regional como su mayor aporte a la antropología mexicana y, según Robert Hunt, a la antropología general. Elaboró el doctor “las normas particulares que rigen las distintas actividades que componen la acción integral”, con el natural respeto a la territorialidad, la lengua y otros aspectos de la cultura indígena. “La Teoría y Práctica de la Educación Indígena”, aparecida en 1973, es producto de ello. Todas estas obras son consideradas básicas en el estudio del indigenismo americano.
En 1952 fue nombrado Subdirector del Instituto Nacional Indigenista, y prosiguió, naturalmente, su intensa labor.
Volvió en 1956 a su Estado, llamado por el Gobernador, Lic. Antonio M. Quirasco, para ocupar la Rectoría de la Universidad Veracruzana.
Los casi seis años que la dirigió, han sido uno de los períodos más brillantes de la Alta Casa de Estudios en su Historia. Su alta autoridad académica, su no menos elevada autoridad moral, pues siempre su conducta honesta e intachable, congruente con su pensamiento, ha despertado admiración y respeto; su excepcional capacidad y dinamismo; y su reconocida sencillez, le dieron gran jerarquía y le permitieron desarrollar una obra impresionante recordada por todos.
Se crearon nuevas facultades, escuelas y carreras, una de ellas la Escuela de Antropología. Se incluyeron las labores de investigación científica –hasta entonces sólo se habían formado profesionales-, floreció la pintura mural y se realizó una intensa difusión cultural, que incluyó la fundación de una de las revistas universitarias de más prestigio hasta la fecha, “La Palabra y el Hombre”, y la edición de numerosos libros.
Fue cuando nacieron dos instituciones que han alcanzado un lugar de privilegio en el país y en el extranjero: El Instituto de antropología y el Museo.
Dejó la administración del Dr. Aguirre Beltrán una nueva Ley Orgánica para la Universidad, de reconocida valía entre propios y extraños.
Se elevó la calidad de la enseñanza superior, con un enfoque esencialmente humano. La preparación debida del profesional debía contener un alto sentido social.
Fue una gestión tranquila la del maestro en la Rectoría. No hubo huelgas, excepción hecha de una realizada por Agrimensores, que deseaban el título de ingenieros, el cual les fue concedido, junto a la clausura de su escuela, ya que en Veracruz funcionaba la Escuela de Ingeniería. (Los agrimensores ingresaban con antecedente de Secundaria).
Dejó la Rectoría porque en el Distrito donde nació –el de Cosamaloapan-, lo escogieron como candidato a diputado federal, y así formó parte del H. Congreso de la Unión, de 1962 a 1965.
De 1966 a 1970 fue a la Presidencia del Instituto Interamericano Indigenista, y desde allí difundió más por toda América las teorías formadas a través de sus estudios y experiencias, ayudó a marcar la política y seguir y participó en el conocimiento y la discusión de los problemas de naciones hermanas, con el beneplácito de éstas. Dirigió la revista del Instituto, “América Indígena”, muy importante medio de información y divulgación, en el que escribían reputadas plumas de la materia.
En 1970 fue designado Subsecretario de Cultura Popular y Educación Extraescolar de la SEP y Director del Instituto Nacional Indigenista, por el presidente Luis Echeverría. (Y a pesar de su incansable y agobiante labor, se negó a cobrar en los dos cargos).
Natural es que haya crecido la actividad del INI y se aplicara en zonas indígenas del país la teoría de la integración regional, creándose un gran número de centros coordinadores.
Realizó una extraordinaria labor editorial. En la Subsecretaría creó la famosa Colección SEP SETENTAS, con más de 325 volúmenes y, en el Instituto, la Serie Antropológica Social, que rebasó la cifra de cincuenta. Aparecieron estudios de muy alta calidad, de carácter histórico, antropológico y educativo, que fueron y son muy solicitados.
Al terminar su gestión, el Dr. Aguirre Beltrán estaba por aceptar una invitación para realizar labores de investigación en la Universidad Veracruzana, cuando recibió otra similar de la Universidad Nacional Autónoma de México. Aceptó esta última, en el Instituto de Investigaciones Antropológicas, pero ya su tierra lo llamaba y, al año siguiente (1978), se fue a radicar a Xalapa al frente de la Delegación de la Secretaría de Educación Pública en el Estado, que había que organizar, labor sumamente difícil por los diferentes problemas que había que afrontar, entre ellos, los intereses creados, la corrupción y cuestiones sindicales.
Realizó una acostumbra, una brillante labor y en 1978 se retiró de la Delegación. La Secretaría de Educación no dejó que se fuera a la Universidad Veracruzana, donde había interés en contratarlo, y lo nombró Investigador, dirigiendo una dependencia del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, en Xalapa, donde se encuentra en la actualidad. (Junio 1987).
Podemos concluir señalando que investigadores muy ilustres sobre la población negra y sobre el indigenismo, consideran que el maestro Aguirre Beltrán es el más destacado de los científicos en tales campos y en la aplicación de los principios antropológicos al mejoramiento de las comunidades.
No hemos hablado de otra faceta del maestro: su trabajo docente, en México lo desarrolló satisfactoriamente. Impartió clases en la Escuela Nacional de Antropología, el Instituto de Enfermedades Tropicales de la Secretaría de Salubridad y, en la Escuela de Medicina Rural del Politécnico. Siempre encontró especial acogida entre sus alumnos.
Desde luego, el Dr. Aguirre Beltrán ha ofrecido infinidad de conferencias en diversas partes. Igualmente ha concurrido a numerosas reuniones y congresos nacionales y, representando a México en eventos educativos antropológicos, e indigenistas en el extranjero, presidiendo algunos de ellos. Las delegaciones que nuestro país envió a las juntas del Consejo Interamericano de Educación y Cultura, durante varios años, fueron presididas por él. Recibe, con alguna frecuencia, de dentro y de fuera de la República, invitaciones para realizar o colaborar en estudios e investigaciones antropológicas.
No sabemos de un veracruzano que haya recibido más distinciones de tan alta calidad, que el Dr. Gonzalo Aguirre Beltrán. De Estados Unidos, el premio “Malinowsky”, en Antropología Aplicada –único latinoamericano laureado- y “Special Citation”, de la -Society for Medical Antropology. De México: premio “Elías Sourasky”, en Ciencias Sociales; presea “Manuel Gamio”, al Mérito indigenista; premio nacional de Ciencias y Artes en Historia, Ciencias Sociales y Filosofía; y, premio “Nydia y Avelino Montes” a la investigación en la historia y filosofía de la medicina. La Universidad Veracruzana le otorgó el grado de “Doctor honoris causa” y la UNAM lo declaró “Universitario Sobresaliente”.
En el Congreso que realizó en Xalapa, en 1985, la Asociación Latinoamericana de Estudios Afroasiáticos (ALADAA), unánimemente hizo un reconocimiento amplio al maestro, como pionero de los estudios africanos en México.
En junio de 1980, -no por modesto, es menos significativo que otros-, los directores de escuelas federales de enseñanza media, se reunieron en Xalapa y le rindieron cariñoso homenaje.
Recientemente el Instituto Veracruzano de la Cultura, creó el premio “Gonzalo Aguirre Beltrán” en la temática afromexicana.
Mencionemos algunas más de sus obras, no citadas en líneas anteriores: “Instituciones Indígenas de México”, “Programa de Salud en la situación intercultural”, Antropología Social”, “Universidad Latinoamericana”, “Rafael Ramírez”, “la escuela rural mexicana”, “Lenguas Vernáculas”, “Obra Polémica”, “Antropología Médica”, y “Zongolica: Encuentro de Dioses y Santos Patronos”.
No podemos dejar de citar que ha escrito gran número de artículos científicos para periódicos y revistas nuestras de otros países y, capítulos para otros libros.
Junto a los méritos excepcionales en el campo científico y del mejoramiento del hombre, el Dr. Aguirre Beltrán cuenta con muy apreciables virtudes como persona. Es sumamente sencillo, de trato fino, cordial, limpio, honesto y humano. Su conducta en la vida pública y privada, es ejemplar.
Es padre de cinco hijos, que viven en diferentes lugares: Anabela, Alfonso, Matilde, Olga y Mercedes.
Desde 1978 vive en Xalapa, con su esposa Judith A. de Aguirre.
Maestros de Veracruz
Gobierno del Estado de Veracruz
Secretaría de Educación y Cultura
Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
FRANCISCO ALFONSO AVILES
Nació en la ciudad de Xalapa, Ver., el 30 de octubre de 1948. Fueron sus padres don Francisco Alfonso Suárez –quien trabajaba en una carnicería- y doña Josefina Avilés Gómez de Alfonso. Al año de haber nacido, perdió el pequeño Francisco a su padre, por lo que vivió con su mamá, difícil situación económica. Doña Josefina había estudiado en la Academia Comercial de doña Juanita Marín y trabajó como Secretaria. Pero, después deseando superarse y ser maestra, obtuvo una plaza en una escuela rural, por lo que Francisco fue atendido en Xalapa, por su abuelita materna doña Mercedes Gómez.
Cursó la primaria en la Escuela “Graciano Valenzuela”, donde mostró gran habilidad para el dibujo y, obtuvo algunos premios.
Terminados los estudios citados, se inscribió en la secundaria vespertina que entonces tenía la Prepa de la calle Juárez. Para ayudarse, laboraba en las mañanas como dibujante, colaborando con pintores en trabajos comerciales. Más tarde entraría, también en calidad de dibujante, a la Dirección General de Obras Públicas del Estado.
De la secundaria pasó a la Preparatoria, pues sus deseos eran estudiar la carrera de Arquitectura, mas al concluir aquélla, no pudo seguirla por lo costosa que resultaba, y, como su mamá le había interesado por el magisterio, acudió, en 1962, a la Normal. El plantel rebsameniano acabó de despertarle su vocación y le dio las bases culturales que le permitieron después desenvolverse. Recuerda muy gratamente a los maestros Salvador Valencia, “excelente didáctico”; Horacio Hernández, quien lo orientó mucho en la práctica de eventos culturales; Raúl Contreras Ferto, Mario Dorantes y las maestras Esperanza Cerdán –muy exigente- y María Luisa Urdapilleta.
Cuando el profesor Miguel Vélez Arceo llegó a la Normal y se le dio gran impulso a las actividades artísticas, él (Francisco) formó parte del grupo que, con gran entusiasmo, se organizó.
Fue Presidente del Ateneo Normalista y le tocó pronunciar discursos en actos de homenaje al Gral. Juan de la Luz Enríquez y de fin de cursos.
Algo que le agradó mucho y le ayudó a interesarse más por la lectura, fueron las facilidades que brindaba don Ernesto Hernández, encargado de la biblioteca; podían llevarse libros a la casa, que le permitían a los alumnos más tiempo para leer. Le llamaban particularmente la atención las obras de educación, de Ciencias Naturales (dibujo anatómico, entre ellas) y Filosofía. Leyó no pocos en francés, pues había aprovechado bien el que le enseñaron en la Prepa.
Sus inquietudes culturales lo llevaban a conferencias que la Universidad Veracruzana ofrecía con maestros muy destacados; recuerda a José Gaos, al tratar temas de Filosofía de la Educación. Por habérsele revalidado en la Normal algunas materias de la Preparatoria, dispuso de cierta holgura para concurrir a tales actos y dedicar mayor tiempo a la lectura.
Siguió cultivando el dibujo e inclusive le hacía trabajos a algunos compañeros.
Cuando en 1963 se llevó al cabo el Seminario de Educación Rural, el estudiante Francisco Avilés, en compañía de Guillermo Zúñiga Martínez –eran compañeros-, presentaron una ponencia que fue muy bien acogida, y que pronto se haría realidad: la del servicio social de los estudiantes normalistas.
En el último año de la Normal se matriculó en la entonces Facultad de Filosofía y Letras, en la especialidad de Maestro en Historia. Comprendió mejor la intima relación que existen entre la Geografía y la Historia, que tres maestros muy distinguidos –los tres de la Normal y de la Universidad, José Luis Melgarejo, Juan Zilli y David Ramírez Lavoignet- remarcaban con firmeza y claridad. Una maestra que dejó igualmente profunda huella en el joven Alfonso Avilés, fue Ofelia Mora, quien le dio las bases para analizar el proceso histórico. En la especialidad le llamó mucho la atención, la Historia del Arte.
Inició en esa época contactos con prominentes maestros del Distrito Federal, como Jorge Alberto Manrique, quien era Director del Centro de Investigaciones Estéticas de la UNAM –actualmente es Director del Museo de Arte Moderno-. En el campo en que se movía el maestro Manrique, la Historia y Crítica del Arte, se desenvolvían Alfonso Avilés como pez en el agua. Aquél animó a llevar cursos en el Colegio de México, que después realizaría.
Al terminar los estudios normalistas, trabajó en la Escuela Primaria “Luis J. Jiménez”, y empezó el mismo año a impartir cátedras en el nivel secundario. Se acababa de separar la Secundaria de la Preparatoria y le fue encomendada la clase de Dibujo en el nuevo plantel, “Antonio María de Rivera”. Después el Rector de la Universidad Veracruzana, Dr. Fernando Salmerón, a quien se presentó sin cartas de recomendación, lo nombró catedrático de “Modelado”, en la Preparatoria donde Francisco Alfonso Avilés había hecho sus estudios.
En 1965, invitado por el Profr. Miguel Vélez Arceo y la Dirección General de Educación Popular, ingresó al recién creado Departamento de Educación Estética, que el primero jefaturaba, y fue de los fundadores del Conjunto Folklórico “Veracruz”.
Primero en el grupo de la Escuela Primaria y después en sus funciones administrativas, se empeñó en la puesta en práctica de recursos didácticos y en el desarrollo de las habilidades para el trabajo manual. Se elaboraba variado material y se aprovechaba debidamente el dibujo y la caricatura.
En lo particular, había maestros que le solicitaban la confección de dibujos y pinturas.
En 1969 realizó el pendiente anhelo de ir al Colegio de México, que le había estimulado el maestro Manrique y quien era maestro de esa institución. Efectuó –con apuros económicos- el curso de Post Grado –Doctorado- en Historia. Don Jorge Alberto Manrique fue su Asesor permanente y tuvo otros maestros muy valiosos también. Como Enrique Florescano, Daniel Cosío Villegas, Moisés González Navarro y, sobre todo, Luis González y González, “que le marcó la pauta en algo que mucho le agrada: la Microhistoria”, según sus propias palabras. Convivió con una generación brillante, que contribuyó a la consolidación y enriquecimiento de su preparación, en la cual estaban Enrique Krause, Fernando Díaz Díaz, María del Carmen Velásquez y Héctor Aguilar Camín.
Después de las satisfacciones vividas en el Colegio de México y, con la creencia de que serían más útiles sus servicios, al regreso a Xalapa se encontró con que, por fallas administrativas, había perdido su plaza en la Dirección General de Educación Popular, en la cual había solicitado permiso sin sueldo. Pero poco después, al llegar a la Rectoría de la U.V., el Dr. Rafael Velasco le dio una plaza de medio tiempo. En la Universidad, donde había trabajado ya en la cátedra, continuó impartiéndola y, entre varios maestros fundaron el Centro de Estudios Históricos, del cual fue primer Coordinador.
El maestro y licenciado Guillermo H. Zúñiga Martínez, ocupó en el sexenio del Gobernador Lic. Rafael Hernández Ochoa, el cargo de Director General de Educación Popular, e invitó al maestro Alfonso Avilés a jefaturar el Departamento de Educación Estética, puesto que desempeñó de 1976 a 1981, año en que el nuevo Gobernador del Estado, Lic. Agustín Acosta Lagunes, lo nombró Director de la Universidad Pedagógica Veracruzana, estando al frente de la Dirección General de Educación Popular, la maestra Laurita Mora Muñoz.
En 1985, el maestro Zúñiga Martínez, al frente de la Unidad de Servicios Educativos a Descentralizar (USED), de la SEP., designó a Francisco Alfonso Avilés, Jefe del Departamento de Servicios Culturales, y, al año siguiente, Sub Director General de la Dependencia.
En este cargo se encontraba cuando principió su gubernatura don Fernando Gutiérrez Barrios, quien lo escogió como Director General de Educación Popular. Ha mostrado especial interés por la educación rural y por reconocer sus méritos a los maestros que entusiastamente entregan su vida a la educación.
En su vida universitaria ha atendido, además de las ya citadas, las cátedras: Historia de África, Historia de Grecia, Historia de México, Historia de Latinoamérica y, Arte Prehispánico, en la Facultad de Humanidades; e Historia de la Cultura, en la Escuela de Iniciación Universitaria. Ha sido también profesor de la Historia de México en los Cursos de Verano de la U.V.
En varias ocasiones el maestro Alfonso Avilés, por disposición del Gobierno del Estado o nacional, ha realizado viajes al extranjero en representaciones culturales: en 1970 y en 1982, a los Estados Unidos (Nueva York y Kansas City, respectivamente), y, en 1973, a Japón.
Es miembro de la Asociación Mexicana de Historiadores de Provincia, A.C., fue delegado en los Congresos de Historiadores de San Luis Potosí (1969); Americanista, en México (1972) y de Difusión Cultural, también en 1972, en México; en los dos últimos en representación de la U.V.
Ha disertado sobre temas diversos; algunas de estas conferencias: “Melchor Ocampo”, en la Casa del Puente de la Universidad Veracruzana (1968); “Ignacio Zaragoza”, en el Palacio Municipal, patrocinada por el Gobierno del Estado y el H. Ayuntamiento de Xalapa (1969); “El indígena y el español en la Conquista”, en el Ateneo Veracruzano, en el puerto de Veracruz (1969); “Ideas Modernas en Michoacán”, en el Museo de Antropología de la U.V. (1971), e “Historia de las ideas en el Siglo XX Latinoamericano” ( Curso de Narrativa Hispanoamericana Contemporánea), en el Aula “Clavijero”, de la Facultad de Humanidades, de la U.V.
Revistas de la Sociedad Mexicana de Antropología, de la Facultad de Humanidades de la U.V.; de la Dirección General de Educación Popular; de la Asociación Mexicana de Bibliotecarios, y de otras instituciones, han publicado estudios del maestro Alfonso Avilés; y también le han sido editado los libros “Ciencias Sociales” y “Xicochimalco” (Gobierno del Estado) y “Monografía del Estado de Veracruz” (coordinador y coautor), por parte de la Secretaría de Educación Pública y el Gobierno estatal, libro de texto en todas las escuelas primarias de Veracruz. Prologó la obra del maestro José Velasco Toro, “Cien Años de Educación en Veracruz”.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
GUADALUPE ÁLVAREZ NAVEDA
La maestra Guadalupe Álvarez Naveda es una de las más sólidas columnas en el Estado –si no la principal- en la no muy bien comprendida batalla por proporcionar a los niños débiles mentales, la adecuada educación; batalla no sólo trascendente para recuperar a las tareas de México a un importante sector, sino esencialmente noble por el sentido humano que encierra.
Nació en Xalapa, Ver., el 7 de agosto de 1927 del matrimonio formado por el señor Guillermo Álvarez B., comerciante, y la señora Guadalupe Naveda Rodríguez. Egresada de la Academia Comercial Kerlegand. Fue la cuarta de seis hijos, dos de los cuales fueron hombres.
Sus estudios primarios los llevó a cabo en la escuela que tenían las maestras Ramos y –la mayor parte- en la “Sor Juana Inés de la Cruz” de la maestra Juanita Marín, incorporada a la Federación.
Cuando sus papás salían de Xalapa, Lupita y una de sus hermanas, Raquel, atendían el negocio de don Guillermo, que era una zapatería, establecida primero en Enríquez y después en el Pasaje Tanos. Desde entonces Lupita demostró inclinaciones a las actividades comerciales.
En 1941, atendiendo el deseo de sus padres porque hiciera una carrera corta, y no por voluntad propia, ingresó a la Escuela Normal, que en ese año cerró sus puertas como internado. Tiene muy gratos recuerdos de los catedráticos Dr. Ezequiel Jiménez, (quien impartía Biología), Adalberto Lara (Matemáticas y Cosmografía), Jerónimo Reyes Rosales (Psicotecnia), Luis Murillo, Teodoro Lavoignet y Manuel C. Tello; este último le daba consejos tratando de encauzar sus inquietudes. En noviembre de 1947 presentó su examen profesional, escribiendo su tesis sobre “La actividad espontánea en el niño”, bajo la dirección de la profesora Graciela Rivera de Pozos.
El profesor Jerónimo Reyes la animó para que se especializara en México en la educación de niños débiles mentales, y allí empezó a cambiar el rumbo de su vida. Habló con sus padres, quienes la dejaron en libertad por cuanto a la decisión a tomar, pero le hicieron saber que de irse, tendría que sostenerse ya por sí misma. No se amilanó y optó por marchar. Su mamá la acompañó a la Normal de Especialización, que dirigía el Dr. Roberto Solís Quiroga, con quien al mismo tiempo, primero en la escuela “Guadalupe Victoria”, de la colonia Guadalupe Inn, y después, en la “Melchor Músquiz”, del mercado de San Ángel Inn. Este era un medio pobre, a diferencia del primero, pero trabajó más a gusto, a pesar de que tuvo que instalarse con un primer grado en la bodega del mercado, donde los niños escribían sobre cajones y se sentaban en ladrillos. Las pláticas con los padres fueron muy interesantes y, empezó a conocer los problemas que viven los niños más humildes. En julio de 1949 se acentúo un mal que padecía de la garganta y al tener conocimiento el Dr. Solís Quiroga, que le había tomado aprecio por su entrega y entusiasmo en los estudios, le ofreció trabajo como Jefe del Gabinete de Psicometría donde permaneció hasta recibirse como Maestra de Débiles Mentales y Menores Infractores, el 5 de abril de 1951. La elaboración de la tesis le dio oportunidad para realizar sus primeras investigaciones en este campo.
Dos meses después regresó a Xalapa, nombrándola el Director General de Educación Popular, profesor Manuel González Jiménez, Jefe de la Sección de Psico Pedagogía de la dependencia.
En el año de 1955 ingresó como catedrático a la Escuela Normal donde llegó a través del tiempo, a impartir clases de Psicología General, Psico Pedagogía de la Educación, Psicología del Aprendizaje y Evaluación Pedagógica.
También laboró en el Instituto de Educadoras atendiendo la cátedra de Psicología Infantil, y en la Escuela Normal de Educadoras en que se convirtió en Instituto, las de Psicología Infantil, Psicotecnia, Psicología Educativa, Problemas Psicopedagógicos del Pre-Escolar y Técnica de la Enseñanza.
En el Instituto de Capacitación del Magisterio se encargó de las cátedras de Paidología primero y Psicotecnia, después, escribiendo e imprimiendo allí las primeras lecciones.
La Universidad Veracruzana la llevó igualmente a su seno, primero en una Escuela Preparatoria Nocturna y después en las Facultades de Pedagogía (catedrática de Estadística, Psicología general), Conocimiento del Educando, Evaluación Pedagógica, (Psicopedagogía Diferencial), de Filosofía y Letras (Psicología General) y de Psicología (Métodos Estadísticos) donde fue de las catedráticas fundadoras.
Por 1957, sintiendo la necesidad de los maestros de contar con material didáctico para su trabajo, y con el gusanito del comercio que conservan dentro, fundó una papelería que por diez años proporcionó libros y materiales al magisterio de Veracruz.
En la Dirección General de Educación Popular solicitó un permiso en febrero de 1963, invitándola el Dr. Rafael Velasco Fernández, Director de la Clínica de Conducta de la Universidad Veracruzana, a colaborar con él. Así fue Jefe de Psicometría de la Clínica, aunque sin sueldo. Con el auxilio de la profesora María de los Ángeles Hurtado de Mendoza, y las estudiantes normalistas Graciela Hernández Rosas y María Elena Cortés Sagardi, se realizó una investigación sobre niños débiles mentales en las escuelas de Xalapa, que arrojó un porcentaje de importancia, de pequeños con problemas en el aprendizaje. Basada en estos estudios. La Clínica de Conducta solicitó a la Dirección General de Educación Popular y a la Universidad Veracruzana, la creación de una escuela para Niños de Lento Aprendizaje. Fue aprobada la petición y el 2 de marzo de 1966 se abrió el plantel –primero fundado en Xalapa-, que dirigió la misma maestra Álvarez Naveda y que lleva el nombre de su talentoso y antiguo maestro “Dr. Roberto Solís Quiroga”. Siguió su lucha, tendiente entonces a la fundación de un Departamento de Educación Especial en la Dirección General de Educación Popular. Considerado necesario, fue establecido a los dos años de trabajar la anterior escuela, el 2 de marzo de 1968.
En esta temporada, la maestra Álvarez Naveda, con entrega y tesón especiales, dedicó sus energías, fundamentalmente, a los niños con debilidades mentales.
Entre los cargos no mencionados aún, que debido a su destacada labor, ha desempeñado, están: Jefe del Laboratorio de Psicopedagogía, de la Facultad de Pedagogía y Letras de la Universidad Veracruzana (1970); Coordinadora (fundadora) del Centro de Estudios Educativos de la Carrera de Pedagogía de la Facultad de Humanidades (1972) y Subdirectora Técnica de la Escuela Normal Veracruzana (1976-1977).
En 1977, la Directora General de Educación Especial, de la Secretaría de educación Pública, maestra Guadalupe Méndez Gracida, solicitó al Gobierno del Estado, le comisionara como Asesora Técnica a la maestra Álvarez Naveda. En esta comisión –con sus plazas estatales- realizó estudios y proyectos para que la Secretaría de Educación Pública iniciara la educación especial en el estado de Veracruz. Luego se le encargó que pusiera manos a su organización y se partió con grupos integrados en la ciudad de Xalapa y Veracruz, en febrero de 1979. Poco después debido a gestiones de la profesora Liliana Fernández y del sindicato, la Secretaría de Educación designó 30 maestras de las que habían asistido a los cursos de la Normal de Especialización. Así fue como surgieron las primeras cinco escuelas federales de educación especial, en sus diversas modalidades, en Veracruz (una para deficientes mentales, otra para niños con problemas de audición y comunicación y, una más, para niños con problemas de conducta, en el DIF), en Martínez de la Torre y Coatepec.
Ha asistido la maestra Álvarez a los siguientes cursos y seminarios: curso intensivo de actualización sobre tratamiento de deficientes mentales, (1969); Curso sobre Contribución de Diagnóstico Diferencial en Problemas de Lenguaje (1971); Curso Introductorio de Didáctica General, en la Asociación Nacional de Universidades (1972); Segundo Curso Internacional sobre Menores Infractores (1976); Curso sobre Método de Aprendizaje en Grupo (1978); Curso sobre Didáctica General, en la Universidad Iberoamericana (1978) Seminario “Dificultades en el Aprendizaje”, de la Normal de Especialización (1973), todos los citados en la ciudad de México; y Curso Taller sobre Pedagogía de Lenguaje Total, en Guadalajara y, Talleres de Investigación Educativa, de la Universidad Veracruzana y Centro Multinacional de Investigación Educativa, en Xalapa, Ver.
Diversas obras han salido de la pluma de la maestra: “Lecciones de Psicotécnica Pedagógica”, “Psicología Educativa”, “Estudio Integral”, “Tablas para calcular el Índice de Equilibrio Morfológico”, “Un viaje por el Estado de Veracruz”, (triunfador en un concurso de la Dirección General de Educación Popular), “Psicometría”, “Instrucciones para aplicar los Tests tipo Raven”, “Test de Inteligencia General. Hansver Jahl”, 6 folletos de Educación Diferencial, 5 folletos de Psicología Infantil, “Indicadores para la observación de un escolar”, “Orientaciones para la exploración de la agudeza auditiva2 y “Diccionario Escolar Ilustrado”, colaboró bajo la guía del maestro Raúl Contreras Ferto en la “Guía para el conocimiento individual de los Escolares” Igualmente ha escrito en revistas educativas.
Formó parte del Consejo Titular de Menores Infractores en Xalapa, y del Consejo Técnico Estatal de Educación.
Entre los honores recibidos están un Pergamino de alumnos del Instituto de Capacitación del Magisterio del Estado y un diploma otorgado por la Sociedad de Padres de Familia de la Escuela de Educación Especial “Roberto Solís Quiroga”, de Xalapa.
La maestra Álvarez Naveda, jubilada ya en enero de 1981, estudia y trabaja ahora, en forma particular, asesorada a maestras y estudiantes y atendiendo algunos encargos de instituciones educativas, especialmente en el campo de la investigación.
En 1985 fue designada “Mujer del Año”, por la Unión Femenina Iberoamericana.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
DANIEL ARIZA PÉREZ
Nació en Xalapa el 21 de julio de 1897, siendo el último de 12 hijos de don José María Ariza –coatepecano- y Soledad Pérez –de Perote-.
Tuvo la desgracia de, prácticamente, no conocer a su padre, pues murió cuando aún no cumplía el primer año de vida. Su madre y su hermana mayor, Delfina, lucharon incansablemente por levantar a la numerosa prole.
Aprendió a leer en una escuela “amiga” y fue premiado con diploma y dulces. Terminó su primaria en la Escuela Anexa a la Normal. Después ingresó a la Escuela Normal; su madre quería que siguiera otros estudios, pero él deseaba ser maestro, ya su vocación lo empujaba con fuerza. Pero para no desentender los deseos de doña Soledad, estudió también, en su momento, el bachillerato. Y luego la carrera de Contador. Y más tarde la de Leyes.
Cuando terminó la Normal empezó a trabajar en la Escuela Primaria en que había estudiado, en la Práctica Anexa. Estaba ya en la ruta de su vida. Estudiaría en otras aulas y ejercería como tenedor de libros, pero ya su pasión eran los niños.
En la Escuela Industrial, adonde también acudía, obtuvo premiso de Dibujo, campo en que siempre sobresalió y lo condujo a realizar hermosas pinturas. (En la iglesia de El Calvario estuvieron o están 4 cuadros de él; y, en su casa, había numerosos, uno de ellos, de su esposa).
En 1924 fue designado Subdirector de la Escuela Práctica Anexa. Su calidad de maestro se había hecho sentir ya. Hubo muy cordial acercamiento entre él y sus alumnos, entre los cuales estuvieron tres que serían después gobernadores de Veracruz y que lo recordarían toda la vida con especial cariño, respeto y admiración: Marco Antonio Muñoz, Antonio M. Quirasco y Rafael Hernández Ochoa.
En la Práctica, “con amplia visión pedagógica y con empeño y dedicación plausibles”, según afirmara el preclaro maestro don Gabriel Lucio, organizó un grupo que sería famoso: “La tribu de Exploradores ‘Xicotencatl”. Se realizaron excursiones de uno o más días, a lugares cercanos, con labores bien planeadas de acuerdo con el programa escolar y con el Comité Nacional de las Tribus de Exploradores Mexicanos, adscrito a la Secretaría de Educación Pública, Comité al que estaban adheridos. El estudio de la naturaleza, directamente, y actividades deportivas, bien encauzadas, con espíritu democrático, les crearon a los muchachos hábitos y disciplinas muy útiles, ayudándolos a una formación mejor organizada y práctica. Por cierto, en 1929, en cuarto año, fue Hernández Ochoa, el Jefe de la Tribu. Don Daniel Ariza fue también profesor de la Escuela Cantonal y en 1932, Secretario de la Escuela Normal. Un año después, estuvo interinamente al frente del plantel glorioso. Siendo Secretario del citado plantel, laboró también en escuelas secundarias, impartiendo clases de Historia y Dibujo. En 1936 –último desempeño en el sistema estatal-, fue Director del Centro Escolar “Enrique C. Rébsamen”.
Participó en las luchas magisteriales y en 1934 la confianza ganada entre los maestros y su bien cimentado prestigio, lo llevaron a la Secretaría General del Sindicato.
En el Sistema Federal continuaría estudiando y distinguiéndose en su trabajo educativo. En sus afanes de superación se postgraduó en Matemáticas y Ciencias Biológicas y, se diplomó en Evaluación, en la Escuela Normal Superior de México.
Ocupó cargos en el Instituto Federal del Magisterio (Orientador Técnico de Estudios Superiores e Inspector de Centro de Estudios) y en Enseñanza Media (Supervisor de Escuelas Secundarias Agropecuarias en el Pacífico y Supervisor de Escuelas Secundarias en el D.F., en la interpretación de programas). Fue también miembro activo de la Academia de Matemáticas, en Mejoramiento Profesional y laboró en el Departamento de Control de Calificaciones de los cursos foráneos.
Una de sus mayores satisfacciones la alcanzó al asistir a unos cursos intensivos de Matemáticas Modernas, con Dinámica Grupal, en París. Participó allí muy activamente y al terminar ofreció una conferencia con extraordinario éxito. La Embajada de Francia, con tal motivo le entregó una felicitación y un diploma. Y es que su inteligencia lo hizo sobresalir más en ese campo que tanto le atraía y dominaba: el de las matemáticas.
En 1974 recibió otra distinción muy marcada: el Instituto de Mejoramiento Profesional de la Sep, lo envió a Hannover, Alemania, como asistente a una exposición de material didáctico. Lo acompañó su hija Leticia, profesora también, en los niveles primario y secundario.
Entre sus trabajos publicados están: “Utilidad de la Psicología en la Carrera del Magisterio”, “el dibujo espontáneo, dirigido en alumnos de la escuela primaria” y “Tribu de Exploradores Xicoténcatl y su Aculturación”. Cuando el Lic. Marco Antonio Muñoz ocupó la Gubernatura del Estado, rindió un homenaje a su inolvidable maestro. Invitó a sus condiscípulos y se reunieron con don Daniel en el aula donde había compartido juntos un año escolar.
También el Lic. Rafael Hernández Ochoa, habría de distinguirlo. En 1978 se le entregaría el Día del Maestro, un diploma, y en 1980 a una escuela nocturna de Xalapa se le impondría su nombre.
Ambos gobernantes –Marco Antonio Muñoz y Rafael Hernández Ochoa-, le mejorarían su pensión jubilatoria, que era sumamente reducida en la época. Al morir, llegaba a poco más de cuatro mil pesos.
Una medalla que igualmente conservaba con cariño, fue la “Ignacio M. Altamirano”, que recibió de manos del Presidente de la República, Lic. Luis Echeverría Álvarez, el Día del Maestro de 1973.
Por encima de todas las cosas, que no aparecen en diplomas y medallas, estaban su bondad profunda, su comprensión, su amor a los niños, su paciencia, su entrega apasionada. Por eso una huella imborrable quedó en el corazón de quienes fueron sus alumnos.
Vivía, como es natural, satisfecho de su vida profesional. Sabía que había actuado con patriotismo y dignidad. Nos contó una de sus sobrinas que recordaba con cierta frecuencia aquella hermosa poesía de Amado Nervo uno de cuyos versos dice: “Vida, nada me debes, vida estamos en paz”.
Así era su carácter templado. Nada le debía a la vida, a pesar de que por cosa de 25 años la diabetes lo torturó y, un año antes de morir, un derrame cerebral le dejó inmóvil medio cuerpo, de lo cual afortunadamente se recuperó en gran parte. Seguía viendo la vida con entereza, sin amarguras, con la generosidad de siempre, con la nobleza con que por 57 años entregó sus mejores esfuerzos a la educación.
Se había jubilado en la Federación desde 1980, pero por esas cosas absurdas que a veces aparecen en la burocracia, todavía no recibía su pensión del ISSSTE cuando se apagó su corazón, tras meses de complicaciones y sufrimientos, el 3 de abril de 1982.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
LUIS A. BEAUREGARD
En el hogar de don Luis A. Beauregard (Sr.) y Balbina Zameza de Beauregard, en Cosamaloapan, Ver., Nació el 17 de marzo de 1872, Luis A. Beauregard Jr., Quien sería uno de los grandes maestros rebsamenianos.
Pasó su niñez tranquila, pues su padre poseía un rancho cañero, en el cual producía piloncillo y aguardiente; rancho modesto, pero que les permitía vivir sin apuros económicos.
Cursó su primaria en la escuela que dirigía don Juan Fentanes Carreto, padre de don Benito Fentanes. Don Juan sería el fundador de la Escuela Cantonal, tras regresar del curso de la Academia Normal de Orizaba.
Fue Beauregard, monitor de su escuela, lo que posiblemente haya influido en su interés por estudiar en la Escuela Normal Veracruzana, a la cual ingresó en 1888, percibiendo una pensión a partir de diciembre de ese año, segundo de funcionar del que pronto se convertiría en el más famoso plantel formador de maestros del país. Fueron condiscípulos suyos, entre otros, Delfino F. Valenzuela, Gonzalo Gómez y José Ochoa.
Durante su estancia en la Normal se efectuaron en México el primero y segundo Congreso Nacionales de Instrucción, en los que Rébsamen desempeñaría tan importante papel, y que dieron lugar a muy útiles cambios de impresiones entre maestros y alumnos.
El 4 de julio de 1981 solicitó Beauregard su examen profesional para obtener el título de profesor de instrucción primaria elemental. El tema (No. 13) de su prueba escrita fue: “Importancia pedagógica de la historia y los métodos de la enseñanza de esta asignatura general”. Don Miguel D. Cabañas, Secretario de la Escuela, le entregó su título el 18 de agosto.
Ese mismo año, cursando el cuarto grado –para el título anterior se requerían tres años de estudio-, había tenido un incidente, que le costó un castigo, el descuento de ocho días de haber de su pensión. El y Carlos Gil, alumno del tercer grado, se disgustaron e insultaron en ejercicios militares y en presencia del batallón escolar, y, después, fuera de la Escuela, se dieron de golpes. Sin embargo, ese año fue cuando Beauregard obtuvo mejor calificación general en el grupo (112 y 1/2), ocupando el segundo lugar, después de Delfino F. Valenzuela (114 y 1/2) que alcanzara siempre el primero.
Estando en quinto grado recibió señalada distinción: fue designado director de la Escuela Cantonal “Hernández y Hernández”, de la ciudad de córdoba. En el mes de agosto (1892) empezó a trabajar.
Al principiar 1894 –25 de enero- presentó su examen del quinto grado y, los dos días siguientes, sus exámenes profesionales, con los cuales se hizo merecedor al título de profesor de instrucción primaria superior. En esta ocasión el trabajo escrito se tituló: “Ligero estudio acerca del papel que desempeña la escuela en la formación y educación del carácter”.
Regresó luego a Córdoba, donde don Enrique C. Rébsamen le envió su nuevo título el 13 de febrero de ese mismo año. Dos días después acusó recibo el maestro Beauregard.
No tardó ya mucho en la ciudad de los cafetos. El Gobernador de Coahuila, don José Ma. Múzquiz, interesado en llevar al cabo la reforma educativa en su Estado y estando por crearse la Escuela Normal, se dirigió al Gobierno veracruzano, solicitando su ayuda. Rébsamen, entonces, recomendó a Beauregard. Y éste, fue invitado por el gobernador Múzquiz. Se hizo cargo el joven educador cosamaloapeño de la dirección de la Escuela Normal, que el 4 de marzo fue inaugurada, y de las cátedras de Antropología Pedagógica y Pedagogía. Natural era que se dejara sentir sus influencias en todos los ámbitos de la educación. Uno de sus alumnos, el maestro Mateo de León y Ochoa, expresó que fue: “el iniciador de la verdadera reforma escolar en Coahuila, el pedagogo que ha dejado huellas más perdurables en la historia de nuestro desenvolvimiento educativo, y el director más completo que ha tenido nuestra Normal desde la fecha de su fundación”.
Estuvo en Coahuila hasta 1897, año en que regresó a su tierra natal, Cosamaloapan, donde, manifestó el profesor don Rafael Arriola Molina, se hizo cargo, aunque no por mucho tiempo, de la Escuela Cantonal. Donde dedicó más tiempo fue en el rancho “La Lucinda”, de su padre. La tierra, afirmaría el maestro don Luis Álvarez Barret, era para él, “otro paraíso”.
En 1902 volvió al servicio educativo. Se repitió la primera historia. El Gobernador de Campeche, don José Castellot, quería un maestro que pudiera organizar el sistema educativo de en Entidad, con la consiguiente reforma, por supuesto. Y acudió a nuestro Estado. Y Rébsamen recomendó de nueva cuenta a Beauregard.
En Campeche realizó una obra quizás más impresionante que en Coahuila. Fue “el experto organizador de su moderno sistema de enseñanza” (Álvarez Berret). Dirigió la educación, llevó al cabo cursos de mejoramiento, fundó Escuelas Modelo, participó en forma determinante en la elaboración de la nueva Ley de Educación y creó, primero, la Academia Normal y, después, la Escuela Normal de Campeche. Su cargo, el mayor en educación, era de Inspector General de Instrucción Primaria.
El maestro don Francisco G. Torres, en el Informe rendido al Congreso Nacional de Educación Primaria del Año del Centenario de la Independencia, en el cual representó a Campeche, expresó sobre la labor de Beauregard, que acababa de, o estaba por salir a Mérida: “A su clara inteligencia, a su iniciativa vigorosa, a su trabajo persistente, a su amor incondicional a la escuela, deben la Academia y la educación primaria, su vida floreciente”.
Llamado con insistencia por la Liga de Acción Social de Yucatán, en septiembre de 1910 se fue a Mérida, a dirigir la Escuela Modelo No. 1. Se privó de la celebración del centenario en Campeche, en la que mucho había contribuido, y de asistir al Congreso Nacional de Educación Primaria, en México.
Proyectos muy importantes llevaba Beauregard para la educación en el campo, pero poco pudo hacer en este sentido, por la abierta oposición de los hacendados yucatecos.
No fue mucho el tiempo que permaneció en Mérida. Para 1913 estaba ya en su tierra otra vez, tras breve estancia en Tabasco. Ocupó en Cosamaloapan la dirección de la Escuela, participó destacadamente en el Congreso Pedagógico Veracruzano, celebrado en Veracruz y en Xalapa, en 1915 y, fue nombrado Jefe del Departamento de Escuelas Primarias en la Dirección General de Educación, puesto que ocupó hasta 1917.
En este último año representó a su Estado, en el Congreso Pedagógico Coahuilense, donde fue de las principales figuras y presidió la Primera Comisión Dictaminadora. El magisterio le rindió entonces un homenaje especial en la escuela Normal que él fundara.
Al parecer, ya se encontraba enfermo al volverse a establecer en Cosamaloapan, mas su pasión escolar no declinaba. El profesor Arriola Molina conserva un estudio de gran interés que Beauregard elaboró en esa época, a favor de los niños y los jóvenes subnormales, que llamó “La Ciudad de los Niños”.
En 1918, sintiéndose ya más delicado, fue a curarse a México, donde localizado por antiguos alumnos de Coahuila, le ofrecieron una comida en el restaurant “Prendes”.
Estuvo un tiempo en Tehuacan, en busca también de la salud perdida. Pero nada pudo hacerse ya y el 25 de julio de 1918 cerró sus ojos para siempre.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
FIDENCIO BERMÚDEZ CONTRERAS
En el mes de noviembre de 1980 el día 15, para ser exactos, el maestro don Fidencio Bermúdez Contreras, fue objeto de afectuoso homenaje. Se lo ofreció la R. Logia “Unificación” No. 4 por sus 54 años de vida masónica, pero, en realidad, el reconocimiento hecho sobrepasó los límites del entusiasta sector que lo otorgó. Fue un reflejo del respeto y cariño que le guarda el pueblo. Y es que no puede hablarse del maestro Bermúdez, sin hablar de los aspectos todos de su limpia vida de servicio; imposible es concretar su existencia a una sola de las fases de su pródigo vivir. Y así, por supuesto, lo reconocieron los masones de la Logia citada, que se refirieron sí, a sus actividades en la institución de que forman parte, pero también a la gran labor que en el campo educativo desarrolló el maestro.
Don Fidencio Bermúdez es hijo de la Escuela Normal Veracruzana, y en su formación incluyeron maestros tan preclaros como Emilio Fuentes y Betancourt, -quien dirigía el glorioso Plantel-, Guillermo A., Scherwel, Benigno D. Nogueira, Eduardo R. Coronel, Miguel D. Cabañas y Luis Martínez Murillo. Le tocó estudiar en las postrimerías de la dictadura porfirista –de 1904 a 1910-, por lo tanto inquietarse ante los sacudimientos populares de esos años.
En 1911, a los 23 años de edad, se inició en la docencia, entregando su vida a la niñez y a la juventud, hasta 1957, en que recibió su jubilación. Laboró en las escuelas “Gutiérrez Zamora”, de Misantla; “Francisco Díaz Covarrubias”, de Xalapa; “Enrique C. Rébsamen”, de Tuxpan; “Desiderio Pavón”, de Pánuco y; en la Escuela Normal Veracruzana, donde impartió la cátedra de Técnica de la Enseñanza y ocupó la jefatura de las prácticas escolares. En Pánuco atendió también una escuela nocturna para obreros y campesinos e impartió un curso teórico práctico para maestros rurales.
Varias veces fue llamado a desempeñar cargos administrativos en la Dirección General de Educación Popular. Fue Jefe del Departamento y, en distintas zonas, Inspector Escolar.
Igualmente formó parte de la famosa Comisión Técnica Pedagógica de 1932 en el Gobierno de don Adalberto Tejeda, con don Gabriel Lucio, como Director General de Educación. Esta comisión elaboró planes para trascendental reforma de la educación primaria y normal, que influyó en la reforma socialista dos años después.
Cuando en 1952 se vio la necesidad de capacitar a maestros sin título, don Fidencio Bermúdez escribió los textos de Organización Escolar y de Técnica de la Enseñanza, que fueron y son fuente de consulta para quienes se dedicaron y dedican al magisterio.
El maestro Bermúdez fue ejemplo siempre en cuanto a dedicación y responsabilidad. Con entusiasmo sin límites laboró en cuantas tareas le fueron encomendadas y conquistó el cariño no sólo de alumnos y padres de familia, sino del pueblo todo. Es por eso que ha recibido un sinnúmero de distinciones, entre ellas del Gobierno del Estado, de la Dirección General de Educación Popular y de su querida Escuela Normal Veracruzana. La última fue la de R. Logia “Unificación” No. 4, que incluyó la entrega de un pergamino por parte del Venerable Maestro Profr. Marcio Bolaños; y sabemos que en breve, serán las siete R.R. Logias xalapeñas las que rendirán un extraordinario homenaje. En la masonería, el maestro Bermúdez, quien ha desempeñado importantes puestos directivos –entre los cuales debemos mencionar, el de Venerable Maestro- ostenta el grado 32.
Don Fidencio Bermúdez continúa, a sus 93 años, siendo luz y guía, en su modesto hogar. Allí, no pocos hombres y mujeres acuden en busca de consejos y orientación. Su mente lúcida sigue sirviendo a los demás en un símbolo vigoroso del magisterio de Veracruz y México.
El anterior artículo fue escrito un día antes del 17 de diciembre de 1981, fecha en que falleciera el ameritado maestro Bermúdez. Al ser llevado su cadáver a un homenaje a la Normal, el que escribe pronunció las siguientes palabras:
“Nunca amada Escuela Normal lo despide esta mañana con el corazón desgarrado, como lo hace siempre que uno de sus hijos, especialmente de los que le dieron prestigio y orgullo, como usted, se marcha de entre nosotros.
Su vida es parte de la historia de este Plantel augusto. Su vida, esencialmente normalista, por su humana y sencilla grandeza; por su pasión de servir, por su afán intenso de formar conciencias libres y modelar corazones patriotas, es, en nuestra diaria batalla, luz orientadora, ejemplo a seguir.
Usted, maestro Bermúdez, dejó huella profunda en la educación de Veracruz. No sólo en los bancos de las aulas, sino en la organización y el rumbo, en los caminos abiertos para que la Entidad hiciera honor a su tradición histórica cumpliera sus deberes con el pueblo. Su humildad no pudo borrar sus pasos, que quedaron grabados en el acontecer educativo de nuestro tiempo.
Y también su generosidad sin límites, su cristalina bondad, su cristiana nobleza, quedaron hundidas en la entraña y el recuerdo de cuantos tuvieron el placer de estrechar su mano abierta y franca, extendida siempre al bien y fuente de amor inagotable.
La normal vive hoy el dolor de su patria, pero siente la satisfacción, maestro, del legado de su obra, que enriquece el patrimonio espiritual la historia ilustre de la institución.
Supo usted ser paradigma de maestro y de hombre, dualidad no común entre nosotros, reservada sólo a los escogidos de los dioses.
Todos nos vamos un día, pero contados son los que siguen presentes, los que continúan brindando enseñanzas y alentando conductas, tras que los dejamos confundidos con la madre tierra, en su sepulcro. Usted, querido maestro, es de esos que se quedan con nosotros después de haber cerrado sus ojos para siempre.
Duerma, pues, tranquilo, el sueño eterno. Sí, maestro, descanse en paz”.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
LILIA C. BERTHELY JIMÉNEZ
La doctora y poetista Lilia C. Berthely es una de las intelectuales veracruzanas más distinguidas, a nivel nacional.
Nació en la ciudad de Tlacotalpan, Ver., el 4 de octubre de 1918, de padres modestos: Elías Berthely, agricultor, y Eloisa Jiménez Camacho de Berthely.
Su primaria la inició en la escuela “Josefa Ortiz de Domínguez”, de su tierra natal y la terminó en la escuela “María R. Lazarín”, del puerto de Veracruz, a donde pasó a radicar.
Continuó sus estudios en la actual Ilustre Instituto Veracruzano y en la Escuela Secundaria y Preparatoria de Xalapa, ingresando el año de 1935 a la Escuela Normal Veracruzana. Entre su documentación presentó la constancia extendida por el Jefe de la Manzana XX A, cuartel XII de la ciudad de Veracruz, en que afirmaba que la joven Berthely “era persona pobre, y además, de irreprochable conducta”.
El último grado de la carrera de Maestra de Primaria, lo presentó en pruebas extraordinarias; desde el año anterior (1939) había tomado también los cursos de Educadora en el Instituto de la misma Normal.
Una gran pena sufrió Lilia en noviembre de 1940. Cuando se celebraba la fiesta de graduación y todo era alegría en su generación, ella, con el corazón desgarrado, conducía de México a Veracruz, en el Ferrocarril Interoceánico, el cadáver de su madre.
Tuvo que enfrentarse con estoicismo, a la adversidad, que con dureza cruel sacudía. En menos de un año, había perdido a su padre, a su madre y a un hermano. No se amilanó y al frente de siete hermanos, continuó la lucha para levantarlos.
Quería estudiar medicina, pero no era posible ante la situación apurada que vivía. Se fue a laborar a una escuela de Papantla primero y de Xicoténcatl, después.
Y un día decidió marchar a México. No le importó el medio difícil y hostil. Obtuvo trabajo en el estado de Morelos –donde la consideraban morelense- en a escuela práctica de Agricultura de Acultzingo, primero, y en la Escuela Normal de Oaxtepec, después. Por méritos, fue jede de clases en la Secundaria de Cuernavaca, y luego pasó a Cuautla a una Secundaria en la que le previno el Director que no podría con los alumnos, por difíciles, y entre los cuales había de edad mayor a la de ella. A las dos semanas el Director había cambiado de opinión. Los alumnos la respetaban y la querían.
Más tarde, por concurso, ingresó al Politécnico. Y al mismo tiempo, sus ansias de superación, la empujaron a seguir estudiando. Fue a la Normal Superior, a la Facultad de Filosofía y a cuantos cursos le permitía su tiempo. Así logró Maestrías en Lengua y Literatura Española, en Geografía y en Ciencias de la Educación; y Doctorado en Pedagogía especializada en Psicología.
Ocupó cátedras en Escuelas Preparatorias Vocacionales, Secundarias, Tecnológicas, en la Normal de Maestros y en la Normal Superior. Ha sido Jefa de Clases en el Instituto Politécnico Nacional, Jefe de las escuelas incorporadas de 2a. Enseñanza en la Secretaría de Educación, Subdirectora General –encargada de la Dirección en un tiempo- de Alfabetización y educación extra escolar, de la misma Secretaría de Educación Pública; Jefe de la Oficina de Delegación Estatales de Gobierno de México ante la UNESCO, Presidenta Coordinadora del II Simposio Latinoamericano sobre Análisis Educacional, y, Delegada General de la Secretaría de Educación Pública en el estado de Querétaro.
Ha impartido cursos diversos para Post-Grado, de Pedagogía Superior, Paidología y Conocimiento de la Adolescencia (Maestría en Pedagogía); Psicología Comparada, Psicología Diferencial y Psicología Aplicada a la Educación Mexicana y Análisis Crítico de la Administración Pública y la Educación en México (Doctorado en Pedagogía). En la Universidad Nacional Autónoma de México, ha actuado en Seminarios sobre Relaciones Humanas y sobre la Familia y la Delincuencia juvenil.
Muy activa ha sido la participación de la Dra. Berthely en estudios educativos de distintas instituciones culturales, formulación de programas, ponencias, etc., y como delegada y, organizadora en ocasiones, de eventos culturales de carácter nacional e internacional, en los cuales siempre ha brillado su dinamismo y su talento. Igualmente ha ofrecido conferencias sobre sus especialidades, y la tarea política y socio-económica de la mujer, a lo largo del país y fuera de él.
Pero no sólo es la Dra. Una ilustre educadora, sobresale además, en la vida política de México y en el ámbito de la poesía.
El movimiento revolucionario tiene en la distinguida tlacotalpeña a una exponente muy valiosa de lo que la mujer mexicana puede alcanzar en las luchas por engrandecer a México y por depurar la política. Militante activa de la Confederación Nacional de Organizaciones Populares y del Partido Revolucionario Institucional, ha sido delegada de ambas instituciones en Aguascalientes, siendo por cierto la primera mujer escogida por el PRI para una responsabilidad de tal naturaleza. El mismo Partido la seleccionó como candidata a diputada por el Distrito de Huatusco y el pueblo dio su voto favorable en las elecciones representándolo en la XLIX Legislatura del H. Congreso de la Unión. Además de cumplir con sus deberes legislativos, realizó numerosas gestiones con buenos resultados a favor de su Distrito. Así se lograron el drenaje y adoquinado de numerosas calles en Huatusco y en Coscomatepec, electrificación y Casas de Salud en numerosas comunidades y otras obras sociales de especial importancia.
Con anterioridad había sido Delegada del Departamento del Distrito Federal en Iztapalapa, donde realizó una brillante labor, con singular rectitud y honradez, ganándose la confianza de los habitantes. En el tiempo que estuvo allí –dos años- se resolvieron problemas que venían de años atrás y que se habían acumulado sin razón.
Y mucho antes, de 1959 a 1964, ocupó la Dirección General de Servicios Periciales en la Procuraduría General de Justicia del Distrito y Territorios Federales, donde creó el Laboratorio de Criminalística con persona preparado en los Estados Unidos y Alemania. Durante un tiempo la Secretaría de Comunicaciones y Transportes la tuvo como Directora de Inspección General.
En 1977 fue nombrada Subdirectora de Servicios Sociales del ISSSTE, mejorándose éstos y manejándose con un sentido más comprensivo y humano.
Después fue Delegada de la Secretaría de Educación Pública en el estado de Querétaro, y al dejar tan importante cargo, la Secretaría de la Reforma Agraria la llamó como Asesora.
En la actualidad es Jefa del Departamento No Inmigrantes de la Secretaría de Gobernación.
A pesar de su actividad incesante en la docencia, en los puestos públicos y en la política, se ha dado tiempo para que su vena poética se manifieste en forma delicada y exquisita, escribiendo poemas que han recibido el aplauso de los críticos literarios y premios en algunos certámenes, como la “Rosa de Oro” en los Juegos Florales Sahuayenses, en el estado de Michoacán, otorgada a “La Ofrenda de las Manos”. No nada más sus versos han aparecido en libros distintos –“Copal”, “Opalo”, “Vórtice”, “Voz de Silencio” y “Poesías” –sino que también la RCA Víctor los ha llevado a sus discos.
Y no sólo obras poéticas tiene publicadas, por supuesto, son numerosas las que con estudios y temas educativos circulan en la República, varias como textos oficiales y obras de consulta. Citemos algunas: “Ciencia de la Educación”, “Psicología”, “Curso Superior de Paidología”, “Psicología del Aprendizaje”, “Introducción a la Filosofía”, “Algunas consideraciones sobre Misiones Culturales”, “La delincuencia en los adolescentes”, y “La familia en el desajuste de la juventud”.
Pertenece a diversas organizaciones culturales y ha sido miembro fundadora de algunos, como la Sociedad Mexicana de Pedagogía.
Entre las distinciones recibidas, mencionemos: Hija Predilecta de Tlacotalpan, Miembro Honorario del Club de Escritores de Veracruz, en México; Secretaria perpetua de la Academia Nacional de Supervisión e Investigación Docente, A.C., presea como maestra distinguida, de la Universidad Autónoma de Baja California Norte, y diplomas del Club de Leones de la ciudad de México –por su obra poética-, del Departamento de Turismo del Gobierno mexicano, como miembro del Patronato del Primer festival Internacional Cervantino; del Instituto Politécnico Nacional por 30 años de extraordinaria labor docente; y de la Asociación de Universitarios por su participación permanente para la fundación del Instituto de Recursos Humanos Bióticos.
Le han rendido homenaje el Ayuntamiento de Cuautla; la Universidad, la Dirección de Educación y el Gobierno del estado de Guanajuato; el Club Rotario y el Gobierno del estado de Morelos; y, la Asociación Nacional de Escritores.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
AVELINO BOLAÑOS PALACIOS
Don Avelino Bolaños fue de los hombres escogidos por los dioses para ser educador. Educador excelso. Hubiera podido desempeñar otra profesión, pero se hubiera sentido extraño en ella. Su vocación, el sístole y diástole de su vida, eran la escuela, la niñez, la juventud.
Más de medio siglo –de 1900 hasta su muerte en 1953- entregó energías y vida a un sinnúmero de generaciones. De infinita bondad y comprensión, cordial y humano como el que más, conquistó el cariño y el respeto del pueblo y de sus gobernadores.
El frescor del Papaloapan animó su existencia entera. Nació en Chacaltianguis (San Juan Bautista Chacaltianguis, entonces) el 2 de diciembre de 1878. Su padre, Feliciano Bolaños, que era agricultor y poseía una tienda pequeña, murió cuando Avelino tenía apenas tres años de edad, quedando la responsabilidad total de levantarlo, a su madre, doña María Cristina Palacios, en muy difícil situación económica. Más tarde contrajo segundas nupcias con Reyes Guerrero, con quién nació otro niño, José. Avelino y José se quisieron mucho y aquél lamento bastante cuando estando José en la Escuela Naval hizo frente en Veracruz, en 1914, a los norteamericanos y desapareció.
Avelino fue enviado a Cosamaloapan para hacer sus estudios primarios en la Escuela Cantonal “Manuel Carpio”. Los apuros que entonces pasaba su mamá, le hicieron trabajar como mocito en la casa de Romualdo Rodríguez. Avelino fue un estudiante ejemplar y seguramente por ello, el director del plantel, Profr. Juan Fentanes, lo recomendó con Adolfo Morín, quien le brindó protección. Estando en Cosamaloapan tuvo el dolor de perder también a su mamá.
Su comportamiento en la primaria lo avaló el maestro don Benito Fentanes –que fue maestro de la escuela- cuando Avelino fue a la Normal, en una constancia en que afirmaba que “su conducta fue siempre irreprochable, dentro y fuera del plantel, y su aplicación y aprovechamiento siempre fueron por demás sobresalientes”.
A la Normal ingresó en 1895, pensionado por el Cantón de Cosamaloapan (con $20.00), presentando su examen de admisión el 14 de enero. Fue discípulo de Enrique C. Rébsamen.
Como en sus estudios primarios, fue un alumno muy brillante en los cinco años normalistas. Ocupó el primer lugar en su grupo, excepción hecha de los grados 1o. y 5o., en que sólo le superaron por escaso margen, Herminio Cabañas y María Galván, respectivamente. En la conducta siempre obtuvo la máxima calificación (5).
En el examen para obtener el título de Profesor de Instrucción Primaria Elemental, a principio de 1899, presentó el trabajo “De qué manera contribuye la escuela para la formación del ciudadano”, y en el correspondiente al título de Profesor de Instrucción Primaria Superior (del 21 al 30 de marzo de 1900), “Locke y su Pedagogía”.
Cuando acabó sus estudios en diciembre de 1989, solicitó permiso para permanecer dos meses en Cosamaloapan en la preparatoria de su examen profesional. Y Enrique C. Rébsamen apoyó su solicitud ante la Secretaría de Gobierno, manifestando que “efectivamente el alumno Bolaños es pobre de solemnidad y huérfano de padre y madre, y como ha terminado ya sus estudios y sean en concepto de esta Dirección, atendibles las razones en que funda su solicitud, no hay inconveniente en que el C. Gobernador se digne de acceder a la petición, si así lo estima de justicia, estando dispuesto el suscrito a firmar las nóminas por el interesado durante el tiempo de su ausencia y a enviarle su pensión al lugar de su residencia”.
Destacó también en la Normal en oratoria y como dibujante. En cierta ocasión en que se presentó en Xalapa, en el Teatro Lerdo, una cantante española, le hizo a los paisanos residentes de la artista, la leyenda de una cinta con que le enviaron unas flores: “me pagaron dos duros”, expresaba el joven Avelino. Fue de los pocos que tuvieron el honor de escribir en la revista de Rébsamen, “México Intelectual”.
Estando en la Normal demostró su nobleza en un acto heroico. Se incendió la fábrica de puros y depósito de maderas, de L. H. Pinto Rocha y Cía., y había peligro de una tragedia mayor si encontrándose cerradas las llaves de una caldera, no se abrían se introdujo hasta la caldera, cayéndole en la cabeza algo del techo, que le causó profunda herida, pero comprobando que estaban cerradas las llaves. Luego el maestro normalista don Manuel R Gutiérrez y el alumno, de la Normal igualmente, Miguel C. Vera, siguiendo el ejemplo de Bolaños, entraron y bajo la dirección de don Manuel, que resultó también herido, lograron abrir las llaves.
El 1o., de abril de 1900 causó Avelino baja en la escuela rebsameniana y el día 15 empezó a trabajar, como catedrático, en el colegio preparatorio de Tlacotalpan, que después se convertiría en Escuela Primaria Comercial y de Artes y Oficios y, en Secundaria Técnica y Comercial.
A esta escuela, que con toda justicia hoy se llama “Avelino Bolaños”, y de la que fue Director, entregó el maestro su vida entera. Salía a veces, como vamos a ser, por breve tiempo, pero a ella regresaba, como si fuera parte de sus propias entrañas.
Cuando en 1915 se reunió el famoso Congreso Pedagógico convocado por el Gobierno veracruzano, para estudiar nuestros problemas educativos y buscar una ley que recogiera los ideales revolucionarios y fuera la base del sistema de educación en la Entidad, don Avelino estuvo presente y sobresalió en los dos períodos de sesiones efectuados en Veracruz y Xalapa.
“Hasta ahora la Revolución se ha ocupado de restituir los derechos del hombre –dijo en el discurso que pronunció a nombre de los delegados en el acto inaugural el 15 de febrero-; y desde hoy debemos ocuparnos también de los derechos del niño, del hombre del mañana; porque si esos derechos que se restituyen al hombre, por la fuerza de las armas, no los aseguramos por una educación adecuada, fracasarán nuevamente nuestras libertades, que no tan sólo tenemos hambre y sed de justicia, sino de educación bien dirigida, y mejor, más intensa, amorosa y apostólicamente impartida”.
“Mucho hay que corregir, reformar y aún destruir –expresó también-, corrijamos, reformemos y aún destruyamos, con ánimo sereno, llevando siempre con ideal único, hacer del niño actual, el ciudadano de mañana, consciente, culto y patriota”.
Fue Prosecretario del primero período de sesiones ocupando varias veces la Secretaría, y en la segunda parte del evento hubo ocasión que desempeñara la Presidencia.
Formó parte de las comisiones de Educación Primaria y de Educación Normal y, al terminar las reuniones de Veracruz, se le designó en la Comisión de Escuelas Especiales y Universidad Popular y en la de Comedores escolares para niños pobres, para las sesiones que se iniciarían en junio en Xalapa.
Entre sus actividades estuvo la presentación de un trabajo sobre escuelas para niños anormales, y otro titulado “Mobiliario, los útiles y los edificios escolares”.
Cuando hubo voces a favor de que no fueran asignaturas específicas en la Escuela Rural, o se agruparan en una sola, la Historia y la Geografía, el maestro Bolaños fue de los que defendieron su importancia, y pidió que como en el Plan de Estudios y los programas de la primaria urbana, se impartieran separadas: “Recuerdo a propósito en este momento –afirmó- una célebre frase que dice: ‘el que no conoce la Historia y Geografía de su país es un extranjero en su patria’. No enseñar estas asignaturas es declararlo paria y la escuela rudimentaria tiende a hacer cultos a los hombres, dándoles conocimientos necesarios para que sean útiles a la sociedad. Opino que la enseñanza de las asignaturas de que se ha estado tratando, se haga por separado, pues ambas son de grandísima importancia”.
La Escuela Rural encontró siempre en él, uno de sus más fervorosos defensores, pues comprendió cabalmente lo que significaba para el país la educación de los campesinos, y la gran deuda que con éstos tenía la Revolución.
En el Congreso, don Avelino fue un precursor de los desayunos escolares. Conociendo los sufrimientos de los niños necesitados, propuso que se acudiera en su ayuda, proporcionándoles alimento. “Vamos a exigir –expuso- la enseñanza obligatoria, pero nos vamos a encontrar con un problema de grandísima importancia: ‘¿Cómo exigir la enseñanza obligatoria a aquellos pobres niños que muchas veces no concurren a la escuela porque no han podido comer, porque sus padres y sus madres no han podido conseguirles el alimento necesario’”?
Fue de los promotores de una Asociación de Maestros Veracruzanos, y al designarse la directiva, a cuyo frente quedó el Dr. Enrique Herrera Moreno, sus compañeros lo designaron Secretario.
En los actos organizados en la ciudad para conmemorar la muerte de don Francisco I. Madero y don José Ma. Pino Suárez, el Congreso designó a Bolaños entre sus oradores.
Como consecuencia de la Ley de Educación del Gral. Cándido Aguilar, Gobernador que convocara al Congreso Pedagógico, se creó para manejar y dirigir el sistema educativo, el Consejo de Educación Popular. Y dependiente de éste, para atender la Educación Primaria. El maestro Bolaños pasó de la Jefatura de la Sección de Instrucción Pública del Gobierno del Estado –que venía ocupando- a ser uno de los cinco miembros del Consejo, y le tocó presidirlo parte del año de 1916.
Don Avelino sintió pasión por los libros y adquirió gran cultura. Dominaba el francés y sabía algo de inglés. Fue magnífico orador y manejó la pluma con agilidad y brillantez. Nos dejó numerosos artículos periodísticos, ilustrativos y amenos, un libro “Cálculo Rápido”, y otro de cuentos cuyo título nos revela la fuente inspiradora: “Páginas de la vida y de la escuela”. “Estos cuentos han brotado del trajín de la vida escolar y del fondo de mis propios dolores y alegrías”, asentó el maestro. En el prólogo, el ilustre Francisco J. Santa María, quien fuera Gobernador de Tabasco, asienta que él “principal encanto” es la sencillez, “hablaba en tono y término de natural y fácil comprensión; como para espíritus sencillos y sin complicaciones de exégesis”. “Discurre con acento de moderada y discreta inspiración, como para darse a entender y distraer. Es el cuento suyo así como una semilla, fructifica sin esfuerzo en terreno propicio, pero también invade el campo reacio a la proliferación y evita así que los pólenes nocivos de la cizaña y el cardo profanen la castidad de un suelo infecundo”. Quedaron sin publicarse otros trabajos del maestro Bolaños.
En Tlacotalpan, para completar su sueldo (tuvo 11 hijos en su matrimonio con doña Ignacia Salamanca Aguirre) vendía libros y seguros del Banco Capitalizador de Ahorros y la Cía. “La Nacional”. En vacaciones, extendía sus ventas a comunidades cercanas. Fue corresponsal de “El Universal” y “El Ilustrado”, y sus hijos vendían periódicos.
Don Avelino Bolaños fue uno de esos seres que, sin probarlo, derraman bondad, por todos sus poros. Sencillo, comprensivo, de inmediato conquistaba simpatía y admiración.
Natural era que se le brindaran distinciones y honores. Recibió numerosos diplomas y medallas de instituciones y autoridades.
Tlacotalpan lo declaró “Hijo Distinguido”. Cosamaloapan le otorgó una presea por su labor cultural, originando que los tlacotalpeños radicados en México le extendieran el 14 de diciembre de 1945, este diploma: “Los tlacotalpeños, en la capital de la República, se complacen en demostrarle el afecto que se merece y felicitarlo muy cordialmente por el justo homenaje que se le atributa en esta fecha en Cosamaloapan de Carpio, al imponerle Medalla de Oro por su labor cultural”.
Don Avelino Bolaños falleció el 25 de enero de 1953, sufriendo luto toda la Entidad, especialmente la Cuenca del Papaloapan.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
A. MARCIO BOLAÑOS SALAMANCA
Avelino Marcio Bolaños Salamanca hecho honor a su esclarecido padre, el maestro don Avelino Bolaños Palacios. Con eficacia y dignidad, siguió el camino tan brillantemente trazado por él, sobresaliendo en el campo de la educación.
Nació en la Perla del Papaloapan, en el apacible Tlacotalpan, Ver., el 19 de abril de 1921. Su madre fue doña Ignacia Salamanca de Bolaños. Fue el octavo de los once hijos del matrimonio: Carlos Roberto, Mario Rodolfo, María Cristina, María Aurelia, Rubén Dario, María del Carmen (fallecida de pequeña, mismo nombre de la siguiente niña). Avelino Marcio, César Ignacio y los gemelos Alberto e Ilia María.
Marco vivió en su niñez las estrecheces económicas de la familia y desde los ocho años trabajó vendiendo periódicos, a la par que otros dos chamacos con quienes se disputaba los clientes. (Su papá era Corresponsal de “El Universal” y “El Universal Ilustrado”). Pero recuerda que la pasaba feliz; como los demás niños recorría los caminos cercanos y los cañaverales, montaba caballos cuando se le presentaba la oportunidad, volaba papalotes, jugaba canicas, al trompo, etc.
La disciplina impuesta por su padre, fue decisiva en formación, como hombre trabajador, cumplido y formal.
Cursó su primaria elemental en la Escuela “Juan de la Luz Enríquez”, y no ha olvidado a sus maestros: 1er. Año, Raquel Silva Aguilera; 2o. Año, Rafael Villalobos, quien tocaba el clarinete y les enseñaba muy bonitos coros; 3er. Año, Mauricio Alavéz López y Javier Beltrán Novoa; y 4o. Año, José Luis Alavéz López.
Equivalente al 5o. Y 6o. era el grado preparatorio de la Escuela Comercial y de Artes y Oficios, que dirigía su padre. Lo cursó en 1933, con muy buen maestro, don Eduardo Lara Arteaga. Después allí mismo, siguió las carreras de Contador Privado y Taquimecanógrafo Parlamentario (años de 1934 y 1935).
En 1936 ingresó a Xalapa –tras aprobar el examen de admisión- a la Escuela Normal Veracruzana, que iniciaba su segundo año de internado. Lo llevó al plantel su padre y, profunda tristeza le produjo el momento en que se despidieron. Habla con entusiasmo de la camaradería, de la fraternidad en su grupo y los demás; y de sus maestros, entre ellos, Juan Zilli, Adalberto Lara, Luis Martínez Murillo, Calixto Hernández, Pedro Romero; a todos respetaba mucho. Gran estimación le tuvo también a la Prefecta Petrita Segura, en cuya casa, por cierto, había vivido su padre, de estudiante. A los maestros Zilli y Martínez Murillo, se los presentó su padre don Avelino, de quienes era muy buen amigo.
Terminó Marcio en 1941 y, en enero del 942, lo mandaron a trabajar a San Juan Evangelista, pero a los 15 días le ofrecieron la Sub-Dirección de la Escuela “Guadalupe Victoria”, de Acayucan, con un poco más de sueldo; como él quería acercarse a su tierra, no aceptó. Entonces le propusieron una Ayudantía en la “Manuel Carpio”, de Cosamaloapan, Ver., a donde se fue, y empezó a laborar el 26 del mismo enero. Estuvo hasta febrero del siguiente año (1943), pues se presentó entonces una plaza en la Escuela “Juan de la Luz Enríquez”, de Tlacotalpan y lo pasaron allí. Aprovechó también, para colaborar con su padre en la Escuela Comercial y de Artes y Oficios.
Mas no tardó mucho. En marzo de 1944 le ofrecieron la dirección de la Escuela “Eduardo R. Coronel”, en la Congregación de San Marcos de León –Emilio Fuentes y Betancourt- del Municipio de Xico y decidió marchar al centro del Estado. A unos cuantos meses pasó un susto enorme, a punto estuvo de perder la vida. Viajaba a San Marcos en un camión de servicio, que había salido de Coatepec con numerosas personas, entre ellas el Presidente Municipal de Xico, señor Manuel Hernández Páez. Y por la Congregación de Zimpizahua, dos de los pasajeros, enviados por enemigos políticos del citado Presidente Municipal, desenfundaron pistolas y le dispararon a éste, en forma desordenada, causando alarma y terror, y matando a Hernández Páez y a otro de los viajeros, un humilde vendedor de naranjas. Marcio se libró, tirado en el suelo del autobús. Al otro día, al publicar “El Dictamen”, de Veracruz, la nota sobre los hechos, en forma destacada, dio a Bolaños entre las víctimas muertas. Por fortuna, su padre había sido informado por don Manuel C. Tello –Director de la Normal-, que era su ahijado; además, la fecha de la publicación, antes de que el periódico llegara a Tlacotalpan, había arribado el maestro don Enrique Lobato, quien enseguida fue a decirle a don Avelino como se habían desarrollado los sucesos.
En San Marcos, Marcio atendía, además de la dirección, el 4o. y 5o. grados. Eran fuertes las pugnas políticas y el pistolerismo. Debido a eso los maestros no acostumbraban permanecer en las Fiestas Patrias. Mas Marcio, a pesar de la amarga experiencia en el camión, sí se quedó ese año que allí trabajó.
En septiembre de 1945 fue comisionado como Auxiliar del Departamento Técnico, en la Dirección General de Educación Popular, prestando servicios casi año y medio, ya que al principiar 1947 solicitó trabajar en una Escuela y, fue enviado en calidad de Ayudante, a la “Graciano Valenzuela”. En 1949 pasó a la Práctica Anexa a la Normal, que después se convertiría en la Escuela “Carlos A. Carrillo”.
De este plantel saldría el 16 de marzo, en que, debido a su trabajo y capacidad, la Dirección General de Educación Popular, lo designó Inspector Escolar de la Zona Coatepec, que abarcaba los municipios del mismo Coatepec, Xico, Teocelo, Cosautlán, Ayahualulco, Ixhuacán de los Reyes y Perote, pero luego Perote se convertiría en cabecera de nueva zona, y le agregarían a aquélla, Jalcomulco y Apazapan, haciendo un total de 105 escuelas. Continuamente visitaba el maestro Bolaños éstas; en algunas le informaban que hacía buen tiempo que no iban los Inspectores. Utilizaba toda clase de medios de transporte, el caballo, el Jeep y no pocas veces a pie. Le gustaba contemplar la naturaleza y se esmeró en que los maestros aprovecharan cuanto ella ofrece para educar mejor a los niños. No utilizaban pruebas pedagógicas y las implantó, haciéndolas equipos de maestros y editándolas en mimeógrafo. Se analizaban las respuestas, para conocer las deficiencias de los niños y poder corregirlos.
Con la ayuda de los Municipios y el CAPFCE se construyeron numerosas escuelas rurales. En la Zona, fueron organizados eventos culturales y deportivos, entre estos un campeonato infantil de baseball.
En agosto de 1953 lo cambió la Dirección General de Educación a la Zona Xalapa, locales. Siguió la misma línea que se había marcado en Coatepec. En las escuelas que no se ponían pruebas pedagógicas, las introdujo, con la oposición, inclusive, de algunos maestros.
Cerca de cuatro años trabajó en esta zona, pero, siendo los Inspectores Escolares empleados de confianza en el Estado, dos meses después de un cambio de gobierno, el 1o. de febrero de 1957, volvió a su base, en la Escuela “Carlos A. Carrillo”. Atendió también la especialidad de Educación Física, al igual que en la “Hugo Topf”. En las noches laboraba en la “Josefa Ortiz de Domínguez”.
En la Escuela Normal Veracruzana fue, por corto tiempo, Prefecto y, en dos temporadas, Ayudante de Prácticas Escolares y, más tarde, Sub Jefe de las mismas, hasta su jubilación el 15 de septiembre de 1971.
Recorrió la mayor parte del Estado en otro de sus desempeños: Catedrático del Instituto de Capacitación del Magisterio.
El sistema de educación federal aprovechó después su experiencia y valía. La Dirección General de Educación Audiovisual lo nombró Jefe del Departamento de Tele-Secundarias en el valle de Toluca, comisión en la que se distinguió del 1 de agosto de 1974 al 31 de mayo de 1976, fecha en que la misma dependencia lo envió a Xalapa, a colaborar en el Centro de Educación Audiovisual del Estado, que dirigía la maestra Carmen Luna Reyes. Al crearse la Delegación de la Secretaría de Educación Pública pasó a la Sección de Adultos, hasta que se creó el INEA, y fue nombrado entonces Sub Jefe Técnico Pedagógico en el Departamento de Educación Básica, en la misma Delegación. Parte de 1983 y 1984 fue Jefe del Departamento, habiéndole tocado encauzar la celebración en el Estado, que resultó lucido, del sesenta aniversario de las Misiones Culturales.
El 1 de enero de 1986 se jubiló en el sistema federal de educación.
Marcio Bolaños fue un maestro exigente en cuanto al cumplimiento del deber. Franco, abierto y humano.
Como educador, ha acudido a las reuniones de carácter pedagógico, estatales y nacionales.
Ha sido periodista desde 1947, y colaborado entre otros, en los periódicos, “Diario de Xalapa”, “La Opinión”, de Minatitlán, Ver.; “El Dictamen” –Del puerto de Veracruz-; “El Diario de los Tuxtlas”, “Gráfico de Xalapa”, “El Diario de Poza Rica” y la revista “Xalapa”. Muy conocida fue su columna “Por estos caminos”, que después dará lugar el libro del mismo nombre, que lleva dos ediciones (1972 y 1985). Tiene publicado también un libro de poesía –“Álbum poético”-, pues igualmente cultiva este arte. Ha escrito no pocos poemas en honor de nuestros héroes y con otros temas escolares.
Es un masón muy distinguido, de la Resp. Log. “Unificación” No. 4, de Xalapa, Ver. Su vida masónica se inició en 1947 y por ocho veces ha sido Venerable Maestro. Hace poco se le rindió homenaje, con motivo de sus 40 años en tales labores y le fue entregado una Medalla “Al Mérito Masónico”.
Ha sido objeto de otras distinciones y tiene otras medallas, por supuesto, una de ellas de la Escuela “Carlos A. Carrillo”, que le fue entregada al jubilarse.
También ha participado en la vida sindical magisterial.
Maestros de Veracruz
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Secretaría de Educación y Cultura
Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
MIGUEL BUSTOS CERECEDO
Miguel Bustos Cerecedo es uno de los hijos más preclaros de la Escuela Normal Veracruzana. Poco tiempo ejerció el magisterio primario, pero ha siso un verdadero maestro en el campo literario nacional, donde ha dado prestigio no sólo a la escuela, sino a la Entidad veracruzana.
Nació en Chicontepec –la tierra de don Adalberto Tejeda- el 29 de septiembre de 1912. Fue hijo de don Carlos Bustos Olivares, campesino que participó en la Revolución y, de doña Herminia Cerecedo García, quien aunque mucho quehacer tuvo en su hogar con los nueve hijos que trajeron al mundo, cuando la necesidad lo reclamaba, elaboraba pan para vender.
Con motivo de la etapa turbulenta de México que le tocó vivir en su niñez, ésta fue errante y de incertidumbres. Las luchas revolucionarias obligaban a la familia a peregrinar constantemente. Estuvieron en Huejutla, Xochiatipan, Benito Juárez, Tampico y Pachuca. Por esta causa y por el cierre y abrir persistente de las escuelas rurales, sus estudios se interrumpían y detenían.
En Chicontepec su hermana Prudencia le enseñó a medio leer y escribir, lo que originó que en la Escuela Municipal lo escribieran en segundo año. Pero él mismo recuerda que buena parte de la niñez, por la citada irregularidad de las labores escolares, se la pasó cazando palomas en los montes de los alrededores de Chicontepec, bañándose en un arroyo cercano y haciendo travesuras. Sin embargo, surgieron sus primeras inquietudes literarias, pues escribió versos que nunca conservó ni recuerda. También, la falta de clases, lo llevó una temporada con un sastre, como aprendiz.
En enero de 1929 salieron de la Perla Indígena Chicontepecana. Por recomendación de don Adalberto Tejeda, decidió don Carlos Bustos Olivares establecer su hogar en Xalapa para que sus hijos estudiaran. El maestro Luis Martínez Murillo matriculó a Miguel en el V año de la escuela “Hugo Topf”. Queriendo ganar tiempo, pagó a título de suficiencia VI año e ingresó en 1930 a la Escuela Normal Veracruzana, “refugio de los pobres”, según le llamó.
Estando en segundo año –en 1931-, junto con su hermano Carlos y su amigo Arturo Vargas, y mencionando una imperiosa necesidad familiar, solicitaron el 24 de septiembre hacer “en un año lo que corresponde a dos años escolares”, es decir, pagar a título de suficiencia el tercer grado, para lo cual deseaban presentar tales exámenes en ese mismo bimestre.
Dos días después les fue contestada su solicitud, expresándoseles que sería sometida a la R. Junta Académica del plantel, pero que en cuanto a la fecha y demás circunstancias de los exámenes tendrían que realizarse en “el período señalado por el Reglamento y después de haber cursado en su totalidad, las asignaturas relativas al año anterior”. Es decir, había que terminar el segundo grado y esperar la etapa correspondiente de los exámenes. No los hubo, pues.
En 1932 Miguel Bustos fue a México con un encargo del gobernador Tejeda y en la capital cursó el tercero de Secundaria, mas al terminar el año, también pagó el primero de profesional en la Normal. Por entonces sufrió la desgracia de perder a su padre.
Cursando sexto año –tercero de profesional- en 1934, fue a trabajar a la escuela “América”, de ciudad Mendoza. También fue allí Raúl Contreras Ferto. Ambos se convirtieron en la avanzada de la experimentación –que se hacía en cuatro escuelas del Estado- de los nuevos programas, de tendencias sociales, que recomendó el Congreso de la Comisión Técnica Pedagógica en 1932. Contreras Ferto atendía sexto año y Bustos Cerecedo, quinto. Las experiencias vividas aquí le harían escribir a este último, porco más tarde, su novela infantil “Un Sindicato Escolar”.
Regresó Miguel Bustos a la Normal y presentó sus exámenes para recibirse de profesor de educación primaria superior, expidiéndole el gobernador Gonzalo Vázquez Vela su título el 12 de enero de 1935.
Estudiando en la Normal, aparecieron sus primeros libros de poesías: “Pervincas”, en 1931; “La Noche Arrodillada”, con prólogo de José J. Núñez y Domínguez, en 1933; “Cauce” (poemas colectivos de Miguel y Carlos Bustos Cerecedo y Álvaro González Franco), en 1934; y “Revolución”, prologado por Lorenzo Turrent Rosas, también en 1934. Promovió en el plantel la integración del grupo cultural “Elevación”. Además, editó con su hermano Carlos y Álvaro González Franco V. Torres Torija, la revista “Momento”.
A invitación de don José Mancisidor –que lo dirigiría- formó parte del famoso grupo de escritores “Noviembre”, el cual editaba la revista “Ruta”, que alcanzó renombre en el país.
Volvió en 1935 a su escuela en Orizaba y una Secundaria Nocturna cuya fundación había promovido ante la Dirección General de Educación Popular. Pero pronto –en el mes de julio- pasaría a la ciudad de México. El Lic. Don Gonzalo Vázquez Vela y el maestro don Gabriel Lucio habían sido designados por el presidente Lázaro Cárdenas, Secretario y Subsecretario de Educación, respectivamente y, el maestro Lucio designó a Bustos Cerecedo, Director de la Biblioteca de la Escuela Nacional de Maestros, así como Catedrático de Literatura en Secundarias.
Participó en las luchas sindicales magisteriales, en las cuales conoció e hizo estrecha amistad con el Lic. Adolfo López Mateos. Destacó igualmente en estas actividades ocupando carteras muy importantes como la Secretaría General de la Sección XI del SNTE y Secretaría de Prensa y Propaganda del Comité Ejecutivo Nacional.
En México pronto ingresó a la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), que tenía relaciones internacionales de mucha importancia; Liga en la que Bustos Cerecedo desarrolló intensa labor.
Se publicaron nuevos trabajos suyos. Y a pesar de la carencia de recursos económicos editó algunas revistas literarias en unión de otros poetas, como “Cono”, “Letras de Ayer y de Hoy” y, posteriormente, “El Ojo Literato”. (Las dos últimas con Arcadio Noguera y Jesús Arellano).
Cuando la Editora del Gobierno de Veracruz, como parte de la celebración de sus noventa años, decidió publicar las Obras Completas de José Mancisidor, fue Miguel Bustos Cerecedo el encargado de ordenar y preparar los ocho tomos que la formaron.
La obra literaria de Bustos –especialmente en la poesía y la narrativa-, es muy amplia. Incansable el chicontepecano, no puede estar sin producir. Parte de ella se ha publicado en otros idiomas y recorrido el mundo. Escribe en diarios y revistas de prestigio.
Y ya sea en prosa o en verso, su literatura está al servicio del pueblo. Sin indecisiones, firmemente definida. Él lo ha dicho: “Predomina en mi obra, el juicio critico de los fenómenos económicos, políticos y sociales que oprimen al hombre, porque no concibo una literatura anodina que sólo engalana las residencias vacías de la oligarquía”.
Instituciones del cultura distintas, y gobiernos, han publicado libros de Bustos Cerecedo: la UNAM, la Universidad Veracruzana, la Secretaría de Educación Pública, la Normal Veracruzana, la Editorial del Magisterio, el Gobierno de Veracruz, el Departamento del Distrito Federal, etc., así como empresas editoriales privadas.
En una época ocupó importantes puestos directivos en el Instituto Mexicano del Seguro Social.
Es Bustos Cerecedo de gran sensibilidad y escribe con galanura. Su literatura infantil es conmovedora. Va a cumplir 75 años de edad y sus convicciones, sus versos y prosa, son tan frescas como en su juventud. Los mismos ideales estudiantiles y de sus luchas sindicales, los mantiene hoy, sin claudicar en lo más mínimo, con orgullo y pasión.
Hombre sumamente sencillo y afable, noble y humano, es admirado y querido en todas partes.
Ha recibido homenajes de autoridades, de instituciones culturales –entre ellas su Escuela Normal- y de otra naturaleza, aun cuando no es afecto a ellos.
Terminaron estos breves datos de su vida, con una lista de parte de su extensa obra, tomada de “La Ciudad que regresa” escrita por Arcadio Noguera Vergara:
Poesía: La Noche Arrodillada, poemas, Xalapa 1933; Cauce, poemas colectivos, Xalapa, 1934; Revolución, poemas, Xalapa, 1934; Tres poemas revolucionarios, Lear, México, 1935; Hambre, poema, México, 1937; Remoto Amor, poema, México, 1942; Se dice de Héctor Pérez Martínez en cinco sonetos, México, 1948; Elegías para Recordar un Amor, México, 1950; Oración de Enrique González Martínez, México, 1952; Sonetos, México, 1953; Salvador Díaz Mirón, poema, México, 1953; Palabras para cultivas un amor, poemas, México, 1958; Cuando Éramos Niños, poemas, prólogo de Jorge Amado, México, 1958; Memoria de tus Pasos, poema, México, 1961; Amoroso Diseño, poema, México, 1965; Tiempos de Odio, poemas, México, 1967; En el Caos del Sueño, poemas, México, 1968; Las Voces Apagadas, poema, México, 1973; Cicatrices del Viento, poemas, UNAM, México, 1977; Carta de Chicontepec de Tejeda, poema, Xalapa, 1978; Después de la Jornada, sonetos, Xalapa, 1974 (a sus compañeros normalistas de Generación 1929-1934).
Relato: Un sindicato Escolar, novela corta infantil, SEP, México, 1936; Un Camino Abierto, cuentos, México, 1957; Tío Chaco, novela, México, 1964; En los cuernos de un cacique, novela, Xalapa, 1978.
Prosa varia: Homenaje s Sor Juana Inés de la Cruz, México, 1951; Cuatro Jornadas de Líricas, México, 1951; Obra Completa de Lorenzo Turrent Rosas, Xalapa, 1973; Obra Completa de José Mancisidor, Xalapa, 1978-79; Temas Educativos, Xalapa, 1973.
Tiene Bustos Cerecedo, obra inédita.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
LUIS T. CARMONA
Don Luis T. Carmona, destacado maestro, periodista y poeta, nació en el puerto de Alvarado, Ver., el 9 de noviembre de 1886. Fue hijo del matrimonio de don Juan Carmona y doña Guadalupe Cruz Márquez.
Pasó su niñez atraído por el río y los enédanos, común escenario de juegos y travesuras de los pequeños de la época.
Buenos maestros le proporcionaron sus primeros conocimientos: don Salvador Berdón, don Luis F. Zamudio y don Manuel P. Hernández, este último alumno en la Academia Normal de Orizaba, de tres de los cuatro grandes de la reforma educativa liberal de fines del siglo pasado, en Veracruz: don Enrique Laubscher, don Enrique C. Rébsamen y don Manuel M. Oropeza. (El otro, el insigne don Carlos A. Carrillo). Fueron también maestros del niño Carmona de los ilustres extranjeros que radicaban en Alvarado, el español don Juan Manet y el cubano don Luis Montelier.
En la etapa revolucionaria, don Luis T. Carmona participó al lado del don Ángel Hermida Figueroa, en la organización de los obreros y campesinos del municipio de Alvarado –que constituyeron la Cámara del Trabajo- y en la huelga realizada en los talleres ferrocarrileros que entonces funcionaban en la ciudad generosa –años antes de que se expidiera la Constitución de 1917-, y que fue muy sonada en la lucha obrera, por el aumento salarial obtenido, a pesar de la represión ordenada por el Gobierno Federal.
Carmona fue Secretario del primer Ayuntamiento Constitucional alvaradeño, presidido por el citado Hermida Figueroa, y, acompañó a éste, cuando la misma policía sentía temor, a clausurar una casa de juego, regenteada por influyentes tahúres. Y el maestro recordaba a carcajadas los incidentes habidos y la gran cantidad de lámparas de luz para las calles de la población, compradas con el dinero recogido a los jugadores.
En ese cargo, como en todos los ocupados en el magisterio y en el periodismo, se distinguió siempre don Luis T. Carmona, por su responsabilidad, por su apego al cumplimiento del deber, por su firme voluntad de servir y por su honestidad, lo que le conquistó simpatías y respeto por todas partes, aunque también algunas enemistades.
Le gustaba convivir con los sectores más humildes de la población, especialmente el de los pescadores. Por eso, seguramente, supo describir magisterialmente su forma de vida, costumbres, penalidades, etc.
Había empezado su carrera de maestro en plena dictadura porfirista –en 1906- y lo sacudieron hondamente los movimientos precursores de la Revolución, de Cananea, Acayucan y Río Blanco. Primero fue ayudante de la Escuela “Benito Juárez” y, después, ascendió a Director.
Don Luis T. Carmona tuvo siempre un gran sentido del humor y era magnífico platicador. Esto le ayudó mucho en su labor docente, que la hacía amena y atractiva. Se preocupaba mucho por formar generaciones bien preparadas y con buenos hábitos (de disciplina, aseo, puntualidad, respeto a padres, mujeres y ancianos, formalidad, etc.)
En 1918, don Luis T. Carmona fundó con don Lus Hernández Reyes, un colegio particular, que nombraron “Luis F. Zamudio”. Tuvo corta vida el plantel, por dificultades económicas, ya que las cuotas eran reducidas.
En la Escuela “Benito Juárez” laboró hasta el año de 1924 –18 años-, y, más tarde, aunque por un período corto, dirigió la Escuela Nocturna “Vicente Guerrero”.
Desde joven se hicieron patentes sus facultades de escritor, periodista y poeta. Los periódicos locales fueron sus primeras tribunas. Escribió en el “21 de Marzo”, en “Patria”, y en “El Torpedero”, llegando a dirigir los dos últimos. Allí, por supuesto, aparecían sus versos.
Radicando en México fue una de las columnas de otro periódico alvaradeño, aunque editado en la capital, que alcanzó también renombre, “El Arpón”, cuyo director fue Rodolfo Cruz Vera, fallecido recientemente.
Otros periódicos del país y también algunos del extranjero publicaban sus amenos e ilustrativos artículos.
En 1917 editó en Alvarado, con la ayuda de otras personas progresivas, “Cascajos”, antología de poetas alvaradeños, que se distribuyó principalmente en las escuelas. Él escribió la introducción del libro.
En 1948 apareció en México, el libro “La Poesía Alvaradeña”, que se publicó en beneficio del jardín de niños “Ángel O. Hermida”, en la imprenta de los distinguidos profesionistas de las artes gráficas, José Rafael Hermida y Rodolfo Cruz Vera. Entre los vates escogidos para tal publicación, estuvo don Luis T. Carmona.
Don Luis llegó a ser un magnífico escritor costumbrista, de los mejor en toda la cuenca del Papaloapan. Refería con facilidad y hermosura las tradiciones y costumbres de los pueblos, pintaba con acierto a los distintos personajes, desde los más humildes, confundidos en la entraña popular, hasta los más elevados. Escribió mucho sobre la historia de Alvarado y dejó obra inédita, que sus inteligentes hijos María Luisa y Mario –maestros también-, la han guardado celosamente en la ciudad de México, donde vivían con don Luis y con su madre, doña Jovita Lara.
A fines de 1934, don Luis Abandonó Alvarado. Fue llamado a colaborar con el Gobierno del Estado, en Xalapa, primero en el Departamento de Fomento y, luego, en la H. Legislatura.
En 1937 fue invitado a trabajar en la Secretaría de Educación Pública, en la ciudad de México. Laboró con otro maestro alvaradeño que jefaturaba el Departamento de Educación Obrera, don Luis Hernández Reyes. El maestro Carmona se hizo cargo en la Sección Técnica, de las escuelas primarias.
En ocasión del centenario del triunfo alcanzado el 15 de octubre de 1946, en la Barra de Alvarado, contra los invasores norteamericanos, don Luis y los también prominentes alvaradeños, Profr. y Lic. Justo A. Zamudio Vargas y Profr. Francisco de Borja Delgado Figueroa, escribieron un libro –“15 de octubre. Apuntes para la Historia de Alvarado”-, en homenaje a los que lucharon en esa histórica jornada, con muy valiosos documentos que obtuvieron en investigaciones hechas especialmente en la Secretaría de la Defensa; obra que fue reproducida por el Gobierno del Estado a iniciativa de otro alvaradeño ilustre, Octavio Ochoa Ochoa, al inaugurarse el monumento a los héroes de Sotavento en el Fuerte de Santa Teresa, lugar de los hechos. El título con que apareció la segunda edición, -algo ampliada con los documentos proporcionados por el que escribe-, fue: “Alvarado; una batalla por la integridad nacional”. (Ochoa Ochoa, que dirigía la publicación, no pudo ver el libro, por haber fallecido en un accidente el 6 de julio de 1977, tres meses antes de que el C. Presidente de la República develara el monumento).
En México, don Luis T. Carmona continuó escribiendo aportaciones muy importantes de carácter histórico, particularmente de su pueblo, al que mucho quiso, Alvarado.
Fue un hombre modesto, sencillo, noble, honrado a carta cabal, muy agradable –como ya expresamos-, en sus pláticas y charlas. Se pasaba el tiempo sin sentir, escuchándolo. Y por otro lado, muy serio y formal en sus compromisos y responsabilidades.
Su tierra era visitad con cierta frecuencia por don Luis y pasaba momentos muy a gusto con sus viejos amigos.
Falleció en la capital de la República, el día 25 de julio de 1970.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
CARLOS A. CARRILLO
Carlos A. Carrillo, para muchos el más grandes de los pedagogos mexicanos, nace en Córdoba, Ver., en julio 27 de 1855, cuando está en marcha el pujante movimiento revolucionario –iniciado en Ayutla- que va a dar al traste con las estructuras coloniales que con la participación de Agustín de Iturbide, continuaron en la Independencia. Su padre, José Julián Carrillo Tassorello, es un cordobés que ha sobresalido como militante conservador. Su madre, la xalapeña Carmen Gastoldi.
Todavía no cumplía un año el pequeño , cuando sus padres pasaron a vivir a Xalapa, por haber sido designado don José Julián, Magistrado del Tribunal Superior de Justicia. La niñez de Carlos A. Carrillo, es sacudida por la Guerra de la Reforma, la intervención francesa y, el llamado Imperio de Maximiliano que termina con los fusilamientos justicieros del Cerro de las Campanas. Como a sus progenitores, en la adolescencia que se iniciaba, y bajo la influencia recibida en el hogar, debe haberse causado tristeza el triunfo de la República y de Juárez.
Cuando va a la primaria –en el Instituto Xalapeño de don Manuel Castro-, ya sabe leer, escribir y tiene otros conocimientos elementales. Una hermana de su madre, Ramona Gastoldi, y preceptores de prestigio, le han iniciado en el aprendizaje. Destaca en sus estudios y, su inteligencia vivaz choca con los procedimientos de enseñanza que, más tarde, habrá de combatir con excepcional vigor.
De la primaria pasa al Seminario Conciliar, realiza los estudios preparatorios y comienza los de Derecho en atención a los deseos paternos. Los continúa en el Colegio del Estado al clausurarse tales estudios en el Seminario, al ser desconocidos por el Gobierno. Su talento le hace a Carrillo descollar cada vez más, y siendo alumno es nombrado catedrático de Lógica, Cosmografía y cronología. En el Colegio del Lic. Manuel María Rivadeneyra termina sus cursos y también, estudiante todavía, imparte las cátedras de Latín, Matemáticas y Física.
Como catedrático, empieza a aflorar su vocación. Siente la importancia del magisterio. Surge el amor a los jóvenes; piensa, sin duda, en la niñez. Y ya no se recibe al terminar la carrera. Va todavía a practicar al Tribunal Superior de Justicia, donde conoce y es tratado por el Lic. Miguel Serrano, Secretario de la Institución, quien después sería director de la Normal de Puebla y director fundador de la Normal de México. Pero no dura mucho Carrillo en el Tribunal. En el mismo año de 1879 don Ismael Sehara –que en México recibiera orientaciones didácticas de don Manuel Guillé-, abre el Instituto “Pestalozzi”, en sus afanes de establecer la enseñanza objetiva, y el joven cordobés va a trabajar con Sehara. Ya Carrillo ha leído con avidez obras sobre las nuevas corrientes pedagógicas, y en el Instituto “Pestalozzi” se encuentra plenamente a sí mismo. Allí, descubrió “la verdad en materia pedagógica”, según él mismo expresara en una carta a don Ismael. La influencia de Manuel Guillé ejercida sobre Sehara, llegaba hasta Carlos A. Carrillo, más firmemente, pues ya conocía parte de la obra de Guillé, como la de otros precursores de la reforma.
Y al año siguiente, no sabemos si por la salida de Sehara del Instituto, o por sus naturales inquietudes, se une al Lic. Mariano Camarillo para fundar su propia escuela elemental.
Poco dura la experiencia. Su destino está en Coatepec. Un compañero suyo en los estudios de Derecho, el Lic. Dario Rebolledo, lo pone en contacto con un familiar en aquella ciudad, con don Antonio M. Rebolledo, sacerdote propietario de la imprenta “El Álbum”, que se ha distinguido por una extraordinaria labor editorial, entre la que sobresalen libros de educación de Marie Pape Carpenter y los maestros Delon, considerados fundamentales en la reforma educativa.
Surge entre ambos estrecha unión que resulta providencial para la educación que la República desea y necesita. Carrillo, el maestro y, Rebolledo, el impresor, habrán de crear un laboratorio pedagógico y el centro de difusión más sólido, más vigoroso de la reforma didáctica de la escuela mexicana.
Principia 1881 y abre sus puertas el Instituto “Froebel”, que Carlos A. Carrillo, con su hermana Aurelia, atiende esmeradamente. Todo lo aprendido de autores alemanes, franceses, ingleses, norteamericanos, mexicanos y de otras nacionalidades, y su experiencia propia, corta, pero muy valiosa, se concentran aquí para que la reforma educativa sea un hecho en Coatepec. Actividad febril, sin descanso, casi mística. Pocos recursos, en la pobreza, pero con una voluntad de acero que se impone a cuanto obstáculo trata de frenarlo. Ha nacido un apóstol y una combatiente. Combatiente –y tenaz-, contra el viejo sistema educativo; apóstol –y sublime-, de una escuela que nace.
En la imprenta de Rebolledo la obra editorial educativa se intensifica. Prosiguen las obras de Carpenter y Delon, en la colección “Curso de Educación e Instrucción Primaria”, continúan también las ediciones de “Biblioteca Escolar”; más tarde aparecen nuevas colecciones: la de la famosa revista de Carrillo, “La Reforma de la Escuela Elemental” y la “Biblioteca de la Familia” y “la Escuela”. A Carrillo le llegan obras de diversos países y las traduce –conoce diversos idiomas- y recibe también libros de los autores mexicanos.
De él, se publica, apenas abierto el Instituto “Froebel”, su “Prospecto de un Colegio” y, en 1885, “Elementos de Idioma español”.
Otro aspecto en la tarea, es de más trascendencia aún que la importante difusión de los libros; nos referimos al periodístico. Carrillo, con gran visión, sabe lo que significa proporcionar a los maestros, material constante y práctico sobre la reforma. Entonces, poca prensa dedicada a la educación existe en la República. Está el semanario “La Enseñanza Objetiva”, interesante, muy provechoso, pero no es en realidad, esencialmente pedagógico.
Y Carlos A. Carrillo se lanza a lo que parece atrevida aventura. Edita en diciembre de 1883, “El Instructor” y dos años después, en diciembre de 1885, su obra cumbre, “La Reforma de la Escuela Elemental”.
Daniel Delgadillo y Gregorio Torres Quintero afirmaron sobre “La Reforma de la Escuela Elemental” que es “el periódico más genuinamente pedagógico que se ha publicado en nuestro país y que hasta la fecha ningún otro lo ha igualado, ni por forma, ni por la pureza de su doctrina, ni por su material tan selecto como oportuno y lo avanzado de sus ideas y que vivificó con su claro talento, su recto criterio y galano estilo”.
“La Reforma de la Escuela Elemental” fue el mejor auxiliar de los maestros y de allí salieron los famosos “Artículos Pedagógicos” que publicaron Delgadillo y Torres Quintero, y que siguen siendo, en mucho, material vivo para el profesorado. Se convirtió la revista en el propagador más efectivo de la reforma educativa nacional.
Cuando la Escuela Normal Veracruzana se funda, Carrillo imparte las cátedras de Español y Caligrafía, aunque sólo de enero a mayo de 1887, pues renuncia el 31 de este mes; la baja política le había creado una difícil situación.
En 1890, don Miguel Serrano, Director de la Normal de México, que conociera a Carlos A. Carrillo en el Tribunal Superior de Justicia, y que está al tanto de sus méritos –los cuales han volado ya al extranjero- llama al maestro cordobés para que dirija la Escuela Primaria Anexa del plantel citado.
Su prestigio en la capital de la República se eleva aún más. Se le admira, respeta y quiere, especialmente entre los maestros y alumnos.
Participa en el Segundo Congreso Nacional de Instrucción, representando el territorio de Tepic. Es delegado suplente, pero tiene oportunidad de intervenir varias veces en los debates.
A principios de 1882 deja la Anexa de la Normal para dirigir otra escuela primaria e impartir clases de francés en el Conservatorio Nacional de Música. En el mismo año funda la Sociedad Mexicana de Estudios Pedagógicos.
Pero su pobreza y su enfermedad –la tuberculosis- van minando su organismo. Y el 3 de marzo de 1893, antes de cumplir 38 años su vida se apaga, y deja el más grande de los vacíos en la educación de México.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
GUILLERMO CASTAÑEDA ISLAS
Nació en la ciudad de México el 30 de enero de 1922, del matrimonio del Dr. Guadalupe Castañeda Landa y la Profra. Blanca Islas de Castañeda. Pero su vida, desde los seis meses, en que su mamá fue designada Directora de la Escuela Cantonal de Zongolica, la ha pasado –con excepción de un año- en el estado de Veracruz.
Tres años después se radicaron sus padres en Paso del Macho, por haber pasado su mamá a trabajar en ese lugar. Cursó Guillermo hasta el tercer grado de primaria allí, y luego vivió un año con sus abuelitos paternos en Almoloya del Río, Estado de México, donde hizo el 4o. Grado.
Para 1934 se instalaron en Jalacingo, al ser enviada la profesora Islas de Castañeda a reabrir y dirigir la escuela de niñas. Guillermo cursó el 5o. y 6o. grados con los maestros Leopoldo Pineda y Fidencio Jiménez, en Altotonga, donde vivió en la casa de la maestra Mariana Castellanos; los fines de semana los pasaba con sus padres en Jalacingo.
Su infancia fue la común de los muchachos en los pueblos chicos. Hacía travesuras en las calles y en la escuela y, cuando estaban en Paso del Macho, pasó, con otros amigos, el más grande susto de su vida. Iban a buscar frutas y caminando por el puente del ferrocarril, los sorprendió un tren. No había tiempo ya de regresarse y tuvieron necesidad de colgarse de los durmientes; cuando el tren pasó sintieron que terminaba allí su existencia, les parecieron siglos los segundos.
La situación económica de sus padres, le permitió vivir si apuros económicos, aunque modestamente.
Su padre deseaba que él también fuera médico, pero prefirió ingresar a la Escuela Normal Veracruzana en 1936, separándose, por primera vez, en forma radical, de su familia. Era la época del internado normalista y le tocó un dormitorio con alumnos de los grupos superiores, de los cuales no pocos habrían de distinguirse con el tiempo.
De las impresiones que más se le grabaron siendo estudiante, fue cuando se contrató en la Normal a la orquesta de Juan S. Garrido, para un baile famoso, y, coincidió la fecha de la presentación con el fallecimiento de un funcionario de alta jerarquía, por lo que al Gobierno les exigió que pospusieran dos días el evento (de un sábado al lunes). Esa noche entonces Juan S. Garrido llevó serenata a las muchachas y produjo la hermosa canción “Noche de Luna en Xalapa”.
Estando en VI grado, a mediados de 1941, se fue a trabajar a Hueyapan de Ocampo, regresando a fin de año a presentar sus exámenes finales. Se enfermó de paludismo en Hueyapan y ya no volvió. Lo nombraron en la escuela 35 de Río Blanco, donde no lo aceptó el Sindicato Obrero que deseaba colocar a otra persona –quería que fuera a Necoxtla-y, la Dirección General de Educación le extendió entonces nombramiento para la Escuela “Venustiano Carranza”, de Orizaba, que estaba por crearse. Mientras se abría, laboró en Xalapa, en la Escuela “Francisco Ferrer Guardia. Poco después, en Orizaba, le tocó un tercer año con 116 alumnos.
Permaneció en a Escuela “Venustiano Carranza”, seis años y luego permutó con un maestro del puerto de Veracruz, trabajando en la “José Miguel Macías”.
Se distinguió el profesor Castañeda por su dedicación y responsabilidad y por sus afanes de superación. En 1960 ascendió a Subdirector y pasó a la Escuela “Manuel Gutiérrez Zamora.
Por poco tiempo estuvo en la “Benito Juárez” y después lo envió la Dirección General de Educación a la Escuela “María Malard”, donde en 1963 se le extendió el nombramiento de planta, como Subdirector y, dos años más tarde, el de Director.
Al fallecer la querida maestra Consuelito Rosas, quien mucho hizo por las escuelas, pasó a ocupar Castañeda Islas su lugar en la Dirección del plantel a que había llegado a Veracruz, “José Miguel Macías”. Y, finalmente, también por la muerte de otro destacado maestro, Cristóbal Consuegra, pasó a la dirección de la Escuela “Francisco J. Clavijero”, donde sigue en la actualidad.
Identificado con la vida y lucha del magisterio, conoce sus tragedias y sus aspiraciones. Se ha preocupado porque las instituciones, ya sean escuelas u otros centros culturales, lleven nombres de héroes o de maestros, y así, ha sentido profundas satisfacciones cuando se han atendido sus proposiciones, como en el caso de los planteles: “Andrés Montes Cruz”, “Delfino F. Valenzuela”, -cuya vida conoce ampliamente-, “Niño José Luis Ordaz”, “Consuelo Rosas Gil”, “Pilar Stoll de Arciniegas” –una de las primeras educadoras- y Jardín “Elena Martínez Cabañas”.
Considera que hace falta una mayor enseñanza sobre la Historia de México, ya que es penoso que poco sepan los niños de lo que ha sido y es, su patria.
Fue de los fundadores de la Sociedad Mutualista de Profesores, que está por cumplir 35 años de vida; organismo que entrega algo más de medio millón de pesos a los familiares de un profesor, cuando fallece. Fue tesorera permanente de la Sociedad, otra de las grandes maestras veracruzanas, Mariquita Marín.
En la actualidad (1987) es representante de la Sec. 56 del S.N.T.E. ante el Consejo del Instituto de Pensiones.
El maestro publicó un folleto muy interesante sobre Andrés Montes Cruz, uno de los que dieron su vida en lucha contra los invasores norteamericanos de 1914.
Ha escrito en algunos periódicos y revistas y colaborado en la preparación de libros con autoridades educativas.
Maestros de Veracruz
Gobierno del Estado de Veracruz
Secretaría de Educación y Cultura
Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
CARLO ANTONIO CASTRO GUEVARA
Después de 30 años de servir brillantemente a la Universidad Veracruzana, más de diez a la Escuela Normal “Enrique C. Rébsamen”, lo mismo que a Enseñanza Media, y no poco en otras instituciones educativas, el maestro salvadoreño Carlo Antonio Castro se siente tan veracruzano –y así lo sentimos también nosotros- como las personas nacidas en nuestra Entidad.
Vio la luz primera en Santa Ana, República de El Salvador, Centroamérica, el domingo 18 de julio de 1926. Sus padres fueron el agricultor y economista José Cipriano Castro Bernal (1895-1958) y Patricia Gertrudis Guevara Pacheco (1906-1987).
Su interés por la lingüística, uno de los campos en que más ha sobresalido, se lo despertaron en la infancia dos nodrizas indígenas, una quiché, guatemalteca, y otra pipil, salvadoreña; la primera le hablaba en su idioma, y Carlo Antonio empezó desde entonces a familiarizarse con nuestras lenguas americanas.
Asistió al Jardín de Niños de la educadora Julieta Góchez, en Santa Ana; cursó la mayor parte de la primaria en el colegio “García Flamenco”, de San Salvador. No la terminó allí porque su padre, luchador contra las tiranías de Centro América, presidente de un firme Comité Sandinista y admirador de los logros del presidente Lázaro Cárdenas, vino exiliado a México, contribuyendo aquí, entre otros quehaceres, a la fundación de la Unión Democrática Centroamericana.
A partir de entonces, 1938, Carlo Antonio tuvo una segunda patria, la nuestra. En el Instituto Centro América, dirigido por el maestro mexicano don Luis Chaparro, en la ciudad de México, ingresó al sexto año y terminó su primaria.
En las prevocacionales 1 y 5 y en la Vocacional 4, del Distrito Federal, prosiguió su formación, y en 1944 se matriculó en la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas, para terminar como Químico Biólogo en 1948, trabajando al mismo tiempo en los campos de la perfumería, la dulcería y la conservación de alimentos (refrigeración).
Pero su camino era otro, Su vocación lo llamaba por los rumbos distintos y entró a la Facultad de Filosofía y Letras, a los cursos libres de lenguas antiguas y modernas y, definitivamente, a la Escuela Nacional de Antropología e Historia (1949-1954) para dedicarse a las carreras de Etnología y Lingüística, que completó con los cursos especiales de Antropología Social. Hizo varios semestres de náhuatl clásico, náhuatl moderno, otomí, maya e ichcateco. De inmediato se dedicó a las investigaciones de campo, principalmente en los estados de Hidalgo, Oaxaca, Puebla, Chiapas, Veracruz y Tlaxcala, así como en el D.F., maestro fundamental suyo, en las lides antropológicas, fue el ingeniero y etnólogo Roberto Julius Weitlaner, de origen austriaco, chinanteco por devoción.
En el lapso de 1953 a 1957, Castro fue técnico, redactor e investigador del Instituto Nacional Indigenista, participó en los estudios previos a la fundación del Centro Coordinador de la Mixteca Alta, en Tlaxiaco; Director del Departamento de Lingüística del Centro Coordinador Tzeltal-Tzotzil de Chiapas y encargado interino del mismo, maestro en tzeltal del internado del propio Centro, titular de un curso de Lingüística Aplicada sostenido en los Altos de Chiapas por la Escuela Nacional de Antropología e Historia, catedrático de Sociología de la Escuela de Derecho de San Cristóbal, cofundador del Círculo de Estudios Sociales y miembro del Consejo de Lenguas Indígenas. El Gobierno de Chiapas y el Instituto Nacional Indigenista le entregaron un diploma de reconocimiento a su labor entre los maestros rurales, a quienes, entre otras actividades, les impartió un curso de “Lengua y Cultura”. Debe destacarse que Castro aprendió con fluidez la lengua tzeltal, que empleó como traductor e interprete durante varios años.
El primero de febrero de 1958 inició en Veracruz sus labores como maestro de carrera de la Escuela de Antropología de nuestra Universidad. Y se enamoró del Estado. Sus méritos profesionales lo llevaron pronto a la Dirección del plantel, de 1959 a 1963, en el cual fundó la especialidad de lingüística. Al terminar esta función continuó con la primera plaza de la Universidad, enseñando también en las escuelas de Pedagogía, de Letras y de Filosofía, así como, ocupándose de asignaturas en inglés, en la Escuela de Verano, e ingresó como catedrático a la Escuela Normal Veracruzana, donde impartió Geografía de Veracruz e Historia de México. Al mismo tiempo fue de los fundadores de la Preparatoria “Artículo Tercero Constitucional” y de la Secundaria “Miguel Lerdo de Tejada”, en la ciudad de Xalapa.
En el mismo año de 1963 el maestro Carlo Antonio Castro fue objeto de distinciones por parte de los alumnos de la Escuela de Letras y de la Escuela de Antropología de la Universidad Veracruzana, quienes le confirieron sendos diplomas Al Mérito. Y al año siguiente le otorgó un pergamino por sus trabajos de investigación y de proyección cultural la H. Institución de Superación Ciudadana, que presidía el Dr. Gustavo Rodríguez, y de cuya directiva formaban también parte don Pedro Rendón y la maestra doña Eumelia Tello.
En diciembre de 1964 se le nombró miembro de la Comisión encargada del Proyecto de Plan de Estudios para los Centros de Iniciación Pedagógica, de la Dirección General de Educación del estado de Veracruz.
El miércoles 14 de febrero de 1968 pronunció en nombre de la Escuela Normal Veracruzana “Enrique C. Rébsamen” la oración fúnebre durante el sepelio de la distinguida escritora y poetista coatepecana María Enriqueta Camarillo, cuyos libros contribuyeron a la formación del maestro Castro.
Al fundarse en 1970, fue de los integrantes del Consejo Técnico de Enseñanza Media de la Entidad.
En 1974 obtuvo el título profesional de Etnólogo, cum laude, y la Maestría en Ciencias Antropológicas, con la tesis “Dialéctica del compadre-tlacuas”, asesorada por el antropólogo Ricardo Pozas Arciniega.
En septiembre de 1979 hizo en el Centro de Educación Permanente del Instituto Politécnico Nacional, con distintos profesores coordinados por la M. En C. María Luisa Sevilla, el estudio intensivo de Temas Actuales de La Ecología. Como parte de su primer año sabático inició el rescate y el estudio del léxico misanteca, que lo llevó a realizar investigaciones dialectológicas totonacas.
Cuando la Facultad de Antropología de la Universidad Veracruzana celebró en 1982 el XXV aniversario de su fundación, le extendió el reconocimiento a sus “méritos profesionales y su contribución a la ciencia antropológica”, el pergamino de la especialidad de lingüística.
En marzo de 1983 recibió el diploma de la Unión Cívica Xalapeña “como reconocimiento a su desempeño ejemplar y a su labor altamente constructiva, en bien de la sociedad que nos contiene”.
En abril de 1984, la Rectoría de la Universidad Veracruzana lo nombró su asesor para el Diagnostico Académico de la propia institución, en colaboración con los primeros designados por el Consejo Universitario. Castro se desempeñó como investigador, analista y redactor general del Diagnostico Académico de la Universidad Veracruzana, volumen de 173 páginas que, las autoridades universitarias, repartieron entre los miembros del Consejo Universitario.
En abril de 1985 le fue otorgado el diploma de la Facultad de Pedagogía, en si XXX aniversario, “como reconocimiento a su esfuerzo en beneficio de la institución”.
En octubre de 1986, en ceremonia efectuada en el Teatro Clavijero de la ciudad de Veracruz, la Universidad Veracruzana confirió al maestro Carlo Antonio Castro la medalla de oro Al Mérito Académico.
La obra escrita de este mentor es muy amplia y variada. Cuenta con numerosos libros, ensayos, traducciones y artículos periodísticos. Entre los primeros podemos citar: Guía de Castellanización para Tzeltales y Tzotziles, 1956, y Hablemos en Tzeltal, 1955, publicados por el Instituto Nacional Indigenista; Mayultianguis y Tlacoatzintepec, Papeles de la Chinantla, Vol. I, 1954, y Usila, morada de colibríes, Papeles de la Chinantla, Vol. VII, 1973, ambos con Roberto J. Weitlaner, editados por el Instituto Nacional de Antropología e Historia; El Tzeltal Hablado, Norman McQuown, Universidad de Chicago, 1958; Los Hombres Verdaderos, 1959 y 1983, Narraciones Tzeltales de Chiapas, 1965, y Enero y Febrero: ¡Ahijadero!, 1986, editados por la Universidad Veracruzana; Siluetas Mexicanas, 1980, impreso por la Editorial Amate, todas ellas obras antropológicas. También ha publicado textos poéticos: Jaguars (en inglés), Editorial Tlillan Tlapalan, 1960; Intima Fauna (con prólogo de Ermilo Abreu Gómez), Universidad Veracruzana, 1962; Tímido Ulises (en portugués), Panorámica Poética Luso-Hispánica, Lisboa, 1963; Letras, Ediciones del Puente, Jalapa, Ver.; Un poema de David Herbert Lawrence (Mountain Lion Puma), nota y traducción, plaquette, Universidad de Yucatán, 1976; Flor de Antigua Poesía Japonesa, selección, transliteración y traducción, con Norimitsu Tsubura, Universidad Veracruzana, 1983; Poesía Japonesa de Século X. Dimensano, Uberaba, Brasil, 1985, etc. Acerca de la capital veracruzana dio a la estampa un volumen titulado La ruta de las flores, Departamento de Turismo, 1968.
En las actividades teatrales de la Universidad Veracruzana colaboró con Marco Antonio Montero como asesor de dicción en Hamlet, de Shakespeare, y escribiendo los diálogos de fondo en italiano para la puesta de Panorama desde el Puente, de Arthur Miller; con Jorge Godoy, en la discusión pública de La Mandrágora, de Maquiavelo; con el Foro Teatral Veracruzano en la preparación de una canción especial para La boda, de Brecht, y en la adaptación en dos actos de Si bien acaba … ¡Bien!, de Shakespeare. La traducción del Kokinsyu (Siglo X), hecha por Castro y Tsubura, permitió a la actriz Metztli Adamina realizar una adaptación teatral que fue representada en varios escenarios, incluyendo una ocasión especial, analítica, en el Seminario de Teoría del Conocimiento, sostenido por la Dirección de Investigaciones de la Universidad Veracruzana, de cuyo seminario es colaborador en maestro Castro.
Ha contribuido con textos como La Palabra y el Hombre (de cuyo Consejo Editorial es miembro), Texto Crítico, Tlatoani, Yan, Estudios Antropológicos, Cultura Maya, Bibliográfica de Hacienda, ICACH, Cultura, Americana, Frontiers, Nóema, El Buscapiés, El Corno Emplumado, Mexicana de Cultura, Extensión, Boletín de Investigaciones, Cormorán y Delfín, etc. y en diarios como La Opinión, de Minatitlán. Diario de Xalapa, El Gráfico (Suplementos Tinta Indeleble y Enfoques), etc., así como en el semanario Punto y Aparte. En Chiapas publicó 17 números de la revista tzeltal Sk’oplalte Mejicolum, órgano mensual de los promotores culturales, de la cual fue fundador, director y redactor. El Gobierno del estado de Chiapas acaba de editar en un volumen aquella colección, 1987. Cabe agregar que el maestro Castro tradujo a la expresiva lengua indígena el Himno Nacional Mexicano y partes de la Constitución Política de la República, 1955-1956.
Ha publicado en castellano traducciones de varias obras cuyos originales se encuentran en diferentes idiomas, principalmente portugués, tzeltal, inglés y japonés bungo (siglo X).
En el campo de la lingüística ha hecho diversas aportaciones a la semántica mesoamericana y logrado rescates lexicográficos importantes. Con especialidad en la lingüística práctica de las lenguas mayances, ha pasado recientemente a la lingüística totonacana.
Carlo Antonio Castro ha realizado estudios de antropología lingüística aplicada por encargo de diversas instituciones (CONASUPO, INI, SEP, etc.), que saben de su talento y preocupación, y continúa presentando sus servicios a la Universidad Veracruzana como catedrático e investigador, habiéndola representado en algunas reuniones nacionales e internacionales.
Pertenece al Colegio Mexicano de Antropólogos, a la Asociación Latinoamericana de Estudios Afroasiáticos, al Instituto de Intercambio Cultural México –URSS de Xalapa, al Colegio del Idioma Totonaca (del cual es uno de los fundadores), etc. En noviembre de 1986 se le nombró miembro del Patronato de Apoyo para la Conservación y el Mantenimiento de las Instalaciones del Museo de Antropología de Xalapa, A.C., en el que desempeña el cargo de secretario.
El antropólogo Carlo Antonio Castro contrajo matrimonio en 1953 con la maestra Carmen Vargas Delgadillo, nieta del notable educador mexicano don Daniel Delgadillo, habiendo procreado una numerosa familia xalapeña: Carlo Patricio, Metztli Adamina, Carmiña Colomba, Fradique Danilo, Carlota Citlalli y Surya Allegra.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
RAÚL CONTRERAS FERTO
El maestro Raúl Contreras Ferto es, en nuestro concepto, el principal técnico en educación con que cuenta el estado de Veracruz.
Nació el 12 de noviembre de 1912 del matrimonio formado por Ignacio Contreras Maldonado y Josefina Ferto Lizardi. A los dos años, por enfermedad, fue llevado a vivir a Xalapa, primero con su abuelita paterna Celerina Maldonado, y a su fallecimiento, con su tía Hermila Contreras Maldonado quien trabajaba en la Compañía Singer. Al sufrir su tía un accidente y lesionarse un pie, que le impidió por un tiempo seguir trabajando, pasaron a vivir a la casa de unos familiares lejanos.
Para entonces ya Raúl había cursado la primaria –1o., y 2o., años en la escuela “Boza “, y el resto de la Práctica Anexa a la Normal- y se encontraba en 3o., de Secundaria en la Prepa “Juárez”. No pudo continuar aquí, porque el jefe de la casa, lo envió de cobrador a un camión urbano de pasajeros que había adquirido y que fue el primero que hubo en Xalapa. De 6 de la mañana a las 20 horas, con breve intervalo para comer, tenía que trabajar Raúl en su primer enfrentamiento con la vida.
Un padrino suyo, el Profr. Francisco Rincón, convenció a él y a su tía para que dejara el trabajo y siguiera estudiando, y les indicó que en la Normal se otorgaban becas a alumnos. Fueron al siguiente día al ex convento de San Ignacio y con la orientación y ayuda del maestro Alberto C. Licona –que había sido su profesor en la Primaria Anexa- Raúl fue inscrito en segundo año. En cuanto a beca, debía ganársela con sus calificaciones, lo que fue pronto, a los dos meses, en los primeros exámenes. Alcanzó las mejores de su grupo. Y sostuvo siempre la pensión, como que en toda la carrera, siguió siendo de lo mejor del plantel. Su talento, su capacidad y el amor al estudio, con su gran vocación de maestro, que le convertirían en uno de los educadores más sobresalientes del país, se hicieron sentir desde entonces.
En uno de los viajes a Xalapa, su papá le pidió que estudiara para Contador. Raúl no quiso abandonar la Normal, que le atraía con fuerza, mas, para satisfacer a su padre se matriculó también en la Academia Mercantil “Teodoro Kerlengand”. La pagó don Ignacio un año de estudios, después del cual se retiró de la Academia, para volver de nuevo cuando iba en el 5o., año normalista.
A la Normal llegaban ya las inquietudes que sacudían a México y Veracruz. El eco de las demandas campesinas y obreras resonaban ya en los muros del antiguo convento y en el verbo de algunos catedráticos. La sangre de los obreros sacrificados de San Bruno; las luchas de Galván, Cardel, Acosta, Carlón y otros, contra los terratenientes y las guardias blancas, conturbaban a Veracruz entero. No podía la Normal cerrar sus puertas a las angustias revolucionarias. Algunos jóvenes abrieron sus ojos y se adentraron en el agitado panorama social y Manuel Herrera Ángeles y Emilio del Ángel pagaron sus inquietudes en las Islas Marías. Allí creíamos que Contreras Ferto había empezado a formarse ideológicamente. Pero no, el amor y la bohemia le dejaban poco tiempo. Luis Manuel Tello, Julio Di Bella y él, formaron el Trío Huasteco y, en la Normal, y en las calles de Xalapa bajo balcones frente a ventanas coloniales, entonaban las canciones de la época, soñando y endulzando su vida de estudiante.
1993 fue de gran significación para Raúl Contreras Ferto. En ese año se recibió de Maestro y de Contador. En los exámenes de la escuela rebsameniana, presentó una tesis, que hoy reviste acentuada actualidad: “La educación sexual y su finalidad, la eugenesia”. Fue aprobado únicamente y recibió entusiasta felicitación del maestro don Juan Zilli, integrante del Jurado. Buen número de sus compañeros, presentes en los exámenes, lo aplaudieron con calor.
Su generación se llamó “Comunidad Estudiantil Acción y Progreso” y entre sus compañeros podemos citar a Carlos Manuel Vargas, Adolfo Llanas, -quien fuera Director de la Normal- Félix Zutita Velázquez y Enrique Sarabia.
Siguió una etapa que debió haber calado hondo en la mente ágil y abierta de Contreras Ferto. De pronto, inmerso en la dura realidad campesina, comenzó a darse cuenta que no todo es amor y canción en la existencia humana. Fue a dar, por recomendación de su padre que era Jefe de Hacienda en Naolinco, al centro mismo de la contra-revolución agraria, al cuartel principal de las guardias blancas, a la hacienda de Almolonga, propiedad de Manuel Parra y, del Gral. Pablo Quiroga, que por causas que no podemos explicarnos aún, era Secretario de Guerra y Marina en el gabinete del más grande de nuestros gobernantes revolucionarios, y con profunda pasión agraria, Lázaro Cárdenas. Llevó las cuentas del tristemente célebre ingenio azucarero, que en realidad, era una fábrica productora de aguardiente. Vivía bien, pero entre pistoleros y asesinos. Un día descubrió un arsenal en el mismo sitio donde laboraba con armas de diversas clases, sin faltar las ametralladoras, que entonces conoce. Hervía impotente, de rabia, frente a la explotación de los campesinos, palpable en los libros a su cuidado, campesinos que veía dormir en caballerizas. Recordaba en sus preocupaciones algunas clases de los maestros revolucionarios de la Normal.
Sólo permaneció en Almolonga la zafra de 1934. Un empleado de “El Gallo” (la Pierce Oil Co.,) viajaba periódicamente de Xalapa a la hacienda, a surtirla de combustible. Y le propuso Raúl una permuta. Como económicamente salía muy mejorado, el empleado de la empresa extranjera, aceptó. Así Contreras Ferto se estableció como petrolero en Xalapa. Era almacenista y ayudante del Contador.
Entre sus actividades, visitaba las pequeñas tiendas de la ciudad, que vendían productos del petróleo, como la tractolina. En uno de esos recorridos se encontró con su maestro de Primaria y de Normal, quien le había ayudado a ingresar a ésta, Alberto C. Licona. Le hizo una pregunta que le pudo. ¿Cómo le vas a pagar a la Normal lo que hizo por ti?, le indicó. El joven Contreras Ferto le repuso: “Si usted me consigue una plaza en Orizaba o en esa región, mañana mismo me voy”. (Cenizas de un viejo amor estudiantil en Orizaba). El maestro Licona, de inmediato le dijo que al otro día se presentara en la Dirección General de Educación a recoger una orden para trabajar en Santa Rosa (hoy Ciudad Mendoza) donde reclamaban maestros titulados. Y marchó a la región fabril.
Se encargó del sexto año, trabajó también en una nocturna. Así empezaba su vida de maestro. Así entraba al camino de su vocación en ese mismo año de 1934. Estaban en vigor, en la etapa experimental, los programas socialistas de Adalberto Tejeda y Gabriel Lucio, surgidos de aquella histórica Comisión Técnico-Pedagógica reunida en Xalapa en 1932, al igual que se aplicaban en otras escuelas, en Veracruz, Xalapa y Córdoba. Y se vio obligado a estudiar las teorías socialistas. Vio una nueva imagen del mundo y de la vida y, con la ayuda de Miguel Bustos Cerecedo, -nuestro excepcional literato-, con quien vivía y con quien investigaba y preparaba clases (Bustos Cerecedo era profesor de quinto año), su existencia tomó un nuevo rumbo.
Bustos Cerecedo se fue a México a laborar en la Secretaría de Educación, de la cual era titular el Lic. Gonzalo Vázquez Vela y Subsecretario, el maestro Rafael Lucio. Sintió la ausencia Contreras Ferto, pues su nueva ideología y los programas escolares que asustaban a los timoratos, empezaron a crearle problemas, máxime que el director de la escuela, aunque buen maestro, era un reaccionario. El Sindicato textil, influenciado por líderes charros, llegó a pedir su salida de la escuela. Por eso, después de unas vacaciones, Raúl Contreras Ferto ya no volvió a Santa Rosa; se dirigió a México. El maestro Lucio le dio una plaza en Córdoba, donde permaneció un semestre y regresó a la capital de la República.
Vivió con Miguel Bustos Cerecedo corto tiempo, mientras obtuvo trabajo, que le consiguió Carlos Bustos –hermano de Miguel y después Director General de Educación en Veracruz-, en una escuela del Distrito Federal. En esa época sus conocimientos sociales se ampliaron y sus convicciones se consolidaron. Ingresó a la Universidad Obrera de México, que dirigía Vicente Lombardo Toledano, y realizó estudios equivalentes a una licenciatura en Ciencias Políticas y Sociales. Una constelación de lo más brillante que ha dado México, tuvo de maestros: Lombardo Toledano, Jesús Silva Herzog, Narciso Bassols, Víctor Manuel Villaseñor y Alejandro Carrillo, entre otros. Igualmente dos distinguidos maestros de la Universidad de Leningrado: Demetrio Soklov y Vera Ouranova y, un eminente escritor y maestro argentino, Aníbal Ponce. Sus clases, no sólo eran una fuente extensa de conocimientos, era también un verdadero deleite.
En la Universidad Obrera fue Presidente de la Sociedad de Alumnos de la escuela (Superior Obrera “Carlos Marx”) y con tal calidad, le tocó participar en los actos de respaldo a Lázaro Cárdenas, cuando la gesta gloriosa de la Expropiación Petrolera.
De esa época es su primer libro, “Historia Universal”, escrito con Faustino Zelaya, y adoptado pronto como texto, en las escuelas primarias y secundarias. El pago de la Secretaría de Educación Pública, de tres mil pesos, por la obra, le permitió en 1939, realizar su primer matrimonio.
Militó en las filas sindicales y fue de los fundadores de no pocas secundarias en el Distrito Federal, dirigiendo él la “18 de Marzo”. Formó parte también de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) en la cual convivió con figuras tan eminentes como David Alfaro Siqueiros, Silvestre y Pepe Revueltas, Diego Rivera, Clemente Chávez Orozco, Julio de la Fuente, José Mancisidor y Luis Chávez Orozco.
Hombre honesto, fiel a sus ideas, sólo disponía para vivir de sus ingresos como maestro. Y no le alcanzaron en pocos momentos. Así fue como en una ocasión para completar su economía, se hizo de un modesto expendio de leche, que en recuerdo de su tierra, le nombró: “La Abajeña”.
Volvió a su Estado siendo gobernador Adolfo Ruiz Cortines y Director General de Educación el profesor Carlos Bustos Cerecedo. Este último lo designó Oficial Mayor de la Dirección, y luego, Secretario.
En el último año (1950) de este sexenio (con el Lic. Ángel Carvajal como Gobernador, pues Ruiz Cortines se había ido como Secretario de Gobernación al gabinete del presidente Alemán, en 1948 al fallecer Héctor Pérez Martínez el profesor Carlos Bustos Cerecedo se lanzó como candidato a diputado por Chicontepec, y Raúl Contreras Ferto ocupó por primera vez la Dirección General de Educación.
Al llegar a la gubernatura de la Entidad, el 1o. de diciembre de 1950, el Lic. Marco Antonio Muñoz, designo Director de Educación a un compañero de generación de Contreras Ferto, que se había destacado en la ciudad de México, Félix Zurita Velásquez. Este invitó a colaborar a Contreras como Subdirector Administrativo, Zurita Velásquez falleció días después en un accidente, sustituyéndolo Manuel González Jiménez, quien ratificó en el cargo que citamos a Contreras Ferto.
Don Adolfo Ruiz Cortines recibió la banda presidencial del Lic. Miguel Alemán el 1o. de diciembre de 1952, el profesor José Luis Melgarejo Vivanco, uno de los más brillantes intelectuales veracruzanos de este siglo, fue designado Director General de Asuntos Indígenas. Conociendo la valía de Contreras, le pidió laborara a su lado, como Subdirector. Dejó su alto puesto en la Dirección de Educación Estatal y regresó a México. Allí permaneció hasta que el Lic. Antonio M. Quirasco, el 1o. de diciembre de 1956, tomó posesión como Gobernador. Raúl Contreras Ferto, por segunda ocasión, recibió nombramiento de Director General de Educación. Dentro de su fructífera labor, atendió con diligencia el aspecto técnico de la educación y frente a la demanda de maestros en las zonas rurales –a donde iban de profesores buen número de personas con estudios primarios solamente-, fundó los Centros de Iniciación Pedagógica. Publicó una “Guía para el conocimiento individual de los escolares”, con el producto de sus cuidadosas investigaciones realizadas en nuestras escuelas, campo en que Contreras Ferto es reconocido experto. Con motivo del centenario del nacimiento de Rébsamen, reprodujo la edición facsimilar de su famoso Método de Lectura y Escritura.
En el sexenio del Lic. Rafael Murillo Vidal, y principios del de Rafael Hernández Ochoa, el maestro Contreras Ferto desempeñó la Dirección de la Escuela Normal. Por cierto, en una ocasión, el Lic. Murillo Vidal nos manifestó que “casi tuvo que hincársele a Contreras para que aceptara”. En ese período se establecieron en la Normal cursos intensivos de postgraduados, en la época de vacaciones; cursos que duraban tres años, y después han revivido en las universidades pedagógicas. Salió a la luz una muy interesante revista, “Didáctica”, que fue acogida con entusiasmo entre los maestros y las instituciones de educación. Y promovió Contreras la publicación de textos para los alumnos, escritos por los propios catedráticos.
Omitíamos decir que cuando fue a la Normal ocupaba la Dirección de la Facultad Pedagógica, de la Universidad Veracruzana.
El 1 de septiembre de 1983 fue nombrado Subdirector de Planeación de la Unidad de Servicios Educativos a Descentralizar (USED), de la SEP., en el estado de Veracruz, cargo que desempeñó con acierto hasta el 30 de abril del siguiente año, en que cambió la administración de la Unidad.
Además de los libros que hemos citado “Historia Universal” y “Guía para el conocimiento individual de los escolares”, -Contreras Ferto ha escrito “Evaluación de la Escuela Primaria”, “Dinámica de Grupos”, “Estadística aplicada a la evaluación pedagógica” y cuatro obras encargadas por le Universidad Pedagógica Veracruzana, dos sobre Historia Universal, otra sobre evaluación educativa y una sobre dinámica de grupos.
De numerosas distinciones ha sido objeto el maestro Contreras Ferto. Mencionemos dos de ellas: el pergamino entregado por el Gobernador de Veracruz –Lic. Rafael Hernández Ochoa-, el 15 de mayo de 1980; y la presea recibida del Gobierno del Estado de México, que con motivo del escenario de la educación normal en esa Entidad, homenajeó al considerarlo mejor maestro de cada Estado de la República.
En sus alumnos ha despertado siempre mucho cariño y respeto y algunas generaciones llevan su nombre, respeto y cariño del que goza en todo Veracruz y en la República.
Es un técnico de la educación, de los más calificados y, magnífico administrador. En sus pláticas y escritos, sabe manejar la ironía, como muy pocos, y se pasa el tiempo sin sentir, escuchándolo o leyéndolo.
Su valía se esconde tras un carácter sencillo y modesto, y una afabilidad que, a los setenta años, conserva con frescura admirable. Radica tranquilo en Xico, con su segunda esposa, después de haber vivido una solitaria viudez.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
ADOLFO CONTRERAS JÁCOME
Don Adolfo Contreras Jácome, maestro, contador, poeta y conocedor a fondo del idioma, nació en Coatepec el 27 de septiembre de 1890. Sus padres fueron el agricultor y comerciante don Florencio Contreras y la señora doña Isabel Jácome de Contreras.
Vivió su niñez sin problemas económicos, en el hermoso ambiente provinciano, rodeado de huertos y jardines, de su tierra natal. La primaria la cursó, los dos primeros años en la escuela particular del señor Dávila y, el resto, en la Escuela Cantonal “Benito Juárez”, de la cual era Director el esclarecido maestro don Agustín F. Blancas.
En 1906 ingresó a la Escuela Normal Veracruzana y recibió una pensión de 20 pesos mensuales. Presentó su examen profesional para recibirse de profesor de instrucción primaria elemental, los días 24 y 25 de enero de 1910. El trabajo escrito elaborado para el caso, llevó por título “Medios de que debe valerse el maestro para desempañar con acierto su noble profesión”. El 10 de febrero de ese año le fue entregado el título correspondiente.
El segundo título, el de profesor de instrucción primaria superior, lo obtuvo al año siguiente, tras presentar el examen los días 10, 11 y 17 de febrero, desarrollando por escrito el tema “Diferencia que existe entre la enseñanza antigua y la moderna”. En el mes de marzo le fue entregado el citado título.
Terminados sus primeros exámenes profesionales, empezó a trabajar –1 de febrero de 1910-, en la ciudad de Xalapa, en dos instituciones particulares incorporadas: la primaria “Francisco Díaz Covarrubias” y la Academia Mercantil “Teodoro Kerlegand”: En esta última habría de recibirse después como Contador.
A los casi cuatro años abandonó la capital del Estado para continuar sus actividades profesionales en Coatepec. Llegó el 1o. de enero de 1914 a laborar como ayudante en la escuela en que había terminado su primaria, la “Benito Juárez”.
Se distinguió por sus ideas revolucionarias, habiendo estado en contacto y ayudado, en unión de varios amigos, a las fuerzas zapatistas. Seguramente le valió ello y, su labor como maestro, ser escogido para ocupar la Presidencia Municipal de Coatepec, en el año de 1917. Desempeñando tal cargo, el 24 de mayo, casó con la señorita Luz María Baizabal Aguirre.
Terminada su gestión como Alcalde, volvió a su plaza escolar, ascendiendo a Director el 1o. de enero de 1919.
Al mismo tiempo ejercía como Contador, llevando la contabilidad de varias casas comerciales, de las principales de la ciudad.
En 1924 se hizo cargo de la Escuela Granja, de Banderilla, uno de los planteles creados por don Adalberto Tejeda, en su primer período como Gobernador, productos de gran pasión campesina.
En ese año dirigió en el mes de julio un curso corto comercial que se ofreció en Tlacotalpan y en el cual impartió las cátedras de Taquigrafía y Mecanografía, Teneduría de Libros y Código de Comercio y Conocimientos de Mercancías.
El 15 de octubre dejó la dirección de la Escuela Granja, por haber sido nombrado Jefe de Almacén Escolar de la Dirección General de Educación.
Después, en la misma Dirección General de Educación, sería Jefe del Departamento y Secretario. En este último e importante puesto permaneció seis años, y con tal carácter se encargó del Departamento Universitario, de octubre de 1927 a noviembre de 1928.
En febrero de 1928 ingresaría como Catedrático de Castellano –primero y segundo cursos- a la Escuela Normal Veracruzana. Más tarde impartiría nuevas asignaturas: Literatura Española e Hispanoamericana (III Curso), Curso Superior de Español (IV) y Literatura General (V).
El maestro Contreras se convirtió en un destacado conocedor de nuestro idioma, que llegó a dominar bien, por lo que sus servicios en tal campo se extendieron a otras instituciones. Fue maestro de Lengua y Literatura Española en la Escuela Secundaria y Preparatoria de la calle Juárez –única Preparatoria entonces- y de junio de 1937 a enero de 1938 fue Director Honorario de la Escuela de Lenguas Vivas de la Universidad Veracruzana.
Dos años –de mediados de 1933 a mediados de 1935- estuvo fuera del servicio y, el 1 de diciembre de 1940 fue designado por el C. Gobernador del Estado, Lic. Jorge Cerdán, Director General de Educación.
En el ejercicio de tan alta responsabilidad y para atenderla por completo, solicitó permiso en sus cátedras de la Normal y secundaria y preparatoria; a las cuales volvió al entregar la Dirección General en febrero de 1945 al profesor Carlos Bustos Cerecedo. Continuó en ellas hasta la fecha de su jubilación, el 1 de febrero de 1954.
En la Dirección General le tocó al profesor Contreras ser el principal responsable en la formulación de la nueva Ley de Educación, que empezó a regir en el año de 1943 y cuya redacción se encargó a una comisión por él presidida, en la que figuraban el Dr. Manuel Suárez, Jefe del Departamento Universitario y al maestro Manuel C. Tello, Director de la Normal.
Los servicios del maestro Contreras fueron aprovechados también como Presidente y Director del Consejo Técnico Administrativo del Seguro Social del Magisterio Veracruzano, del cual fue fundador en 1944, sustituyéndose al Seguro del Maestro que se había creado lustros atrás.
Siendo Director General representó a Veracruz en el Congreso Nacional de Educación, que se efectuó en México los días del 10 al 16 de enero de 1943.
Don Adolfo Contreras, fue, además de maestro, un poeta de singular sensibilidad. Le gustó cantar a la naturaleza, a nuestros héroes, a la mujer. Y compuso un hermoso poema, “La Primavera”, al cual le puso música don Juan B. Rebolledo e instrumentó don Juan Lomán. Escribió igualmente un Himno a Veracruz. Publicó un libro de poesías, “Policromías”, y dejó otro, inédito, que conserva su esposa.
En 1931 le fue concedido el segundo lugar –Medalla de plata y diploma- en el concurso literario convocado por la Junta de Administración Civil de Xalapa, La Gran Logia Unida Mexicana y la Cámara de Comercio, en honor de don Benito Juárez.
Natural que hubiera escrito sobre literatura, que mucho le apasionaba. Dos libros dedicó a sus alumnos: “Introducción a los Estudios Literarios”, en 1932, -dedicado igualmente a don Adalberto Tejeda, “revolucionario de vanguardia y fuerte propulsor de la cultura veracruzana”- y, “Epítome de la Métrica Castellana”, en 1940.
Otros libros: “Una cacería en Canadá” (las Memorias de don Julio Estrada), “Casas para campesinos”, “Algo sobre Hidalgo” y “Folletos para campesinos”.
Colaboró el maestro Contreras en varios periódicos y revistas.
En las Bodas de Plata de la Escuela Normal Veracruzana recibió una medalla del plantel, con la impresión de la fachada del primer local normalista. Y en las Bodas de Oro los alumnos de la Generación 1927-1932 le entregaron un diploma de honor.
Don Adolfo Contreras fue un hombre reposado, medido y equilibrado. Buen padre y buen esposo. Procreó en su matrimonio cinco hijos: dos de nombre Adolfo –uno falleció muy pequeño-, Isabel, Luz María y María del Rosario.
Murió en Xalapa, Ver., en 18 de octubre de 1978.
Maestros de Veracruz
Gobierno del Estado de Veracruz
Secretaría de Educación y Cultura
Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
NICOLÁS CORTÉS GUZMÁN
Nicolás Cortés Guzmán ha sido considerado como el más destacado maestro en la actualidad, en el estado de Veracruz, para la organización de eventos masivos –culturales y deportivos- y, en el país ocupa uno de los lugares privilegiados en ese campo, al grado que, desde hace tiempo, es llamado para preparar y desarrollar los actos de inauguración y clausura en los Juegos Deportivos Nacionales de los Institutos Tecnológicos, que son de los más brillantes en la República entera.
Nació en Zitácuaro, Mich., pero desde que tenía cinco años de edad, sus padres Nicolás Cortés y Esparza, y Elvia Guzmán de Cortés, pasaron a radicar a la Entidad veracruzana. Familia humilde, pero idealista el jefe de ella, y maestro normalista y de canto doña Elvira, lucharon con tesón por educar a sus hijos (Nicolás el cuarto), cuatro de ellos, mujeres, logrando formarlos con responsabilidad e inquietudes de servicio social. Tres de las mujeres son maestras y una, obstetra.
Vivieron más o menos un año en Orizaba y luego en Xalapa, donde Nicolás cursó su primaria en las escuelas “Abraham Castellanos” –hasta 4o. año- y “Revolución”. En este último plantel fueron sus maestros de 5o. Y 6o. grados, Salvador Melgarejo y Jesús Cabrera, teniendo de todos sus profesores magníficos recuerdos.
Su niñez fue con apuros económicos, por lo que tuvo que trabajar, especialmente vendiendo periódicos.
En 1944, tras pasar el examen de admisión ingresó a la Escuela Normal Veracruzana “Enrique C. Rébsamen”, formando parte de la generación “Comandos”.
Continuó trabajando igualmente. Aprendió algo de zapatería y, además fontanería, e iba con su padre a cultivar un terreno que le habían facilitado. Esto no fue obstáculo para que su estancia en la Normal, la viviera intensamente y le quedaran en su memoria muy gratas impresiones. Afirma con énfasis que toda su vida profesional, en los aspectos pedagógico, cultural y deportivo, es producto de su formación en el plantel rebsameniano. Desarrolló amplia labor en el Ateneo Normalista, fue de los fundadores del grupo teatral “Thalía”, miembro del Orfeón que dirigía el maestro Trinidad Juárez, activo participante en la educación física y, por cuatro años, capitán del equipo de base ball de la escuela.
La generación nombró su padrino al preclaro educador, don Adalberto Lara, “cuyo ejemplo –dice Nicolás- fue determinante para todos”. Recuerda que tuvo maestros muy distinguidos, entre ellos, Luis (don Guichito) Martínez Murillo, Juan Zilli, Adolfo Contreras, Dr. Ezequiel Jiménez, el “Teacher” Murillo, Aureliano Hernández Palacios y Carlos Manuel Vargas.
La educación física ya le despertaba mucho interés y sobre su importancia en la escuela primaria, elaboró su tesis profesional, bajo la asesoría de otro maestro destacado, Jesús Fuentes de la Cadena.
Al salir de la Escuela Normal se fue a México, pues deseaba estudiar arte dramático, pero sólo estuvo tres meses, pues ese tiempo duró el interinato que consiguió como maestro de primaria, y tenía necesidad de trabajar.
Fue entonces cuando llegó al puerto de Veracruz, donde habría de quedarse definitivamente. El Inspector Escolar, maestro Enrique Sarabia Bustamante, lo nombró en la escuela del Reloj (hoy “Vicente E. Barrios”), permaneciendo allí 27 años, desde 1950 a 1977.
Al fundarse la Escuela Normal de Educación Física, en 1960, ingresó terminando los estudios tres años después. Perteneció a su primera generación. Su paso por esta escuela le ha sido igualmente muy útil en su vida magisterial. En la escuela “Barrios”, de la que fue Sub Director, se encargaba de los actos cívicos y sociales y, por otro lado, las autoridades municipales lo comisionaban también en la organización de eventos de esta índole, labor que hacía con mucho gusto, aun cuando no disfrutaba de algún nombramiento o compensación especial. Fue coordinador de los eventos especiales con tres Ayuntamientos, los presididos por los señores Mario Vargas Saldaña, Dr. Román Garzón Arcos y Lic. Juan Maldonado Pereda.
Tuvo un paréntesis en la primaria por haber sido nombrado Jefe del Departamento de Educación Física, en una época brillante de la Escuela Normal Veracruzana. El director de ésta, profesor José Acosta Lucero, se interesó en llevarlo a la casa de donde había estudiado, y él aceptó, pero sólo por poco más de un año –1965 y parte de 1966-, ya que sentía la necesidad de permanecer en el puerto jarocho.
Abandonó la escuela “Vicente E. Barrios” en 1978, al ascender, por auténticos méritos escalafonarios, a Director, encargándosele la escuela “Julio F. Rebolledo”. Con el apoyo del personal docente, se efectuaron arreglos al edificio escolar y se adquirieron equipo y mobiliario, que hacían falta.
Por otro lado, venía actuando como catedrático, a nivel normal. Al ampliar el colegio “La Paz” sus actividades a este nivel educativo, en 1958 y la directora de la Institución Profra. Josefina Palacios, pidió al ameritado maestro Enrique Sarabia que se lo organizara, éste invitó a Cortés Guzmán a formar parte del profesorado e impartió “Higiene Escolar” y “Problemas Políticos, Económicos y Sociales de México” y, posteriormente, “Teatro Escolar” y “Educación Física”: Continúa allí, con el cargo de coordinador de actividades de educación física, cívicas y sociales.
También prestó sus servicios como catedrático de Educación Física, de 1967 a 1975, en la secundaria federal “Teniente José Azueta”, presidiendo durante el año de 1971 la Academia Estatal de Educación Física “Tabasco Veracruz”.
Invitado por el Ing. José López Medina, quien era director – y conocía su capacidad y espíritu creativo- Cortés Guzmán ingresó al Instituto Tecnológico de Veracruz, en 1975, donde fue Jefe del Departamento Extra Escolar, y, al realizarse una reforma administrativa, se le designó coordinador cultural, puesto que desempeña hasta la fecha.
Pronto se convirtió en Asesor o Coordinador de los Eventos Especiales (Nacionales) de la Dirección General de Institutos Tecnológicos de la Secretaría de Educación Pública, y se le encargó de la organización de las fiestas masivas de los Juegos Deportivos Nacionales de los Institutos, que se llevan al cabo al inaugurarlos y clausurarlos. Eventos plenos de colorido y disciplina, de ritmo, belleza, alegría, que se han hecho famosos en el país. Los ha preparado en Veracruz (2 veces), Culiacán, Querétaro (2 veces), Tijuana, Puebla, Aguascalientes, Torreón, Mérida y San Luis Potosí. En este último lugar se organizaron el año pasado (1987) y Nicolás Cortés fue objeto de una muy especial distinción, de parte del Consejo Nacional de Directores de Institutos Tecnológicos, presidido por el Director General, Ing. Juan Leonardo Sánchez Cuellar y del cual forma parte el Sub Secretario de Educación Dr. Manuel Ortega, quien personalmente le entregó una placa con muy estimulante leyenda.
Como es natural, diversos organismos han buscado la colaboración de Cortés Guzmán y, a pesar del poco tiempo disponible, siempre está muy bien dispuesto para servir. Así, ha cooperado por más de diez años con el Comité de Carnaval de Veracruz, tomó parte en la celebración de los 450 años de la fundación del puerto (1969), fue coordinador general de la convención internacional de Bomberos, al celebrarse el centenario de la fundación del heroico Cuerpo Veracruzano (1970), y de las jornadas sobre la vida y obra de don Benito Juárez, en el centenario de su fallecimiento (1972), miembro del comité organizador de la recepción de Veracruz, del fuego olímpico (1968), y coordinador de ceremonias protocolarias de inauguración y clausura de los Juegos Infantiles y Juveniles de la Secretaría de Educación Pública, en sus fases estatal y nacional.
Le ha tocado organizar o participar en grandes recepciones de nuestro país a visitantes distinguidos de otras naciones, como el Mariscal Tito, de Yugoslavia y los reyes de España y la reina Isabel de Inglaterra.
No han faltado embajadas culturales al extranjero, en plan de acercamientos y promoción del folklor nacional y veracruzano, con grupos artísticos del Estado y del Instituto Tecnológico de Veracruz. Pueden citarse las actuaciones en Quetzaltenango, Guatemala, con 40 personas, en Corpus Christi, Texas –2 ocasiones-, con 80 personas en Laredo, Texas, también con 80 personas en Caléxico con 40, en Harlingen- 3 veces- y en Brownsville, con 110.
Infinidad de diplomas y otra clase de reconocimientos ha recibido el maestro Cortés Guzmán, citemos algunas de las autoridades e instituciones que se los han entregado: Ayuntamientos de Quetzaltenango, Guatemala, Culiacán, Sin., Querétaro, Qro., Tijuana, B.C.N., Puebla, Pue., Aguascalientes, Ags., Veracruz, Ver., Ciudad Juárez, Chih., Torreón, Coah., y Mérida, Yuc., Gobernador del Edo. De Texas, Concilios de El Paso, Tex., y de Harlingen, Tex., Confederación Deportiva mexicana, Movimiento Cultural del Magisterio, Federación Internacional de Educación Física, Asociación Nacional de Jefes de los Cuerpos de Bomberos de la República, Instituto Tecnológico de Veracruz, Sociedad de Padres de Familia de la escuela “Vicente E. Barrios”, Colegio “La Paz”, de Veracruz, Ballet Folklórico “Panoayán”, del I.T.V., Eventos Pro-Juventud del Club Rotario de Veracruz y The United States Joyces, de Harlingen.
El maestro Cortés Guzmán se jubiló en el sistema estatal en 1981, pero sigue colaborando entusiastamente cuando se ofrece, hace poco, al celebrar el S.E.T.S.E. su 20 aniversario, organizó extraordinario festival en el Estadio Xalapeño, que recibió elogios por todas partes, comenzando por el C. Gobernador del Estado, don Fernando Gutiérrez Barrios, que acudió al evento.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
GENOVEVA CORTÉS V.
La maestra Genoveva Cortés nació en el puerto de Veracruz el 3 de enero de 1869; fue la primera hija de don Feliciano Cortés y doña Julia Valladares de Cortés.
Hizo sus estudios primarios en el Colegio “Esperanza”, fundado por la Logia Masónica del mismo nombre, y en el Colegio del Estado. Posiblemente fue alumna, en el primero, del maestro alemán y reformador de la educación mexicana, Enrique Laubscher.
En aquellos años, quienes deseaban trabajar de maestro solicitaban un examen a las autoridades municipales, las cuales nombraban un jurado para realizarlo. Así sucedió con Genoveva, y así pudo ingresar al magisterio. A los 16 años de edad fue designada ayudante de una de las escuelas de Veracruz.
Poco tiempo desempeñó su empleo. En 1889 alcanzó un alto honor: fue la primer mujer que ingresó a la Escuela Normal Veracruzana, que a fines de 1886 fundaron el gobernador Juan Enríquez y el maestro Enrique C. Rébsamen, para formar maestros que pudieran aplicar la Reforma Educativa que se había iniciado, en la práctica, en la Entidad. No le importaron a Genoveva los ataques de herejía que el clero, y los conservadores en general, lanzaron al plantel. Y siempre guardó gratitud a Enríquez y Rébsamen, por haberla aceptado, pues la Normal se había creado sólo para jóvenes del sexo masculino. Cuando en 1982 recibió su título le expresó al Director de la Normal tal reconocimiento, en sentida carta, y en 1907, cuando en la Normal de México se conmemoró el 3er. aniversario de la muerte de Rébsamen, ella pronunció uno de los discursos, cuya emotividad reflejó el gran cariño y respeto que le profesaba.
De las materias de los tres años de estudios como Profesora de Primaria Elemental, fue examinada los años 1889, 1890 y 1891. Su examen profesional se efectuó los días 19, 20, 21, 22, 27, 28 y 29 de julio. En la disertación escrita le tocó desarrollar el tema No. 10 que era “Medios de que dispone la Escuela para la Educación Física”.
El entusiasmo de Genoveva por su profesión, fue calmado por sus padres, que debido a la tradición, se oponían a que trabajara, y más si para ello tenía que abandonarles.
Por eso su vida se desarrolló en el hogar paterno hasta 1905, en que al fin, los autores de sus días accedieron a que fuera a México, ante la insistencia de las autoridades educativas federales, que sabían de ella por los informes que Rébsamen les proporcionó cuando fue llamado a dirigir la enseñanza Normal.
Genoveva fue designada catedrática de la Normal de Señoritas, llegando a destacar en sus clases de Metodología, que le conquistaron gran simpatía y respeto. Al ser nombrada, la revista “La Enseñanza Normal” dijo en su número 10, del 8 de junio de 1905: “Es una de las discípulas del distinguido pedagogo señor Rébsamen, que más sobresalieron por el éxito de sus estudios durante los primeros años de la fundación de aquella acreditada Escuela”. (Normal de Xalapa).
En 1908 fue nombrada Directora de la Escuela Primaria Anexa a la Normal, responsabilidad que cumplió también con especial acierto. Desempeñó tal cargo, fue miembro del Consejo Superior de Educación Pública.
Su inteligencia, entrega, vocación y capacidad, reconocidos por todo el país, la llevaron en 1912 a la Dirección de la Escuela Normal para Señoritas, donde siguió su brillante carrera profesional.
Laboró también en escuelas secundarias y dirigió el Colegio Mexicano. En 1935 se desempeñó como Inspectora Escolar de Primaria en el Distrito Federal. Apasionada por su profesión, continuó en ella hasta 1946, cuando ya tenía 78 años. En el mes de mayo, tras recibir la medalla al mérito “Ignacio M. Altamirano”, pasó a disfrutar de su jubilación.
Antes, su Estado, Veracruz, le había distinguido también con una presea. Fue en el año de 1942.
La maestra Genoveva Cortés Valladares falleció en México el 17 de marzo de 1957.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
OCTAVIANO CORRO RAMOS
Nació en Cosamaloapan el 22 de marzo de 1913 del matrimonio formado por el señor Bernardo Corro Zamudio, quien era ejidatario del Arroyo del Obispo, y la señora María Ramos de Corro, dedicada a las labores del hogar.
En la Escuela “Manuel Carpio”, cursó sus estudios primarios y, después –en 1929- fue a la Escuela Normal Veracruzana. Su ingreso a ésta hizo patente una de las facetas de su carácter: las dificultades no sólo no le arredran y amilanan, sino que lo crecen y le doblan sus empeños propósitos. Lo reprobaron en la prueba de admisión y de inmediato solicitó un nuevo examen, “pues sería muy triste para mí –expuso-, volver las espaldas vergonzosamente donde días antes pusiera la mirada en busca de nuevos horizontes”. Se lo concedieron y no sólo aprobó, sino que conquistó una pensión.
En la Normal saboreó numerosas satisfacciones. Una de ellas, al cursar el cuarto año, haber recibido por parte de los maestros Juan Zilli y Daniel Ariza –Director y secretario, respectivamente-, un diploma, por su libro de poesías “Pórticos”, cuando ya su vena literaria hervía en emociones. El último año de sus estudios fue de los que encabezaron las calificaciones; la mínima resultó de 90 (en Sociología) y en cuatro asignaturas obtuvo cien, además de en conducta.
En Villa Azueta inició su vida de maestro, permaneciendo allí en año de 1935. Al siguiente pasó a Minatitlán como Director de la Escuela “Enrique C. Rébsamen”. Y en 1937 para satisfacer una urgente necesidad, fundó la Escuela Secundaria “Minatitlán”. Encontró hostilidad, y su respuesta fue pugnar con mayores bríos por la realización. Tras casi un año de esfuerzos dotó al lugar del plantel, que sería básico en su desenvolvimiento cultural. Al paso del tiempo, han tratado de ponerle su nombre, a lo que el maestro Corro se ha opuesto rotundamente. Hoy es Escuela Secundaria y Preparatoria.
Dejó la ciudad petrolera al trasladarse a Xalapa en 1943, en que fue nombrado Secretario del Colegio Preparatorio, como consecuencia de la eficaz labor desarrollada hasta entonces. Igualmente desempeñó las cátedras de Historia y de Literatura. El mismo año representó al estado de Veracruz, en el Cuarto Congreso Mexicano de Historia, celebrado en Xalapa, dentro de los festejos del centenario de la Escuela Preparatoria que fundara el ilustre don Antonio María de Rivera. Entre otros veracruzanos distinguidos formaron parte igualmente de la delegación José de Jesús Núñez y Domínguez, Profr. José Luis Melgarejo Vivanco, Ing. Juan José González, Rubén Pabello Acosta y Lic. Víctor G. Piña. Al año siguiente, formó parte también de la representación de Veracruz, en el Quinto Congreso de Historia, que se realizó en Guanajuato. Aquí presentó uno de sus libros, “El Cantón de Cosamaloapan”, obra indispensable para los estudios de la historia de la región y en general del Papaloapan. Los doctores Manuel B. Trens y Miguel Domínguez Loyo, miembros de la Delegación veracruzana y muy preclaros historiadores, lo señalaron como guía para los investigadores de la provincia.
La Dirección General de Educación Popular lo designó en 1945 Jefe del Departamento de Extensión Cultural, donde había empezado a desarrollar una brillante labor, cuando el Gobierno del Estado requirió sus servicios para resolver un problema político en Villa Azueta. Hubo necesidad de nombrar un Concejo Municipal y al profesor Corro Ramos se le puso al frente (años de 1946 y 1947).
Su actuación honesta y fructífera hizo que sus paisanos se fijaran en él para las elecciones municipales en 1948 y lo eligieron Presidente. El trienio 1949-1951 en que sirvió a su pueblo es uno de los mejores recordados en la historia del municipio. El cariño y el respeto de que el maestro Corro gozaba, se fortalecieron en esos tres años. Ha sido el Presidente que más dinero dejara en caja al salir, y sin deuda de especie alguna. Se extrañaron mucho, además, de que rechazara guardaespaldas y de que siguiendo su costumbre de siempre, no usara, ni un solo día siquiera, pistola, aun cuando le obsequiaron varias. Una de ellas, por cierto, bellísima, le fue regalada por don Adolfo Ruiz Cortines. Octaviano Corro no sabe manejar las armas de fuego. Sus armas principales han sido la elocuencia, que convence, y la pluma que ilustra y emociona.
Al mismo tiempo de la Presidencia Municipal, organizando su tiempo con disciplina y orden, pudo atender la dirección de la Escuela secundaria.
De 1955 a 1957, Octaviano Corro se encargó de un puesto de gran relevancia, especialmente en esa época, en nuestro Estado, el de Coordinador General de las Juntas de Mejoramiento, Moral, Cívico y Material. Se encauzó entonces con magníficos resultados la colaboración ciudadana en la vida de la Entidad, se vigorizó sensiblemente el espíritu cívico y se impulsó la veneración a los héroes nacionales y a los valores culturales del Estado y del país.
Para el trienio 1958-1960, los electores de su distrito, lo llevaron como diputado al H. Congreso de la Unión, como candidato del PRI al que siempre ha pertenecido, sobresaliendo en la XLIV Legislatura. Presidió las comisiones de diputados que asistieron en representación de su Cámara a los informes de los gobernadores Álvaro Obregón, de Sonora y Téofilo Borunda, de Chihuahua.
Por largo tiempo volvió después a su tierra natal, dedicándose a escribir algunos libros y a actividades periodísticas. Dirigió los periódicos “Progreso” y “El Impulsor”.
La Dirección General de Educación Popular lo volvió a llamar en 1975, y lo nombró Inspector Escolar de la XXVI Zona (Cosamaloapan), donde se desempeñó con singular acierto, cargo que dejó por haber sido electo diputado a la Legislatura local.
Por una de esas paradojas que a veces surgen en la vida, a Corro Ramos, que es uno de los más prestigiados egresados de la Escuela Normal Veracruzana, le fue impedido el honor de dirigirla. Estando en la Gubernatura del Estado don Adolfo Ruiz Cortines y en la Dirección General de Educación Popular el profesor Carlos Bustos Cerecedo, se le extendió nombramiento como Director del plantel rebsameniano, pero en la madrugada del día en que iba a tomar posesión le fue recogido. El Sindicato de Catedráticos se opuso, argumentando que el Director debía salir de su seno, y el Gobernador para evitar un choque, dio marcha atrás. Algunos de los más talentosos directores que ha tenido la Normal, no hubieran podido serlo, si se hubiera razonado en la misma forma.
Algo parecido sucedió en la Universidad. Era Gobernador del Lic. Marco Antonio Muñoz, y Rector el Lic. Ezequiel Coutiño. El maestro Corro había sido designado Secretario General de nuestra máxima Casa de Estudios. Pero los estudiantes, según se nos dijo, inducidos por quienes deseaban el puesto, expusieron que el Reglamento establecía, preferentemente, para el Secretario General de la Universidad, el grado de Doctor, o mínimo, de Licenciado, y amenazaron con una huelga. Octaviano Corro, a los diez días de su actuación, presentó su renuncia irrevocable.
El maestro Corro es un conferencista de primer orden. En diversas instituciones de cultura y en reuniones de maestros, especialmente, ha desarrollado temas de educación y de historia, en forma amena, y, en los últimos años, en la celebración del centenario de la Reforma Educativa Liberal, ha sido uno de los más activos colaboradores, en el citado aspecto.
Numerosos libros ha publicado. El ya citado “El Cantón de Cosamaloapan”, “Papeles para la historia del Papaloapan”, “Historia de la enseñanza normal en Veracruz”, “El general Miguel Alemán y su vida revolucionaria”, “Los Cimarrones en Veracruz y la fundación de la República de negros de Amapa”, “Juan Malpica Silva, un faro en la tormenta”, y las novelas costumbristas “Vidal Tenorio”, hizo que fuera llevado a la pantalla, protagonizando las figuras principales, Tito Guisar y Alicia Caro.
Su modestia le ha hecho rechazar homenajes, pero no ha sido posible eludir algunas distinciones, entre ellas, los diplomas otorgados por el Ayuntamiento y la Junta de Mejoramiento, Moral, Cívico y Material de Cosamaloapan, -por la obra cultural en el municipio-; por el Gobierno del estado de Veracruz –por su obra educativa-; por la Universidad Veracruzana en ocasión de la conferencia que ofreció en la Feria del Libro en 1943, en el Distrito Federal; por el Consejo Nacional de Publicidad, como Director del semanario “Progreso”; por la Dirección General de Educación Popular, por el Centro de Educación para América Latina y por los Congresos 4o. y 5o. Mexicanos de Historia. Otro de los más apreciados por él, fue el ya citado que recibió estudiando en la Normal, por su primer libro “Pórticos”. En Minatitlán, en 1896, se le hizo cálido reconocimiento con motivo del cincuentenario de la secundaria que él fundó.
En la actualidad es Cronista Oficial de la ciudad de Cosamaloapan, donde vive feliz con su esposa, la inteligente y guapa señora Juliana Chacón, con quien procreó una hija, la hoy doctora Isandra Corro Chacón, casada con el Dr. José Altamirano Ríos, quienes les han dado cuatro nietos, aumentando la dicha de los dos hogares.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
CARLOS CRUZ PALMA
Carlos Cruz Palma –maestro y poeta-, nació en Cosamaloapan el 25 de febrero de 1916. Fue hijo único de Carlos Cruz Valenzuela –maestro y poeta también- y Carmen Palma. Tuvo la desgracia de perder a su madre, cuando sólo tenía 8 meses de edad. Entonces pasó a vivir con sus abuelitos paternos Carlos Cruz Espinoza y María Valenzuela.
Cursaba su primaria en la Escuela “Manuel Carpio”, de su ciudad natal, pasó en 1930, becado por el municipio, a la Escuela Normal Veracruzana. Apareció en este plantel, su vocación literaria. Sus primeros poemas los editaría en el libro “Haschich”, el estudiante José Luis Melgarejo Vivanco, en la misma Normal, poco después de haber salido Cruz Palma de las aulas.
En 1934, estando en V año, se despidió al viejo convento de San Ignacio, donde Enríquez y Rébsamen fundaran en 1886 la famosa institución. El gobernador Gonzalo Vázquez Vela, dentro de la revolucionaria reforma educativa, construía un nuevo edificio normalista en que varios estudiantes, en el primer semestre, salieron a trabajar. Entre éstos se encontró Carlos Cruz Palma, quien fue a la Primaria de Zempoala y poco después a Cosamaloapan, sólo que Carlos ya no regresó al reanudarse las clases en la Normal en el mes de julio. Lo hizo hasta diciembre, en que fue a presentar sus exámenes.
En su breve estancia en Zempoala dejó su segundo libro “La Hojarasca de Cristal”, el cual fue recuperado más tarde por quien se convirtió en estímulo y aliento de su obra poética, el profesor José Luis Melgarejo.
Terminados sus estudios de profesor, regresaría –como ayudante en la Escuela “Carpio”-, a Cosamaloapan, ascendiendo poco después a Director. Pero poco permanecería ya en su tierra, pues en los primeros meses de 1937 fue a laborar a Otatitlán y luego a Tierra Blanca, donde estaría 18 años.
Junto a la atención de los niños, Cruz Palma seguía escribiendo versos, que a veces decía entre los amigos con quienes compartía su vida inquieta y bohemia.
En 1938, el diario “El Nacional”, convocó a un concurso para escoger al mejor poeta de México. Hubo voces a favor de la inscripción de Cruz Palma, una de ellas en, posiblemente la mejor revista de esa época, “Revista de Revistas”. Y fue inscrito. Ganó don Jaime Torres Bodet, pero dos poesías del maestro y bardo cosamaloapeño, “Bohemia” y “La Bailarina Desnuda”, aparecieron en la antología que “El Nacional” publicó al respecto.
En el año de 1955 se trasladó a México y laboró en la Dirección General de Alfabetización de la Secretaría de Educación Pública. Colaboró, además en algunos periódicos y revistas. Y al siguiente año se radicó –y sería en forma definitiva-, en la ciudad de Xalapa. Laboró primero en el Departamento de Juntas de Mejoramiento Moral, Cívico y Material que jefaturaba el profesor Octaviano Corro; y, después como Oficial Mayor en el Instituto de Pensiones.
Volvió al servicio educativo al principiar 1960. Ingresó como catedrático de Matemáticas a la Escuela Técnica Industrial, y allí permanece todavía, con el cariño y el respeto de padres, maestros y alumnos.
Hace pocos meses se le otorgó una medalla por el aprovechamiento demostrado por sus alumnos en un concurso. Por otro lado, ha sido objeto de diplomas y distinciones de otra naturaleza que le alientan y estimulan en el cotidiano bregar. (Estas líneas fueron escritas antes de su retiro).
Su obra poética, salvo “Haschich”, está inédita. La forman la ya mencionada “La Hojarasca de Cristal” (de su juventud), “Puños”, que incluye poemas de carácter social y “Diversos” con prosa, artículos periodísticos y polémicas.
“Bohemio”, su quizás más conocida poesía, es canto a una aventura pasajera:
“Yo detuve mis pasos a mitad del camino
a comprar muchos besos y una jarra de vino”.
Y casi al final:
“Y cual un usurero que comercia con gemas.
Yo cambié aquella noche mis mejores poemas.
Por los besos lascivos de tan bella muchacha
Que besé locamente cuando estaba borracho”
No todo, por supuesto, es sensualidad:
“Doblegar yo no suelo
puño ni testa
y contra la injusticia
va mi protesta”.
Rezan los verso primeros de, precisamente “Protesta”, que termina con su profesión de fe en un mundo más justo y hermoso:
“Pese al festín macabro
que hay en las fosas
las nuevas primaveras
tendrán más rosas”.
De “Alma”, son estos nobles alientos:
“-Cóndor o brizna o torbellino- sube
más allá del volcán y de la nube!
Persevera; combate mil prejuicios
de mal llamadas razas superiores;
no te cieguen del triunfo los fulgores;
sé limpia, sin burdos artificios”.
Algo más:
Detesta el odio y sus vulgares rimas;
elude los triviales derroteros;
capta el halo fugaz de los luceros
y canta los poemas de las cimas.
Ojalá y un día, pierda la obra del maestro Cruz Palma, su clandestina oscuridad de los cajones del escritorio. Que vean la luz pública y, muchos espíritus se recreen con su inspiración.
Maestros de Veracruz
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Secretaría de Educación y Cultura
Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
ABEL CUELLAR MORALES
Abel Cuellar Morales es uno de los más destacados en la educación física; también ha demostrado capacidad y visión en la rama administrativa en otros campos.
Nació en el puerto de Veracruz el 29 de julio de 1942. Sus padres fueron don José de Jesús Cuellar, militar retirado, y doña María Antonia Morales de Cuellar. Abel fue el segundo de cinco hijos, dos de los cuales son mujeres.
Pasaron pronto a vivir a Xalapa, donde el padre, en el gobierno del Lic. Don Ángel Carvajal, trabajó en Seguridad Pública. Le tocó radicar por un tiempo a don José de Jesús en Maltrata y se le encargó atendiera un delicado problema maderero, lo cual le costó la vida, pues fue víctima de una emboscada. Su familia había ido a pasar con él las fiestas navideñas y no pudieron volver enseguida a Xalapa porque la señora estaba a punto de dar a luz a la última de sus hijas, lo que sucedió a los dos días de sepultado don José de Jesús. Apenas tenía el pequeño Abel seis años de edad.
Pasaron apuros económicos y vivieron en Coatepec, ya que doña María Antonia fue designada Secretaria del Juzgado de 1ª. Instancia en esa ciudad.
Tras asistir a un Jardín de Niños, Abel se inscribió en la Primaria “Benito Juárez”, donde cursó de 1o. a 3er. grados. Cambiaron su residencia a Xalapa, y terminó los estudios primarios en la Escuela “Boza”, que dirigía la maestra Panchita Villa, quien era muy dinámica y tenía bien organizado el plantel. Entre sus maestros estuvieron Saúl Ramírez y Lorenzo Fontecilla.
Luego ingresó a la Normal Veracruzana; fue el último año que se admitieron alumnos para Secundaria, pues ésta fue retirada para dejar sólo los estudios profesionales. Su generación se llama “Piraras”.
La Normal le encauzó la vida. Su maestro Salvador Valencia le dijo que tenía madera de educador, pero no de primaria, sino de educación física. Tuvo varias pláticas con él y le proporcionó informes sobre la Escuela Normal de Educación Física que la Universidad Veracruzana tenía en Veracruz. Sin embargo, al terminar la Secundaria, donde intentó ingresar fue al Colegio Militar, pero lo rechazaron porque se encontraba algo enfermo.
Su mamá le dijo que tenía que estudiar o trabajar, que no podía estar sin hacer nada. Escogió el trabajo, pensando que la autora de sus días lo enviaría como jefe a una pequeña fábrica de mosaico que con sacrificios había establecido, pero gran sorpresa se llevó cuando doña María lo puso de peón. Realizó varias labores pesadas –machetero en un camión materialista, mosaiquero y otras- lo que al año le hizo decidirse por el estudio. Así ingresó a la Normal de Educación Física, de Veracruz, de la cual le había hablado su maestro Valencia. El deporte le había llamado desde pequeño. Practicó foot, básquet, voli, atletismo, encontrándose muy a gusto en la Escuela. Durante los estudios obtuvo algunos ingresos, arbitrando juegos de foot y de básquet.
Al egresar, la recién creada Dirección General de Educación Física, a cuyo frente estaba el Cap. Abel Caro Carrión, lo envió como Promotor de Educación Física y Actividades Deportivas a Jáltipan. Le dijo más o menos el Cap. Caro Carrión: “Es la tierra del C. Gobernador, necesitamos personas inquietas como usted, que realicen una buena labor; así es que tiene que trabajar al máximo”. Y el profesor Cuellar lo hizo. Específicamente atendió la Escuela Primaria “Rebeca Arias de López”, la Secundaria “Adolfo López Mateos” y la Promoción Deportiva Municipal. Impartió clases, además, en el Centro de Regularización Pedagógica.
Pero en el mismo año (1965) lo llamó a Xalapa el Cap. Caro Carrión y le ofreció, inesperadamente, nuevas alternativas: ir a trabajar a la Escuela Normal o a la Universidad Veracruzana. Eligió la primera. Llegó comisionado con su plaza de Promotor, pero poco después se jubiló una distinguida y muy estimada maestra de Educación Física, Emmita Huidobro, de quien había sido alumno en la Secundaria normalista, y él ocupó su lugar, interinamente.
Al año siguiente recibió una llamativa oferta en el ramo federal. Ir a Baja California a dirigir la educación física. A punto estuvo de aceptarla, pero al informarle al Profr. José Acosta Lucero, Director de la Normal, le pidió éste que se quedara, y le ofreció conseguirle la plaza de planta e incrementarle las horas. Así sucedió, y al terminar ese sexenio, tenía en la Normal 24 horas de planta.
En el gobierno del Lic. Rafael Murillo Vidal, cuando el Profr. Santiago Murillo fue nombrado Director General de Educación Física, el Profr. Cuellar ocupó, primero, la Coordinación de Entrenadores y, después, la jefatura del Departamento de Educación Física, el profesor Cuellar ocupó, primero, la Coordinación de Entrenadores y, después, la jefatura del Departamento de Educación Física en escuelas primarias. Siguió entrenando a los equipos de foot ball de la Normal, y por otro lado, fue electo Secretario y, luego Presidente, de la Liga de Foot de Xalapa, habiendo impulsado mucho este deporte; de 70 equipos que tenía la Liga al llegar a la Presidencia, había 250 cuando la entregó.
Terminado su trabajo en la Dirección General de Educación Física, volvió a su plaza a la Normal. Pronto, sus compañeros los designaron Secretario General del Sindicato de Trabajadores de la Escuela, luchando entusiastamente por el mejoramiento de los maestros y del plantel. Entre otras cosas, se puso en vigor el Estatuto, formado por un grupo de distinguidos militares de la organización; se consiguió en la Escuela una tienda de la CONASUPO; se simplificaron los trámites de los nombramientos, al mecanografiarse éstos en la misma escuela y evitar demoras prolongadas y, se obtuvo que las cuotas sindicales se descontaran por nómina. Muy importantes fueron las relaciones con la Presidencia de la República. Se logró que visitara la Normal el presidente Echeverría y el profesor Cuellar fue de los que hicieron uso de la palabra cuando llegó el Primer Magistrado, invitó a la familia normalista a verlo en Los Pinos. Fue una delegación muy numerosa que integraron el Consejo Técnico ampliado, empleados, Sindicato, Comité de Estudiantes, Típica Infantil, Coro Monumental y Ballet Folklórico, y, la estancia, que iba a ser de un día, se prolongó a tres. Se le trataron diversos asuntos al Presidente, quien les autorizó un minibús, que ellos mismos escogieron con el Oficial Mayor de la Presidencia, Luis Almada. Entre las solicitudes que presentaron al Lic. Echeverría, estuvo la creación de un Club para Jubilados, con su propio edificio, con talleres y salones de actividades recreativas, que el Presidente aprobó, enviando a los normalistas con el CAPFCE para ver lo del local; desgraciadamente, este edificio, después, quedó pendiente.
Antes de terminar su período el Lic. Rafael Murillo Vidal y estando en su campaña política para Gobernador el Lic. Rafael Hernández Ochoa, el Sindicato de Trabajadores de la Escuela Normal Veracruzana organizó una asamblea sobre educación, que presidió éste último. Quería el Sindicato que el futuro Gobernador del Estado conociera los puntos de vista de los maestros normalistas sobre los problemas educativos de Veracruz. El profesor Cuellar presentó un estudio sobre la Organización de la Educación Física y los Deportes.
El candidato Hernández Ochoa invitó al Secretario General del Sindicato, profesor Cuellar, a su campaña, autorizándole una asamblea de la organización a asistir, pero el primer día sufrió un accidente, que le impidió continuar. En su tratamiento médico, recibió finas atenciones del C. Gobernador y del candidato, consideradas por el profesor como un reflejo del prestigio conquistado con su organización, que por cierto, en esos días dejó de dirigir, al haber terminado el período correspondiente.
En 1974, al comenzar su sexenio el Lic. Rafael Hernández Ochoa, fue seleccionado el profesor Cuellar para encabezar la Dirección General de Educación Física del Estado, entregándose con pasión a sus nuevas responsabilidades. Se crearon en la dependencia, la Sub-Dirección Extraescolar, los departamentos de Educación Física Pre-Escolar, de Psicopedagogía, de Mantenimiento de Instalaciones Deportivas y Médico; se re-estructuraron las zonas deportivas y de 12, pasaron a 32; fueron creadas plazas para absorber a los Egresados de la Normal de Educación Física; se realizaron juegos de singular importancia, como los Centroamericanos y del Caribe (1ª. Fuerza y juvenil); los Americanos de Atletismo (del CREA), en Coatzacoalcos y Orizaba; y, los Nacionales de Foot Ball, en Martínez; y de Natación, en Veracruz; y se basificó a los trabajadores de instalaciones que hasta entonces había sido interinos. En el campo se llevó al cabo una sólida labor, creándose Clubes Juveniles Deportivos Ejidales y en los Juegos Campesinos que se efectuaban cada año, los premios consistían en objetos de específica utilidad, como tractores y sementales.
El profesor Cuellar asistió a Cursos de Organización Deportiva a la Universidad de Tucson, Arizona.
La Confederación Deportiva Mexicana y el Instituto Nacional del Deporte, lo nombraron su Delegado en el estado de Veracruz.
En 1981, el Lic. Eduardo Andrade Sánchez, Sub Director General de Prestaciones Económicas del ISSSTE, lo tuvo a su lado, como Secretario Particular; y, al año siguiente, fue designado Subdelegado de Prestaciones Económicas del Instituto en nuestra Entidad.
Y en 1984, atendiendo al trabajo realizado y a su capacidad, se le ascendió a Delegado del ISSSTE, cargo que ocupó hasta 1986, en que se reincorporó a la Normal Veracruzana, donde sigue hasta la fecha, como Maestro Investigador de Tiempo Completo, Titular “B”.
Parte de su obra escrita son los Programas de Educación Física de la Normal y de las Escuelas Primarias, formulados cuando fue Jefe del Departamento de Educación Física en la Dirección General. Es coautor de la Historia de la Educación en el estado de Veracruz, escrita por un equipo de once maestros veracruzanos y publicada por la Escuela Normal Veracruzana, en su centenario.
Posee el profesor Cuellar un número muy elevado de Diplomas y otra clase de testimonios de su valiosa labor, entre ellos el Trofeo que le entregaron los Cronistas Nacionales Deportivos.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
BENJAMÍN DE LA ROSA E.
El deporte y el magisterio veracruzano están de duelo. Los envuelve el luto desde el día 28 de junio (1985) en que falleció uno de sus grandes militantes, don Benjamín B. De la Rosa Escamilla, el popular, el querido, el noble y dinámico Viejo de la Rosa, maestro de un sin fin de generaciones –empezó a trabajar al llegar a la Entidad en 1930, en la Prepa Juárez, y terminó con su partida eterna, en la Secundaria Técnica No. 3-. Era paradigma de la educación física y las disciplinas deportivas de Veracruz. Como lo es Emmita Huidobro. Como lo es Salvador Campa. Como lo fueron también Humberto Gutiérrez Zamora y Efraín Dorantes.
De bondad extrema, no había persona que tuviera la suerte de tratarlo, que no se convirtiera en su amigo y admirador ferviente. La mano abierta y la sonrisa en los labios, la cordialidad y la franqueza, se unieron a su responsabilidad en la profesión, para hacerlo uno de los maestros con mayos simpatía en el Estado.
Permítame, amigo lector, como un homenaje modesto, pero emotivo y devoto, repetir algo de lo que escribimos en 1982, cuando en la Escuela Técnica No. 3 fue puesto su nombre a la generación que egresaba:
“Originario de San Luis Potosí, el maestro de la Rosa es, sin embargo, tan xalapeño como el cerro de Macuiltépet. Sus padres fueron el Dr. Herminio B. De la Rosa y doña Martita Escamilla Silva, los dos de Zacatecas. Desde 1930, hace más de 50 años, llegó a la Ciudad de las Flores, que lo conquistó para siempre. Ya era conocido en los medios deportivos, pues había destacado en el atletismo y en el básquetbol nacionales. Igualmente jugó base ball, y de muy joven fue receptor nada menos que de una de nuestras más refulgentes estrellas, Alberto Romo Chávez”.
La famosa Preparatoria lo acogió en su seno, de inmediato laboró también en primaria. Y hasta 1957, generación tras generación, supieron de la grandeza de este hombre noble, singular, cuya pasión era la educación física y el deporte, en aras de una juventud fuerte y disciplinada, alejada de vicios, y consciente de su responsabilidad.
El “Viejo” de la Rosa como cariñosa, paternalmente le decíamos, se convirtió en el más preciado símbolo deportivo de la Entidad. No sólo a las escuelas dedicaba sus energías y su tiempo, no; el base ball, el básquet ball, el atletismo, en todos sus niveles, encontraron en él, guía y protección, amparo y enseñanza.
Equipos de los dos primeros deportes fueron llevados por su mano generosa a la mayor parte de la República y algunos puntos de los Estados Unidos. Su figura modesta era querida y respetada en todas partes.
A partir de 1957 obtuvo su jubilación en el Estado. (Jubilación parca, muy debajo de sus méritos). Ni su dinamismo innato, ni su pasión deportiva, ni la necesidad, le permitirían permanecer inactivo. Entonces ingresó a la Escuela Técnica No. 3. La misma entrega, el mismo corazón atendiendo a sus alumnos que hoy se honran, honrándolo.
Ha sido maestro de destacados profesionistas y políticos. Aquí van nombres de algunos: Marco Antonio Muñoz, Fernando López Arias, Rafael Hernández Ochoa, Agustín Acosta Lagunes.
Y mire usted, lector amable, algo más de lo que ha realizado en su amada Xalapa:
Con los destacados profesores Emilio Aburto y Alberto C. Licona, organizó con éxito señalado, olimpiadas, en las escuelas primarias. Representó a Veracruz cuando en México se constituyó la Confederación Deportiva Mexicana.
Encabezó la Delegación Veracruzana en el primer desfile de la Revolución en la capital de la República, preparado por el Partido Nacional Revolucionario (P.N.R.)
Llevó a los estudiantes veracruzanos a los Primeros Juegos Deportivos Estudiantiles en la ciudad de México y, al primer equipo de volibol a un torneo nacional (en San Luis Potosí).
Presidió la H. Liga Xalapeña de Base Ball cuando se iniciaron los trabajos del parque deportivo “Colón”.
Fue de los fundadores de las escuelas secundaria “Antonio Ma. De Rivera”, Escuela Técnica No. 3 y CECyT No. 13; y dirigió el Comité que logró la construcción de la Escuela Primaria “Abraham Castellanos”
Sí, fue el “Viejo” de la Rosa, un educador nato, de excepcional vocación. Y hombre sencillo, afable, de carácter abierto, como pocos. Y esencialmente humano.
Viajero incansable, conoció todos los estado de la República, lo que le hizo querer más a su patria.
En Xalapa, un campo de base ball de la zona universitaria, lleva su nombre y en la escuela “Heriberto Jara”, de la colonia “Rafael Lucio”, en un salón está una placa igualmente con su nombre.
Su muerte ha afectado hondamente a los veracruzanos. Sabemos bien la enorme pérdida sufrida.
Veracruz le debe un homenaje en grande. Tenemos con el Viejo de la Rosa esa gran deuda. No se lo hicimos en vida, como era justo, sin que se interprete esto que menospreciamos los que recibió. Pero hace falta uno del Estado entero. Ojalá y podamos rendírselo ahora que se nos ha ido para siempre.
Viejo, maestro amado, generoso amigo, descansa en paz.
(Publicado en julio de 1985).
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
ALBERTO DE LA ROSA SÁNCHEZ
Sobresale entre los altos valores artísticos –especialmente en la música folklórica- de Veracruz y de México. No nació en el Estado, pero en él ha pasado toda su vida.
En el Distrito Federal radicaban sus padres Alberto de la Rosa García y Luz del Carmen Sánchez Jácome, cuando nació el 29 de marzo de 1947. Don Alberto era mecánico y doña Luz del Carmen afecta a la música, afición que había de transmitir al hijo.
Pasaron a vivir a Acayucan y allí la señora fue profesora de música en las secundarias.
Cursó su primaria el pequeño Alberto en la escuela “Guadalupe Victoria, Presidente Alemán”, antigua Escuela Real.
Se trasladaron después a Xalapa, dificultándoseles encontrar casa, por lo que el primer año de Secundaria lo llevó a efecto en Coatepec. El segundo y tercero los realizó ya en la “Antonio María de Rivera”, de la capital del Estado. Desde que estudió en Coatepec empezó a tocar la guitarra y participar en festivales; sintió gran atracción por la música, que se convertiría en parte de su vida. Y se inscribió en el Conservatorio.
Ingresó a la Preparatoria de la calle Juárez y, al terminarla, fue a la Facultad de Comercio. Aquí, al lado de Rubén Vázquez, comenzó con el arpa, que hoy domina con maestría singular. Pero su vocación no estaba en los estudios escogidos, sino por otro lado. Por eso se fue a la Escuela Nacional de Música, en el Distrito Federal, aun cuando ya había cursado tres años en la Facultad Veracruzana. En México también trabajó con grupos folklóricos y colaboró con el conjunto folklórico “Veracruz” en varias ocasiones, entre ellas, en las actividades culturales de la olimpiada de 1968.
Permaneció dos años en el D.F., y le impresionó fuertemente el bajo nivel cultural de los músicos en general, aunque conoció a varios muy bien preparados y destacados exponentes del ambiente folklórico.
A fines de 1968 volvió a Xalapa e ingresó a la Escuela Normal Veracruzana, donde contaba con muy buenos amigos profesores, entre ellos el director José Acosta Lucero, Antolín Guzmán y Panchito Galván. Formalmente se integró al conjunto folklórico “Veracruz”, del que sería uno de los pilares más sólidos, según palabras de su director, profesor Miguel Vélez Arceo, quien lo responsabilizó de los grupos musicales.
Terminó sus estudios en la Normal y, no existiendo plazas de profesores en el sistema estatal, fue nombrado en 1972 maestro de actividades artísticas en las escuelas primarias federales de Xalapa y la región.
Con Jerónimo Reyes Hernández, Cesáreo Arenal y Alfonso Lagunes, creó en 1973 el hoy muy renombrado conjunto musical folklórico “Tlen-Huicani”, con el que ha recorrido buena parte del mundo. Los viajes hechos como miembro del conjunto folklórico “Veracruz, por Sur América, impresionaron fuertemente a quienes integrarían el grupo “Tlen-Huicani”, al grado que éste se especializó en folklore suramericano y, los contactos establecidos en el Continente, le han sido muy valiosos para ofrecer con autenticidad, sus magníficas interpretaciones.
En septiembre de 1974, Alberto de la Rosa fue invitado, con Arenal, Reyes y Florentino Robles, a trabajar en el Taller de Reconstrucciones Etnográficas de la Universidad Veracruzana y, meses después, cuando en febrero de 1975, Miguel Vélez y el conjunto folklórico “Veracruz, pasaron del ramo de Educación Popular y la Normal a la Universidad Veracruzana, lo mismo sucedió con “Tlen Huicani”. Desde entonces ha actuado dependiendo de tal institución.
El grupo se ha desenvuelto a base del arpa y, es un hermoso regalo a la mente y al espíritu, escucharlo. Goza de la fama bien ganada y, es demandado por centros folklóricos del país, América y del universo.
En 1975 fue invitado por la Casa de las Américas y el Gobierno de Cuba, para actuar en la Habana en el festival “Un cantar del pueblo americano”, en el que participaron artistas de todo el continente. En 1977 se presentó en Los Ángeles, con el grupo “Orbis Tertius”, de la Universidad Veracruzana; y en Washintong, solicitado por la OEA, donde además de las diversas actuaciones, grabó también para el citado organismo. En 1979 obtuvo un premio como el mejor grupo de música folklórica en la República.
Varias ocasiones ha viajado al Sur de California, a invitación de las Universidades del Estado y de los Ángeles. Igualmente a Dallas, Arlington y San Antonio, bajo el patrocinio de la Universidad de Texas. Está invitado el grupo al Festival Mundial de Arpistas, que se celebrará en los Ángeles, a fines de junio.
En numerosos países del Viejo Mundo, ha actuado, entre ellos, Francia, la URSS, China y Japón.
No pocos músicos y aficionados han aprendido a tocas con Alberto de la Rosa, quien también colabora con conjuntos musicales, como es el caso de la Orquesta Típica Infantil del maestro Antolín Guzmán, enseñando a los niños, con didáctica propia, a tocar el arpa.
Sigue siendo una de las columnas del Ballet Folklórico de la Universidad Veracruzana, al lado del maestro Miguel Vélez Arceo.
Posee de la Rosa un estudio o sala de trabajo, que es un verdadero museo folklórico. Tiene un sin fin de instrumentos musicales de todas partes del mundo. Los hay de Sur América y de nuestros indígenas; conocidos allí, así como un raro violín chino, uno de los guarijíos de Sonora y Chihuahua y, muy distintas arpas. Con asombro y admiración se recorre la muy valiosa colección que, al paso de los años, y en sus múltiples viajes, ha logrado de la Rosa reunir.
Por supuesto, es riquísimo también el conjunto de discos que posee. Son cientos, con música de América Latina, Europa, China, Japón, y, naturalmente, de México.
Aparecen en el estudio, además, fotos con personas ilustres: con Fidel Castro, con Salvador Allende, con el compositor e intérprete arpista venezolano, Juan Vicente Torrealba; con el mejor intérprete de arpa folklórica en América, Nicolás Caballero; y otros más.
No faltan diplomas, en elevado número. De escuelas y otras instituciones culturales, entre ellas la Universidad Veracruzana; de Ayuntamientos y autoridades distintas (uno de La Habana), de clubes sociales, etc.
Superándose más y más, De la Rosa estudia música con computadoras, en las cuales escribe y compone.
Como sucede en casos de los magníficos artistas y conjuntos, es muy solicitado, constantemente, por doquier, no siéndole posible atender a todos.
Con mucha vida aún por delante –no llega aún a los cuarenta años- muchos triunfos más le esperan, para seguir prestigiando a su Estado adoptivo y a México.
Mayo de 1986.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
RAFAEL DELFÍN ALMEIDA
Entre los maestros más dinámicos e inquietos de las últimas décadas, está Rafael A. Delfín Almeida, a quien, en plena madurez, a los 46 años, la parca apagó su existencia.
Nació en Alvarado, Ver., el 13 de marzo de 1933; sus padres fueron don Ángel Delfín Figueroa y doña Romana Almeida Ochoa.
Las primeras letras las aprendió, en el silabario de San Miguel, con la señorita María Hermida Figueroa, frente a su domicilio, en la calle “15 de octubre”.
Su primaria la llevó a efecto en la Escuela “Manuel P. Hernández”; después prosiguió sus estudios en la Escuela Secundaria y de Bachilleres de Alvarado.
Deseaba ser maestro y, en febrero de 1953, logró realizar sus anhelos: fue designado en Moral y Mosquitero, del municipio alvaradeño, director interino de la escuela. El campo, pues, fue el escenario primero de su labor magisterial. Supo de las necesidades de la vida rural y comprendió bien la gran responsabilidad que entraña ser maestro. Su entusiasmo y dedicación le ganó pronto la simpatía de la comunidad y, unos meses después, en octubre del mismo año, se le otorgó nombramiento de planta.
En agosto de 1956 pasó a laborar a Alvarado, interinamente, primero como ayudante de la Escuela “Benito Juárez” –hasta el 31 de enero de 1957- y después, en la “Carlos A. Ramón”. A partir del 1o. de mayo de 1957 se le concedió la planta en esta última escuela, ya con su título de maestro, pues había estudiado en el Instituto de Capacitación del Magisterio del Estado; su tesis se tituló “La educación en el medio rural y sus problemas”, haciendo patente en ella el impacto que el medio campesino le causó y su afán de ayudar a resolver las numerosas dificultades con que tropieza el maestro.
En la Escuela “Carlos A. Ramón” –realizando destacada labor, por su responsabilidad, eficiencia y entrega-, permaneció ocho años, ya que el 1 de marzo de 1965 recibió nombramiento de ayudante también, en la “Benito Juárez”, donde impartía enseñanzas especiales. En esta escuela culminó su obra en 1967, al ser nombrado “Maestro del Año”, por la Asociación Continental de Amigos del Maestro, otorgándosele la presea respectiva –al igual que a la profesora Olga Martínez Ramírez-, que compartió el honor en un acto solemne, efectuado en el Teatro del Bosque del Auditorio Nacional, presidido por la institución citada y por las autoridades educativas de la Secretaría de Educación Pública y del Gobierno del estado de Veracruz. Se hizo hincapié en su labor social en beneficio de la niñez, la educación y el conocimiento de los paisajes, historia y geografía del estado de Veracruz en especial y, de la República. Diversas dependencias expresaron a Delfín Almeida, su satisfacción y se reunieron al homenaje que le fue dispensado.
El joven maestro había creado en la Escuela en que trabajaba, el Comité de Superación, con alumnos del tercer ciclo, con las finalidades de estimular a los más aplicados, luchar por el mejoramiento del plantes –participando los alumnos en los trabajos, cuantas veces fuera necesario-, dotar de artículos escolares y de otra naturaleza –ropa, calzado, juguetes, etc.-, a los niños menesterosos y, realizar excursiones en vacaciones, con los niños más aplicados y de mejor conducta.
Infatigablemente, sin descanso alguno, Delfín Almeida y el Comité de Superación Escolar, lograron con creces las metas señaladas. Año con año se llevaron a efecto, con ayuda de empresas, funcionarios, instituciones educativas y personas amigas, viajes a diversos lugares históricos, entre ellos museos famosos, ruinas arqueológicas, centros recreativos y escenarios de famosas batallas; a plantas industriales, edificios relevantes, principales ciudades del país, etc., aumentando los conocimientos de los alumnos, que, felices, se daban cuenta mejor de lo que eran su patria, sus instituciones, su geografía y su historia. En estas excursiones, los niños eran obsequiados con productos de las industrias visitadas.
Algunas empresas y funcionarios, beneficiaron a la Escuela “Benito Juárez”, con mobiliario, máquinas de coser, cancelería, purificadores de agua, artículos escolares y otros materiales, gracias al Comité de Superación Escolar. Estas gestiones culminaron con la construcción, por acuerdo del presidente Luis Echeverría Álvarez, de un nuevo edificio para el plantel. Los alumnos fueron recibidos, con especial cordialidad, en Los Pinos, y felicitados por la patriótica labor que desarrollaban.
El maestro Yito –como cariñosamente se le llamaba a Delfín Almeida-, comprendió la necesidad de que en la enseñanza media se incluyeran actividades técnicas, que sirvieran en la vida a los jóvenes que no pudieran continuar sus estudios, y, fue de los que pugnaron por la creación de las secundarias técnicas.
Durante 16 años impartió cátedras de “Ciencias Sociales”, en la escuela secundaria y de bachilleres de Alvarado (ESBA).
En un tiempo, llevó al cabo estudios en el Instituto de Ciencias Policiales de la República Mexicana, como detective privado.
Junto a sus actividades de maestro, se desempañó como activo periodista, escribiendo principalmente en el diario “El Dictamen”, del puerto de Veracruz, en el cual redactaba una columna y servía como corresponsal. En sus trabajos pugnó siempre por el mejoramiento de su ciudad natal y de su región, además de su permanente lucha a favor de la educación y de los maestros. Usó el seudónimo de RADA (iniciales de su nombre). Fundó y dirigió en Alvarado, el periódico “As del Volante”.
Era un hombre sencillo y amable, tenaz en sus propósitos, humano y honesto. Fue muy estimado por los padres de familia, por sus alumnos y, en general por la sociedad. A los niños más pobres les ayudaba en lo que podía, a resolver sus necesidades.
Fue objeto de distinciones diversas. Además de la de “Maestro 1967”, autoridades e instituciones le otorgaron diplomas, entre ellas los servicios sanitarios de Salud Pública, la Escuela “Manuel P. Hernández” y “El Dictamen”.
El 13 de marzo de 1951 casó con la señorita Rita Tiburcio Herrera, con quien procreó cuatro hijos: Ángel David, Romana Aurelia, Rodolfo Antonio y Andrea Guadalupe. Romana siguió los pasos de su padre, pues trabajaba en la Escuela Secundaria y de Bachilleres de Alvarado, es Subdirectora de la Escuela Federal Nocturna para Trabajadores e imparte cátedras de Ciencias Sociales y Español.
Tras un tiempo enfermo, Delfín Almeida, sin perder el ánimo, en entereza, si quejarse a pesar de lo delicado de su situación, dejó de existir el día 9 de julio de 1979, causando profundo dolor en su pueblo.
Su sepelio fue una clara demostración de duelo, en la que participaron, señaladamente, alumnos, padres y maestros.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
VÍCTOR RAÚL DOMÍNGUEZ RODRÍGUEZ
El profesor Víctor Raúl Domínguez vio la primera luz en Naolinco, Ver., el 14 de septiembre de 1938 en el hogar formado por el comerciante don Arnulfo Domínguez y la señora Dolores Rodríguez de Domínguez. Antes había nacido su hermana Laura y después de él nació José María, el tercero y último de los hijos.
Muy pequeño tuvo Víctor Raúl la desgracia de perder a su madre, por lo que sus padrinos don Tomás Meza y doña Herminia Meza, lo tomaron a su cargo, en ayuda a don Arnulfo. Ganó así dos hermanos, Augusto y Eugenia, hijos de sus padrinos.
Cursó su Primaria en la Escuela “Sayago”, del mismo lugar de su nacimiento. Tuvo buenos maestros, entre ellos, Rosendo Leyva, Esperanza Ramírez y José María Pelayo; este último lo animó y lo llevó a la Escuela Normal, en el año de 1953. No sólo pasó el examen correspondiente, sino que ocupó el primer lugar.
A excepción de breve temporada, desde entonces su vida ha estado ligada al plantel, que hoy dirige. Mientras estudió, trabajó en Caminos, para ayudarse. Le llamaron mucho la atención en la Escuela los eventos culturales, organizados por el Ateneo Normalista y participó en sus Concursos, alcanzando el primer lugar en uno de Oratoria, y, el segundo, en Declamación.
También militó en las lides estudiantiles y fue Secretario General de la Sociedad de Alumnos. Vieron con simpatía la lucha de Otón Salazar, en esa época, en que movilizó a los maestros del Distrito Federal en busca de su mejoramiento económico.
“La Normal me hizo hombre”, ha dicho, “y me formó ideológicamente, influyendo en forma especial en mi orientación progresista, los maestros Jesús Fuentes de la Cadena, Horacio Hernández y Mariano Hernández”. Su Generación es la “Pumas”.
Cuando terminó en 1958 se fue de Promotor de Educación Física a San Andrés Tuxtla, donde permaneció un año (1959). Regresó a xalapa, también dentro del ramo de la Educación Física, laborando básicamente en las Escuelas “Abraham Castellanos” y “Manuel R. Gutiérrez”. Entonces ingresó a la Escuela Preparatoria, pues pensaba estudiar Derecho, y volvió a destacar en el Movimiento Estudiantil. Formó parte del Movimiento Cultural Estudiantil Veracruzano (MOCEV), “En ese entonces –nos expresó- la asociación revolucionaria de estudiantes, con preparación ideológica consistente”, y, llegó a ser dirigente de la Federación de Estudiantes Veracruzanos, acudiendo a varios Congresos estatales y nacionales de estudiantes. Ingresó a la Juventud Comunista.
Por tres meses, cubrió un interinato en la Escuela Primaria “Enrique C. Rébsamen”. En 1963 se quedaron sin inscripción en la Preparatoria muchos alumnos, y el Director de ésta, el eminente maestro Librado Basilio los animó a fundar una nueva Preparatoria para dar cabida a los jóvenes que se habían quedado fuera. Realizaron gestiones activamente y así surgió la Escuela Artículo 3o. Constitucional, dirigida hoy por el principal de aquellos fundadores, Carlos Méndez de la Luz.
En 1962 ingresó a la Escuela de Antropología de la Facultad de Filosofía y Letras, cuyos estudios eran más afines a su vocación, que los de abogado. Representando a los estudiantes de la citada Escuela, asistió al Seminario de Educación Rural, a que convocaron el Gobierno del Estado y la Dirección General de Educación Popular, en septiembre de 1963; Seminario que trazó el rumbo que la administración del Lic. Fernando López Arias seguiría en la educación para el campo.
Al año siguiente –1964- fue designado Inspector Escolar de la Zona de Xalapa Foráneas, aplicando el programa aprobado en el Seminario referido.
La Dirección General de Educación Popular lo envió becado al Centro Regional de Educación Fundamental (CREFAL), que la UNESCO estableció en Pátzcuaro, Michoacán, donde llevó el Curso de Técnico de Alfabetización Funcional y Desarrollo de la Comunidad.
Al iniciarse en 1965 la Reforma Educativa en la Escuela Normal Veracruzana, que amplió los estudios profesionales a cuatro años, como producto de los acuerdos del Seminario de Educación Normal inaugurado por el Presidente de la República, Lic. Adolfo López Mateos, al poner en marcha el nuevo edificio normalista, en noviembre de 1964, el maestro Víctor Raúl Domínguez fue llamado para encargarse del Departamento de Extensión Social, Cultural y Profesional y atender la cátedra de Economía Política. Después impartiría también “Problemas Económicos, Políticos y Sociales”, “Antropología Social” e “Historia de la Revolución Mexicana”.
Animado por el profesor José Luis Melgarejo Vivanco, laboró en la Escuela de Historia de la U.V., escuela que dirigía el distinguido maestro e historiador David Ramírez Lavoignet. Fue catedrático, también de “Antropología Social” y, además, de “Siglo XIX en México”.
En 1970 entró a la Escuela Secundaria Técnica No. 3 (Federal), en Xalapa, como Coordinador de Servicios Docentes. A los dos años (1972) se le comisionó a Tampico para dirigir una Escuela Secundaria Experimental.
La Dirección Gral. Tecnológica Industrial, de la Secretaría de Educación Pública, le encargó en 1974 una delicada tarea: dirigir un programa de actualización docente, a nivel nacional; por lo que hubo necesidad de que radicara en la ciudad de México. La misma Dirección General lo nombró su representante en el Consejo Nacional Técnico de Educación. Igualmente le encomendó tareas en Comisiones SEP-SNTE, para resolver algunos conflictos y, en una ocasión, precisamente como consecuencia de un problema, se hizo cargo de la dirección de la Escuela Secundaria Técnica de Tlacolula, Oax.
El año de 1976 regresó a Xalapa, ya para quedarse. Fue Director de la Escuela Secundaria Técnica No. 3m, la cual alcanzó, con su guía y trabajo, considerable prestigio.
Volvió igualmente a su alma máter, la Normal, como catedrático de “Historia de la Revolución Mexicana.
En 1980 se le designó Sub Director Administrativo de la Normal y en 1983 pasó a la Unidad de Servicios Educativos a Descentralizar (SEP) como Asesor Auxiliar del Director General.
Al año siguiente (1984), el Gobierno del Estado lo nombró Sub Director Administrativo de la Dirección General de Enseñanza Media. Más tarde dedicó todo su tiempo a la Normal Veracruzana y, desde el 1o. de diciembre de 1986, en que inició su gobierno Don Fernando Gutiérrez Barrios, ocupa la dirección del famoso plantes rebsameniano.
En los diferentes puestos desempeñados, el maestro víctor Raúl Domínguez ha hecho patente su capacidad, responsabilidad y entrega, conquistándose el cariño y el respeto de la sociedad.
Además de los trabajos citados, ha sido catedrático igualmente de la Preparatoria “Art. 3o. Constitucional” –De la que ya dijimos fue de los fundadores- y de la Secundaria Nocturna “Antonio María de Rivera”.
Ha acudido a lo largo del país a varios Congresos Pedagógicos de carácter nacional, así como a celebrados por nuestras autoridades en el Estado.
Ha aportado obra pedagógica escrita: los libros “Programación por objetivos” y “Didáctica, Medios de Comunicación Educativa y Evaluación”, publicados en el Centro de Experimentación para el Desarrollo de la Formación Tecnológica (CEDEFT), de la OEA; e “Historia de la Educación Tecnológica en Veracruz”, esta última dentro del libro “Historia de la Educación en el estado de Veracruz”, redactado por un equipo de once conocidos maestros, que publicó la Escuela Normal Veracruzana “Enrique C. Rébsamen”, en ocasión de su centenario. También ha escrito artículos sobre educación, para periódicos y revistas.
Como sucede con los educadores que sobresalen en su profesión, ha recibido distintas muestras de reconocimiento y gratitud, aun cuando no es afecto a ellas, pues se trata de un maestro sencillo y modesto.
No ha sido ajeno al movimiento sindical. Ha participado en él buscando el mejoramiento general del magisterio y de la educación. Fue de los que participaron en las luchas que dieron lugar a la creación del SETSE, en 1962.
Con singular dinamismo, dirige actualmente la Escuela Normal.
Marzo de 1988
Maestros de Veracruz
Gobierno del Estado de Veracruz
Secretaría de Educación y Cultura
Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
RAMÓN ESPINOSA VILLANUEVA
Educador nato, de gran vocación, responsable en grado sumo, fue don Ramón Espinosa Villanueva, nacido en Papantla, Ver., el 30 de marzo de 1896 en el modesto hogar formado por el señor Juan Espinosa y la señora Rosa Villanueva de Espinosa.
Cursó en la ciudad natal la escuela primaria y en 1913 ingresó a la Escuela Normal Veracruzana, pensionado por su municipio con 25 pesos mensuales. Fue alumno serio y estudioso y uno de sus maestros expresó que era “bastante equilibrado en su manera de ser”.
Sostuvo y aprobó su examen profesional como profesor de instrucción primaria elemental los días 20 y 23 de febrero de 1917 y el de profesor de instrucción primaria superior el 20 y el 22 de abril de 1918.
En el mes de junio se fue a trabajar al puerto de Veracruz, a la Escuela Nocturna “Nicolás Bravo” y poco después pasó a la diurna “Vicente Guerrero”.
Aunque no lo encontramos en la hoja de servicios que vimos, (federal) el destacado maestro Antonio Barbosa Heldt, que conoció bien y trató de cerca al profesor Espinosa Villanueva, en su Antología de Maestros Distinguidos de México, expresa que dirigió escuelas en las ciudades de Papantla y Tuxpan. ¿Sería en el sistema estatal?
Inició en el H. Colegio Militar los estudios de medicina, pero por falta de recursos económicos sólo permaneció un año. Fue nombrado en 1921, en el citado colegio, Inspector de Escuelas de Tropa, que se habían creado a iniciativa del general y profesor normalista veracruzano, don Marcelino Murrieta. Desempeñó tal función en los estados de Querétaro, Aguascalientes, Guanajuato y San Luis Potosí.
Marchó después al estado de Chihuahua, donde permaneció largo tiempo. Primero fue Inspector de la zona de Guadalupe y Calvo –1929 y 1930-, “en donde –se dice en la hoja de servicios- se destacó por su interés en la fundación de ‘Escuelas de Circuito’ de categoría rural y por impartir cursos de mejoramiento en comunidades indígenas: Baborigama, Guadalupe y Calvo”.
La magnífica labor que el maestro Espinosa Villanueva llevó a efecto en las escuelas rurales, donde trabajó estrechamente unido a la comunidad, le valió felicitaciones en los años de 1929, 1930 y 1931, nada menos que del maestro don Rafael Ramírez, Jefe entonces del Departamento de Escuelas Rurales e Incorporación Cultural Indígena de la SEP, quien estaba siempre atento al trabajo de los maestros.
En 1931 pasó –como Inspector también- a la zona de Ciudad Juárez, donde siguió sobresaliendo por su gran actividad y su apasionada entrega a las escuelas. Aquí formó una pareja excepcional a favor de la educación, con don Antonio J. Bermúdez, cuando éste fue Presidente Municipal.
Empujado por su patriotismo y valor, estableció una escuela en El Chamizal, cuando aún subsistía el problema de tal porción de nuestro país, con los Estados Unidos. Fue este plantel la primera ocupación del territorio disputado, que Adolfo López Mateos recuperaría después definitivamente.
El año de 1934 fue a México a un curso de post graduado, a la Escuela Nacional de Maestros.
El Departamento de Escuelas Rurales de la Secretaría de Educación Pública, lo designó en 1935 Inspector de Escuelas Rurales en el Estado.
Volvería a su Estado a mediados de 1943, como Director Federal de Educación. También fue impresionante la labor desarrollada. Nos tocó trabajar en su gestión, en la escuela Artículo 123 de Petróleos Mexicanos, en Minatitlán. Conocimos entonces su grandeza de maestro. Más que un superior, era un compañero de trabajo, que orientaba y alentaba a los profesores. Exigente en el cumplimiento del deber, pero comprensivo y humano. De intachable conducta, limpio, honesto, digno. Y daba gusto escucharlo. Llevaba en sus venas la sangre de los auténticos educadores. Y transmitía sus orientaciones con sencillez y humildad.
Hacía recorridos frecuentes por el Estado, visitaba las escuelas, señalaba fraternalmente los errores, estimulaba y convivía amistosamente con la base magisterial. Los profesores nos preocupábamos por responderle, por cumplir mejor frente a su majestad y jerarquía de maestro.
Prestó gran apoyo a las tareas educativas de la Comisión del Papaloapan, cuyo responsable en el ramo de la educación era otro extraordinario, excelente educador: Antonio Barbosa Heldt, quien ocupara muchos años después altos cargos en la SEP, entre ellos el de Oficial Mayor y falleciera siendo Gobernador electo de Colima. Estuvo presente don Ramón Espinosa Villanueva en la Primera Conferencia de Educación Agrícola del Papaloapan, organizada por la Comisión citada en julio de 1950 en la Ciudad General Miguel Alemán.
Pero pronto volvería a la Dirección de educación Federal veracruzana: el 23 de febrero de 1953.
Desgraciadamente enfermó y se vio obligado a solicitar su licencia por los meses de julio y agosto de ese mismo año. Fue la primera vez que dejó de trabajar en su vida; jamás se había retirado antes –ni por el mínimo tiempo- del servicio.
Se fue a su tierra, Papantla, a curarse. Sólo pudo atenderse por un mes; una hemorragia cerebral le privó la vida el 31 de julio, causando el consiguiente dolor a Veracruz y a México.
Don Ramón Espinosa Villanueva fue objeto en vida, de no pocos homenajes, que su modestia resistía a recibir.
Igualmente se han rendido a su memoria. Existen escuelas que llevan su nombre.
Maestros de Veracruz
Gobierno del Estado de Veracruz
Secretaría de Educación y Cultura
Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
BENITO FENTANES
Don Benito Fentanes es uno de los más altos valores en el campo de la Escuela Normal Veracruzana a través de su director en esa época, Profr. Severino Ortiz, con motivo del fallecimiento del maestro cosamaloapeño.
Fue don Benito de los alumnos fundadores de la Escuela Normal y, en consecuencia, perteneció a la primera de sus generaciones, en la cual estuvieron también, entre otros, Abraham Castellanos, Luis J. Jiménez, Luis Murillo y José de J. Coronado.
Fue oriundo de Cosamaloapan de Carpio, a orillas del Papaloapan, -nació el 22 de enero de 1870-, donde pasó su niñez al lado de sus padres, el querido maestro don Juan Fentanes –quien acudió al curso de la Academia Normal de Orizaba- y doña Ramona Lavalle de Fentanes.
Cursó su primaria en su tierra natal y, luego, el que fuera Cantón de Cosamaloapan lo envió becado a Xalapa, a la Normal que el Gral. Juan Enríquez y el maestro Enrique C. Rébsamen fundaron en noviembre de 1886, presentando el examen de admisión el 15 de enero de 1887.
El 16 de junio de 1890 se llevó a cabo su examen profesional para obtener el título de Maestro de Educación Primaria Elemental, que aparece fechado el 13 de agosto de ese año. Escribió para el caso, un trabajo titulado “Primeros trabajos del maestro al hacerse cargo de una escuela”.
El examen del último grado –eran cinco años entonces- fue en noviembre de 1891, pero algo falló porque salió reprobado, por lo que se le hizo un examen extraordinario –que sí aprobó- el 19 de enero de 1892.
Ya en la normal dio muestras de algo de en lo que habría de sobresalir nacionalmente en su vida magisterial: su interés en la Gramática. Fue de los que lograron mejores calificaciones en “Español”.
El mismo año –1892- en que obtuvo su título de Maestro de Educación Primaria Superior, fue designado director de la Escuela Cantonal “Manuel Carpio”,, que su padre había fundado y dirigido. Fue el inicio de la consagración, de la entrega íntegra y apasionada de su vida, a la educación, de la que se convirtió en uno de sus más grandes exponentes, escribiendo inclusive numerosas obras didácticas en relación con nuestro idioma, que llegó a dominar magisterialmente. (Se le consideró como una de las máximas autoridades en este campo). Sobresalió igualmente como poeta y cuentista.
Su primer libro de versos, “Jaspes y Bronces”, se publicó “por el año de 1898”, según expresó su hijo, también ilustre maestro, don Edmundo H. Fentanes; y, el siguiente, “Fosforescencias”, al comenzar el presente siglo. Uno más de poesías, -de su juventud y su edad madura-, fue “De Primavera y Otoño”, “Siempre quiso la perfección de la forma –manifestó Miguel Bustos Cerecedo-, como buen hablista que era, invariablemente apegado a los cánones establecidos por la técnica neoclásica de los españoles de la decadencia; pero más se le conoce en las antologías escolares por sus composiciones dedicadas a los motivos pedagógicos: los héroes, el trabajo, la naturaleza”.
Desde principios de siglo empezó a escribir libros para la escuela. La R. Junta Académica de la Escuela Normal, que en su primera etapa se encargaba de revisar tales trabajos, le aprobó los “Ejercicios de Lenguaje”, que había enviado a su consideración.
En 1910 don Benito Fentanes fue designado Inspector de la zona escolar de Cosamaloapan. Ese mismo año se le invitó a participar en el homenaje que en el puerto de Veracruz, se preparó al famoso poeta nicaragüense, Rubén Dario.
Amante del campo y la naturaleza, cultivaba una parcela, muy cerca de Cosamaloapan, en un terreno de su hermano Juan Fentanes. Cuidar sus árboles frutales –la mayoría de limón- y limpiar el área que atendía, era un deleite para él, cada tarde, aunque a veces allí mismo, continuaba escribiendo sus obras.
El 1904 participó en el concurso nacional de cuentos para Navidad, convocado por la revista “El Mundo Ilustrado”, obteniendo con su cuento “La mañosa”, el segundo lugar.
En 1912 el maestro Fentanes fundó el semanario “Grano de Arena”, con dos de sus amigos allegados, Rosalino Joachín y Ángel Cazarín; periódico en el cual colaboraba uno de sus hermanos, Emilio; pero al paso del tiempo se quedó prácticamente solo en estas actividades. Usó el seudónimo de Modesto Junco del Campo, cuyo significado su hijo Edmundo explicó así: “En coro de familia, solía decir (don Benito) que su seudónimo no era más que el fiel trasunto de su vida: Modesto, por su modo de ser; Junco, por su magra anatomía corporal; y, Del Campo, por ser un fanático de la tierra y su cultivo.
Entre sus libros escolares está la colección “Trabajo”, para uso de sus alumnos, con muy selectas lecturas. Esta serie fue encargada por el Subsecretario de Educación Pública, don Ezequiel A. Chávez, a la muy conocida editorial “CH. Bouret”, con la recomendación de que fuera don Benito el autor. Otra colección del maestro, que también fue utilizada por los escolares mexicanos, fue “El Niño y la Vida”. Lecturas amenas, con principios morales, con sentimientos patrióticos, con vidas ejemplares, con hechos históricos, heroicos y trascendentes, que dejaban huella en los niños y jóvenes –igualmente en los adultos- formaban estos libros de don Benito.
La Editorial “Bouret” le encargó igualmente la terminación de una Guía de Lenguaje, cuyo responsable era el maestro Luis J. Jiménez, quien falleció antes de acabar la obra.
No era afecto a la política, pero, dado su prestigio, en 1918 fue electo diputado federal por su Distrito. Realmente no le llamaron la atención estas actividades. Sus pasiones eran otras: la educación, el idioma y la literatura. Por eso pasó por la Cámara de Diputados, sin dejar huella.
Radicó luego en Xalapa y ejerció como catedrático de “Gramática y Lenguaje”, sin cobrar honorarios, en una Escuela Secundaria y Preparatoria Libre.
Finalmente pasó al puerto de Veracruz, donde radicaría hasta su muerte. Don Delfino Valenzuela, otras de nuestras glorias del ramo educativo, era Regidor de Instrucción Pública en el Ayuntamiento porteño. Y llamó al maestro Fentanes para que estuviera al frente de la Biblioteca del pueblo. Don Benito permaneció aquí ocho años, varios de los cuales impartió cátedra –igualmente de Gramática y Lenguaje- en la H. Escuela Naval y en el glorioso Instituto Veracruzano.
Pero extrañaba la escuela primaria, donde había laborado muchos años y surgido un amor por la primera enseñanza y por los niños. Por eso, al dejar la Biblioteca del pueblo, fundó con su hijo Edmundo, distinguido egresado también de la Normal Veracruzana, la escuela particular “Justo Sierra”.
Don Benito fue un escrupuloso defensor del idioma. Pugnó siempre, con laudable terquedad, por su uso correcto. Y la mayor parte de sus libros llevaban ese fin. Fueron muy útiles al maestro y al alumno. Citémoslos, fuera de los que ya se han mencionado: “Tesoro del idioma castellano”, “Lecturas de Gramática y Lenguaje” (3 libros, para IV, V y VI grados de Primaria), “Combatiendo barbarismos”, “Chispitas Gramaticales Versificadas”, “Ortografía Práctica” y “Espulgos del Lenguaje”. Algunos fueron reeditados por la Casa Calpe de Madrid, España.
Obra de otra naturaleza es “Huerto de dolor”, con cuentos, “donde hallamos –volvemos a Bustos Cerecedo- un sincero afán por expresar el dolor de los hombres que cultivan la tierra, sus costumbres y el espíritu sencillo que los anima”. Y agregó: “En su narrativa se continúa la tradición realista proclamada por sus paisanos Rafael Delgado y Cayetano Rodríguez Beltrán y todos los que empujaron esa corriente literaria que entonces trascendió las fronteras veracruzanas y se prolongó hasta muy entrado el presente siglo”.
La Academia de la Lengua Mexicana le otorgó al maestro Fentanes, en sus Bodas de Oro Magisteriales, un diploma, por la labor que había desarrollado a favor del idioma español y de la literatura. Hizo viaje especial de México a Veracruz para entregar el documento de la Academia, el destacado escritor José de Jesús Núñez y Domínguez.
Don Benito falleció el 22 de junio de 1953. Se le rindieron honores diversos, muy especialmente por parte del Ayuntamiento de Veracruz, que presidía el Lic. Arturo Llorente González y, el sector educativo.
La Escuela Normal Veracruzana, el 25 de junio, firmado por su Director, Profr. Severino Ortiz, le expresó el pésame a la señora Delfina B. Vda. De Fentanes y le dijo: “El estado de Veracruz, con la muerte del maestro, ha perdido a uno de sus más altos valores en el campo de la educación y nuestra escuela a uno de sus hijos predilectos que supo darle lustre hasta el último momento. La muerte implacable vino a acabar con el último maestro de la primera generación que bajo la dirección del insigne pedagogo Enrique C. Rébsamen, egresó de este plantel en el año de 1891”.
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Secretaría de Educación y Cultura
Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
RODOLFO FIGUEROA MARTÍNEZ
El 21 de abril de 1929 nació Rodolfo Figueroa Martínez, en Alvarado, Ver., en un modesto hogar que formaban don Agustín Figueroa Uscanga y doña Isabel Martínez Vidaña. El era estibador, muy trabajador y responsable, y con firmes principios morales; ella se dedicaba a las labores hogareñas.
Su niñez, ha dicho el mismo Rodolfo, fue de “pobreza feliz”. En la casa de la señorita Andrea Hernández, le enseñaron a leer. Ansioso por aprender, en “un santiamén” se pasó la cartilla o Silabario de San Miguel, y, todavía de adulto se acuerda bien de la “tonadita” con que se la enseñaron.
Tenía siete años cuando fue a vivir al rancho “La Isleta”, en el mismo municipio de Alvarado, en la congregación de Camaronera, donde, sin ejercitar lo aprendido, pronto lo olvidó. Al año siguiente volvió a Alvarado y sus padres lo matricularon en el primera año de la Escuela “Carlos A. Ramón”, con muy buen maestro: Manuel E. Silva, con quien se le facilitó mucho el aprendizaje. Estuvo hasta el 4o. año en ese plantel y luego cursó 5o. y 6o. grados en la Escuela “Manuel P. Hernández”.
En la secundaria de Alvarado realizó los siguientes estudios. Fue un alumno aprovechado y despierto.
Anhelaba ser profesor y, en 1947, pudo realizar sus deseos. No disponiéndose de maestro para cubrir un interinato en la Escuela “Carlos A. Ramón”, fue invitado a trabajar y, al no regresar el titular, se le otorgó a él la plaza.
Allí estuvo diez años, destacándose en su labor, al grado que fue el escogido en 1956 para pasar comisionado como director a la Escuela “Manuel P. Hernández”, que vivía momentos difíciles y que la Dirección General de Educación Popular pensaba cerrar, distribuyendo sus alumnos y maestros en otras escuelas. Su trabajo fue muy satisfactorio y las autoridades superiores le solicitaron en 1957 que continuara, pero preocupado porque otros maestros tenían más derechos que él y porque se respetara el escalafón, regresó a la “Carlos A. Ramón”.
En 1963, en la administración del Lic. Fernando López Arias, fue invitado a desempeñar la inspección escolar de Alvarado. Fue uno de los mejores inspectores de esa época. Conocía bien los problemas pedagógicos y sindicales y actuó con tino para resolverlos y para ayudar a los maestros en su trabajo.
Para entonces contaba ya con su título de profesor de educación primaria, pues al establecerse el Instituto de Capacitación del Magisterio, se inscribió en seguida. Fue de los alumnos más brillantes y formó parte de la primera generación.
En febrero de 1969 fue designado director de la Escuela Primaria “Benito Juárez” (vespertina). Permaneció en ella hasta septiembre del siguiente año, en que pasó a ocupar, ya en forma definitiva, la dirección de la “Manuel P. Hernández”, cargo que sigue desempeñando.
Durante buen tiempo estuvo al frente del Consejo Técnico Escolar de la zona.
En 1970 ingresó como catedrático a la Escuela Secundaria y de Bachilleres (ESBA). También en este nivel ha sobresalido; fue Subdirector-Secretario y Asesor en tal Casa de Estudios y Presidente de las academias de Español y de Ciencias Sociales de Escuelas de Enseñanza Media en el Estado.
Al establecerse en Alvarado los sistemas abiertos de enseñanza, (1980) Figueroa Martínez formó parte de ellos, donde también continúa laborando.
Alumnos suyos han ocupado buenos lugares en diversos concursos escolares, y en los dos niveles de educación en que trabaja, se han distinguido ya muchos como profesionistas.
Su asistencia a congresos pedagógicos en el país, es constante, tanto a los convocados por las autoridades educativas estatales y nacionales, como por el Sistema Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE). En estas reuniones ha tenido muy activa participación en comisiones de estudio y en los debates.
En la lucha sindical ha desarrollado también. Conoce a perfección los derechos legales y conquistas, y la situación de los maestros y, pugna por su mejoramiento. Ha sido Secretario General de Delegaciones en Alvarado, Consejero de la Secretaría General de la Sección 56 en el Estado, Presidente de la Academia de la Cultura del SNTE, también en la Entidad; Delegado a todos los congresos seccionales y a los nacionales celebrados en Acapulco, Chihuahua, Chetumal, Cozumel y la Paz; representante de la Sección 56 ante el Seguro de los Trabajadores de la Educación; y, Presidente de “Vanguardia Revolucionaria” a nivel delegacional.
En una ocasión, la maestra Laura Mora Muñoz, siendo Directora General de Educación Popular, nos diría que Rodolfo Figueroa Martínez, es de los muy pocos dirigentes, que, además de sobresalir en la lucha sindical, destacan igualmente en el trabajo técnico pedagógico.
No ha estado Figueroa Martínez en el margen de labores periodísticas, pues ha escrito en distintos órganos de prensa de su ciudad natal y de la región. Fue uno de los pilares de un semanario muy conocido en la cuenca del Papaloapan, llamado “Alvarado”, que dirigían los ilustres alvaradeños, por desgracia ya fallecidos: Juan José Zamorano Cruz e Isidro Zamudio Uscanga.
Natural es que también en otras actividades sociales, Figueroa Martínez participe con buen éxito. En la actualidad, en el Ateneo recién creado bajo patrocinio del Ateneo Veracruzano y, en el campo de la masonería, donde ha sido Presidente de la R. Logia “Estrella del Sotavento 61”, Gran Orador de la Gran Logia Unida Mexicana y Consejero del respetable Gran Maestro de la misma Gran Logia.
Ha dirigido sociedades mutualistas y cosmopolitas (en Alvarado el mutualismo ha sido muy benéfico e importante). Fue Secretario del Comité Pro-monumento a los Héroes de Sotavento (que rechazaron a los norteamericanos en 1846, en la barra alvaradeña), Secretario de la Junta de Mejoramiento Moral, Cívico y Material y, Presidente del Comité de Forestación de Alvarado.
En la política ha participado a veces. Fue Síndico del H. Ayuntamiento y Presidente de la Liga Municipal de Organizaciones Populares y del Comité Municipal del PRI y, Diputado Suplente por el Distrito de Cosamaloapan.
Tenía varias obras escritas: “Laubscher en Alvarado”, “Estudios biográficos del maestro Manuel M. Oropeza”, “Estudios biográficos del maestro Manuel P. Hernández”, “Monografía de la Escuela ‘Manuel M. Oropeza’ ”, y, “Monografía de la Escuela ‘Manuel P. Hernández’ “.
Conserva numerosos diplomas de reconocimiento a su labor, por parte de autoridades e instituciones diversas, así como medallas, entre éstas, por 25 y 35 años ininterrumpidos de servicios docentes y, las otorgadas por el SNTE, por su actuación sindical.
Casó con Aurora del Carmen Hernández García, maestra también distinguida. Tienen tres hijos, Rodolfo (Licenciado en Derecho), Isabel (Química) y Manuel (Lic. En Derecho y en Pedagogía), quienes, casados ya, le han dado uno, dos y un nieto, respectivamente.
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Gobierno del Estado de Veracruz
Secretaría de Educación y Cultura
Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
OSWALDO FLORES AZUARA
El magisterio veracruzano perdió el día 7 del presente mes (octubre de 1974) a uno de sus miembros y más valiosos: Oswaldo Flores Azuara, quien en 1973, jubilado, dejó de prestar sus servicios en la Entidad. De 58 años entonces, con suficientes energías para continuar en la brega, la Secretaría de Educación Pública lo contrató, y, al fallecer, era el Jefe del Centro Estatal de Educación Audiovisual –incluyendo la Telesecundaria- en el estado de Hidalgo.
Flores Azuara nos recordaba a esos grandes maestros de antaño. Entregado en cuerpo y alma a la educación, muy serio y formal, responsable en grado sumo, austero, sencillo, quería que todo mundo cumpliera escrupulosamente su misión. Y decimos de antaño, no porque en la actualidad no abunden maestros y funcionarios educativos exigentes, con las virtudes que hemos citado, sino por la forma especial de trabajar, muy parecida a la de algunos de los educadores de nuestra niñez, convertidos en símbolo y en figuras venerables de nuestros pueblos.
Inteligente y capaz, fue un brillante maestro de escuela primero y, supervisor después; por muchos años estuvo al frente de zonas escolares, en las que, con su trabajo, su compañerismo, y, en general, su ejemplo, se granjeó la estimación y el respeto de sus subordinados y sus superiores.
Afecto al estudio y a la investigación, escribió varias obras, especialmente geográficas e históricas de municipios y regiones veracruzanas, que han sido auxiliares importantes para el profesorado.
En su último cargo encontró problemas difíciles. Su capacidad, experiencia y tino, lo hicieron vencer una vez más y continuar adelante. Había encaminado ya por buenos senderos, la oficina confiada a sus manos.
Era un hombre con gran sentido del humor. Conversador magnífico, afable y con la sonrisa en los labios, sabía mantener vivo el interés de sus pláticas, por prolongados ratos, lo cual le permitía conquistar más amistades.
Sin embargo, se indignaba a veces; las injusticias calentaban su sangre. Quería ante todo, rectitud y limpieza.
En el hogar fue igual. Ejemplo claro de padre y esposo. Su compañera –maestra distinguida también- y sus hijos, dentro de las normas morales que él impuso, crearon una familia avenida, comprensiva, trabajadora, que, en el dolor que hoy le agobia, sabrá hacer frente, sin duda, al destino y sobreponerse.
Se fue Oswaldo Flores Azuara, cuando aún tenía nuevos triunfos por adelante y más obra que legar a la educación. Pero debe haberse ido satisfecho, porque supo como maestro y como hombre, cumplir plenamente con sus deberes.
Descanse en paz.
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Secretaría de Educación y Cultura
Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
ANDRÉS FLORES CRUZ
Andrés Flores Cruz es uno de esos muchos maestros callados, modestos, casi anónimos, pero que con pasión entregan o han entregado su vida entera a la enseñanza. Realizó una labor extraordinaria, de especial trascendencia para las comunidades en que laboraba, donde lo recuerdan con acentuado cariño y gratitud.
Nació en Tlacotalpan, Ver., el 10 de noviembre de 1907. Fue hijo único del matrimonio formado por Antonio Valentín Flores y Juana Cruz Valenzuela.
Su padre era un artesano, que confeccionaba buenos sombreros y gorras de diversas clases. Aunque en la niñez de Andrés no hubo apuros económicos, le dio por vender periódicos. Muy chico –a eso de los 7 años- se le envió con Nemesio Terán a estudiar Música. También con Desiderio Loyo Porragas, con quien aprendió mandolina. Solo, después, tocó la guitarra. Todo eso le sería útil en su vida de maestro.
Realizó la primaria en las escuelas tlacotalpeñas “Miguel Z. Cházaro” y “Juan de la Luz Enríquez”. La Secundaria y Preparatoria la cursó en el plantel del muy ameritado maestro don Avelino Bolaños.
Luego repartió su tiempo, como manipulador en el cine del pueblo, y auxiliar de su papá en la sombrerería, mismas actividades que desempeñaría al pasar el padre su negocio a San Andrés Tuxtla, en 1925.
Desde pequeño sintió inclinaciones por la lectura y gran parte de sus “domingos” y el producto del trabajo, lo invertía en libros. Hizo amistad con el profesor Claudio Alvarado Michaud, quien tenía una imprenta, donde iban a comprar algunas publicaciones. Don Claudio le ofreció trabajo, que el joven Andrés acepto, ganándose muy pronto la abierta confianza del maestro. Esto le dio oportunidad de conocer a don Rafael Ramírez y don Luis Hidalgo Monroy, pues su jefe Claudio le enviaba a los dos ilustres educadores, trabajos educativos para que los revisaran o conocieran. Y a Andrés le tocaba ser, casi siempre, el portador de tales escritos.
El profesor Alvarado Muchaud era muy entusiasta y en una Sociedad de Padres de Familia lo nombraron Presidente casi vitalicio. Visitaba las escuelas y Andrés lo acompañaba en muchas ocasiones e inclusive llegó a enseñarle coros a los alumnos. Así empezó a ligarse a las aulas.
Don Claudio se dio cuenta de sus aptitudes de maestro y lo recomendó con el Inspector Escolar Profr. Manuel Malpica Mortera, quien al principiar 1932 lo llamó a Acayucan, cabecera de la zona, y le extendió nombramiento de profesor. “Pero yo no soy maestro”, contestó Andrés. Don Claudio sabe porqué lo recomienda, le dio el Inspector y lo mandó a trabajar a Salto de Agua, del municipio de Santiago Tuxtla. Todavía sus papás trataron de evitar su salida porque creyeron que haría quedar mal a don Claudio, más, éste, logró al fin convencerlos de que no sería así. Y no hubo remedio. Andrés se fue a la escuela. En ese año empezó a familiarizarse con la enseñanza, y a saber lo que era la escuela rural, que estaba todavía en su mejor época. Entre otras practicó el deporte con los campesinos y organizó mensualmente excursiones a Montepío pasando por el volcán de San Martín, llegando a veces a bajar un tramo corto del cráter.
En 1933 pasó a Río Tuxtla, donde permaneció dos años, ya convertido en un auténtico maestro campesino. La escuela y la comunidad eran una sola cosa. Juntos maestros, vecinos y alumnos, empezaron a transformar la vida del poblado. Construyeron un puente –el río se cruzaba a pie-, un local, aunque humilde, para la escuela; mobiliario rústico, un teatro al aire libre, porqueriza, gallinero y casa para el maestro. A la inauguración de estas obras fue el Director Federal de Educación, Profr. Matías López y se citó a los maestros de la región a una junta de circuito.
Además, formó el nuevo educador rural en el grupo de música, que daba audiciones los domingos, que la comunidad convertía en fiestas y bailes. Cada mes se hacía una comida sin costo alguno –salía del producto del mismo trabajo escolar- en la cual guisaban las alumnas. Todos se acostumbraron a lavarse los dientes.
Ayudó Andrés Flores Cruz a organizar los campesinos y aprendió no poco a su lado, entre otras cosas a caminar en la oscuridad para burlar a quienes los perseguían. La primera vez llevó su lámpara de mano, pero no dejaron los campesinos que la usara, porque les delataba. Algunas ocasiones tenía que cruzar ciertos tramos, arrastrándose sigilosamente en la tierra. Y hubo otros en que hasta escucharon los pasos de guardias blancas que los buscaban e, inclusive, disparos. Aquí se acostumbró Flores Cruz a las grandes caminatas.
En una reunión de Directores Federales de Educación, la escuela de Río Tuxtla, fue puesta de ejemplo. Y el Inspector General de la Secretaría de Educación Pública, Profr. Rafael Jiménez, antiguo Secretario de Aquiles Serdán, le extendió cálida felicitación a Andrés Flores Cruz, quien había encontrado su camino, realizándose plenamente.
Más tarde laboró en Ohuilapan y en Calería, ambos lugares del municipio de San Andrés Tuxtla. La zona escolar de Acayucan se dividió, y en San Andrés quedó la nueva inspección. Flores Cruz, se encargó a veces, provisionalmente de ésta y se le nombró finalmente Secretario, asumiendo amplias responsabilidades, pues el inspector Profr. Enrique López Guitrón salía diariamente al campo y ayudaba a los campesinos en su trabajo y en sus luchas. Llegó a organizar a diez mil de ellos.
Al decidirse la creación de la inspección escolar Rodríguez Clara, fue comisionado para organizarla y permaneció al frente de la oficina unas semanas, mientras no tuvo titular. Cuando éste llegó, el Profr. Adalberto López y Fuentes, le pidió que se quedara un tiempo con él, lo que hizo con gusto.
Después volvió a Ohuilapan, como Director de la Escuela. Ya no estuvo mucho tiempo allí, pues en una Junta de Inspectores de San Andrés, el Director de Educación expresó que necesitaba dos maestros para ir a los campos petroleros de Pueblo Viejo – en el Norte- y Cuichapa –en el Sur-. El fue uno de los escogidos, y como el otro maestro seleccionado le pidió le dejara Pueblo Viejo, se fue Andrés Flores Cruz a Cuichapa. Esto sucedió a fines de marzo de 1937, tiempos aún de las empresas petroleras (La Richmon Petroleum Co., subsidiaria de la Estándar Oil, laboraba en el lugar).
Era una odisea viajar a Cuichapa entonces, como a los demás centros petroleros. De Minatitlán se iba por río a Francita, al otro día se continuaba a Paso Arenal, terminal de la Richmon, y después, unos 16 kilómetros, en plena jungla, para llegar a Cuichapa. A principios de abril llegó Flores Cruz a su nuevo trabajo. Fundó la escuela –de palma- de la Sección 16 del Sindicato de Trabajadores Petroleros. Como las clases empezaron el 14 de abril, (Día de las Américas) bautizó el plantel, con la confirmación superior más tarde, con el nombre de “América”.
Ardua era la tarea. Ejemplo de ello fue lo sucedido en las fiestas patrias. Preparó con esmero un programa en el que participaron los niños y, al llegar la hora, se encontró con que los adultos sólo querían embriagarse y bailar. Nada de “payasadas”, refiriéndose al programa preparado.
El agente municipal se negó a dar el Grito la noche del 15 y considerando la necesidad de implantarlo, el mismo Flores Cruz lo dio. Cuando se fue a dormir el maestro, derramó lagrimas en su almohada, impresionado por la situación. Informó a la Superioridad y le respondieron que señalara el lugar a donde quería irse, para pasarlo, que no había habido intención alguna de crearle problemas. Flores Cruz, alma de maestro y de gran mexicano, dio las gracias. “Aquí es donde hace falta el profesor”, dijo, y se quedó.
Aceptó el reto y con gran voluntad y esfuerzo, venció. Las fiestas patrias llegaron después a celebrarse con relevancia. Introdujo el correo, organizó una cooperativa de consumo, fundó un conjunto musical, y dos grupos teatrales, la escuela se convirtió en el corazón de la comunidad y participó con los obreros en sus asambleas. Cada semana en el edificio de la Sección Petrolera o en el frente de la escuela, se ofrecían películas culturales, gratuitamente. Orientó debidamente cuando la Expropiación Petrolera y aún recuerda con entusiasmo las personas de aquella época las fiestas realizadas y entonan los corridos que se popularizaron.
Como consecuencia, Flores Cruz fue designado socio de la Sección 16, le dieron plaza en la industria petrolera después de sus labores escolares –plaza que renunció a favor de una persona muy necesitada- y ocupó puestos directivos.
Lo nombraron de vuelta, en un buen puesto, en Petróleos Mexicanos, con un permiso como maestro, pero no resistió estar lejos de los niños. Tras las primeras vacaciones, dejó la plaza y volvió feliz a su escuela.
A fines de 1954 se presentó interinamente en Coatzacoalcos la dirección de la Escuela Artículo 123. Y llamaron a Andrés Flores Cruz. Vencido el interinato a principios de 1956, regresó a Cuichapa. En su permanencia en el antiguo Puerto México fue también catedrático en la Secundaria y de Bachilleres Nocturna de la Universidad Veracruzana.
En 1948 había recibido de la Secretaría de Educación Pública un diploma que lo acreditaba a desempeñar el Magisterio, de acuerdo con la Ley Orgánica de Educación y la Ley de Escalafón del Magisterio Federal.
En 1959 fue nombrado Director de la Escuela Artículo 123 de Nanchital, despidiéndose de Cuichapa, en medio de un sin fin de muestras de gratitud y cariño. A la calle de la escuela se le puso su nombre.
En Nanchital siguió su extraordinaria obra de educador. Como en los demás lugares, se ganó la estimulación general. Los festivales de la escuela eran de gran calidad. Y la disciplina y el trabajo fueron famosos en las aulas.
El 1o. de enero de 1970 se jubiló. Durante dos noches hubo fiesta para despedirlo. Se le ofreció una velada y una cena.
Flores Cruz puso música a varios coros escolares, que se han cantado en distintas escuelas.
Jubilado, siente la nostalgia escolar. Y se la pasa leyendo y recopilando material para el aula. El año de Vicente Guerrero (1982) logró una magnífica antología de poesías, obras de teatro, himnos y romances sobre el héroe sureño, que publicó la Dirección General de Educación Popular del Estado.
Maestros de Veracruz
Gobierno del Estado de Veracruz
Secretaría de Educación y Cultura
Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
ÁNGEL FLORES HERNÁNDEZ
Nació en la capital de la República el 22 de octubre de 1912, pero prácticamente, su vida toda la ha pasado en el estado de Veracruz. Su padre, don Antonio Flores García, era militar; su madre, doña Otilia Hernández Cárdenas de Flores, atendía las labores del hogar. Sería Ángel el primero de ocho hijos.
Siendo muy pequeño, pasaron a su padre a la Guardia Civil de Córdoba; gobernaba entonces el Estado, interinamente, don Delfino Victoria. En una escuela particular hizo su primer año de primaria. Luego, don Antonio fue movido nuevamente, ahora a Xalapa, ingresando el hijo a la escuela “Boza”, en la cual cursó hasta el quinto grado. El último año de primaria lo realizó en la Escuela Práctica Anexa a la Normal.
Momentáneamente interrumpió sus estudios, pues fue a trabajar en un taller de zapatería. Pero como su destino no era hacer zapatos y quería estudiar, ingresó a una Normal Rudimentaria (Cursos Nocturnos), que después serían los Cursos Teóricos Prácticos. Dos años más tarde, al terminar, fue enviado como maestro rural, por las autoridades educativas, a Cerritos, del municipio de Comapan, donde trabajó como seis meses. Se desempeñó enseguida en la escuela de Tenenexpan, del municipio de Manlio Fabio Altamirano, lugar en el que permaneció solamente tres meses, pues pasó al cabo de este tiempo, al municipio de Actopan, a la comunidad de Coyolillo.
Corría el año de 1932, el maestro Froilán Parroquín lo animaba a que se matriculara en la Normal Veracruzana y, como don Gabriel Lucio, Director General de Educación Popular, le ofreciera una beca, ingresó al famoso plantel. Formó parte de las pocas generaciones que estudiaron en el antiguo local en que Enríquez y Rébsamen fundaron la Normal –el ex convento de San Ignacio en la hoy calle de Zamora- y en el segundo de los tres edificios normalistas, construido por el gobernador Lic. Gonzalo Vázquez Vela para convertir en internado la escuela y aplicar una radical reforma educativa, de tendencias socialistas. A finales de 1934 se despidieron de la vieja casona y hasta cinco meses después –junio de 1935- por no haberse terminado antes la obra, comenzaron los cursos en la nueva construcción. Era director el maestro don Juan Zilli Bernardi.
En enero de 1937, cuando comenzaba el último año de su carrera, Ángel Flores se fue a trabajar a una escuela de Chicontepec. Prácticamente también iba de luna de miel, pues se había casado con una de sus compañeras, Herminia Viveros, quien igualmente iba a laborar en el llamado balcón huasteco. Regresaron los dos a la Normal, a examinarse, en enero de 1938 y, una vez titulados, prosiguieron su trabajo educativo en Chicontepec.
Pronto, el primer hijo –Helio Flores, el gran caricaturista de hoy- que estaba por nacer, hizo que Herminia se trasladara a Xalapa, logrando Ángel una plaza cercana, en Alto Lucero.
Semanas después de haber visto Helio la primera luz, obtuvo el feliz matrimonio, plazas, en la ciudad de Minatitlán, a donde partieron los tres.
Deseosos de volver a Xalapa, Ángel consiguió cambio al puerto de Veracruz, primero y, a Huatusco, después. Pero como se prolongaba al paso a la capital estatal y, la ausencia dolía a todos, optó el maestro por volver a trabajar a Minatitlán, reunido con los suyos.
Posteriormente lograron laborar, él, en Río Blanco y, ella, en Santa Rosa, por lo que, por la cercanía de ambas ciudades, no hubo otra separación, en realidad.
Más tarde pasaron a Rafael Lucio –tras de una breve estancia de la maestra en Carrizal-, y finalmente a Xalapa.
Los dos se habían distinguido en su labor docente. Entregados, cumplidos, responsables, dejaban profunda huella en las comunidades donde laboraban, y, naturalmente, conquistaban reconocimiento y cariño generales.
El maestro Flores fue designado en 1950, Inspector Escolar. Estuvo como tal, en las zonas de Huatusco, Coatepec, Perote y Xalapa. En 1964 se estudiaron los expedientes de numerosos maestros, para nombras Subdirector Administrativo de la Dirección General de Educación Popular. Flores fue el seleccionado. Había destacado igualmente en su labor administrativa. Era minucioso; con mucho cuidado y orden efectuaba en su trabajo como Inspector y, le llegó al ascenso mencionado. Fue un funcionario ecuánime, sencillo, calmado, paciente, dispuesto siempre al diálogo, al cambio de impresiones, a la sana conciliación. Su carácter abierto y bonachón, le ayudó mucho en el desempeño de la nueva responsabilidad.
Terminó su gestión como Subdirector Administrativo el 30 de noviembre de 1968, con el fin del sexenio gubernamental del Lic. Fernando López Arias. Al mes, el 1o., de enero de 1969, se jubiló, al igual que su esposa Herminia.
Además de Helio, que es uno de los caricaturistas más reputados nacional e internacionalmente -y un buen arquitecto-, el matrimonio procreó dos hijas: Lérida y Araceli, la primera, maestra y, la segunda, doctora en medicina.
En la actualidad viven tranquilamente, disfrutando del cariño no sólo de sus hijo, sino también de cinco nietos y del afecto y el respeto de la sociedad.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
MARIA D. FLORES MORALES
Maruca Flores Morales nació en Xalapa, Ver., el 9 de agosto de 1923, de padres modestos: Conrado Flores Muñoz, mecánico ferrocarrilero y María Morales M. de Flores, quien hasta antes de casarse había sido maestra rural. El abuelo paterno, Victoriano A. Flores fue distinguido educador de la época de Rébsamen y falleció en 1891 siendo Director de la Escuela Normal de Oaxaca.
Maruca fue la mayor de 6 hijos, dos de ellos hombres, y habría de compartir la responsabilidad del hogar, desde antes que sus padres fallecieran, él en 1950 y ella en 1955. Acostumbró coser la ropa de todos, tras que su tía Herminia Morales de Ávila le enseñó algo de corte, que después estudiaría en una academia con la profesora Blanca Muñoz.
En 1929 ingresó a un grupo de parvulitos en una escuela particular, pero ésta fue cerrada, y su madre se encargó de seguirla educando. Cuando en 1932 solicitó su ingreso a la escuela “Susana Fontana”, tras ser examinada fue matriculada en tercer grado. Las profesoras Ramos, Ana María, Melita y Soledad, fueron sus maestras en 3o., 4o. Y 5o., años, respectivamente. El 6o. grado lo cursó en la escuela “Josefa Ortiz de Domínguez”, con la profesora Consuelo Valdés.
Entró a la Normal Veracruzana en 1936, sobresaliendo por su conducta y dedicación al estudio, y, en 1941, obtuvo dos títulos: el de maestra de primaria de corte y confección. También estudio taquigrafía y mecanografía.
En 1942 fue enviada a trabajar a la escuela “José Ma. Morelos”, de Paso de Ovejas, ver., al año siguiente volvió a Xalapa como escribiente en la Secretaría de la Escuela Preparatoria, y unos meses después fue de las maestras fundadoras del Jardín de Niños anexo a la Escuela Normal.
Interesada vivamente en su trabajo, consiguió una carta para las autoridades de Pre-Escolar de la Secretaría de Educación Pública, con el fin de enterarse de las labores de los Jardines en el Distrito Federal. Fue así como al igual que la maestra Lupita Herrera González, en 1945 dedicó las vacaciones –aprovechando que no coincidían las de la Federación con las del sistema estatal- para visitar varios Jardines de la capital de la República e intercambiar opiniones con las educadoras que los atendían. Tres años después, promovido por la maestra Rosaura Zapata, la SEP realizó un Taller Pedagógico para educadoras de los estados. A él acudió Maruca Flores. Más tarde asistiría también a uno cursos de perfeccionamiento profesional para Educadoras de Párvulos que organizaría la misma Secretaría de Educación Pública.
En Xalapa, en 1946 había atendido la dirección del colegio particular “Pedro Degante”, cuya incorporación consiguió en la SEP.
Su padre enfermó y fue necesario que Maruca buscara nuevos egresos económicos para la familia. Entonces, sus ratos libres y días de descanso, los dedicó a las labores de costura, auxiliada por su mamá y sus hermanas.
Ingresó como catedrática al Instituto de Educación en 1951, primero impartiendo Literatura Infantil; después tendría también a su cargo Ritmo y Danza y, Actividades Peri-escolares. Maruca compuso varias canciones para los párvulos. Con letra y música. “Arrullo a papá”, “Mi automóvil”, “El agente de Tránsito”, “Vacaciones”, “La Cruz Roja”; y con música de Chabelita Pérez, “La Enfermera”, y “Siembra”.
Sus inquietudes por superarse la llevaron a efectuar nuevos estudios, en la Universidad Veracruzana, en la Normal Superior de México y en la Universidad del Estado de Nueva York. En la primera logró Carta de Pasante en la Licenciatura de Pedagogía, en la Facultad de Pedagogía; en la Normal Superior obtuvo un diploma como Maestra Orientadora y tomó un curso de Psicología; y en Nueva York un diploma más en Orientación Vocacional.
Asistió a diversos cursos más, entre ellos al de Educación Estética realizando en 1955 por las Direcciones de Educación del Estado y Federal; y al Perfeccionamiento y Actualización del alto nivel, llevando a efecto en 1965 en la Normal Veracruzana, por el Instituto Federal de Capacitación del Magisterio y la Dirección General de Educación Popular del Estado, que fue impartido por ilustres maestros del Continente.
A través de su vida, apagada tempranamente, fue catedrática del Instituto de Educación, como ya hemos visto, de la Normal Primaria, de la Universidad Veracruzana y del Instituto de Capacitación del Magisterio Veracruzano.
En la Normal Veracruzana tuvo a su cargo cátedras de Pedagogía, Psicología General, Psicología del Aprendizaje y Observación Escolar. Fue, además, Jefa del Departamento de Orientación Educativa y Vocacional y Trabajo Social, el cual planeó, organizó y puso a funcionar; Auxiliar Técnico de la Subdirección Técnica, y, finalmente, Subdirectora Técnica, cargo que ocupaba cuando falleció.
En la Universidad Veracruzana impartió cátedras de Pedagogía Preliminar y Psicología General (Escuela de Bachilleres, diurna y nocturna de Xalapa) y de Conocimiento de Adolescentes y Psicología General (Facultad de Pedagogía, Letras y Ciencias). Fue igualmente Maestra Orientadora en la Escuela de Bachilleres Diurna. Coordinó al equipo de Orientación Educativa y Vocacional de la Facultad de Pedagogía.
En el Instituto de Capacitación del Magisterio Veracruzano atendió las materias psicológicas.
La maestra María Dolores Flores Morales llevó una vida de intensa actividad educativa. Participó en estudios sobre la reforma en la Escuela Normal, tanto en el campo de primaria, como de pre-escolar; en la elaboración de programas y unidades; como Catedrática en Cursos de Perfeccionamiento; en numerosos Congresos y Seminarios Pedagógicos y fue de las organizadoras y Presidenta del Nacional de Orientación Educativa y Vocacional, efectuado en Xalapa en 1965; en jornadas de Orientación Vocacional en el Distrito Federal; y preparó con la ayuda de tres maestros orientadores, la 1a., Guía de Información Vocacional de la Universidad Veracruzana. También ha ofrecido conferencias en numerosos lugares, fundamentalmente sobre orientación educativa y vocacional.
La maestra Flores Morales fue una de las fundadoras del Consejo Estatal Técnico, en Enseñanza Media, en 1970.
En sus actividades fue muy ordenada, disciplinada y responsable, y demostró un gran amor a su profesión y a la Normal.
Una temporada impartió orientación vocacional a seminaristas, que la recuerdan con admiración.
Fue objeto de cálidos reconocimientos a su trabajo. Citemos dos, uno el diploma que la Generación 63-64 del Instituto de Educadoras, le otorgó “jubilosamente” como “testimonio de gratitud”, y “tomando en cuenta el cariño y la dedicación brindada en pro de la cultura veracruzana y deseando que éste sea un estímulo a su empeñosa tarea de hoy y que en el porvenir coseche mejores frutos”. El segundo fue el habérselo puesto su nombre a un Jardín de Niños de Xalapa.
Maruca Flores falleció en un accidente automovilístico en la capital del Estado, el 12 de febrero de 1971, cuando apenas estaba por cumplir 48 años de edad. Al morir dejó algunos trabajos inéditos.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
JESÚS FUENTES DE LA CADENA
Nació en la ciudad de Córdoba, el 6 de agosto de 1907. Sus padres fueron don Miguel Fuentes Téllez y doña Sara de la Cadena Monroy.
Don Miguel era un ganadero de la Huasteca. Siendo Jesús muy pequeño, la familia vivió en Castillo de Teayo, Tantoyuca y Chicontepec. Tenía él, entre tres y cuatro años, cuando su padre perdió la vida en la Revolución.
Se fueron a vivir entonces –Jesús y una hermana menor- con los abuelos paternos, a Córdoba, donde cursó el niño parte de la Primaria en la Escuela Cantonal, que dirigía el profesor Antonio Quintana. Entre sus compañeros estuvo la niña Eumelia Tello y entre sus maestros, doña Petra Calatayud.
Después radicaron unos días en Coatepec, con Gilberto Valenzuela y Zelina Guerrero. En Jilotepec había una escuela granja, fundada por el Gral., y Profr. Marcelino Murrieta. Allí lo llevó el maestro don Manuel C. Tello. Era un internado sostenido con el producto de las actividades del plantel. Cultivaban la tierra y criaban ganado, formándose adolescentes prácticos y con amor al trabajo. En el internado, la mamá de Jesús era Prefecta, encargada de las actividades domésticas.
Cuando fue clausurada la escuela granja, doña Sara pasó como maestra rural a Cruz Blanca, y su hijo a Xalapa, donde terminó sus estudios primarios en la escuela particular incorporada dirigida por el maestro Agustín P. Blancas.
En 1924 los maestro Gilberto F. Valenzuela y Manuel C. Tello, lo llevaron a la Escuela Normal Veracruzana “Enrique C. Rébsamen”. Sus inquietudes sociales se hicieron patentes, participando en forma destacada en el movimiento estudiantil. En una ocasión en que el Gobierno del Estado pasaba por apuros económicos y dejó de pagarles las pensiones, encabezó una comisión de protesta, que logró que, en pocos días, se las hicieran efectivas. Tomó parte en los eventos culturales y deportivos en que la Normal y la Prepa contendían entusiastamente.
Antes de terminar sus estudios normalistas, fue enviado por el maestro Monroy a Zongolica, como pionero de la Escuela de la Acción, que empezaba a practicarse. Al regreso, en Xalapa, laboró en la escuela “Juan de la Luz Enríquez”.
Más tarde fue nombrado profesor de la Escuela Práctica Anexa a la Normal. Era época agitada, socialmente, y al nuevo educador le tocó participar en el Distrito Federal, en las luchas obreras. Fue enviado de Xalapa a colaborar con los tranviarios contra la empresa –canadiense- que se negaba a atender las demandas justas que le fueron presentadas. Pronunció discursos incendiarios y fue agredido y perseguido por la policía. A punto estuvo de ser remitido a las Islas Marías, especialmente por un discurso contra el Presidente de la República, Gral. Abelardo Rodríguez.
Al regresar a Xalapa –a la Escuela Práctica Anexa, de donde había salido- fue felicitado por el Gobernador de la Entidad, coronel don Adalberto Tejeda.
En la capital del Estado el maestro Fuentes de la Cadena continuó su participación en las lides sindicales, tanto en el Sindicato de Maestros Xalapeños. Como en el Sindicato de Catedráticos de la Normal, y en la Federación Regional de Trabajadores CTM. Ocupó cargos distintos y asistió a numerosos congresos magisteriales y obreros. En uno de estos congresos presentó una ponencia para la creación de la Escuela Normal Superior, que también entregó al Gobierno del Estado.
De la Escuela Práctica Anexa de la Normal pasó en 1929, por poco tiempo, a Zongolica, como Director, regresando luego a Xalapa a una Ayudantía en la Primaria “Juan de la Luz Enríquez”, y dos años después –en 1931- de nuevo a la Escuela Anexa.
En 1938 fundó la Escuela Secundaria Particular “Carlos A. Carrillo”, para hijos de trabajadores humildes. En marzo de 1961 fue incorporada a la Federación, permaneciendo el maestro Fuentes de la Cadena en ella hasta marzo de 1980.
Desde 1936 empezó a impartir cátedras en la Normal Veracruzana, habiendo desempeñado en su larga trayectoria en este campo –26 años- las asignaturas de Historia de México, Paidología, Técnica de la Enseñanza, Filosofía, Economía, Sociología, Ciencia de la Educación y Psicología Pedagógica. Fue, además, Jefe de Prácticas Escolares y Jefe de la Sección de Academias. El máximo cargo de la escuela, el de Director, también fue ocupado por él, del mes de febrero al de mayo de 1955.
En la Facultad de Pedagogía, por cerca de un año, impartió igualmente cátedras.
En la Dirección General de Educación Popular desempeñó la Secretaría el año de 1943, desde donde influyó para que se creara como anexo la Normal, un Jardín de Niños. En la misma dependencia formó parte del Consejo Consultivo en 1954.
Al dejar la dirección de la Escuela Normal en mayo de 1955, fue designado por el Secretario de Educación, Lic. José Ángel Ceniceros, Jefe de la Misión Cultural, con cabecera en Rodeo, Dgo., donde estuvo más o menos un año, pues añoró Xalapa y regresó como Catedrático a la Normal.
Le tocó ser en parte de los fundadores del Seguro Social del Magisterio, del cual fue Secretario. Contribuyó con los dirigentes obreros cetemistas, de Xalapa, a la formación de una Escuela de Derecho Obrero. Cuando se estudió una nueva Ley de Educación, en el sexenio del gobernador Lic. Jorge Cerdán, el maestro Fuentes de la Cadena, promovió ponencias de los maestros ante el Gobierno, dando a conocer sus puntos de vista. En el periodo estatal de don Adolfo Ruiz Cortines dirigió la Campaña de Alfabetización.
El maestro Fuentes de la Cadena ha acudido a diversas reuniones pedagógicas, tomando parte importante en sus discusiones y comisiones y elaborando ponencias.
Ha dicho numerosas conferencias pedagógicas y de ideología revolucionaria; y es autor de trabajos diversos y apuntes, algunos de ellos inéditos.
En Buenos Aires, a donde asistió invitado por el Lic. Vicente Lombardo Toledano a un congreso de la CTAL, pronunció una conferencia sobre los artículos 3o., 27 y 123 de nuestra Constitución.
Tras haberse jubilado en el Estado, fue llamado en 1975 por la Dirección General de Educación Popular, para encargarle la Inspección Escolar de Huatusco, donde fundó varios Jardines de Niños en comunidades marginadas. En la actualidad es Inspector Escolar de Naolinco.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
FRANCISCO GALVÁN RIVERA
Nació el 4 de junio de 1926 en San Marcos de León, municipio de Xico, del matrimonio de don Juan Manuel Galván y doña Esperanza Rivera.
Su padre se dedicaba a las labores campesinas y al pequeño comercio, lo que permitió a Panchito Galván pasar una niñez si apuros económicos, aunque no desahogada. Sus juegos y correrías tuvieron como escenario el campo, el río Calpixcan y las calles de San Marcos.
Comenzó su primaria en la escuela “Salvador Díaz Mirón”, de su tierra natal; la prosiguió en la “Aquiles Serdán”, en las Puentes y, finalmente, el sexto año lo cursó en la escuela “José María Morelos”, de Coatepec, a donde, a veces, con el fin de aprovechar en otras cosas lo que recibía para el pasaje, viajaba a pie.
En Coatepec, también, durante un año estudió taquimecanografía y comercio, en la academia “Teodoro Kerlegand”.
En 1941 ingresó, becado, a la Escuela Normal, cuando estaba por terminar su gestión como director, el profesor Calixto D. Hernández, a quien habría de sustituir el profesor Manuel C. Tello.
Hubo cambios que dejaron profunda huella en su mente. Se había clausurado el internado y –nos dijo en cierta ocasión- la escuela fue agredida. “Un día, se encontraron encaladas las pinturas murales; otro, se acomodó, de buenas a primeras, en el mismo edificio, a la Escuela de Agricultura, en abierta invasión; se nos privó de campos deportivos y terrenos, parte de los cuales nos restituyó después don Ángel Carvajal; perdimos libertad de acción, se nos impedía el paso a la parte de atrás del plantel y hubo dificultades para utilizar las canchas y la alberca. Fue un impacto tremendo”.
Le dejaron magnífico recuerdo como maestros, Luis Martínez Murillo, Ing. Bouchez, José Díaz, Adalberto Lara, Manuel C. Tello, Melesio Cortés, Paquito Ramos Salas…
En esta época surgió el Ateneo Normalista. “Fue una idea de don Adalberto Lara –expresó Panchita Galván- y estableció con el profesor José Luis Melgarejo, el Fuego Cultural Normalista”.
En 1945 hubo serios problemas que desembocaron en una huelga; uno de los líderes fue Norberto Martínez, quien, después, sería uno de los grandes pintores veracruzanos. El movimiento huelguístico produjo la renuncia del maestro don Manuel C. Tello, a quien interinamente substituyó don Adalberto Lara.
Terminó Galván sus estudios normalistas en 1946 y el 16 de febrero de 1947, dos semanas después de la muerte de su padre, empezó a trabajar como director en la escuela “Eduardo R. Coronel”, de San Marcos, a petición de los ejidatarios. Allí permaneció hasta 1959 en que el Director General de Educación, profesor Raúl Contreras Ferto, en la administración del Lic. Antonio M. Quirasco, lo invitó a hacerse cargo del Departamento de Contabilidad y Presupuesto de la Dirección. Continuó en el cargo, debido a su limpieza y competencia, en el nuevo sexenio, con el Lic. Fernando López Arias, como Gobernador.
E. 1o. de febrero de 1965 fue designado Subdirector Técnico de la Escuela Normal Veracruzana, con el profesor José Acosta Lucero, como director. (En febrero de 1960 había ya ingresado al plantel, impartiendo cátedras). Demostró en el nuevo puesto, que además de un eficiente trabajador en aspectos administrativos y contables, lo era también en el aspecto técnico pedagógico. Le tocó la aplicación de la Reforma Educativa, con un nuevo plan de estudios, aumentando de 3 a 4 años, adelantándose en esto la Normal Veracruzana a todas las Normales de la República. Considera Panchito Galván que fue entonces, la mejor etapa de la escuela, en la época moderna. “Además del nuevo plan –expresó- tuvimos nuevo y funcional edificio, hubo abierto apoyo e identidad con las autoridades, trabajo armónico y sobre todo, mística en el personal”.
La Subdirección Técnica la dejó el 1o. de diciembre de 1968, para volverla a ocupar el 9 de octubre de 1971 al ser nombrado como Director de la Normal, el profesor Raúl Contreras Ferto. “El maestro Contreras Ferto –nos dijo Galván- es un gran administrador; entre las realizaciones que se lograron bajo su planeación y guía, estuvieron los cursos de Post grado para egresados de la Escuela Normal, que es el antecedente de la actual licenciatura; la edición de libros de texto elaborados por los catedráticos de las asignaturas y, otros de difusión cultural; y, la revista trimestral ‘Didacta’ “.
Cuando el profesor Contreras Ferto renunció a la dirección de la Normal, fue nombrado en su lugar –16 de enero de 1976- el maestro Panchito Galván, quien continuó la obra emprendida, salvo lo referente a los cursos de Post grado, porque aun cuando ya había salido dos generaciones, el proyecto de la ley correspondiente no se envió a la H. Legislatura.
En la Normal, impartió Galván distintas cátedras: Paidología, Historia de la Educación, Pedagogía y Didáctica.
Hizo estudios de Licenciatura en Educación, en la Facultad de Pedagogía de la Universidad Veracruzana, de 1955 a 1958 y, el 1o., de abril de 1959 empezó a trabajar en ella como Catedrático de Matemáticas Pedagógicas, a invitación del profesor y Lic. Carlos M. Vargas, Director de la Facultad. De mayo de 1969 a enero de 1971 ocupó la Jefatura de Extensión Pedagógica.
Con orgullo, ha exclamado: “Me hice profesor en el servicio y, me ha ido muy bien.
Ha sido también catedrático en la Escuela Preparatoria de la calle Juárez y, en la Secundaria de Coatepec.
Jubilado en el sistema estatal, presta sus servicios actualmente en la Escuela Secundaria Técnica No. 105, tras haber permanecido un tiempo laborando en las oficinas de la Unidad de Servicios Educativos a Descentralizar (USED) de la SEP, en el Estado.
Ha colaborado en diversas revistas pedagógicas y acudido a seminarios y congresos del ramo. Igualmente ha ofrecido pláticas y conferencias sobre temas educativos.
Conserva diplomas de escuelas, sociedades de estudiantes e instituciones de otra naturaleza, reconociendo su labor y su entrega a la educación de la niñez y de la juventud.
Galván Rivera es un hombre sencillo, reposado, franco y cordial. Sabe escuchar y es comprensivo. Su carácter jovial y su valía como maestro, le han ganado el respeto y cariño de cuantos lo conocen, especialmente de alumnos, compañeros y padres de familia.
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Gobierno del Estado de Veracruz
Secretaría de Educación y Cultura
Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
DARÍO GARCÍA CID
Un educador excepcional ha dejado de existir. El día 7 de mayo, (1987) en el puerto de Veracruz, se nos adelantó en el descanso eterno, Darío García Cid.
Maestro de vocación, con pasión sin fin por la educación indígena, con humildad y sencillez asombrosas, entregó su vida a los niños y jóvenes de Veracruz, recorriendo sus diversos caminos, los más abruptos y escondidos, entre ellos.
Nació García Cid en Zongolica, una de nuestras más hermosas regiones indígenas, el 25 de octubre de 1909. Sus padres fueron don Luis García González y doña Teresa Cid, el primero, hijo de un español que le heredó propiedades agrícolas, que le permitían una vida sin grandes problemas.
Pero pronto falleció don Luis. Pescó una pulmonía al pasar una noche en una troje, y no se logró salvarse. La pérdida del padre y las convulsiones revolucionarias, afectaron a la familia, pasando penalidades. Uno de los 14 hijos fue dejado, al parecer, sin vida, por grupos en armas. Le dispararon, inclusive, el tiro de gracia, pero la bala le quedó incrustada superficialmente en la sien, sin que se dieran cuenta los agresores. Se salvó y, al paso de los años, él mismo pudo extraerse con cuidado el proyectil, que, por cierto, los médicos no se atrevían a tocar.
Cursó el niño Darío su primaria en la misma Zongolica y, más tarde, en 1927, ingresó, pensionado, a la escuela Normal Veracruzana. Terminó sus estudios en 1932, y su título, firmado por el gobernador Gonzalo Vázquez Vela, fue expedido el 10 de febrero de 1933.
Inició entonces su largo peregrinar, en Zontecomatlán. Desde el principio afloró su responsabilidad y su amor a los niños, que unido a su nobleza, su don de gentes, su comprensión y otras virtudes, le conquistaron enseguida el cariño y respeto de alumnos, compañeros y padres.
Laboró después en numerosas comunidades. Lerdo de Tejada, Chicontepec (Escuela Normal), Cazones, Papantla, Alamo y Xalapa, antes de ir a México, donde permaneció unos dos años. De los lugares citados, en el que más tiempo duró fue Xalapa, en la Escuela “Rébsamen”. Volvió a la capital del Estado y no tardó en ser designado Inspector Escolar en Tuxpan, para ser aprovechado ya por mucho tiempo en ese cargo, debido a su buen desempeño, en distintas zonas: Córdoba, Altotonga, Misantla, Naranjos y Orizaba.
En 1966 se presentó una decisión difícil para las autoridades educativas superiores y el maestro García Cid. Las primeras, considerando la gran necesidad de contar con maestros bilingües para las comunidades indígenas, ya que la falta de entendimiento debido a los diferentes idiomas entre maestros y alumnos, atrasaba mucho la enseñanza, al grado de que tardaban los niños hasta 4 años para aprender a leer y escribir; las autoridades, decíamos, resolvieron fundar un Centro de Iniciación Pedagógica en la zona de Zongolica, uno de cuyos requisitos de ingreso fuera hablar el idioma nativo. El Centro, además, tenía que establecerse en plena sierra para que no se desarraigaran los muchachos y, al terminar sus cuatro años de estudio salieran sin problemas a trabajar a sus propias comunidades. Pero para el triunfo de esta institución se requería de buenos maestros, con ciertas características, especialmente el director. Independientemente de su capacidad comprobada, era necesario que tuvieran amor a los indígenas, que hablaran su lengua, que sacrificaran las comodidades citadinas para vivir con privaciones en lo intrincado de la montaña, que se entregaran a la nueva tarea en forma íntegra y con emoción. Darío García Cid era ideal. La Dirección General de Educación Popular tendría que deshacerse de un magnífico Inspector, y él, que privarse de la vida ventajosa de la ciudad. Y una y otro, lo hicieron.
Darío García Cid, se fue a vivir con sus paisanos indígenas a Los Reyes, punto escogido para el Centro de Iniciación Pedagógica. Recordaba bien, por supuesto, el maestro, el idioma náhuatl. Y fue feliz. No les espantaron las carencias. Surgió una especie de mística bajo su dirección. Quizás fue allí donde se encontró más así mismo, donde se realizó plenamente. El nuevo Centro hizo honor, con creces, a los propósitos del fundador de esta clase de instituciones veracruzanas, maestro Raúl Contreras Ferto, quien también había escogido a otros maestros extraordinarios para dirigir los de Carrizal y Acececa que creó Rosendo Leyva y Millado Flores, respectivamente.
Produjo Los Reyes muy buenos maestros bilingües; y, los niños indígenas, al superar el obstáculo del idioma y correr parejos con los demás niños, empezaron a alcanzar su educación en igual tiempo que ellos. El Instituto Nacional Indigenista, desde México, buscaba contratar, para sus propios servicios, a maestros de Los Reyes.
Darío García Cid, se encontraba en su ambiente. Pero tuvo que abandonar empresa tan generosa. Enfermó del corazón y los médicos le recomendaron que viviera al nivel del mar.
Y con tristeza en ambos, la Dirección General de Educación Popular envió al maestro García Cid al puerto de Veracruz, donde laboraban sus dos hijas, maestras también. Dirigió la Escuela “Adalberto Tejeda”, en la cual permaneció varios años, hasta jubilarse. A veces recibía visitas muy agradables: indígenas de Los Reyes.
Su estimable hogar lo formó con dola Rosa San Román. Citamos ya las dos hijas, María Teresa y Flor Alba, que continúan laborando en el puerto, María Teresa al frente de la Escuela “Constanza Condés de la Torre”.
En 1982 la generación del maestro García Cid, celebró en Xalapa su cincuentenario. Allí tuvimos el placer de saludarlo.
No supimos más de él, hasta el día que nos entristeció y nos sacudió la esquela de su fallecimiento.
Fue sepultado en Xalapa el 9 de mayo, dos días después de su deceso.
Se nos ha ido uno más de los viejos y sobresalientes maestros. Pero vivirá por siempre en el corazón del pueblo.
Maestros de Veracruz
Gobierno del Estado de Veracruz
Secretaría de Educación y Cultura
Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
MIGUEL GARCÍA DÍAZ
De padres modestos, Miguel Díaz y Priscila García, nació en el puerto de Veracruz, el 29 de septiembre de 1921, Miguel García Díaz.
Su niñez fue de apuros y sacrificios. Cursando su primaria en la Escuela “Vicente Guerrero” tuvo que buscar trabajo para ayudar al sostenimiento de su hogar. Vendió dulces en un cine y, polvorones y pasteles en otro sitios, pero su principal actividad fue la de panadero. Estuvo primero en la panadería “El Bronce”, después en la “Diligencias” y por último, en “La Gloria”.
Un día leyó en “El Dictamen” la cercana apertura de cursos en la Escuela Normal Veracruzana y surgió el deseo de ingresar a ella, pero entre los requisitos estaba una fianza de cien pesos, difícil de conseguir. Le platicó su aspiración y su problema al señor Francisco Hons, armador de barcos, quien generosamente le otorgó la fianza. Trabajó duro en el tiempo que faltaba para el examen y logró disponer de $17.50 para el viaje a Xalapa. Lo hizo solo, en el año de 1937. Mas ¡oh decepción!, no fue aceptado en la Normal.
Se dio cuenta que en el Plantel había una panadería que elaboraba el pan para el internado, que era entonces la Normal. Se lo comunicó al ferrocarrilero Miguel Villanueva, con quien se había hospedado, soñando encontrar trabajo allí. Y él lo animó. Habló Miguelito con los que manejaban la panadería y lo admitieron. Y esto le abrió las puertas para que también estudiara. Recuerda que el maestro Adalberto Lara, al darse cuenta que necesitaba trabajar, le tuvo afecto especial y consideraciones.
En 1942 se recibió como maestro y, principiando 1943, fue a laborar a la Escuela “Ricardo Flores Magón”, de Minatitlán, ciudad a la que entregó toda su vida profesional –con excepción de seis años en que fue Subdirector de educación-, con gran entusiasmo y responsabilidad.
Al siguiente año pasó a la Escuela “Hijos de Lerdo”, que dejó al ser designado director del anterior plantel –“Flores Magón”-, en marzo de 1946. Al año siguiente empezó a laborar en el sistema federal como ayudante de la Escuela Artículo 123 de Petróleos Mexicanos.
Trabajó además como catedrático, en la Escuela Secundaria Superior, de la capital de la República, cursando la especialidad de Civismo, que terminó en el año de 1955.
Preocupado hondamente por el futuro de numerosos jóvenes que no encontraban sitio en las escuelas de Minatitlán, fundó en 1955 la Escuela Secundaria Nocturna “18 de Marzo”. Incansable, al año siguiente, creó la Escuela Nocturna de Bachilleres, “Sección 10”, y, como si fuera poco, en 1957, dio la vida a otro plantel: la Escuela Normal “Manuel C. Tello”. Todas las instituciones educativas han prestado servicios de incalculable valía a la juventud de Minatitlán.
Pero no fue todo, todavía García Díaz fundaría una escuela más: La Secundaria Federal para Trabajadores; y ayudaría a la creación de la Secundaria Federal Jáltipan y del CECATE de Minatitlán.
Difícilmente podrá encontrarse una persona que tenga en su haber tantas y tan importantes realizaciones.
Se dio tiempo para efectuar también labores periodísticas. Fue reportero y articulista de “La Opinión” y corresponsal de “El Dictamen” y “El Universal”.
El Lic. Fernando López Arias, que conocía su obra, su dinamismo y su honradez, lo designó Subdirector Administrativo de la Dirección General de Educación Popular, al comenzar su sexenio como Gobernador de Veracruz, el 1o. de diciembre de 1962. Luchó allí tesoneramente por evitar irregularidades y prácticas corruptas. El 1o. de enero de 1964 pasó a la Subdirección de Educación Rural, creada por el Gobernador para llevar a efecto el plan de trabajo de educación rural, -por la que sentía pasión-, surgió del Seminario sobre Educación Rural a que había el Gobernador convocado y realizado en septiembre de 1963.
Se entregó Miguel García Díaz a sus nuevas tareas con la responsabilidad acostumbrada. El Lic. López Arias había dicho que era una “hormiguita” en el trabajo. Y siguió haciendo honor al concepto que de él tenía el Gobernador. La educación rural, tuvo avances señalados en ese período.
Al término de su importante comisión en Xalapa, volvió a Minatitlán y se hizo cargo de la Escuela Primaria “Lázaro Cárdenas” y reanudó labores en la “Artículo 123” de Petróleos Mexicanos.
La Escuela Técnica Industrial No. 123 en su afán de estimular a los mejores alumnos, decidió crear una medalla con el nombre de un maestro que hubiera destacado por su obra educativa. Para el caso realizó una encuesta entre el mismo magisterio, y ésta arrojó como resultado el nombre respetable y querido de Miguel García Díaz. Quedó instituida tal presea, que año con año reciben los cinco mejores alumnos de la ETI No. 123.
En la actualidad, García Díaz disfruta de su merecida jubilación. En el sistema federal la recibió el 1o. de septiembre de 1981 y, un año después, el 1o. de septiembre de 1982, en el sistema estatal.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
ATANASIO GARCÍA DURÁN
Maestro apasionado del campo, de aquellos que deseaba Rafael Ramírez, convencido de la necesaria identificación o fusión plena de escuela y comunidad, es Atanasio García Durán, quien nació en Xalapa, Ver., el 2 de mayo de 1943, en el seno de un hogar pobre, integrado por don Wenceslao García Hernández y doña Manuela Durán Gómez, quienes vinieron del estado de Puebla, como cortadores de café. Se quedaron en la capital Veracruzana y fueron también pequeños comerciantes ambulantes. Atanasio fue el último de cuatro hijos –todos varones-, del matrimonio.
Cursó Atanasio su primaria en el Centro Escolar “Revolución”, pero las privaciones económicas de la familia lo obligaron a trabajar una vez concluido el segundo año. Fue ayudante en una fábrica de mosaicos y en una zapatería en el antiguo mercado “Jáuregui”, mas, deseoso de superarse, continuó sus estudios en el turno nocturno del mismo Centro “Revolución”.
Después, tratando de aprender un oficio, ingresó a la Escuela Federal de Enseñanzas Especiales. A los dos años se estableció en ésta una Secundaria, en la cual se matriculó. Influyó mucho en su conducta, su manera de ser y su ideología, una muy buena y progresista maestra, Ana Berta Cuevas; también el Ing. Jorge Elizondo.
Paradójicamente, Atanasio, que resultó maestro de los mejores, no tuvo intenciones de estudiar tal profesión; aspiraba a ser Ingeniero Electrónico. Pero en 1963 llegó a la Normal Veracruzana. Y como la maestra Cuevas les había enseñado que debía rendirse lo máximo en lo que se estudiara o trabajara, él se empeñó en ser un buen normalista. Recuerda entre los maestros que más quiso, por su calidad y valía, a Teodoro Lavoignet Naveda, Raúl Contreras Ferto y Manlio Tapia Camacho. Y a una maestra que, aunque no le impartió cátedras, contribuiría en forma decisiva en el rumbo de su vida profesional: Olga Ruiz de Oviedo. Era bibliotecaria y les orientaba y recomendaba magníficos libros. Así fue como leyó a Makarenko y su famoso poema pedagógico. Olga Ruiz le habló con entusiasmo de la Escuela Rural de Tlacolula, Chicontepec, y, al salir a trabajar, aún cuando recibió una medalla de bronce, como el tercer mejor alumno, y podía solicitar plaza para una ciudad, Atanasio pidió ir a Tlacolula, decisión que considera la más importante de su carrera. Igual hizo quien se convertiría en su esposa, Julieta Jiménez, que quedó arriba de él en el aprovechamiento y le fue otorgada por lo tanto, la medalla de plata del segundo lugar.
Tlacolula impresionó a los dos. Nunca había salido de la ciudad, y, aunque su vida se desarrolló en los barrios pobres, el cambio fue impactante. Empezaba su profesión conociendo la realidad del campo. Un nuevo mundo aparecía ante sus ojos. Tlacolula se encontraba en 1966 en que llagaron, completamente marginada; sólo había un camino de terracería bueno para tiempo de secas, carecía de energía eléctrica y otros elementales servicios, así como de médico. Había tres ejidos, en el que está el plantel se llama “Adolfo López Mateos”. El 75% de la población, era de indígenas, y el resto de mestizos.
Conforme se adentraba en el trabajo, les atraía más. Se conjugaban, sus ideas, que trataban de materializar, y la política del régimen, muy interesado en la educación rural. Y recordaban la emotiva exhortación que el gobernador López Arias les había hecho en su graduación, para servir al campo.
La Escuela disponía de cien hectáreas, aunque no todas estaban sembradas. Se habían organizado en equipos de trabajo, que dieron muy buenos resultados. Todos, alumnos y maestros, realizaban labores agrícolas; a veces, en las más pesadas, les ayudaban campesinos. Se reunían con éstos, con frecuencia, a tratar los diferentes problemas de la comunidad. Especialmente cultivaban maíz y arroz. El profesor Efraín Oviedo les consiguió en el entonces Departamento Agrario, un importante lote de ganado.
La Escuela era completa y de concentración; a los niños de los sitios cercanos les proporcionaban la alimentación. Construyeron un comedor.
Se sentían felices, pero sólo duraban un año en Tlacolulan. Hubo algunos problemas serios, pues el Agente Municipal se había apropiado de tierras de la parcela escolar y surgieron dificultades. Aquéllas fueron recuperadas, pero la rivalidad quedó. Otra razón para cambiar de localidad fue la cercana llegada del primer hijo, pues Julieta requería determinada atención médica y, a veces, ni a caballo se podía salir de Tlacolula.
Mas ya el camino de su vida estaba trazado para el joven maestro. También para su esposa. Fue la mejor lección profesional, afirmó una ocasión Atanasio. “Aprendimos que la educación, con el trabajo económicamente productivo, es la educación más completa e integral y más conveniente para el niño y el joven. Y hemos tratado de practicarla mi esposa y yo. Tuve la fortuna de tener como compañera del hogar, a una buena mujer y a una buena maestra, con intereses comunes e ideas afines en el trabajo.
Solicitó trabajo al Inspector Escolar de Tuxpan, Profr. Lenin Villegas, de quien tenía conocimiento que realizaba una buena labor en el campo. Lo había conocido en una visita que les hizo a Tlacolula, aun cuando en difícil situación, pues el propósito de Villegas, con anuencia superior, era llevar a su zona el tractor que se venía ocupando en Tlacolula, a cambio de otro más pequeño.
Cuando hablaron Atanasio y Julieta con el citado Inspector, se les informó que en la ciudad no había plazas disponibles. “No buscamos eso –respondieron-; queremos trabajar en el campo en una escuela de concentración, aunque comunicada regularmente con la ciudad, por la necesidad de atención médica.
Días después se encontraban ya en la Concha, municipio de Tihuatlán, Atanasio dirigiendo la escuela y su señora como uno de los ayudantes. El trabajo unió a Lenin Villegas y los esposos García Jiménez y, pronto Atanasio se convirtió en admirador del Inspector Escolar.
En el lugar funcionaba una secundaria –aunque sin reconocimiento- y, a eso de tres meses, se fue su director, quedando entonces García Durán al frente. Era, como la primaria, una escuela de concentración. Con el apoyo del C. Presidente Municipal, Benjamín Córdoba Bustos y del Inspector Villegas, se logró incorporar el plantel a la Universidad Veracruzana –de quien dependían entonces las secundarias-, y se le llamó Secundaria Campesina Técnico-Agropecuaria “Luis G. Monzón”. La política a seguir fue la misma del trabajo productivo que en la primaria. Era un modesto internado, que se sostenía con el propio trabajo escolar y una cuota de 25 pesos mensuales por alumno. Con el producto del trabajo se construyeron el dormitorio con sus literas y, el comedor. Cultivaban primaria y secundaria, maíz, frijol, chile, hortalizas, en unas 20 hectáreas. Contaron igualmente con ganado. Hubo un apoyo extraordinario de la comunidad, con faenas de campesinos en la parcela y, algunas aportaciones.
La magnífica labor de las escuelas fue reconocida por las autoridades. En una ocasión las visitó el líder petrolero Heriberto Kehoe, quien, muy satisfecho, invitó después a un funcionario de la Secretaría de Educación Pública. Se estaban creando escuelas técnicas agropecuarias por cooperación –parecidas en su trabajo a la de Concepción o La Concha-; y fue el Coordinador de estos planteles a conocerla. Muy complacido también, les dijo que era mejor que incorporaran la secundaria a la Federación, pues tenían mayor futuro. Así lo hicieron. Y en 1972 se convirtió en escuela oficial, la Técnica Agropecuaria No. 37.
La Dirección General de Escuelas Técnicas Agropecuarias, a cargo en aquella época del Ing. Manuel Garza Caballero, como un estímulo a lo hecho por Atanasio García Durán con su equipo de trabajo, le ofreció la dirección de la Escuela Técnica Agropecuaria de Mantecón, Oax., que tenía muy buenas instalaciones –había estado allí una Normal Rural- y contaba con recursos amplios. “Era un monstruo comparado con la Concha”. Atanasio cambió impresiones con su esposa y decidieron aceptar. Y después de siete años, con cierta tristeza, se despidieron. (Marzo de 1972). Se le indicó al nuevo director que podía llevar a los maestros que deseara. Además de la maestra Julieta, lo acompañó otro matrimonio, muy trabajador y responsable también: Faustino Hernández Pérez –que fue como Subdirector- y Bella Julio Arroyo; él había sido antes Director de la Escuela primaria de Concentración, de Teayo, en la misma zona de Tuxpan.
Mantecón funcionó igualmente como Internado. Disponía de algo más de 200 hectáreas, en la que sembraron maíz, frijol, garbanzo, alfalfa y sorgo forrajero. Les dieron 18 vacas Holstein y 2 sementales y, 30 porcinos. Tenían médicos veterinarios y técnicos pecuarios. Se aplicaba inseminación artificial. Producían elevada cantidad de miel en extenso apiario, que estableció dos apiarios satélites en cercanos lugares. Funcionaba una planta de maquinaria agrícola que ofrecía servicios a tractores de las escuelas técnicas agropecuarias de la región.
La Escuela, con sus 45 casas habitación para el personal, era casi un poblado; recibían allí mismo servicio médico.
Tres años y medio vivió Atanasio García Durán esta nueva experiencia, muy rica y hermosa, como las anteriores.
En 1976 –mes de agosto- volvió al estado de Veracruz. Se creó en Ursulo Galván, para egresados del Bachillerato Agropecuario, el Instituto Tecnológico Agropecuario No. 18, del cual egresarían técnicos agrícolas y técnicos pecuarios, con tres años de estudio. Lo dirigió García Durán, así como el Centro de Estudios Tecnológicos Agropecuarios. Como acostumbraba, se identificó plenamente con la comunidad, y recibió gran y entusiasta apoyo de ésta. Poseían 94 hectáreas; cultivaban caña de azúcar, sorgo, maíz, frijol, jitomate, hortalizas, cacahuate y mango. El nivel productivo fue muy elevado. La investigación abarcó tres áreas: en Cotaxtla, en parcelas de investigación con la Escuela de Agricultura “Antonio Narro”, de Coahuila y, en un centro para la investigación específica del cultivo de la caña de azúcar.
Tomando en cuenta el trabajo realizado, el Instituto de Ursulo Galván se transformó en un centro de estudios de más alto nivel.
En septiembre de 1982, Atanasio García Durán fue a laborar a la Subdirección de Educación Terminal de la Delegación de la Secretaría de Educación Pública –en Xalapa-, aunque por poco tiempo, pues en febrero de 1983 pasó al CEBETIS No. 134, de Banderilla, donde jefaturó la oficina de Vinculación con el sector productivo. Poco después atendió también la Coordinación del Centro Xalapa de la Escuela Normal semiescolarizada “Carlos A. Carrillo”, y desde junio de 1984 pasó a la USED –hoy Servicios Coordinados de Educación Pública-, donde ha ocupado la Jefatura del Departamento de Estudios y Proyectos, la Subdirección Académica de la Escuela Normal Superior Federal de Veracruz, la Subdirección Administrativa del mismo plantel, y, desde febrero de 1985 se desempeña como Jefe del Departamento de Educación Normal.
En 1983 recibió invitación para desempeñar la Subdirección de Educación Terminal en el estado de Tlaxcala, pero no le fue posible aceptar.
A pesar de su intenso trabajo, ha dedicado tiempo a su mejor preparación profesional. Así, asistió a la Normal Superior de México adquiriendo el título de Maestro de Enseñanza Media en la especialidad de Educación Cívica y Social; y el Instituto de Investigaciones y Estudios Superiores Económicos y Sociales de la Universidad Veracruzana, donde terminó la Maestría en Desarrollo Regional. Además, ha asistido a diversos cursos y seminarios, de Política Económica en la Facultad de Economía de la UNAM; de Relaciones Humanas en el Trabajo, en el CETIS 134; de Sistemas de Comercialización, en Agricultura y Recursos Hidráulicos; de Investigación Educativa, en la Universidad Veracruzana; de Perfeccionamiento Profesional para Inspectores y Directores, en la Dirección General de Educación Popular; y, sobre Perspectivas de la Educación no Formal, en la USED.
Ha sido catedrático no sólo en los planteles que ya se han citado, sino también en la Universidad Pedagógica Veracruzana (estatal) y en la Escuela de Bachilleres de Villa Cardel.
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Secretaría de Educación y Cultura
Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
LUIS GRAJALES BENÍTEZ
Nació en Xalapa, Ver., el 13 de agosto de 1914. Sus padres fueron, el Contador y pequeño comerciante, Antolín Grajales Rivera y doña María Luisa Benítez Aburto de Grajales. El abuelo materno, Luis Benítez, peleó el 30 de abril de 1863 contra los franceses en Camarón; y fue el primer Jefe Político de Xalapa.
El padre participó en las luchas revolucionarias internas y se desempeñó como pagador en las fuerzas de Guadalupe Sánchez, lo que le produjo dificultades.
Hizo su primaria Luis Grajales en la Escuela Práctica Anexa a la Normal. Se le admitió en segundo año, pues su mamá ya lo había enseñado a leer y escribir y algo de cuentas. Recuerda muy bien a sus maestros: Félix Santiago, en 2o. grado; Arturo Canseco, en 3o.; Juan Zilli en 4o. y Francisco Díaz Bello en 5o. y 6o.. “No pudieron ser mejores”, ha dicho.
Cuando estaba en 4o. año, en 1925, falleció su madre, y pasó a vivir con su abuelita y tía paternas en la misma ciudad de Xalapa. Don Antolín trabajó como Administrador de Rentas en Veracruz, Coatzacoalcos y Córdoba. En este lugar se le unió Luis después de terminar la primaria, pero tuvo la desgracia de morir también el padre en 1932.
Marchó el pequeño huérfano al puerto de Veracruz en busca de trabajo y logró ingresar como camarero a un barco de los que recorrían el Golfo.
Más tarde, un pariente suyo, Eustaquio Gutiérrez Trigos, funcionario importante en el ramo de Hacienda del Estado, lo colocó en Xalapa, como “ministro ejecutor” de la Administración de Rentas y de la Tesorería Municipal. Era de los que ejecutaban los embargos y recibía su pago en porcentaje.
Por las noches iba con sacrificios a la escuela secundaria; estando en segundo le pagó los libros el Presidente Municipal don José María del Toro. Se dio cuenta que se carecía de maestros y pensó que podría quizás trabajar en una escuela. Su pariente Gutiérrez lo recomendó con el Director General de Educación Popular, don Gabriel Lucio, quien lo envió a una primaria a observar. A los pocos días la maestra del grupo enfermó y él se hizo cargo de los niños. La Directora informó a la Dirección General de su labor, y el maestro Lucio lo llamó, lo felicitó y le propuso irse a trabajar a la congregación de El Castillo; se fue (septiembre de 1934) y empezó a percibir su primer sueldo como maestro. No había otro profesor en la Escuela. Una vez el inspector escolar le preguntó con qué método enseñaba a leer. Contestó que con el “Silabario de San Miguel”, con algunas adaptaciones.
Habiendo terminado la secundaria se propuso entrar a la Normal, pero no había cupo (era Internado). Le habló entonces el Profr. Carlos Manuel Meza Grajales, Secretario General del Sindicato de Maestros, sobre su caso, al maestro don Juan Zilli, Director de la Normal. Lo aceptó en 1936 como alumno externo. Para mantenerse, junto a su abuelita y su tía, logró un nombramiento de Auxiliar de Intendencia en el Centro Escolar “Rébsamen”. Más tarde consiguió que lo pasaran con el mismo carácter a la Normal, por lo cual desempeñaba en ésta, labores de aseo y estudiaba. Se daba tiempo para los deportes, y fue impulsor de base ball.
En enero de 1938, su esfuerzo constante, sus empeños tesoneros, se vieron coronados al titularse, tras presentar el VI año, a título de suficiencia.
El 1o. de marzo de 1938 fue enviado a Minatitlán, a la Escuela “José María Morelos”, que dirigía don Pablito Hernández. Se enamoró de la tierra petrolera y desde entonces labora allí, con entrega y entusiasmo.
Poco después fue designado Director de la Escuela “Francisco I. Madero”, cargo al que renunció para ingresar al sistema federal en la Escuela “Artículo 123”, donde continúa laborando, ahora, como Director vespertino, luego de haber sido comisionado Subdirector varios años.
Ha sido catedrático de la Escuela Secundaria “Minatitlán” (fundada por el Profr. Octaviano Corro), de la Preparatoria “Sección 10”, donde ha ocupado la Secretaría y la Dirección; y de la Normal “Manuel C. Tello” (fundada por el Profr. Miguel García). Cuando se fundó la Preparatoria “Sección 10”, empezó en ella como estudiante, pues quiso obtener su Bachillerato.
En 1950, empezó estudios de “Físico-Química” en la Normal Superior de México. Por atender la dirección de la secundaria y preparatoria en Minatitlán, no pagó tres créditos que le faltaban en aquella especialidad, y como después desapareció, se quedó sin completarla.
El profesor Grajales Benítez ha asistido a cursos breves de Mejoramiento Profesional y es muy afecto a la investigación histórica. No pocos artículos de él –especialmente de la cultura olmeca-, se ha publicado en periódicos y revistas. Es un buen epigramista e inspirado poeta. Salió a la luz pública un libro de él: “Poesías de la Juventud”. Magnifico dibujante, ha laborado como tal, en Petróleos Mexicanos.
En la actualidad a los cincuenta años de servicios educativos, estudia la Licenciatura en Educación Básica.
El 15 de mayo de 1983 recibió de manos del Gobernador del Estado, Lic. Agustín Acosta Lagunes, por su medio siglo en el ramo de la educación, un hermoso pergamino y la medalla “Carlos A. Carrillo”. Antes se le habían otorgado ya las medallas “Enrique C. Rébsamen” y “Rafael Ramírez” (federal). Se le entregó también la “Ignacio M. Altamirano”.
Sigue en servicio en Minatitlán satisfecho de sus esfuerzos, que son un claro ejemplo, de cómo pueden alcanzarse metas de superación, desde los más modestos sitios, cuando hay fuerza de voluntad y entrega a la misión escogida.
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Gobierno del Estado de Veracruz
Secretaría de Educación y Cultura
Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
CHARITO GUEVARA CABAÑAS
Ha muerto Charito Guevara de Cabañas (junio de 1980), un modesto y humano valor de nuestro Estado. En las aulas de infantes y en la Escuela Normal ha dejado huella profunda.
Desde temprano sembró en las mentes infantiles, con devoción y amor. Se familiarizó entrañablemente con los pequeños, que la veían como una madre paciente y tierna. Ayudó a formar muchas generaciones de párvulos, como más tarde ayudaría también a formar las educadoras que Veracruz necesitaba.
En la Normal está clara, su mano alentadora y fecunda. Fundó el Laboratorio de Material Didáctico de Educadoras, que tanta utilidad ha prestado. Se le recuerda con gran cariño y calor.
Un día dijo adiós a la Normal. Recibió su jubilación. Pero no pudo vivir sin el quehacer pedagógico. Y en el campo federal fueron aprovechadas sus experiencias, su pasión, sus conocimientos, su habilidad.
Charito Guevara tenía un gran sentido del humor, que alegraba, que daba vida a sus charlas y conversaciones. Afable y cordial siempre, con inquieta sonrisa, diluía las dificultades que se presentaban. Y no había tristeza a su alrededor.
La tristeza llegó el momento en que enfermó gravemente, cuando sus labios callaron, y finalmente, cuando sus ojos no se abrieron ya más y su corazón dejó de palpitar.
Había sido doblegada por la muerte, que, a veces, es invencible.
La Normal le rindió un justo homenaje, minutos antes que la madre tierra la acogiera en su seno. La despedida en su Escuela fue emotiva y caló hondo. En muchos rostros corrieron, incontenibles, las lágrimas.
Se nos fue Charito. Y se llevó el respeto, el cariño y la gratitud de su pueblo.
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Secretaría de Educación y Cultura
Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
MANUEL R. GUTIÉRREZ H.
Uno de los xalapeños más destacados de la segunda mitad del siglo pasado, fue don Manuel R. Gutiérrez, sabio y maestro, que prestó servicios de incalculable valor a su Entidad y a México, en no pocos aspectos.
Nació en Xalapa el 24 de enero de 1852. Sus padres, don Julián Gutiérrez y Fernández y doña Damiana Hidalgo de Gutiérrez, eran herederos de la hacienda de Pacho Nuevo, donde pasó Manuelito parte de su niñez.
Cursó su Primaria en el Colegio que dirigía don Teodoro A. Kerlegan. Continuó sus estudios en el Seminario, y luego estudió Jurisprudencia en la Escuela del Lic. Manuel Rivadeneyra, habiéndose recibido en el año de 1880.
En toda su vida estudiantil se hizo patente su talento y su amor al estudio. Fue un sobresaliente alumno y conquistó el respeto y afecto generales. Debido al prestigio alcanzado se le propuso como Rector del Colegio Preparatorio, rechazándolo la Junta de Instrucción por su corta edad.
Una vez con su título de Licenciado en Derecho, fue designado Juez del Distrito de Misantla y, después, Magistrado del Tribunal Superior de Justicia.
Su afán por adquirir más conocimientos, lo llevó a estudiar permanentemente y, así logró nuevos títulos: el de Ingeniero y el de Farmacéutico.
Irrumpió con pasión y sobresalió, por los campos de las Altas Matemáticas, la Física, la Química, la Geografía, la Electricidad y la Astronomía.
Impartió las clases de Física y química en el Colegio Preparatorio, con singular acierto; y, cuando surgió la Escuela Normal Veracruzana fue designado Jurado con José Antonio de la Peña, para los exámenes de oposición de Matemáticas y Dibujo Lineal, y días más tarde catedrático de tales asignaturas. Igualmente atendió después las clases de Ciencias Naturales (Física y Química).
En la Normal trabajaría hasta el día de su lamentable fallecimiento. Pero como debido a su cultura, a su capacidad, el dominio de varias ramas científicas, el Gobierno del Estado y algunas distinguidas instituciones, solicitaban constantemente sus servicios para comisiones relevantes, se veía en la necesidad de ausentarse, por días, de la Escuela Normal, lo que motivó algunos mal entendidos con el Director Rébsamen, quien, inclusive, cierta vez le llamó la atención por escrito. Sin embargo, su reputación no resultó afectada y hubo ocasiones –en 1893 y en 1895- en, que siendo Rébsamen quien se ausentara a cumplir comisiones en otros estados, Don Manuel R. Gutiérrez lo supliera interinamente al frente del plantel. Y cuando el maestro suizo dejó en definitiva la Escuela por pasar a México a dirigir la educación Normal del país, en septiembre de 1901, fue don Manuel quien lo sustituyó.
En la Normal y en el sector educativo, se vio con sorpresa como don Manuel R. Gutiérrez hacía a un lado, buena parte de la política implantada y seguida por Rébsamen, lo que culminó en 1902, con una famosa polémica periodística, que, por cierto, afectó mucho a los dos, incluso en su salud.
En nuestro libro “La Fundación de la Escuela Normal Veracruzana”, al referirnos a esta polémica, expresamos.
“Poco más de un año después (de haber salido de la dirección el maestro suizo) Gutiérrez y Rébsamen se enfrentarían en agria pero interesante polémica. Los principios filosóficos del primero diferían de la línea trazada por el segundo en la Normal, y con motivo de un discurso de don Justo Sierra, Subsecretario de Instrucción, al ser inaugurado el 13 de septiembre de 1902, el Consejo Superior de Instrucción Pública, don Manuel R. Gutiérrez escribió un artículo que produjo los efectos de una bomba en los centros educativos, y abrió la discusión. Rébsamen se vio obligado a contestar porque Gutiérrez alude muy directamente a las doctrinas pedagógicas que he impartido a mis discípulos de la Escuela Normal de Xalapa, en el siguiente párrafo: ‘Es preciso expurgar la literatura y la enseñanza de las escuelas normales, del trascendental error que consiste en admitir supuestas diferencias, entre el elemento lógico (objeto), y el elemento psicológico (sujeto); entre el encadenamiento psicológico y el pretendido encadenamiento lógico, porque esas diferencias indican la permanencia del antiguo espíritu en la nueva faz de evolución de la idea Normal’. La respuesta de Rébsamen fue un escrito dirigido al Dr. Manuel Flores, quien también había comentado el discurso de don Justo Sierra, pero con ideas ‘diametralmente opuestas’ a la de Gutiérrez. Al devolverle Rébsamen a Gutiérrez la pedrada, llegó a repetir estas palabras del Dr. Flores: ‘Entre saber y saber enseñar, entre poseer y transmitir, media profunda diferencia… No basta poseer una ciencia, un arte a una lengua para poder enseñarla; el maestro necesita dos órdenes de conocimientos: los del sabio y los del pedagogo’ “.
La polémica se centró en el método. Para Gutiérrez éste “es único y subjetivo, lo cual excluye todo elemento lógico objetivo, y toda diferencia radical, entre sus adaptaciones a la investigación científica de la verdad y a la educación intelectual y moral” Rébsamen –y Flores- no opinaban así. “Lo que pasa –afirmó Rébsamen- es, que el apreciado togado jalapeño desconoce por completo –así lo indica claramente su artículo- la capital diferencia que establece la Pedagogía entre el ‘método lógico’ o sea el método de la investigación de la verdad por el sabio, y el ‘método pedagógico’ propiamente dicho, término que hace referencia exclusivamente a la transmisión de los conocimientos y, por medio de ella, a la educación que se da en la escuela primaria”.
Gutiérrez hizo gala de erudición y de sus firmes andanzas por los terrenos de la filosofía espiritualista y defendió en la polémica la idea de Dios; y con motivo del enfrentamiento produjo su libro ‘La nueva faz de la evolución del método’, donde también están los artículos de Rébsamen y Flores. Las críticas de Gutiérrez se extendieron a la ‘Guía metodológica para la enseñanza de la escritura y lectura, escrita por Rébsamen’ que fue acogida con especial interés por el magisterio”.
Don Manuel R. Gutiérrez prestó en otros ramos servicios de singular importancia, como vemos en las siguientes líneas del maestro Arnulfo Pérez Rivera, que es de los investigadores que más lo han estudiado: “Fue Oficial de la Mesa de Calculadores de la Comisión Geográfica Exploradora, Miembro de la Comisión encargada del levantamiento de la Carta Geográfica del Istmo de Tehuantepec, Organizador y Director del Observatorio Meteorológico Central del Estado y del Colegio de Electrónica, Director Técnico del Ferrocarril Xalapa-Teocelo-Huatusco-Córdoba, Director de la instalación de la Planta Eléctrica de Texolo, Jefe de la Comisión Astronómica nombrada para observar el eclipse solar a principios de siglo en Montemorelos , N.L.; Miembro de varias Sociedades Científicas y Literarias, Colaborador de numerosos periódicos y revistas. Y no obstante esta dinámica tan enorme, poniendo en juego todas las operaciones de su espíritu, inventó la luz fluorescente y fue precursor en la creación de los audífonos y dictáfonos”.
En junio de 1898, con licencia en la Normal, hizo estudios de unos manantiales cercanos a Xalapa, para proveer de agua al municipio.
El maestro Gutiérrez dominó varios idiomas: Inglés, alemán, francés, griego y latín.
Falleció el 12 de abril de 1904. Su desaparición física le causó gran dolor al Estado; había perdido a uno de sus mejores hijos.
Maestros de Veracruz
Gobierno del Estado de Veracruz
Secretaría de Educación y Cultura
Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
HUMBERTO GUTIÉRREZ ZAMORA
Un veracruzano excepcional ha dejado de existir: Humberto Gutiérrez Zamora. Deportista, maestro, periodista y un gran caballero.
La Normal de Xalapa lo tuvo en sus aulas en la década de los 30s y fue una de sus estrellas en el deporte. Con el maestro Fernández de Lara, en el equipo de Básquet ball, hizo gala de sus facultades y contribuyó a glorias normalistas. Fue un anunció de lo que más tarde iba a apasionarlo más que otra cosa, y en cuyo campo iba a servir con talento y eficacia no sólo a Veracruz, sino a México: las actividades deportivas.
El Gobernador Lic. Rafael Murillo Vidal lo llevó al principio de su sexenio a la Dirección General de Educación Física que el Lic. Fernando López Arias –anterior gobernante- en su empeño tenaz por cultivar el cuerpo humano y por ofrecer recreación sana y útil a la juventud, había creado. Los deportistas veracruzanos se sintieron halagados con su designación. Y realizó una tarea de gran valor. Más un día nos llegó a México –donde radicábamos-, la noticia de que dejaba la Dirección para ser candidato a la Presidencia Municipal de Orizaba. Nos extrañó. Humberto Gutiérrez Zamora se sentía como pez en el agua en las actividades que venía desempeñando. Pero la política lo arrastró y mientras Orizaba ganaba un buen mandatario, el deporte, la educación física, perdían a un magnífico organizador.
La pérdida, por su puesto, fue transitoria. Al salir de la Presidencia orizabeña –una de las principales de la Entidad-, donde realizó un buen trabajó y conquistó más simpatías y popularidad, volvió a lo suyo. Y empezó a destacar más en el ámbito nacional. Se convirtió en uno de los directivos del deporte en México. Dinámico, infatigable, recorría el país, organizando y alentando, orientando y ofreciendo su ayuda por doquier.
En Instituto Nacional del Deporte, la Confederación Deportista Mexicana, las federaciones y todos los organismos del ramo, reconocían su capacidad y su obra, y lo veían con respeto. Logró que en Orizaba se estableciera una escuela para maestros o entrenadores de educación física, que debería, por justicia, llevar su nombre.
Humberto se dedicó en un tiempo al periodismo. Llevaba también este gusanito. Y con limpieza laboró en un terreno que no pocos denigran. El, como en las demás profesiones de su vida, supo honrarlo y enaltecerlo.
Siempre de muy buen humor, cordial, comprensivo, con especial don de gentes, ganó, como es natural, un sin fin de amistades. Por todas partes sembró y por todas partes recogió afectos.
Su muerte –el 11 de diciembre de 1981- sorprendió a cuantos lo conocíamos. Era un hombre fuerte, sano cuando menos en apariencia. Su constitución física, formada en el deporte y sus disciplinas era resistente. Nadie esperaba su deceso. Cierto, su corazón había trabajado intensamente, pero no creíamos que se apagara ya, cuando todo hacía pensar que todavía el deporte cosecharía más de su capacidad y entrega.
Está de luto, pues, el deporte de Veracruz y de México. Queda un hueco que no fácilmente va a llenarse. Se sentirá su ausencia por mucho tiempo. Lo que pasa siempre con los hombres de su talla cuando se van; lo que pasa con quienes dan su vida desinteresadamente a las buenas causas y dejan huella profunda.
Queda entre nosotros su obra y su ejemplo. El recuerdo cariñoso de su noble inquietud, de su sonrisa franca, de su mano abierta a todos. Y de su peregrinar incansable por levantar generaciones sanas y útiles a Veracruz y a la patria.
Duerme tranquilo, amigo Humberto, tu sueño eterno.
Diciembre de 1981.
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Gobierno del Estado de Veracruz
Secretaría de Educación y Cultura
Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
MELITÓN GUZMÁN I. ROMERO
Nació en Acultzingo el 1o. de abril de 1877 y, poco después, con sus padres Juan Guzmán Reyes y Francisca Romero, pasó a vivir a Orizaba. Cursó su primaria en la Escuela Modelo de don Enrique Laubscher, reformador de la educación mexicana. Una huella demasiado profunda, dejó en su vida la estancia en tal escuela. El recuerdo del maestro alemán lo conservó vigorosamente hasta los últimos días de su larga existencia.
Por no tener la edad fue rechazado en la Normal Veracruzana, inscribiéndose entonces en la Escuela Normal del Instituto Metodista de Puebla. Los estudios de la Modelo le permitieron ingresar al segundo año. Su aprovechamiento le produjo una beca, que le fue muy útil, pues pasaba difícil situación económica. Antes de terminar fue designado ayudante suplente de la Práctica Anexa, donde tuvo alumnos mayores que él. No pudo obtener su título al concluir sus estudios por carecer de recursos para pagarlo, pero el Director lo estimuló expresándole que el título no hace al maestro, sino el trabajo y la entrega.
Fue a trabajar al Instituto “Hijos de Hidalgo”, de la fábrica de Miraflores, distrito de Chalco del estado de México, escuela que dirigía don Wenceslao Tovar I. Bueno, quien le ayudó y alentó en sus actividades.
A los dos años pasó a la tierra que soñaba, Orizaba, precisamente a la antigua Escuela Modelo, que era la Cantonal “Ignacio de la Llave”. Allí estuvo de 1985 hasta abril de 1900, en que lo llamó de Tabasco el maestro don Luis Gil Pérez, quien dirigía el Instituto “Hidalgo”. Fue nombrado Subdirector y atendió los grupos V y VI. Lo atacó el “vómito” en 1903 y regresó nuevamente a la Escuela Cantonal de Orizaba, donde dirigiera la “Gabino Barreda”, la suplementaria de la cárcel para hombres y el curso especial para señoritas aspirantes al magistrado, de la Escuela “Josefa Ortiz de Domínguez”.
En 1906 fue a dirigir en Zongolica la Escuela Cantonal “Ignacio Zaragoza” y un curso de comercio que allí se impartía. Volvió después a la zona fabril y dirigió una escuela en Santa Rosa.
El Director General de Enseñanza Normal de la Secretaría de Educación Pública, don Alberto Correa, quien había conocido en Tabasco su gran valía como maestro, lo nombró en abril de 1908, Prefecto Superior de la Escuela Normal para Profesores de México, comisionado como Subdirector, impartió a la vez las cátedras de Español en 1o. y 2o. cursos.
Por causas de salud, dejó, con licencia la capital de la República y regresó a su región, pidiéndole el Jefe Político que se encargara de reorganizar y dirigir la Escuela Municipal de San Juan de la Punta –hoy Cuitláhuac- del ex cantón de Córdoba.
Luego fue designado director de la escuela de la fábrica de Santa Rosa y los trabajadores lo nombraron Jefe de la Delegación Obrera que acudió a la convención maderista.
En 1912 fue Secretario de la Jefatura Política de Zongolica e Inspector Escolar honorario.
Debido a las luchas internas, de la Revolución se instaló en el rancho un compadre suyo, de apellido Gutiérrez, y fundó con su esposa Mercedes Martínez de Guzmán una escuela rudimentaria.
El Profr. Guadalupe Concha, Instalador de escuelas rudimentarias en la zona Oriental del Estado, le ofreció el cargo de Inspector de tales planteles en la zona XII de San Andrés Tuxtla. Aceptó, pero a punto estuvo de perder la vida en el desempeño de su trabajo, pues una guerrilla lo detuvo por equivocación, e iban a fusilarlo, cuando lo vio el jefe de los revolucionarios, que era maestro; lo reconoció, y ordenó su libertad, tras venir elogios sobre su persona.
Volvió a la inspección escolar en Zongolica, pasajeramente, ya que se le suprimió. Dio clases particulares unos meses y se le designó Primer Prefecto y Catedrático de la Escuela Preparatoria de Orizaba.
Acudió al segundo período de sesiones del Congreso Pedagógico de 1915, en Xalapa, siendo uno de los secretarios. Al establecerse el Consejo de Educación del Estado, ordenado por la Ley de Educación de 1915, se le nombró Secretario General.
Estuvo de nuevo en Zongolica, como director de la Cantonal y al poco tiempo el Gobernador del Estado, Gral. Cándido Aguilar, lo designó Subsecretario de Gobierno. El nuevo Gobernador Interino, don Delfino Victoria, lo ascendió a Secretario de Gobierno. Honorariamente atendió las cátedras de Español en la Escuela Secundaria y Preparatoria de Córdoba, que era la capital del Estado.
En 1919 fue delegado de la Entidad al Congreso Pedagógico Nacional efectuado en La Piedad, Mich. Desempeñó allí una Secretaría y participó brillantemente en otras comisiones, como la de Estilo. De regreso a Veracruz, por encargo del C. Gobernador Armando Deschaps, visitó las escuelas de Guadalajara.
En el mismo año de 1919, a nombre del Estado, estuvo en los solemnes actos en que se recibieron los restos del poeta Amado Nervo, fallecido en Uruguay.
Trabajó en la Escuela de la Colonia Alemana de Orizaba y fue una vez más Inspector Escolar, primero en la zona orizabeña y después en la de Zongolica. Renunció a esta última, y el maestro don Manuel M. Oropeza lo designó director de la Escuela Modelo, mientras él desempeñaba la Presidencia de la Junta de Administración Civil del Municipio. Todavía volvería a la cátedra en la Secundaria y Preparatoria de Córdoba.
Después fundó su Instituto Laubscher en Orizaba, el 15 de enero de 1924, al cual se dedicó por entero, convirtiéndolo en una de las instituciones educativas más prestigiadas del Estado y del país. Pensaba clausurarlo al cumplir sus 50 años de labor profesional, pero continuó trabajando 16 años más, en que su edad, y los achaques le orillaron a descansar.
Don Melitón Guzmán I. Romero dejó escritas numerosas obras. Citemos las siguientes: “Ayuda Práctica. Guía para labores escolares en las escuelas rurales del Estado”, “Laubscher y la Reforma Educativa Nacional”, en unión del profesor Enrique García Laubscher; “Reminiscencias del Instituto Laubscher”, “Por qué uso i en vez de y”, “Por el hombre”, “Educación Indígena”, “Musa Rural”, “Importancia de la Educación de los Hijos” y “Regeneración del Indio”.
La Dirección General de Educación Popular está publicando su obra inédita. Han aparecido dos tomos, uno de poesías escolares y otro con obras de teatro infantil y algunos de sus escritos.
Falleció el maestro Guzmán I. Romero el 23 de junio de 1974. Su sepelio fue un verdadero duelo en Orizaba, Impresionó por la inmensa pena demostrada por los numerosos concurrentes, muchos de ellos ex alumnos, que entonaron en el recorrido y frente al sepulcro el Himno del Instituto Laubscher.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
ANTOLÍN GUZMÁN SALAZAR
Nació en Xalapa, Ver., el 2 de septiembre de 1940, en humilde hogar, formado por don Crisóforo Guzmán Teoba y doña Celia Salazar Valencia. El trabajaba como hilandero en la fábrica de San Bruno y, ella en las labores hogareñas.
Antolín fue el primero de ocho hermanos: Antonio, Crisóforo, José de Jesús, Ángel Roberto, Apolinar, Patricio y Mónica, en la actualidad todos profesionistas.
Pobre fue la niñez de Antolín, pero desde la cuna su madre la alegró con hermosas canciones mexicanas. Su padre era exigente y estricto, lo consideraba necesario para formar hijos responsables y útiles a sus semejantes.
La normal entró a su vida desde pequeño, pues todos sus estudios los realizó allí. Empezó en el Jardín de Niños Anexo, con las maestras Dorita Herrera, Maruca Flores y Lupita Herrera de Pelayo. Siguió en la primaria anexa, con Esperanza Serrano, DINA Huidobro, Elisa Rosas Dorantes, Arcelia Aguilar, Eva Trejo, Ruperto Hernández Limón y Alberto Licona, quien era Director. A todos los recuerda con mucho cariño, por su sentido de responsabilidad, ética y mística. En su memoria vive también don Paquito Ramos Salas –símbolo viviente de la Normal- con su amable carácter, franqueza y liberalidad.
La música le gustó desde pequeño. En el Jardín participaba en bailables y coros.
En 1953, quizás influido por su madre que le hablaba bien de los profesores, inició Antolín sus estudios de Normal y, para ayudarse trabajó en la fábrica de San Bruno, los sábados y domingos, cubriendo suplencias.
Tuvo la mala suerte de fracturarse un brazo cuando cursó segundo año, por lo que no le fue posible presentar sus exámenes con los compañeros. Cursando tercer año formó parte del coro normalista que dirigía el maestro don Eusebio de Alba. Igualmente fue de los integrantes de la Banda de Guerra, que llegó a dirigir. Se creó un conjunto jarocho en el cual estuvo, pasando luego sus componentes al que llegó a ser famoso conjunto folklórico “Veracruz”, fundado y dirigido por el maestro Miguel Vélez Arceo.
Otro grupo artístico a que dio vida, en unión de Rodolfo Cerdán Hernández y Jorge Benítez, fue el trío “Los Texanos”.
Terminó la Normal en 1959 y empezó a laborar en Xilotepec en 1960, como Director de la escuela “Carlos A. carrillo”. Llevaba muy dentro el fuego de la música; era un gusanito que no le dejaba tranquilo. Atendía sexto grado y se dio tiempo para formar en los tres años que permaneció allí, un coro, un grupo de danza y una banda de guerra.
Para 1963 pasó a Alto Lucero, Ver., donde continuó su labor artística; también dio vida a un coro –de varias voces-, a un grupo de danza y a la banda.
Recibía frecuentes invitaciones de la Escuela Normal para bailar y, dirigir la banda de guerra. Además, tocaba en la de San Bruno.
El año de 1965 llegó a Xalapa, a la escuela “Josefa Murillo”, a cuyo frente se encontraba la maestra Delfina Rechy. Se reintegró como músico, el mismo año al conjunto folklórico “Veracruz”, en el cual permaneció cerca de 10 años.
En la primaria surgieron, bajo su mano, los grupos artísticos que acostumbraban establecer y, por primera vez, se dio a la tarea de crear una Orquesta Infantil, campo en el que tanto ha descollado.
La Escuela Normal lo llamó para instruir y dirigir la Banda de Guerra.
En 1966 dejó el nivel primario para dedicarse al Normal. Era el profesor Víctor Raúl Domínguez, Jefe del Departamento de Extensión Social, Cultural y Profesional del Plantel y, con él fue a colaborar, encargándose de la parte artística, aunque su nombramiento era de Prefecto.
Desarrolló amplia labor, impulsando con gran entusiasmo las actividades del Ateneo Normalista. Grupos de danza, de teatro y de poesía doral y, un conjunto de cuerdas, sobresalieron pronto. Fue una etapa brillante, que recuerdan con mucho gusto quienes la vivieron y conocieron.
Al siguiente año –1967-, sin dejar el departamento que citamos, ingresó a la Primaria Anexa de la Normal y atendió el quinto grado. Allí culminaría uno de sus mayores esfuerzos y anhelos. Creó la Orquesta Típica Infantil, que tanto prestigio y celebridad ha alcanzado. Encontró al frente de la escuela anexa, a una maestra tan entusiasta e inquieta como él, a Liliana Fernández de Lucero, quien le dio toda clase de facilidades y, surgió un conjunto extraordinario, que ha sido admirado y aplaudido no sólo en la Normal y en Xalapa, sino en todo el Estado y buena parte del país.
El maestro Guzmán se apasiona frente a los niños y jóvenes, al ofrecerles sus clases de música. Sabe que iniciarlos artísticamente y despertarles el buen gusto, influía en su modo de ser y en su vida, y se entrega a la tarea sin límite alguno. Ha dicho que en la educación integral, el arte ocupa un lugar de trascendencia. Y, además de la significación educativa en los alumnos, su trabajo ha dado la referida Orquesta Típica Infantil, que la Normal presenta en sus grandes eventos y celebraciones y, que es invitada constantemente por autoridades e instituciones culturales de diferentes lugares.
En este año (1986) la Orquesta Típica tiene dos conmemoraciones de singular significación: el Centenario de la Normal y, sus quince años de organizada. Y lo están celebrando con la grabación de un disco –el cuarto de ellos- con una selección exigente de melodías; con la renovación de su vestuario y, con extensiones musicales al pueblo. Por otro lado, el maestro Guzmán dedica a la Normal, en sus cien años, un “Método de iniciación musical”, que será el trabajo de ingreso a la Academia Mexicana de Educación, sección Veracruz; estudio en el cual demuestra, acudiendo especialmente a la Psicología, que la música es una actividad científica de suma importancia en la formación de las personas, y no un arte solamente, ni menos un relleno en los planes de estudio de las escuelas.
La Orquesta Típica Infantil fue invitada en una ocasión por el Presidente de la República, Lic. Luis Echeverría, a Los Pinos, al igual que el Coro Monumental de la Normal. Debido al buen éxito de la actuación, se les pidió permanecer tres días y, la Presidenta de la República ordenó diversas grabaciones y el primer disco de la Orquesta Típica.
En la primaria anexa, también Antolín Guzmán fundó la Banda de Guerra, un hermoso coro y grupos de danza.
Numerosos integrantes de los grupos que ha formado, tienen la música como medio de vida en la actualidad; se ha convertido en eficaces profesionales de ella. Bien afirma Antolín Guzmán que él, más que músico, el profesor; que considera de mayor trascendencia el servicio docente.
No conforme con sus estudios y labor, el maestro Guzmán Salazar trata de superarse en todo momento. Dos años, por ejemplo, estudió en la Facultad de Pedagogía de la Universidad Veracruzana y, por tres años, sacrificó sus vacaciones para asistir a cursos intensivos a la Escuela Superior de Música, en México. Tuvo allí maestros tan distinguidos como el holandés Pierre Van Haw.
En el Instituto de Regularización Pedagógica del Estado, fue catedrático. Ha trabajado igualmente en el sistema federal, formando parte del Cuerpo Técnico Pedagógico de la Unidad de Servicios Educativos a Descentralizar (USED-SEP-Veracruz) y, en la Secundaria Federal No. 1, a la cual ingresó como catedrático –también de Educación Musical como en la Normal-, en el año de 1970. Además de los grupos artísticos que ya son familiares en su quehacer, fundó en esta escuela, una estudiantina. Actualmente presta también servicios en el Departamento Cultural del ISSSTE.
Se le busca para ayudar en la formación de Bandas de Guerra, en la preparación de festivales masivos y en diversas actividades artísticas. Ha participado en comisiones en diseño y actuación y, con grupos musicales, con los cuales ha viajado por gran parte de la República y por el extranjero.
Numerosas distinciones ha recibido en su vida, y es visto con respeto y admiración en nuestros sistemas educativos, y en general, por toda la sociedad.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
ANA JOSEFA HERMIDA RUIZ
Nació en Alvarado, Ver., el 26 de abril de 1919. Sus padres fueron don Ángel Hermida Figueroa y doña Virginia Ruiz de Hermida, en cuyo hogar crecieron cinco hijos. Hubieran sido siete, pero dos fallecieron al nacer, por enfermedad de la madre. Ana Josefa es la mayor de cuatro mujeres. Con excepción de una de éstas, todos fueron maestros.
Su bisabuelo por la línea materna, don Francisco Figueroa, estuvo entre los voluntarios que lucharon contra los norteamericanos en el fuerte de Santa Teresa, cuando intentaron cruzar la barra alvaradeña el 15 de octubre de 1846.
Don Ángel fue farmacéutico toda su vida y, en las postrimerías de la dictadura porfirista, en su botica se reunían descontentos con el régimen, calificándose a ésta como “Centro Revolucionario”. Organizó a los trabajadores en la época revolucionaria y fue el primer Presidente Municipal constitucional, destacándose por su honradez y empeño en servir.
Ana Josefa aprendió a leer y escribir en la escuelita –amiga- que tenía doña Pilar Caballero de Cobos e hizo su primaria –elemental- en la escuela “Leona Vicario” y –superior- en la “Manuel P. Hernández”.
Le tocó ser de los alumnos fundadores de la Escuela Secundaria –hoy también de Bachilleres- en el año de 1932. Cuando cursaba el tercer grado y contando apenas con quince años de edad, inició su vida de maestra. Fue a laborar a la escuela “Carlos A. Ramón”. Como continuara sus estudios de Secundaria –aunque fuera del horario de la primaria-, nada sabía de Pedagogía y no le favorecía su modo de ser callado y retraído, aparte de su corta edad, natural resultó que se le dificultara el trabajo, pero las orientaciones de sus compañeros, especialmente del experimentado profesor don Joaquín Manuel García, y el empeño, la buena disposición y el esfuerzo de Ana Josefa, superaron la situación, llegando a ser después magnífica maestra, especialmente de primer año, para el cual la preferían los directores. Utilizaba con habilidad el Método Onomatopéyico de don Gregorio Torres Quintero. Su carácter paciente, bondadoso y comprensivo, fue un auxiliar afectivo en la cotidiana labor con los pequeños y en las buenas relaciones con sus compañeros de trabajo.
Estudiaba y leía con ansiedad, especialmente, obras pedagógicas y decidió, con otra joven profesora que al igual que ella sólo tenía Secundaria, Macrina Chávez Lara, continuar los estudios normalistas. Pero como no podían retirarse del trabajo, por necesidades económicas, determinaron presentar cuarto, quinto y sexto grados, a título de suficiencia. Así fue como sacrificaron sus ratos de descanso e iniciaron su preparación para los exámenes respectivos. Con ejemplar tenacidad los fueron presentando, poco a poco, dándose cuenta la Dirección General de Educación Popular de su gran interés y dedicación; por lo cual, al terminar las materias del quinto grado, les autorizó, como estímulo, asistir, sin perder su sueldo, a la Normal, con la condición de cursar el sexto grado en el medio año que restaba de 1945 y, de resolver el problema de la atención de sus grupos escolares, que no debían quedar sin maestros. Se comprometieron y se trasladaron a Xalapa. Consiguieron libros y apuntes del semestre que acababa de pasar y lo estudiaron con el segundo. Ana Josefa estuvo a punto de no terminar, pues el esfuerzo realizado por largo tiempo, le afectó su salud. De constitución física débil, enfermó, apareciéndole diariamente calenturas. Ya para finalizar el año tuvo que recluirse en Alvarado, por recomendación médica, pero engañó a sus padres diciéndoles que tenía que volver a una cita con el doctor, y regresó a Xalapa, aún con calenturas, a presentar los exámenes finales, que le permitieron obtener su buscado título, que lleva la fecha de 3 de abril de 1946.
La tesis profesional de Ana Josefa versó sobre “Los castigos y el juego en la escuela primaria”, conjugando sus conocimientos fundamentales de Psicología, con la experiencia acumulada a través de los 12 años que había ya trabajado con los niños.
En 1947 empezó a laborar en el sistema federal, en la Escuela Artículo 123 de Minatitlán, Ver., donde permanecería diez años, ya que en 1957 fue a trabajar a la ciudad de México.
En marzo de 1971, con dos plazas de Primaria que desempeñaba, pasó comisionada a la Dirección General de Educación Fundamental, de la Secretaría de Educación Pública. Aquí llegó a ocupar la Jefatura del Departamento de Publicaciones. Se distinguió siempre por su trato amable y su gran responsabilidad y honradez en el cumplimiento de su deber.
En abril de 1978, tras 31 años de servicios federales y 44 en total, obtuvo su jubilación. Se le había concedido, por parte de la Secretaría de Educación Pública, la Medalla “Rafael Ramírez”.
Al regresar a vivir a su ciudad natal, volvió al servicio estatal en 1980, y la Dirección General de Educación Popular la comisionó en la Casa de la Cultura, “Narciso Serradel Sevilla”, recién fundada y muy necesitada de ayuda, que dirigía y dirige la maestra Rosaura Santiago Vda. De Almeida, antigua compañera en Alvarado.
Sólo laboró tres años, jubilándose igualmente en el sistema estatal, con fecha 1 de octubre de 1983.
Ana Josefa ha recibido distinciones de padres de familia e instituciones educativas, así como especiales demostraciones de respeto y cariño por parte de numerosos ex alumnos. Y cuando se jubiló en México, la poetista y maestra michoacana Sara Malfavón, le escribió la siguiente poesía.
Deja que hoy, a tu presencia llegue
con el alma en la voz, para loarte;
déjame que hoy, venga a cantarte
y el corazón, de la niñez te entregue.
Deja que de tu senda recorrida
donde hubo espinas, a la vez que rosas,
hoy arranquen mis manos temblorosas,
la blanca flor, de tu fecunda vida.
La que fuiste dejando en los caminos
llenos de ayer, de sueños juveniles;
edad hermosa con reír de abriles,
y paisajes de luz, alabastrinos.
Tu vida entera, a la enseñanza diste;
te diste a la niñez, que alegre y pura
creció a tu sombra y como mies madura,
a los pies de la patria la pusiste.
La escuela mexicana, fue tu guía,
exaltar a la patria, fue tu obra;
y así tu vida, sus perfiles cobra
y con mayor dimensión, en cada día.
Abnegada, y tenaz, en la palestra,
ya puedes ver de pie tu trayectoria;
y guardar, con orgullo en tu memoria,
tu brillante limpieza de maestra.
Maestros de Veracruz
Gobierno del Estado de Veracruz
Secretaría de Educación y Cultura
Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
MANUEL P. HERNÁNDEZ
Manuel Pánfilo Hernández, uno de los maestros realizadores de la Reforma Educativa Liberal de fines del siglo pasado y principios del presente, nació en la pintoresca, heroica y generosa ciudad de Alvarado, el 31 de mayo de 1852. Sus padres: Joaquín Hernández y Florentina López. Con él fueron tres –varones- los hijos del matrimonio.
Realizó sus estudios primarios en la Escuela Real, donde Enrique Laubscher plasmara años después la reforma educativa (hoy escuela “Carlos A. Ramón”). Fue alumno del maestro cubano Luis García Pérez.
Amante del estudio, amplió sus conocimientos por cuenta propia al salir de la primaria y pronto se convirtió en un joven preparado y distinguido, que destacó en la contabilidad y llevó los libros de cuentas de algunas casas comerciales.
Con vocación de maestro, estableció una escuela primaria particular, en la que, además, se impartían nociones de contabilidad. Según investigaciones del profesor Rodolfo Figueroa Martínez, el plantel alcanzó tal prestigio, que de lugares diversos de la región, enviaban padres a sus hijos a efectuar en ella sus estudios.
Un día tuvo problemas con el Ayuntamiento, originados por su empeño en la construcción de un monumento a don Benito Juárez, que se inició con la contribución popular.
Las dificultades lo obligaron a salir de su tierra natal, sintiendo mucho la sociedad alvaradeña su decisión. Escogió para radicar y proseguir su obra educativa, la hospitalaria ciudad de Minatitlán, donde dejaría también profunda huella. Uno de los que fueron sus alumnos, precisamente, don Ernesto Alafita Hernández, se dirigió al director de “La Opinión”, en relación con esta serie “Maestros de Veracruz”, refiriéndose a don Manuel P. Hernández.
“El maestro que nos ocupa –expresó en su carta el señor Alafita- luchó en la época álgida de la Revolución, muchas veces sin sueldo pero enseñando a hombres de mi generación al frente de la escuela cantonal ‘Morelos’ de esa época, y fue también discípulo de quien fundara la Escuela Normal en Xalapa, Ver. “ (Rébsamen).
Varios lustros antes de la Revolución llegó el educador alvaradeño a Minatitlán, y, como en Alvarado, se distinguió con su escuela en toda la región, al grado de que, cuando en 1885 el Gobierno del Estado pidió a los Ayuntamientos escogieran uno de los directores de las escuelas de varones del Cantón, para que acudiera a la Academia Normal de Orizaba, a aprender las técnicas educativas reformistas para después fundar y convertir las escuelas cantonales en modelo para las demás, fue don Manuel Pánfilo Hernández el seleccionado, dando por cierto satisfacción a sus anhelos de conocer el nuevo método de enseñanza y asistir a los cursos orizabeños, como se ve en la siguiente carta que dirigió a los Ayuntamientos minatitleco y demás del Cantón:
“Designado por los miembros de esa H. Corporación que usted preside, y por casi todos los demás Ayuntamientos de este Cantón, para pasar a Orizaba a estudiar el nuevo sistema de Enseñanza Objetiva que se sigue en la Escuela Modelo de aquella ciudad, en cumplimiento de lo prevenido en circular número 24, expedida por el Superior Gobierno del Estado en 12 de mayo del corriente año, creo de mi deber hacer públicas mi gratitud y reconocimiento, a todos los que se fijaron en mi humilde individualidad, para desempeñar este honroso y delicado cometido. –Grande satisfacción he sentido por esta prueba de confianza con que me habéis honrado, y procuraré corresponder a tan señalada distinción, poniendo todos los medios que estén a mi alcance, física, moral e intelectualmente, para que la elección que en mí ha recaído, quizá sin méritos para ello, y los sacrificios que vais a hacer, no sean infructuosos y contraproducentes.- Días hace que pensaba hacer una proposición al H. Ayuntamiento de esta cabecera, para pasar a Orizaba a estudiar el método de enseñanza arriba indicado, pero al hablar en lo particular con algunos miembros de él, tropecé con obstáculos y dificultades difíciles de vencer, y luchaba con ellas, cuando la sabia disposición del Superior Gobierno, vino a allanar esas dificultades, que para una sola de estas localidades eran insuperables.- Digna y loable es la conducta del Primer Magistrado del Estado, y benéfica y útil para los cantones que, apartados del centro, no han llamado mucho la atención de los gobiernos en épocas anteriores.- En tal virtud, propongo a ese H. Cuerpo, eleve un voto de gracias al C. Gobernador por tan acertada medida, y por la protección decidida que está impartiendo a la instrucción pública, base del engrandecimiento, del progreso y de la libertad de los pueblos.- Os suplico que, haciéndoos el fiel interprete de mis sentimientos, manifestéis a esa Corporación, que tan dignamente presidís, mi gratitud y reconocimiento.- Minatitlán, julio 1o. de 1885.- Manuel P. Hernández”.
En la Academia Normal de Orizaba fue discípulo de tres (Enrique Laubscher, Enrique Rébsamen y Manuel M. Oropeza de los cuatro pedagogos (Carlos A. Carrillo, el otro) que en Veracruz fueron faros muy luminosos de la Reforma Educativa Liberal. Con don Manuel M. Oropeza, seguramente conservaba amistad desde Alvarado.
Cuando terminaron los trabajos esencialmente metodológicos a cargo de Laubscher, los maestro-discípulos designaron a Hernández, para agradecer la enseñanza y las atenciones recibidas, haciendo la promesa que dedicarían todo su esfuerzo apasionado por aplicar y propagar en sus cantones las técnicas aprendidas.
Regresó luego a Minatitlán y, por muchos años, continuó su eficaz labor, resaltando más su figura de educador. “Sus contemporáneos y alumnos –manifestó el profesor Wilfrido Márquez- lo describen como un hombre dotado de una amplia cultura lograda gracias a su dedicación al estudio, consciente y responsable de sus deberes ante la familia y la comunidad, de pensamiento liberal, firme de carácter, de contextura moral irreprochable, maestro por vocación, entregado por entero a su labor magisterial sin limitaciones de tiempo y energías, ejemplar en su comportamiento. Educadores como él tipificaron al magisterio de su tiempo y labraron el triunfo de la escuela a la que sirvieron con amor y devoción.
Después de varios lustros de trabajar en Minatitlán, el maestro enfermó y regresó a Alvarado, con gran sentimiento de los minatitlecos.
En su pueblo pudo todavía crear una escuela que llamó “Miguel Hidalgo”.
En su libro “Laubscher en Orizaba”, el maestro Enrique García Laubscher –nieto de don Enrique Laubscher- menciona a don Manuel Pánfilo Hernández como integrante del personal docente de la escuela “Modelo” de Orizaba, “al quedar debidamente organizada”.
Destacó también don Manuel P. Hernández como orador, periodista y poeta.
La muerte apagó su valiosa existencia el 5 de diciembre de 1916, volcándose el pueblo alvaradeño entero en las honras fúnebres del maestro.
Cinco años después se puso su nombre a una escuela, que llegó a ser en su mejor época, bajo la dirección de don Luis Hernández Reyes, muy famosa en la región. El Batallón Infantil “Manuel P. Hernández” que creó, era solicitado en las conmemoraciones cívicas más importantes, de diferentes puntos e incluso en una ocasión lo fue por el Presidente de la República; su disciplina y sus marchas y evoluciones eran dignas de la mayor admiración.
Al cumplir cincuenta años de su fallecimiento, Alvarado impuso a una de sus calles el nombre de don Manuel Pánfilo Hernández y levantó un busto en su sepulcro en el Cementerio Municipal.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
MARCO ANTONIO HERNÁNDEZ LUNA
Parte de un artículo nuestro aparecido el 30 de enero de 1978 en “La Opinión”, de Minatitlán, Ver., relacionado con el Profr. Marco Antonio Hernández Luna, director entonces de la Escuela Artículo 123 de Petróleos Mexicanos, del mismo lugar dice:
“Varios años fuimos compañeros de trabajo de Marco. Es uno de los educadores más capaces, más serios, más responsables, con una amor intenso a los niños. Es maestro de vocación, siente y vive su carrera, y estamos seguros que si fuera dable a los humanos regresar en la existencia y volver a empezar, Marco sería de nuevo maestro. Quizás heredó a su padre otro gran maestro, don Eleuterio Hernández.
Con paciencia admirable lo veíamos laborar con los niños, con quienes, en muchos casos, convivía en sus horas de juego. Y no exageramos al decir que se excedía en sus obligaciones y en su horario.
Sus méritos los condujeron a la dirección de la Escuela Artículo 123, que pronto se convirtió en un monstruo en sus manos: setenta y tantos grupos. Las autoridades debieron haber creado cuatro escuelas cuando menos con el elevadísimo número de grados y alumnos. No fue así… Y Marco Antonio Hernández Luna, como los viejos apóstoles del magisterio, no rehuyó la tarea. Atender el plantel que dirigía es obra de mentores excepcionales de gran temple y de gran capacidad de trabajo. Quienes han sido directores de la escuela comprenden bien lo que es tener más de setenta grupos bajo su responsabilidad. Por fortuna, el vigor de Maestro se impuso, y salió avante.
“Los humanos tenemos errores. Marco debe tenerlos, como todos, pero por encima de ellos, ¡qué gran maestro es! Nosotros los hemos querido y admirado siempre. Y ésta es una oportunidad para hacerlo notar”.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
ELEUTERIO HERNÁNDEZ NAVEDA
Nació el 27 de abril de 1893 en la entonces villa de Jalacingo, que fuera cabecera de uno de los 18 cantones veracruzanos. Sus padres: el sastre don Ignacio Hernández Tejeda. Fue el último de seis hermanos: Juan, José Ma. Concepción, Efrén y Claudio; los dos últimos murieron pequeños.
Su niñez fue pobre, pues el patrimonio que poseían, una casa de madera y un rancho en la sierra de Cuetzalín, que heredaron de su abuelo paterno, don Cristóbal Hernández Patricio, lo perdieron al venderlo en forma indebida, el albacea de la testamentaría en contubernio con las autoridades, a un terrateniente compadre del jefe político. Y el trabajo de don Ignacio no producía lo suficiente para atender las necesidades familiares. Se ayudaban algo con trabajos agrícolas, pues cultivaban con amor, árboles frutales, verduras y otras plantas. También criaban cerdos.
Eleuterio cursó su primaria en la cantonal “Francisco Díaz Covarrubias”, al igual que sus hermanos. Estando en la escuela, a los 10 años de edad, en 1903, tuvo la desgracia de que muriera su padre y su hermano mayor, Juan, quien trabajaba en el Registro Civil. Se hizo cargo del sostenimiento del hogar, José Ma. Concepción, quien también laboraba entonces en el Registro Civil. Efrén era un aprendiz de carpintería.
Además de la pobreza, tuvo la familia que soportar represalias de las autoridades, por sus inclinaciones contra el régimen de la dictadura, lo que agudizó la crítica situación económica. José María recibía periódicos liberales, como “El Hijo del Ahuizote” y tenía relaciones con el Centro Nacional Antirreeleccionista. Les causó fuerte impresión el libro de Francisco I. Madero, “La Sucesión Presidencial”. Todos eran maderistas por convicción.
Al terminar su primaria, Eleuterio Hernández Naveda entró a trabajar en la Inspección Escolar del Cantón, a cuyo frente despachaba el profesor son Ismael Landa, quien dirigía un periódico llamado “El Boletín de Los Niños”, del cual sería Secretario, Eleuterio. Allí empezó a interesarse por los asuntos educativos. En relación con su trabajo diría tiempo después: “Las labores de la Secretaría de la Inspección Escolar, no eran muchas, ni complicadas, además de que entonces no había tanto papeleo en las oficinas como hay ahora”.
Poco duró en la Inspección, pero le quedó la inquietud escolar, que, años después, lo haría ingresar al magisterio.
Fue ocupando diversos trabajos en su cotidiana lucha por la vida: escribiente en el Registro Civil y en la Administración de Rentas, portero, celador, cobrador montado en rentas de Altotonga, empleado de las notarías No. 1 y 2- en la primera con el líder maderista más destacado en la región, Lic. Don Gustavo Bello-y, Secretario –dos veces- del Ayuntamiento de Jalacingo.
Igualmente prestó servicios en la Receptoría de Rentas de Tlapacoyan, lugar en el que contrajo matrimonio con doña Concepción Luna García, con quien procreó dos hijos, Ignacio Galo y Marco Antonio, ambos maestros.
Su vida magisterial la inició en marzo de 1906, como director de la Escuela Rural de Ocotepec. Ya era una persona preparada, pues siempre se esmero en leer y aprender, soñando en ser maestro. Al aceptar el trabajo se sacrificó económicamente, pues eran mayores los ingresos como Secretario del Ayuntamiento de Jalacingo, donde se desempeñaba entonces, por segunda vez.
A partir de esa época, entregó por completo su vida a los niños y a la juventud. Lo conocimos en Minatitlán, en esa doble tarea. Para él existía solamente la Escuela. Gozaba del respeto profundo y acendrado cariño de todos los sectores sociales. Afectuosamente se le llamaba “don Tellito”.
A solicitud nuestra, su hijo Marco Antonio –muy distinguido maestro, primero ayudante y después director de la Escuela Artículo 123 de Petróleos Mexicanos en Minatitlán-, nos proporcionó los siguientes datos de la vida profesional de don Tellito:
“Por los 21 a 25 ó 26 fue Catedrático del Heroico Colegio Militar en la ciudad de México. Del 26 al 30, desempeñó el cargo de Secretario de la Dirección General de las Escuelas de Tropa, ubicada en la ciudadela de la propia ciudad de México. –A mediados de 1930 regresó al estado de Veracruz, incorporándose al sistema educativo estatal cuando era Director General de Educación en el Estado, el distinguido maestro don Gabriel Lucio, quien fue su amigo personal, tomando el cargo de Director de la Escuela Primaria Urbana de Chinameca, Ver. –De 1934 a 1938 prestó sus servicios como Maestro de Grupo en la Escuela Primaria Urbana ‘Gral. Vicente Guerrero’, de la ciudad y puerto de Coatzacoalcos, Ver. –A partir de ese año hasta su jubilación, prestó sus servicios en la ciudad de Minatitlán, primero en la Primaria Urbana ’18 de Octubre’ y, por último, también como Director, en la Escuela Primaria Urbana ‘Flores Magón’, en la que se jubiló”.
Don Tellito era un hombre sereno, calmado, discreto, sumamente bondadoso, fino en su trato, muy respetuoso y, servicial. Por eso, y por su obra, todo mundo le guardaba gran estimación. Como es natural, recibió un sin número de reconocimientos.
Los últimos años los vivió, modestamente, con su hijo Marco Antonio, en Minatitlán, hasta el 5 de mayo de 1982 en que dejó de existir, a consecuencia de un fuerte golpe en la cabeza sufrido en una caída en el baño.
Muy sentido fue su deceso y una verdadera manifestación de duelo su sepelio.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
AURELIANO HERNÁNDEZ PALACIOS
El Lic. Aureliano Hernández Palacios es uno de los valores veracruzanos más destacados de nuestra época. Ha brillado singularmente en distintos campos: en la educación, en el derecho y en la literatura.
Vio su primera luz el 8 de mayo de 1908 en la villa de Tequila, en la sierra de Zongolica. Fue el segundo de 6 hijos de don Isidro Hernández Palacios y doña Sofía Narváez. Sólo hubo dos varones en el matrimonio, pero el segundo –el menor de los vástagos-, murió a unos cuantos meces de su nacimiento.
Don Isidro tenía una tienda, por lo que Aureliano, empezó desde muy pequeño a trabajar, ayudando a su progenitor. Antes de ir a una escuela sabía ya leer y las operaciones aritméticas. Lo primero lo aprendió en San Miguel y él estuvo siempre atento a las lecciones, sin ser en realidad alumno de doña Sofía. El maestro de lo segundo fue la tienda.
Hasta 1920, ya para cumplir 12 años, acudió a una escuela primaria, la “Gabino Barreda”, en Orizaba, cuyo director, don Luis García, que había sido alumno de don Enrique Laubscher, era conocido de su familia, por haber sido profesor del hermano de su madre. Allí cursó el segundo año.
No pudo continuar Aureliano sus estudios. En 1921 se encontró en la necesidad de laborar en un beneficio de café de su padre y un tío –hermano de don Isidro-, en un lugar llamado Naranjal, cerca de Córdoba, donde empieza la sierra y en la margen derecha del Río Blanco. Les fue mal. Quebraron.
Volvió Tequila en 1922 y en la Escuela “Benito Juárez”, hizo, en un año, el tercero y cuarto grados. Como no había entonces en su tierra, primaria superior, trabajó de nueva cuenta en la tienda: Fue una fortuna que en 1924 llegara, recomendado a su padre, el maestro Juan Galicia, con quien nació una cercana amistad. Al darse cuenta que sólo había primaria elemental, don Juan les dijo a los padres cuyos hijos habían terminado 4o., año, que se los mandaran, para crear una escuela nocturna. Así se hizo, pero, además, el maestro le dio libros a Aureliano y a Apolinar J. Zepahua, con el fin de que también estudiaran lo correspondiente al sexto grado. Al terminar 1924 y obtenida la autorización para los exámenes, pues la Nocturna no estaba oficialmente reconocido, Aureliano y Apolinar pagaron quinto y sexto años.
El mismo profesor Galicia, les consiguió becas para ingresar a la Escuela Normal, junto con tres compañeros más, pero, finalmente, sólo estudiaron ellos dos, y otro joven, que sería un limpio y querido luchador magisterial en el país, Cándido Jaramillo.
En 1929, todavía estudiante, Aureliano fue un tiempo como director, a la escuela de Zongolica, regresando a pagar a título de suficiencia –con las mejores calificaciones-, el quinto año. Ya no volvió a Zongolica porque el director, maestro don Manuel C. Tello, le pidió que siguiera en la Normal. Pero por 3 meses, en ese año de 1930, lo envió el Director General de Educación Popular, maestro don Luis Hidalgo Monroy, a la escuela de Altotonga y desde julio atendió un grupo de la Primaria Anexa a la Normal. A ésta fue primero a practicar y después le dieron una gratificación para que continuara. Tuvo que pagar en diciembre en la Normal las materias del segundo semestre. Presentó una tesis que tituló “La influencia social de la Escuela”, que le publicaría la Dirección General de Educación.
Salió a trabajar ahora, como Director, a la Escuela Primaria de El Potrero, donde estuvo hasta marzo de 1931, en que fue enviado a la Cantonal “Francisco Hernández y Hernández”, de Córdoba.
Estando en esta ciudad se reunió (1932) la que fuera famosa Comisión Técnica Pedagógica, creada por el Director General de Educación, don Gabriel Lucio. En realidad se trató de un Congreso Pedagógico, con muy selectos maestros, inclusive de México. Aureliano fue invitado y se le designó tercer Secretario, con la responsabilidad principal de las actas. (El primer Secretario fue el Gral. Marcelino Murrieta, y el segundo, el maestro don Adolfo L. Sosa).
De Córdoba pasó a Xalapa en 1936, a la Jefatura del Departamento de Escuelas Primarias de la Dirección General de Educación. (Allí le conocimos, pues fue quien nos envió a nuestro primer trabajo a la ciudad de Cosamaloapan, cuando cursábamos el sexto año de la Normal), en 1939, un funcionario le propuso crear unas plazas fantasmas y repartirse el dinero. Se negó, y aquel empezó hacer politiquería en su contra, hasta que tuvo que dejar el cargo. Lo designaron Inspector Escolar Auxiliar, comisionado con el Gobernador, Lic. Fernando Casas Alemán. Para entonces ya estudiaba la carrera de Leyes; iba en tercer año.
En 1941 impartió clases de Lengua Nacional y de Aritmética y Geografía en la Escuela de Artes y Oficios dependiente del Departamento Universitario. Aquí empezaría su vida de catedrático, que seguiría en la Preparatoria (Civismo, Raíces Griegas y Latinas y Ética), en la Escuela Normal (Español, Economía Política, Raíces Griegas y Latinas, introduciendo las etimologías nahoas; y Ética), y en la Facultad de Derecho (Filosofía del Derecho, Introducción al Estudio del Derecho, Sociología y Derecho Procesal Civil). En la facultad tuvo a su cargo, al fundarse, el Seminario de Derecho Público, que dirige las tesis de los pasantes.
Obtuvo su título de Abogado en diciembre de 1944. Posteriormente hizo el Doctorado en Derecho Penal.
En 1954 fue designado Director de la Facultad de Leyes, tras ocupar la primera Secretaría de la Facultad de Pedagogía, y en 1955, Rector de la Máxima Casa de Estudios de Veracruz, la Universidad.
Su carrera jurídica no ha sido menos sobresaliente. Juez Municipal de Xalapa, Juez de Primera Instancia, Magistrado en varias ocasiones y Presidente del Tribunal Superior de Justicia de 1968 a 1974.
De 1962 a 1968 ocupó un cargo, ajeno a sus actividades docentes y jurídicas: Director General de Turismo en el Estado.
Su inteligencia, su vasta preparación, su trabajo y honestidad, le han ganado el respeto y el cariño de su pueblo, y lo han hecho miembro de instituciones de gran prestigio nacional, como la Academia Mexicana de la Lengua, Academia Mexicana de Ciencias Penales, Academia Nacional de Historia y Geografía, Sociedad de Criminología y Ateneo Veracruzano. Ha obtenido distinciones diversas, entre ellas las medallas “Enrique C. Rébsamen”, de la Dirección General de Educación Popular, y la “Al Mérito Docente”, de la Universidad Veracruzana. Esta última le otorgó el doctorado “Honoris Causa”.
En 1985, la Sociedad Mexicana de Criminología le otorgó la medalla “Alfonso Quiroz Cuarón”.
Numerosas obras suyas –varias de poesía, de la honda inspiración-, han sido publicadas: “Influencia Social de la Escuela” (ya citada), “Primero y Segundo Cursos de Lengua y Literatura Españolas”, “Nociones de Ortografía” (con la maestra Ofelia Mora), “Educación y Cultura”, “El Problema de la Orientación Vocacional”, “La Educación y La Paz”, “Las relaciones Culturales de carácter Internacional”, “Los Pueblos Nahuatlacos de la Sierra de Zongolica”, “Lineamientos Generales para una Legislación Tutelar de Menores”, “Reflexiones acerca de la Amistad”, “Vida y Obra del novelista Cayetano Rodríguez Beltrán”, “Voces de Angustia”, “Canciones Ingenuas y otros Poemas”, “Antología Poética”, “Polvo del Camino” y “Xalapa de mis Recuerdos”.
Colabora en diarios y revistas, entre estas últimas, “La Palabra y el Hombre”, de la Universidad Veracruzana y la “Revista Jurídica Veracruzana”, del Tribunal Superior de Justicia.
Se jubiló en 1974. Mas sus servicios fueron después solicitados por la Universidad Veracruzana, para elaborar delicados trabajos (formó el proyecto de Ley Orgánica, en vigor, y escribe la historia de la Institución) y para que atendiera por un tiempo la Jefatura de la División de Humanidades.
En 1986 fue designado Jefe del Departamento Jurídico de la Unidad de Servicios Educativos a Descentralizar (USED) en el estado de Veracruz.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
MIGUEL ÁNGEL HERNÁNDEZ PÉREZ
Nació en Naolinco, Ver., el 7 de septiembre de 1915. Su padre fue don Román Hernández Ochoa, comerciante muy trabajador y muy respetado y querido en la localidad. Su madre la señora Nicanora Pérez Franco, entregada a las labores del hogar. Fue el cuarto de 9 hermanos, 6 hombres y 3 mujeres; hubiera tenido 3 hermanitas más, dos de ellas gemelas, pero fallecieron a los pocos días de nacidas.
Don Román fue simpatizante de los revolucionarios, a quienes les conseguía parque en la ciudad de México, sin importarle exponer su apreciable posición social y económica.
El pequeño Miguel Ángel pasó su primera infancia, feliz, sin apuros, habiendo cursado su primaria elemental –hasta 4o., año- en la escuela Sayago, de su tierra natal. Su padre fue muy exigente en su formación y desde temprano lo acostumbró a la lectura. Recuerda muy bien Miguel Ángel el gusto con que leía los cuentos de Callejas.
Tuvo la desgracia de perder a su padre, a los diez años de edad. Al principio no hubo grandes problemas, pero después, en Xalapa, a donde pasaron a vivir, sufrieron dificultades económicas, hasta que su hermana Elvira encontró trabajo en la papelería “El Fénix”. (Gracias a su dedicación y responsabilidad, al paso del tiempo, fue mejorando y llegó a ser, el desaparecer los dueños, y es, actualmente, la propietaria del negocio).
La primaria superior, la cursó Miguel Ángel en la Escuela Cantonal (“Juan de la Luz Enríquez”), de la capital del Estado. Después pasó a la Secundaria “Juárez”, pues su anhelo era ser abogado. Allí estuvo 1o. y 2o., y luego pasó a la Escuela Normal, donde le fueron revalidadas las materias ya cursadas y pagó otras.
Pronto empezaría a trabajar, sin por eso abandonar los estudios. Unos meses laboró en Tapalapa, del municipio de Santiago, y otros, en Las Haldas, del municipio de Naolinco. Terminados sus interinatos volvía a la Normal.
En el plantel se hizo patente su vocación literaria. Obtuvo señaladas distinciones, como la flor natural, en un certamen con motivo de las fiestas del estudiante, en el cual tomaron parte también quienes más tarde se convertirían en luminarias de la literatura, Miguel Bustos Cerecedo y Octaviano Corro; y medalla y diploma en un concurso de poemas a la madre.
Escribió la letra de un himno famoso, cuya música es del maestro Juan Lomán: el himno a Enríquez, (“Salve, ¡oh padre, tu nombre glorioso…”), que se canta año con año.
En febrero de 1935 salió a trabajar a Minatitlán, con sus compañeros Zacarías Vargas y Francisco Ramírez.- Se encontraron con que el Ayuntamiento les atrasaba los sueldos a los maestros y muchas veces les pagaban con vales, que les eran admitidos en un tienda situada frente al mismo Ayuntamiento llamada “El Volador”. “Nos recordaba a las tiendas de raya porfirianas”, diría Miguel Ángel alguna vez. Los tres recién llegados se dieron la tarea de formar el Sindicato de Maestros, y lo lograron. Para el mes de agosto declararon una huelga reclamando el pago de quincenas atrasadas; sin embargo acordaron trabajar en las festividades patrias de septiembre. El movimiento huelguístico se prologó por meses y recibió el apoyo general, especialmente de la sección 10 de petroleros. Estuvo comisionado en México y en Xalapa, quedando un tiempo como representante en esta última ciudad, donde aprovechó para presentar sus exámenes finales en la Normal. La huelga triunfó, y, el febrero de 1936 les pagaron lo que les debían, incluyendo los salarios caídos.
Sin embargo, como consecuencia de la lucha anterior y de su espíritu batallador, tuvo problemas con las autoridades municipales, que en 1936 le giraron un oficio a la Dirección General de Educación declarándolo persona non grata. Fue amenazado, vigilado, perseguido, y si no hubiera sido por el diputado Jorge Acosta, quién sabe hasta donde habrían llegado las represalias; sus compañeros albergaron temor por su vida.
En octubre de ese año tuvo que salir a Xalapa, por haber enfermado seriamente su mamá. No volvió de inmediato a Minatitlán. El Sindicato de Veracruz, conociendo el peligro a que hacía frente en la ciudad petrolera, le convenció de que pasara a trabajar a la escuela “José Azueta”. Aquí estuvo hasta 1940 en que regresó a Minatitlán, que lo tenía conquistado, a la escuela “Madero”, por permuta que hizo con el profesor Ángel Flores. Poco después pasó como Subdirector a la escuela “Rébsamen”, donde había laborado anteriormente. Era director de este plantel, uno de los mejores y más estimados maestros, Juan M. Ramos, quien más tarde se fue al sistema federal (a la escuela Artículo 123 del lugar), quedando Miguel Ángel en la dirección.
Entregaría su vida en este plantel, destacándose por su alto sentido de trabajo y responsabilidad. Alcanzó envidiable prestigio no sólo entre los padres, sino en toda la sociedad.
En 1963 fue designado Inspector Escolar de la Zona. Época en que la educación rural recibió gran impulso y enamorado él del campo, realizó una labor extraordinaria, que lo colocó en los primeros lugares entre los inspectores de la Entidad. Fundó escuelas en numerosas comunidades alejadas y creó varias de concentración que fueron famosas, como la de Coapiloloya, del municipio de Hidalgotitlán y la de El Faisán, del municipio minatitleco. Con el esfuerzo de los campesinos y de los maestros y alumnos que sembraban la tierra y criaban animales, se satisfacían grandes necesidades escolares.
En Minatitlán, por inaplazables instalaciones petroquímicas, fue cerrada la escuela “Zapata”. El profesor Hernández Pérez, que había emprendido a favor de ésta, una lucha tenaz, en unión de los padres, logró al fin que se estableciera la escuela “Eduardo R. Coronel”. Cuando en 1975 renunció a la Inspección Escolar, -le había sido ratificado el nombramiento por los siguientes gobiernos-, aceptó la dirección de la citada escuela, que le fue ofrecida por las autoridades educativas. En este cargo se jubiló en 1976.
El Estado le otorgó la medalla “Enrique C. Rébsamen”, al cumplir los 30 años de servicios.
Miguel Ángel Hernández ha escrito no pocas obras, especialmente escolares, entre ellas “El misionero laico”, “Los canarios de Ángela”, “La Ventana”, “Las brujitas locas” (teatro infantil); “Así es México”, estampas folklóricas que fueron presentadas en una feria en el estadio xalapeño y “Mi celoso marido”, que obtuvo una medalla y fue presentada en el Palacio de las Bellas Artes.
Dirigió el cuadro artístico “Minatitlán” y, por radio, incursionó igualmente, presentando entre otros programas, “La Epopeya de los Niños Héroes”.
En un concurso de “El Nacional” sobre la Revolución, alcanzó un tercer lugar con su trabajo “Recuerdos de mi infancia”. También logró un premio en una revista de chistes, pues es un buen humorista.
Tiene inédita “Nostalgia en tres lugares”, que son pasajes de su vida, en Naolinco, Xalapa y Minatitlán.
Otra actividad en la que ha destacado en su vida, es el periodismo. Su inteligencia y mente ágil, lo convirtieron en el principal reportero y columnista de “La Opinión”, de Minatitlán, por largo tiempo. Escribió en la revista “Impacto” y fue corresponsal de numerosos órganos periodísticos, entre otros, “Novedades” de México y “El Dictamen”, de Veracruz.
Jubilado, vive actualmente en Mocambo, del municipio de Boca del Río, con su esposa, la profesora Candelaria Adriano de Hernández, compañera desde sus luchas en Minatitlán, y con quien procreó seis hijos, -dos mujeres y cuatro hombres- ya todos profesionistas. Se dedica el profesor Miguel Ángel Hernández a escribir –prosa amena y sencilla- sus recuerdos y experiencias.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
LUIS HERNÁNDEZ REYES
No tuvo título de maestro, pero, ¡qué gran maestro fue!, algo no muy frecuente que ha sucedido a lo largo de nuestra geografía y de la historia.
Don Luis, como le llamábamos, nació en Alvarado, Ver., el 8 de diciembre de 1890, de padres humildes, don Gabriel Hernández Zamudio, que llegara a ser distinguido periodista y, doña Encarnación (Chona) Reyes. Un familiar de ésta última, que vivía con ellos, doña Bartola Herrera, se encargó mayormente de la atención del pequeño.
La niñez fue pobre. Estudió en la escuela primaria “Carlos A. Ramón” (antigua Escuela Rural) cuando a su frente estaba el maestro Luis F. Zamudio; y después siguió en la Escuela Secundaria y Preparatoria de Xalapa, donde en 1910 fue escogido como orador en la bienvenida que se le tributó al gran poeta Rubén Dario.
Luego se fue a México. Se convirtió en autodidacta y habría de ser un hombre preparado y culto. Trabajó en la negociación “High Life” por algún tiempo; también en una empresa de seguros y, antes de radicarse en Alvarado, en una casa comercial del puerto de Veracruz.
En su tierra natal, se encontró a sí mismo. Su vocación afloró y tomó el cauce debido: el magisterio. Lo inició en la escuela “Benito Juárez”, como director interino. El titular, otro distinguido y apreciado maestro alvaradeño, don Luis T. Carmona, fue llamado a ocupar la Secretaría de la primera comuna constitucional en Alvarado, después del movimiento armado de 1910, comuna que presidiera don Ángel Hermida Figueroa, de ideas revolucionarias y organizador de los trabajadores del municipio.
Al cambiarse las autoridades, Carmona y Hernández Reyes establecieron una escuela particular, la “Luis F. Zamudio”, que económicamente no pudo sostenerse por mucho tiempo.
Tratando de contar con una escuela primaria superior, digna de los antecedentes educativos de la población, se formó un comité con destacadas personas –Salvador Lara Leal, Rafael Sosa Zamudio, Moisés Delfín Tiburcio, Miguel Vives Hermida y Juan García Herrera- quienes dieron cima a la tarea fundando en el plantel que sería famoso y al cual pusieron por nombre “Manuel Pánfilo Hernández”, en honor del ilustre maestro alvaradeño que fuera alumno en Orizaba de los notables reformadores Enrique Laubscher y Enrique C. Rébsamen, en la Academia Normal.
A la escuela –primero particular y luego del Estado- llegaría don Luis Hernández Reyes, poco después, en calidad de director. Allí, su talento, su dinamismo, su afán de servicios, de honda preocupación por los niños, se harían patentes en forma amplia. La Manuel P. Hernández” pronto resultó uno de los mejores planteles de la región y del Estado. Don Luis se adelantó a valiosas reformas en el sistema de enseñanza y en los programas, e implantó en sus aulas la coeducación. “¡Cómo se agiganta su figura de maestro –escribía el maestro y Lic. Justo A. Zamudio Vargas- cuando reflexionó que si bien los principios de la escuela activa no era ya una novedad para aquel tiempo, él, por lo menos, sólo podía haberlos vislumbrado a través de su experiencia, limitada y lejana, de alumno de primaria de la ‘Carlos A. Ramón’ y, sin embargo, con cuánta eficiencia supo intuirlos y sobre todo, aplicarlos a su obra maravillosa de forjador de caracteres!”.
La educación integral de que tanto se habla, era un hecho en su escuela. El niño estaba siempre en actividad. Y más que las teorías predominaban las cosas prácticas. No buscaba en sus alumnos, por ejemplo, que aprendieran a recitar muy definiciones y preceptos gramaticales o aritméticos, sino que supieran redactar y expresarse bien y hacer cuentas y resolver problemas. Y les creaba hábitos de aseo, de puntualidad, de cumplimiento y de disciplina. Instruía, pero –y no en menor grado- formaba, educaba. Vaya, si hasta en la calle estaba pendiente de la conducta de sus discípulos. Y cuando lo consideraba necesario aplicaba castigos rigurosos, que, sin embargo, no mermaban el gran cariño que le profesaban los niños, ni dejaba resentimientos en ellos.
Por medio de una sociedad estudiantil –“Atena” se llamó- enseñaba a los niños a comportarse socialmente y a satisfacer necesidades y exigencias grupales. Organizaba excursiones a puntos cercanos, que a la vez de sana distracción, servían para aprender muchas cosas de la naturaleza.
No tenía horario de trabajo. Se laboraba mañana y tarde, pero seguido se le veía horas después de clase, en el aula con los niños o marchando con éstos por las calles. ¡Ah! Y, ¡qué batallón infantil creó! Su disciplina, sus movimientos, sus evoluciones, sus ejercicios, asombraban a cuantos lo veían. Por eso era solicitado, en fechas solemnes especialmente, de diversos lugares. En el puerto de Veracruz desfiló algunas veces y no desmereció en lo más mínimo frente a los cadetes de la Escuela Naval. Recorrió toda la Cuenca del Papaloapan. Estuvo en Puebla, en Xalapa y, se nos informó que cierta vez fue invitado por el C. Presidente de la República a México, invitación que fue declinada porque el batallón infantil tenía un período de descanso y, ¡qué capaz de que don Luis lo presentara si no lo consideraba bien entrenado y en magníficas condiciones!
A veces, también acudía por las noches a la escuela a trabajar con grupos de muchachos.
Su intensa actividad debilitó su organismo y tuvo que retirarse por una temporada cuando menos, para atender su salud.
El gobernador Lic. Gonzalo Vázquez Vela, que conoció de su inteligencia y capacidad, lo designó responsable del Departamento o Mesa de Estadística en la Dirección General de Educación Popular y, cuando se retiró de la gubernatura del Estado para ocupar la Secretaría de Educación Pública, se lo llevó al frente de la Sección Técnica en el Departamento de Educación Obrera, -donde fue objeto de no pocas felicitaciones por su labor- puesto en el cual, con su salud minada por el trabajo, dejó de existir.
Don Luis fue un buen orador y un escritor ameno y valiente. Quizás sus últimos trabajos fueron los hechos en defensa del cementerio viejo de Alvarado, destruido por unas autoridades en forma inconsciente, en los cuales hizo historia de los hombres ilustres allí sepultados.
Participó algunas veces en la política de su tierra, lo que le trajo satisfacciones grandes y, algunos enemigos. La primera ocasión fue en 1920, en que formó parte del Ayuntamiento presidido por el Ing. Emilio F. Ferreira. Y en 1935 ocupó la Presidencia Municipal, desarrollando muy buena labor. A él se debió la construcción del paseo “El Fortín” y el monumento a los héroes del 15 de octubre de 1846 que rechazaron a los invasores norteamericanos en la barra de Alvarado.
Siempre don Luis se preocupó por su tierra y obtuvo para ello no pocos beneficios, singularmente en la Secretaría de Educación Pública.
Viviendo en Alvarado, impulsó y mejoró el mutualismo, que llegó alcanzar situaciones extraordinarias de gran provecho para los socios.
En el deporte igualmente encontramos su huella. Fue época de oro para el base ball alvaradeño cuando él intervino en su manejo. La novena “Alvarado” obtuvo triunfos resonantes y surgieron jugadores de mucho mérito.
Don Luis falleció en la ciudad de México el día 25 de mayo de 1939, cuando aún no cumplía cincuenta años de edad. Su cadáver se trasladó a Alvarado, velándose en casa de sus familiares y en la escuela “Manuel P. Hernández”. El sepelio, con un cortejo impresionante, como no se había visto en mucho tiempo, se le efectúo el día 27. Fueron días de verdadero duelo de un pueblo que supo aquilatar la gran labor de uno de sus hijos mejores.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
LUIS HIDALGO MONROY
El maestro Luis Hidalgo Monroy vio su primera luz en el puerto de Veracruz el día 25 de enero de 1876.
Cursó su primaria en la misma ciudad y en Coatepec. Se ha asegurado que en este último lugar terminó tales estudios en el Instituto “Froebel” de don Carlos A. Carrillo, pero una duda nos asalta. En Instituto fue fundado en 1881, cerró sus puertas antes de cumplir tres años, y no alcanzó a proporcionar primaria superior. Al dar por terminado el Plantel sus labores, Hidalgo Monroy tenía apenas 8 años de edad. ¿Pudo haber concluido allí sus estudios primarios?
A mediados de 1892, como alumno libre, a la Escuela Normal. Estaban ya avanzados los cursos del año, por lo que el 27 de julio, hubo de examinársele para ver si podía realizarlos. Obtuvo buenas calificaciones en todas las materias y el día 29 se informó al Director de la Normal el favorable acuerdo de matrículas, del C. Gobernador del Estado.
En 1893 fue pensionado -$25.00 mensuales-, por el Ayuntamiento de Coatepec. El 20 de julio de 1895 solicitó su examen profesional, efectuándose con otros 15 alumnos, del 2 de agosto al 20 de septiembre. Al otro día, el Director de la Normal, don Manuel R. Gutiérrez, informó al Gobierno del Estado de la baja de Hidalgo Monroy, “quien después de haber terminado su examen profesional en el grado de instrucción primaria elemental, se separa de la Escuela para ejercer su profesión”. El tema escrito que le tocó desarrollar fue “Condiciones indispensables para organizar una escuela con provecho bajo el modo simultáneo”.
Sus primeros trabajos fueron lejos de su Estado, en las entidades de Coahuila y Sinaloa. Regresó a Veracruz en 1898 a la ciudad de Altotonga. La estancia en este lugar fue decisiva en su vida, pues allí formó su hogar con la agraciada joven Luz Carballo Pasos.
Dirigió el Instituto de Ciencias en el Estado de Guerrero y luego volvió a Sinaloa, al frente de la Escuela Modelo de Navolato. En este lugar supo del monumento que autoridades y maestros proyectaron para don Enrique C. Rébsamen, fallecido el 8 de abril de 1904. Su admiración al maestro suizo se hizo patente de inmediato. Quiso cooperar con el producto de uno de sus libros, posiblemente el primero de los que escribió. Y se lo remitió al director de la Escuela Normal de Xalapa don Emilio Fuentes, y Betancourt, con una carta fechada el 26 de agosto de 1905, en la cual le expresaba: “Me soñé autor –ya sabe usted que la ignorancia es muy atrevida- y recopilando lo dicho por el Maestro, quizá en una mala forma, hice el pequeño libro que me es muy grato remitirle. –La publicación de la obra obedece al deseo de ser útil, en modo alguno, al proyecto de erigir al Maestro un monumento; pero como las obras de esta naturaleza sólo se venden cuando la firma que las calza es reputada o el reclame las alza y la mía carece de todo eso, me permito suplicar a usted se digne darme su opinión por la prensa, teniendo en consideración el objeto, ya que no el mérito del libro por no tenerlo”.
Adicto a las causas del pueblo, participó en la Revolución, como otros muchos maestros, y obtuvo el grado de Coronel.
Poco a poco fue formando Hidalgo Monroy su gran personalidad, la de maestro verdadero, auténtico; y ganándose la admiración y el cariño de la sociedad entera. Leía ávidamente, se superaba más y más, e iba ocupando cargos de importancia relevantes.
Realizó estudios educativos superiores en dos instituciones respetables: la UNAM y la Universidad del Sur de Texas, Estados Unidos. Y en la primera llegó a impartir la cátedra de Metodología de Escritura-Lectura.
Fue catedrático también de la Escuela Superior de Niñas, de la Normal de Maestros y de la Normal Superior.
Por un tiempo se desempeñó como Inspector de Escuelas Nocturnas. Dentro de aparato administrativo de la Secretaría de Educación ocupó varias jefaturas: la de los departamentos de Instrucción Primaria y Estudios Pedagógicos y la de Sección de Normales.
Le cupo la satisfacción de dirigir la educación de dos estados: Hidalgo y, Veracruz, donde igualmente fue Director de la Escuela Normal que lo había cobijado de joven. Aludamos a los servicios prestados a su Entidad natal.
Cuando fue derrocado el Gral. Heriberto Jara como Gobernador de Veracruz, el sustituto, profesor don Abel B. Rodríguez, llamó al maestro Luis Hidalgo Monroy para hacerse cargo de la dirección de la Escuela Normal Veracruzana. Llegó en vacaciones –su nombramiento lleva fecha del 3 de enero de 1928- y desde luego se entregó a trabajar. Sólo estuvo unos días. Había elaborado nuevos planes de estudios y preparado otras medidas de reorganización, cuando fue designado Director General de Educación Popular, quedando en su lugar don Gabriel Lucio, quien llevó a la práctica los proyectos de Hidalgo Monroy. Pero no se desligó del trabajo directo en la Normal. En febrero del mismo año de 1928 empezó a impartir las cátedras de Principios de Educación y Técnica de la Enseñanza.
En diciembre de 1928 tomó posesión como Gobernador el Corl. Adalberto Tejeda, con quien don Luis Hidalgo Monroy continuó como Director General de Educación, hasta enero de 1930 en que regresó a la capital de la República, sustituyéndolo, l igual que había sucedido en la Normal, el maestro Gabriel Lucio.
Fue un destacado Director de Educación. En él “concurrían –afirmó el maestro don Juan Zilli-, en admirable armonía, como quizá en ninguna otra personas que haya desempeñado el difícil cargo de Director General de Educación, un sólido saber teórico y filosófico de la pedagogía, así como una extraordinaria habilidad en la técnica de la enseñanza. Eminente teórico y esclarecido maestro práctico”.
Años después volvería a su Estado. En diciembre de 1944 ascendió a la gubernatura don Adolfo Ruiz Cortines y a la Dirección General de Educación Popular el profesor Carlos Bustos Cerecedo. El 19 de ese mismo mes, se le extendió a don Luis Hidalgo Monroy el nombramiento de Director de la Normal. Empezó una brillante labor, pero en febrero de 1945 enfermó gravemente. Cayó en el baño de la habitación que ocupaba en el Hotel Juárez, con un derrame cerebral. El profesor Jerónimo Reyes Rosales, que lo esperaba, se extrañó de su tardanza y lo buscó con empleados del hotel. Al darse cuenta de lo sucedido, llamó al Dr. Manuel B. Trens, quien escribía entonces la Historia de Veracruz. El maestro Hidalgo Monroy tenía paralizado el lado izquierdo del cuerpo. Sus familiares trajeron de México una ambulancia, lo trasladaron y atendieron en la capital. Pero no fue posible salvarlo. El 13 de marzo falleció, causando gran dolor en la Normal, en el magisterio nacional y en las instituciones educativas donde había alcanzado singular prestigio.
El maestro Monroy fue uno de los más caracterizados técnicos de la educación. Dominó singularmente la Didáctica. Escribió numerosas obras, algunas de las cuales fueron texto en nuestras escuelas, -de distintos niveles-. Una colección de la Primaria, “Levántate”, ayudó a formar moralmente a numerosas generaciones de niños. Los libros de ella, escritos hasta 1929, fueron premiados en una exposición iberoamericana celebrada en Sevilla en 1929 y 1930.
Entre otros títulos mencionamos:
“Técnica de la Escritura Lectura”, “Metodología de las Ciencias Naturales”, “La Enseñanza de la Geografía”, “Actividades Geométricas”, “Geometría Aplicada”, “Organización Escolar”, “Organización de la Enseñanza Rural en el estado de Veracruz-Llave” y “El Agrarista”. Dejó al morir numerosos trabajos, fundamentalmente de Didáctica –Didáctica Aplicada y Didáctica Especifica de las asignaturas de primaria-, que fueron editados bajo el título de “Obras Pedagógicas de Luis Hidalgo Monroy”, en 5 tomos, por la Dirección General de Educación Popular del estado de Veracruz, en 1980 y 1981. Junto a lo Inédito aparece algo –muy poco- de lo ya publicado con anterioridad.
Terminemos estas líneas señalando que don Luis Hidalgo Monroy destacó también en el periodismo, incluyendo, por supuesto, el educativo.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
EMMA HUIDOBRO MÁRQUEZ
Nació en la ciudad de Xalapa unos meses antes de que estallara la Revolución, el 1o. de marzo de 1910. Su padre: el Maestro y Contador don Francisco Huidobro de Azúa; su madre: doña Nieves Márquez de Huidobro. Fue Emma la tercera de 8 hijos del matrimonio, de los cuales sólo dos fueron hombres.
Aprendió a leer y escribir en la casa, con su papá; luego estuvo en una escuela “amiga” y, por fin ingresó a la Escuela Primaria “Josefa Ortiz de Domínguez”, tras previo examen, a tercer año. Sus primera maestras fueron Amalia Pabello Acosta y Estercita Pérez de Banued. En la primaria afloró ya su vocación de maestra: colaboradora en la clase de matemáticas con su profesora y ayudaba a varias de sus condiscípulas.
La “Josefa Ortiz de Domínguez” tenía hasta 5o. año. De allí pasó a la Normal, pero reprobó el primer trimestre, por lo que se fue a la Escuela Industrial, a cursar el 6o. año.
A pesar de su vocación, lo que le había sucedido en la Normal le quitó las ganas de estudiar para maestra, pero don Adalberto Lara y su hermana Dina Huidobro le animaron e insistieron, hasta que volvió al famoso centro rebsameniano. Era el año de 1925 y, desde el principio fue de las más aventajadas alumnas. En el primer semestre resultó la única con calificación de diez entre 117 alumnos, en las clases de Español e Historia Universal. A lo largo de su carrera sobresalió con uno de los más elevados promedios. Por supuesto se ganó su beca.
Le dejaron muy buena impresión sus maestros, entre ellos, don Adalberto Lara, en Matemáticas; don Gabriel Lucio, en Psicología; Dr. Carlos Aceves, en Anatomía; Dr. Eduardo A. Coronel, en Español; Ing. Rubén Bouchez, en Geografía Física ; don Miguel Martínez Murillo, en Zoología; don Luis Hidalgo Monroy, en Ciencia de la Educación; y, don Abraham Cabañas, en Técnica de la Enseñanza.
No sólo destacó en sus estudios, también en el deporte, sobre todo era básquet bol y en voli, como preludio de la gran deportista y maestra de educación física, que llegaría más tarde a ser.
Terminó en la Normal en 1930 y empezó en enero de 1931 a trabajar en el heroico y generoso puerto de Alvarado, como directora fundadora de la Escuela “Manuel M. Oropeza”. Por cuestiones de salud, el 1o. de julio del mismo año, se trasladó a Atzalan, lugar en el que se hizo cargo de la Escuela “Valentín Gómez Farías”. Permaneció en este plantel hasta diciembre de 1932, con excepción de dos interinatos pequeños que salió a cubrir a Xalapa a la escuela “Josefa Ortiz de Domínguez”, y “Juan de la Luz Enríquez” (antes Cantonal).
Encontrándose en Atzalan colaboró en un curso para maestros rurales que dirigió el maestro don Manuel González.
El 16 de febrero de 1933 tuvo la satisfacción de ser nombrada Catedrática de Educación Física, en su alma mater, la Escuela Normal Veracruzana.
A mediados de 1935 fue aplicada importante reforma en la Normal, que inauguró edificio y se convirtió en Interinato. Como al terminar los cursos de 1934 se retiraron maestros y alumnos del local donde Rébsamen la fundara, no se laboró el primer semestre del citado 1935. En este lapso, Emmita Huidobro fue comisionada a un curso de Educación Física a la Escuela Nacional de Educación Física, en la ciudad de México.
Más tarde ocuparía cátedras de Geografía Física y Español en la Secundaria que aún tenía la Normal, y de Educación Estética y Técnica de la Enseñanza, en el área profesional.
En el campo de la educación física y estética, encontró su plena realización, al grado de haberse convertido un símbolo en nuestro Estado, en tales actividades.
Levantó a su escuela en el deporte y en los grandes espectáculos de masas. Dirigió festivales en el Estadio Xalapeño “Gral. Heriberto Jara”, uno de ellos con motivo de los 75 años de la Normal, que asombró con su precisión y belleza, y por su costo, pues poco antes en uno semejante realizado por las autoridades artísticas de México se habían invertido 160 mil pesos, mientras la maestra Huidobro sólo requirió ocho mil.
Recorrió casi toda la República con equipos deportivos bajo su dirección y poniendo siempre muy alto el nombre de su Estado.
Por dos ocasiones resultaron subcampeonas nacionales de básquet ball, y en una de ellas, si la gripe no afecta a algunas jugadoras, hubieran podido ser las campeonas.
A la hermana República de Cuba llevó una quinta de básquet ball, cuya base eran muchachas de la Escuela Normal. De ocho encuentros obtuvieron 6 victorias y el reconocimiento general a su habilidad y esfuerzo deportivos. El embajador cubano expresó al Gobernador de Veracruz, Lic. Marco Antonio Muñoz, que no hubiera podido enviar mejor delegación.
El deporte y las giras, repetía constantemente la maestra Huidobro, ayudaban a la formación de hábitos de responsabilidad, confianza, disciplina, iniciativa y orden.
Como es fácil imaginarlo, ha recibido muy justos reconocimientos y homenajes a su obra. El Gobernador, Lic. Rafael Hernández Ochoa, le entregó en mayo de 1979 una charola de plata con esta inscripción: “A la ameritada maestra Emma Huidobro, como reconocimiento a su entrega apasionada a la niñez y juventud”.
El mismo año, en el mes de diciembre, el Instituto Nacional del Deporte, le extendió un diploma de honor –Premio al Mérito Deportivo-, “por su brillante y permanente tarea deportiva en beneficio directo de la Generación de alumnos de la Escuela Normal Veracruzana ‘Enrique C. Rébsamen’ y del básquet ball veracruzano”.
Otros diplomas y numerosos escritos de felicitación son estímulo a sus inquietudes, que, aun jubilada –desde 1959- siguen manteniendo en actividad, entre otras formas, en una escuela particular de Xalapa.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
CÁNDIDO JARAMILLO
Cándido Jaramillo, el luchador infatigable, el maestro ejemplar, el amigo comprensivo, ha dejado de existir. Un aneurisma, semejante al caso del Lic. Adolfo López Mateos, lo tuvo en el lecho durante varios meses, hasta arrancarle, el pasado 22 de abril, su existencia generosa.
Jaramillo fue uno de los hombres más limpios, más honrados, dentro de la lucha revolucionaria. Convencido socialista, actuó siempre de acuerdo con sus ideas. Jamás manchó su vida, aprovechando los cargos que ocupó para obtener prebendas personales.
Modesto y sencillo, trató a sus compañeros con cordialidad y franqueza; su corazón bondadoso estaba abierto para todos.
Nació en Zongolica y estudió en la Escuela Normal Veracruzana. Fue líder nacional del magisterio y, después, de la Federación de Trabajadores al Servicio del Estado. Militó en el Partido Popular Socialista y, en todas las trincheras donde sirvió a México lo hizo con firmeza y responsabilidad.
Nosotros no olvidaremos sus consejos fraternales, cuando el último año en la Escuela Normal, participamos en un movimiento de huelga. Serena, juiciosa y amigablemente, nos marcó algunos errores en la táctica, que fue posible rectificar para bien de la justa lucha.
Hace como un año le vimos por última vez. No sabemos si nos reconoció, pero nos trató con afecto, como era su costumbre.
En ocasión del fallecimiento de otro gran maestro, don Adalberto Lara, supimos de su enfermedad. Dos penas se juntaron esa vez, que nos llegaron a las entrañas.
En la Agencia Gayosso, de Félix Cuevas, en México, hicimos una guardia ante su féretro, con amigos de él que no conocíamos, pero que ante la pérdida común, identificados en un mismo dolor, dábamos la impresión de ser viejos compañeros de lucha.
Cuestiones de trabajo nos impidieron acompañarlo hasta su tumba, en el Panteón Jardín, donde casi mes y medio atrás, despedimos al citado maestro Lara.
Sigue de luto el magisterio. Pero los hombres como Jaramillo, no se van del todo. La materia queda bajo tierra, más su espíritu bueno y batallador, insobornable y justo, continúa alentando a quienes como él, tienen fe profunda en la llegada de un mundo donde no haya explotados y explotadores, donde todos los humanos puedan vivir con dignidad y en paz.
(“La Opinión”, de Minatitlán, Ver. -30 de abril de 1970)
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
LEOPOLDO KIEL
Es don Leopoldo Kiel García uno de los más ilustres maestros nacidos en Chicontepec, cuya obra se desarrolló en el país y en el extranjero, siendo, primero, uno de los más estimados por don Enrique C. Rébsamen y, después, uno de sus más cercanos y eficientes colaboradores.
Coinciden los biógrafos que hemos leído en que nació el 8 de enero de 1876, pero en su expediente como alumno de la Escuela Normal, aparece una certificación sobre su fecha de nacimiento, señalando el 8 de enero del año de 1874 (dos años antes).
Su padre fue un herrero alemán que le gustó Chicontepec para vivir, don Matías Kiel, quien escogió como esposa a la chicontepecana Piedad García.
Llamó la atención de sus maestros, lo cual motivó que en enero de 1894 se le designara ayudante del mismo plantel y, ya para terminar el año fue ascendido a Subdirector.
Los méritos que en tan breve tiempo había conquistado lo llevaron días después –en febrero de 1895-, a la dirección de la Escuela de Zontecomatlán. Estuvo aquí un año. Su deseo de superación y su vocación y, ayudado por uno de sus familiares, lo condujeron a la Escuela Normal Veracruzana. El 7 de enero de 1896 presentó su examen de admisión y fue aprobado, otorgándosele una pensión de 20 pesos mensuales, que en agosto de 1899, se convertiría en beca de 25 pesos.
Fue uno de los alumnos más destacados. De primero a cuarto años –con excepción del primer semestre de este último grado-, disputó el primer lugar en la calificación general, a la señorita Clemencia Ostos. Los tres primeros años, con ligero margen, fue superado. Pero en el segundo semestre del cuarto grado, ocupó Kiel el primer lugar. Y en quinto, en los dos semestres, lo que se le facilitó por no participar la señorita Ostos.
El 27 de enero de 1900 presentó su examen profesional para obtener el título de profesor de instrucción primaria elemental. Le tocó desarrollar por escrito el tema 10, “Medios de que dispone la Escuela para la Educación Física”. Recibió el título el 24 de febrero del mismo año.
En cuanto al examen de profesor de instrucción primaria superior, lo presentó el 7 de marzo de 1901 y el trabajo escrito se llamó “Enseñanza del hogar. El color, la forma, el movimiento y la posición de los objetos y la dirección del movimiento”, que aparecería publicado en la revista de don Enrique C. Rébsamen, “México Intelectual”. El título le fue entregado el 13 de mayo de 1901.
Cabe decir que ya para terminar sus estudios se le nombró Catedrático del Colegio Preparatorio de Xalapa. Igualmente, al viajar a Europa el catedrático de Cosmografía, del tercer grado de la Normal, con motivo de la exposición de París, propuso a Kiel, y se fue aceptado, para ocupar en ese lapso la cátedra.
Don Enrique C. Rébsamen estuvo hasta septiembre de 1901 en la Normal que fundara. En octubre se hizo cargo de la Dirección General de Educación Normal –incluyendo la Dirección de la Escuela Normal de la capital de la República-y, de inmediato llevó al maestro Kiel a su lado. Fue su auxiliar y catedrático de Antropología Pedagógica en la Normal de Profesores. También lo sería, poco después, de Psicología y Metodología General.
En julio de 1902, Rébsamen lo nombró Inspector General de Enseñanza Normal, y cuando el maestro suizo enfermó, don Leopoldo Kiel quedó al frente, en forma interina, de la Dirección General.
Rébsamen falleció en Xalapa, Ver., el 8 de abril de 1904 y fue designado como titular de la Dirección de Enseñanza Normal el maestro Alberto Correa, quien nombró a don Leopoldo Kiel, Jefe de la Sección de Instrucción Primaria y Normal. En el mes de agosto se le encargó realizara estudios en Europa sobre educación primaria y Normal. Así conoció bien los sistemas del llamado Viejo Continente y tomó cursos especiales en la Escuela Normal Superior de Saint Cloud, en París; en el Instituto de Psicología de la Universidad de Berlín, y en varias escuelas normales de Inglaterra y Alemania.
En su permanencia en Europa, el Gobierno de México le pidió lo representara en el Congreso Internacional Olímpico de Bruselas (1905), en el Congreso de Educación Física efectuado en Lieja, Bélgica (1906) y en el de Educación Familiar que se llevó al cabo en Milán, Italia (1907); en los cuales presentó muy valiosos trabajos.
En julio de 1907 volvió a su patria. Se le extendió nombramiento de Jefe de la Sección de Educación Normal y cuando falleció el maestro Alberto Correa, lo sustituyo Kiel en la dirección de la Escuela Normal y se hizo cargo de la cátedra de Metodología Especial. Logró llevar a su lado, a muy distinguidos maestros. Formó parte del Consejo Superior de Educación Pública.
Después fue Director General de Educación en el Distrito Federal, continuando sus positivos éxitos en el campo que tanto le apasionaba.
Nuevo viaje realizó a Europa, al ser designado Cónsul de México en Trieste, Australia, lo que aprovechó para ampliar sus estudios sobre educación.
Sus siguientes tareas estarían en Cuba, donde en 1915 ocupó una asesoría técnica junto al Ministro de Educación y firmó un contrato por cuatro años para fundar las escuelas normales de provincias. El Gobierno cubano quiso retenerlo por más largo tiempo, pero Adalberto Tejeda, en su primer período de Gobierno en Veracruz –1 de diciembre de 1920 a 30 de noviembre de 1924- llamó su preclaro paisano a hacerse cargo de la Dirección General de Educación y el Departamento Universitario. Se dio un fuerte impulso a la educación, y la enseñanza rural alcanzó un nuevo matiz con las escuelas-granjas.
Terminada su gestión, regresó a la capital de la República. Volvió a la cátedra en las Normales y en la Universidad y, a diversos cargos: Consejero Técnico en la SEP, Director de Educación Federal, Inspector General de Educación, Subjefe y Jefe de Enseñanza Primaria y Normal, Director del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía, y miembro del Consejo Consultivo de la SEP.
Un tercer viaje a Europa fue efectuado en 1935, con el carácter de Cónsul en Colonia, Alemania.
Don Leopoldo Kiel escribió diversas obras pedagógicas: “Geografía del estado de Veracruz”, “Enseñanza de la Geografía”, “Guía Metodología para la Enseñanza de la Geometría”, “Guía Metodológica para la Enseñanza de la Educación Cívica”, “Pedagogía de la Escritura” y “Relatos de Viajes”.
Escribió en distintas revistas pedagógicas, especialmente en “México Intelectual” y su substituto “México Pedagógico” y, “La Enseñanza Normal”.
Formó parte de varias instituciones culturales nacionales y extranjeras, de especial prestigio, y fue objeto de homenajes y distinciones. Algunas escuelas y calles llevan su nombre.
Falleció en 1942 en la capital de la República.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
ADALBERTO LARA HERNÁNDEZ
Mientras los sepulteros arrojaban las últimas paletadas de tierra sobre su fosa, nuestra memoria estaba ausente, lejana, en la Normal amada de nuestros años mozos.
El cadáver del maestro Lara se encontraba allí, a unos pasos sólo, rodeado de familiares, amigos y no pocos de sus ex alumnos; pero nosotros lo seguimos viendo erguido, vigoroso, en el aula bendita cuando lo conocimos en aquel 1935 en que se inauguró el Internado, en el edificio que construyera para los normalistas veracruzanos el Lic. Gonzalo Vázquez Vela; en aquella aula en que, desde el primer día, nos mostrara su gran calidad de maestro, formador de hombres.
Allí en uno de los cementerios de la capital mexicana, despedíamos para siempre a don Adalberto Lara, quien tras sufrir varios años enfermo, se nos iba de momento, pues a pesar de sus males, no esperábamos su inmediata partida.
Y lo recordamos más y más. Enérgico, pero bondadoso; responsable como el que más, entregado en cuerpo y alma a la juventud en sus manos y a su entrañable Normal, por la que suspiró hasta sus últimos momentos. ¡Con cuánto fervor, con cuanta devoción, nos hablaba de ella, interesándose por su vida, por sus triunfos, por sus tropiezos! Era el tema común cuando teníamos la oportunidad de visitarlo. Se desviaba la plática, aparecían otros asuntos interesantes, pero finalmente volvía, como algo que formaba parte de sí mismo –y desde luego que lo formaba- a su escuela jalapeña de maestros.
Sus enfermedades no lo doblegaron. Horas después, de la última intervención quirúrgica que se le hiciera, le escuchamos bromas y chistes como si nada hubiera pasado. Y fue una operación delicada, en que se temió por su existencia.
En nuestra vida adulta, el maestro Lara es ejemplo permanente. La elección que nos diera la primera ocasión que entramos a su clase, no la olvidamos jamás. Y ¡cuán útil ha sido para nosotros!
Habiéndose dificultado la matrícula al internado, cuando ingresamos habían pasado tres o cuatro semanas de actividades. Entramos al salón de maestro de Cosmografía –tal cátedra impartía entonces en 4o. año- ignorando que pondría una prueba de lo visto en el tiempo transcurrido. Nos quedamos sin hablar al saberlo. No era para menos. Llegábamos apenas, tras algunas, dificultades, e íbamos a sufrir ya serio revés: salir reprobados en la primera prueba.
El maestro Lara dictó 5 preguntas (con valor de 20 puntos cada una). Las tres primeras eran cosas vistas en la secundaria, pero ¡qué íbamos a acordarnos de ellas!, y, las otras dos, nunca habíamos oído hablar. Un cero asegurado de antemano.
Nos levantamos del asiento, fuimos hacia el maestro y le entregamos la hoja en blanco: “No sabemos las respuestas”, le dijimos. Nos miró seriamente, brillaron sus ojos y nos respondió con énfasis: “Vaya a su lugar, y piense, no se dé por derrotado”. Como hipnotizados, sin comprender bien sus palabras, pues en realidad no comprendimos después!, desde la siguiente clase, cuando al leer el maestro las calificaciones, escuchamos un 60 tras nuestro nombre, como premio al esfuerzo que nos hizo recordar las contestaciones a las preguntas de Secundaria.
¡Cuántas veces en la vida se declaran las personas vencidas antes de comenzar! ¡Cuántas veces se dice “no puedo” sin siquiera realizar el intento!
El maestro Lara nos enseñó a no ser derrotistas. Y desde entonces, cuando una empresa al parecer imposible, aparece ante nosotros, viene su lección inolvidable a alentarnos y hacernos avanzar. Muchas ocasiones comentamos con nuestros alumnos esa anécdota de nuestra época de estudiante, buscando, como él, formar mejores voluntades.
Viendo, sí, a los sepulteros arrojar las últimas paladas de tierra, que rompían el fúnebre silencio de esa tarde gris, el maestro estaba frente a nosotros, pero no bajo tierra, sino en la Escuela Normal de sus amores, con su entusiasmo infinito, dando lecciones de grandeza y fe.
Maestro: eres de aquellos que dejan huella profunda. Reposa en paz.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
LOS FUNERALES DEL MAESTRO LARA
MÉXICO, D.F.- La noticia causó conmoción entre los veracruzanos radicados en esta ciudad y entre las numerosas personas que lo conocieron en sus labores en la Secretaría de Educación Pública. Había fallecido el maestro Adalberto Lara.
Hacía tiempo que estaba enfermo, la arteriosclerosis avanzaba más y más y la vista iba perdiéndose al grado que no podía ya leer ni escribir. En diciembre había sido objeto de una operación y tras restablecerse al parecer, volvió al sanatorio al abrírsele la herida e infectársele.
En los últimos días otra vez se hicieron patentes sus males, con temperaturas elevadas, pero no se esperaba un rápido deceso, como sucedió la noche del 13 de marzo. (1970).
Todavía en esa fecha pudo bromear con el más pequeño de la familia, su bisnieto Chavín, quien prácticamente le alegró los últimos momentos de su vida. Y en esos instantes como siempre. Su carácter alegre no lo abandonó jamás, se sobreponía a su dolor con sencillez y sus alegres palabras no desaparecían de la conversación. Quien sólo lo hubiera conocido en su gravedad y energía en la cátedra, sin saber la bondad de su corazón, su acentuada sencillez y su especial franqueza, no hubiera tenido una imagen completa del maestro.
Sus restos estuvieron en la Agencia Gayoso de Félix Cuevas, donde se dieron cita quienes fueron sus alumnos y supieron la fatal noticia, no pocos compañeros de trabajo de cuando laboró en la Secretaría de Educación y sus amistades, acompañando todos en el duelo a su acongojada familia.
Una ofrenda floral de la Escuela Normal Veracruzana recordaba lo mejor de su existencia, cuando entregó a los normalistas de su Estado su sabiduría, su entusiasmo, su vitalidad, su grandeza.
La maestra Lilia Berthely, una de sus alumnas, organizó guardias ante el féretro, realizando la primera en compañía de los profesores Ángel J. Hermida Ruiz, Adolfo Llanas Cruz, Wilfrido del Ángel y Julio Diábella.
A las 16 horas, partió el cortejo fúnebre hacia el Panteón Jardín de San Ángel Inn, donde descansa para siempre. Allí alrededor de su tumba cientos de personas, con profunda tristeza, le dijeron adiós. El maestro Adolfo Llanas Cruz, quien fuera director de la Normal “Enrique C. Rébsamen”, pronunció las siguientes palabras.
“Querido maestro, compañero y amigo: Decirte adiós es deber difícil de cumplir, lo hago en nombre de tus familiares y todos los aquí reunidos, así como de aquellos que lamentarán no haber compartido con nosotros, el filial deber de pronunciar con voz quebrada ‘hasta pronto’.
Fuiste normalista de nacimiento, hijo predilecto de la Escuela Normal Veracruzana ‘Enrique C. Rébsamen’; más tarde engrosaste las filas de su personal docente, hasta ocupar el distinguido lugar de Director de la Institución que amamos.
Los que fuimos tus discípulos, compañeros y amigos, supimos de tu severidad, pero también de tu generosa bondad y de tus enseñanzas, que germinaron en el virginal huerto normalista que se cubrió de retoños, de flores y frutos, que hoy se esparcen aquí en aras de la amistad y del reconocimiento.
El roble cae, no vencido, abatido por el tiempo, pero aún deja sentir la acogedora sombra que invita a meditar, a recordar. Suena en nuestros oídos, la vieja campana del ex convento de San Ignacio y cobra vida la voz del maestro que imparte sus sabias lecciones: ‘Educar no es enseñar algo a alguien que no sabe, es hacer de él, alguien que no era’; así aprendieron de tus labios las generaciones de estudiantes normalistas a modelar la arcilla humana y transformarla en singular figura.
Querido maestro, compañero, amigo, hasta pronto”.
* * *
Eran cerca de las 18 horas cuando abandonamos a necrópolis. Una pena profunda embargaba a todos. Quienes fueron sus alumnos recordaban al maestro en las aulas y los corredores de los dos primeros edificios de la Escuela Normal Veracruzana: el ex convento de San Ignacio, en la calle Zamora, donde don Juan de la Luz Enríquez inauguraba el establecimiento en 1886 y el edificio construido en 1935, en ese entonces a la salida de Jalapa frente a la carretera a México, por el Lic. Gonzalo Vázquez Vela.
Se había ido un gran maestro. Veracruz había perdido a uno de sus hijos ilustres.
Descanse en paz.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
SOLEDAD LAGOS DE TEJEDA
Ochenta y ocho años acaba de cumplir. Con la misma entereza de siempre, sin perder su agradable carácter, había resistido la enfermedad dolorosa, que le llevaría a la tumba a unirse de nuevo con su esposo, como dijo muchas veces. Y cuando el sábado 24 de julio de 1982 cerró sus ojos para no abrirlos más, el rostro de la anciana maestra, se vio tranquilo y hermoso, satisfecho de una vida ejemplar, de lucha y entrega por ser útil, por servir a su pueblo, como le sirvió, con una obra humana y perdurable.
Se nos fue doña Chole Lagos Vda. de Tejeda. En los últimos años del siglo pasado había nacido en la pintoresca y acogedora Tlacotalpan. De niña pasó a Alvarado, la heroica y generosa, que se convirtió en su segunda tierra. Allí formaría su hogar con don Tomasito Tejeda Martínez, otra persona de gran corazón, y allí levantaron a sus tres hijos: Lic. Tomás Tejeda Lagos, Dra. Lourdes Tejeda de Pardo y Rafael Tejeda Lagos.
Los dos sirvieron a la educación alvaradeña. El, como dentista, cuidando la salud bucal de los niños. Ella en el campo de la música, donde pronto sobresalió. Fue una pianista consumada y con singular facilidad, enseñaba a los niños. Con cuidado digamos patriótico, pues contagiaba su entusiasmo y fervor por México, ponía los coros escolares, que escuchaba el pueblo con alegría y admiración. Y su exquisita sensibilidad, su inteligencia y vocación, le inspiraron composiciones que llegaban al alma y algunas de las cuales nuestros escolares cantan por todos los rumbos del Estado. Grabado en la memoria tenemos su Himno a la Madre (letra de don Benito Fentanes), que comienza así:
Madre mía tu nombre bendito
Es un canto de gloria en mi voz;
Es un poema que en mi alma va escrito
Con la mano divina de Dios.
¡Cuanta paciencia y bondad con los pequeños! Era un manantial inagotable de ambas virtudes, que la caracterizaron en toda su existencia y no sólo con los niños, sino con todos los que la trataban.
El piano fue su pasión. De él y sus manos ágiles, brotaron no sólo piezas como el Himno citado. Valses, danzones y de otro género, solían escucharse con gusto a doña Chole, cuya sencillez, casi siempre, impedía saber que era ella la autora de mucho de lo que tocaba.
La Orquesta “Tigres Jazz”, que hizo época en Alvarado y Sotavento, bajo la batuta de los inolvidables Rodolfo A. Zamudio y Luis García Zamudio. La incluyeron desde el principio entre sus integrantes. ¡Y cómo le dio vida al conjunto artístico! Hace poco la Casa de la Cultura de Alvarado rindió homenaje a la Orquesta y quiso que estuvieran allí quienes aún conservaban la existencia. Doña Chole ocupó un lugar destacado en el ánimo de los organizadores y de los asistentes; pero no pudo concurrir; ya sus males no la dejaban viajar fácilmente. Pero se le recordó con gratitud y veneración.
Levantados los hijos, pasó el matrimonio a vivir al puerto de Veracruz, donde igualmente se ganaron don Tomasito y doña Chole el aprecio de infinidad de personas.
Ella se solazaba –solaz también, por supuesto, para su marido-, en las teclas de su amado piano, que jamás dejó.
Incurable herida fue para doña Chole la muerte de su esposo. Compañeros inseparables durante toda la vida, le dejó un vacío profundo que habría de arrastrar hasta el último día de su existencia. Su temple y su fuerza, y el amor de sus hijos y nietos, le hicieron sobrellevar su dolor por seis años más.
Pasó a vivir a Xalapa, con su hija Lourdes, mujer, como la madre, de mente limpia y sana y de gran fortaleza, que tuvo siempre, no sólo amor, sino devoción hacia ella. Lourdes, que heredó la inclinación a la música, le hacía pasar minutos hermosos, tocando al piano numerosas de las composiciones de ayer, de la inspiración maternal.
La vida de doña Chole se fue apagando poco a poco. Su espíritu, rebozando ternura y bondad, comprensión y dulzura, como siempre. Como los días de maestra, como los días en que su organismo gozaba salud plena. Y es que doña Chole, enferma del cuerpo, no pudo enfermarse jamás del alma y del corazón.
Descanse en paz.
26 de julio de 1982.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
ENRIQUE LAUBSCHER
Enrique Laubscher, uno de los grandes reformadores de la educación mexicana, nació en Wachenheim, Baviera, Alemania, -ciudad a unos kilómetros del Rhin-, el 28 de agosto de 1837. Fueron sus padres Paul Laubscher y Christine Berr.
Poco sabemos de su niñez y su juventud, salvo que fue alumno de Federico Froebel y que en 1854 ingresó a la Escuela Normal de Kaiserslautern. Tres años después terminó sus estudios e inició su carrera profesional.
Acudió a la famosa Universidad de Halle. Ingresó al servicio militar, donde fue Oficial Ingeniero; se distinguió en balística.
A pesar de las luchas revolucionarias y por la integración alemana, en el país surge y avanza importante reforma educativa. Las ideas pedagógicas de Locke, Comenio, Rousseau, Basedow, Diesterwey, Pestalozzi, Froebel y otros educadores, se extendieron en Europa, y Alemania las acogió dentro del fragor de sus convulsiones. Enrique Laubscher las vivió y las práctico.
¿Por qué y cuándo sale a nuestro país? Si a las luchas de que hablamos, agregamos malas cosechas vinícolas varios años, fácil será comprender la causa de que muchos alemanes emigraran a diversos países. ¿Fue éste el motivo del viaje de Laubscher a América? ¿O acaso el interés despertado por nuestra República tras el fracaso de la Intervención francesa y el derrumbe de Maximiliano, y por las obras que se escribieron sobre México, como piensan Enrique García Laubscher –nieto del gran maestro- y don Melitón Guzmán I. Romero que pudo haber sucedido con varios alemanes, en su obra “El maestro Enrique Laubscher y la Reforma Educativa Nacional”?
No sabemos la fecha exacta de la llegada a nuestras costas. El primer documento fehaciente que conocemos de su estancia, es el acta de casamiento con Guadalupe Tenorio, el 3 de octubre de 1871, en Santiago Tuxtla; acta localizada en el Registro Civil por el maestro Eneas Rivas Castellanos, cronista de la ciudad.
Se sabe que estuvo en Sihuapan, con una colonia alemana dedicada al cultivo del tabaco. Y se cree que también en Comoapan. Después vivió en Santiago. Destacó como maestro y lo designaron regidor en el Ayuntamiento, cargo en el que realizó brillante labor.
En la hermosa zona tuxtleca, pues, inició su labor reformista. La siguió en Veracruz, sin que sepamos aún el día de su arribo. Para 1878 ya estaba allí, pues el profesor Antonio Salazar Páez, cronista del puerto, localizó un documento semidestruido en la Logia “Esperanza”, donde se le menciona. Suponemos que ya entonces ejercía su profesión, pero no contamos con datos firmes. Con seguridad, en 1879 laboraba en las escuelas “Esperanza” y “San Jerónimo”. En la primera atendía las clases de Escritura, Aritmética, Geografía e Historia. Era compañero de trabajo de otros maestros que destacaría más tarde y sería su defensor en momentos críticos, don Juan Manuel Betancourt. Estando en Veracruz empieza a escribir en periódicos, especialmente en el semanario de México, “La Enseñanza Objetiva”, y, la famosa imprenta de don Matías Rebolledo, de Coatepec, le edita “La Hoja de Doblar de Froebel” (1880). En Veracruz le publican la “Guía del maestro de Aritmética para los pequeños, según el sistema Duncker”.
Se esmeró porque se introdujera en las escuelas la educación musical, y, desde luego porque la enseñanza objetiva fuera realidad.
En 1881 pasó a Alvarado, y se hizo cargo de lo que se llamaba escuela secundaria y que era en realidad la primaria superior. La unió a la primaria elemental, integrando los estudios primarios, y desarrolló, con entera libertad y amplitud, la reforma esperada. Aplicó el fonetismo –ya lo había hecho en Santiago-, en la enseñanza de la lectura y escritura, que hizo además, simultáneas. Utilizó objetos, estampas y animales en sus clases, la Aritmética dejó de ser la enseñanza de cifras elevadísimas que nada decían a los niños, introdujo la Geometría y “el indigesto aprendizaje de memoria encontró allí su tumba”, como afirmó el maestro don Manuel M. Oropeza, que fue desde esa época, el brazo derecho de don Enrique.
En la primaria, creó Laubscher, un grupo de Jardín de Niños, sin duda el primero en el país, pues aun cuando ya existían escuelas de párvulos, no podían llamársele jardines de niños por los procedimientos que empleaban. Consideramos que fue Laubscher el primero en aplicar debidamente las técnicas de Froebel en México.
Un día visitó Alvarado el gobernador Apolinar Castillo, muy amante de las actividades culturales y, al acudir a la escuela de Laubscher, quedó vivamente impresionado y le pidió que fuera a la capital del Estado –Orizaba- a fundar una escuela como la que tenía en Alvarado, para proyectar la nueva didáctica a toda la Entidad. Así surgió la Escuela Modelo orizabeña, que se inauguró el 5 de febrero de 1883. Pronto se hizo famosa y se convirtió en “el centro de aplicación más poderoso y eficiente de la escuela moderna”, según palabras de don Abraham Castellanos. De diversas partes del país acudían funcionarios y maestros a observar sus trabajos. Y el profesorado orizabeño y algunas educadoras de otros puntos, asistían a cursos sabatinos en plan de estudio, a la Modelo.
El 15 de agosto de 1885 el gobernador Juan Enríquez estableció en la Escuela, una Academia Normal a la que acudieron maestros representantes de cada Cantón, para aprender los métodos nuevos y regresar después a sus lugares de origen a dirigir las escuelas cantonales que habrían de fundarse. En la Academia Normal laboró con Laubscher, don Enrique C. Rébsamen.
En Orizaba, en 1883, el maestro Laubscher fundó una revista pedagógica, “El maestro de Escuela”.
El prestigio del maestro alemán se extendió por todo el país. El Secretario de Justicia e Instrucción Pública, don Joaquín Baranda, lo llamó para que participara en las discusiones del proyecto que para crear la Normal de la ciudad de México, había elaborado don Ignacio Altamirano, discusiones en la que tomó parte lo más selecto de la pedagogía de esa época. Luego se le encargó la adaptación del convento en que se instalaría el plantel, y, finalmente, considerándosele como el más idóneo en el campo de la Metodología Aplicada, se le nombró Director de la Escuela Práctica Anexa a la Normal. Influyó en que se estableciera también un jardín de niños anexo.
Estuvo después en Jalisco, donde según el maestro Ramón García Ruiz, “dejó huella imborrable y es considerado como el primer apóstol de la escuela moderna de Jalisco”.
En 1889, llamado por el Gobierno de Chihuahua, fue a organizar la educación de la Entidad, nombrándosele Inspector General de Instrucción Pública. El Ayuntamiento de la capital del Estado, lo designó igualmente Director General de las escuelas municipales.
No se pudo terminar allí su misión. Enfermó y se vio en la necesidad de viajar a México cuando recibía invitación del Gobierno de Oaxaca. Se le concedió una licencia de dos meses en Chihuahua (octubre y noviembre de 1890).
Su enfermedad se agravó, y desafortunadamente el 6 de noviembre de ese año, cerró sus ojos para siempre.
El maestro Laubscher amó entrañablemente a nuestro país, por lo cual, en 1888, solicitó y adquirió la nacionalidad mexicana.
Además de su obra como reformador de la educación mexicana, Laubscher fue considerado como uno de los maestros más hábiles en el campo de la Aritmética.
Fue esencialmente humano y noble, y quienes lo trataron, especialmente sus alumnos –entre los que se contaron el Gral. Heriberto Jara y el maestro Melitón Guzmán I. Romero-, lo que recordaron siempre con emoción y respeto.
Perteneció a diversas instituciones culturales –algunas como honorario-, entre ellas la Sociedad Mexicana de Historia Natural. Igualmente formó parte de la masonería, en la Logia “Hijos del Porvenir” No. 93, de Orizaba.
Escribió abundante obra pedagógica, de la cual mencionaremos: “Guía del Maestro de Aritmética”, “El Noveno don Froebel”, “La Hoja de Doblar de Froebel”, “Geometría Práctica”, “Heurística Prosaica”, “Geografía”, “El Por qué y el Porque”, (auxiliar en Ciencias Naturales), “Curso de Moral”, y “Escribe y Lee”, el primer libro de lectura y escritura, publicado en el país aplicando el fonetismo. Tradujo varias obras extranjeras al español, como “El Primer Año del Idioma Francés”, de A. F. Louvier, “Inglés” y “Un libro de lectura”, de Alberto Haesters.
El material literario de su libro “Escribe y Lee”, fue utilizado por otros autores, como el maestro Enrique C. Rébsamen, en su famoso método de lectura, dándole, por supuesto, el crédito correspondiente.
En 1967 el Gobierno de Veracruz inauguró un monumento en su memoria en el patio de la escuela que fundara y le puso a ésta el nombre de “Modelo Enrique Laubscher”.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
TEODORO LAVOIGNET NAVEDA
Nació en Martínez de la Torre el 9 de noviembre de 1915, de padres humildes: Alejandro Ignacio Lavoignet Trappé y la maestra Juana Naveda de Lavoignet.
Los trastornos producidos pos la Revolución llevaron a la familia a Papantla y al campo petrolero de Palma Sola, donde don Alejandro trabajó con la Compañía de Petróleo “El Águila”.
Su madre y su tía Irenita le enseñaron las primeras letras y el empleado petrolero José López le dio clases de Aritmética.
Entre 1926 y 1931 cursó los estudios primarios en la escuela “Miguel Lerdo de Tejada”, de la ciudad de Tuxpan. A la vez aprendió mecanografía en las academias del señor Raúl de la Fuente y de la señorita Fidela Vidal.
En febrero de 1932, becado por el Ayuntamiento de Tuxpan, con la ayuda de su maestro Francisco Rosas Tenorio, ingresó a “la amada escuela de Rébsamen y Laubscher”, como él la llamara. Era director el eminente maestro don Manuel C. Tello, quien influiría mucho en la vida profesional de Teodoro.
En 1936 participó en un concurso literario con motivo del día de la madre y, obtuvo un premio, consistente en cinco libros.
En febrero de 1937, cursando el VI año en la Normal, empujado por difícil situación económica, se fue a trabajar a Cazones, como maestro de materias generales, en la Escuela Normal Regional del Norte. Regresó a Xalapa a recibirse a principios de 1938.
Permaneció en Cazones hasta 1941 en que fueron cerradas las Escuelas Normales Regionales. En el lugar citado, en junio de 1938, contrajo matrimonio con la maestra Bibiana Ruiz Vallejo, Directora de la escuela primaria, quien era su novia desde la Normal. Ambos vivieron las penalidades del campo, con su hijo Teodoro Antonio, nacido dos años después de la formación del hogar. En una ocasión vieron colgar una víbora de una de las vigas de la casa modesta en que vivían.
En febrero de 1942 se reabrió la Escuela Primaria Anexa a la Normal, que años antes, inexplicablemente, había dejado de trabajar. Allí fue Teodoro como maestro del V año y ayudante de prácticas escolares. En el mismo año fue designado catedrático de Física en la Secundaria del Instituto Obrero Nocturno, que después pasaría a ubicarse en la escuela Preparatoria.
Al año siguiente dejó la citada cátedra y ocupó las de 1er. Curso de Civismo y II curso de Biología. Con estas mismas pasó a la Secundaria “Antonio Ma. de Rivera”, al ser fundada en el sexenio del Lic. Marco Antonio Muñoz.
En 1944 empezó a laborar como catedrático en la Escuela Normal. Impartió Anatomía, Fisiología e Higiene en III año de la Secundaria, que aún no había sido separada del plantel. Después, Higiene Escolar.
Al ser creado en 1948 el Instituto de Capacitación del Magisterio de la Dirección General de Educación Popular, pasó a él, comisionado con su plaza de la Práctica Anexa a la Normal. Trabajó en tareas administrativas e impartiendo las cátedras de Ciencias Naturales, Física e Higiene Escolar. Entonces escribió un libro sobre Higiene Escolar.
En 1949 fue designado Jefe del Departamento de Escuelas Primarias, Suplementarias y de Jardines de Niños; y en 1950, del Departamento de Investigaciones Pedagógicas y Control de Resultados.
En 1950 fue catedrático del II curso de Biología de la Escuela Secundaria de la Facultad de Bellas Artes, de la Universidad Veracruzana, y de la Escuela Secundaria “Veracruz”. En esta última que empezaba, no percibió sueldo alguno.
Contribuyó con el maestro don Manuel C. Tello, a la fundación de la Facultad Pedagógica, de la Universidad Veracruzana; fue nombrado su Oficial Mayor. Al mismo tiempo estudió para obtener la maestría en Pedagogía, alcanzando en el examen, Mención Honorífica. Después se le nombró en la Facultad catedrático de Pedagogía Sistemática.
Su vida entera, consagrada con profundo amor a la enseñanza, se vio coronada con los siguientes cargos más: Director General de Segunda Enseñanza en la Universidad Veracruzana, al crearse la Dirección en la Rectoría del Dr. Gonzalo Aguirre Beltrán; Director de la Escuela Normal Veracruzana, en el sexenio del Lic. Antonio M. Quirasco y parte del período del Lic. Fernando López Arias; Subdirector de Educación Normal en parte del último período citado, y, finalmente, Director General de Educación, en el gobierno del Lic. Rafael Murillo Vidal, a cuyo término solicitó y obtuvo, su jubilación.
El maestro Lavoignet se distinguió por su inclinación al estudio, que lo convirtió en uno de los más preparados educadores. Fue de finos modales y cuidó siempre su presentación, con amenidad y elegancia.
La muerte cerró sus ojos el día 19 de diciembre de 1981, después de varios meses de dolorosa enfermedad.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
ROSENDO LEYVA LARA
Rosendo Leyva Lara es el prototipo del maestro rural entregado a servir a la comunidad. Nació en Rafael Ramírez (anteriormente Las Vigas), el 16 de noviembre de 1920. Su padre, Bernardino Leyva Ávila, poseía una curtiduría y trabajaba también como carpintero; su madre, Carolina Lara Landero, se dedicaba a las labores del hogar.
Empujada por los vaivenes revolucionarios, su familia pasó pronto a vivir a Xalapa. Don Bernardino formó parte –tocaba el clarinete- de la Banda de Música del Estado y continuó sus labores de carpintería.
Cursó Rosendo su primaria en la Escuela Práctica Anexa a la Normal, que terminó en noviembre de 1934.
Tras un intento fallido de inscribirse en la Normal Veracruzana, siguió sus estudios en el Centro Industrial “Rafael Donde” (internado) de la ciudad de México. Se le grabaron especialmente dos cosas: lo bien dotado que el plantel estaba de talleres, y la irresponsabilidad de numerosos maestros, empezando por el Director. Siempre consideró que no se les preparaba adecuadamente.
En 1938 ingresó a la Escuela Superior de Ingenieros Mecánicos y Electricistas (ESIME), pero por problemas económicos no pudo terminar su carrera y volvió a Xalapa, logrando entrar a la Escuela Normal en 1941, al segundo año, pues le fueron revalidadas las materias del primer curso y algunas del mismo segundo. De su estancia, recuerda con admiración al maestro don Manuel C. Tello.
En diciembre de 1945 recibió su titulo (el tema de su tesis fue “Vocación y orientación”), y en enero del año siguiente inició su vida de maestro, como ayudante de la Escuela Primaria Superior “Benito Juárez”, de Jalacingo. Dos años estuvo en el lugar, suficientes para enseñarles a los jóvenes el base ball y arreglarles un campo para jugarlo. Prestó servicios también en Jalacingo por las noches, como alfabetizador.
En febrero de 1948 fue designado ayudante de la escuela primaria “Sayago”, de Naolinco. Considerando la importancia de los deportes en la formación del hombre, le dedicó aquí especial interés –sin descuidar las labores dentro del aula- al básquet ball. Se logró colocar gradas de madera y alumbrado eléctrico a la cancha y participar destacadamente en los campeonatos estatales de 2a. fuerza de ese deporte, efectuados en Poza Rica, Ciudad Mendoza y Orizaba.
A los tres años y medio –en julio de 1951- se le extendió nombramiento para la escuela “Enrique C. Rébsamen”, de Xalapa, en la cual permaneció hasta el 20 de abril de 1953, fecha en que debido a su destacada labor fue comisionado Inspector Escolar en la zona de Tierra Blanca. Un año después, se le encargó atender la zona de Altotonga, donde sólo duró mes y medio, pues el 15 de junio del mismo año, fue enviado, con su misma comisión de Inspector a la zona de Papantla.
En las inspecciones escolares empezó a sentir fuerte atracción por el campo, le preocupaba la escasez de maestros y el que éstos no quisieran ir a las zonas rurales, lo que le dificultaba no tener una sola escuela con las puertas cerradas. Los profesores, salvo excepciones muy contadas, poco hacían a favor del desarrollo de la comunidad, argumentando la falta de recursos. Además, el trabajo en el salón de clases, era pobre. A veces, alumnos que habían sido aprobados tenían que repetir año. Empezó acariciar la idea de una escuela que preparaba maestros específicos para el campo, con estudiantes del propio medio.
Pero en junio de 1955 fue llamado a ocupar la Secretaría de la Escuela Normal y en febrero de 1956 se le envió como ayudante de la escuela primaria “Carlos A. Carrillo”, anexa entonces a la citada Normal, y ayudante también de prácticas escolares.
Para febrero de 1957 volvió como Inspector Escolar a la zona de Xalapa Foráneas, y otra vez palpó la necesidad de un plantel que formara maestros destinados exclusivamente al campo y revivió en su adentros el viejo anhelo que esperaba pronto pudiera realizarse, pues ya el Director General de Educación, Profr. Raúl Contreras Ferto tenía formulado un proyecto y le había hablado de él. Mientras tanto en la inspección fundó un pequeño periódico, “El maestro rural”, dedicado fundamentalmente a los maestros campesinos.
Rosendo Leyva habló con su esposa, la maestra Clara Julia Huerta Rivera de Leyva, de su deseo de irse al medio rural, lo que significaba abandonar las comodidades de la ciudad para darse por entero a la educación campesina. Su esposa, maestra auténtica igualmente, comprensiva y entusiasta, se unió a las elevadas aspiraciones de Rosendo. Sólo temía que a sus 8 hijos pequeños les afectara el cambio.
Pero cuando el maestro Contreras Ferto invitó a Leyva a hacerse cargo del Centro de Iniciación Pedagógica de Emiliano Zapata (antes Carrizal), que en dos años proporcionaría a los alumnos los conocimientos esenciales para atender una escuela rural, Rosendo y Clara Julia, se decidieron de inmediato. El maestro Contreras, pensando que el clima pudiera dañar a los hijos, le había dicho a Leyva que podría ir y regresar todos los días a Carrizal, pero el maestro lo rechazó. Viviría con la familia en la comunidad para cumplir mejor su responsabilidad y realizar su sueño entrañable.
El 1o., de febrero de 1958, ante la sorpresiva mirada de sus habitantes, llegó a Carrizal a iniciar su obra, una de las más bellas que registra la historia de la educación, comparable sólo a los maravillosos logros de la escuela rural mexicana de las décadas de los veinte y treinta.
Todo tuvo que organizarlo. Y su pasión creativa le permitió hacerlo con rápidos y magníficos resultados. Los jóvenes alumnos, provenientes del lugar del campo, sin desarraigarse del medio, aprendían no sólo las elementales técnicas pedagógicas, sino las necesarias habilidades para ayudar a los campesinos y a la comunidad. Salían con conocimientos para atender a los niños y para sembrar la tierra, criar y atender animales domésticos, realizar trabajos de carpintería, albañilería y pequeñas industria, fomentar la sana distracción y mejorar la alimentación y la higiene. No pocas poblaciones los preferían a los egresados de la Normal Veracruzana.
La parcela del Centro de Iniciación Pedagógica “Rafael Ramírez” –tal era su nombre, con acierto especial- empezó siendo de seis hectáreas; después se amplió a diez y seis. Fue fundamental para la enseñanza y para la transformación de la mentalidad agrícola de los habitantes de Carrizal. Cuando el maestro Leyva los invitó a cambiar sus antiguos procedimientos, a utilizar semillas mejoradas, usar fertilizantes, etc., sonrieron escépticos. Pero cuando llegó la cosecha y vieron la producción de la parcela escolar, mucho mejor que la de ellos, se acercaron al maestro. Y se fundieron escuela y comunidad asombrosamente. De esa conjunción surgió la transformación de Carrizal. Bajo la guía de la escuela y con el trabajo de los alumnos y colaboración de los padres, se construirían el parque cívico “Miguel Hidalgo”, el parque deportivo “Antonio M. Quirasco”, un puente para el paso del ganado, la glorieta “Emiliano Zapata”, el Jardín de Niños “Margarita Maza de Juárez”, la Telesecundaria “José C. León”, la escuela primaria anexa, y el mismo edificio del Centro de Iniciación Pedagógica. Nosotros fuimos testigos del entusiasmo con que los alumnos construyeron su propio plantel, que resultó sólido y fuerte, ante el asombro de propios y extraños. También el centro logró colocar la nomenclatura de las calles y participó activamente en la introducción del agua potable y de la energía eléctrica, y, en general, en todas las mejoras de la comunidad.
En 1944, siendo don Jaime Torres Bodet, Secretario de Educación Pública, visitó el centro de Carrizal. Quedó admirado de su trabajo, “Aquí, calladamente dijo más o menos- se realiza la reforma que buscamos”. Y preguntó si no se habían filmado las actividades que se desarrollaban, interesado en llevarse un testimonio de lo que había palpado, por desgracia no había película alguna.
Las tierras de la parcela no eran lo fértiles que se deseaban y carecían de riego. De no haber sido por esto, la escuela hubiera alcanzado su autosuficiencia, como lo ambicionaba el maestro Leyva.
Se llegaron a tener 120 cerdos finos (“Duroc Jhersey”), 50 borregos “Tabasco”, innumerables gallinas y un buen lote de vacas. Además se práctico o se practican también, la apicultura (cría de abejas) y la piscicultura (cría de peces).
Por su puesto, que Rosendo Leyva Lara fue distinguido en diversas formas. Su labor fue reconocida con gratitud. Autoridades, padres, maestros, alumnos, el entregaron en determinadas ocasiones medallas y diplomas, y por sobre todas las cosas, el respeto, el cariño y la admiración de todos.
Cabe agregar en estos breves datos biográficos que colaboró en varias ocasiones con el Instituto de Capacitación del Magisterio y que fue profesor de escuelas nocturnas.
Cuando estaba por cumplir 58 años, en mayo de 1978, obtuvo su jubilación, pero su pensamiento sigue en la escuela, en los jóvenes, en los niños. Y vive feliz, con sus12 hijos, a los que ha sabido, con su esposa, guiar por caminos de trabajo, limpieza y honestidad.
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Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
ALBERTO C. LICONA
Alberto C. Licona nació en la ciudad de Xalapa, Ver., con el siglo: el 8 de agosto de 1900, hijo de otro esclarecido maestro, don Félix Z. Licona y de la señora Carolina Montes de Oca de Licona.
Se empapó de la pasión normalista que llevó toda su vida, desde niño, pues la primaria la realizó en la Escuela Práctica Anexa. Tenía 12 años de edad cuando terminó estos estudios y, no pudo ingresar enseguida a la Escuela rebsameniana, pues era requisito tener 15 años. En 1915 pudo ya matricularse en la Escuela Normal Veracruzana, previo examen el 18 de enero, aun cuando le faltaba aún algo para completar la edad requerida.
Fue un buen estudiante y, el último año de profesional, en todas las asignaturas obtuvo la máxima calificación; también destacó en los deportes; compartió con don Gabriel Lucio, don Juan Zilli y don Edmundo Fentanes, entre otros que serían luego también muy distinguidos maestros.
En 1920, ya recibido, se fue a trabajar a la Escuela “José Ma. Morelos”, de Veracruz. Pero al año siguiente marchó a una de esas escuelas de tropa que la Revolución creó para preparar a los soldados y en las cuales sirvieron educadores como los citados Lucio Zilli, y Ramón Espinosa Villanueva. Podemos afirmar que tales planteles, en buena parte, se deben a la Normal Veracruzana, donde se formó el Gral. Marcelino G. Murrieta, quien las fundó, siguiendo, creemos, las ideas que había abrevado en las aulas xalapeñas. Licona fue con el grado de Capitán Primero.
Estuvo en el Ejército hasta 1922. Luego volvió a su tierra natal, que añoraba. Supo que se presentaría una vacante en la Escuela Práctica Anexa a la Normal, donde había estudiado su primaria; nada menos que el profesor Pablo Rébsamen, hijo de don Enrique que allí trabajaba, iba a dejar la plaza. La solicitó, recibiendo como respuesta que se le tomaría en cuenta si Pablo Rébsamen renunciaba. Sin embargo, al salir de éste, no se nombró a Licona. Pero pronto se presentó otra oportunidad al solicitar licencia el profesor Antonio Castellanos y, fue designado en su lugar, rindiendo su protesta el 21 de marzo de 1922. Casi un año después también ocupó la vacante que dejó el mencionado profesor Castellanos, en la Escuela Suplementaria para Varones. (Nocturna).
Más tarde ingresó como Catedrático a la Normal. El 1o. de mayo de 1926 empezó a atender “Gimnasia”, de 1o. a 4o. grados, al solicitar licencia el titular Profr. Ernesto Louvier, para lo cual pidió licencia el profesor Licona en la Práctica Anexa. Y el 6 de agosto fue propuesto por la Dirección de la Escuela para otra cátedra, “Gimnasia y su Metodología” –por renuncia de la maestra Amalia Pabello de Guiot-, exponiéndose entre las razones para la propuesta, el buen resultado obtenido en las clases de Educación Física; siendo aceptado por la Dirección General de Educación Popular.
En una de las encuestas que el profesor don Manuel C. Tello, realizaba como Director de la Escuela, entre los alumnos, “el parecer de éstos –le fue expresado a Licona por el maestro Tello- coincide con el de esta Dirección, aprobando su labor y haciéndole acreedora a que lo manifieste como tengo la complacencia de hacerlo para su satisfacción y fines consiguientes”.
A partir de 1947 fue designado Subdirector de la Normal y Director de la Práctica Anexa. También empezó a impartir la cátedra de Álgebra y Geometría; cabe decir que el maestro Licona fue muy estudioso en varios campos del conocimiento humano, por lo que pudo con acierto impartir cátedras diversas. En la asignatura de Álgebra había solicitado licencia el prestigiado maestro don Adalberto Lara.
Don Alberto C. Licona era de los maestros que no faltaban a sus cátedras. Sólo por extrema necesidad dejaba de asistir. En diciembre de 1947. don Juan Zilli, Director del plantel, le manifestó por escrito su asiduidad revelaba su “dedicación al cumplimiento deber” y dos años después se le envió una felicitación por el mismo motivo”.
A lo largo de su ejercicio desempeñó otras cátedras: Español, Historia Universal, Técnica de la Enseñanza, Psicotécnica Pedagógica, Geografía e Historia de la Educación, y, también, Ayudante de Prácticas Escolares.
El 1o. de enero de 1956 fue nombrado, por segunda vez, Subdirector de la Escuela Normal y, mes y medio después, el 16 de febrero, Director del plantel, cargo que ocupó con sencillez, pero con acierto y simpatía general, hasta febrero de 1958.
Dirigió antes de estar la frente de la Normal, las Escuelas Primarias de Xalapa, “Juan de la Luz Enríquez” y “Carlos A. Carrillo”.
Otros de los cargos desempeñados fueron: Presidente de la Comisión de Escalafón, jefe del Departamento de Escuelas Primarias en la Dirección General de Educación Popular y Gerente del Seguro Social del Magisterio Veracruzano.
Colaboró el maestro Licona en la famosa Reforma Educativa acordada en la reunión pedagógica de 1932, a que convocó el gobierno del Cor. don Adalberto Tejeda, a través de la Dirección General de Educación, a cuyo frente se encontraba el maestro don Gabriel Lucio. A esta reunión asistieron muy distinguidos maestros del Estado y de otras partes.
En el ramo federal igualmente prestó servicios el maestro Licona. En 1937 le tocó fundar, organizar y dirigir en Orizaba, el Interinato para hijos de Trabajadores (nivel secundario). Y también en Zamora, Mich., dirigió una escuela semejante. En Xalapa, Ver., fue catedrático de Literatura, de Biología en la Escuela Secundaria Federal.
El maestro Licona, a quien cariñosamente se le llamaba “Pipi”, era sumamente sencillo, comprensivo y bondadoso; de gran corazón conquistó el cariño de cuantos lo trataron y conocieron y, en general, del pueblo.
El profesor Rafael Arriola Molina –quién trabajó a sus órdenes en el Interinato de Orizaba y le trató muchos años-, en una carta dirigida los familiares de “Pipi”, cuando éste falleció, lo definió así:
“El maestro Licona era modesto, como todos los genios, erudito en la ciencia de la educación como pocos lo han sido; su amplia cultura le permitió presentarse en todas las aulas y transmitir como un especialista, su saber, pero sobre todas las cosas lo recuerdo como un misionero del humanismo; él fue para los alumnos y maestros, un padre”.
Como sucede con los maestros que se ganan el cariño y respeto de la sociedad, recibió distinciones varias, aunque por su sencillez, se oponía a recibirlos.
Cerró sus ojos para no abrirlos más, en Xalapa, Ver., el 30 de agosto de 1975. Todavía trabajaba en la Secundaria Federal –hoy Secundaria Técnica No. 3-, pues su amor a la enseñanza y su exigua pensión estatal, lo mantenían en pie en la diaria batalla educativa.
Maestros de Veracruz
Gobierno del Estado de Veracruz
Secretaría de Educación y Cultura
Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
GABRIEL LUCIO ARGÜELLES
Don Gabriel Lucio nació en el hermoso puerto de Nautla, Ver., el 12 de marzo de 1899 en el hogar formado por don Federico Lucio Díaz y doña Concepción Argüelles de Lucio.
Muy pequeño fue llevado a Cosamaloapan, que resultó ser su segunda tierra. Allí, en la Escuela Cantonal realizó sus estudios primarios, se inició como maestro y obtuvo a base de estudio e inteligencia una beca para ingresar en febrero de 1916, al segundo curso de la Escuela Normal Veracruzana, después de haber presentado a título de suficiencia los exámenes del primer año. En 1917 también llegó algo atrasado –el 11 de febrero-, a la Normal, debido a que como el pago de la pensión en los últimos meses de 1916 se hizo en papel moneda que “casi carecía de valor”, según expresó el joven estudiante en carta dirigida al director del plantel don Delfino Valenzuela, tuvo que contraer deudas para subsistir y hacer su viaje de vacaciones, y como consecuencia, trabajar durante el mes de enero y los primeros días de febrero.
Su examen profesional se efectuó el 13 y 14 de abril de 1920. Disertó sobre “La Ventilación y sus aplicaciones a la Escuela” y, la lección de prueba versó sobre “El Coyote”. Le fue expedido su título con fecha 21 de agosto de 1920.
Trabajó en el puerto de Veracruz en la escuela de don Delfino F. Valenzuela y luego fue maestro de tropa en el 49o. Batallón, jefaturado por el Gral. Juan N. Celis, hasta la revuelta delahuertista. Un día nos platicaría que la idea de tales maestros fue del Gral. Marcelino Murrieta –egresado de la Normal Veracruzana- y que así como él, laboraron con el Ejército, Juan Zilli, Alberto C. Licona, Froylán Parroquín, Roberto Hernández, Samuel Hernández, Ramón Espinosa Villanueva, Martiniano y Enrique Contreras Patiño, entre otros.
Pasó después –octubre de 1924- a la Normal, como Prefecto. Fue también –al año siguiente- Pagador, y Catedrático de Psicología Educativa y Ciencia de la Educación. En julio de 1925 asistió como representante de la ciudad de Xalapa a los Cursos de Verano de la Universidad Nacional. Al ocupar la Dirección General de Educación el maestro Luis Hilario Monroy tras unos días de desempeñarse en la dirección de la Normal, se designó interinamente en ésta a don Gabriel Lucio –febrero de 1929-, estando por cumplir apenas sus treinta años de edad. En marzo de 1929, “tomando en cuenta la inteligencia y activa labor desarrollada durante el tiempo que vino desempeñando con el carácter de interino, la dirección de la Normal” –comunicación al Secretario de ésta, Profr. Froylán Parroquín- se le extendió al maestro Lucio nombramiento en propiedad.
Al dejar la Dirección General de Educación el maestro Hidalgo Monroy, en enero de 1930, tuvo el honor de ocuparla don Gabriel.
Su talento y dinamismo no se hicieron esperar, e identificado con el pensamiento del gobernador Adalberto Tejeda, realizó una labor educativa revolucionaria que dejó profunda huella en la Entidad y que tuvo también amplias repercusiones nacionales.
Convocó para junio y julio de 1932, a una reunión técnico-pedagógica que tendría alcances muy señalados en la política del país. Allí se encontraron entre otros, maestros de la calidad de Vicente Lombardo Toledano, el constituyente Luis G. Monzón, José Mancisidor, Froylán Parroquín, Manuel C. Tello, Dra. Palma Guillén, Estefanía Castañeda, Fidencio Bermúdez , Aureliano Hernández Palacios, Adolfo Contreras, Joaquín Jara Díaz, Cayetano Rodríguez Beltrán, Esperancita Rodríguez, Julio F. Rebolledo y Eduardo R. Coronel.
Las conclusiones de esta reunión, repetimos, lograron trascendencia singular. Originaron la reforma de la Constitución del Estado en materia educativa y fueron antecedente valiosísimo para la educación socialista.
Los programas formulados por actividades, en gran parte, los extendió más tarde la Secretaría de Educación a todo el país.
Por supuesto, que la educación normal fue parte de la reforma. Y ello produjo para la Normal Veracruzana un nuevo edificio en el Gobierno del Lic. Gonzalo Vázquez Vela, quien sustituyó a Adalberto Tejeda y continuó su política educativa.
Don Gabriel Lucio publicó en Veracruz dos libros de gran acogida entre el magisterio. La serie “Simiente”, específica para los niños campesinos, y “Cuentos Infantiles”. Ambos de orientación revolucionaria. El segundo fue reeditado hace unos años por la Escuela Normal Veracruzana.
La destacada actuación de don Gabriel Lucio quiso ser apagada, e incluso a punto estuvo de ser enviado al penal de las Islas Marías. El Comandante Militar, Gral. Damián Rodríguez, iba a aprehenderlo. Pero el gobernador Gonzalo Vázquez Vela dio aviso oportuno al maestro, quien rápido salió de Xalapa con otros educadores progresistas como Froylán Parroquín y Alberto C. Licona, a quienes también veían con malos ojos, poderosos intereses de la reacción. Al regresar don Gabriel a Xalapa, se encontró con que habían sido destruidos en la Dirección de Educación, creyendo favorecerlo, los documentos de la reunión técnico-pedagógica de 1932.
La buena labor de don Gabriel en Veracruz, hubo de ser reconocida y, al cambiar su gabinete el presidente Cárdenas, en la crisis callista, lo designó Subsecretario de Educación, junto con el Lic. Gonzalo Vázquez Vela, como Ministro. Entonces la obra realizada en nuestro Estado llegó al país entero.
Pero el maestro Lucio renunció a la Subsecretaría por causas personales al parecer, aún cuando siguió ligado a las actividades educativas, pues formó parte del Consejo Nacional de Educación Superior e Investigación Científica y dirigió el Instituto que se convertiría en la Normal Superior. Después ingresó a la diplomacia, prefiriendo trabajar con Adalberto Tejeda en la Embajada de España, que ser el jefe de otra importante representación que le fue ofrecida. En España, como es natural, se esmeró por ayudar a la causa republicana en la guerra que el nazifacismo desató en el país, de 1936 a 1939.
En todo momento sirvió con lealtad a la política exterior de México, lo que le valió, cuando los nazis dominaron Francia, donde se encontraba como Secretario de la Embajada, ser enviado a un campo de concentración.
Continuó su carrera diplomática en Perú y en Chile, en importantes puestos en la Secretaría de Relaciones Exteriores y, como Embajador, primero en Suiza y luego en la U.R.S.S.
Su capacidad, su limpieza en grado sumo y claro talento, lo hicieron no sólo realizar una obra perdurable, trascendente, en la educación y la diplomacia, sino dignificar más éstas y demostrar su grandeza y su valía en la vida de los pueblos.
Hombre de profundas convicciones revolucionarias, militó en la LEAR (Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios) y estuvo pendiente siempre, aun retirado de la vida pública, de las luchas a favor del mejoramiento de las masas, de la justicia, de la libertad, de la paz.
Entre sus singulares virtudes, estuvo su honda calidad humana, su bondad sin límites, su comprensión. Jamás se le escuchaba hablar violentamente, insultar, ni la más mínima falta de respeto a sus semejantes.
Recibió diversas distinciones, entre ellas, de su Estado natal, que en los gobiernos de Fernando López Arias y Rafael Hernández Ochoa, le otorgó diplomas en homenajes públicos, el Día del Maestro, y puso su nombre, cuando menos, a una de las escuelas.
El nombre de Gabriel Lucio es registrado en nuestra historia educativa, como uno de sus más prominentes reformadores. Junto a los grandes del siglo pasado. Junto a los mejores valores de Veracruz y de México.
El maestro Lucio falleció el 13 de noviembre de 1981.
Maestros de Veracruz
Gobierno del Estado de Veracruz
Secretaría de Educación y Cultura
Autor: Ángel J. Hermida Ruiz
GUILLERMO LUNAGÓMEZ RAMÍREZ
Nació en Coatepec, Ver., el 25 de junio de 1942. Sus papás don Vicente Lunagómez Pelaéz y doña Lilia Ramírez Marín tenían su hogar en Xalapa, pero doña Lilia fue atendida al dar a luz, por unas hermanas de su esposo que vivían en la tierra del café. Después volvió ya a la capital del Estado. Fueron dos los hijos del matrimonio: Guillermo y Rafael.
Don Vicente y su hermano Manuel fueron pioneros del diarismo periodístico de Xalapa. Fundador “El Tema de Hoy”, que administraban cuando nació Guillermo.
Los estudios primarios los hizo en tres escuelas: “Cuauhtémoc”, “Luis J. Jiménez” y “Enrique C. Rébsamen”.
Cursó su Secundaria en la vespertina “Veracruz” y, desde el primer año trabajó en una tintorería. Al terminar, mejoró en su trabajo, pero más tarde prefirió laborar en una oficina gubernamental, de donde lo enviaron a organizar los censos –de 1960- a los municipios de Cuitláhuac, Yanga, Carrillo Puerto y Atoyac. Después pasó a Obras Públicas del Estado, a trabajos de campo y, finalmente, al archivo de la Secretaría Particular del Gobernador del Estado, que era el Lic. Fernando López Arias. Como quería seguir estudiando, solicitó realizar su trabajo en las noches, y le concedieron esas facilidades. Entonces, en 1964, ingresó a la Normal Veracruzana, todavía con el plan de estudios de tres años profesionales. Terminó en 1966.
Sus primeras actividades como maestro las realizó en la Escuela “Francisco V. López”, de la congregación de Allende del municipio de Coatzacoalcos. Estuvo allí en 1967.
Al año siguiente fue designado para la Escuela Rural “Mariano Arista”, de Rancho Viejo, municipio de Emiliano Zapata. Y en el mismo año recibió una gran satisfacción: se le invito a hacerse cargo de la escuela unitaria –escuelas de un solo maestro- de Miradores, que se había convertido en Anexa de la Normal, ya que en el nuevo Plan de Estudios –de 4 años- apareció la asignatura de “Organización y Técnicas de Trabajo de la Escuela Rural Unitaria”. Otra escuela unitaria anexa era la de Corral Falso. Se sintió Guillermo Lunagómez muy estimulado con el nombramiento de Ayudante de Prácticas escolares de la Escuela Normal Veracruzana, con el cual fue comisionado a Miradores. La Normal iniciaba una rica experiencia en el campo de las técnicas unitarias de enseñanza, que tendría después repercusión nacional.
A Allende fue Lunagómez con la preocupación de poder desempeñarse como maestro. Tuvo el gusto de darse cuenta que sí podía. En Rancho Viejo se encontró con la difícil encomienda de atender simultáneamente dos grupos distintos, para lo cual no les preparaba en la Normal, con el plan de estudios que le tocó cumplir. Surgió entonces en él, nueva inquietud y mayor interés; captó el problema y empezó a estudiarlo y a aplicar medios que lo llevaran adelante. El trabajo realizado hasta 1968 le sería muy útil en Miradores, en cuyo plantel atendería los diversos grados que había (hasta 4o.). Conoció a fondo las dificultades pedagógicas de la escuela unitaria y aprendió sus mejores técnicas. Le asesoraba la Academia de Unitarias de la Normal, que en esa época la integraban los maestros Gloria Sánchez Hernández, José Bretón Jiménez, Armando Octavio Domínguez, Humberto Ibarra y el mismo Guillermo Lunagómez, bajo la dirección de la maestra Sánchez, quien habría de convertirse en una autoridad nacional en este aspecto de la enseñanza. Recibían orientación y estímulo, desde la Argentina, de don Luis F. Iglesias, considerado como el maestro número uno en el continente, en las técnicas de que hablamos y quien había impartido con otros notables maestros unos cursos en la Normal, organizados por el Instituto de Capacitación Federal del Magisterio y la Dirección General de Educación Popular. La Academia Normalista adaptó a la realidad mexicana, las técnicas y materiales conocidos.
Estas escuelas anexas eran visitadas por maestros de diferentes partes del Estado y del país, interesados en la problemática a que se hacía frente en toda la República, pues el mayor número de escuelas rurales eran unitarias.
El profesor Lunagómez trabajó sin descanso. Fue una vida intensa dedicada al plantel y a la comunidad. No pocas veces se trabajaba los sábados y días festivos. Entre las tareas desempeñadas pueden citarse la alfabetización. Fue Presidente de la Comisión Técnica del Consejo Municipal de Promoción de la campaña alfabetizadora del municipio de Emiliano Zapata, y, directamente, un activo instructor.
Y la comunidad, como siempre que cuenta con maestros entregados a su labor, apoyó y respondió ampliamente a la escuela. Se identificaron por completo. Y consideraban a Lunagómez como uno de los suyos, tanto que al lotificar el ejido cuando fue construida una presa por la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos, se le entregó su propia parcela, además de la que correspondía a la escuela –que cultivó-, y cuando él la devolvió al salir del lugar, le insistían que la conservara.
Allí maduró, profesionalmente. Considera que fue la base más firme de su desarrollo como maestro. Y comprendió más el verdadero sentido de la misión magisterial, que es, servir por entero, con responsabilidad.
En ese tiempo asesoró diversos cursos y seminarios para inspectores escolares y profesores en servicio, organizados por las Direcciones de Educación del Estado y Federal, sobre el trabajo en las escuelas unitarias. Igualmente se efectuaron demostraciones en varias zonas. Y en la Asamblea Estatal de Auscultación sobre la Reforma Educativa, realizada en 1971, presentó dos ponencias que fueron consideradas por los participantes entre las mejores; una sobre “Métodos activos en la enseñanza”, y la otra, “Formación del Magisterio Rural y del Magisterio Bilingüe”.
De Miradores pasó en 1972 a la Normal Veracruzana como Auxiliar Técnico –Prefecto- y catedrático. Pero al año siguiente fue llamado por la Educación General de Educación Fundamental de la Secretaría de Educación Pública y se le nombró Jefe del Departamento Técnico de la Sub Dirección de Alfabetización. Al mismo tiempo formó parte de la Comisión Redactora de los Programas de Primaria Intensiva para Adultos, del Consejo Nacional Técnico de la Educación. Y en el mismo año de 1973 fue el representante de México en el Seminario que sobre “Los medios de Comunicación en la Educación de Adultos”, realizaron la UNESCO y el ILCE en Asunción, Paraguay.
En 1974 ascendió a Subdirector de Alfabetización y Educación para Adultos –Dirección General de Educación Fundamental-y, con tal responsabilidad que mantuvo hasta 1977, participó en el Centro para el Estudio de Medios de Procedimientos Avanzados de la Educación (CEMPAE), en los trabajos sobre la estructura y presentación de los libros de texto gratuitos de la Primaria Intensiva para Adultos –de los cuales sería coautor-. Fue asesor pedagógico de la telenovela educativa “Ven conmigo”, que produjo Televisa y asistió a las jornadas de información sobre Educación para Adultos, organizadas por el Centro Nacional de Productividad de México.
En la Dirección General de Educación Fundamental tomó parte muy activa en la aplicación de las técnicas de trabajo individualizado para adultos, en la primaria intensiva, que substituyeron el tradicional sistema de alfabetización. Se lograron plazas de maestros titulados, dentro del presupuesto, para formar el nuevo sistema y pudo elaborarse numeroso material didáctico, que fue muy útil en los Centros de Educación Básica para Adultos (CEBA).
En 1977 regresó a Xalapa como representante en el Estado, de la Dirección General de Servicios Educativos para zonas deprimidas y grupos marginados –cargo que atendió hasta 1979-y, se reintegró a su plaza en la Escuela Normal Veracruzana.
Al volver a su alma máter, el Sindicato de Trabajadores de la Normal, lo nombró su Secretario General por el periodo 1979-1981, y terminada su gestión se hizo cargo nuevamente de sus cátedras. Las impartidas desde su ingreso a la fecha, han sido: Observación de la práctica escolar, Legislación y Organización Escolar, Historia de la Educación en México y en Veracruz, Didáctica de las Matemáticas, Organización y Técnicas de Trabajo en escuelas unitarias, Evaluación Educativa, Administración Educativa y Administración Escolar.
En octubre de 1983 se le invitó y aceptó ocupar la jefatura del departamento de recursos materiales de la Unidad de Servicios Educativos a Descentralizar (USED-Veracruz, SEP), hoy Servicios Coordinados de educación Pública en el Estado; y en junio de 1984 pasó a la Jefatura de la Unidad de Capacitación y Desarrollo de la misma dependencia, puesto que dejó al haber sido designado Subdirector Técnico de la Escuela Normal Veracruzana, en octubre del mismo año. Le tocó ser factor importante en el establecimiento del Plan de Estudios de la licenciatura normalista, de la homologación del personal docente (con los maestros de la Nacional de Maestros), y de la correspondiente re-estructura de la escuela.
A partir de enero de 1986 ocupó la Dirección de la Normal. Era el año del Centenario de su fundación y, alrededor de tal conmemoración giraron sus actividades. Se efectuó un Congreso de Educación Elemental –del 27 de septiembre al 3 de octubre-; se preparó para los días del 17 al 21 de noviembre un Congreso sobre “La Educación Normal en el contexto de la Educación Superior”, que no pudo llevarse a efecto por una huelga de los estudiantes, en demanda del aseguramiento de las plazas, al regresar; se continuó publicando la revista “Centenario” y se editaron tres libros: “Historia de la Educación en el estado de Veracruz”, de un equipo de once maestros; “Dinámica de Grupo y Trabajo por Equipos en el proceso de Enseñanza-Aprendizaje”, de Raúl Contreras Ferto; y, “La Fundación de la Escuela Normal Veracruzana” (2a. edición), de Ángel J. Hermida Ruiz. Igualmente el material que se había reunido para su publicación sobre Rébsamen –Obras completas- se entregó a la Editorial “Magisterio”, por haberse acordado del SNTE, a gestión del Comité Pro-Centenario d