Costumbres, Relatos y Leyendas
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. YOLANDA HURTADO DE AGUILAR (55 AÑOS) INFORMANTE
Aquellos carnavales
El disfraz más sencillo para el carnaval era el famoso capuchón negro con un pico hacia arriba, nada más se le hacían hoyos para poder ver y se ponía uno algún cotón negro. De ahí en fuera, la gente se disfrazaba de lo que quería; los hombres, de mujer; las mujeres, de hombre - porque ahora es muy popular vestirse de hombre pero antes no -, se ponían bigotes, sombreros, cachucha y pantalón; otros se disfrazaban también de indios y de tanta variedad de disfraces; yo solamente me disfracé en una ocasión, porque me gustaba más ir a ver.
En el Centro Recreativo se efectuaban los concursos de disfraces y las premiaciones de todas las comparsas y carros alegóricos de los paseos que se hacían desde Ávila Camacho, Enríquez y Los Berros. Yo me disfracé de odalisca y también de india; fue en el mismo carnaval, pero dos veces: una, porque iba a salir en una comparsa vestida de india con plumas; otra, de odalisca, cuando fuimos a concursar al Centro Recreativo en compañía de un muchacho que vivía cerca de mi casa, él se puso un turbante, se vistió de negro, se puso joyas de fantasía y yo y otras muchachas nos vestimos con pantaloncitos de satín, blusas con mangas transparentes y nuestro sombrerito de monedas; éramos doce odaliscas y el jeque. Sacamos el tercer lugar y como el premio lo daban en dinero, pues lo gastamos en ir de pagancha; no nos interesaba tanto el dinero sino haber ganado un lugar, todos nos divertimos mucho; el chiste era que cuando supuestamente no la conocían a una – yo era seria, muy seriecita – y entonces ¡Cuando se iban a imaginar que yo andaba ahí echando relajo!
En esa época el Centro Recreativo era famoso por los bailes de carnaval, pero en la Prepa Juárez se hacía el más importante en el martes de carnaval, cuando ya se cerraba; venían las orquestas de Pablo Beltrán Ruíz, Carlos Campos, los violines de Villafontana, la Orquesta de Ingeniería y otras más. Ahí se sacaba a relucir toda la crema y nata de Xalapa, lo mejorcito, vamos; la Preparatoria Juárez era el recinto de lo mejor, era puro baile de disfraz – aunque no toda la gente iba disfrazada -. A mí me gustaba asistir al baile de la Prepa, porque aún cuando me salía de mi nivel, me divertía mucho; se veían mujeres muy bien vestidas, elegantes, distinguidas, y como se cobraban precios accesibles en esa fiesta de carnaval uno podía darse el gusto de entrar a conocer el lugar y disfrutar del ambiente.
También había bailes populares en las calles del centro de la ciudad; por ejemplo, en la calle de Enríquez, donde está el pasaje Tanos, en la parada del camión, ahí ponían una orquesta y se bailaba en la calle. Por el parque Juárez se instalaba otra orquesta y por el edifico Nachita, otra; había varios bailes, yo quería conocer todos porque cuando se es joven uno quisiera ver y disfrutar todo. A veces no me gustaba mucho ir al baile de la calle porque ahí se reunían las personas un poquito más broncudas, yo mejor corría de esos lugares.
En ese tiempo el ambiente del carnaval era precioso, se sentía la alegría, había respeto entre las personas, aventaban confeti y serpentinas, los halagos de los señores y de los muchachos eran agradables; pero después el ambiente cambió mucho, ya no eran halagos sino groserías, el confeti se lo aventaban lo a la cabeza sino a los ojos o a la boca; el carnaval ya no era para divertirse sino para molestar, se armaban pleitos y algunas personas salían lastimadas. En los últimos años fueron horribles los carnavales: los encapuchados andaban haciendo cosas que no debían y como tres años los prohibieron porque uno de ellos frente a Palacio de Gobierno mató a puñaladas a una persona, pero aún así continuaron ocurriendo otras cosas feas, por eso se acabó la celebración de los carnavales.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. YOLANDA HURTADO DE AGUILAR (55 AÑOS) INFORMANTE
“La Chispita”
La cantina se abrió en el cincuenta y tantos en una casa que le alquilaron a mi mamá en la esquina de Bolivia y El Salvador; después, en el setenta y ocho trasladó el negocio a esta esquina de El Salvador y Costa Rica. Durante años la cantina no tuvo nombre porque en ese entonces los negocios nada más funcionaban así, pero hace como treinta años a mi hermano, que era quien ayudaba a mi mamá, se le ocurrió ponerle “La Chispita” por aquel anuncio de la Coca que decía ser “la chispa de la vida”, y cuando nos dijeron que la cantina debía registrarse con un nombre todos acordamos dejarle “La Chispita”.
Mi mamá fue uno de los personajes de aquella época, ella se llamaba Esperanza pero de cariño le decían Esperancita, la gente la quería mucho y todavía la recuerdan; sin embargo, al principio algunas vecinas pensaban que sus maridos tomaban porque el negocio estaba aquí; aunque a decir verdad el negocio no se traía a las personas, sino que venían por su voluntad; incluso, en una ocasión, mi mamá invitó a las vecinas a conocer el lugar para que dejaran de pensar otras cosas y comprendieran que si los señores venían era porque necesitaban explayarse, es decir, pasar un rato agradable y ameno, platicando o discutiendo con otros señores a cerca de muchas cosas y de paso tomarse algunas copas.
La cantina gozaba de clientela por la fama de las botanas y de las infusiones preparadas por mi mamá. La botana consistía en gorditas, empanadas, chilatole de pollo, tostadas, tacos, chiles rellenos, enchiladas, tamales, patas en escabeche, sin olvidar los cacahuates; ella tenía sazón muy especial y variaba la botana para procurar a sus clientes. Muchos beisbolistas después del partido venían desde los campos Juárez a echarse su cerveza y a disfrutar la botana; a veces, cuando no podían venir, mandaban a traer comida y bebida para festejar el estreno de uniformes. El negocio siempre estaba lleno y era, para muchas personas, la “chispa” de la vida.
En ese tiempo se acostumbraba mucho la elaboración de infusiones caseras: el “burro”, el tejocote, la piña y otras que no recuerdo ahorita; mi mamá las sabía preparar muy bien y decía que preparar una infusión era como hacer un buen vino; no supe de donde le traían el aguardiente, pero aquí venía un señor a dejárselo en barricas. Ella sola se ponía a asar las piñas, las picaba, las colocaba en un recipiente y las dejaba fermentar. El tejocote lo partía, lo ponía a secar al sol y luego lo molía. El famoso “burro con anís lo hacía con las hojas de un árbol que crece allá por Oriental, porque recuerdo que los ferrocarrileros le trían los rollos de hojas, las lavaba bien, las picaba y las envasaba, el licor salía de un verde no muy intenso.
Tenía varios vitroleros con esas bebidas y como ella las, pues las vendía más baratas y tenía mucha venta; las recetas no eran secretas – yo veía como las hacía - pero dicen que el secreto está en la forma de hacerlo y en la mano que lo hace. Después ya no permitieron la entrada de aguardiente y empezaron a etiquetar el licor; entonces mi mamá comenzó a comprarlo, pero siempre le gustó ofrecer una bebida de calidad a sus clientes.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SRA. YOLANDA HURTADO DE AGUILAR (55 AÑOS) INFORMANTE
Asalto al vagón
Una vez toda la bola de chiquillos nos subimos al tren, había vagones que traían coyoles – también les decíamos coquitos ¡Los famosos coquitos! -, nos arrimamos pero como siempre había vigilantes entonces nos subimos por las orillas, por ahí nos colamos. Cuando estábamos llenándonos las bolsas de coquitos, de repente sentimos que el tren empezó a agarrar camino… en los barriles, que era donde comenzaba la velocidad de los que se dirigían a Veracruz – a donde a hora de la vuelta la carretera nueva a Coatepec– nos dimos cuenta que ya empezaba fuerte y pues nos aventamos. Llegamos a la casa todos raspados, llenos de lodo, y que nos dicen:
_¿Qué les pasó?
_ Nada, es que nos caímos -¡Pues qué íbamos a decir!
¿Y los coquitos…?., pues en las bolsas. Ahí veníamos comiendo, todos raspados de las rodillas, la cara llena de lodo, la ropa maltratada, todos veníamos igual.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SRA. MARÍA ESPERANZA ALVARADO (36 AÑOS) INFORMANTE
EL Agrario: Casa de Huéspedes
La Casa de Huéspedes: El Agrario hace muchos años, se llamó Hotel Juárez y era un edificio antiguo localizado en la parte occidental del parque Juárez, en la explanada que se halla subiendo por las escaleras en J.J. Herrera; ahí estuvo hasta 1958 cuando lo derribaron debido a unas obras de remodelación del parque. A partir de ese año dejó de llamarse Hotel Juárez y se nombró Hotel Agrario, sus instalaciones se ubicaron en la calle González Ortega; se llamó “agrario” porque básicamente daba alojamiento a los campesinos, es decir, a las personas que venían de varios pueblos a tramitar algún asunto a las oficinas de la Liga de Comunidades Agrarias.
Al frente del negocio se hallaban mi papá Pedro González Alvarado y mi tío Agustín González Alvarado, quienes habían trabajado por algún tiempo en la Liga y conocían a muchas personas que acudían a esa dependencia. En aquel tiempo se manejaban precios accesibles, unos cinco o seis pesos por habitación ¿verdad?, Porque se trataba de personas de escasos recursos.
Mi papá murió en 1970 y mi mamá y mis tíos se hicieron cargo de la administración del hotel, pero el dueño les pidió que desocuparan el lugar; mi mamá se puso a buscar algún local para seguir trabajando, casi en todos lados le cobraban rentas muy caras, hasta que encontró un edificio antiguo aquí en el ciento veintiséis de la calle Úrsulo Galván, y a partir de ahí comenzó a funcionar la Casa de Huéspedes: El Agrario; se le cambio el rango de hotel a casa de huéspedes por los impuestos tal altos que cobraban y por los permisos que exigían. A este edificio en la calle Úrsulo Galván se le hicieron varias remodelaciones en el interior –la fachada ha permanecido igual -, porque antes había sido un establecimiento de baños públicos conocidos como Baños Torres (además de los ubicados en la sexta de Juárez). Se derribaron algunas paredes de los cuartitos de baño para ampliarlos y utilizarlos como habitaciones para los huéspedes; se reacondicionaron algunos servicios e incluso se intentó usar el agua de los pozos que en otro tiempo surtieron a los baños, pero no se consiguió una bomba y entonces se ocupó el agua potable.
Al principio la Casa de Huéspedes no marchaba bien porque casi nadie la conocía, pero de alguna manera los campesinos se enteraron que seguía funcionando y venían a alojarse; en ocasiones llegaban preguntando por mi papá y pues ya se les explicaba que él había fallecido y cuando se iban, prometían comunicarles a sus amigos y conocidos que El Agrario todavía existía para que vinieran a quedarse. Así estuvimos trabajando hasta que la Liga de Comunidades desapareció o la cambiaron de lugar, el caso es que después la mayor parte de los huéspedes eran del ferrocarril; a veces llegan doce o quince muchachos y señores a alojarse porque tenían que hacerse exámenes en el hospital Ferrocarrilero (localizado en donde actualmente está la clínica del Seguro Social) cerca de los Sauces.
Cuando murió mi mamá, mis tíos y yo continuamos con el negocio, pero la situación se fue poniendo cada días más difícil, subieron los costos de la luz, del agua, de la renta y en este año de mil novecientos noventa y siete nos pidieron que desocupemos el edificio a más tardar en octubre, así que hasta ese mes se cerrará la historia de El Agrario. Nosotros deseábamos seguir con el negocio, buscamos el apoyo de algunas autoridades pero no se obtuvo nada; solamente el padre de la iglesia de Santiago nos ofreció ayuda, pero las rentas actuales y los demás gastos volverían incosteable el funcionamiento de la Casa de Huéspedes.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SR. CARLOS ÁLVAREZ RAMÍREZ (66 AÑOS) INFORMANTE
“Casa de Campo”: sus alrededores
La calle del Roble en la segunda década del presente siglo era tierra como todas las de por aquí del rumbo, había mucho lodo, no había banquetas, apenas existían para caminar algunos tramos muy pequeños de calzada; esta calle se caracterizaba porque había hayas de lado y lado, sus ramas se entretejían formando una especie de túnel; por ahí caminaba uno diariamente para ir al centro de la ciudad, ya sea al colegio, al trabajo o a lo que fuera.
Cerca de esta calle había hace muchos años –y todavía se conservan- unos lavaderos en el entronque Venustiano Carranza con el antiguo camino a Coatepec o camino de Herradura, como se le conocía en ese tiempo. Esos lavaderos los utilizaban las personas que no tenían en sus casas ese servicio; el agua era acarreada desde algún pozo cercano para cubrir las necesidades básicas, porque en esa época no había agua potable; al principio el agua se llevaba hacia las casas por acarreo directo de las personas o en alguna bestia de carga, aunque tiempo después se comenzó a utilizar la bomba de agua de mano, con la que se sacaba agua de los pozos para los servicios en el interior de los domicilios o en los lavaderos.
La ciudad en ese entonces llegaba hasta Belisario Domínguez, ahí terminaban las casas; después seguían una zona de potreros, otra de cultivos de café, maíz, naranjas, plátanos y otros árboles como chininis, duraznos, ciruelas, naranjas de tipo: naranja mandarina, naranja china, naranja de azúcar o la naranja injerta y el naranjo agrio –todavía hasta hace poco había árboles de naranjo agrio en las aceras de la calle Venustiano Carranza. Había muchas plantas de ornato, es decir, diversas variedades de flores de la región, tanto en los jardines de las casas como en macetas colgadas de los techos de las aguaderas. También por estos rumbos se veían muchas aves… gorriones, jilgueros, primaveras, canarios, cotorras y algunas guacamayas. Se podía encontrar mucho animal de monte como el tejón, el armadillo y hasta algunos changos, pero todo eso se fue acabando conforme avanzó la urbanización.
La “Casa de Campo” –actualmente ubicada en la manzana delimitada por las calles Venustiano Carranza, Honduras, Ciprés y Roble, en la Colonia Reforma- es el casco de la hacienda que floreció hace más de cien años aquí en los perímetros de la ciudad de Xalapa; la mayoría de las calles y terrenos aledaños a esta Casa eran zonas de cultivo, zona de ganadería de todo tipo: caballar, vacuno y porcino, además de cría de aves de corral. Precisamente este lugar tenía mucho movimiento porque la agricultura y la ganadería constituían el sistema de comercio propio de la situación que se guardaba en aquellos años.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SR. CARLOS ÁLVAREZ RAMÍREZ (66 AÑOS) INFORMANTE
El Chipi-Chipi
El clima de Xalapa, por 1930, era muy lluvioso, se pasaban semanas y hasta meses de lluvia, pero eran aguaceros fuertes en los que había mucha tormenta eléctrica. Las estaciones del año estaban bien marcadas, ya sabía uno cuándo llegaba la primavera, el verano, el otoño y el invierno; así podía uno prepararse para el frío o el calor.
En aquel tiempo en esta zona predominaba el famoso chipi-chipi que era una llovizna muy tupida, tanto que no se podía ver a un metro de distancia, peor que la niebla, porque la luz de los carros que circulaban –por cierto, muy pocos- no podía penetrar el espesor de esa llovizna típica de nuestra ciudad. El chipi-chipi de hoy es diferente del que nos tocó sentir hace años, hoy apenas es una brisa ligera; antes parecía una cortina tras otra y conforme iba uno avanzando aquella cosa de impedimento para poder ver seguía, seguía… Con aquel chipi-chipi uno guardaba el calzado y al tercer día se lo quería poner y estaba todo lleno de lama, todo húmedo; en las noches la ropa de la cama estaba húmeda, las sábanas se sentían frías como consecuencia de la lluvia fuerte.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SR. CARLOS ÁLVAREZ RAMÍREZ (66 AÑOS) INFORMANTE
Materiales de construcción
En otros tiempos el materias de construcción como arena o cal de piedra lo transportaban con sacos o canastas grandes por medio de animales de carga. Los albañiles hacían una rueda muy grande de arena y en medio echaban las piedras de cal –le llamaban cal viva -, le ponían agua y después la empezaban a mover para desbaratarla, se veía cómo borboteaba de lo caliente.
En aquella época no se ocupaba cemento ni ladrillo para las construcciones, sólo cal, arena y piedra. Las casas resistían bien los temblores… me imagino que se debía a la calidad del material, la cal viva –pienso- tiene una determinada consistencia que al ser fundida probablemente formaba una mezcla más compacta.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SRA. PRAXEDES APARICIO BURGOS (58 AÑOS) INFORMANTE
La colonia Benito Juárez Norte
Las casas de la parte alta de la colonia Benito Juárez eran de tablas, con techo de tejas y piso de tierra. La calle Lino Sayago era apenas un callejón de tierra, costaba mucho caminas por ahí porque el suelo estaba muy inclinado y disparejo. Hace más de cincuenta años existía sólo una vía de acceso para los carros a esta parte alta de la colonia: la calle Emiliano Zapata, una calle de tierra, empinada, se ponía horrible en época de lluvia, pero si había necesidad por ahí subían los camiones de carga o las ambulancias; todas las demás casas quedaban prácticamente incomunicadas para esos servicios.
La calle Álvaro Obregón no existía, todo estaba parejo y era de tierra con hierbas y piedras. Al llegar lo que ahora se llama avenida Lázaro Cárdenas, el terreno formaba un cantil; uno nada más llegaba ahí a asomarse de lejitos, aunque a veces uno que otro chiquillo travieso se arriesgaba a resbalarse por entre la hierba. El camino cotidiano para los vecinos se localizaba sobre las calles Fidel González y Lucio García Ochoa; estas calles también eran de tierra, con algunos tramos de calzada, en la Lucío García todavía existen unos escalones formados con piedras.
En la esquina de las calles Fidel González y Lucio García se hallaban –aún se conservan- unos árboles de eucalipto muy grandes que en aquellos años lucían frondosos, imponentes, en esa loma. De echo, el terreno de la plazoleta del mural, localizado frente al crucero de las calles de Ignacio de la Llave y Lázaro Cárdenas, también formaba parte de esta loma; toda esta parte se veía muy bonita porque tenía pasto y florecían unas plantas llamadas maravillas, de varios colores encendidos y de aroma agradable.
La escuela primaria Benito Juárez se asienta en la parte más plana de esta colonia, entre las calles Álvaro Obregón y Fidel González. El edificio de la escuela en aquel tiempo era pequeño, sólo había algunos salones, un patio de tierra y en medio del patio una casita de tabique con techo de teja –tal vez para sanitario- y junto se hallaba otra casa en la cual vivía el conserje. Junto a la calle Álvaro Obregón construyeron una bardita como de medio metro para delimitar el terreno, pero como el frente de la escuela quedaba del otro lado, pues nos brincábamos esa bardita para entrar sin dar toda la vuelta. Recuerdo que frente a la escuela, del mismo lado de Álvaro Obregón, había un porte para la luz, bueno, en realidad no era un poste sino un pedazo del riel al cual atábamos una reata para jugar a brincar la cuerda, ahí nos reuníamos las chiquillas de esta calle hace más de cuarenta o cincuenta años.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SRA. PRAXEDES APARICIO BURGOS (58 AÑOS) INFORMANTE
El tanque de agua
Frente al edificio de la escuela primaria Benito Juárez existe todavía un tanque muy grande, ahora ya tapado con una loza de cemento, que funcionó en su momento como depósito de agua para el ferrocarril. El agua se conducía de manera subterránea a través de un tubo enorme hasta llegar a la calle 7 de Noviembre, donde se utilizaba para llenar las máquinas de vapor. En aquellos años el tanque estaba cercado de alambre de púas y algunos pedazos de riel; el agua era sucia, estancada, pero muchas personas la ocupaban para lavar –pues en aquellos años no había agua potable- y también aprovechaban la cerca del alambre para tender la ropa.
Durante muchos años ferrocarriles utilizó esa agua pero en cierto momento dejó todo abandonado. Los vecinos queríamos que ese lugar se destinara para juegos infantiles o cancha de básquetbol, pero no se pudo porque las autoridades lo remodelaron para abastecer algunas zonas de la ciudad.
Después de un tiempo, también lo descuidaron y ahora está sin utilidad. Un día nos enteramos que pensaban construir un multifamiliar en ese terreno ¡Eso habría sido catastrófico para todos nosotros!, quedaríamos como encerrados, ya que lo bonito de ese lugar y de la escuela es el campo abierto, la vista; incluso yo les comenté a mis vecinos: ¡Si vienen, nos sentamos en el pasto y no dejamos que pongan material!
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SRA. PRAXEDES APARICIO BURGOS (58 AÑOS) INFORMANTE
El aserradero
En la esquina de Ignacio de la Llave con Carlos Méndez Alcalde y José Cárdel se hallaba una vía muerta, con una longitud aproximada de una cuadra hasta llegar al aserradero. El terreno del aserradero abarcaba una parte de la avenida Ignacio de la Llave, parte de la avenida Ruíz Cortines y las calles Lucio García y los Naranjos. A través del tramo de la vía góndola podía llegar el aserradero y en ella cargaban los trozos de madera destinados a la fabricación de papel. En la calle Lucio García había un espacio abierto donde la gente pobre iba a pedir aserrín o leña y se los regalaban porque había demasiada madera sobrante después de sacar en limpio las tablas y los postes.
En el interior del aserradero siempre había movimiento: algunos hombres cortaban trozos para sacar tablas, otros recortaban troncos para cargarlos en los camiones y otros más, clasificaban la madera en diferentes secciones del terreno, de modo que siempre se podía ver madera estibada por dondequiera. En medio del terreno había una entrada amplia, con una calle, por donde entraban los carros para cargar y descargar madera. El dueño de este aserradero, el señor González, también tenía otro negocio similar en las Vigas; en este lugar llegaban los troncos grandes, de árbol completo, para creosotar* y utilizarlos después como postes para el alumbrado.
*Creosotar: impregnar de creosota (sustancia derivada del alquitrán) a la madera para evitar que se pudra.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SR. LUIS BELLO HERNÁNDEZ (71 AÑOS) INFORMANTE
El transporte urbano
Hace muchos años, cuando empezó a funcionar el servicio urbano de la ciudad, sólo había dos compañías: la Cooperativa del Servicio Urbano y los Bravo. El señor Bravo tenía ocho o diez autobuses… y a la brava se metió a agarrar la estancia vieja; de ahí salían rumbo al Estadio y después bajaban otra vez. Antonio Bravo y sus hijos, familia Bravo, todo el tiempo estaban en pugna con los de la Cooperativa y se enfrentaron en varias ocasiones.
El Servicio Urbano ya era una Cooperativa con permisos y todo, entonces don Antonio Bravo se metió a la fuerza con sus autobuses y provocó muchos conflictos hasta que finalmente llegaron a matarse con los líderes de la Sociedad Cooperativa ahí en el parquecito Revolución, ubicado en Galeana y Primero de Mayo, en ese lugar se agarraron a tiros… se mataron: Antonio Bravo, sus hermanos, sus hijos y algunos choferes del Servicio Urbano… Han pasado como cuarenta y tantos años de que ocurrió esa tragedia.
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SR. LUIS BELLO HERNÁNDEZ (71 AÑOS) INFORMANTE
Diversión de niños
En esta región de Xalapa llovía tanto hace cincuenta años, que todo el lodo de la parte alta de la calle Centroamérica se venía para acá y pues ahí andábamos todos los chiquillos en el aguacero… jugando en el lodo… hace años.
También íbamos a jugar con frecuencia a los barriales que están allá por el retén, al final de la calle Bolivia, a un lado de la carretera nueva a Coatepec. Nos subíamos hasta la parte más alta de esos cerritos de barro y nos veníamos deslizando hasta llegar abajo, terminábamos todos enlodados, pero nos divertíamos mucho.
Recuerdo una vez, estábamos chamacos, yo en ese tiempo tenía un violincito y entonces me dijo Elvira:
_¡Vamos a tocar y juntar dinero en el tren!
_Bueno ¡Pues vamos!
Juntamos harto dinero, monedas, pero usted sabe… uno siempre –como varón- pues agarraba algunas monedas de mi gorra y las echaba en la bolsa de mi pantalón. Yo andaba con mi prima Elvira porque casi estábamos de la misma edad, seguido íbamos a la estación del Piojito ubicada en ese tiempo en la calle Allende. Ella me decía:
_¡Vamos, vamos! ¡Vente!
Y nos íbamos a la estación de aquel trenecito, en ocasiones nos ponían a barrer o a hacer algún mandado y nos daban unos veintotes, tostones de plata o monedas de cobre –monedas que valías, no como las moneditas de ahora.
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SR. LUIS BELLO HERNÁNDEZ (71 AÑOS) INFORMANTE
¡Explotó la caldera!
En mi trabajo como garrotero pasé experiencias muy duras. En una ocasión tuvimos un choque, nosotros veníamos de Veracruz con los furgones cargados y ya veníamos en camino cuando de repente… salió otro tren que venía con los furgones vacíos… y ahí nos encontramos; afortunadamente nadie murió, sólo se descarrilaron los trenes. En otra ocasión veníamos de Oriental a Xalapa, salimos bien de Oriental, ese día veníamos de garroteros yo y un compañero al que le decíamos el “Changuito” Guzmán –por cierto vivíamos en la misma calle -. El viaje era tranquilo, todo normal, entonces el maquinista nos dijo:
_¿Qué van haciendo ahí en el furgón? ¡ Vénganse acá, a la máquina!
Y como ellos nos habían invitado, le pregunté al “Changuito”:
_¿Vamos a la máquina?
_¡Pues vamos!
Caminamos arriba del furgón y llegamos a la máquina, en ese tiempo todavía eran motores de vapor y no de dísel como ahora; estuvimos platicando un buen tiempo con los maquinistas, pero como a los diez kilómetros –en esa ocasión- me pareció sentir mucho calor en la caldera y le dije al “Changuito”: ¡Vámonos a los furgones! ¡Hace mucho calor aquí!
Nos salimos, caminamos hacia los furgones y…¡Quién va a creer!, como a trescientos metros o medio kilómetro de que había vuelto a los furgones, en el tramo entre Perote y Las Vigas, nomás oímos un… ¡¡RRRUUUMMM…!!, y luego luego se detuvo el tren… ¡Explotó la caldera!, yo creo que la caldera ya venía caliente y como el fogonero y el maquinista iban ya muy cansados, pues se quedaron dormidos y no se dieron cuenta… es el destino… ¡¿Quién sabe?!
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SRA. ROSA GRACIELA MATUS DE BELLO (68 AÑOS) INFORMANTE
Cosas del clima
El cambio del clima para mí fue espantoso porque en la ciudad de Veracruz disfrutaba mucho sol, del ambiente de la ciudad y de la forma de ser de la gente: alegre y abierta. Yo extrañaba mucho mi tierra, la playa y para colmo aquí en Xalapa ¡Ayy!, me enfermaba seguido, casi siempre andaba con asma, gripe o calentura. A veces cuando decía: “ya no me da” ¡Ahí estaba la enfermedad en la noche!, me ponía bien mala; además, algunas personas dicen que uno tiene la culpa porque todos esos padecimientos son mentales y que uno debe decir: “¡Ya no tengo nada, ya no voy a temer a la enfermedad!”
En una ocasión mi hijo Bernardo estaba muy malo de hemorragia ¡Pero se le venía la sangre! ¡Pobrecito!, es que le habían sacado una muelita y le decía: “!Vámonos, vámonos a que te curen porque yo no sé cómo se quita!”, y ahí voy con él… entonces que nos agarra un aguacero pero ¡Bruto, bruto, de esos buenos!, síi… pero creo que del mismo pensamiento de curar a mi hijo no hice caso, me mojé y después ya no me pasó nada, no me enfermé; pues como no le tuve miedo, no me hizo nada, y si tú dices: “no me va a pasar nada”, no te pasa nada. Ahí me di cuenta y desde entonces ya no le tuve miedo a la enfermedad.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SRA. ROSA GRACIELA MATUS DE BELLO (68 AÑOS) INFORMANTE
La piedra de alumbre
Un día amanecí bien enferma, me sentía muy mal… Ese mismo día vino a visitarme una nuera y me dijo:
_¡Está usted bien enferma! ¿Verdad?
_¡Ayy, sí!, yo siento como que ardo por dentro, como una cosa muy fea.
Con los análisis que me habían hecho, el doctor ya había decidido operarme:
_¡La voy a operar porque su enfermedad es grave!
_¡Ay qué horrible!, a mí nunca me habían operado de nada.
Entonces, en esos días, ni nuera Honorina me preguntó:
_¿Usted qué siente?
_¡Pues ardores bien feos dentro de mí, estoy como ardiendo.
_¡Qué raro! –me dijo -, pues también mi cuñada así sentía y la llevé con un señor cura. Si quiere, la llevo.
¡Pues vamos!
Llegamos a la casa del curandero, entré con esos ardores insoportables, con esos síntomas que no se los deseo a nadie porque son horribles; en los análisis yo salía con precáncer y por eso el doctor dijo que me iba a operar, que me iba a sacar todo. Cuando entré a ese lugar de curación, entré con los síntomas, pero cuando salí, ya no sentía ningún ardor; salí encantada de la vida, porque pensé: “¡Ya estoy sana!”, nada más porque me habían curado ahí.
En esa casa curaban así: en una palanganita llena de pétalos de rosas echaban loción, no sé si también le ponían sal -no me fijé- y un algodón grande, humedecido en alcohol, que llevaba adentro una piedra de alumbre, me lo pasaron por delante, me dijeron: “dése vuelta”, me lo pasaron por detrás, pero rezando… rezando… estaban invocando al espíritu santo y a otros santitos que y no recuerdo porque ya tiene más de quince años de todo eso.
La persona que me curó era viejito, porque había varios curanderos pero a mí me curo ese señor; él fue quien me pasó el algodón, los ojos los mantenía cerrados, pero no crea que el algodón me lo pasó por la piel, noo, sino a una cierta distancia, y ese algodón después lo tiró y lo quemó.
Entonces, yo creo que ese algodón es como el huevo que absorbe toda la maldad o la negatividad que uno tiene y la que se adquiere de otras personas.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. ELVIRA BRAVO CÓRDOBA (77 AÑOS) INFORMANTE
La casa redonda
La casa redonda o “mata redonda” en la década de 1930 se localizaba en la parte posterior del patio de la antigua estación; en ese lugar trabajaban los traileros, los mecánicos y demás personas que daban mantenimiento a las máquinas. Más adelante había otra parte conocida como “la cepillera”, ahí se reunían a comer a las tres de la tarde todos los rieleros, es decir, todos los trabajadores encargados del cuidado de las vías.
De la estación del tren salía un drenaje de aguas negras que desembocaba en un caño ubicado en la parte posterior de la calle Honduras, en la colonia Reforma, y ese caño iba a dar a la “hojarasca”, una charca hoy conocida como Los Lagos. De esta esquina de las calles Honduras y Costa Rica, hacia la calle Bolivia, había muchas casas de madera de los ferrocarrileros y de la otra esquina, en la calle Venustiano Carranza, eran casas propiedad de los Vallejo.
En la mera esquina de la calle El Salvador y Bolivia estaba la jabonería de don Ray Fernández y junto se localizaba la salida del Patio Interoceánico, que era un edificio muy alto, por ahí cerca había también una tienda propiedad de Don Segundo Fernández. En el Zaguán de uno de esos edificios vendía comida mi tía Emilia, vendía el famoso chilatole de panza, frijoles, arroz, picadas, gorditas, chiles rellenos, té, café, pan y a veces hasta aguardiente; desde las cuatro de la mañana ya tenía todo preparado para vender y todos los trabajadores ferrocarrileros, desde los maquinistas hasta los llamados garroteros, ahí desayunaban; como a las diez de la mañana ya mi tía había terminado de vender y entre los sobrinos ayudábamos a levantar las sillas, las mesas y a barrer el zaguán, a barrer bien todo ese lugarcito.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. ELVIRA BRAVO CÓRDOBA (77 AÑOS) INFORMANTE
Doña Reina, “La Coronela”
En este barrio de la colonia Reforma vivió hace más de cincuenta años una señora que tenía una culebra de color negro, tronasol, le brillaba la piel y tenía una cabeza enorme, más grande que la de un perro. La dueña la tenía encerrada en un tanque construido a propósito para albergar a su “animalito” –como ella le decía- y acostumbraba alimentarla con ratas blancas, conejitos o carroña. Además de la culebra, esa señora cuidaba otros animales: en una jaula grande tenía dos tecolotes, de color café o morado con café y blanco, uno más grande y otro más pequeño, en cierta ocasión le pregunté:
_ Oiga doña Reina, estos animales ¿Qué comen?
_¡Ojos!, - Dijo riéndose.
_ ¿De animal o de qué?
_ De cristiano.
¡Ay señora! ¿Y de dónde agarra los ojos de cristiano?
_¡Cuando se presenta la ocasión…!
_¡Ay nanita!, ya no voy a venir a lavar aquí, no sea que me vaya a sacar los ojos esta señora –pensé -, pero viendo mi cara de susto doña Reina me explicó:
_ No te espantes, no te espantes, no es cierto, existen muchas versiones sobre mí, pero… nada es cierto, a mis animalitos los alimento con carroña, voy al rastro y les traigo carne de allá y eso les doy; también a mi animalito – la culebra- cuando no hay ratones ni conejitos, le doy carne de ésa, no vayas a creer que de veras le doy carne de cristiano.
Unas pescaderas que conocía me contaron, la mayor de ellas:
¡Ay doña Elvira, no ande usted visitando a esa señora, no le lave la ropa.
_ Pero ¿Por qué?
_ Porque persona que entra a su casa ya no sale.
_ ¡Ay, no seas mentirosa!
_ Síi ¿Sabe usted por qué?, porque mantiene a todos sus animales con carne humana; tiene pacto con el “enemigo”, *por eso tiene dinero, por eso tiene tantas cosas.
¡Ay!, me pusieron en qué pensar. Pasó una semana, pasaron dos y no iba a lavar a casa de doña Reina, hasta que un día ella vino y me dijo:
_ ¡Chula, chula! –porque así me decía.
_ ¡Mande usted doña Reina!
_ Este… ¿No vas a lavar hoy a mi casa?
_ ¡Es que me he sentido enferma, doña Reina, y no he podido ir!
_ ¡No digas mentiras!, yo sé que no.
_ ¡De veras, doña Reina!
_ ¡Ándale, ve a trabajar que no te pasará nada!
_ Sí señora, mañana a buena hora estoy allá –yo no sé cómo adivinaba lo que estaba pensando en ese momento… ¡Ay nanita!
_ Bueno, ya tengo la ropa lista y el jabón y todo, ya se me junto mucha ¡Ándale!, aquí te dejo una papas, tomates y chiles para que se los hagas a tus hijos.
Ella traía en su caballo unas canastas grandes llenas de papas, chayotes, cebollas, chiles, jitomates… de todo llevaba y siempre me dejaba unas verduras y algunos centavos, yo creo que le caía bien por callada o no sé.
Doña reina tuvo mucho que ver aquí en la vida del barrio, porque cuando veía, por ejemplo, que dos borrachos se estaban matando, los desapartaba, les daba sus trancazos y mandaba a cada uno a su casa. Montaba un cabballo percherón, de unos cuadrilotes así de ancho, aunque un poco flaco y con patas grandes; se montaba en su caballo y de noche rondaba las calles de esta colonia, se echaba sus tragos y andaba amagando a cuanto mono se le paraba enfrente, síi, así se le veía siempre: vestida con pantalón, chamarra y gorra de sardo, * además de su pistola a un lado de la cintura.
Alguna vez me platicó que su papá fue coronel en Puebla pero que lo habían matado, quizá a ella también le andaban cerca y por eso se vino; conversaba poco y cuando platicaba sólo eran anécdotas de algún asunto de ella con su esposo, lo que habían hecho en tal o cual rancho, lo que habían sembrado y cosas así por el estilo, pero de su familia nunca le sacabas nada.
Tenía sus “palabrotas”, su forma de ser, por ejemplo, ella llegaba a la cantina de doña Nati y lo primero que decía era: “¡Oiga vieja… tal por cual, sírvame un… ¡” –con la m (eme), decía ella- y ya agarraba la señora y le servía un vasote de burro con anís o piña con piña; “La Coronela” se echaba la mitad y luego, con la mano en la pistola, se les quedaba mirando a los borrachos que estaban ahí:
_¡No, ninguno me cae gordo! – y se volvía a echar otro trago.
Después le decía a doña Nati:
_¡Oye Nati, a ver qué le pones aquí… a tu trebejo!, - así le decía a la rocola.
_ Bueno, pues hay esto, hay lo otro –doña Nati le mencionaba las canciones.
_ ¡No, no, no, no!, ponme una de trote –quería decir música ranchera o norteña.
_ No, no tengo ésas; tengo puros boleros, tengo canciones de hoy, las que están en boga.
_ Bueno –contestaba “La Coronela” – pues a ver, ponme esa mugrosa canción de la que llora en la tumba de no sé quién.
_ Doña Nati le ponía la canción; mientras se echaba su aguardiente “La Coronela” nada más estaba picando a la gente para ver quién le decía algo o por dónde comenzaba a echar pleito; entonces doña Nati le decía:
_ Mira Reina, si vas a comenzar a armar camorra, mejor lárgate –porque con ella así se llevaba.
¡Nombre!, todavía que vengo a hacerte el gasto, me estás corriendo; no, no, no me voy, todavía me voy a echar otras dos ¡Y a ver a quién no le gustó!…
Pues no, uno por uno se iban saliendo – los que no querían pleito -, pero a los que les gustaba la pachanga ahí se quedaban. Y nuevamente le decía doña Nati:
_ ¡Bueno, ya te dije! ¡Si te vas a tomar el aguardientito, tómatelo, pero no estés de buscapullas!.
¡Pues no me voy! ¡Arrímame una silla que me voy a sentar y dame una botella!
Pero las copas en ese entonces no eran pequeñas sino unos vasos grandes, gruesos –yo le decía a doña Nati que parecían floreros -. Doña Reina se tomaba el trago y decía:
_ ¡Pon música, yo te voy a pagar!
Ya le ponían la música y se paraba a andar por ahí ¡Quesque bailaba!, pero nada más andaba picando, para ver quien le entraba al pleito. Entonces, doña Nati trataba de calmarla:
¡ Mira Reina, siéntate y vamos a oír la música o si quieres bailamos, pero no provoques a mis clientes, no me los corras, porque ellos me están haciendo el gasto, y doña Reina le contestaba: “¡Bueno, bueno, vieja!”
Se sentaban y ahí platicaban; pero si llegaba alguien de fuera, algún bravucón de por ahí, enseguida la emprendía:
_ ¡Y ‘orale, salte! ¡Y ‘ora tal por cual, salte! – Y luego luego sacaba la pistola.
_ ¡Ayy! ¡Vamos a cerrar, mejor!
Cerraba la cantina, la dejaba afuera para que se peleara.
_ ¡Hijo de tal por cual – exclamaba “La Coronela”, con la pistola en la mano- te voy a matanear!* Si el hombre quería pleito, le respondía, pero el que no, mejor corría; y como por ahí había fincas, pues tenía por donde meterse, huía y ya no le hacían - como vulgarmente se dice- el paro.
Ya se iba “La Coronela” por allá, gritoneando en todo el camino hasta llegar a su casa. Dicen las vecinas que llegaba a desquitar su muina con sus dos entenados; a la chamaca dicen que la enrrengó, la dejó chueca y sí, yo la veía que caminaba con los pies así, abiertos, porque le pegó en la columna y la lastimó; al chamaco sí lo golpeaba, pero aguantaba más y casi siempre corría cuando la miraba tomada; en cambio, a la pobre muchacha la cansaba a golpes.
La chamaca se fue para Banderilla, de monja, se metió ahí para librarse del maltrato de doña Reina; el chamaco todavía siguió otro tiempo con ella, pero después huyó, se fue a seguir a su papá a San Luis Potosí. El señor se fue para allá porque ella lo hirió con una navaja de esas de barbero, le rompió el cuero del estómago y se le salió el menudo al señor, lo mandó al hospital y cuando se recuperó, mejor se fue.
A mí me decía que me quería porque ella había conocido personalmente a mi tía Emilia:
_ ¡Eres una muchacha buena, tonta, trabajadora, callada, por eso me caes bien, porque no andas metida en las vecindades como las demás viejas piojosas y mugrosas!
Yo mejor me quedaba callada, después de todo sabía que se portaba bien conmigo, incluso si iba y le decía:
_ Doña Reina, fíjese que ahora no tengo para el café de mis hijos, no tengo ni leña para cocinar.
_ Ahí métete, agarra toda la leña que quieras, la que te puedas cargar y ten esto para el café.
Ya me daba tres o cuatro pesos o si no me regalaba plátanos, papas y chayotes.
_ ¡Órale, vete a darles de comer a tus hijos y luego vienes!
Preparaba la comida, les daba de comer a mis chamacos, regresaba y ella me decía:
_ Escombra el patio como tú sabes.
_ Sí señora, pero es que me da miedo su animalito.
_ No te preocupes, ahorita lo tapo.
Ella lo tapaba o ordenaba a su hijastro: “¡Vete a tapar a verbena!”, - creo que así llamaba a su culebra- . Después se iba a la cocina, sacaba un poco de aguardiente y lo dejaba por ahí cerca, luego me ayudaba a recoger piedras o palos del patio, que era muy grande.
“La Coronela, aun con todo, era de buen corazón, ayudaba a varias personas y tenía buenas amistades entre los vecinos como doña Nati o doña Nieves, lo que más le chocaba –decía- era la gente floja y chismosa. Cuando se sentaba a comer siempre tenía la pistola ahí sobre la mesa o cuando estaba sentada en un sillón, afuera de su casa, solía poner la pistola en una mesita redonda al alcance de su mano.
Doña Reina también se llevaba mucho con don Rutilio Maldonado porque ese señor había sido, en su juventud, soldado de Pancho Villa y después de muchas andanzas vino a parar en Xalapa; pues a veces iba a visitarlo y ahí en el corredor de la casa se sentaban a platicar a cerca de tal o cual general revolucionario; entonces ella agarraba la pistola y le decía:
_¡Nooo, ésta es mi compañera, Rutilio, mira!
Y don Rutilio se ladeaba la chaqueta y enseñando su pistola, le contestaba:
_ ¡Yo también traigo con qué quererte Reina!
Ellos se llevaban bien y así se pasaban horas enteras a grandes pláticas y a las carcajadas.
Recuerdo que en una ocasión casi estaba matando a una muchacha llamada Julia, la estaba moliendo a patadas y entonces unas personas corrieron a decirme: “¡Ve a ver a doña Reina que le está pegando a Julia!”; a Julia le gustaba la bebida y a veces se metía en problemas; llegué y oí que le reclamaba algo acerca del marido.
_ ¡Ay doña Reina, le esta usted pegando a mi prima, por el amor de dios, ya déjala!
_ ¡Noo, chula, estas mujeres así se tratan, tú no te metas!
_ Ayy, nooo! ¡Déjela, por favor!, está embarazada.
¿De verás?
_ Síi ¡Déjela!
Entonces agarró y le dio un puntapié por el trasero, la aventó por allá, la dejó y se fue a la cantina de enfrente. Levanté a Julia, le empece a limpiar los brazos y la cara sangrante: ¡Ya ves Julia, ya ves!, - le dije -, la senté en la banqueta y le conseguí un jarro de té con las vecinas. En ese momento se aproximó nuevamente doña Reina con la pistola que siempre llevaba en la cintura y nos dijo, señalando a mi prima: “¡Si no deja a mi marido la voy a matar, la voy a matar!”, después regresó a la cantina de doña Nati y al poco rato me mandó a traer:
_¿De veras es tu prima?
_ Pues es mi prima política, porque es prima del papá de mis hijos.
_¡Tú no quiera a esa raza!, ya estas mirando como anda esa mujer con mi marido y todavía estas defendiéndola, su raza es mala, no los quieras; estás viendo el daño que te están haciendo y ahí estas, pero dile… dile que deje a mi marido porque si no, la voy a matar.
_Sí señora Reina, yo le digo, voy a hablar con ella.
_¡Órale m’ija!, vete porque aquí tú no cabes, solamente los borrachos.
Ya me retiré de la cantina, llevé a mi prima a su casa y como a los… nueve meses Julia apareció muerta enfrente de la cantina El Farolito; según dicen fueron los borrachines pero otras personas dicen que fue aquella señora… doña Reina… sin embargo, a final de cuentas nunca se supo quién la mató.
Lo que sí me tocó ver fue que cualquier borracho que se le ponía a los golpes a toda persona que le discutía; era una mujer alta, regordeta, fortachona, con brazos como de hombre; con las personas de su estimación era caritativa, pero con las que agarraba entre ojos se portaba muy fregona, a cualquiera cacheteaba, por eso muchas personas decían: “¡No te lleves con ella, un día te va a pegar, por cualquier cosita que se enoje, te va a pegar!”
Nunca me hizo nada, yo le arreglaba las uñas de las manos y de los pies, se las limaba y se las pintaba, nunca se enojó conmigo; incluso, cuando me pegaba mi marido me iba a llorar con ella y entonces me decía, frunciendo el ceño:
_ ¡No llores m’ija, espera nada más que lo agarre, le voy a hacer lo mismo que te hace a ti, vas a ver si no!
Un día mi esposo estaba tomando en la cantina de doña Nati cuando entró doña Reina y le dijo:
_¡Ah, aquí estás!, tus hijos muriéndose de hambre y tú gastándote lo que a ellos les hace falta.
_¡Noombre, Reina, no le vayas a pegar, es el marido de Elvira, la que te va a ayudar!
_ No importa – alegó – ella fue llorando tal día porque le pegó este jijo de quién sabe qué ¡A mi me vas a pegar!
Y luego, luego, se empezó a doblar las mangas de la chaqueta, pero doña Nati ya había sacado a mi marido por la puerta de atrás; ese día se libró gracias a doña Nati, porque de otro modo “La Coronela” le hubiera metido una buena cueriza.
Las pescaderas me contaron cómo mató a un sardo amante suyo:
_ Lo golpeó y lo golpeó y como no se moría pronto, entonces lo fue a tirar atrás del muro de la casa; ahí el hombre pedía por favor una ambulancia, suplicaba ayuda, pero ella no hizo caso y lo dejó morir. Después dijo que ahí había fallecido, que ahí había aparecido el cadáver. Como todos sabían de lo que era capaz “La Coronela”, nadie dijo nada ¿Quién la iba a denunciar?, ese crimen se quedó así. Sin embargo, no faltó quien fuera con la noticia hasta la casa de los familiares del sardo y cuando vino un hombre a buscar a su hermano y no lo halló, entonces ideó la manera de vengarse.
El hombre aquel empezó a enamorar a doña Reina y ella se lo creyó; era un hombre como de treinta y cinco años, blanco, de barba cerrada, muy guapo, con cierto parecido al difunto. A todos lados iban juntos, como marido y mujer; a veces yo iba a lavarle la ropa y me decía:
_¡’Ora sí, chula, ‘ora si te voy a pagar más porque, mira, hay mucha ropa! –Andaba recontenta.
_ ¿Es su sobrino? – Le preguntaba, con cierta cautela.
_ ¡No, m’ija, el señor es mi amor!
_ ¡Ah!, qué bueno que ya encontró quien la acompañe – pero no le hacía ningún comentario capcioso – qué bueno que ya encontró usted un buen compañero.
_¿Verdad, chula?
_ ¡Claro, está usted en buenas carnes todavía, está usted joven.
Yo crea que ella disfrutaba al oír todas esas cosas y que la respetara, porque en ningún momento se metió conmigo ni me regañó. Se veía fuerte la señora, grandota, china, lo único bonito que tenía eran sus ojos pues de ahí en fuera todo en ella parecía tosco, feo, hasta su modo de ser; por supuesto mucha gente de por el rumbo al conocer su carácter hacía comentarios, pero muy atrás de ella, ya que después de lo que hizo con el sardo ¿Quién iba a atreverse a comentar algo?, si “La Coronela” se enteraba ¡Cállate!, otro muertito más ¿No?
Un día – según dicen los vecinos, las pescaderas y las personas del otro lado de la calle- llegó el amante de doña Reina en una camioneta grande y cargó varias máquinas de coser, muchos muebles y otros aparatos, cargó todo, después rompió un baúl donde ella guardaba dinero y también se lo llevó. Nadie supo jamás del destino de aquel individuo.
Cuántos días tendría la señora de muerta que ya la zopilotera revoloteaba y caminaba sobre el tejado de la casa… les ha de haber llegado –yo creo- el hedor del cuerpo porque se amontonaron; a los vecinos ya les había extrañado que el amante de la señora hubiera sacado todas esas cosas y al ver que ya no regresó, al notar la ausencia de doña Reina y al ver todo ese montón de zopilotes rondando la casa, comenzaron a husmear y acompañados por las autoridades entraron: el animalote que tenía en el tanque ya se estaba saliendo pues lleva días sin comer, los tecolotes revoloteaban nerviosos dentro de sus jaulas y llorando su canto triste, los seis gallos grandes y negros al ver a gente extraña se lanzaron a picotazos y las personas tuvieron que matarlos, la culebra fue regalada a un zoológico.
La casa de “La Coronela” estaba metida, lóbrega, entre árboles de follaje espeso y casi en medio de la finca, una parte del techo de la casa era de teja y otra parte de cemento, pero el cuarto donde dormía la señora tenía teja y posiblemente por ahí salía el hedor del cadáver que atrajo a tanto zopilote. Cuando la hallaron ya no se conocía, estaba abotagada, muchos líquidos escurrían de su cuerpo, el olor era insoportable y podía percibirse desde la calle; el cuerpo se lo llevaron envuelto en el mismo colchón donde la encontraron muerta y la subieron entre varias personas a un camión de limpia pública para enterrarla finalmente en la fosa común, porque no había ningún familiar que le hiciera el funeral.
* “enemigo”: otro nombre del diablo.
* sardo: soldado.
* matanear: golpear (según informante)
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. ELVIRA BRAVO CÓRDOBA (77 AÑOS) INFORMANTE
El peñón del encanto
Me fascinaba estar al pie del río, me gustaba el sonido del río, una como chamaca se imagina cosas, tiene uno amigos imaginarios; entonces, yo me sentaba en una piedra planchudita y veía el cantil de enfrente, al otro lado del río, ahí había unas piedras enormes, con bastante helecho, muchas balsaminas* de colores, tenchos** y lirios de todos matices. Yo le decía a mi mamá:
_¡Oye Rita! ¡Yo quiero ir al castillo ése!
_¿Cuál castillo?
_¡Ése que está enfrente, al otro lado del río!
Yo me sentaba precisamente ahí porque veía gente en esas piedras y le decía:
_¡Mira, ahí se asoma una muchacha de pelo largo, en ese balcón! A mi mamá le calaba tanto en el ánimo que yo fuera ahí, cada vez que me llevaban por ese lugar, que mejor me amarraba en una mata de café y ya no me dejaba ir. En ese entonces he de haber tenido como seis o siete años y por eso algunas personas le recomendaban a mi mamá:
_Rita, no dejes que esa muchachita vaya al río porque te la van a robar los duendes… se la va a llevar la mujer del peine de plata…
Eso de la mujer del peine de plata se lo decía una señora llamada María –pero no sé María de qué -, era una viejita que iba a cortar café; entonces mi mamá por esas ideas ya no me dejaba ir a sentarme a aquel lugar.
A veces yo veía entre las piedras, entre las plantas, unos balcones y por ahí se asomaba una mujer de cabello largo, blanca ella, pero no le miraba los ojos sino nada más los hombros y las manos blancas, bonitas, cuando se estaba peinando, entonces le decía a mi mamá: “Rita ¡Yo quiero ir al castillo! ¿Cuándo me llevas al castillo?, si no, yo me voy a cruzar el río”. Pero ¿Quién atravesaba ese río?, era un río anchísimo, caudaloso.
La finca a donde iba a cortar mi mamá estaba así, de bajadita y el río se hallaba en la parte de abajo; había hierbas y piedras ahí, pero yo buscaba la forma de pasar y de ir a sentarme a las piedras de junto al río; ahí me quedaba dormida escuchando música, pues yo oía que el río traía música en el rodar de las piedritas y arriba del cantil se escuchaba una cantadera de pajaritos… ¡Todo eso me fascinaba!
Un día yo oí que platicaban entre sí las cortadoras porque comenzaba mi mamá:
_¡Elviraa! ¡Muchacha! ¿En donde estás? ¡Elvira!
_¡Vaya por ella, doña Rita!, a lo mejor ya se quedó dormida o se la llevó la mujer del peine –y ahí iba mi mamá a buscarme.
Después las cortadoras contaban que el veinticuatro de junio… sí, veinticuatro de junio en esa poza del río a las doce de la noche o mero a las doce del día se aparecía esa mujer, bañándose con una jicarita de colores muy llamativos y peinándose con un hermoso peine de plata; según cuentan, por esa aparición muchos hombres se habían muerto ahí… ahogados; también decían que se llevaba a los niños; por eso mi mamá – el veinticuatro- no iba a la finca. Algunas veces me llevaba a una niña de doña Dolores, esta señora era una cuarentona, muy relaja ella porque siempre decía un montón de groserías y tenía una niñita flaquita que yo cargaba y me la llevaba a sentar ahí, junto al río, y le decía: “¡Vamos al castillo, vamos al castillo!; casi siempre no iban a traer y nos hallaban dormidas sobre una piedra. Por eso le decían el encanto… la barranca del encanto.
*balsamina: planta de tallo ramoso, de hojas gruesas y con flores de varios colores.
** tencho: planta parásita de diversos tamaños y colores.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. ELVIRA BRAVO CÓRDOBA (77 AÑOS) INFORMANTE
Un fiel mayordomo
“¡No vayas a la Casa de Campo porque ahí sale un charro con un caballote negro!”, me advertían algunas personas de este barrio; según decían, el caballo salía de ese lugar algunas noches con los ojos fulgurantes como echando chispas, bufando y resoplando, montado por un extraño jinete, al parecer, mayordomo de unos antiguos hacendados que vivieron hace muchísimos años en la Casa de Campo. En otras ocasiones, a ese mayordomo se le veía acompañado de un perro negro, enorme; daban rondas en la casa y después se paraban junto a un ahuehuete y ahí permanecían… vigilantes, observando.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. ELVIRA BRAVO CÓRDOBA (77 AÑOS) INFORMANTE
Un altivo cochero
Anteriormente no se usaban los coches sino carretas o carruajes, y me contaron los vecinos que hace tiempo aún se oía – a altas horas de la noche- el sonido del tropel de caballos, tirando de un carruaje a lo largo de la calle Venustiano Carranza hasta llegar a la entrada de la Casa de Campo; los perros aullaban lastimeramente como presintiendo algo sobrenatural y algunas personas que se atrevían a asomarse por la ventana de sus casas observaban la silueta sombrosa de los caballos y del carruaje; el carruaje era conducido por un cochero garboso, muy orgulloso, altivo, ataviado con una capa larga , sombrero alto y con semblante misterioso, quien dominaba a los caballos con unas riendas que brillaban al movimiento de sus manos cuando apuraba el paso de las bestias.
Ese ruido de los caballos se detenía justo antes del portón de madera de la Casa y en seguida se escuchaban los ruidos de las cadenas y de los cerrojos abriéndose para permitir la entrada del carruaje… la visión terminaba con el último aldabonazo que cerraba el portón a las miradas ajenas.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. ELVIRA BRAVO CÓRDOBA (77 AÑOS) INFORMANTE
Una ofrenda especial
Para esta celebración el arco se elaboraba con carrizos y rama tinaja, de las puntas de las ramas se colgaban las canastas de papel, las palomitas de dulce y los tejocotes; además, se adornaba con “moco de pavo” –así se llamaba la flor- y la tradicional flor de muerto. La mesa para la ofrenda estaba echa con unos burros de madera en la base y cuatro tablas de cedro de casi tres metros de largo, que según la señora siempre las había ocupado para poner la ofrenda desde la época de su abuelita; encima de las tablas se colocaban varios petates nuevos y luego un mantel de manta que lucía un olán tejido muy ancho, como de medio metro, con unas ondas muy bonitas.
En la ofrenda los alimentos se colocaban en unas pequeñas bateas redondas de madera, también en trastes de barro que se ponían en hilera según el número de difuntos que se tuvieran; además, se ocupaban unos jarritos largos de barro –ordenados en hilera- donde se servían el champurrado, chocolate o arroz con leche.
En la misma casa se hacían las velas y las veladoras: se derretía la cera, se ataban los pabilos en un arco y abajo se colocaba una charola, con un trastecito se vaciaba poco a poco la cera a los pabilos y se les iban dando vueltas hasta formar las velas; la cera que había caído en la charola se derretía nuevamente para hacer otras velas o veladoras.
Los moldes de las veladoras se hacían con un cartón grueso y flexible; se cortaban los cuadros y cada uno se unía en sus extremos con un pegamento llamado cola; después en uno de los extremos se les hacían varios cortes para formar el fondo y luego se pegaba; para sostener el pabilo en las veladoras se ocupaba una corcholata bien aplanadita y se le hacía un hoyo al centro por donde se metía el pabilo para que al llegar la lumbre al fondo de la veladora no se quemara el cartón.
Esas velas y veladoras se colocaban en la ofrenda junto a un vaso con agua para el ánima de las personas que habían fallecido ahogadas, ahorcadas o accidentadas; para los del limbo se ponían flores, veladoras y lámparas de aceite.
El día de los chiquitos se hacían tamales de dulce rellenos de majar y pasitas o con mermelada de piña; también se ponía arroz con leche, atole de masa, champurrado, guayabate, canastitas y huacalitos con dulces y unas mesitas elaboradas con cartón y palitos de paleta en donde se colocaban pequeñas figuras de jamoncillo en forma de muertitos.
El jamoncillo se preparaba de manera casera con pepita molida, leche y azúcar; cuando se hacía en cuadros se preparaba de un modo la mezcla, pero cuando se hacía para hacer figuritas de animales o frutitas entonces se preparaba de un modo distinto porque debía quedar más suave.
El guayabate se vaciaba en unos cucuruchitos de cartón que se adornaban con rehiletes de colores. Para el día de los grandes se acostumbraba poner tamales de pipián con frijol gordo, tamales de mole con una presa de carne –una pierna o la pechuga -; también se hacían los xocos. *La abuelita de mis hijos ponía en la ofrenda una cazuela grande de mole calientito porque, según ella, el vapor de la comida era lo que absorbían los difuntos; en una canasta redonda de carrizo colocaba unas tortillas negras recién hechas, esponjaditas y junto a la canasta servía unas jarras grandes con atole de mora, de guayaba o de cacahuate.
En esos días de todos santos la abuelita quemaba incienso en cinco anafres chiquitos de barro, prendía un poco de carbón y echaba los pedacitos de incienso merito a las doce del día. El arreglo del arco, el olor de los alimentos, el color y el olor de las flores, el color y la forma de los adornos, además del olor de incienso creaban un ambiente muy especial… quedaba uno impresionado al contemplar ese altar.
*xocos: se pronuncia “chocos”, tipo de tamal elaborado con masa de maíz negro, sin carne, con sal o sin sal, envuelto en una hoja del árbol llamado “xoco” (según informante).
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. ELVIRA BRAVO CÓRDOBA (77 AÑOS) INFORMANTE
Don Antonio, “El brujo”
Cuando era chiquilla me gustaba escuchar toda clase de historias, por eso visitaba muy seguido a un viejito de la familia Calderón. Muchas cosas me las contaron ellos, pero otras yo las observé; por ejemplo, me di cuenta que la Casa de Campo la vivían otras personas, después la convirtieron en escuela, pero duró muy poco y más tarde sirvió nuevamente como casa habitación. Ahí llegó a vivir un señor al que le decían Antonio, “El Brujo”; ese señor curaba a la gente y echaba las cartas –de eso sí me di cuenta -; acudían a él personas de Pacho y de todos esos pueblos aledaños para que les hiciera algún “trabajito”; así estuvo trabajando por algunos años, pero un buen día a causa de algún trabajo mal hecho lo asesinaron, nadie se fijó pues de su casa entraba y salía mucha gente; lo hallaron en su escritorio, empinado, con un puñal clavado en la espalda.
Ese señor hacía muchas maldades y la mayoría de los vecinos le teníamos miedo; doña Carolina, mamá de una amiguita, me decía: “¡Oye muchachita, no te andes arrimando a ese lugar, no ves que en la noche salen los demonios, no ves que ahí vive don Antonio!”, pero una –al fin chamaca- es bien curiosa y yo quería saber cuáles eran o cómo eran los demonios, entonces encampanaba a otras chamacas y me iba para allá a espiar; doña Mariquita, otra vecina, nos decía:
_¡Más demonios que ustedes no hay otros! ¿Cuáles demonios van a espiar?
_¡Los de la Casa de Campo! –Le contestábamos casi en coro.
Íbamos para allá todas en bola, según, a ver los demonios; nunca pudimos observar nada, pero como las vecinas de las calles de abajo tenían perros y muchos cochinos a veces oíamos el ruido de los cochinos sobre la hojarasca o el alboroto de los perros correteando a los gatos y ahí íbamos nosotras a la volada; al vernos tan azoradas doña Carolina nos decía:
_Y ahora ¿Por qué corren?
_¡Es que ahí vienen los demonios!
_¡Qué demonios ni qué nada, son los cochinos de la casa de fulana!
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. ELVIRA BRAVO CÓRDOBA (77 AÑOS) INFORMANTE
Travesuras en Todos santos
El cuarto donde se hacía la ofrenda anteriormente no era de ladrillo sino de madera; entonces, en una ocasión, a través de las rendijas de las tablas, los nietos más traviesos con un carrizo delgado ensartaban y jalaban los buñuelos para ir a comérselos atrás de la casa, cerca del gallinero. Para sacar los tamales primero metían a uno de ellos debajo de la mesa de la ofrenda y ahí permanecía sin hacer ruido; la viejita entraba al cuarto de la ofrenda, rezaba y cuando regresaba a la cocina para terminar de cocer los demás tamales, el niño escondido salía de la mesa, tomaba los tamales y salía por la otra puerta.
Cierto día cuando la viejita acababa de poner los tamales calientitos de pipián, uno de los niños a quien le encantaban esos tamales entró, agarró cuatro y rápidamente se los guardó en su camisa, pero al dar unos pasos sintió que le quemaban… ya no aguantó y salió gritando:
_¡Ayy, ayy, ayy…!
_¿Qué tienes chamaco? –Le preguntó la viejita un poco asustada.
_¡Es que los tamales me están quemando la panza!
_¿Te los comiste calientes?
_¡No… es que los traigo aquí, debajo de la camisa!
_¡Condenado éste… mira nada más! ¡Ándale!
Le dio unos chanclazos y le quitó los tamales… ese día el nieto ya no completó su travesura de comer a escondidas.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. ELVIRA BRAVO CÓRDOBA (77 AÑOS) INFORMANTE
Una lavandera extraña
En la esquina de la calle Honduras había unos lavaderos y ahí decían que se aparecía la llorona; yo en varias ocasiones pasé por ese lugar a las doce, dos o tres de la mañana, caminando sola y nunca escuché algo; sin embargo, el papá de mis hijos una vez sí lo espantaron en ese lugar. Con otro amigo se había tomado unas copas y ya andaba medio “trolebús”, cuando dice que la dar la vuelta por los lavaderos oyeron a una mujer que estaba botesazo y botesazo de agua, lava y lava; entonces ellos se quedaron mirando y le dijo mi marido a su amigo:
_¡Oye, mira, ahí está una vieja lavando!
Luego les vinieron los malos pensamientos, pero él ya quería llegar a la casa y le dijo: “ahí quédate con la vieja, yo me voy”, le llamó la atención oír la forma en que lavaba aquella mujer y se acordó que no le había visto la cara porque el cabello se la cubría.
Después de dar unos pasos quiso comprobar si su amigo se había atrevido a meterse a los lavaderos para molestar a la señora aquella, volteó y vio a la mujer que seguía lavando, a su amigo no pudo verlo, entonces vio que la mujer era alta, muy alta, bonita de cuerpo y con cabello muy largo y brillante, parecía cola de caballo”, siguió su camino, pero al llegar a la subidita sintió una cosa caliente, como vaho de un animal, en el cuello; quiso voltear y no pudo, entonces: “¡Patas!, no caminé, corrí, me venía cayendo en el lodacero pero corrí, ya cuando llegué aquí hasta descansé”, - me dijo -. Y así ocurrió porque llegó a los toquidazos, y pensé: “éste en lugar de venir borracho, viene loco”, le abrí la puerta, volteó para todos lados y se metió, se sentó y se quedó pensando un momento, entonces le dije:
_Y ahora ¿De cuál tomaste?
_¡Cállate mujer! ¡Hazme un té… un té amargo!
_ ¿Qué te pasó?
_¡Me espantaron!
Preparé el té, se lo tomó y se calmó, pero en unos minutos comenzó a las vomitadas y le dije:
_¡Ay! ¿Qué tomaste? ¡Qué bárbaro!
_No m’ija –dijo- me espantó una mujer en la subidita de los lavaderos, dejé ahí a mi cuate medio borracho porque él quería meterse con la señora, yo me vine y todavía volteé, pero ya no lo vi; únicamente pude observar a la mujer, grandota, bien formada, la luz de la luna le pegaba y se veía bien, pero en la subidita sentí algo raro en el cuello, se me entiesaron las piernas, no pude caminar por unos minutos y después partí a correr… cuando llegué aquí nomás escuché que pegó el grito… –Me metió susto, pero no se lo demostré.
_¡Qué bueno! ¡Qué bueno!, a ver si así se te quita lo borracho.
Desde esa vez para acá, cuando se embriagaba, se quedaba en la casa de sus familiares o bien daba toda la vuelta para no pasar cerca de los lavaderos.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. ELVIRA BRAVO CÓRDOBA (77 AÑOS) INFORMANTE
Anécdotas del Día de muertos
Hace tiempo en los días de Todos santos las personas llevaban al panteón los alimentos de la ofrenda para sus difuntos: si se trataba de niños, llevaban tamales de dulce, atole, champurrado, buñuelos y jamoncillo; si era para grandes, entonces ponían en la tumba una canasta con toda la comida preferida. Ahí dejaban la ofrenda, les rezaban y les cantaban letanías… cómo recuerdo que cuando era chamaca me agarraba de las faldas de mi mamá porque la señora que cantaba las letanías tenía una voz muy lúgubre y cantaba:
_¡Salgan, salgan, salgan…!
¡Ay nanita, me entraba un miedo porque me imaginaba que los muertos en cualquier momento saldrían de sus tumbas. En ese entonces yo iba por el amor a la comida, no porque tuviera tanta devoción; la gente, además de la ofrenda, llevaba otra canasta con alimentos y golosinas y ahí en el cementerio se sentaban a comer con sus familiares vivos y muertos.
Doña Macaria, una vecina, me contaba que en esos días de muertos ella iba al panteón merito a las doce de la noche para visitar a su difunto esposo. Le llevaba su botella de aguardiente y sus tamales recién hechos, se sentaba sobre la tumba para rezarle y después platicaba con él… ahí se quedaba hasta las dos de la mañana: “Tantas ganas que tenía de verlo y nunca lo pudo ver, ni sentía ni salía, pero de todos modos yo le platicaba!” Decía con mucho entusiasmo. No nada más doña Macaria acudía a esa hora al cementerio, no, también otras personas iban a las doce de la noche porque deseaban ver –de alguna manera- a sus muertitos.
En una ocasión me platicaron acerca de una señora que ponía ofrendas muy bonitas, abría las puertas de su casa –grande, por cierto- y permitía que cualquier persona pasara a ver su altar. La señora acostumbraba regalar algo de comida o dulces a los visitantes; pero tenía una sirvienta muy díscola quien en lugar de entregar la comida a las personas, la tiraba a la basura o la arrojaba en el drenaje. Después de algún tiempo, la sirvienta falleció y cuentan que cada año, en las fechas de los muertos, esa criada espantaba… pues varias personas veían a una marrana gordota –así era la sirviente, gorda- comiendo en la atarjea… Dios la había mandado –según dicen- a recoger quesque la comida tirada ahí cada año durante la celebración de los muertos.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. ELVIRA BRAVO CÓRDOBA (77 AÑOS) INFORMANTE
El charrito
A veces mis hijos y yo pasábamos cerca de los lavaderos de la calle Honduras después de la media noche, sobre todo cuando veníamos de regreso de alguna fiesta en la casa de las vecinas, pero nunca vimos nada extraño en esos lugares sombríos. Cuándo era soltera me gustaba mucho ir a los bailes ¡Cantidad que me gustaba el baile!, de esta calle de El Salvador, así para allá, más adelante, en la mera esquina daba uno la vuelta para los lavaderos y por ahí cerca estaba la reja de la casa donde vivía en ese tiempo; casi siempre venía con las zapatillas en la mano para no llamar la atención de los vecinos, venía corre y corre, sólita, aunque me daba miedo, no me gustaba venirme con nadie.
Nada más de momento, al llegar a la reja de mi casa… vi un hombre de este tamaño, pequeñito, con un sombrerote pasado de moda, daba la impresión de ser un charro de juguete; entonces, yo quería abrir la puerta y se me paraba enfrente, me movía para un lado y él también hacía lo mismo, agarré valor y ya enojada le dije: “¡Quitate!”, de un manotazo le hice a un lado el sombrero y se lo volé, pero no le miré la cabeza o la cara, lo dejé en la reja y entré a mi casa, todavía le grité: “¡Pues éste…!”; ya cuando estaba sentada en mi cama empezó a dolerme bien feo la cabeza y sentí como ganas de volver el estómago y pensé: “¿Por qué me pasa esto?”, prendí un cigarro y seguí con la duda: “¿De dónde habrá aparecido este charrito…?”, quién sabe qué sería porque no alcancé a verle la cara.
Aquí mismo en la calle El Salvador, casi en la esquina, existía una cantina de un tal “Juaritos”, al frente era cantina pero atrás tenía otros cuartos donde vivía con su familia: doña Margarita, esposa de “Juaritos”, su hija Petra y la abuelita. Precisamente doña Margarita me contó que también ella había visto a ese hombrecito en la mera esquina de la calle, cerca de los lavaderos, en una ocasión cuando regresaba de un rosario en casa de una vecina; pero como la casa de don Antonio Lozada quedaba en la esquina, el charrito, el mocosito ese, se asomaba de vez en cuando hacía la calle y nada más se le veía el sombrerote; entonces ella y una hija que la acompañaba –por miedo- cruzaron hacia la otra acera y al pasar frente a esa casa vieron que el charrito estaba ahí, bueno, vieron la silueta y e sombrero porque la sombra del alero de la casa impedía verle la cara.
También varios borrachitos que acostumbraban tomarse sus copitas en alguna cantina de este barrio cuentan que en el transcurso de la noche los espantaba ese monigote, pero dicen que nunca pudieron distinguirle la cara, aún cuando algunas noches la luna llena inundaba con su claridad todas las calles.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. ELVIRA BRAVO CÓRDOBA (77 AÑOS) INFORMANTE
Las posadas
Desde el día dieciséis empezaban las posadas. Llevábamos los misterios a una casa y ahí se hacía la posada, después se volvían a reunir todas las personas y pasábamos los misterios a otra casa, así sucesivamente hasta llegar al veinticuatro cuando se acostaba el niño Dios.
Los acostamientos en aquel tiempo eran muy bonitos porque se cantaban villancicos, se arrullaba al niño Dios y los señores –no los niños- echaban cuetes durante la peregrinación. Se acostumbraba dar ponche y vino de naranja o jerez, muy sabrosos ¡Hasta los chamacos probábamos esos vinos caseros en unas copitas de cristal! Nos repartían tejocotes, cacahuates y a veces daban un buñuelo con un jarro de chocolate, pero por lo regular ofrecían ponche y buñuelos.
Todos los chiquillos siempre andábamos puestísimos para las posadas, ahí andábamos apurados; para nosotros cada posada era una fiesta. En el paseo que se le daba a los misterios o al niño Dios, cada uno de los chiquillos llevaba una velita y cuando no le quemábamos los cabellos a una señora, se los quemábamos a otra. En una ocasión uno de los chamacos le acerco la vela a las trenzas de la niña que llevaba los misterios y de repente lo comenzó a arder el moño que llevaba en las trenzas y la blusa… la niña se puso a gritar y unas señoras corrieron a apagárselo con una manta.
Otro día quién sabe qué niño le arrimó la vela al cajoncito adornado con papel picado y pascle donde llevaban los misterios y empezó a arder… las niñas que cargaban el cajón al ver la lumbre lo soltaron y corrieron… lo bueno fue que otras personas lo apagaron pronto y no se quemó por completo, aunque los misterios quedaron un poco ahumados y raspados.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. ELVIRA BRAVO CÓRDOBA (77 AÑOS) INFORMANTE
Gozo singular
Antes el Sábado de Gloria se celebraba al medio día, no como hoy que lo hacen a las diez o doce de la noche; en aquel entonces, a esa hora del día, las personas mayores les legaban a los niños con una varita, les ponían una llave de cobre en la boca o les jalaban las orejas; ése era el Sábado de Gloria, y si uno preguntaba el por qué de ese castigo las personas contestaban que era de puro gusto porque el señor ya estaba en la Gloria, en el cielo.
Muchas personas, ese mismo día de Gloria, acostumbraban pegarles con una varita a las plantas y a los árboles para que florearan y dieran más frutos. Otras personas iban a traer agua de Gloria y por engaños se la daban a tomar a sus hijos o familiares para que se portaran bien todo el año hasta la siguiente Semana Santa.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. ELVIRA BRAVO CÓRDOBA (77 AÑOS) INFORMANTE
Las bolas de lumbre
Ninguno de los nietos de doña Lola anduvo tanto tiempo con la vieja como yo. Ella me platicaba muchas historias, me decía que en una cueva cercana iban las brujas a hacer su sesión:
_Una noche, yo te voy a avisar cuándo, vamos a salir y ya verás cómo pueden mirarse desde la casa unas bolas de lumbre.
Pero pensaba: ¿Cómo desde aquí se van a ver las bolas?, y le decía:
_¡Ayy! ¡Qué chismosa eres Lola!
_¡Vas a ver si no!
Un día sacó, no recuerdo ni el día ni la hora, ella me sacó de la casa y me dijo:
_¡Ven, vamos a ver las bolas!
Caminamos por varias calles hasta llegar a una casita a donde se atajaban el aguacero los cortadores;* había unos troncos y ahí me trepó: “¡Vas a ver! ¡Nada más que den las doce!” Y ella se quedaba mirando el recorrido de la luna, yo no sentía miedo porque sentía que iba con ella y además, no tenía miedo porque no creía del todo lo que ella me contaba. Ahí estábamos:
_Lola ¿Ya son las doce?
_Todavía no, esperaba otro ratito.
Pasaba por ahí uno que otro caminante y yo le decía a Lola:
_¡Pregúntale la hora!
_No, no, ahorita, ahorita vas a ver… vas a ver.
Y como de buenas a malas se nublaba, se ponía todo más oscuro:
_¡Ya se metió la luna! –Le decía, un poco inquieta.
_Es que ya son las doce, ya van a salir las brujas.
Y yo trataba de distinguir algo pero no, no veía nada; ella decía que esperara otro poco y ponía su mano sobre mi cabeza; yo creo que me quedaba dormida o era la bruja Lolita y me hacía dormir ¿Quién sabe?, pero yo sentía que me dormía y ¡Sí… veía las bolas de lumbre, una subía y otra bajaba y así iban avanzando en el cielo! Cuando despertaba, estaba en las piernas de ella y me tenía arrullada.
Después le platique a otra señora, doña Marce, y ella me reganó:
_¡No andes yendo con ella, ya no vayas!, ella es bruja.
_¡Ayy!, - le decía- ¡No es cierto!
Ella es bruja ¿No te contó que una vez las brujas le chuparon a su niña, porque andaba peleando con ellas y en venganza le comieron a su hija. Y sí fue cierto porque doña Lola me platicó que las brujas le mataron a su niña; un día, cuando ella despertó, descubrió que su hija estaba chupada… se la mataron… amaneció tan pálida.
Había otra viejita que iba a visitar a Marce, no sé cómo se llamaba esa señora pero oí que le platicaba:
_¡Oye! ¿Todavía vive Lola ahí?
_Síi.
_¡Ayy, nanita! –decía la señora, santiguándose.
Entonces Marce le comentaba:
_¡Fíjate que aquí la niña –señora señalándome- se va a ver las brujas con Lola!.
_¿Es cierto?
_Síi –le contestaba yo.
_¿Y cómo las ves?
_Pues nomás lumbre
_ Es una lumbre que sube y otra que baja, una sube y otra baja…
_¡Ahh!, - se quedaba pensando la viejita y le decía a Marce-, oye tú, yo creo que por eso le pegaba su marido, porque de noche ella salía a chupar niños.
Cuando iba a visitar a Lolita a su casa –recuerdo -, veía que se encerraba en un cuarto medio oscuro, y oía que rezaba y rezaba y ¡Quién sabe cuántas cosas más hacía ahí!, porque a nadie le permitía entrar.
Cortadores: personas dedicadas a cortar café.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. ELVIRA BRAVO CÓRDOBA (77 AÑOS) INFORMANTE
Dolor ardiente
Una vez, en un velorio, una señora que ya andaba media tomada iba y le lloraba y le lloraba al difunto, descansaba un rato y después se agachaba y le volvía a llorar. Quién sabe en qué momento, sin darse cuenta, atropelló con el pie uno de los candeleros de barro… la vela se le fue encima y se le empezaron a quemas las enaguas; la señora al sentir el fuego salió corriendo… atrás de ella salieron algunas personas gritándole que se parara, pero la señora no se detenía… claro que con el aire le ardían más las naguas…
Después las demás señoras estaban a las carcajadas allá en la cocina, a las carcajadas porque decía que ya no encontraban qué cosa echarle, si agua o tierra o apagarla con un trapo, y una de ellas comentaba:
_¡Ya don Cipriano se aprovechó porque no tan solo quería apagarle las enaguas con el cotón sino que ya la estaba abrazando y agarrando por todos lados!
Aquel señor le había echado encima el sarape para apagarle la lumbre, pero las señoras ya también con sus aguardientitos adentro quién sabe qué otras cosas estarían hablando de la pobre señora. En esa ocasión ya no vi que regresara al velorio, a lo mejor la llevaron a su casa ¡Quién sabe!, no supe más porque mi mamá no me dejó salir a la correteada de la enaguas luminosas.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. ELVIRA BRAVO CÓRDOBA (77 AÑOS) INFORMANTE
El charro
Mi padrastro, un señor grande de edad, me contaba muchas historias, pero algunas se me han olvidado; cuando estaba de humor el viejito se sentaba a fumar su puro ahí en el campo, se sentaba en una piedra planita; mientras tanto yo estaba come y come limones dulces –de los mejores -, estaba cerca de él y me decía:
_Mira en ese camino, ése, dando las doce del día, se ve a un señor que anda ahí, anda cuidando su sombra porque cree que todavía son suyas estas fincas.
Y me decía el vestuario que traía aquel señor: de huaraches, de pantalón charro de color blanco y rayas negras, camisa ploma –ceniza -, sombrero de palma y machete brilloso de filo. Y me contaba el viejito:
Éste mató, por eso a las doce del día yo no ando por ahí, prendí mi puro y me siento aquí, a esperar que pase…
Un día Rita, mi mamá, se fue quesque a buscar unos chilitos de mata y unas calabacitas por ese lugar, y me dijo:
_¡Vente, muchacha! ¡Vamos a buscar!
_¡Ahh qué!
_¡Que te digo que vamos!
_¡Yo no voy, que te acompañe tu marido, yo no!
_¡Vamos…!
_¡No, porque ahorita son las doce –don Agustín, mi padrastro, me había enseñado que las doce del día eran cuando uno se paraba derecho y no se veía la sombra -; me quedé parada y le dije a mi mamá:
_¡Mira, son las doce del día, ‘orita anda por ahí el charro de los pantalones rayados!
_¿Cuál charro de los pantalones rayados?
_¡Pregúntale a tu marido, él me contó que hay un charro!
Ya nomás movió la cabeza y se fue. Como a los veinte o treinta minutos llegó mi mamá bien asustada, blanca, blanca, nomás se sentó y prendió un cigarro, se recargó a una mata de café… a mí se me hizo extraño –como era yo chamaca -, pues siempre veía que ella andaba muy activa y ese día no, entonces le dije:
_¿Te duele el estómago?
_No… –me respondió con voz tenue.
_¿Te duele la cabeza?
_No…
Entonces, como la vi mal, corrí a llamar a don Agustín:
_¡Se está muriendo la Rita –porque así le decía a mi mamá -, quién sabe que tiene! Ya que va con ella y que le pregunta:
_¿Qué te pasó, Rita?
Pero mi mamá no podía hablar, estaba pálida, pálida; el viejito volvió a preguntarle:
_¿Qué viste o qué te pasó?
_No, nada…
Así estuvo durante un rato, don Agustín le comenzó a dar agua, le echó humo de su puro y después le dio aire con el sombrero; con todo eso mi mamá empezó a reaccionar y en ese momento nuevamente le preguntó que había ocurrido:
_¿Te iban a asaltar o qué?
_Es que estaba un hombre sentado ahí… me amenazó con el machete y no me dejaba tomar agua del pocito –un huequito labrado en una piedra boluda de la cual brotaba agua cristalina.
_Y ¿Cómo era él?
_Pues de huaraches, tenía un pantalón charro de rayas negras y una camisa ceniza…
_¡Les dije! Ese señor a estas horas anda por ahí porque todos estos terrenos antes eran sus fincas.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. CONSUELO ESPINOZA FERNÁNDEZ (59 AÑOS) INFORMANTE
Paseo de los Atletas
Por el cincuenta y cuatro salí a trabajar como maestra rural, en ese entonces esta calle tenía faroles de lado y lado, eran faroles de tipo arbotantes, como si fueran las luces que están allá, cerca del águila en el Paseo de los Lagos y que son unos focos como arqueados, como anforitas; así estaba iluminado todo este tramo hasta antes de llegar a la calle del Dique.
A esta parte de la calle Venustiano Carranza se le conocía como –y todavía la llaman- “Paseo de los atletas”, había aquí asientos de cemento, como de unos tres o cuatro metros de largo, casi pegados a las paredes de las casas para que los paseantes pudieran descansar; además, sobresalían unos muros con forma de columnas muy bonitas y los árboles de fresno, como estaban añosos y gruesos, extendían muy bien su follaje; en las noches este lugar se veía bastante iluminado y agradable por los árboles que había de lado y lado.
Se cree que este lugar fue llamado “de los Atletas” porque había personas que acostumbraban correr o caminar en esta calle, en ese tiempo no había demasiado tráfico de coches o autobuses. Cuando me fui a trabajar a Tierra Blanca duré doce años por allá, pero venía de vacaciones dos veces por año y en una de esas ocasiones me di cuenta que ya habían quitado los asientos y estaban talando los árboles con el pretexto de que eran viejos –desde que yo recuerdo ya eran árboles añosos -. Los fueron talando poco a poco hasta desaparecerlos; hace como unos veinticinco años comenzaron a adoquinar los fresnos, desbarataron los asientos y cambiaron los arbotantes del alumbrado.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. CONSUELO ESPINOZA FERNÁNDEZ (59 AÑOS) INFORMANTE
La varita de chichicastle
En Semana santa, recuerdo muy bien que el sábado de Gloria, a eso de las diez de la mañana repicaban las campanas de la iglesia, entonces mi abuelita Lucía exclamaba: “¡Es Sábado de Gloria!”, enseguida agarraba una varita de chichicastle* y como éramos varios nietos, nos llamaba y a cada uno nos iba dando nuestra “Gloria” con esa ramita, hasta quedaba uno bailando porque picaba bastante… tiene como espinitas; además nos jalaba las orejas, según decía esa era una demostración de gusto porque Jesús había ascendido al cielo y también para que uno creciera otro poquito.
En esa semana muchas personas acostumbraban hacer comida los días lunes, martes y miércoles; jueves, viernes y sábado ya no, eran vigilia; si se pronunciaba una mala palabra decían que se estaba ofendiendo al Señor; si pegaba uno en algún lugar, decían que le estaba uno pegando a Jesús; o sea, existía más fervor en esa época; la gente iba a misa, se notaba más recogimiento y las personas –en esos días- trataban de portarse mejor.
*chichicastle: especie de ortiga.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. CONSUELO ESPINOZA FERNÁNDEZ (59 AÑOS) INFORMANTE
Los pedreros
Por aquí, cerca de la calle Paseo de los Atletas, vivía la familia Mendoza, les decían “los pedreros” porque hacían banquetas pero de piedritas; todavía existen banquetas que ellos hicieron, no de adoquín ni de chapo*, sino de puras piedritas que ellos trabajaban y que iban encasquetando unas con otras con mucha habilidad. Eran como veinte personas, vivían en un mismo terreno, salían como a las siete u ocho de la mañana con un morralito y su itacate y se iban a empedrar las calles o las banquetas.
*chapo: chapopote, de chapopote, asfalto.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. CONSUELO ESPINOZA FERNÁNDEZ (59 AÑOS) INFORMANTE
El Palomo
Me fui a Coacoatzintla y ahí me alquilaron un caballo en cinco pesos diarios para ir y venir. En Pueblo Viejo estuve durante seis meses como maestra rural, tomaba como al cuarto para las ocho el caballo y casi a las ocho y media estaba allá. Dos veces me bajé del caballo en una forma… sin pensarlo; la primera vez fue por mí el alguacil y me dijo:
_Maestra, vengo por usted.
_Sí, cómo no.
Me subí al caballo pero sentada de lado, como estaba tan feo el camino, en una subida el caballo medio se movió y voy para abajo… me quedé parada, no me caí y el alguacil ni cuenta se dio, yo me dije: “¡A ver hasta dónde llega con el caballo desocupado!”, ya cuando iba hasta allá, como a una cuadra de distancia, volteó y me dijo:
_¿Se cayó usted?
_¡Pues sí, nada más que caí parada!
Y ahí viene otra vez, me volví a subir y ya. En otra ocasión me volví a caer, pero yo doy gracias a Dios de esto: bajaba sin lastimarme, y es que me sentaba de lado y me agarraba del fuste –que tenía unos palitos cruzados -, pero la forma en que me acomodaba no era la adecuada y me deslizaba hacia el suelo.
Otro día, cuando me prestaron el caballo, resulta que estaba la neblina muy densa, pero muy densa; me monté al caballo y una vez que le tomé confianza al caballito me dirigí a Pueblo Viejo a trabajar. Iba caminando despacio el caballito pues casi no veíamos, parecía que hubiera humo, yo le decía al caballo: “¡Ándale palomo, ándale caballito! ¡Camínale palomo! ¡Qué no vez que voy a llegar tarde a trabajar!”; sin embargo, él nomás resoplaba y no caminaba… entonces me dije: “¡Bueno, pues ya estuvo que no di clases hoy, aquí nos quedamos!”, ahí me quedé hasta que medianamente se despejó la neblina…
¡Cuál sería mi sorpresa al darme cuanta que el caballito estaba a la orilla del voladero!, yo creo que él lo presintió o lo vio y con razón retrocedía, no caminaba, ahí estaba; como pude le jalé la rienda para que con cuidadito se fuera para atrás, para atrás, ya torcimos y agarramos otra vez el camino para llegar a la escuela.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. CONSUELO ESPINOZA FERNÁNDEZ (59 AÑOS) INFORMANTE
Obra espiritista
Nosotros vamos a las casas de las personas que lo solicitan, porque a nadie se le impone lo que nosotros pensamos que está bien. Por ejemplo si alguien dice: “Maestra, yo necesito una visita espiritual”.
Yo nada más le digo cómo debe preparar las cosas: una mesita con su mantelito blanco, un florerito, una veladora, agua cruda, una poquita de loción y agua hervida. Después, llegamos al domicilio, rezamos, cantamos, se presenta mi protector, les habla y enseguida con el agua preparada pasa y les impone una crucesita a cada uno y les va diciendo: “¡Vamos a dar la paz!” Eso es todo, pero únicamente para quien lo pide, no imponemos ¡No estamos para imponer!, porque como dijo Jesús: ¡Yo no vengo a cambiar las leyes, yo sólo vengo a que se cumplan!”
Una vez fuimos a Xico a visitar varias casas, en la mañana visitamos tres y en la tarde nada más una; en las casas a las que acudimos todos intervinieron, unos como pueblo y otros como mediums. Esa vez nos dimos cuenta que en Xico hay mucha gente necesitada de fe, pues aún cuando en ese lugar existen muchas capillas e iglesias, la gente requiere ayuda espiritual.
En esa ocasión el Maestro se manifestó a través de mí, le llevaron un señor en una silla porque tenía tiempo que no se podía mover a causa de dolores en las piernas; dicen mis hermanos que mi protector, del mismo tazoncito con agua que preparó, le puso en sus piernas y ordenó que se las envolvieran; después el señor, de casi ochenta años de edad, se persinó y pidió que permaneciéramos ahí un tiempo más.
Eso ocurrió el domingo, el martes una señora –familiar del anciano- fue a ver a la persona que nos llevó a su domicilio y le dijo entre sollozos que ella antes tenía que cargarlo para llevarlo al baño, pero a partir del martes –el día de la curación- él sólito se levantó apoyado en un bastón y fue al baño… ¡Las piernas ya le estaban reaccionando! A eso vamos, a devolverle la fe a las personas.
Nosotros no curamos con huevo o con hierbas, si nuestro hermano Jesús curaba con sus manos ¿Por qué nosotros vamos a poner otros elementos que no vengan al caso?, teniendo nosotros una buena moral, nuestra fe y nuestro amor hacía Él, con eso basta para curar a los otros.
Tengo veintidós años en el espiritismo y actualmente coordino un grupo de cuarenta personas a quienes, después de que pasa el momento de concentración y relajamiento, les enseño la obra del maestro Allan Kardec. Tengo mucho trabajo, escribo mucho, tengo un cuaderno con setenta oraciones y otros con ciento catorce cantos que me han dictado diferentes seres espirituales a lo largo de veintidós años. Me siento bien de salud y muy contenta, gracias a Dios, gracias a Jesús, al maestro Allán, a todos los seres espirituales y a todo el prójimo que se ha acercado aquí, a mí, para que por medio de oraciones o de la conversación yo pueda ayudarles en algo.
El colegio para nuestros estudios y actividades del espiritismo apenas se está construyendo en la calle Nicaragua de la colonia Reforma. Somos un grupo de cuarenta personas que compartimos esa inclinación por la filosofía del espiritismo; queremos prepararnos, sobre todo porque a veces hay personas que hablan de la obra espiritista, dicen que somos… nos dan nombres inadecuados, pero yo digo que antes de hablar deben documentarse para poder opinar con bases. En ocasiones a esas personas yo les comento: “ustedes opinan así, pero ¿Ya leyeron? ¿Han asistido a alguna curación, a un desarrollo o a una orientación?”
Las personas, casi en su mayoría, no aceptan el espiritismo; no desean estudiarlo, pero algunas de esas personas, a escondidas, vienen a curarse, vienen a buscar solución a su problema físico, moral o social; les ayudamos en lo posible y no les cobramos ni un centavo, porque nosotros queremos ser como nuestros hermanos apóstoles que llevaban a cabo su misión: ellos vivían para la misión, no vivían de la misión. Por eso nuestro objetivo es ayudar a la comunidad, nada más.
Me siento bien de salud y muy contenta, gracias a Dios, a Jesús, al maestro Allan, a todos los seres espirituales y a todo el prójimo que se acerca para pedir ayuda.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. PABLO GARCÍA GARCÍA (56 AÑOS)
SRA. MARÍA ELENA PÉREZ DE GARCÍA (56 AÑOS)
INFORMANTES
El Barrio “Tres Brincos”
Hace muchos años, en la década de 1940, a la parte sur de la colonia Benito Juárez se le conocía como Barrio “Tres Brincos”, porque algunos trabajadores del ferrocarril –y otras personas más- acostumbraban echarse sus copas en unas casas próximas a estos terrenos; entonces, las personas debían atravesar parte del terreno de lo que hoy es el Deportivo Ferrocarrilero, después cruzar el caño del desagüe y luego, pasar una callecita de esta colonia para comprar su aguardientito en alguno de los changarros de ese tiempo; por eso decían –a manera de guasa- que en “tres brincos” llegaban a este lugar.
En esta colonia ha habido muchos cambios, todo esto eran árboles y hortalizas, sólo había esa parte de la calle Potrero del Llano que está más o menos en parte alta, el resto del terreno formaba una rejoya, una barranca. Los linderos se hacían con puras hierbas o arbustos conocidos como “pie junto”. Yo recuerdo que la parte alta de la colonia eran zarzales, un monte espeso, pero todo se fue poblando poco a poco.
Por aquellos años se escaseó mucho el agua, todas las familias de la parte alta venían a traer agua a un pozo que pertenecía a ferrocarriles, pero cuando se construyó el Deportivo, la barda separó ese pozo del resto del terreno y por eso quedó de este lado del Barrio. En sus tiempos el agua de este pozo era abundante y no estaba tan profunda porque como a los dos metros ya comenzaba a brotar; surtía a toda la colonia; con gusto le hacíamos sus fiestecitas el tres de mayo, con su kermes y se le armaba una buena bulla entre todos los vecinos; sin embargo, en cuanto las personas tuvieron la posibilidad de introducir el agua entubada ¿Verdad?, Desatendieron ese pozo y lo abandonaron y quedó mudo. Ese pozo, estuvo funcionando desde que estuvo el ferrocarril hasta como por el setenta y cinco u ochenta cuando dejó de usarse.
En la calle Consuelo Suárez García, ubicada cerca del Deportivo, el municipio hizo un parquecito y en ese lugar también había un pozo, poco profundo, como de metro y medio o dos metros, casi siempre estaba rasado de agua. Este pozo funcionó un tiempo y después le pusieron una loza, una tapadera con candado y ahí lo dejaron, yo me imagino que con el propósito de regar las plantas que fueran a sembrar en el parque; pero, a últimas, nomás pusieron unos juegos infantiles y como no le dieron mantenimiento pues todo se fue deteriorando hasta quedar abandonado. En el mes de septiembre del noventa y siete vinieron unos trabajadores del municipio a derribar unos árboles de *equimite porque estaban muy grandes y fueran a ocasionar algún accidente; el caso es que vinieron, los mocharon y entonces el parque prácticamente quedó pelón.
Recuerdo que aquí en la lomita del Barrio, por donde terminan los escalones de la calle Soldado Desconocido, un señor con la ilusión de tener un pozo cerca de su casa se dio a la tarea de buscar agua en ese lugar; en aquel tiempo mis amigos y yo estábamos chamacos y nos entró el afán de ayudar a sacar toda la tierra, nos llevó varios días hasta que lo terminamos. Cuando le platiqué a mi esposa de todo aquello ella me dijo: “¡Pero cómo se les ocurrió hacer un pozo en ese lugar, en esa loma, qué profundidad no habrá tenido!” Y en realidad sí, estaba hondísimo, hondísimo, tiraba uno alguna piedra y se demoraba para escucharse la caída; precisamente por lo hondo nunca le… bueno sí le encontraron agua pero no la suficiente para meterle una bomba que la distribuyera hacia las casas.
*equimite: árbol de fruto rojo comestible (gasparitos), sus semillas son venenosas (colorines).
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. PABLO GARCÍA GARCÍA (56 AÑOS)
SRA. MARÍA ELENA PÉREZ DE GARCÍA (56 AÑOS)
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Rumores de un velorio
En aquel entonces, cuando yo tenía como doce años, recuerdo que aquí, en la esquina de la calle donde vivíamos en la colonia Benito Juárez parte baja, falleció una señora de la religión evangelista, y entre la palomilla se corrió la voz de que en la forma de velar a la señora, las demás personas de su comunidad la iban a revivir exactamente a las doce de la noche y que la dejarían sentada en su caja. Todos nosotros –la chamacada de aquí del Barrio- con la tentación de aquel rumor fuimos a ver, porque hasta eso a nadie se le negaba la entrada para acompañar a la difunta.
Ahí estuvimos atentos, por la curiosidad de ver si era cierto aquello de que la iban a revivir a las doce… y total, dieron las once, las doce y nunca ocurrió nada extraño. Lo que sí pudimos observar fue que el ambiente de ese velorio era distinto al que conocíamos en la religión católica, porque ellos tenían otra forma de rezar, entonaban alabanzas, cantos y en ocasiones se ponían a llorar; incluso esa vez ni café repartieron, nada más estaba un grupo de personas haciendo el acompañamiento de la difunta… creo que a todos los chamacos nos impresionó más el ambiente del velorio que el rumor.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SR. PABLO GARCÍA GARCÍA (56 AÑOS)
SRA. MARÍA ELENA PÉREZ DE GARCÍA (56 AÑOS)
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Distracciones de los adolescentes
Cuando salíamos de la escuela y a veces cuando no entrábamos, nos íbamos de pinta:
_¡Vámonos de pinta! –Proponían algunos.
_¡Pues vámonos! –Contestábamos los demás.
Subíamos todas esas calles de la colonia Benito Juárez hasta llegar cerca de Coapexpan (las calles estaban todavía sin pavimento ni calzada, sólo tierra y mucha tierra y pasto) para ir a andar a un campo que le decían “el túnel”; éste últimamente es un campo de fútbol pero hace años no era nada, sólo monte, zarzal; recuerdo que íbamos a ver si agarrábamos conejos, aprovechando el tiempecito en que llovía: “¡Vamos a agarrar conejitos!”, decía la palomilla casi en coro y pues el que tenía suerte atrapaba alguno y el que no pues se contentaba con admirar el conejito capturado por otro.
En otras ocasiones salíamos a andar por la carretera antigua a Coatepec salíamos a andar por la carretera antigua a Coatepec, cerca de El Haya; ahí por el rancho La Herradura entrábamos, caminábamos como media hora o tres cuartos para llegar a un lugar conocido como “la poza azul”, ahí íbamos a echar nadadita. Creo que esas aguas venía de Coapexpan, por ahí bajaban hasta desembocar en el Río Sordo; porque las otras aguas, las que vienen de Rancho Viejo, son las de Consolapa.
Ésas eran aguas limpias en las que uno podía nadar y hasta atrapar algún pez o camarón; en cambio, las aguas que bajaban aquí –que les decíamos por vía- eran puros desagües de la ciudad, solamente aguas negras, porque agua limpia únicamente la de Consolapa o la de un arroyo que va a dar allá a Sedeño; pero ya las de aquí de Tres Puentes eran aguas negras y, por cierto, ahí mismo iba a desembocar toda esa agua prieta, fea, de los lagos. Todas esas aguas turbias las canalizaban hacia el Río Sordo, por donde está el puente en la carretera nueva a Coatepec. En años anteriores se podía apreciar un río caudaloso, ancho, vasto; ahora pasa uno por ese lugar y sólo se ve muy poco agua, a veces nada más se ven montones de espuma producida por el jabón o por los golpes de toda esa porquería que baja en ese río.
Hace años los lagos del Dique no lucían tan bonitos como ahora. Solamente había unas lagunitas y alrededor fincas de café, monte y alguna que otra cosa; precisamente a ese lugar iba con mis hermanos a pescar con atarraya ¡Y pescábamos unas mojarras!, Chulas, tremendas, y algunas personas nos decían: “no, no coman de ese pescado porque está contaminado”, pero ¡Noo’mbre! ¡Qué sabroso estaba!, y además nunca nos hizo daño. Cuando caminaba uno alrededor del lago se veían las manchas de peces moviéndose de un lado a otro; las especies que más abundaban en ese tiempo eran la mojarra tilapia y la lobina, pues me imagino que eran más resistentes y se adaptaban a los cambios en el agua.
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SR. PABLO GARCÍA GARCÍA (56 AÑOS)
SRA. MARÍA ELENA PÉREZ DE GARCÍA (56 AÑOS)
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Malos aires
Por diversas historias que nos han contado y cosas que hemos oído, pensamos que sí existen los malos aires… porque dicen que hace varios años aquí durante la época de la revolución hubo muchos asesinatos, muchos muertos en toda esa zanja, en los terrenos de esta colonia Benito Juárez sur y pues consideran que todas esas almas andan vagando todavía por algún asunto que dejaron sin resolver.
Hace algunos años un señor de esta calle nos pidió permiso para guardar un marrano –en ese tiempo teníamos unos chiqueros allá por el rincón, casi en el fondo del terreno-
_¡Denme permiso de guardar un marranito allá!
_Sí, nomás tráiganle su alimento y le lavan el chiquero y todo tranquilo.
¡Cuál fue nuestra sorpresa cuando un día, ahh, que oímos los chillidos del animal!, y que se muere, quién sabe que pasó, si fue algún mal aire que recibió, porque no estaba amarrado, andaba suelto ahí en el corral; pues ya fuimos a avisarle al dueño y vino, fue a verlo y ya estaba bien muerto el animal, así que… pues posiblemente sí exista aquí algo de mal porque no fue sólo ese marrano sino varios otros animalitos que pasaron por la misma situación, sin ninguna causa aparente.
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SR. PABLO GARCÍA GARCÍA (56 AÑOS)
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¡Devoción y diversión!
Hace muchos años en los velorios de la religión católica se acostumbraba practicar ciertos juegos como: baraja, conquianes, albures, charanguitos, la botella, la nalgada y otros más. Durante el velorio se repartían tamales, té de frutas, pan, café solo o con “piquete”;* en los intermedios de los rosarios las personas se ponían a jugar en grupitos y el ambiente del velorio transcurría entre la devoción y la diversión hasta el día siguiente.
El juego de los conquianes se practicaba entre cuatro personas, cada quien llevaba una contabilidad de las barajas que tenía él y el otro, pues se jugaba entre compañeros; entonces, uno iba tirando las cartas y el que llevaba la mayor ése iba ganando. En los albures el que echaba la baraja ponía dos cartas, una a favor y otra en contra; si el jugador le atinaba a la carta en contra, entonces el repartidor debía pagar la cantidad depositada previamente en la carta; pero si no llegaba la carta deseada, entonces el repartidor recogía el dinero apostado.
Los charanguitos también eran un juego de cartas que debía completarse por pares. Si se tenía, por ejemplo, un cuatro, entonces debía juntarse con otro cuatro; pero si se jugaban por color, el cuatro de bastos podía manejarse con un cinco de bastos y así continuaba seis, siete, hasta completar ocho cartas porque el juego era de cuatro cartas y se tenían que completar exactamente ocho, cualquier carta de más significaba perder el juego.
Anteriormente, cuando se jugaba a la nalgada en algún velorio, novenario o cabo de año, ciertas personas acostumbraban pegarse con una tabla; en lugar de golpearse con la palma de la mano, buscaban algo más duro porque había personas que aguantaban mucho los golpes; llegaba el momento en que les pegaban y les pegaban y ya no sentían nada, por eso la palomilla de muchachos buscaba algo más fuerte para jugar.
Toda la muchachada acostumbraba jugar también a la sortija. Se iba pasando una sortija entre las manos de las personas sentadas en hilera, se simulaba entregarla a diversas personas y a la que se elegía, a ésa se le quedaba; entonces al terminar de entregar la sortija se le preguntaba a alguien: “¿Quién tiene la sortija?”; si le atinaba, pasaba al frente para continuar el juego, pero si no acertaba entonces se le ponía un castigo, por ejemplo, que saliera a gritar a la calle: “¡Se queman los frijoles!” “¡Ahí viene la llorona!”, o cualquier otra cosa que se les ocurriera a los demás participantes del juego.
Existían otros juegos como el de la botella y el de la peña. En el primero, se rodeaban muchachos y muchachas, de una cierta edad, para jugar con una botella, la giraban… y al detenerse señalaba a dos personas, de las cuales a la que le tocaba el fondo imponía un castigo a la que le tocaba el cuello, y ésta debía contestar a una pregunta o a una adivinanza, o bien se le pedía que entregara una prenda. En el otro juego, el de la peña, las personas formaban un círculo y una de ellas cargaba algo pesado, un tabique grande o una piedra, que se iban pasando conforme fueran perdiendo al no responder acertadamente a una pregunta, y decían: “El que carga la peña que la tenga o si no que…”, - ya no recuerdo cómo seguía toda la estrofa -, pero se iban pasando la peña por la derecha y había algunos que no aguantaban más y la dejaban caer.
*”piquete”: un poco de aguardiente agregado al café o té (según informante)
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¡Qué hay por ahí!
Aquí en la calle Potrero del Llano, en la esquina, como a unos cincuenta metros había un patiecito de vecindad; mi tío Guadalupe trabajaba como “truquero” en el ferrocarril y acostumbraba usar un cinturón con su lámpara de carburo, su martillo, su cincel y otras herramientas que utilizaba para componer los vagones del tren.
Como a las ocho de la noche salía a echarse su lonche porque ahí cerca vivía su mamá y en una ocasión, como de costumbre pues dice que vino, cenó y regresó, pero al pasar cerca del patio de vecindad siempre tenía la costumbre de gritar, de decir: “¡Qué hay por ahí! ¡Qué hay por ahí!…”, de momento nomás sintió una sombra que le cayó encima y no pudo sacar nada para defenderse, esa sombra lo revolcó y lo revolcó y por más que quería defenderse de alguna manera… no podía… y de momento nomás empezó él a decir palabras obscenas y se desapareció aquella sombra; después estuvo enfermo a raíz de esa situación, síi, pero por poco tiempo ya que después se recuperó y a últimas murió a los setenta y ocho años.
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Convivencia con los muertos
Hace tiempo, cuando este barrio “Tres Brincos” aún era pequeño, recuerdo que al terminarse los días de celebración para los difuntos se acostumbraba repartir de casa en casa la ofrenda de los muertos; se repartían por canastitas, porque al altar se le ponía fruta, tamales, mole, dulces, chocolate, café, pan, manjar, jamoncillo y golosinas. De la casa donde llevaba uno el obsequio de la ofrenda, le volvían a llenar la canasta con las cosas que ellos habían puesto en esa ocasión.
Ese intercambio se acostumbraba hace muchos años, cuando en este Barrio había unas cuantas casas y se llevaban familiarmente todos los vecinos. Actualmente ya no se ve nada de eso, tal vez porque la colonia ha crecido mucho o porque se han encarecido las cosas.
Al finalizar los días de muertos iba uno a dejar las flores y las coronas al panteón, pero se acostumbraba también llevar tamales, enchiladas y otras cosas de comer. Todos los familiares ese día nos reuníamos y nos íbamos a comer al panteón de Palo Verde como si fuera un día de campo; ahora, en cambio, algunas personas dicen:
_¡Ay no! ¿Entrar al panteón?, no ¡Porque puede uno agarrar algún mal aire!
Pero en aquel tiempo llevaba a todos mis hijos y ahí andaban, comían y después se ponían a jugar. Era un día de fiesta que se le hacía a los difuntos. Mi madre preparaba gorditas y hacía una cacerola de enchiladas de mole para ir a comerlas al cementerio; era una “convivencia” de los vivos y los muertos, hasta decíamos:
_¡Vamos a comer con fulano! –Es decir a su tumba.
_¡Vamos a comer con mengano!
Actualmente las personas en esas fechas de celebración de los muertos con anticipación limpias las tumbas por si después ya no les da tiempo –o no quieren- asistir.
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Las horas pesadas
Por el sesenta y uno yo era llamador del ferrocarril, en ese entonces me tocaba ir a llamar por el Paso –por la represa del Carmen- hasta llegar a los lavaderos que todavía se encuentran por Ruíz Cortines; en aquel tiempo en el Paso habían construido unas casas para los ferrocarrileros. Pues ahí me tienen, ahí iba llamando… y ya para regresar no, pues, no estaba la carretera bonita –ahora cuál miedo -, en esos años debía uno entrar a la privada esa y luego, para darle vuelta, cruzaba uno debajo de las hayas; caminaba uno en la noche y sentía uno las hojas que caían de los árboles ¡Ahh caray!, tenía que ir con cuidado, porque muchas veces no le daba a uno tanto miedo este… oír ruidos ni nada de eso sino encontrarse a alguien de la palomilla, de esos malvivientes y que lo fuera a mortificar a uno.
Así iba llamando y allá por el dique, pues toda esa ruta me correspondía, cuando en eso… por allá cerca de los Lagos escuché: “¡Aaaayyyy!”, “pues quén sabe qué será eso” –me dije- y seguí mi camino; cuando ya atravesé el Dique volvía a oír ese grito “”¡Aaaayyyy!, y al dar la vuelta vi… ¡Cuál fue mi sorpresa!, esos gritos los daba un señor, un maquinista de patio que acostumbraba tomarse sus aguardientitos y se levantaba temprano a curársela y andaba gritando así, por eso a dondequiera lo oía, y con la desesperación de andar tomado… pues le daba por gritar; claro que uno viene a esa hora, oye uno ese grito y sí asusta, sobre todo a esas horas que son ya las horas pesaditas.
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SR. PABLO GARCÍA GARCÍA (56 AÑOS)
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Las posadas de mi Barrio
Hace muchos años mi madre era la encargada de acomodar las nueve posadas –del dieciséis al veinticuatro- entre los vecinos de este Barrio “Tres Brincos”, recuerdo que decía:
_¡Vamos a ver a fulana para acomodar una posada!
Y ya aquella vecina le contestaba:
_¡Pues déjame la del diecisiete! –O la del dieciocho o veinte, según las posibilidades.
Se vivía un ambiente muy bonito durante esas fiestas decembrinas: se hacía la peregrinación en las calles, llegábamos a la casa que le correspondía a la posada, interpretábamos los cantos tradicionales y después entrábamos, a todos nos daban un envuelto como aguinaldo, una bolsita de dulces y poco de vino de la región o rompope, y todo mundo convivía tranquilamente en esa casa.
Pero anteriormente, cuando yo estaba chiquillo, recuerdo que en las posadas no daban el aguinaldo en bolsitas sino que varias personas andaban con charolas grandes llenas de frutas, dulces y galletas, de las cuales agarraba todo lo que pudiera con las manos y se lo guardaba uno en las bolsas de la camisa o de la chamarra; además ofrecían vinos de naranja, de mora o rompope casero. Después se organizaba un baile con un equipo de sonido que alquilaba una señora de este mismo barrio para alegrar el ambiente de esta celebración. El altar para la posada era un nichito, un cajoncito, del tamaño de las figuras de los misterios; en la casa donde se pedía posada, con anterioridad ya habían preparado su árbol de navidad con pascle, farolitos y luces, y al pie del mismo se hallaban varias figuras de animales como borregos, vacas, asnos, gallinas, guajolotes y otros más.
Al día siguiente, entre siete y ocho de la noche se recogían los misterios y se llevaban a otra casa, así andaba uno de casa en casa durante nueve días hasta el veinticuatro. En ese entonces la tradición se vivía con más regocijo.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SR. PABLO GARCÍA GARCÍA (56 AÑOS)
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Un cabucero silencioso
Después de trabajar algunos años como llamador anduve como garrotero en el tren. Recuerdo que una vez íbamos llegando a Palmar, una estación localizada a unos cincuenta kilómetros de aquí, ese día me tocó ir de cabucero, o sea, en la parte del cabuz; entonces al entrar al escape –es decir, a la vía auxiliar de la general- ya sabíamos que ahí estaba una recta utilizada como cruce para que al encontrarse dos trenes uno tomara la vía lateral y el otro pasara de frente; desde luego el cabucero era el encargado de mover la palanca para hacer el cambio y permitir que el tren continuara su ruta.
Al bajarme y hacer el camino, estaba un… un cuerpo –en ese tiempo algunos lugares por donde pasara el tren como Charrillo, Oscuro, Palmar y Apazapan eran muy peligrosos porque había mucha matazón -, pues lo dejaron así, amarrado al cambio; de modo que me bajé, le di vuelta a la palanca y el cadáver se fue de lado. Pasó, no dije nada a nadie, todo quedó ahí; cuando llegué a la terminal le comenté a mi cuate -el otro cabucero del tren de adelante, quien había hecho primero el cambio -:
_¡Oye! ¿No viste nada ahí en Palmar?
_¿Cómo de qué, tú?
_¡No te hagas, cabrón, porque yo encontré un cuerpo recargado en la palanca cuando me bajé a alinear!
_¡Cabrón, con razón yo llegué y sentí algo…!
Pero como la farola del tren quedaba alta, entonces el cambio de vía no alcanzaba a distinguirse, no es como un coche que sí alumbra la parte baja.
_Pero noo –dice, oye, lo único que hice, como queda uno alucinado, fue que llegué, giré la palanca y sí sentí algo ahí ¿A poco era eso?
_Sí fíjate, y cuando yo la giré, el cuerpo se fue así, de lado y se quedó botado.
_¡Ah caray!, con razón yo cuando… pues no te había comentado porque yo sentí como un palo o cualquier cosa que me estaba estorbando, más no vi que cosa era.
Yo si lo pude distinguir porque como quedaba oscuro y traía mi lámpara de señales, síi, la puse a un lado y con la luz pude ver el cuerpo de ese señor.
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SR. PABLO GARCÍA GARCÍA (56 AÑOS)
SRA. MARÍA ELENA PÉREZ DE GARCÍA (56 AÑOS)
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La palma bendita
En las celebraciones de la Semana Santa, el Domingo de ramos se llevaba a bendecir a la iglesia un ramo hecho de palma adornado con figuritas con la misma palma y sus hierbas tradicionales como el romero, el laurel, la manzanilla y otras más. Después de regresar a la iglesia, esa palma bendita se colocaba en la esquina de la casa, cerca de la puerta –según- para evitar o contrarrestar los malos aires. Las hierbas de ese ramo se utilizaban posteriormente, por ejemplo la manzanilla, en la elaboración de un remedio casero para aliviar el dolor de estómago. También se presentaron ocasiones en que se veían nubes muy extensas y negras, negras; entonces corría uno a agarrar uno pedazos de palma bendita y luego se quemaban para alejar aquella tormenta, según nuestras creencias.
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SR. PABLO GARCÍA GARCÍA (56 AÑOS)
SRA. MARÍA ELENA PÉREZ DE GARCÍA (56 AÑOS)
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Visita a siete iglesias
En nuestras costumbres todavía se conserva la visita a las siete iglesias en la Semana Santa. Hace tiempo en la iglesia de Santiaguito y en la de Los Corazones los sacerdotes mandaban a hacer pambacitos y bolillitos que repartían a las personas. Se hacía la visita, daba uno una limosna y al salir le regalaban a cada quien un pan pequeñito; a veces también obsequiaban una estampita y un pedacito de palma en forma de cruz que uno, como creyente de esa tradición, ocupaba para ir contando: “¡Ahh, me faltan… tres!”, o cuatro, según el recorrido que llevaba cada uno.
Tiempo después unas personas me dijeron que ya no deben visitarse las siete iglesias porque de visita no oye uno la misa completa; sin embargo, la tradición de mis parientes era que cada Jueves santo se debían visitar las siete iglesias. Yo hasta la fecha sí las visito, cada año, cada año; a veces mis hijas me dicen:
_¡Mamá, ya no vamos!
_¡No, no, si no quieren, ya no vayan, pero yo sí!
Y ahí me voy, mientras Dios me preste vida eso haré cada año.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SRA. JUANITA ALEMÁN DE GARCÍA (74 AÑOS), INFORMANTE
Camino de Herradura
Antes de que existiera el tren “El Piojito”, por aquí, en la calle Venustiano Carranza, era la entrada del camino Coatepec-Xalapa; por eso se hallaban las medias lunas que servían como asientos y un cuartito donde les cobraban el derecho de paso a las personas que traían plátano, naranja y otros productos en bestias de carga; así llegaba la fruta a la ciudad. A través del Camino de Herradura. Ese lugar funcionaba como punto de salida y de reunión, se podía observar a mucha gente cargando y descargando sus productos o, simplemente, descansando en alguna de las bancas cercanas después de un viaje agotador.
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SRA. JUANITA ALEMÁN DE GARCÍA (74 AÑOS), INFORMANTE
Dulces tradicionales
Mis tías tenían un changarrito en su domicilio, en la calle Paseo de los Atletas, y por tradición hacían el pan o el dulce para vender. Primero calentaban la panela para preparar la miel –ellas sabían el punto -, cuando la miel ya estaba lista entonces la empezaban a golpear sobre un clavo fijado en una tabla, ahí la golpeaban y la golpeaban hasta que tomara un color blanquecido; después de ser negra la pasta debía quedar con un color paja y con eso elaboraban las famosas “trompadas”. También vendían dulce de jamoncillo, panqués, galletas con forma de cochinito, tejocotes en dulce y guayabate; eran puras recetas caseras. Ellas fueron las primeras que se dedicaron a hacer esos dulces.
Después, un señor vino a vivir a esta colonia y estableció su negocio como a media avenida antes de llegar al lago, en la esquina. Su dulcería era grande y surtida, todos los dulces estaban hechos a mano, había macarrón, cocada, higos, pastas, cuadritos de calabaza, membrillo, dulce de guayaba y otros más. Los precios iban desde dos a cinco centavos y las trompadas –otro tipo de dulce- recuerdo que valían un centavo ¡Imagínese!
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SRA. JUANITA ALEMÁN DE GARCÍA (74 AÑOS), INFORMANTE
El Bravo y El Chicontepec
¡Cómo no me voy a acordar del servicio urbano!, eran los dichosos dos caminitos que corrían aquí de Estadio-Centro; se iba por los Berros, Diego Leño, agarraban Xalapeños Ilustres, todo Enríquez, bajaban por Úrsulo Gánvan y seguían rumbo a Venustiano Carranza.
Esos camiones se llamaban “El Bravo” y “El Chicontepec” ¡Qué gusto ir al centro en un camión de ésos!, Cobraban cinco o diez centavos –no recuerdo bien-, los asientos eran de tabla; aunque estaban medio destartalados, uno se sentía feliz al recorrer las calles de la ciudad en algunos de esos carros amarillos. Los camiones rojos, los Piedad-Calvario, nada más daban vuelta al terminar la calle de Lucio o Revolución, por ahí subían y bajaban esos camiones porque esas calles todavía eran de doble sentido.
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SRA. JUANITA ALEMÁN DE GARCÍA (74 AÑOS), INFORMANTE
Arreglos florales
Mis parientes, en otra parte de su negocio, hacían arreglos de flores. Mis abuelitos y mis tías desde meses antes comenzaban a trabajar: a enrollar alambre, formar follaje, hacer hojas y luego la flor, para que al llegar el mes de octubre nada más se armaran. Yo no supe cuándo aprendí a hacer flores porque nosotros –mis hermanos y yo- llegábamos de la escuela y mi abuelita ya nos tenía trabajo para cada uno; nos ponía a enrollar alambritos y a pegar hojitas; en ese tiempo para elaborar el pegamento se compraba goma arábiga, se ponía en agua caliente para deshacerla y al otro día se preparaba una mezcla de esa agua con un poco de harina; la flor tenía que cortarse con troquel y se rayaba con los moldes, se doblaba y se pegaba, pero debía utilizarse un hierro caliente para darle forma.
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SRA. JUANITA ALEMÁN DE GARCÍA (74 AÑOS), INFORMANTE
Guízar y Valencia
En mil novecientos veinte –me platicaron- hubo un terremoto muy fuerte aquí en Xalapa, en ese tiempo ocurrieron los primeros milagros de Rafaelito Guízar y Valencia ¿Por qué cree que toda la gente de Teocelo, Monte Blanco o Ixhuacán, el día del santo del padre Guízar vienen en peregrinaciones desde la noche para llegar aquí temprano?, bueno, porque dicen que por allá a causa del temblor se derrumbaron los cerros y mucha gente había quedado atrapada; cuentan que acompañado de otros sacerdotes y personas conocidas se fue hacia esos lugares para ayudar; había partes por donde no se podía pasar porque se abrieron zanjas y la gente muy afligida decía:
_¿Cómo vamos a pasar?
_¡Corten unas cañas, de ésas grandes! –Les contestó el padre Guízar.
Agarró su caña, la plantó y cruzó, diciéndoles:
_¡Ahora, síganme!
Entonces las personas con miedo y todo, lo siguieron. Eso me lo contaron mis tíos de Teocelo porque anduvieron con él en ese tiempo.
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SRA. JUANITA ALEMÁN DE GARCÍA (74 AÑOS), INFORMANTE
Altar de muertos
En nuestra casa es costumbre poner la ofrenda para los muertos, aunque sea chiquita. Tenemos esa devoción de ponerle las veladoras, hacer los tamalitos, el pan, los dulces, la comida. En mi familia se vivía ese afán de ir a buscar el carrizo y la rama tinaja para hacer el altar, se adornaba con flores, se recortaba papel, se hacían canastitas, también se quemaba incienso –que era símbolo de la oración- y se rezaba el rosario.
En el altar nosotros seguimos ofreciendo mole, pan de huevo, tamales, calabaza y atole –yo casi no lo tomo pero a mis hijos sí les gusta -; como ahora ya quedé sola, cada una de mis hijas trae una cosita para la ofrenda de su papá; lo que a él le gustaba: una hace mole; otra, los tamales; otras, los dulces de jamoncillo y así se va juntando. Cuando él vivía le gustaba colocar una botella de licor para los amigos que ya habían muerto, y ahora mis hijos también lo hacen y me dicen: “¡Sea o no sea, nosotros cumplimos con ponérsela!”, de eso nadie sabe… hay tantas leyendas ¿Verdad?
El guayabate también se ponía en los altares de muertos, me acuerdo que mis tías y mi abuelita iban a traer guayabas para hacer el dulce, primero molían las guayabas, luego les agregaban azúcar y enseguida se batían y se batían en una paila; nada más que es una fruta que brinca mucho… quema y había que ponerse algo en las manos o en los brazos para protegerse de las quemaduras y moverlo hasta que agarraba su punto; cuesta mucho trabajo hacerlo, pero es bien rico. Cuando el dulce estaba listo se ponía en unas rueditas hechas con tiras de paja y papel en el fondo, se llenaban de guayabate y se les colocaba un rehilete en medio; así se preparaba ese adorno para el altar.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SRA. JUANITA ALEMÁN DE GARCÍA (74 AÑOS), INFORMANTE
¡Están quemando Catedral!
En el tiempo de la persecución de los cristeros, unos individuos sacaron a Santa Teodora para quemarla frente a Catedral; también incendiaron la iglesia del Beaterio y ahí quisieron quemar la imagen del Corazón de Jesús, pero no le pasó nada, quedó intacta. Cuándo sacaron al padre Rosellón de la capilla Santiago –me lo contaron, no lo vi- se lo llevaron lejos ¡Quién sabe a dónde!, se sabía que estaba vivo pero nadie lo volvió a ver.
Recuerdo muy bien que decían: “¡Ya están quemando Catedral!”, todos aquí en la casa estábamos muy afligidos “¡Están quemando a santa Teodora!… ¡Están quemando el Beaterio!” Los federales andaban haciendo todo eso. Uno de ellos –yo lo oí- dijo cínicamente que él había ido a echar latas de petróleo al Corazón de Jesús y que a pesar de vaciarle mucho no ardió, pero los santos que estaban a un lado… todos se quemaron.
Después aquí, en Venustiano Carranza, se veía cómo salían las llamaradas, como aún no existían tantos edificios –no estaban el hotel Salmones y esos edificios grandes- se veía bien y ahí estaba uno, temeroso, con angustia; eso ocurrió en el día y duró toda la mañana. De todos modos, los sacerdotes seguían celebrando misa a escondidas, las personas pudientes de la ciudad los ocultaban en sus casas, hasta el fondo de la casa, y con mucho cuidado hacían su culto. La primera comunión se efectuaba a escondidas ¡Y con un miedo!; a mí me tocó hacer la primera comunión en una casa de la calle Alfaro, había una contraseña que debíamos dar: uno… dos toques… y ya sabían que era alguien que solicitaba algún servicio religioso, pero en lugar de ir con fe iba uno con aquel temor porque arrestaban a las personas cuando las sorprendían practicando la religión.
Después de unos años se abrieron las iglesias al culto ¡Cómo me acuerdo de una anécdota!, transcurría el mes de mayo y nosotras, una amiguita y yo, fuimos a ofrecer flores –según de sibilas, como se acostumbraba antes- con vestido blanco y corona, estábamos felices. Ya en Catédral no sé cómo se le ocurrió a un fotógrafo subirse al público y dar el flashazo para tomar una fotografía y alguien gritó: “¡Una bombaa!…”, y todo mundo a correr… yo fui a dar a la sacristía, hasta atrás ¡Quién sabe por dónde!, tanto había pasado, tantas cosas habían hecho que ya habíamos quedado asustados.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. JUANITA ALEMÁN DE GARCÍA (74 AÑOS), INFORMANTE
El Teatro Minerva
La iglesia del Dique antes se le llamaba de santa Mónica, pero en la época de la persecución de los cristeros los fabricantes y las desmanchadoras –porque este rumbo era barrio de desmanchadoras de café- la agarraron para teatro y le llamaban Teatro Minerva; durante mucho tiempo ahí se organizaron bailes y desastre y medio, porque eran bailes populares. Ya después, el padre Martín del Campo empezó a luchar para rescatar esa iglesia que pertenecía al clero, le costó mucho trabajo pero finalmente lo logró.
La primera peregrinación a la iglesia del Dique, como la conocen hoy muchas personas, la trajo el padre Lorenzo de la iglesia de Santiaguito, pero formada por puros hombres –no quiso traer mujeres- porque en esos años todavía la estaban vigilando los federales; sin embargo, por la curiosidad, ya sabe –y más siendo joven -, fuimos a espiar la peregrinación de los muchachos: entraron por un lado –como antes estaba de bajada -, por ahí llegaron agarrándose de las ramas y de lo que pudieron para llegar, porque la imagen de la virgen de Guadalupe estaba a un lado; desde entonces comenzaron a efectuarse peregrinaciones a esta iglesia.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. MARÍA EUGENIA MEDINA DE GARCÍA (67 AÑOS), INFORMANTE
Pozos y aguas
La ciudad de Xalapa ha cambiado mucho, por ejemplo en esta callecita de Lino Sayago había muchos árboles de jinicuiles tan grandes y frondosos que sus copas se entretejían, se unían de un lado a otro, por eso nunca se secaba ese lugar, siempre estaba verde, con lama, muy resbaloso para bajar, por eso un día don Miguel, un cargador que vivía por aquí, hizo un camino para ir a traer agua.
Aquí en la calle Emiliano Zapata, por donde se ubica ahora una casita de Alcohólicos Anónimos, había un pozo y desde ahí subíamos el agua para la cocina o… para cualquier otro servicio; en tiempo de calor cuando el pozo disminuía su nivel íbamos a traer el agua con cubetas a una hielera que funcionó algunos años en la calle Ignacio de la Llave por donde estuvo el Súper de la Llave.
La limpieza del pozo que funcionaba en la calle Emiliano Zapata estaba encomendada a un señor, pero después surgieron problemas entre los vecinos, y yo creo que por eso se secó. Entonces, cuando ese pozo dejó de surtirnos agua, íbamos a uno que se encontraba cerca del puente roto, ese pozo parecía manantial porque el agua corría limpia.
En otras ocasiones íbamos a lavar a la represa del Carmen, en ese tiempo una represa grande de agua limpia, ahí por donde ahora se pone el mercado sobre ruedas cerca de la calle Coapexpan; a ese lugar íbamos y nos metíamos a lavar la ropa en las piedras. La gente de ese rumbo en ese tiempo iba a lavar a la represa del Carmen o a los lavaderos de Ruíz Cortines –que aún existen- o si no, al río Coapexpan, cuyo camino se reducía en aquellos años a una vereda formada por naranjales y otros árboles frutales de esta región.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. MARÍA EUGENIA MEDINA DE GARCÍA (67 AÑOS), INFORMANTE
Vestida de blanco
Aquí, en esta casa de la calle Lino Sayago, mi nieto y otra niña, cuando eran pequeños, veían a una mujer; esa visión de la mujer los traía espantados, solo a ellos dos porque a nadie más, los traía ¡Ay dios mío!, a raya. No podían bajar solos al primer piso porque los asustaba de día o de noche… una mujer vestida de blanco: si estaban en la sala, la veían en la cocina y si estaban en la cocina pues la miraban en la sala, el caso es que no los dejaba en paz.
Todo eso me preocupó mucho porque los niños se ponían blancos de miedo y entonces regué mucho agua bendita y le pedí a Dios que ya no se apareciera esa mujer. Con todo eso que hice, la visión ya no volvió más.
También recuerdo que otra nieta –ella vive en la calle Álvaro Obregón en esta misma colonia Benito Juárez- me platicaba que en su casa veía a una mujer extraña vestida de negro; igualmente otros vecinos me comentaron que también habían visto a esa mujer, pero yo nunca, gracias a Dios, las he mirado… ¡Ni siquiera que se me aparecieran alguna vez!
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. MARÍA EUGENIA MEDINA DE GARCÍA (67 AÑOS), INFORMANTE
Voces extrañas
En otra ocasión, como mis hijos se iban temprano a la escuela yo me levantaba antes para hacerles el desayuno, entonces aquí por la escalera oí que me dijeron: “¡Ay Dios mío!”… y no era nadie, porque me regresé y busqué pero no había nada. También me acuerdo que cuando mi nieta estaba chiquita una vez le dije a mi hija:
_Mete la bacinica por si la niña quiere orinar en la noche.
_Pues si ella quiere, yo me levanto.
Nos acostamos y en la noche la niña se despertó y toda apurada dijo:
¡Quiero hacer pipí!
Ándale hija, ve por la bacinica –Le dije.
Y vino y ya… no me dijo nada, aunque sí la noté un poco nerviosa. Al otro día, durante el desayuno, me platicó:
_¡Ay! Mamá ¿Qué cree?
_¿Qué cosa?
_¡Ay! Fíjese que en el baño oí una voz que me dijo:
“¡Ayyy! Tú que puedes ¡Sálvame!”
Y entonces –dice- que agarró la bacinica, llegó, la puso y se metió debajo de las cobijas toda espantada. Y pues de que espantan aquí en la casa, síi, porque otras personas me platicaron que antes todos los terrenos pertenecían a un cuartel localizado ahí por la escuela primaria Benito Juárez y que seguramente hay algún dinero enterrado por estos rumbos.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. MARÍA EUGENIA MEDINA DE GARCÍA (67 AÑOS), INFORMANTE
El caballo negro
Hace muchos años todas estas calles de la colonia Benito Juárez norte estaban muy feas, muy sombrosas; precisamente cerca de unos árboles, en la esquina de Fidel González y Lucio García Ochoa, dicen que se aparece un caballo negro. Un día vino una muchachita, una vecina llamada Cristina, y me dijo:
¿Le da permiso a su hija Rosita para que me acompañe a comprar empanadas?
Pero esa muchacha aprovechó la oportunidad para irse a echar novio ahí por los árboles, entonces mi hija le dijo:
“¡Ya vámonos porque mi mamá nos está esperando desde hace rato!”, pero en ese momento dice que vieron un caballo –ese caballo negro- ahí en ese lugar, “ha de ser el caballo de don Ismael” –pensaron -, don Ismael era un señor que vivía por ese rumbo y tenía un caballo mañoso que mordía a la gente, entonces se agacharon a recoger una piedra para tirarle pero el caballo desapareció y no lo volvieron a ver.
A uno de mis sobrinos también lo espantó el mismo caballo cuando fue a visitar a su novia quien vivía por ese rumbo, antes de llegar al mural que está en la calle Ignacio de la Llave.
Clarita, una vecina, me platicó un día que salió temprano de su casa y venía caminando cuando de repente vio cómo se levantó un remolino y cómo se fue por un callejón que había en ese tiempo entre su casa y la de nosotros; al bajar la calle Lino Sayago pudo ver más de cerca y descubrió asombrada que ese remolino era como un… un caballo negro, muy negro.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. MARÍA EUGENIA MEDINA DE GARCÍA (67 AÑOS), INFORMANTE
Don Camilo y su borrega
En aquel tiempo estos lugares estaban muy “pesados” y seguido se oía que espantaban a alguien. Eligio, el hijo de Chepa, una vecina, también veía de aquel lado, en lo que antes era una barranca –hoy colonia Benito Juárez -, a un compadre mío que ya había muerto; ese compadre tenía una borrega y acostumbraba pastorearla donde estaba la ciénega, se sentaba cerca de un árbol a cuidar a su borrega. Eligio, ya después de que se murió el señor, lo veía y como estaba chiquillo le decía a su mamá:
_Oyes mamá, ahí esta don Camilo cuidando la borrega.
_¿Cómo va a estar? ¡Si ya se murió!
_Ahí está, cuidando la borrega… junto al árbol.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. MARÍA EUGENIA MEDINA DE GARCÍA (67 AÑOS), INFORMANTE
Espíritus errantes
Hay espíritus que sí son muy malos, a mí me pasó algo muy extraño allá en un rancho cerca de Córdoba a donde mi marido había ido a construir una carretera que por cierto no se hizo quien sabe por qué problemas. Un día mientras estaba sembrando unas azalias entró un niño y me dijo:
_Le habla a usted Irene. Irene era la hija del presidente municipal que nos recibió cuando llegamos al lugar.
_Si, ahorita voy.
Nomás acabé de sembrar las plantas y me dije: “voy a ver qué quiere”. Tenía en esos entonces dos niñas, a una la dejé en la cuna y la otra me la llevé de la mano, pensé: “ahorita voy de regreso”. Al llegar allá, en lugar de preguntar a Irene ¿Qué quieres?, le dije:
_¡Mira estos dos dedos cómo se me doblaron!
_¡Han de ser calambres! –Me contestó.
_¡No, porque me duelen!
Entonces me acuerdo que había un montón de leña recién traída del campo y con uno de los leños ella me comenzó a tallar los dedos de la mano; de pronto yo sentí algo que se me subió y en lo que iba perdiendo el conocimiento me dije: “¡Ya me morí…!, cuando estaba a punto de desmayarme creí ver a mi esposo con una niña en brazos y la otra niña parada junto a ellos y ya no supe de mí. Cuando volví en mí, me sentía muy mal, estaba nerviosa y con mucho miedo, yo sentía que me llevaban… dejé de comer, me puse muy grave. Los vecinos le avisaron a mi marido y fue a traerme para irnos a Xalapa; cuando él llegó me dijo:
_Y ‘ora ¿Qué tienes?
_Pues no sé.
Yo no podía comer y aunque estaba rodeada de gente yo tenía la sensación de que me llevaban.
Cuando llegamos a Xalapa me llevaron a consulta con el doctor Mario de la Garza, quien tenía su consultorio en la farmacia Los Sauces; me recetó mucha medicina, me la tomé y aunque se me quitaron algunos malestares yo seguía sintiendo lo mismo; así que me llevaron al templo conocido como Estrella del Oriente, aquí en esta colonia Benito Juárez, ahí me curaron y me dijeron que hace años allá en ese rancho donde estuve se habían matado a balazos unos hombres y que sus espíritus se habían apoderado de mí y querían llevarme para salvar sus almas… ¡Ay Dios mío! ¡Qué cosa tan horrible!, me da miedo cuando me recuerdo. Por eso sí en los espíritus.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
LETICIA LÓPEZ CANO (16 AÑOS), INFORMANTE
Retrato de mi madre
Su nombre completo es María Hernández Mora, pero la mayoría de las personas que la conoces solamente le dicen Mari o doña Mari; es originaria de la ciudad de Puebla, su papá se llama Julián Campos y su mamá, Aurelia. Desde muy chica, solita –según me dijo- comenzó a trabajar en el mercado de la Rotonda; tuvo ocho hijos pero se le murieron cinco (algunos de sarampión), le quedaron tres: Pablo, Antonia y Yo, Leticia; a Pablo, desde pequeño, se lo quitaron a la fuerza con el pretexto de que lo estaba ahorcando y una enfermera lo vendió a unas personas de Monterrey… ahorita tuviera veinticinco años… no hemos sabido nada de él.
Mi hermana, mayor que yo, está en Puebla, se casó a los dieciocho años y desde entonces trabaja con su esposo, pero ni se preocupa por nuestra madre ni la visita. Antes, de chica, cuando vivíamos con mi papá, mi hermana maltrataba muy feo a mi mamá; a veces mi hermana llegaba tomada y de a tiro le decía de cosas, yo quería defender a mi mamá pero no podía… otras veces ella llegaba de mal humor y le daba por golpear a mi mamá o por romper los platos; también le decía bien feo a mi papá y le quitaba el dinero; yo nomás veía y me callaba, pensando: “¡Esto no se me va a olvidar!” Mi hermana se avergonzaba de nuestra mamá, no la quería, únicamente la visitaba cuando mi prima la obligaba a venir, estaba un rato y luego se iba, incluso decía que sus papás estaban en el otro lado.
Yo viví seis años con mis abuelitos, mis tías me llevaron a los nueve años –a la fuerza -, pero después regresé con mi mamá porque mis tías me mandaban a vender comida y se agarraban todo el dinero, por eso un día les dije: “¡Mejor me voy a vivir con mi mamá, voy a trabajar y entre los dos nos mantendremos!” Así hemos estado viviendo durante estos años en la colonia Revolución. Algunas personas nos han ayudado, sobre todo después de fallecer mi papá, cuando sacaron a mi mamá del terreno donde vivíamos, ese lugar –según dicen- pertenecía a otros parientes. Ahora rentamos un cuarto, pero lo que ganamos es poco para cubrir los gastos.
Mi mamá siempre se la ha pasado trabajando en las casas, a veces le dan de comer; pero no le pagan bien, la hacen tonta, le pagan cinco pesos por todo el trabajo que hace y cuando le preguntan:
_¿Cuánto cobra?
_¡Cinco…! –Les dice.
Otras veces contesta que diez pesos ¡Pero nada más le dan cinco pesos! Antes me llevaba a su trabajo, en casa de una señora llamada Susana; ahí veía que lavaba un montón de ropa, un montón y después le pagaba cinco pesos o si no ni siquiera le pagaba. Casi toda la vida ha estado trabajando por cinco pesos… porque nada más eso le dan; en ocasiones lo que gana no le alcanza ni para pagar la luz o el agua. A pesar de todo, yo trato de ayudarla porque me doy cuenta que hay hijos que no cuidan a sus padres, no los valoran –sobre todo cuando ya están viejitos-, les alzan la voz, los maltratan; no sé por qué no piensan mejor las cosas antes de contestarles de forma grosera, duele mucho perder a un padre o a una madre…
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. JOSÉ CONSTANCIO LÓPEZ MONTIEL (90 AÑOS), INFORMANTE
En la época de Tejeda
En mil novecientos treinta –tantito antes- comenzó a armarse la bronca cuando don Adalberto Tejeda se hallaba en la gubernatura. Lo que hacía de bueno el señor Adalberto era esto: iba usted a quejarse con él de que yo, por ejemplo, le había hecho algún perjuicio y entonces él decía:
_¡Cómprese tres centavos de casquillo, cinco de pólvora y cinco de plomo!
Esos consejos daba. Además causó gran revuelo cuándo mando quemar las iglesias; ese relajo duró varios años y ‘taba la cosa bien dura, no podía usted salir como quiera porque… no sabía si regresaría. A veces nos cargábamos unos cadáveres ya de días, en descomposición y ¡Ni modo!, teníamos que traerlos; ahí estaba la policía –tenía que estar cerca- para que los demás le entráramos al trabajo.
No recuerdo muy bien cuánto duró todo eso porque cuando salí de Jacales, un ranchito donde viví durante nueve años, ya se había terminado la bulla. Y cierto día, en la conversación con unos amigos intervino un muchacho y nos dijo:
_Pues les platicó que va a venir Parras otra vez.
_¡Si viene el señor Parras que traiga su petate, su hilo y su aguja, porque ‘ora vamos nosotros! –Contesté.
_¿Qué tanto te comió?
_Como él había sido pistolero del señor Parras, era apasionado ¿Noo?, pero le respondí:
_A mí no me comió nada, pero pon tu mano en el pecho y juzga ¿Cuántas pobres mujeres dejó viudas, cargadas de hijos y con la necesidad de trabajar para mantenerlos?, a mí no me da dolor de lo demás, me da dolor por las inocentes criaturas que se quedaron a sufrir ¿No es así?
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. JOSÉ CONSTANCIO LÓPEZ MONTIEL (90 AÑOS), INFORMANTE
Un caballero misterioso
Ese día –recuerdo- regresaba con Enrique y Marcelino de una reunión en la casa de don Pedro, llegamos hasta una cerca, ya casi para llegar a Jacales, donde yo vivía y me dijeron:
_¡Aquí te dejamos!
_¡’Ta bien!
Había unos atascaderos ¡Oiga!, fango se hacía ahí, en una recta para llegar a la cerca del rancho y la luna como de día, clarita, clarita. Continúe solo, pero tengo la costumbre de que cuando ando en camino o en algún otro lugar, mi moruna* siempre la persino con la santísima trinidad y le pongo una cruz al pie del puño, pintada con una piedra del mismo camino. Y ahí iba con mi moruna en la mano, llegué a esa recta y comencé a ver un claro, abajo, algo que blanqueaba, agarré y di el paso pa’ salir a la sabana, pa’ dejar el lodacero, y era una poza de agua… entonces me fui trastabillando, no caí, sino que clave la moruna y ahí me detuve… cuando de repente mire a un hombre… no golpeó la puerta ni más nada… pantalón negro, camisa blanca, sombrero de lana negro, un caballero…
Yo pensé: si es hombre tiene que hablarme; brinqué hacia la sabana, lo voy a encontrar –me dije- en la media piedra, una peñota que días antes había echado a la cuneta. Caminé algunos pasos para encontrarlo y… se fue el señor, ya no lo pude ver; todavía agarre hacia el otro lado, caminé hasta la vereda de abajo, cerca de un arroyito donde los trabajadores daban agua a los bueyes de la yunta, pensando: ¿No sería alguien que me quiso malorear?* ¡Yo voy a ver!… pero nada.
*moruna: machete
*malorear: vacilar o hacer daño (según informante).
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. JOSÉ CONSTANCIO LÓPEZ MONTIEL (90 AÑOS), INFORMANTE
La charchillita y el tlaco
En el mandato de Carranza tuvimos la suerte de que doblaba dinero en puro oro; lo iban a vender cada ocho días y había que llevar “feria”** para dar vuelto de las monedas de oro que le daban a uno. Yo llevaba unos papelitos a cambiar, papeles por oro; en ese tiempo andaba vendiendo pan con un compadre, le ayudaba a repartirlo allá por un lugar llamado la Barranca –no sé cómo se nombra ahora -; y me decía los de Monteverde, Chivería: “¡Tráete feria para darle la charchillita!”, una “charchillita” era una monedita de dos cincuenta de puro oro de veintidós quilates, nada de porquerías como hoy.
Desde Carranza para acá no ha habido gobierno que role el oro; en aquellos años circulaban billetes, unas fajas grandes, de cinco pesos y había oro, plata y cobre; allá por el año de mil novecientos quince se usaban unas monedas de dos, de cinco, de diez y de veinte centavos de cobre.
Precisamente en la época de Carranza llegó a vivir a la población de Alto Lucero un español, que no recuerdo cómo se llamaba, pero el caso es que ya estando en este lugar empezó a hacer “tlaco” falso, una monedita así, chiquita que puso a circular el español no pasó de ahí de la zona, cayó el dinero de Carranza, el billete, y cayó también el tlaco falso ¡Pues claro!, si el de Carranza que venía titulado no siguió circulando, menos aquél que no tenía ningún valor. Por allá por los campos dicen que iban a guardar costales de billetes de dicen que iban a guardar costales de billetes de dinero de Carranza; yo iba a enterrar por esos lugares ratones, tlacuaches o toches* y por ahí andaba la gente alrededor del billete, escarbando, pero ¿Ya para qué?, si no circulaba.
**feria: dinero menudo, cambio.
*toche: armadillo.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. JOSÉ CONSTANCIO LÓPEZ MONTIEL (90 AÑOS), INFORMANTE
El fraile
A mi papá seguido lo perseguía el fraile. En una ocasión él trabajaba como encargado de las fincas de un señor llamado Antonio Salas; la casa del patrón era grande, pero estaba rodeada de fincas y sólo había una vereda que salía al Camino Real; casi al final de la vereda estaba un guayabo grueso y de tronco inclinado, casi acostado, y por ahí pasaba todos los días don Antonio para regresar a su casa.
Un día, casi al oscurecer, mi papá vio a un hombre recostado ahí en el guayabo, un hombre de esos anticuados, de calzón blanco y huaraches; todavía mi padre fue y encendió un cerillo de dos cabezas para ver quién era, él pensaba que se trataba del patrón o alguien que lo hubiera querido malorear, y de repente nomás le hizo ¡Fuuuu!, le apagó el cerillo u sintió la mano media fría…
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. JOSÉ CONSTANCIO LÓPEZ MONTIEL (90 AÑOS), INFORMANTE
El mataney: la guardia blanca
En mil novecientos treinta trabajaba la policía, me tocó toda la buila el resto de mi periodo de servicio, el “mataney”, es decir, la guardia blanca. Vi cuando mataron a un muchacho, como de aquí de la puerta de mi casa a la calle, a unos metros. Entonces los de la guardia blanca estaban en un baile, ahí se encontraba mi suegro –él ya era grande- y también se hallaba la policía; en eso llegó un señor, estaba otro muchacho caminando para pagar su boleto y entró a la taquilla, entró también el otro individuo y lo sacaron… ¡Punch!, ya lo tráiban, y al salir a la calle le dijo:
_¡Oiga amigo! ¿Porqué me empuja?, yo vengo a pagar mi boleto, no voy a entrar de gorra.
Había unos tipos ahí junto, pistoleros, uno de ellos le dijo:
_¡¿Quée?! ¡¿No le pareció?!
_¡Pero no!, digo, póngase la mano en el pecho y juzgue su causa, si yo se lo hubiera hecho a usted ¡¿Le parecería?!
_Contestó el muchacho
_Pues si le pareció ¡Bueno! ¡Y si noo! ¡Pues jálese!
_¡Nos jalamos!
Se armó la bronca y Antonio y Diego lo madrearon, no murió el muchacho, salió herido. Me fui a ver al comandante, pero nuestros comandantes nomás voltean los perros –mala la comparación- ya que le hablo:
_¿Qué pasó? –Me preguntó
_Pues esto…
_¡Ah caramba!, háblale al agente municipal para que vaya a levantar el acta.
Fui a ver al agente municipal… no quería abrir… entonces dije:
_¡Soy fulano, don Laureano! –Así se nombraba -, se levantó, entreabrió la puerta y nomás me dio la cara; ya platicamos, me preguntó qué había ocurrido y le conté:
_Le pegaron a Graciano Morales.
_¡Ah caramba! ¿Y quién le pegó?
_Le pegó Toño Rivero. Y ‘ora para levantar el acta, si ponemos a él, totalmente que él fue, viviremos hoy pero después ¡Quién sabe!
_Pues levanta el acta como puedas –me respondió, malhumorado.
Amaneció, nos fuimos con los otros policías a levantar el acta y no hicimos mayor caso, pues total… ya subimos al herido al auto y lo llevamos al hospital ¡Pobre muchacho!, al otro día, temprano… murió, estaba mal pega’o… ¡El pobre!.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. JOSÉ CONSTANCIO LÓPEZ MONTIEL (90 AÑOS), INFORMANTE
El perro golondrino*
Cierto día fui a trabajar con mi amigo Pedro a un lugar nombrado la Cuesta de Topiltepec, ahí tenía un terreno así, encima de un barranquito, él fue a surcar y yo a sembrar, en lo puro seco; bueno, sembré y ya nos venimos, llegamos a su casa y me dijo:
_¡Pase usted a cenar!
_No, ya me voy a mi casa porque se me va a hacer de noche.
_¡Está cerquita, todavía es temprano!
_Sí, es temprano pero llegamos tarde de allá del trabajo, no, yo me voy.
_¿No va usted a cenar?
Me quedé a cenar. Después agarre camino hacia mi casa, era el merito día de San Antonio, por cierto a prima noche, no fue ni a media noche, a más tardar serían las ocho. Caminé por una bajada hasta llegar a una desviación: una de las veredas, a mano derecha, iba a dar a una laguna y la otra, a mano izquierda, era el camino de todos nosotros, y en medio del cruce estaba un árbol, un encino muy frondoso; cuando de momento oí que rascaban… ¿Pájaros? ¡Ahorita no!, y como estaba cerca de ese lugar se oía sonar la hojarasca, ahí sí sentí que se me arrugó acá, la espalda, y sentí los cachetes como barro.
“¡Eso es aquí –dije- ‘onde mataron a don Honorio García!”, cerca de donde estaba una puerta, en fin, continúe caminando por una subida, iba yo tranquilo, silbando, todavía era temprano, como las ocho y media; caminé y casi llegando al cercado que estaba arriba –propiedad de un muchacho llamado José Aguilar -, oí algo detrás de mí, volteé y vi un perrote, pero de buen tamaño, golondrino; me le quedé mirando, todavía le chifle y me mostró la trompota, el chipo negro, la cola erizada, era un perro extraño…
Este perro –me imaginé- es de Andrés, lo voy a matar y lo voy a tirar al crestón… ¡Al fin ‘orita quién me ve!, lo seguí y no le pude llegar nunca, porque no me hacía caso, estaba yo con mi moruna lista y no pude atinarle uno… pasando la puerta al llegar ahí… ¿Pon dónde se fue?
*golondrino: de color azul oscuro, similar al color de las golondrinas (según informante).
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. JOSÉ CONSTANCIO LÓPEZ MONTIEL (90 AÑOS), INFORMANTE
La justicia con cola
Unas hojas que tengo por ahí guardadas hablan del pistolerismo, de los asesinos, de los dineros que hubo en mi pueblo que también era pesadito. Ahí se mencionaban varios nombres, la mayoría eran pistoleros de un general y fíjense lo que sucedía: para limpiar un trapo sucio hay que agarrar uno limpio ¿No?, porque si ocupáramos otro sucio ¡¿Cuándo?! Un día don Manuel le vinieron a dar la queja de un señor que robaba y mandó a la escolta_
_¡Me lo traen!
Ahí va la escolta, lo hallaron y lo presentaron:
__¡Aquí está, señor!
Entonces, le dijo:
_¡Ya estoy cansado de ti, tantas quejas de que andas en el robo!
_¡Ay, don Manuel!, y no se acuerda cuando andábamos robando juntos…
Me platicó mi compadre, quien en ese tiempo trabajaba con don Manuel, que ya nomás don Manuel se hizo el disimulado… y le hizo señas de que se callara; lo metió al otro cuarto, no le hizo nada ¡Habían sido compañeros de robo! Desde luego, para poder juzgar a una persona necesita uno ser neutral, si no hay eso entonces no hay nada ¿Cómo limpiar –como acabo de decir- un trapo sucio con otro sucio?, no se puede.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. JOSÉ CONSTANCIO LÓPEZ MONTIEL (90 AÑOS), INFORMANTE
Camino del Tizar
Hay una décima que no se si estará completa porque mi mente ya no recuerda, es acerca de lo que ocurrió a un señor –éste fue un caso verídico -: en ese tiempo había un General Moral, se llamaba Mauricio Mora, y tenía su destacamento en Alto del Tizar; cierto día a un señor le acumularon un robo, ‘taba tomado y le fueron a poner una maleta de ropa, ahí donde dormía ¡Claro!, se lo achacaron a él y lo agarraron preso, lo llevaron pa’l Tizar con el General –quien tenía fama de asesino, era malo -. Los soldados que resguardaban al señor le decían:
_¡Anda, vete!, te damos libre pa’ que te vayas, vamos a tirarte pero no a pegar, tú te vas.
_¡No!, ropa limpia no necesita jabón.
Claro, no debía nada, no obedeció ni aprovechó la oportunidad… se lo trajeron pa’l Alto, así, a pata, por el camino a la Providencia, un rancho que estaba abajo, cerca de Alto Lucero. Al llegar a un corral, ahí le formaron cuadro y todavía les dijo:
_Les voy a decir una décima por última voluntad:
Voy a morir inocente,
a sufrir crueles balazos,
me va a cortar los pazos
sin hallarme delincuente;
yo contigo he sido gente
y ahora vendado me veo;
gocen de nuevos deseos,
ustedes con amplitudes,
de ese cuerpo sin gratitudes
mi corazón es el reo.
Dos padres van auxiliando
este triste corazón
y atrás viene un batallón
de fusileros marchando,
que me vienen resguardando
en este trance tan fuerte,
dándome tú la muerte
para cobrarte el perjuicio.
Pero no sé si está o estará completa porque ¡Ya hace tanto tiempo…!
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. JOSÉ CONSTANCIO LÓPEZ MONTIEL (90 AÑOS), INFORMANTE
El fraile y don Cayetano
Allá por el Barranquito, cierto día, le dio el dinero un fraile a don Cayetano Aguilar; el señor era de esos tan así, muy extendidos, vamos, de esos que dicen picardías. Lo llevó, le entregó y le dijo:
_¡Mira!, aquí está esto, guardado, esto es tuyo.
_¡Y qué! ¿Tengo que venir a escarbar?
_¡Pues preciso!
_¡Pu’s yo no soy tan quién sabe qué pa’ venir a escarbar! ¡Si me lo quieres dar, llévamelo a mi casa! ¡Si quieres, si no, ahí déjalo! –Contestó don Cayetano.
Bueno, se quedaron así, en esos fines, él se fue pa’l rancho y el fraile pa’ su lugar… ¡Sabrá Dios dónde! En la noche ahí estaba el dinero, se lo fue a entregar en un chacuaco de trapiche, donde salía humo, estaba ya en ruinas, abandonado, ahí le fue a ofrecer el dinero. En ese chacuaco nació una higuera y bien que cobijó la boca del chacuaco, la tapó bien con sus raíces, se fue y se fue, llegaron a tierra las raíces y empezaron a sepultarse y lo tapó todo. Apeas hace algunos años lo sacó un señor, Melitón Castillo, pero ya se murió –de seguro olió los gases -. Rompió la higuera, trozó las raíces, rompió el chacuaco y ahí estaba el dinero, pero fue su retirada… seguramente su familia aprovechó el dinero.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. JOSÉ CONSTANCIO LÓPEZ MONTIEL (90 AÑOS), INFORMANTE
Un versero singular
En cierta ocasión fui a la Laguna y había un velorio, acudieron muchas personas y también llegaron tres muchachas, hijas de Carlos; uno de aquí de la Esperanza:
_¡Oiga usted! ¡Oiga usted! ¡Díganos unos versitos! –Dijeron las muchachas.
_¡Oigan! ¿Quién les dijo que yo soy poeta?, pero en fin, a ver si les conviene.
Desde que te vi venir
comenzaron mis pasiones,
amarte te prometí
con todas mis ilusiones,
pero el amor que te di
fue pagado con traiciones.
Les pregunté si les había gustado y me dijeron que sí, que les dijera otro y ya que se los hago:
Si tú me llegas a amar
contigo he de ser casado,
¡Mucho gusto me ha de dar
cuando llegue a tu lado
para llevarte a pasear
a orillas del mar salado!
“¡Otro, otro, otro!”, me pidieron, se fueron en vicio, bueno –en ese momento estaba yo en juicio, ‘ora ya estoy atanranta’o- y pues les compuse otro:
¡Eres prenda sin igual
hermosura encantadora,
eres corona imperial,
eres reluciente aurora,
y eres conchita del mar
nacida en el sol fulgora!
La mayor de ellas me preguntó: “por fin ¿Cómo se nombra usted?”, me quedé cavilando y le respondí:
El nombre de este lugar
que lo sueñe donde estoy,
pero me voy a informar
para saber donde voy,
mi nombre te voy a dar
para que sepas quién soy.
Voy a hablártelo a distancia
porque soy muy definido,
si me llamara Venancio
tuviera mejor sonido,
pero soy José Constantino
y López es mi apellido.
_¡Sí sabe usted! –Me dijo la muchacha.
_Pues ahí chancualeando, *pero… en fin.
Y así me tuvieron y todavía les recité otros versos:
¡Yo quisiera ser tu dueño
desde que te conocí,
si estoy dormido te sueño,
si despierto pienso en ti,
porque estoy con el empeño
de que has de ser para mí!
He estudiado con frecuencia
para ser hombre de acento,
basado en mi inteligencia
y para vivir contento,
deseé de Platón la ciencia
y de otros, el gran talento.
*chancualeado: un poco, ligera o escasamente (según informante)
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. POLA MALDONADO BALDERAS (55 AÑOS), INFORMANTE
Don Rutilio Maldonado Murillo
Hace muchos años los lagos solamente eran un estanque donde podían verse muchos patos, algunos nadando y otros en la orilla; yo disfrutaba siempre el contemplar ese paisaje, la vegetación, los pájaros, los patos y el agua. Como en otras ocasiones ese día le pedí a mi papá: “¡Llévame al parque, llévame al parque!”, y él me contestó: “¡’ora, arréglate, no estés chingando!” “¡Ah jijos!” –me dije -, pero él así era, ya estaba acostumbrada a su modo de hablar.
Salimos de la casa y llegamos pronto al parquecito de los Lagos “¡Voy al estanque a ver si hay patos nuevos!” –Le dije -; me acerqué al lago y apenas habían transcurrido algunos minutos cuando de repente oí que alguien lloraba, cuando volteé me di cuenta que era mi papá, estaba sentado, pensé que se había sentido mal y fui a verlo:
_¿Qué tienes? ¿Por qué lloras?
_Nada, mi negra, son cosas de la vida…
_¿Por qué lo dices?
_Mira, en ese mugroso estanque que vienes a mirar con tanta añoranza, ahí venía a empinarse tu padre para bajarse las frutas podridas con un poco de agua.
_¡Ay papacito!, si yo hubiera sabido, mejor no te pido que me trajeras.
_No mi negra, así es la vida.
Después, con más calma, me platicó que en esa época él comía frutas podridas porque no tenía ningún familiar, nadie, ni amigos ni conocidos:
_Fíjate que a la hora de comer todos los trabajadores iban a sus casas o llegaban las esposas, las hermanas o algún otro familiar, pero yo… ni quién. Cuando llegaba la hora de la comida, subía toda la calle de la Amargura, o sea la calle Revolución, para ir al mesón –enfrente de donde está el mercado Jaúregui -, porque ahí llegaban todos los arrieros con sus bestias cargadas de frutas y en ese lugar descargaban, escogían la fruta buena y tiraban la maltratada o la podrida; cuando se iban, entonces me ponía a escoger algunas frutas que pudiera comer para saciar mi hambre. Así estuve durante algún tiempo hasta que gané lo necesario para comer en alguna fondita.
Siempre hemos vivido en esta casa, en la calle Honduras de la colonia Reforma, mi abuelita compró esta propiedad antes de que mi mamá se casara y más tarde mi papá se volvió como un hijo para ella y él –como no conocía a nadie- en la suegra encontró el apoyo de una madre. Él no volvió jamás a su tierra, se dedicó por completo a su familia, eran nueve bocas que alimentar y pues ni siquiera pensaba en viajar; trabajaba todos los días –domingos y días festivos se los pagaban mejor -, trabajó en ferrocarriles desde mil novecientos veintidós hasta el sesenta y uno.
Con el paso de los años se le fue cargando en el ánimo la ausencia de sus familiares, de su mamá. Su mamá había enviudado, se quedó al amparo de los suegros pero tiempo después volvió a casarse y el padrastro maltrataba mucho a los entenados; un día le estaba pegando muy feo a un hermano menor: “y agarré –dice- y le quité la honda y con cada hondazo que le metía lo tiraba al suelo”, entonces la mamá se puso de parte del padrastro y él le contesto:
_¿Quiere usted tener marido? ¡Entonces ya no va a tener hijo!
_¡Ay, hijo! –Exclamó ella- ¿A dónde vas a ir…?
Quién iba a decir que ya no lo volvió a ver. En ese tiempo empezaban los primeros brotes de la revolución y me contaba: “al verme ya sin nadie y ya lejos de mi casa pues decidí enrolarme en el ejército”, ahí creció, se crió como militar, anduvo durante toda la revolución, combatió como soldado de Pancho Villa y varias veces se escapó de ser fusilado. Estuvo en distintos lugares hasta que vino a dar a Xalapa. Después de sesenta y cinco años, ya cuando estaba muy acabado, tanto así se le cargó la nostalgia por su familia que a veces nada más de repente daba un salto de la cama, llorando y le decíamos:
_¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?
_¡Clarito oí los gritos de mi mamá a través de la pared!
Entonces, mi hermano más chico le dijo: “papá, sácame un pase para ir a buscar a tu familia”, y mi padre, un poco renuente, le respondió: “¿Pero que cosa vas a encontrar…?” El caso es que obtuvo el pase –los ferrocarrileros con ese pase podían recorrer toda la república- y se fue mi hermano. En ocasiones ocurren cosas muy curiosas, como de novela, pero ocurren en la vida real: “yo me fui –me contó mi hermano- hasta Ciudad Juárez, pensando que al regresar pasaría por Durango a buscar a mi gente”, pero un señor, un anciano que iba sentado a su lado le empezó a armar plática:
_¿Para dónde vas?
_Pues ando buscando a la familia de mi papá.
_¿Y quiénes son? ¿Dónde viven?
Y pues resulta que ese anciano era un pariente político y entonces le comentó:
_Si quieres yo te llevo, el hermano mayor de ellos es mi cuñado.
Mi hermano sintió cierta desconfianza de aquel señor: “a lo mejor tiene otras intenciones o me está vacilando”, pero de todos modos fue con él; llegaron a una casa y… sí, eran ellos… después de sesenta y cinco años. Luego luego el señor lo presentó con el hermano mayor: “¡Oye, aquí te traigo a un hijo de Rutilio!”; todos se pusieron muy contentos porque ya lo daban por muerto durante la revolución, mi tío estaba sorprendido, no podía creer que mi papá viviera. Mi hermano le explicó que vivíamos en Xalapa y el viejito, mi tío, ya no esperó más e iniciaron el viaje de regreso: “¡Vamos, llévame, llévame!” Esa noche nadie durmió, fueron puras lagrimas, preguntando por la suerte de los demás familiares. Así fue como mi papá reencontró a su familia, aunque ya casi antes de morir porque al poco tiempo falleció mi tío y luego, mi papá. Hasta entonces conocía la ascendencia de mi padre.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. POLA MALDONADO BALDERAS (55 AÑOS), INFORMANTE
Educación en el hogar
A pesar de su ignorancia mi papá trataba de educarnos sabiamente, incluso a veces parecía un filósofo. Un día, recuerdo, al vernos discutir y pelear juntó unas varas, las agarró y cuando estábamos en la mesa a cada uno de nosotros le dio una varita y le dijo: “¡Quiébrenla!”, y pues cada uno la rompió con facilidad; después tomó otras siete varas juntas y las fue pasando, ya las tenía uno, ya el otro y al final nadie las pudo romper, entonces llorando nos dijo: “¡Ya ven, mis hijos, así como estas varas así son ustedes, siempre que anden unidos nadie los vencerás, pero si uno jala por un lado y otro por cualquier rumbo, entonces cualquiera los derrotará!”
Para todo tenía su modo de corregirnos. En otra ocasión una amigo vino a visitar a mi hermano y le dijo: “Yo pienso irme para el otro lado a trabajar y quisiera que estuvieras pendiente de mi mujer y mis hijos”; cuando mi hermano le plático a mi papá, éste le advirtió:
_Mira, no te lo aconsejo, prometer es muy fácil pero cumplir ya no, no me gusta que se echen responsabilidades que no van a poder cumplir; fíjense lo que me sucedió en el ejército: un amigo, un teniente coronel, me pidió que si él caía primero en el campo de batalla yo me hiciera cargo de él y si yo caía, entonces él me ayudaría; acordamos el trato con un apretón de manos. En el primer enfrentamiento militar cayó mi amigo y en lugar de huir, en lugar de ponerme a salvo, tuve que ir a levantarlo, las balas me llovían y así como estaba él, sangrando, lo eché a nancas en mi caballo y salí a la escapada… esa noche en un rincón de la serranía estuve haciendo la fosa para enterrarlo. No, no es bueno aceptar responsabilidades difíciles de cumplir… es duro.
Un día, precisamente cuando dejé el hospital –porque un tiempo fui enfermera- me dijo:
_¡Oye, mi negra! ¿Estás triste?, mira, mi negra, no seas tonta, en la vida no es bueno acobardarse ni echarse, el que se echa está perdido, en la vida cuantas cosas te suceden si ya caíste ¡Párate al momento!, debes tardar más en caer que en levantarte; mira mi negra, la vida es una rueda que está girando cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día, cada semana, cada mes, cada año; si te caes y no te paras, no creas que esa rueda va a detener su marcha, el mundo sigue su curso y si no te paras, te aplasta. Cuando te caigas, párate con más energía y reanuda la marcha, nunca te quedes tirada.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. POLA MALDONADO BALDERAS (55 AÑOS), INFORMANTE
Enseres de cocina
En ese tiempo, por la década del cincuenta, ya existían licuadoras pero mi papá era enemigo de los aparatos eléctricos; a veces le pedíamos a mi cuñada: “Muele esto para hacer la comida más rápido!”, entonces mi papá probaba aquella sopa, el chilatole o la comida que fuera y nos decía: “¿Tienen muchas ocupaciones?, porque esta comida la guisaron con el jitomate molido en la porquería ésa”, yo no sé como conocía; en las salsas luego, luego, distinguía el sabor que agarraba en el molcajete y el sabor en la licuadora: “¡Esa porquería de aparato no sirve porque le quita todo el sabor a los alimentos!” En aquella época, recuerdo, cuando se casaba una mujer lo primero que le regalaban era un metate y un molcajete.
Yo todavía cocine en el brasero de carbón de mi abuelita; ya después mi mamá empezó a usar la estufa de petróleo –el querosén- costaba veinticinco centavos por litro y de ahí fue aumentando su precio hasta volverse muy caro; actualmente gastó en petróleo más de lo que gastaría al comprar un tanque de gas, pues el petróleo está a tres cincuenta el litro y yo utilizó casi tres litros diarios; además, ahuma todo.
Hace muchos años mi mamá usaba una estufa para quemar leña o carbón, esa estufa era de puro fierro y tenía un horno, un asador y una parrilla enfrente que mi mamá ocupaba para secar ropa cuando llovía mucho; después, se compró una estufa de gas y la leña sirvió de molendero. Esas estufas antiguas eran muy fuertes, no como las actuales que además de ser costosas son muy frágiles.
Antes el peltre de los trastes era más grueso y resistía mejor, también se acostumbraban las cazuelas de barro porque eran los trastes más baratos que ocupaba la mayoría de la gente; incluso, ahí rumbo al Castillo, en los alrededores de Xalapa, había personas que se dedicaban a fabricar loza de barro de buena calidad en unos hornos rudimentarios. La comida tenía otro sabor al guisarse en el barro, diferente al sabor de los alimentos preparados en trastes de aluminio o peltre. Lo que nunca aprendí fue a usar bien el metate, yo veía que mi mamá pera hacer la comida en alguna fiesta agarraba su metate, se hincaba y molía todo en un dos por tres; yo quería hacer los mismo y nada más se escurría hacia atrás. Ese metate era de una piedra bien maciza y ha de tener más de cuarenta y siete años; algunas personas me lo quieren comprar pero no lo vendo porque para mí tiene un valor moral y sentimental: en el molía mi mamá las cosas de la comida para todos nosotros.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. POLA MALDONADO BALDERAS (55 AÑOS), INFORMANTE
La ofrenda de la abuela
En esos días de Todos santos nos reuníamos en casa de mi abuela todos los hijos, los nietos y las amistades de la familia. Esa tradición se celebraba a manera de intercambio: mi abuelita y los vecinos compartían el pan, los dulces, la calabaza y toda la comida que –según ella- les gustaba a los difuntitos. A las personas muertas en desgracia les ponía nada más el agua y una veladora (ésa era su luz) y ya del día dos en adelante llegaban los fieles difuntos; yo oía:
_¡Ya se van los chiquitos, ahora vienen los del limbo y luego los grandes! –Y no sé que más.
La celebración comenzaba desde el veinticinco de octubre y de ahí se seguían los otros días hasta llegar al cuatro de noviembre, fecha en ella levantaba todo: flores, veladoras y comida, lo llevábamos al panteón; echábamos un buen tanto de cosas en canastas y nos íbamos a hacer como día de campo al cementerio con los difuntos, a rezar ahí, a comer ahí… era como una convivencia con los muertos.
En esos días todas las nueras de mi abuela no guisaban en sus casas, se venía con nosotros a la casa, y mi abuela les decía:
_¡Usted se pone a hacer esto! ¡Usted va a preparar aquello! ¡Y usted va a moler eso! –Así repartía las tareas a cada una.
La ofrenda se hacía en un tablado largo y ancho en una habitación; mi abuela mandaba a hacer un arco de bejucos entretejidos con rama tinaja y lleno de flores –bien macizo de flores -, además, colocaba las flores de muerto y mano de león en varios floreros sobre el piso; compraba bastante flor o le traían sus amistades y ella les correspondía, así se iba elaborando la ofrenda. A veces nosotros, los chiquillos, le decíamos:
_¡Vamos a rezar, abuelita!
_Sí, mis hijos, sí, pases.
Nos metíamos, no precisamente a rezar sino a estar probando de esto y de lo otro; cuando regresaba de la cocina veía las huellas y nos decía:
_¡Van a ver! ¡Ya les caí como vienen a rezar!
Luego, luego, se daba cuenta; como éramos traviesos y las cosas estaban enfrente, en la ofrenda, pues probábamos de todo… de niño es uno muy goloso y en esas fechas prefería uno enfermarse del estómago antes que decir ya no quiero.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. POLA MALDONADO BALDERAS (55 AÑOS), INFORMANTE
Relatos de enfermera
Mi primer experiencia como enfermera fue en la sala de cirugía para mujeres en el Hospital Civil de la ciudad, durante dos años; después me pasaron a la sala de cirugía para hombres. Es muy difícil atender a los pacientes porque debe uno tener espíritu de servicio. Una vez me agarré a trancazos con la jefa de grupo porque ella maltrataba a una enfermita, no me aguanté y le dije:
_¡Qué bruta! ¡Eso no se hace!
_¡Oye, aquí las finuras no se acostumbran!
Mientras tanto la enfermita se empezó a desangrar y entonces me le fui encima a la otra enfermera. A veces veía llegar a chamaquitas de quince o dieciséis años ya muy enfermas de sus genitales, con infecciones graves contraídas por andar en la prostitución.
Un día me sacó de onda algo que vi. Se aliviaron dos mujeres juntas, una de las criaturas era hija de una campesina y la otra, de una persona rica; pero había un problema: la niña de la señora rica nació enferma; entonces se les hizo fácil cambiarla, a escondidas, por la niña de los padres campesinos; yo les dije:
_¡Eso no está bien!
_Mira, estas personas tienen más recursos y llevan otro régimen de vida.
_Esas personas –les discutí- tienen dinero suficiente para curar a la enfermita, en cambio ustedes se la van a dar a los pobres ¿Con qué la van a tratar?
El papá al ver a su hija enferma habló con el director del hospital y con un poco de dinero se hizo el cambio.
Algunas veces me tocó trabajar como auxiliar en partos y ahí me di cuanta que llegaban algunas señoras en malas condiciones porque en los pueblos vecinos de la ciudad de Xalapa acudían con las comadronas –parteras empíricas-, y por falta de higiene, las recién aliviadas contraían infecciones y cuando llegaban al hospital ya no podíamos ayudarlas y morían. Además, si algún niño nacía con labio leporino u otro problema, se quedaba así para toda la vida porque no se tenían los medios económicos para operarlo y eran escasos los servicios en los hospitales. En aquel tiempo las campañas de vacunación no llegaban a todos los pueblitos y muchos niños sufrieron poliomielitis o tuberculosis; la leucemia, el raquitismo y hasta la sarna eran enfermedades frecuentes en las cercanías de la ciudad.
Yo conocí a dos o tres comadronas, ya fallecieron, que realizaban su trabajo de manera muy ruda –casi salvaje- y tenían a las mujeres hasta quince días en sus casas para guardarles la dieta y bañarlas en el temazcal con algunas hierbas. En esos años era muy castigado provocar el aborto; sin embargo, muchas parteras lo hacían sin ninguna precaución e higiene y las mujeres morían. Aún con todo, las comadronas eran muy solicitadas para atender los partos a domicilio; mi mamá, por ejemplo, se alivió aquí en la casa y tuvo nueve hijos, casi por un año, pues todavía no existía un control natal.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. POLA MALDONADO BALDERAS (55 AÑOS), INFORMANTE
Peregrinación
Participé en varias peregrinaciones a la iglesia del Dique, dedicadas a la virgen de Guadalupe; no nos perdíamos ninguna de esas celebraciones mis hermanos y yo. Las peregrinaciones comenzaban desde el día once, toda la noche hasta el amanecer del día doce de diciembre. La mayoría de los pueblos cercanos a Xalapa organizaban sus peregrinaciones a la iglesia del Dique y también se veían algunas provenientes de las colonias de la ciudad o de algunos negocios; la pequeña iglesia ese día estaba llena de ofrendas, coronas y otros obsequios de los fieles peregrinos.
En una de esas peregrinaciones me tocó presenciar una cosa muy fea. Estaban dos fulanos echando cuetes y uno de ellos no se fijó –ya andaba medio tomado -, echó el cuete de arranque y no lo aventó en un lugar despejado sino que fue a pegar en la rama de un árbol, rebotó hacía abajo y le fue a caer a una señora que cargaba su criatura, las quemó, sí; las llevaron al hospital, pero la criatura había quedado por completo inutilizada. Enseguida apañaron al hombre aquél y se lo llevó la policía… ¡Quién sabe qué sería de él! Hay muchas personas que en lugar de ir con devoción, nomás van a meter desorden y peor si van ebrios porque entonces lo echan todo a perder.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. POLA MALDONADO BALDERAS (55 AÑOS), INFORMANTE
La fábrica de jabón
En la segunda cuadra de la calle Bolivia, esquina con El Salvador, funcionaba una fábrica de jabón llamada Jabón Julieta. El drenaje desembocaba en un caño próximo a la calle Honduras y a través de un tubo soltaban la lejía; de vez en cuando nos avisaban que la iban a soltar y muchos vecinos la acarreaban en cubetas, se dejaba enfriar y después se cortaba en pedazos. Actualmente ese edificio está abandonado, casi en ruinas, nada más porque un día, no recuerdo el año, dos trabajadores empezaron a pelear, uno empujó al otro y al trastabillar cayó en la pila de jabón que en ese momento estaba hirviendo… y ahí murió en medio de gritos espantosos. Desde ese tiempo la actividad de la fábrica se vino abajo y ya hace mucho que tiene sus puertas cerradas.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. POLA MALDONADO BALDERAS (55 AÑOS), INFORMANTE
¡Tulón de almendlas!
En aquellos años, cuando la estación del tren se hallaba en esta zona de la ciudad, en el terreno que hoy ocupa el Deportivo Ferrocarrilero y la clínica del Seguro, recuerdo que un japonés –con todos sus rasgos y su idioma- vivía solito en un carro abandonado del ferrocarril; quién sabe cómo vino a dar por estos rumbos, el caso es que se dedicaba a hacer turrón de almendra y por las tardes salía a vender.
Andaba por estas calles de la colonia Reforma con su tablita, su marqueta de dulce y una hachita para partirlo; nosotros le hacíamos burla cuando gritaba:
_¡Tulón de almendlas! ¡Tulón de almeeendlaaas!
Todos los chiquillos lo rodeábamos y mientras uno lo distraía, otros aprovechábamos para tomar algunos pedazos de turrón; cuando el japonés advertía todo, entonces salíamos corriendo y él detrás de nosotros amenazándonos con su hachita. Nunca nos hizo algún daño, al contrario, me parece que en el fondo él disfrutaba también de esa travesura.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. POLA MALDONADO BALDERAS (55 AÑOS), INFORMANTE
La rama
Nos juntábamos tres o cuatro chamacos y desde la primera posada andábamos cantando de casa en casa, recogiendo lo que nos quisieran dar; esperábamos hasta la última posada para ver cuánto habíamos juntado y entonces nos repartíamos el dinero en partes iguales. Acostumbrábamos cantar en las calles de aquí de la colonia y algunas veces nos íbamos lejos, pero luego había otros chamacos más grandes que nos aporreaban, siempre el más fuerte abate al débil, y como nos veían chiquillos, pues se aprovechaban… aunque después nosotros hacíamos lo mismo con otros niños y así andábamos.
En ocasiones mi papá no quería dejarme a salir a cantar la rama porque decía:
_¡Les dan por ahí un trancazo o los agarra un carro y va a terminar mal el asunto!
Pero como me encampanaba con otros niños, pues me salía y ya regresaba más tarde. Adornábamos la rama con esferas, cadenas de papel, hilos dorados, farolitos, pascle y con todo lo que se podía; la rama casi siempre era seca, de pino, para que no pesara tanto y pudiéramos cargarla, o agarrábamos una rama seca de cualquier otro árbol, el chiste era salir a divertirnos.
En ese entonces había más entusiasmo, se vivía mejor esa tradición porque iba unida a la devoción; ahora está desapareciendo todo eso, tantito porque económicamente ya no puede hacerse como antes y también porque ya no hay el mismo respeto; son pocas las criaturas a quienes se les enseña a respetar y a vivir don devoción todo eso.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. POLA MALDONADO BALDERAS (55 AÑOS), INFORMANTE
El rosario completo
Actualmente los rosarios en los velorios y novenarios los hacen muy sencillos, ya no tienen los intermedios de antes, ni las letanías son como las de hace años, ni levantan la cruz con la misma ceremonia de aquel entonces. Un rosario completo consta de quince misterios: cinco gozosos, cinco gloriosos y cinco dolorosos; en ese orden se iban rezando cuando se velaba a un difunto; el lunes y el jueves se rezaban los rosarios gozosos –que es cuando nace, cuando crece Jesús e incluye la visitación, el nacimiento y la presentación en el templo -; el martes y el viernes se rezaban los dolorosos, que incluyen: la oración del huerto, la flagelación, la coronación de espinas, Jesús con la cruz a cuestas y la crucifixión -; el miércoles, sábado y domingo se rezaban los gloriosos, que comprenden: la resurrección, la ascensión al cielo, la venida del Espíritu santo, la asunción de María y la coronación de la Virgen.
En una ocasión fui a rezar a la casa de un señor, ahí estaba yo rezando en el novenario, cuando de repente se me acercó la viuda y me dijo:
_¡Mire, aquí mi compadrito va a levantar la cruz!
_¡Pues que la levante! –así me lo inculcaron- que la persona que velaba al difunto tenía que rezar en el novenario y levantar la cruz, no debía intervenir nadie más, porque decía mi abuela:
_¡De ese modo ya no es mérito ni para uno ni para otro!, no, a la misma persona que vela el difunto le corresponde rezar el novenario y todo lo demás.
En aquel entonces la persona que rezaba tenía que permanecer hincada en el suelo o sobre algún costal cuando el piso era de tierra, por eso la rezandera terminaba el rosario con las rodillas rojas, bien marcadas por los cuadritos del costal. El largo era largo, llevaba intermedios en cada misterio; además, incluía actos de contrición, letanías, las tres Aves Marías y el Credo, por eso tardaba más rezar y rezar puras Ave María sin que la gente se enterará de qué son éstas y de qué son aquéllas.
A las rezanderas así como les pasaban cosas buenas, también les ocurrían cosas desagradables. Una vez me dijeron:
_¡Mire usted! ¡Queremos que vaya, por favor, a rezar a la casa de mi tía, en tal colonia! –Me rogaban.
_¡No, es que está lejos!
_¡No, mire, aquí mi sobrino la va a llevar y a traer en el coche!
Tanto estuvieron insistiendo que acepté ir, pero algo sospechaba, ya presentía que aquello no era nada bueno. Me subí al coche y nos fuimos, pero ya cerca de la colonia a donde íbamos vi medio raro al hombre aquél y le pregunté:
_¡Oiga usted! ¿Pues por dónde es…?
_¡Ya mero llegamos, ya mero!
Yo luego conocí… pasábamos de donde decían que era, dio vuelta a la manzana, dio otra… quién sabe, estaba como indeciso, nervioso, y dije en mis adentros: “¡Diosito, líbrame, porque este hombre quién sabe qué intenciones tenga!” Ahí andábamos y en la primera oportunidad que medio paró el coche para encender un cigarro, me salí… cuando él se dio cuenta yo estaba ya afuera… en eso me encontré a un doctor, amigo mío de cuando trabajé en el hospital:
_¿Qué andas haciendo por acá?
_Nada, aquí ando…Y ya con señas le dije que me llevara a mi casa, que me acompañara y me contestó:
_¡Oye!, pues vámonos entonces.
Me regresé con él y el otro individuo se quedó ahí, fumando, con el coche estacionado. Días después hablé con la señora que me había pedido ir a rezar:
_No sé, pero vi a su sobrino muy raro, ya nada más andaba dando vueltas en aquel lugar y no paró en toda la calle.
_Pues nosotras le preguntamos y él nos comentó que llegaron a la casa de mi tía y les dijeron que ya habían conseguido a alguien y que por eso se habían regresado.
Desde entonces le dije a mi mamá:
_¡Ya no vuelvo a aventurarme a rezar fuera de la colonia!
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. POLA MALDONADO BALDERAS (55 AÑOS), INFORMANTE
¡Sábado de Gloria!
Antes de la Semana santa mi abuela acostumbraba arreglar la casa para que en los días siguientes ya no hubiera tanto movimiento. Como ya sabíamos que no podía pegarnos en esos días, nos aprovechábamos; ella nada más apretaba los labios y tenía que aguantarse la muina de que ya hacíamos esto lo otro y únicamente nos decía:
_¡Se las voy a guardar…!
Mi mamá se daba cuenta, se enojaba y nos quería pegar, pero mi abuelita intervenía:
_¡No es bueno que les pegues… es como si le estuvieras pegando a Él, a Cristo!
Sin embargo, el Sábado de Gloria, muy tempranito se levantaba, como a las cinco de la mañana, y nomás de repente ahí acostaditos como estábamos… ¡ZASS! ¡ZASS!, con una varita o con una chancla y nos decía a cada uno:
_¡Esto es por esto… esto es por lo otro! ¿Te acuerdas de que tal día hiciste esta travesura y tal día hiciste aquella?
Y a darnos… se oía un chilladero por dondequiera… pero cuando nos levantábamos ya estaba la mesa puesta con la ollota de chocolate, los panes de huevo y toda la comida, entonces ella misma nos llamaba:
_¡Ya no lloren mis hijos! ¡Ándenle, desayunen! –Ya con eso nos desagraviaba.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. POLA MALDONADO BALDERAS (55 AÑOS), INFORMANTE
Doña Rosita
El espiritismo no es una religión sino una filosofía muy extensa y compleja.Mi abuelita a quien todos en el barrio conocía como doña Rosita –su nombre completo era Rosa Pérez Andrade- curó a mucha gente, tenía esa clase de poderes. Es originaria del estado de Tlaxcala, pero desde joven se vino a vivir a Xalapa; allá en su pueblo ya hacía curaciones, aunque todavía sin mezclar la filosofía espiritista, sólo era curandera; después con la ayuda de otros espiritistas de aquí de la ciudad empezó a adquirir esa clase de conocimientos.
En aquellos años había personas que andaban revisando los centros de curación y cuando veían que se trataba de pura charlatanería cerraban el centro aquél; sin embargo, cuando veían que se trataba de algo diferente, auténtico, ellos mismos lo fomentaban; según ellos, únicamente querían que las personas no agarrarán esa filosofía para lucrar. Cuando visitaron a mi abuela y advirtieron que ella realmente curaba a varias personas, la convencieron de que se registrara en la Confederación Nacional Espírita. Aquí, en la calle Honduras, venían varias personas importantes como don Seferino Álvarez, dueño de la Casa de Campo, o el doctor Gustavo Adolfo Rodríguez, a quien mi abuela mandaba enfermos cuando veía que necesitaban el auxilio de la ciencia médica y él, allá, cuando llegaban enfermos que necesitaban ayuda espiritual se los mandaba a ella, así trabajaron durante muchos años.
Ella practicaba el espiritismo desde antes de que yo naciera, porque su diploma de ingreso a la Confederación Nacional está fechado el diez de enero de 1937 y yo nací en el cuarenta y dos. A mí, desde muy chamaca, me metió de oradora a sus reuniones; por cierto, muchas veces, de chiquilla tenía ganas de andar jugando o correteando y entonces ella me llamaba: “¡Ándale, venga para acá!”, y ya no me quedaba de otra. En ocasiones llegué a pensar que, a lo mejor, a consecuencia de eso me vinieron los ataques; un día le dijo el doctor Rodríguez:
__Hermana Rosa ¿No han pensado usted que a esta chamaquita le puede perjudicar todo esto?
_¡Noo, doctor! ¿Qué le va a pasar? –Le contestó muy confiada.
Pero pues ¿Quién sabe?, en ese entonces tenía yo como diez años de edad. Mi abuela era muy discreta para sus cosas ¿Qué me iba a estar confiando?: “¡Esta señora tiene esto o aquello!”; en la primera, porque estaba yo chiquilla y en segunda, no me permitía intervenir en sus curaciones. Había una sobrina política que vivía aquí cerca, esposa de Mariano Hernández, a ella sí le decía: “Venga usted a ayudarme!”, pues en ocasiones tenía que sobar o apretar a alguna persona grande, ella era quien le ayudaba porque ya era señora casada; y esa señora, Juana Sánchez, fue la que agarró el mismo oficio y todavía lo ejerce allá por Ruiz Cortines y cura con todo lo que aprendió de mi abuelita, aunque de manera empírica, porque de teoría no sabe mucho.
Cada día de la semana mi abuela lo dedicaba a una cosa: el lunes y el viernes los ocupaba para trabajos generales, es decir, para despojar de malos espíritus a las personas que acudían; el martes no trabajaba; el miércoles era puro estudio, el orador se encargaba de enseñarles un libro, otro o lo que se ofrecía como material, era todo un día de estudio; el sábado era día de limpias; y cuando venían a verla así, particularmente ya era consulta. Estaba completamente reconcentrada en eso, no andaba en fiestas ni en la calle, todo el tiempo se le veía rezando, tenía mucha fe.
A los niños que curaba de espanto primero les tocaba los brazos para sentirles los pulsos, así veía hasta dónde les iban porque decía que con el pulso los pulsos se subían; a base de frotarles los brazos con un líquido llamado “espíritus de untar” se los iba bajando… bajando hasta que volvían a su lugar y en seguida les daba a beber unos remedios que ella misma preparaba.
Casi siempre los aliviaba en tres curaciones, una cada quince días y a la tercera los llevaba a un lugar donde hubiera corriente de agua, ahí cerca colocaba al chamaquito y le daba flores para tirarlas al agua y cuando iban avanzando sobre la corriente, ella empezaba a gritarle al chamaco por su nombre ¡Bien que se aliviaban las criaturas!, varias veces le trajeron chamaquitos que estaban hechos casi un esqueleto y los sanó; a otros niños los curaba también del empacho o de algún dolor de estómago.
En una ocasión, incluso, la vinieron a traer para que fuera a curar a un señor que se había caído del caballo, cuándo llegó a ese lugar vio que el señor no podía moverse y gritaba de dolor, entonces ella lo revisó y le empezó a sobar el brazo hasta que le acomodó el hueso otra vez en su lugar.
Mi abuela murió en el sesenta y cinco a la edad de noventa y siete años, a consecuencia de cáncer en la cara; esa enfermedad le empezó porque se arrancó un lunar que tenía cerca de la nariz –junto al párpado del ojo derecho-, nunca quiso atenderse de esa infección, después le cayó cáncer y le fue avanzando hasta que falleció. A los noventa y siete años ella estaba totalmente lúcida, con toda su dentadura natural y nunca vi que hubiera agarrado un bastón o algo para caminar. Era vegetariana y sabía mucho de herbolaria; de hecho antes de que la reconocieran en la Confederación ya tenía conocimientos de herbolaria y de homeopatía, de eso se servía para curar; después, logró combinar los remedios que ya conocía con la práctica del empiritismo.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SR. RAFAEL MALDONADO BRAVO (45 AÑOS), INFORMANTE
“Don maderito”
“Don maderito” fue un personaje que dejó huella en la historia cotidiana de mi barrio, se trataba de un personaje menudito, encorvado y con muchos años encima. Este señor se ganaba la vida como aguador ya que por esos días no existían tuberías hacia las casas y era necesario acarrear el agua desde llaves públicas o “chorritos”, es decir, de los manantiales que brotaban entre las piedras.
Este viejecito, a parte de dar un servicio importante, decía saber al dedillo historias de personajes revolucionarios, a los cuales –según él- había conocido cuando se desarrollaron las trifulcas de la revolución. Su imagen era inigualable, vestía con ropas humildes, con remiendos por doquier, pero lo distinguían mejor sus latas colgadas de un madero que apoyaba siempre en su espalda, amén de que padecía alcoholismo crónico y casi siempre andaba borrachito; sin embargo, nunca se metía en problemas con nadie y era apreciado por todos los vecinos de la colonia Reforma.
El precio por su viaje de agua costaba la cantidad de veinte centavos que como él decía eran para comer y para su aguardientito; aunque, a decir verdad, las amas de casa por lo regular le regalaban el taco y el dinero le servía para que siempre anduviera pítimo.* A nosotros los niños nos ganaba por ser un hombre bonachón, pero sobre todo porque siempre tenía en la punta de la lengua una historia que contarnos –a ciencia cierta no sabíamos si era verdad o producto de su mente alcoholizada- y aunque había otros aguadores, “maderito” –como todos le decíamos- era el preferido de casa y chiquillada en general.
Al pasar de los años el progreso fue haciéndose presente y los aguadores fueron desapareciendo poco a poco de igual manera que las llaves públicas y los chorritos. “Maderito”, al verse desplazado por las tuberías que llevan el agua s los hogares, tendió a volverse un mendigo y a hundirse más en su ya arraigado alcoholismo.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SR. RAFAEL MALDONADO BRAVO (45 AÑOS), INFORMANTE
Las pozas de Coapexpan
Cuando Xalapa era una ciudad pequeña, pacífica y provinciana, todos los chiquillos de aquella época nos dimos el gusto de emprender una excursión hacia Coapexpan (actualmente convertido en fraccionamiento). La emoción comenzaba con los preparativos, desde reunirse con otros escuincles hasta improvisar en un morral un “lonche” con lo que se tuviera a la mano: naranjas, plátanos, tacos de frijolitos, un chile verde –sin faltar la salecita -, una botella con agua de limón y a veces hasta huevos hervidos. El menú quedaba hecho, aunque muy pobremente pues en ese tiempo Coapexpan funcionaba como balneario de la gente humilde.
Cuando todo estaba listo iniciábamos la aventura. La caminata se nos hacía muy larga, ya que existían muy pocas casas en aquel camino, más adelante nos internábamos en la maleza para atravesar alguna que otra finca; el paisaje se antojaba selvático y podíamos encontrar gran variedad de frutos, sin faltar las hortalizas; por cierto eran cultivadas por un pequeño grupo de vecinos del mismo barrio de Coapexpan y se ubicaban en la entrada, en dirección al río, donde pasábamos por algunos rábanos, lechuguitas y pápalo. A la mitad del camino se antojaba un descanso y refrescarse la garganta. Conforme nos acercábamos hacia el lugar el rumor del río se escuchaba cada vez más fuerte; ya sabíamos que ahí existían pozas de diferente profundidad, lo mismo podíamos chapotear que nadar y aventarnos uno que otro clavado. Nosotros para esa hora íbamos bañados en sudor y colorados como jitomates, pues los días que escogíamos para la excursión eran los más calurosos y primaverales.
Al llegar a las pozas nos quitábamos las ropas y podíamos estar libremente desnudos, porque eran lugares solitarios y alejados. En ese entonces Coapexpan se caracterizaba por la exuberancia de plantas silvestres y de ornato (bugambilia, diente de león, camelias, enredaderas diversas, rosales y muchas más), los árboles –tal vez por nuestra edad- se antojaban gigantescos y lucían una gran variedad de tonos y matices verde; el pastizal se figuraba una alfombra multicolor, debido a que en algunas zonas había más humedad que en otras. Así pasábamos parte de la mañana y hacía el medio día venía el refrigerio que, claro está, , nos sabía a gloria y el agua de limón se convertía en un refresco helado porque manteníamos el envase siempre en el río.
Podíamos disfrutar de diferentes juegos como: los encantados, el can-can, luchas y algunas veces competencias de carreras en esos grandes llanos hasta terminar fatigados; posteriormente hacíamos los preparativos de regreso, lo cual se tornaba todavía más largo. En ese transcurso recogíamos lo que se pudiera de las fincas para llegar con algo a nuestros hogares.
Eran días inolvidables cuando teníamos la oportunidad de hacer una excursión hacia los llanos de Coapexpan. Poco a poco, con la urbanización, fue desapareciendo lo que un día representó el lugar de recreo preferido por muchas familias de nuestro Xalapa de ayer.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SR. RAFAEL MALDONADO BRAVO (45 AÑOS), INFORMANTE
Espiritistas en Xalapa
Hablar del espiritismo ha sido siempre entrar en controversias, por el echo de que quien cree en él estará seguro de que la doctrina de Allan Kardec es la bienhechora de todos sus alivios –sobre todo del espiritual.
Lejanos, pero muy claros, son los recuerdos de los habitantes de la Xalapa de los años cuarenta y cinco, cincuenta y cinco y sesenta –al menos hasta donde yo recuerdo, -cuando proliferaron los centros de espiritismo o, para ser más explícitos, lugares donde la gente se reunía para orar. Pero más que nada acudían ahí para que las curaran o limpiaran, despojaran de malos aires; aliviarse de un hueso salido o quebrado, de una reuma, de una frialdad o para que les pusieran unas buenas ventosas; en fin, en estos centros se encontraba siempre a un curandero especializado en todo.
Muchos tuvimos la oportunidad de visitar aquellos lugares llenos de misticismo, espiritualidad y magia, ya sea por curación, empacho, una limpia, etc.; o también para intentar comunicarnos con algunos seres que ya se habían ido (difuntos), porque se suponía que quien ejercía el espiritismo ponía tener esa facultad.
En esos tiempos, se encontraban dos personajes que eran ampliamente reconocidos y que conocían muy bien su oficio, ellos eran: la señora Rosa Pérez Andrade “Rosita” y el “Bigotes” Galván –mote que lo distinguió siempre por el mostacho retorcido -. Doña Rosita tuvo su centro de curación en las calles de Honduras y Costa Rica, allá por la estación antigua. Era una viejita de figura regordeta, de caderas anchas y faldas muy largas, con el cabello completamente plateado y anillos en la mayor parte de los dedos, cuya indumentaria remataban unas enormes argollas en sus orejas, resaltando en su persona la falta del ojo derecho. Su carácter era bonachón y los que la trataban de cerca sabían que era buena como el pan. Todo el que se acercaba era curado del mal que lo aquejara.
En pago de sus servicios las personas daban lo que fuera, porque “Rosita” no cobraba honorarios y sus palabras al empezar una curación siempre eran: “¡En el nombre sea de Dios, Fe, Esperanza y Caridad!” Tenía una convicción enorme en sus santos y oraciones, además de que en su momento fue reconocida por la Fraternidad nacional de espiritistas.
El “Bigotes” Galván también fue un anciano de renombre –de unos ochenta años de edad -. Éste vivía cerca de los lavaderos del paso, en la calle Ferrocarril Interoceánico. Hombre corpulento lleno de salud, güero y peludo por todos lados, vestía a la usanza de los revolucionarios y siempre jalaba su pistola al cinto, pues se había quedado en aquella época. Macho por los cuatro lados, hacía casi las mismas suertes que “Rosita” y también fue ampliamente conocido por aquellos rumbos de la ciudad.
Tal vez sería imposible mencionar a todos los personajes de diversos estratos sociales que en aquella época se dedicaban a lo mismo. Se fueron acabando poco a poco con la modernización, aunque no del todo pues en la actualidad todavía hay gente que ejerce esta filosofía.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SR. RAFAEL MALDONADO BRAVO (45 AÑOS), INFORMANTE
El ambiente de las pulquerías
Los jarros, las catrinas, las amargas y los curados eran parte de aquellas pulquerías de mediados de este siglo –punto de reunión de la clase trabajadora y humilde -. Contábanse, entre otros, ferrocarrileros, arrieros, carboneros, sin faltar típicos borrachitos de aquellos tiempos, quienes hacían reír a todos los clientes con sus chistes, pláticas o payasadas. Eran lugares donde se sacaba a relucir el lenguaje arrabalero y vulgar, pero siempre con picardía y haciendo uso de albur sin faltar al respeto.
Otro detalle inconfundible de esos establecimientos era el juego de la rayuela, el cual se jugaba entre dos y hasta cuatro personas quienes contaban cada una con dos monedas que se tiraban a un pequeño círculo hecho en la tierra, tratando de atinarle en el centro para hacer un ocho o en la orilla para conseguir un cuatro; y así, por turnos, tiraban sus monedas y las volvían a recoger hasta completar las rayas que se habían acordado (“rayas” eran los puntos establecidos por los propios jugadores: 10, 15, 20, etc.
En esos establecimientos no podían faltar: enchiladas. Gorditas picadas, chiles en vinagre (para sacar la cruda), habas tostadas, huesitos de capulín, cacahuates y un sinnúmero de alimentos para picar;* mientras se disfrutaba de un jarro de espeso, espumoso y baboso pulque. Los nombres de esas peculiares piqueras eran variados, pero podemos mencionar algunos que fueron famosos en aquellos ayeres: “El Farolito”, “El temblor”, “Las Glorias de un Torero”, “La Jabalina”, “La Luna”, “El Sol de Enfrente”; de las cuales quedan “La Jabalina” y “Las Glorias de un Torero”, actualmente ubicadas en la calle Miguel Alemán en la colonia Represa del Carmen; aunque se nos escapan muchas más, pues eran varios los barrios que componían a la Xalapa de esos años.
Hablar de los personajes que diariamente se encontraban ahí nos llevaría mucho tiempo, porque eran innumerables; muchos de ellos chuscos y estimados por los parroquianos. El ambiente de la pulquería fue conocido y visto por la mayoría de los pobladores de aquellos tiempos, los cuales pasaban frente a estos lugares sin temor a ser agredidos porque en ese entonces el respeto era enorme.
Las pulquerías siempre llamaban la atención porque cuando las pintaban se usaban colores chillantes como el azul fuerte, el rosa mexicano, el blanco de cal o el azul rey; los adornos dentro del local eran hechos con papel china picado, además del colgadero de cuadros (desnudos femeninos, automóviles o imégenes de índole religiosa), almanaques, cacharros y uno que otro dicharajo pintado en la pared. A parte, los dueños poseían un carisma muy grande hecho a base de su gesto amistoso y, a veces, hasta generoso.
Estas fueron las pulquerías entre los años mil novecientos treinta y cincuenta, de las cuales quedan muy pocos recuerdos que se integran a una tradición ya perdida.
*picar: tomar una ligera porción de algo comestible.
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SRA. MAURA RENTERÍA DE MARTÍNEZ (74 AÑOS), INFORMANTE
La Calle del Arenero
La calle Azcárate antiguamente no estaba pavimentada, era de piedra y la llamaban la Calle del Arenero –en ese tiempo se nombraba a las calles así nomás- porque en esa calle vivía un señor que con su burrito se dedicaba a vender arena en costales. La calzada de esta calle no estaba del todo terminada, tenía huecos grandes. Como no había drenaje, a propósito se hacían unos cañitos desde el interior de la casa hacia la calle para que por ahí corriera el agua sucia de los trastes de ropa y se les colocaban encima unas tablitas para mantenerlos sin basura.
En ese tiempo –hace más de sesenta años- no había agua potable en estas calles, por eso íbamos a traerla a un nacimiento muy grande localizado en Los Tecajetes; en ese lugar es ahora un parque bien arreglado, pero en aquel entonces era sólo una barranca con caminos muy inclinados; sin embargo, ahí se abastecían de agua para sus servicios todas las personas de las calles cercanas.
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SRA. MAURA RENTERÍA DE MARTÍNEZ (74 AÑOS), INFORMANTE
La casa tradicional
En muchos aspectos la vida de antes era muy diferente de la actual, por ejemplo, en las casas; casi siempre se construían muy altas –debido al uso de braseros en los cuales se quemaba leña o carbón- y se techaban con teja; tenían piezas amplias, casi siempre tres o cuatro, pero corridas. Una pieza grande al principio de la casa era la sala; otra pieza, la recámara de toda la familia y hasta el fondo se hallaba la cocina. Se acostumbraba abrir una puerta entre las piezas que permitía pasar al patio y al traspatio: en el patio estaban los lavaderos, el tanquecito para el agua, los tendederos para la ropa y un jardín con muchas flores; en el traspatio estaban los animales de carga o las gallinas y muchos árboles de lima, de limón, de guayaba, de naranja y otros más.
Había dos maneras de alumbrarse: con un quinqué en las piezas interiores y con candil en la cocina. El candil se hacía casi siempre con un bote de lata; se limpiaba, se le metía una mechita de trapo por la tapadera y se llenaba de petróleo, con el inconveniente de que por su uso continuo ahumaba las paredes y el techo, los cuales casi siempre uno mismo se ponía a pintar con pura cal.
Los muebles de la casa se cambiaban hasta que ya de veras no servían. En esos años no había tanta publicidad como ahora, hoy insisten en que debe uno cambiar los muebles porque ya existen otros más modernos o más bonitos; en mi casa no se cambiaron los muebles porque la madera salía buena y las personas tenían la costumbre de echarles petróleo para evitar la polilla –por eso duraban muchísimo tiempo -. De hecho, la publicidad en ese tiempo se la hacía el mismo que vendía al mejorar la calidad de sus productos, no había más publicidad que la generada por ellos mismos mediante su trabajo.
En ese tiempo al hacer la visita a alguna amistad le llevábamos, por ejemplo, plátanos y ya de regreso nos regalaban naranjas, cada casa tenía su huerto y siempre había fruta para compartir. En la mayoría de las casas se veían muchas flores: teníamos macetas o botecitos con enredaderas en las ventanas y en los balcones; además, se acostumbraban convidarse las plantitas entre los vecinos o con otras personas conocidas. Aquí, en el patio de mi casa, todavía tengo botes con varias plantitas: una mata de chayote, una mata de chile, también tengo hierbabuena, perejil, cilantro, hierbasanta, *tomillo y orégano.
* hierbasanta: acuyo.
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SRA. MAURA RENTERÍA DE MARTÍNEZ (74 AÑOS), INFORMANTE
La amapola
Aquí en mi casa, donde ahora están esas planchas de cemento, tuvimos amapola de varios colores; en los patios de junto también había unos jardines muy bonitos con bastante amapola. Cuando íbamos al parque Juárez ahí veíamos en los arriates una gran variedad de amapola, pero no estaba prohibida, nadie sabía que fuera mala porque nadie la utilizaba más que para adornar, ni recuerdo haber escuchado que era droga; se tenía como flor preciosa y alegre, hasta le dedicaron canciones. Cada mata floreaba y volvía a florear, se cortaba y se formaban ramos para los floreros y el adorno duraba mucho tiempo. Había variedades de matas, por colores y por tonos: rojo, morado, blanco y amarillo; las había también rellenitas y simples.
Ritmos de la vida
A lo largo de los años se han perdido muchas costumbres que nosotros vivimos; con nostalgia se acuerda uno de todo eso porque hoy se vive diferente, cada vez más rápido; los jóvenes ya no tienen tiempo de oír historias… no pueden entretenerse ni siquiera en una plática. Antes que televisión o teléfono, ni radio siquiera, no sabíamos nada; en realidad, nosotros los chiquillos éramos los teléfonos, porque nos decían: “¡Ve y avísale a fulanita esto…!”, o ¡”Corre, ve a decirle a…!”, y de igual manera nos llegaban los mensajes y noticias.
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SRA. MAURA RENTERÍA DE MARTÍNEZ (74 AÑOS), INFORMANTE
Los bailes
De joven fui muy bailadora, me llevaban a los bailes o a las fiestas (pues se acostumbraba que las mamás, las tías o las abuelas acompañaran a las muchachas) que se celebraban en la Preparatoria Juárez, en la antigua Escuela Normal o en los bajos del Palacio Municipal. Esas reuniones se animaban con orquestas antiguas como la de Juan S. Garrido, la marimba de San Cristóbal de las Casas o la Orquesta de Esquivel. En aquel tiempo una se ilusionaba mucho con el día del baile porque era una oportunidad de lucir el vestido largo –de moda en ese entonces -, los hombres vestían con traje de solapas y se comportaban correctamente, muy caballerosos.
Antes los muchachos decían: “¡Mira aquella muchacha! ¡Qué bonita se ve!”; ahora en cambio escucha uno que dicen las muchachas: “¡Sí, ya me andas echando los perros!” En tiempos de mi abuelito a una señorita se le respetaba: se acostumbraba que el hombre llevara un pañuelo bien limpio y lo colocara entre su mano y la de la señorita durante el baile, apenas si se tocaban y bailaban despegaditos; ahora, se pegan demasiado, se trenzan.
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SRA. MAURA RENTERÍA DE MARTÍNEZ (74 AÑOS), INFORMANTE
Envolturas y envases
Antes no se compraba la envoltura de casi nada porque las cosas se vendían sueltas: si quería uno petróleo, llevaba un botecito para traerlo; para el pan no le daban bolsa de plástico porque cada quien ya llevaba a su canastita. Ahora paga uno toda clase de bolsas; envolturas, frascos, envases y demás sólo para romper y luego para tirarlos a la basura. Paga uno bastante por bonitas envolturas que se acumulan como desperdicio cuando se desocupan.
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SRA. MAURA RENTERÍA DE MARTÍNEZ (74 AÑOS), INFORMANTE
Algunos platillos típicos
El “caldo español” era un platillo típico en aquella época, para hacerlo se compraba carne buena, gordita; recuerdo que mi mamá me mandaba a comprar costilla cargada o chocozuela, me decía: “¡Que te den hueso de cadera…!”, es decir, tenía que ser carne maciza con algo de hueso a fin de que hiciera un buen caldo de olla. A ese caldo se le ponía todo tipo de verduras y en un platón aparte se servía camote, plátano largo o calabaza –todo hervido, sin azúcar- para acompañarlo… a veces hasta las manzanas tenía el platón.
El día sábado se acostumbraba hacer el pollo en jitomate, chiles en vinagre, arroz de color y frijoles. El domingo, se preparaba el “estofado”, que llevaba pasitas, aceitunas, alcaparras y especias. También se elaboraba el “tamal de cazuela” con una masa bien cocida, después una capa de carne con mole, luego otra capa de masa cocida y así se agregaban hasta lograr el tamaño deseado (con la salsa elegida). Se dejaba reposar un rato para después hornear y cortar en pedazos ¡Nos gustaba mucho ese tamal de cazuela! Otros guisados conocidos eran: “panza en mole”, “panza en jitomate” (aderezada con aceitunas y alcaparras) y otros más. En las ensaladas se utilizaba el aceite de oliva, se acostumbraba hacer ensalada de papa, muy sabrosa: la papa hervida se picaba, se le ponía aceite, tomillo y orégano.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SRA. MAURA RENTERÍA DE MARTÍNEZ (74 AÑOS), INFORMANTE
Los ríos
Hace poco fui de paseo por El Farallón y me dio lástima ver los ríos tan sucios; arrastran envases de todo tipo, principalmente cloro, porque las mujeres de esos lugares usan cloro y otros polvos para desmanchar su ropa y después tiran los envases a la corriente; también se ven algunas bolsas de plástico, envases de refresco y hasta bolsas con basura: Los ríos que antes eran claros ¡No’mbre!, ahora son podredumbre, todos los ríos que van entrando al mar son una cosa terrible.
En una ocasión me contó una persona que vivía cerca de uno de esos ríos:
_Antes íbamos al río a lavar ropa y después de terminar, pescábamos; algunas personas llevaban ollas o latas, otras la sal y el epazote, se hacía lumbre y se ponía a hervir el agua para cocer los camarones o el pescado que sacábamos del río. Pero ahora ya todo eso acabó, exterminaron los peces y los camarones.
En aquel tiempo, cuando los ríos todavía estaban limpios, había un pez muy bueno que venía cada año con el primer norte, en el primer frío –era el “bono” de agua dulce, bobo legítimo -; ese pez sólo llegaba cada año porque en los otros meses se criaba en las barrancas y en las cuevas. De los ríos más profundos esos peces cada año pasaban a deshovar a la Barra; era un pez muy sabroso y tenía una apariencia verdosa en sus escamas. Una vez que llegaban al mar, depositaban sus huevas, abundantes y de ahí nacían cientos de pececillos, los cuales después de tres días empezaban a moverse y junto con las hembras eran guiados por el macho hasta las cuevas de los ríos, en donde se convertían en los bobos adultos que bajarían al año siguiente.
Desgraciadamente ese tipo de peces ya casi no existe en los ríos de esta región; antes los ríos eran caudalosos y ahora tienen algunas partes secas; además muchas personas se van a vivir a las orillas de los ríos y canalizan todos los desagües hacia la corriente. Los ríos se están secando y en su lugar sólo quedan… caños de aguas negras.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SRA. ENCARNACIÓN RIVERA DE MEJÍA (71 AÑOS), INFORMANTE
El padre Francisco Correa
Hace varios años, en uno de los cuartos de mi casa en la calle Úrsulo Galván vivía un viejito con su sobrino; tenía una estufita de petróleo –me dejó el cuarto negro negro de humo- y ahí guisaba sus frijoles, arroz o sopita aguada y cuando el muchacho llegaba de su trabajo le traía otras cosas de comer: que tortillas, que jamón o bisteces, lo que podía, y comían los dos. Cómo creen que a ese viejito aquí, en el cuarto donde estuvieron, le hablaba el difuntito padre, el padre se llamaba esteee… no quiere que les diga yo su nombre porque no me acuerdo ahorita; y fíjense que espantaba al viejito, le decía por su nombre:
_Fulano de tal… fulano de tal… ¡Saca el dinero! ¡Aquí está, luego de tu cama!
Ahí, atrás de la pared, está el baño, escusado antiguo; yo no lo he tumbado, no lo he movido; quién sabe si ahí esté el dinero, debajo de ese tramo de terreno.
Decía el viejito que en el día ponía su café sobre la mesita para tomar su pan y de ahí se lo tiraban; se asustaba mucho y ya mejor esperaba a su sobrino afuera del cuarto o en el pasillo. Cómo creen que saliendo de aquí se fueron a otro lado y el viejito se enfermó; el sobrino lo llevó al asilo, ahí lo estuvieron curando pero se murió; el DIF le dio todo, la cajita y todo, porque el muchacho no tenía mucho dinero y sólo pagaba una cuota cada mes.
Ese padre también se aparecía allá en la recámara de mi hija. En esos cuartos antiguamente estuvieron viviendo unos compadres y segura les digo que es el mismo padre el que se aparecía porque en ese tiempo mi comadre ahí vivía y ella me lo contó; su marido era rielero –pero ya viejito, jubilado- y ella también estaba grande como yo –quizá más fuerte -; pues resulta que ella tenía su recámara, a un lado, después estaba la sala, muy elegante, muy bonita; con ellos vivía un nieto, por aquí así, estaba en el kinder, la nuera se lo venía a dejar porque ella y su esposo trabajaban y no lo podían lidiar.
Un día, en la mañana, mi comadre estaba arreglando al niño, peinándolo, y de momento el niño dijo:
_¡Ay abuelita, te voy a decir una cosa! ¡Mira, ahí está un señor sentado en tu cama!
_¡Pero si yo no lo veo hijo!
_¡Tú no lo ves, pero yo sí!
Entonces, tenía visión el nieto ¿Verdad?, y la comadre le preguntó:
_¿Y cómo es el señor?
_Pues está sentado, mira, tiene unas naguitas negras, encima tiene una blusa anchota blanca y tiene una gorrita arriba –como era canónigo, una gorrita como el obispo, roja- y aquí al frente tiene una tira larga negra, está sentado, tiene sus ojos azules y es blanco de piel.
_¡Ayy m’ijo”, pero… ¿Qué es eso?… ¡Pues es un padre, ése es un padre!
Entonces la comadre se puso a rezar y aquella imagen desapareció. Ese padre se llamó Francisco Correa, murió en 1915 aquí en esta casa de la calle Úrsulo Galván; él era del rumbo de León, Guanajuato, de más allá todavía, de otro pueblito, y pues sus papás tenían mucho dinero y le mandaban a él, pero como en esa época no había bancos, entonces enterraba el dinero o compraba casas.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SR. BENITO MEJÍA MÁVIL (78 AÑOS), INFORMANTE
Con olor de ajo
Hace tiempo, en la década del cuarenta, yo trabajé con unos españoles que tenían una mueblería localizada frente al parque Juárez, se llamaba “La Más Barata”; ahí trabajé como “gato” ¿Verdad?, pero después el barnizador me enseñó a aplicar el barniz se compraba en la ferretería y se deshacía con alcohol -. El dueño me tomó tanta confianza que me mandó a una carpintería, también de su propiedad, en la calle Barragán, casi hasta abajo, antes de llegar a Belizario Domínguez; en ese lugar tenía un cuarto lleno de madera, bastante, bastante; en ese tiempo la madera era barata, por ejemplo una alfajía costaba cinco centavos y una tabla de media pulgada costaba veinte centavos; los precios eran bajos. Me mandó ahí a vigilar al carpintero para que no gastara material al hacer los muebles particulares, pero a mí no me han gustado esas cosas y le dije al maestro:
_Mire usted, a mí me mandaron a esto, esto y esto, pero a mí no me gusta.
_¡Así me gusta –dijo el carpintero- que seas claro!
_¡Qué le parece si mejor me enseña usted el oficio de la carpintería!
_¡Sí hombre, cómo no! ¡Ándale, ponte a lijar!
En aquel tiempo el aprendiz comenzaba por lijar y recuerdo que me dijeron que la madera debía oler a ajo para quedar bien lijada, pero era mentira ¡Qué ajo ni qué nada!, ellos querían asegurarse que el mueble quedara bien lijado para barnizarlo mejor y más rápido.
En esa carpintería aprendía a hacer mesitas de centro, después buróes; después ya me independicé, fui comprando mi herramienta en la casa de empeño; mi papá me hizo un galera en el terreno de la casa y ahí puse mi taller. Con la ayuda de un trabajador hacíamos roperos para las mueblerías, me pagaban treinta pesos por cada ropero –a la semana hacíamos cuatro o cinco roperos- y me gastaba cuando más diez o doce pesos de material: pintura, barniz, herrajes y madera.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. BENITO MEJÍA MÁVIL (78 AÑOS), INFORMANTE
Hallazgo en el mesón
Después de trabajar durante algunos años en la carpintería, mi patrón me dijo: “¡Mira, compré este edificio y quiero que me ayudes a construir una casa!” Ese edificio era un mesón, un caserón ubicado en la esquina de Miguel Palacios y Allende, en ese mesón antiguamente venían a parar muchos de los bandidos de Río Frío ¡Aquellos famosos bandidos!, aquí llegaban en sus bestias.
El mesón estaba casi en ruinas; era una construcción vieja, afuera tenía unas galeras largas con oxidadas herraduras colgadas en la pared –las cuales sirvieron en su momento para amarrar a los caballos- y adentro había unas piezas que funcionaron como habitaciones. El español había sido contratista allá en su país y nomás pidió que le hicieran el plano y él dirigió a los albañiles; los trabajadores empezaron a tirar y a tirar las paredes y en una de ellas encontraron… cuatro barricas… de esas de madera, llenas de monedas de oro y plata; ésas pasaron por mis hombros, porque entre sus dos hijos y yo subimos ese tesoro por Revolución hasta La Campana –un establecimiento que antes se conocía como La Campana y estaba en Poeta Jesús Díaz y Revolución, toda esa bola de dinero la llevamos ahí, a la casa de un hermano que tenía caja de seguridad; nos regaló mil pesos a cada quién –en aquellos tiempos, de aquel dinero- para que nos quedáramos callados. Además de las monedas, en el escusado del mesón, como era de hoyo, encontramos sables, rifles treinta treinta, tiros y otras cosas más, pero todo eso lo echaron a la basura.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. BENITO MEJÍA MÁVIL (78 AÑOS), INFORMANTE
¡Yo lo vi!
El padre Guízar estuvo enterrado doce años en el cementerio viejo –el que está en 20 de Noviembre -, de su cripta salía agua y las monjas daban esa agua para sanar a los enfermos. Cuando lo sacaron de la tumba su cuerpo estaba completo, su carita tenía hongo pero se lo quitaron y quedó bien; era güero güero, de ojos azules y de estatura mediana. A mi me tocó ver precisamente uno de sus milagros. Una señora de Teocelo iba con su ayate en una mano y la otra mano la traía amarrada, guindada con un paliacate, quién sabe que tenía porque no la podía mover; el caso es que ahí estábamos en la fila esperando turno para pasar a ver el féretro del padre Guízar y entonces dijo ella:
_¡Psst!, aquí vengo nada más por curiosa, yo no creo que sea natural, es mentira todo eso que están haciendo, yo no creo en esas cosas… ¡A ver si es cierto!…
Se acercó, tocó la caja –ya no recuerdo si la tocó con la mano buena o con la mala, la que tenía enferma- y siguió. La fila de las personas entraba por la calle de Lucio y salía por la puerta de la sacristía en la calle Revolución; bueno, pues ahí salió ella y yo iba casi atrás –como a la de tres personas- cuando de repente se tropezó aquella señora y al ir cayendo metió las dos manos… y exclamó: “Miren, miren, miren” –enseñando a todos sus manos- yo no creía en los milagros de este hombre… “¡Miren, miren mi mano cómo ya la puedo mover! ¡Ya estoy bien!” Y entre tumultos y empujones se regresó a darle las gracias al padre Guízar.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. EDUARDO ORTÍZ (45 AÑOS), INFORMANTE
Doña Mari
Por respeto le llamo doña Mari, aunque casi todos sólo le dicen Mari, pero suena despectivo porque después de todo es una persona mayor. Como yo asisto regularmente a tomar fotos de la Orquesta ahí la veía en los pasillos del teatro. Algunos prácticamente se mofaban o la utilizaban para hacer actos vulgares ¿No?, como: “¡Dile una picardía a éste! ¡Agárrale algo a ése cuando pase! ¡Dale un beso a aquél! ¡Échale un beso a fulano!”, y cosas así. Yo entraba y salía de ese lugar y alguna vez me pidió una monedita –no pasaba de un peso o cincuenta, lo que salía de suelto-, ella siempre quedaba muy agradecida y lo saludaba a uno con gusto.
Después de algún tiempo de estarla viendo y pasar junto a ella, darle una monedita y que dijera: “¡Adiós!”, llegué a considerarla como mi amiga. En una ocasión se me ocurrió hacerla una imagen, me esperé que entraran a l ensayo los de la Orquesta, cuando ya no había nadie más le dije que se sentará por ahí cerca y aprovechando el reflejo del sol que rebotaba en el piso y le iluminaba el rostro, le tomé la foto. En una exposición la fotografía de doña Mari les gustó a varias personas; esa fotografía la amplié en un círculo porque esa figura les da a las imágenes de las personas cierto carácter espiritual y como a ella no la quería exhibir en un cuadro porque me parecía ingenua y el círculo acentuaba esa sensación, pues quedó así. Por cierto, en esa foto le destaca una sola cana que tenía bien parada como antena, me gustó así, pude habérsela aplanado cuando empecé pero se la dejé para que se viera que tenía su cana como alambre.
Tiempo después me enteré que le prohibieron estar ahí detrás del teatro para que ya estuviera pidiendo, ella misma me lo dijo algún día cuando iba yo por la calle Victoria y me gritó para pedirme su moneda. Me dio mucho gusto volver a encontrarla porque nada más de repente la perdía de vista y como no sabía dónde vivía ella pues ya no la ubicaba: como después de la exposición alguien me compró su fotografía, el darle unas monedas era para mí como darle su comisión ¿Noo?
Le tomé aprecio, no entablábamos mucha conversación porque no teníamos mayor trato, pero el saludo sí. Ella no es una persona sucia, generalmente anda limpia, con sus zapatos económicos, sus vestidos de tela sencilla y de una hechura un poco burda, pero limpia; ahora bien, que se atreva a pedir una moneda, bueno, pues quién sabe en qué problemas estará con esta carestía. Además, sus posibilidades de empleo son reducidas por sus características de cierto retraso. En la fotografía que le tomé su expresión de ingenuidad se parece a la de una niña y francamente al principio no sabía si era una señora mayor o si era más joven, porque la cana no la definía como una personas de edad avanzada.
Algunas veces cuando pasaba yo en la bicicleta y no la miraba porque generalmente me iba cuidando de los coches, de las atarjeas, de los baches o de no atropellar a alguien que saliera detrás del urbano, entonces ella me veía y me echaba un grito, con esa espontaneidad que la caracteriza:
_¡Eyy, eyy, eyy…acá… no me has dado!
En ese momento me detenía:
_¡Bueno, pues ven para acá! –Le decía, más con una seña que con la voz.
Y ya le daba lo que podía. Sinceramente me daba gusto que me saludara porque la consideraba como mi amiga, aunque a lo mejor no me considere de la misma forma, pero si ella ve en mi la posibilidad de tener unas monedas, pues para mí está dada la relación de amistad. Por sí misma ella no es una persona grosera, creo que es una tontería de las personas cuando se burlan de ella y le dicen que haga tal o cual cosa incorrecta, pero en esos casos más tiene la culpa la persona consciente –y mal educada- que doña Mari.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. EDUARDO ORTIZ (45 AÑOS), INFORMANTE
Aventuras de niños
En una esquina de las calles Venustiano Carranza y Ciprés, en el terreno de la “Casa de Campo”, había un árbol de ciruelas amarillas, muy sabrosas, pocos sabían que eran de esas ciruelas; en ese tiempo, en ese lugar, había un montón de piedras y un cercado de alambre de púas con muchos hoyos, nos pasábamos entre los alambres, subíamos el montón de piedras y después nos robábamos las ciruelas. En ese lugar, además, casi siempre veíamos perros y gatos muertes y un chorro de cosas que la gente iba a tirar ahí como si fuera basurero.
Las casas centrales de la “Casa de Campo” sí tenían ventanas hacia aquel lugar de los árboles de naranja china, naranjos y ciruelo; a veces, en una de esas ventanas se aparecía la cara de una señora, bajita, con cabello negro lacio, y cuando nos descubría nos echaba un grito y salíamos a la carretera… porque ciertamente como estábamos robando nos daba algo de temor y ¡Pélate!, no esperábamos otro grito. Eso ocurría de ese lado de la “Casa de Campo”.
Del otro lado del mismo terreno prácticamente estábamos metidos en esa propiedad porque a un costado del portón principal el terreno tenía una escuadra y ese espacio era ocupado por unos columpios públicos; los dueños de la Casa prestaban ese lugar al municipio para juegos infantiles; en realidad no eran muchos: nueve columpios, dos sube y baja, dos trapecios y unas argollas. Los domingos se veía lleno ese lugar y entre semana era el paso obligado de los niños al salir de la escuela Josefa Murillo; como a mí me quedaba a media cuadra de distancia generalmente estaba yo ahí por las tardes. Tiempo después por temor de que les fueran a expropiar el lugar, los dueños construyeron una barda alrededor del terreno y encima colocaron una malla de alambre.
El buscar recovecos en las calles y en los parques de la ciudad o por las tardes treparse a un árbol y esconderse detrás de las ramas sin que las personas lo vieran a uno, implicaba una pequeña aventura. Considero que esta actitud tenía una correspondencia directa con la mentalidad infantil porque a veces estábamos por ahí, agazapados detrás de una cerca y si pasaba una señora o un señor y no nos descubrían, pues ese lugar resultaba ya un escondite. Con un poco de imaginación habíamos ido a la selva, al bosque, o a la montaña o a cualquier lugar; eso fomentaba mucho nuestra creatividad y nuestra amistad.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. EDUARDO ORTIZ (45 AÑOS), INFORMANTE
Altar de Todos… santos
En la casa de enfrente a mí me recibían siempre como parte de la familia, ahí siempre ponían un altar grande, muy completo. Eran dos arcos en una misma mesa, uno estaba al frente y el otro, atrás; ahí ponían colgadas muchas naranjas y flores de cempasúchil y en el suelo –porque el altar comenzaba en el arco y terminaba abajo- había cubetas o macetas con más flores de cempasúchil, nube, de esa flor como de terciopelo y otras muy vistosas; en la mesa se podía ver una cazuela de mole, otra con pipián, tamales, dulces, jamoncillos, cañas, tejocotes en dulce, calabaza en dulce y otros alimentos servidos en cazuelitas, platos y jarros de barro. Muchas veces para el altar de muertos se vaciaba una habitación completa porque debía ser un espacio muy especial.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. EDUARDO ORTIZ (45 AÑOS), INFORMANTE
Los niños del Roble
La cuadra de la calle del Roble donde viví estaba compuesta como por treinta o treinta y cinco chavos, porque cuando se trataba de jugar canicas se hacían varios grupos; cuando era tiempo del trompo, se formaban cinco o seis grupos, unos aquí y otros allá, sobre todo en los fines de semana. Se clasificaban más por tamaños que por edades: los grandes jugaban allá con los grandes; los más chicos, acá y los niñitos, en otro lugar. Era la clasificación que se daba porque correspondía a:
_¡No te metas con los grandes porque te pueden pegar! ¡Métete con los de tu tamaño! –Nos recomendaban siempre nuestras madres a cada uno.
En un barrio así, en ocasiones hacía uno grupo con unos o con otros de acuerdo con lo que se presentara como actividad; si íbamos a jugar futbol, formábamos parte del grupo que organizaba el fut y si no queríamos, entonces nos metíamos a otro grupo. Éramos tantos que se podían formar cinco grupos y uno podía escoger según el gusto por tal o cual juego. La mayoría de los juegos los practicábamos por temporadas y muchas veces nos reuníamos para construir algo con que jugar, por ejemplo un carretón o comprar un trompo o canicas.
La forma de conseguir dinero era juntar botellas y fierro viejo. Si eran botellas, las íbamos a vender con don Miguel Parada allá en la esquina de Belisario Domínguez y Miguel Palacios; si era fierro, pues íbamos a Vista, en la calle Allende. En aquel tiempo yo prefería juntar botellas de sidra porque eran las mejor pagadas, a quince centavos; si juntaba unas diez botellas, eso equivalía a un peso con cincuenta centavos, que ya era una buena lana porque si compraba de esos dulces llamados moritas –en ese tiempo traían relleno de jalea-, costaban cinco por cinco y después de tres por ciento centavos, las daban en un papelito de estraza; compraba veinte centavos de moritas y me daban veinte moritas ¡A su gallo! ¡Atáscate!, andaba uno trayendo la boca roja roja y métele y métele a las moritas.
En la esquina de Miguel Palacios y el Roble se hallaba la casa de doña Panchita y en una ventanita que abría así, de abajo hacía arriba, esa señora vendía plátanos que le traían de Xico o de Teocelo; a mí me gustaban mucho los morados, ésos los daba a tres plátanos por veinte centavos y a veces a dos por quince. Después de comprar los plátanos procuraba uno hacerse así, como a la orillita, como para allá, para que los cuates no le pidieran a uno; así hacía todo mundo porque eso de convidarle a los demás era casi como una tragedia, pero si le caían a uno comiendo un plátano pues ni modo; en aquel tiempo se acostumbraba darle la mordida del mismo plátano a cualquiera de los cuates, no había tantos problemas como para decir: “¡No, no te doy!”, el trato era más fraternal, con la confianza suficiente para darle una probada de la comida al otro niño; así, un plátano a veces se lo acababan entre dos o tres niños. Pero generalmente se escogía una hora en que no hubiera muchos cuates por ahí, compraba uno los plátanos y se los comía uno rápido.
Otra forma de conseguir dinero era buscar una llanta vieja para vendérsela a las personas que hacían huaraches, no había talleres grandes sino casas particulares donde los elaboraban o en el mismo mercado de San José o Jaúregui; nos daban dos pesos por una llanta y ese dinero ya era bueno para completar cierta cantidad y poder comprar algún juguete o golosinas para todos. El fierro viejo lo pagaban a quince centavos el kilo, por lo cual teníamos que juntar de todo: pedazos de lámina, algún boiler viejo, varillas corrugadas, tubos para agua y tornillos oxidados; pagaban un poco mejor el cobre y el bronce, entonces si llevaba uno algunos tubos para gas, los pagaban a veinte o veinticinco centavos.
En la calle Honduras, casi al llegar a Costa Rica, hace años tenía su taller un carpintero-tornero al que apodaban “el bigotes”; en ocasiones él hacía juguetes de madera y los vendía entre la palomilla de chiquillos de los barrios cercanos. Ese señor vendía los trompos a dos cincuenta porque decían que eran de raiján* -hasta la fecha no sé cómo es físicamente ese árbol- , pero siempre nos engañó porque en realidad él los hacía con madera de guayabo; cuando llegaba uno y preguntaba:
_¿De a cómo son los trompos?
_De a tanto –según el tamaño.
_¿Son de raiján?
Sí, son de raiján.
Los vendía a dos cincuenta, dependiendo, entonces si me daban un tostón –una moneda de a cincuenta centavos que tenía un Cuauhtémoc- todos los domingos, a veces tenían que adelantarme el otro tostón y todavía tenía que buscar de dónde obtener el otro peso.
*raiján: escobilla, capulín guinda, arbusto de ramas fuertes y flexibles.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. EDUARDO ORTIZ (45 AÑOS), INFORMANTE
Los basureros antiguos
En ocasiones mis amigos y yo caminábamos por la calle del Roble, seguíamos derecho, íbamos a dar al fondo, hasta llegar a los basureros localizados en ese tiempo a ambos lados de la carretera nueva a Coatepec. Cerca de ese lugar había un pasadizo, atrás de un puentecito, era un túnel largo de piedra por donde las personas de los potreros cercanos pasaban a sus animales para evitar algún accidente con lo camiones de la basura que transitaban por el puente. Una vez nos metimos ahí, estaba oscurísimo… al centro el lugar estaba lleno de lodo, era un charcote, salimos batidos, y es que no se podía ver casi nada, únicamente distinguíamos algo de luz en la salida de cada lado… ahí íbamos endolados y cayéndonos; pero como ya habíamos cruzado más de la mitad, a como pudimos mejor nos apresuramos a salir.
Algunas veces íbamos a los basureros a buscar botellas, lámina o fierro viejo que pudiéramos vender. Se sentía una pestilencia horrible, siempre estaban quemando algo, de hecho tiene un olor muy característico la quema de basura, un olor picante por el olfato; ahí encontrábamos porquería y media, desde cosas así, infecciosas como el tiradero de cosas de hospital –botellas de suero, mangueritas, gasas, vendas y otras porquerías- hasta un montón de perros muertos producto de aquellas campañas de salubridad para envenenar a los perros callejeros; según se dice, por eso se perdieron los zopilotes aquí en Xalapa, era algo característico por las tardes mirar hacia el cielo y verlos revoloteando… pero como envenenaban a los perros, también envenenaban a los zopilotes cuando devoraban los restos de los animales en el basurero.
Antes se veían muchos zopilotes ahí en el basurero, parecía gallinero; a veces los veía uno lastimados porque se golpeaban con las ramas al volar entre los árboles y luego se quedaban por ahí. En el basurero nadie los mataba, andaban como gallinas junto a los pepenadores, pero era una cantidad grande de zopilotes y también de moscas; ha de haber habido como dos trillones de moscas porque de repente pasaba uno y volaban así, como a una altura de medio metro o sesenta centímetros –parecido a un enjambre- y uno sentía cómo golpeaban ¡Dzzzt! ¡Dzzzt! ¡Dzzzt! ¡Pac! ¡Pac!, y rebotaban en los pantalones; pero no se levantaban mucho sino que andaba el mosquireo sobre la basura y cuando pisaba uno… ¡Psszdzzzt! ¡Zzz! ¡Dzzz!, , y entonces empezaban a volar ¡Qué bruto!, era como una mancha espesa de moscas.
Cuando íbamos al basurero lo único que esquivábamos eran los lugares donde estaban tiradas las cosas del hospital; alguna vez tocábamos alguna de esas mangueritas con las que ponían suero y mi mamá nos regañaba porque decía que podría estar infectada. De ahí para allá recorríamos todo el lugar, había varios pepenadores que clasificaban cosas por botes de lámina, cosas de plástico o de cartón, esto y lo otro; ellos no nos recibían muy bien cuando llegábamos, a veces andábamos por ahí buscando algunas cosas y nada más de repente sentíamos que nos tiraban una piedra o cualquier otra cosa, porque ellos consideraban como suyo ese lugar.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. EDUARDO ORTIZ (45 AÑOS), INFORMANTE
Doña Casimira
Generalmente si salía a la rama, salía solo; primero ubicaba los lugares donde daban mejor propina y después iba solo; bueno, no tanto por avaricia sino porque me gustaba andar solo, pues aún de chico había temporadas en que me aislaba del resto de los amigos del barrio. Hacía mi ramita y visitaba como cinco lugares cada noche.
En ese entonces, en la calle Leona Vicario, cerca de Bocanegra, vivía doña Casimira, una señora muy viejita de pelo blanco, blanco, quien en compañía de sus nietos se paraba cerca de la rejita de su casa para oír la rama; se hacía cola para pasar a cantarle a doña Casimira porque a todos nos daba; entonces se formaba uno, pasaba a cantar sin que interrumpieran los demás niños y la señora nos daba ¡Quince centavos! Tenía un botecito con monedas y “¡Órale, otro!” –nos decía-; pasaba el siguiente, pero no daba chance de formarse varias veces: “¡Tú ya cantaste! ¿Verdad?” Todos los niños que salíamos a la rama ya sabíamos que doña Casimira siempre daba; la única manera de pedirle más era pasar con ella como a las siete de la noche y después, cuando venía uno de regreso como a las diez, echarse otra cantada para sacar treinta centavos.
En cuanto a la rama siempre procuraba uno adornarla bien, al grado de que algunos le ponían faroles con una velita adentro de cada uno y cantaban:
¡Salgan a la puerta
y verán que bonito,
verán a la rama
con su farolito!
Otros vestían su rama de acuerdo con lo que cantaban, por ejemplo:
¡Salgan a la puerta
y verán que bonito,
verán a la virgen
en su borriquito!
En ese entonces era más fácil salir a cantar, bueno, no había tantos coches y además era casi lógico que al cumplir cierta edad, como de los cinco a los once o doce años, podía uno salir a cantar la rama, era algo que se esperaba –yo lo sentía así-. Entre los grandes también formaban grupos para salir a cantar y se acompañaban con guitarras, sobre todo eran personas de alguna vecindad o de una cuadra en particular. A mí al principio me dio mucha pena, pero cuando se oyen caer las monedas, se quita uno la pena y va uno cantando con harto gusto.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. EDUARDO ORTIZ (45 AÑOS), INFORMANTE
Un negocio iluminado
Cuando estudiaba en la secundaria Sebastián Lerdo de Tejada se pasaron a vivir a la calle del Roble, casi enfrente de mi casa, un señor llamado Raimundo que usaba una muleta porque tenía un problema en su pierna y su hijo Raimundo a quien todos le decíamos “El güero”. Ellos dos tenían una pequeña fábrica de veladoras, bueno, en realidad era un taller formado por una máquina parecida a una mesa con una caja de ciento dos conos de metal, todos colocados de cabeza, a los cuales se les vaciaba la parafina líquida a través de un bordito; más debajo de la mesa había una palanca que movía muchas agujas con las que hacían los hoyitos a las veladoras para meterles el pabilo. A un lado de la máquina se hallaban varios tambos con quemadores de petróleo donde se derretía la parafina que luego se vaciaba en los moldes con una cubeta.
Como las veladoras ya salían con un hoyito, manualmente se les colocaban los pabilos –de hilo de algodón con un alma de plomo- y sus portamechas, unas latitas con cuatro piquitos que se les clavaban en la parte de abajo a cada una de las veladoras; después, se les pegaba con engrudo un vaso de papel recortado en forma de abanico. En ese tiempo “el güero” fabricaba dos marcas de veladoras: las de Rafael Guízar y Valencia, con la imagen de este arzobispo y las Lucero, con la imagen de los tres reyes magos y el lucero en el cielo que los guiaba a Belén; aunque en realidad era el mismo producto con dos marcas distintas. Las veladoras más vendidas eran las de Rafael Guízar y Valencia porque era más venerado aquí en Xalapa.
Los molletes de parafina los adquiría en un depósito de PEMEX ubicado en un costado del parquecito Revolución, sobre las calles Hermenegildo Galeana y 7 de Noviembre, ahí vendían gasolina, petróleo diáfano, dísel y los molletes de parafina de cincuenta kilos. Los molletes eran unos tubos de cartón como de treinta centímetros de diámetro y un metro de alto, aunque el cartón era grueso generalmente se minaba y se veían grasosos por fuera. Primero se les partía el cartón, se abría y quedaba al descubierto una vela grandota que cortábamos con hacha a la mitad y luego nuevamente a la mitad, se obtenían cuatro cuartos que se echaban a un tambo ya preparado con quince centímetros de agua en el fondo para evitar que la parafina se consumiera al calentarse; después la parafina derretida se sacaba con una cubeta, pero debía tenerse cuidado de no sacar agua.
Cuando no había parafina en el depósito de Pemex o cuando “El güero” no tenía suficiente dinero porque le quedaban a deber los clientes, entonces íbamos a comprar las sobras de velas y veladoras de Catedral o a la iglesia de Santiaguito. Nos vendían muy barato un montón de parafina, pero había que quitarle los pedazos de vaso, los portamecha y otras cosas… era como reciclar ¿No? Desde luego, esas veladoras quedaban un poco amarillentas, de menor calidad.
En una ocasión al “güero” se le ocurrió mezclar la parafina pura con shelac –o slac, no recuerdo bien el nombre- pero era una como parafina sebuda y blanca. Las veladoras se formaban así: al cono de metal se le ponía un pedacito de palo de escoba, se le vaciaba la parafina blanca y se dejaba secar; después, se retiraba el palo y en el hueco se le vaciaba la otra parafina. Al cabo de un tiempo las tiendas empezaron a reclamarnos porque les estábamos haciendo chapuza con esas veladoras, nosotros tratábamos de explicarles:
_¡Es que así duran más!
_¡Noo, es puro sebo! ¡Llévense esas porquerías!
Así nos reclamaban y teníamos que volver a hacerlas con parafina pura; aunque se abatía el costo de la fabricación, la idea no era robar sino que duraran más.
En ese tiempo la caja de cien veladoras costaba cuarenta pesos, pero a los de confianza nos daban la caja a treinta y ocho pesos. Salíamos a ofrecer las veladoras de tienda en tienda con una muestra envuelta en un papel; si lográbamos vender la caja arriba de treinta y ocho, la diferencia era nuestra ganancia; a veces la vendíamos en cuarenta y en ocasiones hasta en cuarenta y tres, lo cual representaba una ganancia de cinco pesos por caja –que era muy tentativa para animarse a salir a vender.
Como casi toda la palomilla asistíamos a la escuela por la tarde, entonces nos íbamos temprano a vender, nos daban una muestra a cada uno y arrancábamos a ofrecer en Allende, Costa Rica, Centroamérica, Venustiano Carranza, Jaime Nunó, Ignacio de la Llave, Ruiz Cortines y otras más; nunca íbamos más allá de esta zona, por ejemplo allá por el rumbo de los Berros o hacia otras colonias porque no nos daba tiempo de regresar para ir a la escuela.
Casi siempre vendíamos una o dos cajas en el transcurso de la mañana, aunque a veces yo corría con suerte y vendía cinco cajas en cuarenta y un pesos, con una ganancia de quince pesos… era mucho dinero para mis gastos, pues el pasaje del servicio urbano de primera –los carros de color verde- costaba treinta y cinco centavos y el de segunda –los carros de color rojo- valía veinticinco, entonces apartaba cinco pesos para mí y los otros diez se los daba a mi mamá.
La fábrica de veladoras del güero era como la casa de todos, a toda hora se veía ahí gente de todos los niveles porque como al dueño le gustaba tocar la guitarra y componer canciones pues le iban a pedir que llevara una serenata a tal o cual colonia. Esa fábrica era como un punto de reunión de chicos y grandes, creo que todos los que acudían a ese lugar finalmente aprendieron a hacer veladoras; yo empecé a ir por curiosidad y acabé haciendo y vendiendo veladoras. Ese fue el trabajo que mis amigos y yo tuvimos durante los tres años de secundaria; yo me sentía bien porque no le pedía dinero a mi mamá para el pasaje o para comprar un refresco o algo más.
Tiempo después “El güero” se fue a vivir allá por San Bruno, en una de las calles que dan hacia atrás de la fábrica; nos dejamos de ver durante mucho tiempo y me enteré por otros cuates que él había quitado su fábrica y entró a trabajar a Laguna Verde.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. EDUARDO ORTIZ (45 AÑOS), INFORMANTE
La piñata sorpresa
El algunas casas del barrio durante las posadas se quebraban muchas piñatas, casi siempre bajo techo –aunque el piso fuera de tierra-. Enfrente de mi casa, en la calle del Roble vivía un amigo llamado Julio; él padecía poliomielitis pero siempre se portaba con mucho humor. Recuerdo una vez, pero lo ha de haber hecho más veces, llenó con una sorpresa una de las cinco piñatas que él regalaba para esas fiestas; cualquiera podía entrarle a la fila para quebrarlas, pues yo veía que muchachas mayores que yo, como de quince años, le entraban.
En una ocasión me tocó ver cuando una muchacha, llamada Ludivina, le pegó a la piñata, una y otra vez hasta que repentinamente la desfondó y quedó bañada… de harina ¡fue un verdadero baño de harina!, el pelo le quedó blanco, blanco, pero no se vio como una broma pesada, al contrario, todo mundo tenía unas carcajadas tremendas… y todavía le dio unos jalones a la piñata para bañar también a los chiquillos que se aventaron a recoger dulces.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. GONZALO RIVERA SÁNCHEZ (65 AÑOS), INFORMANTE
“El Piojito”
La ciudad de Xalapa hace muchos años contaba con dos medios de transporte: a nivel regional funcionaba el tren conocido como “El Piojito”, cuya ruta era Xalapa-Teocelo y puntos intermedios; pero a nivel estatal y nacional, la ciudad contaba con un Ferrocarril Interoceánico para viajar, por ejemplo, a las ciudades de México y Veracruz. El tren de Puebla que iba –o todavía va- a Teziutlán, se detenía un tiempo en oriental porque ahí se hacían los cambios de pasajeros; el pasajero se dirigía a Veracruz ahí tomaba el tren procedente de México, que llegaba a Xalapa como a las dos de la tarde, mientras que el tren de Veracruz hacia México pasaba por aquí como a las once de la mañana. La gente de Xalapa ya estaba acostumbrada a esos horarios y esperaba el tren en la antigua estación localizada en aquellos tiempos en los terrenos que hoy ocupa el Deportivo Ferrocarrilero y la Clínica del IMSS.
“El Piojito” tenía su terminal en la calle Allende, donde ahora se encuentra la Comisión Federal de Electricidad; su trayecto transcurría así: salía de su terminal, pasaba por Ruiz Cortines y de ahí iba dando vuelta hasta agarrar rumbo hacia Coatepec. El viaje en este tren no resultaba muy cómodo porque dejaban traer animales como gallinas y cochinos; también subían café, plátano, naranjas y otros productos del campo ¡Como que no viajaba uno muy a gusto, pero el caso era llegar! Los asientos estaban hechos de madera y lastimaban, pues el recorrido entre Xalapa y Teocelo duraba dos horas –o tal vez más-, para variar llegaba demorado.
“El Piojito” tenía pocos vagones porque realmente no había mucha población en aquel entonces, se trataba generalmente de personas que venía a vender sus productos o a comprar mercancía. La pequeña máquina del tren funcionaba con vapor, la vía era muy angosta y el riel, delgado. No existían muchas paradas en su trayecto, al salir de Xalapa la primera parada se hallaba en Coatepec, después se detenía en Xico y de ahí se iba a Teocelo.
En esta zona circulaban también tres o cuatro autovías manejadas por medio de gasolina; el autovía circulaba más rápido que “El Piojito” porque constaba de un solo vagón como si fuera un camión nada más que con ruedas de fierro, sí, igual, igual. Los asientos en el autovía eran de madera, pero acojinados y el pasaje de Xalapa a Coatepec costaba veinte o veinticinco centavos.
El lugar por donde iba pasando el tren era puro monte y fincas de café o huertas de plátano y naranjas; había muchas curvas, en algunas zonas la vía quedaba cerca de los cantiles o de los cerros. De Xalapa a Coatepec había un puente llamado “Puente de los bejucos”, ese puente tenía como cincuenta o cien metros de largo, por ahí pasaba el tren y abajo se veía el río conocido en aquellos años como “de los bejucos”, por eso le pusieron así al puente.
La calle Úrsulo Galván –antiguamente calle Colón y luego, Avenida Santiago- era empedrada y sobre ella se encontraba una vía por donde transitaban unas mulitas arrastrando un carrito con los productos que traía “El Piojito” desde todos los pueblos cercanos; ese carrito llegaba hasta el mercado Jáuregui, un jacalón redondo de madera, en ese entonces. En el parque de Los Berros actualmente corre una réplica de aquel trenecito los sábados, domingos y días festivos.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. GONZALO RIVERA SÁNCHEZ (65 AÑOS), INFORMANTE
El ambiente del carnaval
El ambiente se ponía bueno cuando había carnavales o ferias en Xalapa, venían muchas personas de fuera, de otros estados y de otros países. A mí me tocó salir en varias comparsas con los compañeros del Patio Bremont y por qué no afamarnos, siempre nos llevábamos el primer lugar en las comparsas de adultos; salimos en comparsas como: “El niño artillero”, “El hospital ambulante”, “La Alhóndiga de Granaditas”, “El gran safari”, “Los barbones de Cuba”, “Chema y Juana” y otras más, casi siempre ganábamos.
Actualmente no se organizan carnavales en Xalapa, ferias sí pero ya son modernas, como la Feria de las flores, diferentes de aquellas ferias artesanales, ganaderas y comerciales. Los carnavales se acabaron porque –según decían- cuando las personas se pasaban de copas comenzaban a arrojar botellas de cerveza –de cristal grueso- así como alguna que otra botella de licor; las aventaban sobre la gente y a veces les caían a los niños, a las señoras o a los abuelitos. Además muchos, individuos se encapuchaban y andaban cometiendo desórdenes, no sé por qué eran así mis paisanos, nomás andaban corriendo en montón y empujando, pasaban a traer a las personas mayores y a los niños; eso no se debe hacer ¿Verdad?, Hay que divertirse pero sanamente.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. GONZALO RIVERA SÁNCHEZ (65 AÑOS), INFORMANTE
Personajes del carnaval xalapeño
Un señor de nombre Arnulfo Franco, que era especialista en disfraces de carnaval, siempre ganaba el primer lugar en la categoría de adultos, le decían “El Loco” Franco; algunos de sus disfraces fueron: en uno, de frente se veía que era un aguador que venía subiendo por el callejón Jesús te ampare, pero del otro lado, ya viéndolo por detrás, era una María, una paisana, que llevaba dos canastas de flores, con sus trenzas y todo; en otro disfraz llamado “la pollera colorá”, de la cintura para arriba, según, era una bella que como falda, por los lados, llevaba un montón de pollos, se veía media tropicalísima, media rumbera, pero de la cintura para abajo parecía un enanito que con sus bracitos iba cargando todo el montón de pollos.
Elaboró, en su tiempo, los mejores disfraces; incluso hay una película que se llama Carnaval Xalapa-Veracruz y él sale ahí. En aquellos carnavales unos peluqueros se disfrazaban de “el gordo y el flaco”, eran muy parecidos a Stand y Oliver, también ellos ganaron buenos premios. Algunas escenas de la película Carnaval en el trópico se filmaron aquí en Xalapa; esa vez en el estadio vino a torear Mario Moreno “Cantinflas” y alternó con Carlos Méndez, un torero xalapeño, y Conchita Sitrón, rejoneadora peruana; también participaron Manuel Medel, “don Chicho” y “la Flaca”
En ese tiempo hubo un carnaval en Xalapa y “Cantinflas” coronó a “Mentolatum I”, un ferrocarrilero, como rey del carnaval y como princesos a “El Chato picapiedra” y “Cundingo”, un antiguo obrero de la fábrica El Dique. “Mentolatum” se bautizó así porque siempre decía “¡Para todo mal “Mentolatum” y para todo bien, “Mentolatum” también!” Cuando ya habían pasado algunos años hablé con “Mentolatum” y me contó que él había platicado con “Cantinflas”:
_Mire mi Mario Moreno, mi “Cantinflas” ¡Increíble que yo soy el rey y que no tenga ni una casa, ni un palacio, tan siquiera una casita!
_¡No hay problema!, Escoge una por ahí y yo te la compro –Le contestó “Cantinflas”.
Y así ocurrió, le compró una casa allá por la calle Magnolia, atrás del deportivo Colón. Esa fue la suerte de “Mentolatum I”.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SR. GONZALO RIVERA SÁNCHEZ (65 AÑOS), INFORMANTE
Salones de baile
En donde se hallaba la estación vieja del ferrocarril, a mediados de este siglo, había un salón de baile llamado “El Lago azul”, entre semana funcionaba como “la cepillera” porque ahí hacían cepillos para fregar el piso, pero sábados y domingos organizaban bailazos en la noche. Otro salón de baile era el “Lux”, situado en la calle Lucio, a la altura de donde hoy se encuentra el Pasaje Tanos. En San Bruno, en el sindicato de los hilanderos de la Ferrer Guardia de la fábrica La Probidad –así se llamaba La Fama- se efectuaban bailes muy animados.
En Juventino Rosas, donde le llamaban “La Playa”, frente a Los Berros, organizaban bailes los fines de semana. En Ignacio Zaragoza, donde está ala CROC, entre el café La Parroquia y el restaurante Monroy, por la calzada del Beaterio, realizaban bailes muy alegres. En la terraza del Parque Juárez, desde donde se ve perfectamente el Pico de Orizaba y el Cofre de Perote, pues también se bailaba en esa explanada, exactamente donde está ahora el monumento a don Benito Juárez.
En ese tiempo animaban los bailes las orquestas de moda como Manolo Vicuña, los hermanos Rodríguez, la Bahía, la Playa, los Hermanos Flores Olivares, Juárez y sus Caballeros del estilo, los Hermanos Cruz y los Bombines plateados. En el Centro Recreativo Xalapeño se celebraban bailes pero de más categoría, de lujo, al igual que los bailes en la Preparatoria Juárez, el Casino Español y el Casino Xalapeño; en esos lugares cobraban cinco, diez, doce y hasta quince pesos y las personas debían asistir de riguroso traje y corbata.
Todo iba por categorías, yo acudía a la terraza del parque Juárez, pero ahí no tocaba ninguna orquesta; eran discos de pasta, grandotes, sólo tenían una melodía por un lado y otra por el otro; cobraban cincuenta centavos; pero cuando en la misma explanada se hacía un baile con orquesta, entonces cobraban dos pesos.
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SR. GONZALO RIVERA SÁNCHEZ (65 AÑOS), INFORMANTE
Juegos en los velorios
En los intermedios de los varios rosarios que se hacían en los velorios, novenarios o cabos de año en la religión católica se acostumbraban algunos juegos como los siguientes:
El florón: se colocaban en rueda como veinte personas sentadas –mujeres y hombres-, sujetando en las manos una cuerda larga a la cual se le metía una sortija, se ponía de pie a una personas en el centro de la rueda para que la buscara y le decían:
¡El florón está en las manos,
en las manos del señor
y el que no lo adivinare
se quedare de plantón!
La persona que en ese momento tenía la sortija, la movía en la cuerda y rápidamente la pasaba a otro a través de la cuerda y éste al de junto, y así iba de un lado a otro; entonces la persona que estaba de pie la buscaba acá, la buscaba allá y si llegaba a encontrarla, tomaba un lugar en el círculo y la persona a quien se la encontraban paraba al centro para continuar el juego: “El florón está en las manos…” En eso consistía ese juego”.
El juego de los viudos se desarrollaba así: se sentaban seis mujeres en varias sillas y detrás de cada una se ponía un hombre, de pie y con las manos atrás, pero había una silla desocupada y un hombre que la hacía de viudo; se colocaba una vela al centro del círculo formado por las sillas y les decían a los hombres:
_¡Ojos a la vela y manos atrás!
Y las mujeres nuevamente corrían a la silla desocupada, y ahí estaba la vacilada porque a veces corrían dos o tres mujeres y se hacían bolas… o bien alguno de los hombres intentaba agarrarlas para no quedarse viudo y se iba contra la silla…
El juego de la sortija: se sentaban varias personas –veinte, por ejemplo-, había alguien que entregaría la sortija, se la colocaba en las manos, cerradas palma con palma y encima del hombro llevaba un cinturón; luego, todos iban abriendo las manos como para recibir la sortija y al último de la fila se le preguntaba:
_¿Dónde está la sortija que te di a guardar?
_La tiene Pepito.
Y con el cinturón le daba un trancazo:
_¡Toma por chismoso!
_A ver Pepito ¿Dicen que tú tienes la sortija?
_¡No, no es cierto!
_¿Quién la tiene entonces?
_¿Mnnn… Marieta?
_¡Toma por chismoso, ella no la tiene!
Y ese era el chiste del juego porque las personas debían estar atentas para adivinar a quién se le había entregado la sortija.
El rey de las espadillas: se hacía un círculo como de diez sillas –vamos a suponer-, había nueve sentados y una persona que por azares de la vida o por un sorteo había sido designada como el rey de las espadillas; entonces, a cada una de las personas sentadas se le ponía el nombre de alguna ciudad, por ejemplo: Xalapa, Veracruz, Puebla, Durango, Tijuana, Toluca, Acapulco, etcétera. Después, uno que la hacía de encargado, como emisario del rey, decía:
_¡El rey de las espadillas ordena que se levante la ciudad de… Xalapa!
Pero antes de levantarse la persona tenía que decir:
_¿Qué se podrá?
Y contestaba el rey de las espadillas:
_¿Cómo no se va a poder?
Ya se levantaba la persona y preguntaba:
_Y después de esto ¿Qué hay que hacer?
_¡Que dé cinco pasos hacia su majestad! –Ordenaba el encargado.
Pero antes de dar un paso tenía que preguntar:
_¿Qué se podrá?
Y si la persona preguntaba antes de hacer esa pregunta, entonces se fletaba, es decir, le tocaba ocupar el lugar del rey de las espadillas. Al iniciar el juego se ahumaba un corcho (un tapón de botella) que guardaba el encargado.
Continuaba el juego:
_¡Habla el rey de las espadillas: ¡Que se levanté la ciudad de Puebla!
_¡Que se podrá! –Contestaba la persona que representaba a Puebla.
_¡Sí, cómo no!
_Y después de esto ¿Qué se hará?
_¡Que dé seis pasos ante su majestad!
_¿Qué se podrá’
_¡Sí!
_Y después de esto ¿Qué se hará?
_Tomar el corcho.
_¿Qué se podrá?
_¡Sí!
_Y después de esto ¿Qué se hará?
_Ponerle unos bigotes modelo Pancho Villa al rey de las espadillas.
_¿Qué se podrá?
_¡Cómo no se va a poder!
Y si se los ponía diferentes al modelo Pancho Villa, entonces lo fletaban; o bien ordenaban pintarle unos bigotes al estilo Hitler o Chaplin y si se equivocaba, lo sacaban a él. A otros les mandaban ponerle unas patillas el estilo Maximiliano o unas barbas al estilo Venustiano Carranza y si no coincidían, enseguida lo fletaban. Ése era el chiste del juego y otra vez empezaban.
Después de un rato la mayoría de los participantes tenían huellas del corcho ahumado en la cara, porque tarde o temprano se equivocaban al no preguntar “¿Qué se podrá?, Antes dé cumplir la orden o fallaban en el momento de pintar cejas, bigotes o lunares al estilo de tal o cual personaje en la cara del rey de las espadillas.
Se acostumbraba igualmente otros juegos como la baraja, las prendas y el de la nalgada. Así se vivía el ambiente de los velorios hace muchos años.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SR. GONZALO RIVERA SÁNCHEZ (65 AÑOS), INFORMANTE
Festejo navideño
Entre los niños del barrio con tiempo organizábamos todos con tiempo organizábamos todo para salir a cantar: íbamos a traer una rama de pino, principalmente, o de cualquier otro árbol que encontráramos en el monte; la adornábamos con cadenitas de papel china, con farolitos antiguos –hechos con papel y con su velita adentro-, estrellitas doradas y plateadas y otros adornitos que hacíamos. En ese tiempo había más creatividad porque todos los adornos los hacíamos en la casa con la ayuda de la mamá o de la abuelita; antes, agarrábamos unas corcholatas, les quitábamos el corcho, las aplanábamos y les hacíamos un hoyito en el centro con un clavo, después las íbamos pasando en un alambre y así quedaba lista nuestra sonaja y sonaba bonito ¡de veras… palabra de honor!
Después de cantar las personas nos regalaban dinero, morrallita;* otros daban dulces, galletas o frutas, ahí las íbamos juntando y había que llevar un bote tipo alcancía para oír cuando cayeran las monedas y una bolsita par ir echando los dulces o la fruta. Entre todos nombrábamos a un tesorero –un niño o una niña-, él recogía el dinero cuando terminábamos de cantar; en aquellos años no se oían mucho las despedidas groseras, cuando nos daban algo cantábamos:
¡Ya se va la rama
muy agradecida
porque en esta casa
fue bien recibida!
Pero si no nos daban, entonces:
¡Ya se va la rama
muy desconsolada
porque en esta casa
no le dieron nada!
Ahora los niños en la despedida de la rama algunas veces ofenden a las personas que no les dan dinero; eso no debe ser, no se vale, hay que desear ¡Feliz Navidad y próspero año nuevo!
*morrallita: de morralla, dinero menudo, fraccionario.
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SR. GONZALO RIVERA SÁNCHEZ (65 AÑOS), INFORMANTE
Anécdota de un velorio
Palabra de honor que una vez me tocó –yo lo viví-, estaban jugando a la nalgada unos cabrestos, ya estaban pasados de copas y no faltó uno que agarró y le pegó al que estaba fletado, recibiendo las nalgadas, y no solamente le pegó sino que lo empujó y se llevó al que estaba tapando… con el empujón éste se fue hacia atrás e hizo carambola… otra persona al caerse tumbó la caja, se salió el difunto y le cayeron las velas encima.. ¡En un instante ya estaba ardiendo…! Algunos corrieron a apagar las ropas del muerto para evitar un incendio más grande, pero casi todos estábamos “muertos” de risa…
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SR. GONZALO RIVERA SÁNCHEZ (65 AÑOS), INFORMANTE
El viejo
El último día del año todavía se acostumbra que salgan algunas comparsas con un “viejo”; antes lo hacíamos de viruta, con ropa viejita, unos mecates eran las barbas o el pelo blanco; ese “viejito” de trapo se ocupaba para andar cantando y a la media noche se quemaba en alguna esquina, por eso en una de las estrofas decía: “¡Este pobre viejo se muere de risa/ y a la media noche se vuelve ceniza!” Ahora, una que otra persona se disfraza de “viejito”, le ponen una máscara y anda apoyado en un garrotito, cantando y pidiendo cooperación; actualmente a las comparsas les meten música de todo tipo, con guitarras y hasta algo tropical… se vive con más alegría y se hace más bulla.
A veces parece que se está perdiendo la tradición o será que la crisis tiene algo que ver y ya no se puede gastar mucho; además, hay mucha competencia y se reparten los donativos del público, sí, y es más ¿Por qué no decirlo?, en una que otra parte… lo corren a uno:
_¡No, no, no, no, váyanse, váyanse de aquí!
Inútil insistir ¿Verdad?, o va uno a algún comercio:
_¡No, no, SHHHT, no hagan ruido, sálganse!
Lo corren a uno, ni modo, hay que disciplinarse, no puede ser a la fuerza.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SR. GONZALO RIVERA SÁNCHEZ (65 AÑOS), INFORMANTE
Anécdota de un sepelio
Una vez, en un entierro, los familiares quisieron llevar cargando al difunto desde la casa hasta el panteón; bueno, todo iba bien pero ese día se vino un aguacero tremendo, bárbaro… y había que llegar hasta Palo Verde; ahí iban los cargadores de la caja, no se rajaban, pero para aguantar la mojada les iban dando aguardiente, iban chupando alegremente en el camino.
Entramos a Palo Verde, aquellos todavía iban cargando bien al difuntito, se iban cambiando de cuatro en cuatro y a cada uno le daban su “vitamina” líquida para que no les hiciera daño la mojada; al difunto le tocaba ser sepultado en la parte más baja del cementerio de Palo Verde; Ahí iban caminando con dificultad –por lo inclinado del terreno- cuando en una de esas… los cargadores que ya se habían pasado de “cucharadas” se resbalaron y se fueron rodando, soltaron la caja por allá lejos… la caja cayó con gran ruido, se rodó… y se abrió, se salió el muerto y cayó –para mala fortuna- en un lodacero, en una poza fea que estaba ahí cerca; los cuatro cargadores por más que intentaban levantarse no podían… entonces se arrimaron otros cargadores, echaron el cadáver enlodado a la caja y otra vez ahí iban… era un lodacero todo aquello y la lluvia en su apogeo… ¡Qué bruto!, yo todavía le dije a uno:
_¡Oye, mira lo que pasó! ¡Pobrecito difunto!
_¡Noo, lo bueno fue que ya no sintió el trancazo…!
Todo mundo estaba a las carcajadas en pleno cementerio.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SR. GONZALO RIVERA SÁNCHEZ (65 AÑOS), INFORMANTE
Sábado de Gloria
El Sábado de Gloria se celebraba bañando a todo mundo, echaban agua por donde quiera, regándola; cuando alguien pasaba por alguna calle le echaban agua y no valía enojarse porque era Sábado de Gloria. De chiquillos bien que nos molonqueaban, nos pegaban:
_¡Noo, niños, no estén echando agua! ¡Qué dirá la gente!
Pero ya la habíamos regado, ya qué; no entendíamos, nos molonqueaban y nos jalaban las orejas:
_¡Para que crezcan más!
Uno de mis tíos me decía:
_¡A ver, a ver, chocoyote* voy a jalarte las orejas para que te pongas grandote!
Y como yo me la creía, pues me dejaba y hasta me levantaba:
_¡Ya ya ya! –Le decía, con la cara toda colorada.
_¡Pero es que vas a crecer!
_¡Bueno, entonces jálamelas!
Así nos hacía a todos los chiquillos de la familia.
*chocoyote: de socoyote, ta, dícese del último hijo (a) que hay en una familia.
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SR. ANTONIO ROMERO ORTÍZ (77 AÑOS), INFORMANTE
¡De frente al tren!
Cuando trabajé en la vía me tocó presenciar muchos accidentes, pero no me perjudicaron a mí. Yo entré a una cuadrilla de treinta hombres, con secciones de ocho; era una cuadrilla ambulante que estaba al cuidado del tramo Xalapa-Veracruz; entonces, antes de empezar a trabajar, el mayordomo le explicaba a uno cómo debía protegerse para no sufrir algún accidente, por ejemplo, llevaba uno el armón, empujando, y cuando venía algún tren, no se daba uno cuenta por tantas curvas, y aunque mandaban bandereros para hacer señales y otros más con la roja en caso de que se necesitara detener el tren, las curvas y los cerros nos impedían la visibilidad… de repente nada más mirábamos que el tren venía de frente y nos decían:
_Ustedes dejen el armón, pero corran para adelante, corran encontrando la máquina, por los lados, a modo que llegue, le pegue al armón y aviente hasta por allá y no se los eche encima.
Esa era la advertencia que nos daban, yo pensaba: “si corro, un fierro o algo me alcanza, o avienta el armón y me aplasta”; no, si veíamos que se aproximaba el tren, pues dejábamos el armón y a correr por los lados, nomás veíamos que la máquina se lo llegaba y lo hacía pedazos; cuando nos daba tiempo, tantito, corríamos con el armón para atrás, mientras los demás paraban el tren, después lo librábamos en algún lugar y le daban paso a la máquina; pero a veces, cuando nos descarrilábamos, nomás se veía el botadero de uno y otro lado… afortunadamente no salí lastimado, gracias a Dios salí completo, pero muchos compañeros perdieron piernas, brazos, un dedo o quedaron ciegos; bueno, era un trabajo de mucho riesgo. El trabajo de maquinista no era tan pesado como el de la vía, pero sí muy peligroso porque también a veces el despachador les daba una orden equivocada y entonces les decían: “si este tren va a cruzar en esta estación, te toca cruzar aquí, en este punto, ahí va a llegar el otro y cruzan”; sin embargo, en ocasiones les daban la orden de cruce en otro lado y los trenes se encontraban en el camino… un choque así era para matarse o salir mal herido; algunos maquinistas de hecho salían inservibles, los retiraban del trabajo, jubilados, pero jubilados e incapacitados no tiene caso, es muy triste.
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SRA. JOSEFINA TORAL DE VÁZQUEZ (55 AÑOS), INFORMANTE
Juegos infantiles
Cuando era niña me gustaba jugar al “bote escondido” o “can can” por el sonido que hacía el bote al golpearlo sobre alguna piedra. El juego consistía en esconderse varios niños y uno de ellos debía buscar hasta encontrar a todos, pero si algún chiquillo sonaba el bote antes de encontrar al último entonces el chamaco que buscaba debía buscar otra vez; en cambio, si hallaba a todos, entonces el primero que había sido localizado ése iba por el bote. El bote era cualquier envase de lata que encontrábamos por ahí, lo aventábamos lo más lejos posible y corríamos a escondernos.
Otras veces íbamos a jugar al monte: buscábamos los árboles más grandes porque de ellos colgaban unos bejucos nos subíamos dos o tres chamacos y los demás nos empujaban para ir de un lado al otro del arroyo que cruzaba por ahí. En una de tantas veces, me subí solita a un bejuco y como nadie me empujo y yo no pude impulsarme, pues quedé a medio arroyo, sentía mucho miedo… me agarre fuerte pero el cansancio ya me estaba venciendo, entonces traté de detenerme hasta con los dientes para no caerme al agua… los demás chamacos mientras tanto corrieron a buscar unos ganchos para jalar el bejuco. Ese día todos pasamos un buen susto, pero nos divertimos mucho.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SRA. JOSEFINA TORAL DE VÁZQUEZ (55 AÑOS), INFORMANTE
Animales de monte
Hace muchos años en las cercanías de Xalapa aún se podían encontrar animales silvestres como el armadillo, la torcaza, la chachalaca, el chiviscoyo, el conejo y el tlacuache. La carne del armadillo (o toche) es muy sabrosa, nosotros lo comíamos asado a las brasas; los encontrábamos en las fincas de café, pero costaba mucho atraparlos porque cuando se siente en peligro se hacen una bolita y ruedan… ruedan cuesta abajo, sin importarles palos o piedras porque se concha es muy resistente.
Las chachalacas son unas gallinas silvestres, su carne es parecida a la del pollo pero tiene otro sabor, sus críos son de color cafecito –claro y oscuro- y arman un griterío, un escándalo que pareciera una manada grande y en realidad son unas cuantas; por eso cuando mis hermanos y yo llegábamos gritando a casa de mi mamá nos decía: “¡Váyanse, váyanse por allá, porque ustedes parecen chachalacas!” El chiviscoyo es como las gallinas pero más chiquito, de color café oscuro; sus críos tienen rayitas de color café y negro, y cuando se asustan corren rápido, rápido y esconden su cabecita entre la hojarasca y ya no los encuentra uno, no se distinguen tan fácilmente.
Había otros animales como: los perros de agua, el gato montés y la tuza que eran cazados por las personas para obtener pieles o evitar daños en sus cultivos. Los perros de agua se parecían a las nutrias de río, con patas chiquitas y con un fino pelaje que según le pasara uno la mano se volvía de color amarillo oscuro, café oscuro o café claro: El gato montés era más grande que el gato común, su pelo era precioso: gris con manchitas de color café o negro; este animal, al igual que la zorra, causaba muchas averías en las siembras de maíz y frijol al mordisquear los elotes tiernos.
Las tuzas, aunque parecidas a las ratas, se veían más redondas y chaparritas, casi estaban parejas de la cabeza hacia el lomo; a veces eran cazadas para sacrificarlas y ocupar la sangre calientita de sus cabezas para curar –según- el bocio.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SRA. JOSEFINA TORAL DE VÁZQUEZ (55 AÑOS), INFORMANTE
Ruidos y voces
A mí casi no me gustaba hablar de historias de aparecidos o de espantos porque dudo si son ciertas o fue mi imaginación, aunque las haya experimentado personalmente. En varias ocasiones escuchaba cerca de mi casa, aquí en la colonia Benito Juárez Norte, que alguien lloraba… lloraba… como a eso de las dos o tres de la mañana, era el llanto de una persona adulta; al principio pensé que se trataba de algún vecino pues oía esos lamentos junto a mi casa, hasta creía escuchar mi nombre y entonces salía, revisaba… y todo estaba en silencio. Transcurría algún tiempo y volvía a escuchar aquello: ese llanto, esos gritos desesperados.
Un día vinieron a visitarme unas primas y se quedaron a dormir en mi casa; en la noche una de ellas me dijo: “¡Oye!, creo que te hablan”, me levanté, no escuché nada y le dije. “No, no me hablaba nadie”. Pero recordé lo que había oído días antes, y ella todavía dijo: “¡Ay, tú! ¿Estaría soñando? ¡Pero si clarito oí que alguien te gritaba!” Pasó el tiempo y yo seguía escuchando esos gritos. Después empecé a preocuparme porque nadie comentaba nada de aquellas cosas y yo seguía oyendo lo mismo; entonces le comenté a mi hija:
_¡Voy a tener que consultar al médico porque ya tiene tiempo que me está ocurriendo esto y no sea que yo esté mal!
_¡Ay mamá! ¿Cómo piensas eso?
_Todo puede suceder y más vale a tiempo… yo sí voy a ver al doctor.
_Pues te acompaño.
Se me pasó esa preocupación y no volvía a hacer caso porque como no le duele a uno nada y no lo escucha a diario, pues no le di mayor importancia hasta que… en una ocasión, sí oí los gritos demasiado cerca y sí, me llamaban; rápido me asomé a la ventana del cuarto y no había nada… entonces creí que alguien estaba en la puerta de la calle, corrí hacia allá, abrí y no vi nada… yo estaba segura de haber oído la voz de una vecina, decidí subirme a la azotea para mirar hacia la casa de junto y fijarme si había alguna luz o si ella estaba llamándome, no fue así… todo en silencio… todo oscuro.
Antes no había sentido miedo, pero esa vez sí, empecé a bajar la escalera y al pasar por el patiecito sentí un escalofrío cuando oí los pasos de alguien, como si rechinaran los zapatos en pisadas arenosas… no volteé, me metí y me senté en el sillón a cavilar: “¿Por qué me está pasando esto? ¿Y ahora que voy a hacer? ¿Quién cuidará a mis hijos? ¿Qué va a suceder conmigo? Estaba preocupada por mi persona, por mi salud. Deje transcurrir algún tiempo y por suerte, después de unos días, mi hijo Martín se levantó temprano y me dijo:
_¡Mamá, yo escucho que alguien llora, que alguien grita!
Ese comentario me liberó de la preocupación sobre mi salud y le dije:
A ver, platícame como fue.
_Pues yo oigo que alguien llora, alguien grande, pide auxilio y se queja y se escucha ya por un lado, ya por el otro y en realidad no sé exactamente dónde, yo me asusté porque pensé que eras tú.
_¡Ay hijo!, No, mira, qué bueno que me lo dices pues yo estaba preocupada, fíjate que yo he percibido esos gritos desde algún tiempo.
Casi una semana después de platicar con mi hijo vino Mariana, una vecina, y me platicó:
_¡Oye! ¿Qué te pasó?
_¿A mí?, Nada.
_¿Cómo no?, Dime, si en algo te puedo ayudar ¿Qué tienes? ¿Por qué fuiste a pedir auxilio?
_¿Yoo, a pedir auxilio?, Pero ¿A dónde?
_Ahí, enfrente, yo estaba en la terraza, en la noche, y como oí que alguien gritó, me acerqué y vi que estabas en la reja de la calle… gritándole al señor o a la señora y pensé que algo les había ocurrido.
_¡Ay, nooo! ¡’ora yo! ¿Ya andaré penando?
_Pero si te vi con un vestido largo de color negro y llevabas el cabello suelto, eras tú.
_Pero yo no tengo un vestido así, te aseguro que no era yo… ¿Cómo voy a salir a esas horas de la noche…? ¡Ayy!, Me da miedo lo que dices.
Y pasó el tiempo y no volvimos a comentar más sobre el asunto; pero en otra de esas noches, mi hijo volvió a escuchar los lamentos y decidió localizar el lugar de donde provenían: “Vine a la sala, estuve sentado, oyendo, pero no sabía en donde se originaba aquello; salí al patio, subí a la azotea, bajé y al fin pude hallar el lugar preciso: en una ventanita que da hacia la parte de atrás de la casa escuché con claridad las lamentaciones, aunque no observé ninguna sombra o silueta; se trataba, tal vez, de un alma en pena necesitaba compartir su dolor con alguien”. Desde esa fecha jamás se volvieron a oír aquellos gritos.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SRA. JOSEFINA TORAL DE VÁZQUEZ (55 AÑOS), INFORMANTE
Tres velorios y una misma tradición
Casi toda la gente del lugar, del barrio, asistía a un velorio y ayudaba con lo que podía: dinero, café, azúcar, arroz, frijol, fruta para el ponche y flores: Durante el velorio se hacían varios rosarios, se repartían tamales, café, té, pan o galletas y en ocasiones también aguardiente o algún licor. Al día siguiente se hacía la misa de cuerpo presente; se llevaba al difunto al cementerio diciendo algunos rezos en el camino y otros más junto a la tumba; luego, se acomodaba la tierra, se le colocaba la cruz, las coronas y las flores; después las personas que habían acompañado en el velorio y en el entierro se les invitaba a comer mole, arroz o alguna otra comida en la cada de los dolientes.
Cierto día asistí a un velorio celebrado por los Testigos de Jehová. Ahí me tocó ver que la gente se ayudaba con dinero, con mandado –con despensa- o con lo que se pudiera; ponían canastas grandes junto a la caja y las personas de su misma religión al llegar iban depositando ahí su ayuda –esos canastos se colocaban junto a la caja o junto a la puerta de la cocina-. Las personas en lugar de llevar flores, una vela o veladora, llevaban algo de comida y lo depositaban ahí; cuando se llenaban los canastos, los vaciaban y los volvían a poner.
Esa ceremonia, como en la religión católica, duró toda la noche, pero sin rezos, a excepción de uno o dos cantos; las personas no llegaban a lamentarse –o al menos yo no escuché lamentaciones de lo que había sucedido-, al contrario, sus cantos eran de esperanza en la resurrección del hermano fallecido: Me tocó ver todo eso porque tenía amistad con la esposa del señor que murió.
En otra ocasión también presencié un velorio de… pues la verdad no sé exactamente de qué religión se trataba, creo que era Pentecostés. Llegué al velorio y no había nada, después llegó una señora con una veladora… no le hicieron el feo de no recibirla o no prenderla, se la aceptaron y la pusieron encendida en un rinconcito de la habitación, pero hasta allá… lejos del ataúd. Se reunió poquita gente, una que otra persona, nada más; de vez en cuando, cada dos horas aproximadamente, un señor leía algunos pasajes de la Biblia acerca de la muerte y la resurrección. La gente llegaba y nada más se saludaba y se sentaba, sin platicar –como acompañando, simplemente-, así permanecieron en silencio durante toda la noche hasta el día siguiente.
De los tres velorios, el que sentí más tenso, más sombrío, fue el velorio de esa persona, de ese señor de la religión Pentecostés, porque casi no había gente, ni personas que estuvieran platicando, así, de cualquier tema o de la enfermedad del difunto. Los de la funeraria trajeron el equipo de velación y me sorprendió que nada más pusieron la pura caja en el centro de la habitación, sin cruz, sin velas, nada; entonces, por eso, a lo mejor, sentí extraño el ambiente, se sentía soledad… mucha soledad.
En los velorios de las personas católicas el ambiente se sobrelleva un poquito mejor, porque se platicaba con la familia o con la gente que iba llegando; se les invitaba un café, té y algo de comer. En el velorio de los Testigos de Jehová, al cual asistí, sí me invitaron un té de canela o de frutas, pero en el velorio de las otras personas no dieron nada, únicamente permanecía uno sentado y callado. En el velorio de personas católicas sentí el ambiente menos pesado, más familiar porque había más comunicación entre los dolientes y las personas que asistían –los vecinos o los amigos-; sí se sentía el dolor, pero por la misma fe se tenía la esperanza, la confianza, de reunirse en el más allá con la persona fallecida.
En la religión católica después del velorio, el día del sepelio, se acostumbraba levantar todas las flores, las hojitas, todo lo que se caía, se envolvía con mucho cuidado en periódicos o se guardaba en bolsitas, sin dejar nada de lo que se veló, solamente se quedaban algunas flores que aún estuvieran frescas; pero generalmente se levantaban hasta los hilitos que traían los rollos de flores, los papeles de envolver, las bolsas y también los pedacitos de cera, todo se llevaba al panteón y se colocaba a un lado de la tumba. A veces, se guardaban algunos cabos de velas o cirios para utilizarlos cuando se presentaran grandes tempestades; también se ocupaban para hacerle rezos a algún enfermo que estuviera grave o para alejar las desgracias cuando ocurría un temblor o una granizada en alguna zona cercana.
En el sepelio de la religión de los Testigos de Jehová no se le hizo al difunto misa de cuerpo presente –como se acostumbraba en la religión católica-, de su casa se lo llevaron al panteón y lo enterraron en una fosa, pero sin rezos, sin flores, ni agua bendita, ni cruz. Al otro señor tampoco le hicieron misa, únicamente lo llevaron al panteón y un ataúd de madera lo enterraron en la pura tierra, sin fosa de material, tampoco le hicieron su montoncito de tierra, no, la tumba quedó pareja, a ras, aunque sí observé que le pusieron encima de la sepultura una ramita de saúco, sin hojas… como si hubieran sembrado una semilla.
En el novenario de las personas católicas se hacía comida para las personas que habían asistido a los rosarios durante toda la semana; en estos tiempos ya no se amanece en la celebración del novenario, ya no, solamente hasta la una o dos de la mañana cuando se levanta la cruz; algunas familias anteriormente, en plena madrugada, llevaban al panteón la cruz y las flores del altar. Además, siempre se buscaban padrinos de la cruz –para uno o tres años- y antes de presentarla en el altar del difunto se hacía una peregrinación para ir a encontrarla, en caso de hallarse lejos; pero si el padrino era del mismo pueblo o colonia, entonces la cruz era paseada por algunas calles hasta llegar a la casa del difunto; la familia recibía la cruz hincándose, luego la metían para depositarla en el altar, después se rezaba y se rezaba durante media o una hora hasta efectuar el levantamiento de la cruz y después la gente pasaba a besar la cruz bendita.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. JOSEFINA TORAL DE VÁZQUEZ (55 AÑOS), INFORMANTE
El espíritu de la máquina
En cierta ocasión me visitó una señora, amiga mía, y me dijo: “vine con mi hija como a las siete de la noche y por el ruido de la máquina de coser no nos oíste, te gritamos y gritamos, pero tú siempre con tu trabajo ¿Verdad?”, Pero resulta que ese día, a esa hora, no había nadie en casa. Días después vino a visitarme mi hijo y me encontró en la cocina:
_¿Qué haces mamá?
_Nada m’ijo, aquí estoy.
_Hasta el poste se oye la máquina, mamá ¿A qué hora te acuestas?
_No muy tarde.
_¿No…?, Mira que hora es.
_No, no estaba cosiendo.
_No me engañes, la máquina estaba trabajando, yo la vine oyendo desde la calle hasta ahorita que entré por la reja.
_Contigo ya son tres personas que me dicen lo mismo, yo creo que el eco del ruido de la máquina permanece durante todo el día en el cuarto y se escucha durante toda la noche –le dije para tranquilizarlo.
Mi mamá siempre me ha dicho: “nunca estés sola en tu casa, debes tener un animalito y si escuchas algún ruido entonces puedes decir: fue el perro, fue la gallina, fue el gato; Porque si no hay nada y percibes algo extraño, tu mente comienza a trabajar en preocupaciones a cerca de algún espanto o algún ladrón, noo… siempre debes tener un animalito para echarle la culpa de que ya se cayó una cosa o se movió la otra”.
Posteriormente, como a los quince días de platicar con mi hijo, dos señoras también me platicaron algo parecido, aunque esto si me dejó intrigada porque ocurrió en pleno día; dicen que oyeron el ruido de la máquina, pero que me vieron en la azotea arreglando unas plantitas.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. JOSEFINA TORAL DE VÁZQUEZ (55 AÑOS), INFORMANTE
Sábado de Gloria
El Sábado de Gloria se celebraba con una misa en la noche, la misa se efectuaba exactamente a la media noche para recibir el nuevo día con la bendición del agua y de las flores. Algunas personas acostumbraban echarse agua, pero se veía muy poco todo eso y no había la idea de jalarse las orejas o sonarles a los niños. En cambio, allá en mi pueblo, cerca de Totutla, se acostumbraba jalarles las orejas a los chamacos en el primer trueno del mes de marzo, que es cuando comienza a tronar; bueno, pues en el primer trueno que se escuchaba, las personas aprovechaban para jalarles las orejas con la idea de que así crecerían más.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. JOSEFINA TORAL DE VÁZQUEZ (55 AÑOS), INFORMANTE
Ruidos inexplicables
Una vez, después de la cena, estábamos platicando todos cuando de repente oímos que arrastraban un mueble de la sala, un buen tramo, y nos quedamos mirando en silencio y les dije:
_¿Qué piensan de eso?
_Pues nada.
_Yo, nada.
_Nada.
_Tantas cosas hace uno en el día que ya por la noche se escuchan ruidos –comenté, para calmarlos.
_No, es que… sería mucha coincidencia para todos ¿No crees? –Me dijo uno de ellos.
Ese día no sentí miedo, tal vez porque me sentía acompañada; sin embargo, en otra ocasión sí me asusté mucho: eran como las cinco de la tarde, yo estaba solita ese día en la pieza de abajo, cuando se dejó oír un golpe muy grande, fuerte, yo pensé que la pieza se había caído, y fue tal el estruendo que algunos vecinos vinieron corriendo a ver qué ocurría y muchas de las personas del templo –cercano a mi calle- salieron a ver lo que sucedía… en ese momento yo barría la pieza de abajo y al escuchar aquel ruido tan terrible ¡Ay!, Me angustié mucho y pensé: “¡La casa se cayó! ¡Se desfondó…!”, Hasta me puse lenta para subir los escalones… me pesaba todo el cuerpo… me sentía sumamente cansada para subir porque me imaginaba lo peor… por fin llegué ¡Ay Diosito! ¿Qué pasó? ¿Qué es esto? Y miré toda la habitación y… no había nada, todo estaba en su lugar, tranquilo. Algunas veces uno piensa que los ruidos son producto de la imaginación, pero cuando muchas personas, ajenas a la casa, escuchan lo mismo… entonces sí se queda uno con la duda.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SRA. JOSEFINA TORAL DE VÁZQUEZ (55 AÑOS), INFORMANTE
Tic-tac del destino
Un sábado fui a visitar a mi mamá y como se me hizo tarde me quedé a dormir en su casa; a la mañana siguiente me levanté como a las cinco porque ese día pensaba hacer muchas cosas y quise comenzar temprano. Fui a la cocina y al abrir la puerta escuché el sonido de un reloj, junto a la puerta había muchas bolsitas y pensé: “Ha de ser algún reloj de mi papá que guardaron por aquí –en ese tiempo mi papá tenía ocho años de fallecido- y de que lo tengan en una bolsa, mejor se los voy a pedir para llevarlo a mi casa”. Una hora más tarde le dije a mi mamá: “¡Regálame el reloj que está con los demás triques ahí junto a la puerta de la cocina, si es de mi papá quisiera conservarlo como recuerdo!”. Y ahí comenzó todo:
_¿Cuál reloj?
_¡Yo oigo uno!
_¡No m’ija, todas las cosas de tu papá están en un solo lugar, ahí tengo todo!
_Pues venga a oír.
Ella se paró junto a la puerta y me dijo:
_Pues si es un reloj, le voy a preguntar a tus hermanas, a lo mejor alguna de ellas metió algún reloj de tu papá en una bolsa.
Fue a levantar a mis hermanas y les preguntó, pero una dijo que no había guardado nada en ese lugar, después le preguntó a otra y le contestó lo mismo; yo empecé a sentirme un poco incómoda porque estaba levantando a todos los de la casa –a esa hora- con la misma pregunta. El caso es que todos fueron a la cocina para oír personalmente el sonido de ese reloj y todos pudieron escucharlo: tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac…
_Vamos a quitar todas las bolsitas, una por una para que veas que nadie escondió ese reloj ahí.
_¡No, mamá! ¿Cómo crees?
_¡Sí, m’ija, para que veas que no hay nada!
Ya con la duda metida entre ceja y ceja empezamos a quitar y a revisar cada bolsita pero… no hallamos nada:
_¡Mira, ese reloj no existe… esta guasa no existe, no me explico por qué se está escuchando!
Volvimos a colocar todo en su mismo lugar y todavía se escucho ese sonido durante unos tres minutos más y luego ya no se volvió a percibir. Yo regresé a mi casa y ellos se quedaron con la incertidumbre de aquel suceso ¡Quién se iba a imaginar que a los ocho días exactitos, el domingo, matarían a un hermano de mi cuñado en ese lugar, ahí, atrasito de la puerta! Entonces, cuando fui a visitarlos, mi cuñado me dijo:
_¡Pues a los mejor la vida de mi hermano estaba ya… por terminar!
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SRA. JOSEFINA TORAL DE VÁZQUEZ (55 AÑOS), INFORMANTE
Un templo de curación
En una ocasión acudí con mi suegra al templo Estrella del Oriente para que me hicieran una limpia. Ahí fue cuando me enteré de cómo curaban y qué hacían… por cierto, me regañaron porque… pues no sé, me causó risa, serían los nervios o no sé qué me pasó… pero me dio risa y ya no sabía ni como sentarme, ni cómo estar porque me sentía mal, incómoda; se me ocurrió cruzar los brazos y una señora se me acercó y me dijo que no cruzara los brazos ni la piernas en ese lugar y pues… más risa me dio y más me atacaron los nervios.
La primera vez que vi cómo trabajaban me causó asombro y me dio algo de miedo, pues nunca había entrado a un lugar así. En aquel entonces, cuando entré, vi que se saludaron, platicaron y luego se pusieron unas largas batas blancas. Había unas sillitas blancas cerca del altar en las cuales cada persona tomó su lugar, hombres y mujeres.
Otra persona, de pie, rezaba, hacía oración y oración, seguidas, sin interrumpir nada, hasta que las personas sentadas en las sillas blancas comenzaban a convulsionar… les agarraba una especie de temblor, se levantaban y se volvían a sentar; en ese momento la persona que hacía oración iba directamente hacia una de esas personas de bata blanca, le rezaba más, le ponía la mano en la cabeza, la sentaba y le hacía más oración hasta que daba un nombre, no el de la persona sentada sino otro nombre; y así, a cada una le iba diciendo un saludo de hermandad mediante un nombre distinto al que tenían en su vida mundana.
Después de esa preparación, la persona que había hecho oración decía al resto de la gente que se arrimara para iniciar las curaciones y las limpias con huevos, limón agrio y una rama de saúco. Me di cuenta que cuando una persona iba muy mal empezaban a curarla y nada más de repente la persona que estaba haciendo la limpia comenzaba a convulsionarse otra vez; se desentendía de la curación y empezaba a llorar… a gritar… o a ser agresiva… entonces, los otros de batas blancas le rezaban, oraban y oraban hasta que se calmaba… ese momento era precisamente cuando retiraban el mal de la persona enferma.
En otra ocasión escuché que alguien dijo –ya no puse atención quién fue, si la persona que hacía la oración o una de las que permanecían sentadas-:
_¡Acaba de entrar al templo Monseñor Guízar y Valencia porque va a hacerle una curación especial a alguien de aquí…! –Eso nunca se me va a olvidar.
Ya no supe más, yo sólo escuché eso y sí, me entró la curiosidad ¿Cómo es posible eso?, Pero me quedé con la duda porque a nadie pregunté, jamás pregunté.
Cierto día, en una de las curaciones oí que mencionaban:
_¡Trae un “ser”… del otro mundo!
La persona que efectuaba la curación le exigía al “ser” extraño el nombre de quién lo había mandado o si él, por sí mismo, había entrado en aquel cuerpo. En un lebritillo blanco, de peltre, pusieron agua, hicieron oración y se lo acercaron a la persona enferma; después, la persona que estaba curando agarró entre sus manos y lo depósito ahí, en el lebrillo.
A ese “ser” le decían, le preguntaban:
_¿Quién te mandó? ¿Eres de la Tierra todavía o eres un descarnado?
A veces respondía que era de aquí de la Tierra, entonces lo interrogaban:
_¿Quién te mandó? ¿Quién te mandó? ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? ¿Por qué estás haciendo esto?…
La misma persona que estaba curando caía en un trance y contestaba lo que le preguntaba otra de las facultades de ahí… a veces se ponía a llorar… o si decía que ya era muerto, empezaban a hacer oración, a rezarle, a rezarle y –según- lo sacaban del agua del lebrillo y le daban libertad.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SRA. JOSEFINA TORAL DE VÁZQUEZ (55 AÑOS), INFORMANTE
El temascal
Hace muchos años en los Baños Torres –ubicados aún en la sexta de Juárez- funcionaba un temascal; las personas debían entrar de espaldas, sin dar la cara al vapor que había ahí. Yo fui una vez con mi suegra a ese temascal, al entrar a ese lugar pude ver a varias señora, también a algunas muchachas y niños acostados todos en una tarima de madera, eran como ocho o diez personas en total; las parteras en ese momento limpiaban a las recién aliviadas con unas hierbas, hojas de rama tinaja y algunas lociones que llevaban preparadas.
Yo no aguanté el vapor y salí porque empezaba a sentirme mal; pero sí pude observar que cuando salían las señoras, en otro cuartito las frotaban con alcohol alcanforado. Mi suegra me explicó que las parteras llevaban al temascal a las señoras para que tuvieran bonito color, ya que después de dar a luz a sus niños algunas quedaban muy pálidas.
Existe otro tipo de temascal conocido como temascal de leña, allá en mi pueblo me tocó ver cómo lo prendían: se juntaban muchas piedras y se hacía sobre ellas una lumbre con leña de roble y de encino –porque esa leña no debe ser de cualquier árbol-; entonces, ya cuando estaban bien rojas las piedras, se les echaba agua y se cerraba bien el lugar para que las personas aprovecharan mejor el vapor. Por dentro, el baño era de madera con una tarima de palitos, alrededor estaba cubierto con ramas y hojas de malquiqui para evitar la salida del vapor; por fuera, el temascal tenía la apariencia de una esfera, porque el techo era redondito y cubierto con ramas, hojas y tierra o barro.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SRA. JOSEFINA TORAL DE VÁZQUEZ (55 AÑOS), INFORMANTE
Aflicción de niños
El Domingo de Ramos se llevaba la palma, palma grande, con las hierbas tradicionales (laurel, olivo, romero y manzanilla) y muchas flores del campo, porque –según- en aquel entonces… cuando se venía una tempestad, cuando el cielo se ponía negro y amenazaba una lluvia torrencial, se agarraba una penca de palma bendita y se quemaba mientras se hacía oración; también cuando iba a granizar –que se veía el cielo rojizo- o cuando corría mucho aire, se quemaba palma bendita para alejar alguna desgracia.
En aquel tiempo mis hermanos y yo estábamos pequeños, nos daba mucho miedo y pensábamos: “¿Qué irá a pasar…?”, Porque veíamos la aflicción de los grandes; ellos se preocupaban por sus siembras o por sus casas, pero nosotros –los chiquillos- nos imaginábamos que algo grave iba a suceder. Además, hace muchos años –no recuerdo que edad tendría yo- algunas personas anunciaban el fin del mundo y como en una ocasión el cielo se puso oscuro, oscuro, feo, y como todos corrieron a poner la cazuelita o el comalito con brasas para quemar la palma bendita y el copal, pues, por el humo y por las caras de angustia, pensábamos que ya había llegado el fin del mundo, nos imaginábamos que iba a llover demasiado y que se acabaría todo, todo… o creíamos que los rayos iban a traer la lumbre y nos quemaríamos todos… ¡Ésa era nuestra angustia!
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SRA. JOSEFINA TORAL DE VÁZQUEZ (55 AÑOS), INFORMANTE
La “Casa de la Palillo”
Hace más de cincuenta años las calles de la colonia Benito Juárez, parte alta, estaban muy feas, eran caminos de tierra, con algo de pasto y muchas piedras; en algunos terrenos había huertos de naranja, de limón y también sembradíos de milpa y hortalizas. En temporada de lluvia las calles se ponían muy lodosas y andaba uno a los resbalones, después poco a poco se empezó a poblar la loma y se calzaron las principales calles de acceso.
En la calle Jazmín de esta colonia, en ese tiempo, existía una casa grande conocida entre los lugareños como “Casa de la Palillo” se trataba de un centro nocturno en donde vivían y trabajaban muchas mujeres de la “vida alegre”; el lugar tenía ese nombre porque la dueña era una mujer muy delgada y la apodaban “La Palillo”, aunque varias personas entendían de otro modo ese sobrenombre.
La “Casa” en ese tiempo estaba separada de la zona urbana, en un lugar escondido, ahí llegaban en coches lujosos personas muy elegantes y –al parecer- de dinero. En esta casa se disfrutaba de buena música, de buena bebida y de… toda la diversión propia de un centro nocturno.
En una ocasión iba subiendo por esa calle y pude ver algunas mujeres vestidas con batas muy bonitas, me dio curiosidad por voltear pero como iba con mi esposo, no pude porque él me dijo:
_¡No voltees para allá!
Y yo ¿Verdad?, Me quedé con la duda y pensaba: “¿Por qué no había de voltear?” Ya después él mismo me explicó que ese lugar se consideraba como un territorio prohibido, por el oficio que practicaban esas mujeres; de hecho, yo oí comentarios entre los vecinos acerca de las visitas que hacían a esa casa hombres de la alta sociedad.
La “Casa de la Palillo” funcionó durante varios años, pero un día quedó abandonada, me parece que la dueña tuvo algunos problemas y cerró el negocio. La casa permaneció mucho tiempo solitaria, sin cristales, descuidada. Años más tarde vendieron todo el terreno y después la transformaron en una guardería conocida como “El Canguro” que funciona hasta la fecha.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
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SRA. PLÁCIDA VÁZQUEZ MORALES (72 AÑOS), INFORMANTE
La señora de la tinaja
A mi hermano un día sí lo espantaron, él vivía por acá, más delante de Ruiz Cortines, esa vez se quedó por ahí con unos amigos, tomando, y dice que después se fue, ya noche, caminando rumbo a su casa, cuando de momento vio que delante de él iba una señora con una tinaja en la cabeza… sintió miedo… sintió hasta como frío de verla, y se dio cuenta que aquella mujer no pisaba el suelo sino como que flotaba en el aire y entonces le dio más miedo; a medida que iba acercándose a ella.
_¡Yo sentía que temblaba de miedo!, Con decirles que al llegar a la casa no podía abrir ni la puerta, estaba bien espantado…!
Pero la mujer se siguió, se siguió y se perdió entre la neblina de la madrugada rumbo a los lavaderos de Ruiz Cortines. Después le platicó a mi mamá y ella le contestó:
_¡Cuál mujer!, Estás bien borracho… ¡Cuál mujer ni que mujer!
_¡No, te juro que no!
_¡Cómo no, si llegaste bien tomado!, Ya viste visiones.
Pero por el susto que se le notaba a mi hermano yo creo que sí fue cierto, sí.
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COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. ENRIQUE VELÁZQUEZ MARTÍNEZ (83 AÑOS), INFORMANTE
El ambiente en Los Berros
A veces mi abuela me sacaba a dar la vuelta en el parque de Los Berros, en ese tiempo, en la década de 1920, había serenatas de las siete a las nueve o diez de la noche y se veía muy bonito todo aquello: los jóvenes caminaban en círculo alrededor del parque, las señoritas hacia un lado y los muchachos hacia el otro, y otras parejas echaban novio, pero muy decentes porque si les caían besándose los castigaban, todo era con respeto; mientras tanto, la orquesta tocaba alegremente en el kiosko. La mayoría de los señores usaba sobrero: algunos traían sombrero carrete, otros acostumbraban el bombín –los catrines-* y los campesinos con su sobrero al estilo charro o al estilo jarocho.
En esos años vendían unos barquillotes así de grandes, sabrosos, y los neveros se colocaban en las entradas del parque para ofrecer, según el estilo de cada cual, su rica nieve: La orquesta interpretaba “La Casita”, “La Cucaracha”, marchas y también danzas de danzones. Cómo en esa época era chamaco recuerdo que mi abuelita no me dejaba jugar mucho y me llevaba de la oreja a misa y después le gustaba pasearse por el parque.
En las fiestas del dieciséis de septiembre los muchachos compraban rollos de serpentinas y bolsas de confeti para echárselos entre sí, muchachas y muchachos se divertían arrojando a puños el confeti… me gustaba recoger las cintas que los muchachos les aventaban a las muchachas –algunas de ellas capoteaban las cintas y otras no-, yo andaba jugando con otros y nos ganábamos las tiras de las serpentinas, era un deleite para nosotros recogerlas enrolladas para volver a lanzarlas.
*catrín: elegante, bien vestido, engalanado.
Una sombra luminosa
En el tiempo de mis abuelos nada más porque las personas veían una lucecita en algún lugar ya pensaban que por ahí había tesoros, que existía dinero. Cuando yo miraba alguna de esas luces pensaba que se trataba de algún cocuyo o algo así, pues esos animalitos tienen luz.
La casa de mi abuelita era humilde, de tablas, con patio de tierra y acostumbraba tener gallinas que andaban ahí rascando; el patio estaba separado del terreno del vecino por una hilera de piedras. Casi todos los días yo veía una sombra luminosa cerca del escusado, yo no iba ahí de noche, solamente mis tíos, pero nunca les mencioné nada.
Atrás de un tronco de aguacate que lo habían mochado –yo creo porque no daba aguacates- estaba un hoyo grande que todos los vecinos ocupaban como basurero; ahí, en la tarde, todavía a buena hora, desde el patio de la casa de mi abuelita yo observaba a una señora que lavaba y tendía; me llamaba mucho la atención que esa señora entrara al jacalito del escusado, por ese lado, porque la puerta siempre estaba tapada con piedras grandes; pero ella entraba, salía a lavar sobre el tronco del aguacate y después parecía que tendía algo.
Al otro día yo revisaba ese lugar, iba conmigo un perrito pachoncito que me habían regalado unos vecinos; me arrimaba para ver si había ropa tendida, pero no veía nada… aunque me causaba inquietud no le comentaba a nadie, me lo guardaba. A veces me quedaba pensando: “¿Se metería la señora otra vez y pondría las piedras?, Pero… ¿De dónde sacaba el agua?”, Porque yo me daba cuenta que usaba mucho agua para lavar; además, las piedras estaban grandes y pesadas para quitarlas rápido y volverlas a poner… Yo no me espantaba, bueno, apenitas, me acurrucaba con el perrito cuando mi abuelita se iba a vender a la plaza y confiaba en que el perro me avisaría si aquella personas era real o una aparición.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. ENRIQUE VELÁZQUEZ MARTÍNEZ (83 AÑOS), INFORMANTE
Dulces de la época
Hace años los barquillos para la nieve eran más grandes y doraditos, costaban cinco centavos; los despachaban bien copeteados y todavía sacaban una rueda de la misma pasta del barquillo y le decían a uno: “¿Quieres con soleta o sin soleta?” Yo trabajé un tiempo en ese oficio y me di cuenta que para hacer los barquillos enrollaban la pasta en una especie de trompito y así les iban dando forma, pero una parte de la pasta la hacían en rueditas aplanadas, llamadas soletas, y en ocasiones ofrecían esas rueditas para saborear la nieve o bien la vendían por separado, en un recipiente redondo, de lata, sonando un triángulo de metal muy sonoro que se oía: ¡Tin tin tiin tilín…!
Antiguamente había unos dulces que les decía trompadas, valían un centavo, eran grandes y se elaboraban con panela, canela y se adornaban con una rayita negra como de cacahuate; las podías chupar o tronar si tenías buenos dientes, aunque casi siempre se comía por pedacitos porque enteras no cabían en la boca. Unos muéganos de harina como el tamaño de un dedo o más grandes costaban un centavo; eran de panela y a veces venían pegados dos o tres. También existían unas botellitas elaboradas con azúcar, las llenaban con miel y luego les ponían un taponcito de la misma azúcar, en esos años ese tipo de dulces valían un centavo; a los chiquillos nos gustaba morder ese taponcito de las botellas, chupar la miel y después masticar el envase.
Años más tarde conocí y probé unos dulces en forma de calabacitas, también valían un centavo; las hacía un señor a quien ayudaba a vender dulces allá por la antigua estación del ferrocarril y el mercado Los Sauces, aunque a veces ya tenía entrego en algunas tiendas. Además de las calabacitas se hacían unos caballitos de panela vendidos a dos por centavo y unos chilacayotitos de a centavo.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. ENRIQUE VELÁZQUEZ MARTÍNEZ (83 AÑOS), INFORMANTE
La Plazuela del Carbón
Antes, en mi juventud, no se conocían las estufas de petróleo y menos las de gas, solamente había braseros para cocinar. En algunas casas se construían unos braseros largos, de material, con cuatro hornillas: dos para quemar carbón y dos para quemar leña; las hornillas para leña tenían además un corralito de fierro para evitar que se cayeran los tizones; el comal que se colocaba en esos braseros permanecía fijo y ahí la cocinera echaba las tortillas, cocía los frijoles y el guisado o preparaba café. En las casas de las personas pobres los braseros eran más sencillos: unas piedras apiladas de tal forma que se pudiera sostener la cazuela o la olla.
Las personas casi siempre tenían en la bodega su leña delgadita o de cuartones – sea, más gruesa-; era leña de encino, maciza, de la cual sacaban el carbón. En las calles se oía a los vendedores: “Leñaaa! ¡No compran leñaa!”, la transportaban en caballos, mulitas o burros porque en ese entonces no había carros. Aquí en la ciudad veían unos carboneros de San Andrés o de Banderilla y también algunos caleros –vendedores de cal en piedra- de Xilotepec.
La Plazuela del Carbón era el punto de reunión de los carboneros; cerca de esa placita había una bodega, una casa grande, en donde una familia acaparaba las cargas de carbón para sacarles más dinero en la reventa. Todas esas personas siempre andaban tiznadas, desde la mamá hasta los hijos porque despachaban a mano con la ayuda de unos tenatitos* maliciosos, pues acostumbraban sumirles el fondo para no llenarlos y cobrar cinco centavos; así, de una medida normal de cinco obtenían diez centavos. Ahí, a esa casa, me mandaba mi abuela para comprar el carbón, pero yo me ponía abusado y le pedía a la señora que llenara bien el tenatito.
En la esquina de la Plazuela del Carbón se encontraba una pulquería que vendía el litro a un centavo, tenía en la entrada una bandera de franela colorada con el dibujo de un borrachito, una sirena y una culebrita, y más abajo el nombre “La Sirena”; estaba ubicada en la bajadita de Constitución ya casi al llegar a la plaza; cuando bajaba a comprar el carbón o la verdura para la comida pasaba curioseando por ese lugar: siempre veía ahí a muchos rancheritos y algún albañil, pero casi siempre se encontraban carboneros, mecapaleros y caleros. También era frecuente hallar mesones que además de alojar a las personas, disponían de caballerizas para atender a las bestias de carga, ya sea en pesebre o con las riendas amarradas en algunas herraduras colgadas en las paredes.
En esa época solamente la calle de Abasolo comunicaba las calles cercanas a la Plazuela del Carbón; la parte baja del actual puente de Xallitic era un patio grande de vecindad que utilizaba en común unos lavaderos –conservados hasta hoy-; cerca de ese patio había una imprenta en donde hacían un periodiquito llamado “El Tema de Hoy”, ahí compraba a veces el periódico para venderlo, el ejemplar costaba cinco centavos y sólo traía dos hojas con noticias locales; de los cinco periódicos que sacaba únicamente lograba vender tres o cuatro, cuando mucho.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. ENRIQUE VELÁZQUEZ MARTÍNEZ (83 AÑOS), INFORMANTE
Las primeras obligaciones
Actualmente hay muchas versiones de la Biblia pero antes sólo estaba escrita en Latín, nada más la podían leer los curas y por eso decían:
_¿Cómo vas a entender la Biblia si está en Latín? ¡Y el día que la entiendas te vas a condenar!
Así nos mentían los curas en aquellos tiempos. Para algunos de ellos no era conveniente que la Biblia pudiera ser leída tan fácilmente, pues el idioma Español iba a desenmascarar todas sus fechorías. No voy a hablar mal de ellos ni a maldecir, pero sí es cierto que ellos se comían el mejor pan y gozaban de lo mejor; disfrutaban de más privilegios que el mismo presidente porque los sacerdotes eran venerados.
Cuando una pareja pensaba casarse el cura del lugar ya lo sabía, porque realizaba visitas frecuentes a los domicilios de las personas o bien cuando miraba a los novios pasar en el parque alrededor del kiosko –generalmente el parque se construía frente a la capilla, en el centro de la población-. En el momento de platicar con la pareja el cura les decía:
_¡Ya sé que te quieres casar! –Mirando al muchacho.
_¡Tú también! ¿Verdad? –Dirigiéndose a la muchacha.
_Bueno, pero para casarse primero les voy a enseñar a comer. Entonces, le indicaba con autoridad a la muchacha: ”¡Tú, María, te vienes a confesar hoy, ahí te espero en la sacristía, vas a rezar esto y el otro!”. El cura utilizaba su poder para convencerla, la manipulaba a su conveniencia; algunos curas –como éste- eran hipócritas, llenos de inmundicia y durante bastante tiempo sometieron bajo su ley a muchas personas, todavía en mil novecientos veinte me tocó ver algunas cosas y otras me las platicaron.
Después de confesar a la muchacha, el cura la hacía pasar a otra habitación de la misma capilla y ahí ella lo esperaba para recibir la “otra parte del sermón”; después de unos minutos aparecía el curita bien arreglado, bien perfumadito y le empezaba a decir a la muchacha –quien en ese momento ya estaba sentada en una cama parecida a un sofá-:
¿Aquí estás muchacha? –como fingiendo sorpresa.
_Sí, padrecito –respondía llena de nervios.
_¿Ya sabes como me llamo?
_¡Ay!, padrecito…
_Yo me llamo Enrique –por decir algún nombre- llámame así, con confianza, después de todo yo te voy a enseñar tus obligaciones.
_Bueno, sí padre.
_¡Cómo me llamo? En-ri-que…
_¡Ay padrecito! ¡Estése usted quieto…!
_¡No me digas padrecito, ya te dije! ¿Te vas a casar o no? ¿Lo quieres mucho?
_Sí, padrecito.
_Bueno, pues te voy a enseñar.
_¿Cómo se llaman éstas…?
_¡Ay, padrecito! ¡No sé!…
_¡Ya, no seas tonta, sí sabes!
El cura, excitado por la piel de la muchacha, empezaba a acariciarla, tratando de excitarla, la calentaba… la calentaba… y ahí estaba la otra:
_¡… Estése quieto…!
_Te estoy enseñando, porque así te va a hacer tu esposo
¿O no crees?…
_Sí, padre…
_Pues entonces ¡Déjate!
Mientras la acariciaba, comenzaba a besarla, primero en la cara y luego en el cuerpo…
_Así te va besar ¿O no quieres que te bese?…
_Sí, padre…
_¿No sientes bonito?…
Al notar la excitación de la muchacha el cura aprovechaba para acariciarle todo el cuerpo y lentamente comenzaba a bajarle los calzones, después él hacía lo mismo:
_¿Qué es esto?…
_… ¡Ay, padre…!…
_Es palo mancebado y ésta –señalando el cuerpo de ella- es la cueva infernal donde va a entrar palo mancebado…
Y sin darle tiempo a realizar algún movimiento, el cura convertido en un hombre apasionado poseía a la muchacha.
Después le decía:
_Esto es lo que te va a hacer tu esposo, ahora ya sabes para que no vayas tan ignorante y te vayas a achicopalar como te portaste conmigo.
A mí todas esas cosas me las contaron mi esposa y una enfermera que trabajaba en el Hospital Civil; ellas platicaron directamente con algunas muchachas y mujeres que experimentaban ese tipo de “sermones”.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. ENRIQUE VELÁZQUEZ MARTÍNEZ (83 AÑOS), INFORMANTE
Los tesoros
A mi padrino a veces le daba por buscar tesoros, como en ese tiempo Xalapa era chiquita pues se iba por los alrededores de la ciudad y no le tocaba muy lejos para ir y venir pronto. Decía a sus amigos:
_¡Vamos al “deslizadero” a buscar tesoros!
El “deslizadero” le llamaban en ese entonces al lugar que hoy ocupa El Sumidero; también iban a buscar allá por el rumbo de Los Berros o por el camino a Naolinco. Ellos recorrían todos esos lugares y sacaban muñequitos, cabecitas, bracitos y otros objetos de barro y todo lo guardaba en una bolsa. Otras personas acostumbraban buscar tesoros por el camino a Coatepec, por el camino a Pacho o por el rumbo de Coapexpan.
En ocasiones si me dejaban acompañarlos y pues yo me conformaba con lo que me dieran. Ahora que ya estoy en la vejez creo que el tesoro más grande no fueron esos objetos que desenterraba sino los recuerdos de las personas que conocí, los lugares donde estuve, el cariño de los seres queridos y mi fe.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. ENRIQUE VELÁZQUEZ MARTÍNEZ (83 AÑOS), INFORMANTE
Mi niñez
Yo no tuve escuela, mi padre era muy desobligado en aquellos tiempos y mi mamá me dejó arrimado con mi abuela; mi tío o mi abuela, y después mi papá, me sonaba con cualquier cosa que tuviera cerca, a veces con palos y otras con unos machetitos viejos, nomás sentía trancazos por aquí y por allá. Mi abuela me pegaba en el día y cuando llegaba de su trabajo mi tío preguntaba:
_¿Qué te hizo hoy ese mocoso?
_¡Fíjate que esto y lo otro! –Respondía media quejumbrosa mi abuela.
Entonces nada más sentía ¡Juápatelas!… me daba mis cuerazos por cualquier travesura, por pequeña que fuera.
Al anochecer mi abuela acostumbraba meter sus gallinas en un rinconcito de la casa y por las mañanas las sacaba al patio. De vez en cuando ella llegaba media tomada y entonces, sin decir por qué, agarraba un palo y me golpeaba, después se iba a su cama y se dormía. Todo el tiempo me la pasaba temeroso de mi tío y de mi abuela.
Cierto día encontró algunas monedas tiradas cerca de su cama y pensó que yo se las había querido robar; entonces, me agarró de una oreja y me sonó, pero como ya me estaba cansando de las golpizas, en mi llanto le grité: “¡Algo tendrá usted guardado ahí…!”; desde ese momento se me clavo una espinita en el pensamiento, estaba resentido y pensé: “ahorita que se vaya a la plaza voy a escarbar en ese lugar”; Calculando que ella bajara dos o tres cuadras me dirigía a ese rincón y empecé a buscar… casi encima encontré una ollita de barro copeteada de dinero: la cubría con monedas de cobre, quintos, décimos y veintes de cobre y algunos de plata, era un revoltijo de monedas; los centavitos ella los andaba trayendo, pero ahí dejaba los tostones y los pesos.
Ese día sólo tomé unas cuantas monedas, tapé con cuidado la ollita y salí contento a comprar golosinas. Al día siguiente volvía a hacer lo mismo y así sucesivamente hasta que mi abuela se dio cuenta, pero no me dijo nada ni me golpeó, yo creo que ella guardaba ese dinero a escondidas de mi tío; lo único que hizo fue sacar la olla de ese lugar y colocarla en una de las esquinas de la casa, cerca del techo, en realidad no me explicó cómo le hizo para subirse ahí. Ya me había acostumbrado a comprar golosinas y empecé a buscar la ollita hasta que la encontré y volvía a sacar algunas monedas; para ese entonces me había hecho de amigos con los cuales compartía los dulces y hasta decía que ya tenía una novia –la hermanita de uno de mis amigos.
Mi abuela nuevamente se dio cuenta de la ausencia de varias monedas y cambió de lugar el dinero, sin reclamarme nada. Yo busqué y lo descubrí envuelto en unos trapos adentro de la almohada de su cama; con mucho cuidado descosí la almohada para sacar el dinero, la volvía a coser y salí a gastarlo con mis amigos. Así estuve actuando varios días, incluso había pensado irme de la casa porque sentía el agua hasta el cuello, pues ya había robado muchas monedas.
Cierto día me disponía a sacar más dinero de la media en que estaba envuelto, tenía la aguja preparada con hilo para zurcirla cuando de pronto… llegó mi abuela antes de lo acostumbrado ¡Ayy! ¡Hasta brinqué!, ahí dejé la aguja y como pretexto agarré una batea con agua para sacarla al patio y ¡Pélate!, corrí hacia la milpa al tiempo que escuchaba los gritos de mi abuela: ¡Enrique, Enrique, ven acá!, corrí y corrí hasta alejarme lo suficiente y decidí subirme a un naranjo para pasar la noche; esa vez me quedé sin cenar y amanecí con el estómago vacío.
Después de vivir un tiempo en la casa de doña Josefa, una amiga de mi abuela, regresé a la casa de mi abuela; después de todo, ellos eran los únicos familiares que conocía. Desde muy pequeño mi mamá me dejó arrimado con mi abuela y mi tío, con ellos crecí y en varias ocasiones me decían:
_Tienes que conocer a tu papá, porque mañana o pasado vas a ser grande, se van a encontrar en alguna cantina y…
Comenzaban a inventar historias de que podíamos enamorarnos de la misma mujer o de que podíamos llegar a pelear en la calle. En ese entonces tenía como diez años y cuando salía a la calle me quedaba mirando a las personas intentando descubrir algún rasgo, algún gesto familiar –porque dicen que la sangre llama- y a casi cualquier hombre de cierta edad le decía adiós o buenas tardes; a veces pensaba que parecía mujer por saludar a los hombres.
Cierto día en compañía de unos chiquillos, amigos míos, salimos a jugar aro: el aro estaba hecho de lata o de fierro como de unos cuarenta o cincuenta centímetros de ancho, lo echábamos hacía delante y lo íbamos dirigiendo con una varita que en la punta tenía un alambre con forma cuadrada para controlarle la dirección; ahí andábamos jugando carreritas con los aros en las calles.
Como en esos días se celebraba la fiesta de la virgen de Guadalupe me mandaron a traer flores allá por la calle de Azueta; iba con otro amigo jugando al aro, pasábamos una quinta, luego otra y más adelante estaba un changarrito y hasta adentro había un jardín grande a donde vendían flores; llegué cansado de venir corriendo con mi rueda y me senté a observar a dos señores que jugaban a la rayuela: uno de ellos era alto y negro, un cargador a quien ya conocía; el otro usaba un sombrero y no lo había visto antes.
El señor del sombrero me preguntó:
_¡Oye chamaco! ¿Cuánto te debo?
Yo me quedé pensando: “ y este señor ¿De qué cosa me debe?”, me quedé asombrado, no sabía que contestar; además ese señor estaba medio borracho porque el negro vendía copa. Y nuevamente me preguntó:
_¿Cuánto te debo? ¿De quién era la otra canasta que llevabas?
En ese momento se vino a la mente: “¿Será la canasta del pan? ¿Me deberá de pan?”, como en su ropa noté restos de algodón supuse que era obrero de la fábrica de San Bruno y como por ese lugar sólo estaban la tienda de don Ruperto y la de don Manuel Morato pensé que ese señor les debía de alguna cosa, por eso le contesté: “¡Era de don Ruperto!” Después comprendí todo: ese señor me confundía con un chamaco de nombre Lázaro que le llevaba la comida al trabajo, aquel niño se parecía a mí y vivía cerca de Azueta.
Los sábados eran días de paga en las fábricas y ese señor quería pagarme los mandados de la comida, pero yo le contesté:
_¡No, usted no me debe nada a mí!
_Entonces ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?
_Enrique… Enrique Velásquez.
_¡M’ijo, tú eres m’ijo!, Ven, voy a presentarte a tus otros hermanitos y a tu nueva mamá.
Ese día me dio veinte centavos y me dijo que regresará a los ocho días. Volvía a la semana y lo encontré en el mismo lugar, jugando con el cargador.
_¡Ya llegaste Enrique!
_Sí.
_¡Pásale!
_No, estoy esperando que corten las flores que me encargó mi abuela.
Me hizo entrar a su casa, ahí estaban una muchacha y dos niños vestidos con pantaloncitos de tirantes –porque mi papá era medio sastre-; me invitaron a sentarme a la mesa y comí rápido pues ya mero me daban las flores y además mi abuela me esperaba –no es que tuviera miedo de que me pegara, pero ya estaba ciscado de algunas golpizas recibidas en años anteriores-. Antes de salir, me dijo mi papá:
_¡Vienes mañana para que te compre zapatos y te haga algunos pantalones!
Al día siguiente llegué y me quedé a vivir con ellos. Yo le llevaba la comida a su trabajo y ayudaba en algunos quehaceres de la casa. La primera semana caminamos bien, pero cierto día, un sábado, al regresar de su trabajo se pasó a emborrachar en una cantina de la colonia Obrero Campesina –en aquel tiempo esos lugares eran siembra y monte, sólo había una que otra casita de madera-, y me dijo:
_¡Aquí me espera, en esta piedra!
Ahí estuve varias horas hasta que se hizo de noche y nunca regresó, yo supuse que por su borrachera se le había olvidado ir a buscarme. Cuando llegué a la casa él me estaba esperando muy enojado y que me da una golpiza; ya había descansado de los maltratos de mi tío y mi abuela y ahora él empezaba. Mi madrastra me defendió y le reclamó:
_¡No le pegues, tu tienes la culpa por borracho, apenas tiene unos días con nosotros y ya lo quieres corretear!, -y dirigiéndose a mí agregó- no hagas caso m’ijo, ven siéntate a cenar.
Con mis lagrimas estaba bebiendo mi cena, ya no me supo igual. Después cuando me tardaba en algún mandado porque mis amigos me invitaban a jugar un ratito, de repente nada más sentía el cinturón ¡Juápatelas!, en las piernas. En otras ocasiones me mandaba a comprar hilos:
_¡Compras hilos de este color y de este otro y unos botones!
Iba yo a la carretera a comprar, pero de regreso, ya con el mandado en las manos, me ponía a jugar a las canicas con mis amigos y cuando entraba a mi casa mi papá me ponía una buena chicotiza por no apurarme. Tiempo después nos fuimos a vivir allá por la colonia Luz del Barrio y mi papá y su cuñado empezaron a trabajar como leñadores; cortaban árboles grandes, enteros, para hacer cargas de leña, la acarreaban en bestias y las vendían en las casas.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. ENRIQUE VELÁZQUEZ MARTÍNEZ (83 AÑOS), INFORMANTE
El Parque Juárez
Mientras viví con doña Josefa –recuerdo- ella acostumbraba vestirme, casi disfrazado, con pantaloncitos de brincacharcos, un saquito como de marinero y un sombrero de carrete, pero descalzo. En ocasiones iba al parque Juárez a vender frutas con mi canastita; ahí, en la parte occidental estaba el Hotel Juárez y más adelante funcionaba el Cine Victoria –hoy Ágora de la Ciudad-, el cine por dentro era un galerón acondicionado para proyectar películas americanas, mexicanas o también rollos cortos de muñequitos y noticiarios; cobraban veinte centavos en galería y ochenta en luneta –los domingos aumentaban a un peso en luneta.
Yo me ponía cerca de la entrada del cine con mi canastita llena de plátanos, chayotes hervidos o nísperos* maduros; cuando había película me asomaba por debajo del telón y así veía un poquito esas películas hasta que me descubrían y me sacaban. En ese tiempo había muchas carpas alrededor del parque Juárez, una de ellas era la carpa Estrella y en cierta ocasión llegó otras con un letrero muy llamativo: Títeres de Rosete Aranda. Esa tarde ya había vendido algo de fruta y tenía unos centavos y como cobraban quince o veinte centavos de entrada pues decidí pasar; los muñequitos estaban bien formados –bien hechecitos-, me gustó mucho la representación de “La Lámpara de Aladino”, ese recuerdo lo llevo bien grabado.
También recuerdo que en medio del parque había un kiosko, parecido al que está todavía en los Berros, y ahí tocaban los músicos en las tardes de jueves y domingos; esas serenatas animaban el paseo de las parejas de novios o de los grupos de muchachos y muchachas.
*níspero: arbusto cuyo fruto es ovalado, amarillo, de sabor agridulce y semillas gruesas.
COSTUMBRES, RELATOS Y LEYENDAS
COMPILADOR, MARTÍN CERÓN CORTÉS
PARA USO ESCOLAR
SR. ENRIQUE VELÁZQUEZ MARTÍNEZ (83 AÑOS), INFORMANTE
El año viejo
Cuando era chamaco –allá por 1925- me juntaba con una palomilla de amigos para salir a cantar el año viejo… ¡Era un relajo!, pero no un relajo descompasado como después se extendió, sino un relajo dulce, sabroso, de amistad.
_¡Tú vas a ser el viejo!
_¿Noo, yo no?
_¡No, mejor tú! –Le ordenaban a un chiquillo.
Y nos hacían burla las chamacas:
_¿Por qué no llevan una muchacha para que sea la viejita?
_¡Noo, cómo creen!
Bueno, ahí estuvimos alegando hasta que me tocó hacerla del pobre viejo, me pusieron una barba, un tenate, un sombrero, un sarape y huaraches –porque en ese entonces andaba yo de huaraches-.
Entonces, ya cuando estaba disfrazado les advertí:
_¡Pero el dinero es para mí!
_¡No, es para todos!, te vamos a dar la mayor parte.
_¿La mayor parte? ¿De veras?
_Sí.
Ya me animé y ahí andábamos cantando y bailando, ellos hacían el griterío y yo hacía la manita así… como suplicando una limosna; nos daban cacahuates, dinero, fruta y otras cosas. A la gente le gustaba ver todo aquello, les caíamos en gracia; pero no éramos nada más nosotros, había otros grupitos que nos hacían la competencia. Con mis amigos recorríamos las tienditas de aquel tiempo en las calles Melchor Ocampo, Altamirano, Clavijero, la plaza y otras calles cercanas al centro. Para acompañar los cantos y el baile –recuerdo- llevábamos botecitos viejos, unas sonajas de corcholatas y una jaranita –no sabía de quién era, pero ahí la andaban tocando.
Cuando me cansaba de andar brincando y bailando ahí parábamos todo. Unos muchachos empezaban a contar el dinero:
_¡A ver, a ver!
_¡A ver…!
_¡Noo, qué…!
Yo me daba cuenta que me hacían trampa, luego entre ellos decían:
_¡Órale ca… estáte serio!, le vamos a dar a él porque es el principal, él la hizo de viejo.
Se manoteaban entre ellos, en aquel tiempo eran más abusados que yo y siempre me agarraban de tontito, a final de cuentas me dieron mi montoncito de puros quintos de cobre que me duró, creo, casi ocho días.
Últimamente, ‘ora de viejo –‘ora sí ya me estaba de “viejo” –fui a visitar a mi hermano y ahí me quedé un tiempo a trabajar con él, cortando leña. Entonces, a fines de diciembre me dijo:
_Enrique ¿Vas conmigo al “viejo”?
_¡Sí, cómo no!, yo soy el “viejo”.
_¡Síi!
Ya que me hace unas barbas de ixtle, me consiguió un sombrero todo arrugado, un bastón de palo de escoba y unos zapatos viejos, entonces le dije:
_Yo soy el “viejo” pero tengo que ganar más.
_¡Sí, hombre, ya sabes!
Se juntaron puros hombres de esa colonia y salimos. Pero la palomilla de por ahí, las personas de las casas a donde acarreaba la leña decían:
_¡Ehh! ¿Quién es éste? ¿Quién es éste?
Otros me decían.
_¡A ver el sombrero!…
Yo me escondía, me agachaba el sombrero, pero sí me reconocían.
_¡Ehh! ¡Ya sé quién eres! ¡Eres don Enrique!
_¡Shht!…, ahorita vengo.
_¿Sí?, Bueno, lo esperamos a cenar.
Nos fuimos casa por casa, bailando y cantando, juntamos bastante dinero y luego nos lo repartimos.
_¡Reparte por iguales! –Le dije a mi hermano, yo estaba contentó por el dinero que habíamos juntado y porque recordé mi niñez.
Han pasado ya muchos años de todo aquello.





