Partidos, divididos y sectarios
Pedro Manterola Sainz.
Con respeto, para Juan Antonio Nemi Dib
Se ha dicho mucho, y bien, acerca de la pertinencia, costo, legitimidad y utilidad de los partidos políticos como mecanismos de participación, como correas de transmisión de intereses, exigencias y necesidades de la sociedad y de los diversos grupos y sectores que la integran.
De entrada, podríamos cuestionar a los partidos su carácter incluyente. Si la sociedad en general sintiera que alguno de los partidos y/o sus candidatos representan o simbolizan sus propios valores y aspiraciones, que responden con ideas a sus prioridades y reclamos, es probable que los niveles de participación electoral rebasaran en toda elección los topes del 60 o 65 por ciento. Y, evidentemente, la abstención sería solo un fantasma que aparecería como amenaza sin forma, cuerpo ni destino.
Puede ser que desalentar la participación electoral sea parte de una estrategia. Pero esa estrategia, aparte de cínica, es contradictoria con los orígenes y causas que en teoría acompañan el parto de un partido político. Pero si la legitimidad y representatividad de los partidos la medimos por los porcentajes promedio de participación ciudadana en las elecciones, entonces los dirigentes, militantes, candidatos y gobernantes con abierta filiación partidaria deberían estar preocupados.
Como es obvio, la abstención es siempre mayor al porcentaje de cualquier partido, y en ocasiones incluso mayor a la suma de todos los votos. La primera conclusión, en este caso, sería que las plataformas partidistas rara vez coinciden, más allá de la retórica, con las necesidades y propósitos de la ciudadanía. Si a esto le sumamos candidatos de escasa o nula presencia, credibilidad y capacidad, encontramos una primera pista para explicar tanto la abstención electoral como la crisis que viven al interior y frente a la sociedad todos los partidos.
La distancia entre partidos y ciudadanos se multiplica con la postulación de candidatos sin arraigo ni futuro electoral, candidatos con marbete de grupo, vocación sectaria y desplantes de camarilla, abanderados de intereses ajenos a su partido y lejanos a la sociedad. En lugar de que los partidos postulen a candidatos que enaltezcan sus filas con ideas, reputación y trabajo, pululan personajes que hacen de los partidos políticos el mecanismo ideal para legitimar sus ambiciones y dar ropaje democrático a sus verdaderos intereses. La brecha entre ciudadanos y partidos sigue entonces ganando terreno.
Al interior de los partidos, estas candidaturas también tienen repercusiones. Ajenos a las voces y demandas ciudadanas, dueños del pasado y anclados en un monólogo de palabras sin futuro, los cabecillas de las sectas partidistas encabezan grupos cada vez más reducidos de beatos cuya devoción no resiste el paso de un sexenio. Trasladan siempre sus reverencias, fervor y sectarismo al siguiente gobernante, creyentes de la vieja profecía que dice que el paraíso aparece en cada nueva nómina. Pasan en un solo día, el del cambio de sexenio, de fervorosos acólitos, a infieles y desertores. Eso no es política, habilidad ni astucia. En todo caso, es “grilla”, trampa, marrullería, simulación.
Pero estos personajes, practicantes del oficio más antiguo, dedican y negocian ofrendas, oraciones y presagios a medida, ilusiones disfrazadas de amor eterno a cambio de unas monedas, una concesión, un permiso, una indulgencia, una candidatura, una regiduría, un espacio en la nómina, un cargo con poca responsabilidad y mucho sueldo. Reparten poder y posiciones ante la indiferencia creciente de la ciudadanía, que ve con una mezcla de desprecio y resignación a los oficiantes de una rutina que degrada a la política, pero que no merece ser calificada como tal.
Dueños de dinero, candidaturas, posiciones y discurso, los partidos se adueñan de un espacio destinado al ciudadano. Cambian alianzas por complicidad, porque el aliado comparte riesgos y estrategias, mientras que los cómplices preparan emboscadas, atacan inocentes y se distribuyen el botín. No hay quien los cuide, los vigile y fiscalice. No hay quien los frene, modere y atempere. Nadie los suspende, los reprende o los castiga. A nadie rinden cuentas ni de sus actos, sus dineros, sus dichos y sus hechos. Compiten sin reglas, de dos a tres caídas, rudos contra rudos, máscara contra máscara, farsa contra farsa. Es mucho el dinero que entra a sus arcas, mucho el dispendio y mucho el misterio tanto del origen como del destino de dineros públicos y privados, dineros limpios y lavados. De todo hay en las campañas, en los medios, en los bienes repartidos y en las promesas repetidas.
Y sigue la suma de tareas pendientes: acceso a medios, pago oficial de publicidad, tarifas equitativas, restricción de programas y entrega de recursos en tiempos electorales, fiscalización de precampañas y campañas a costa del registro, candidaturas independientes, más funciones a los institutos electorales, registro obligatorio de propuestas de campaña por distrito y municipio, calificación de aspirantes cargos de elección popular y un largo etcétera.
¿Saben los aspirantes a ediles las funciones de un alcalde, que hace un regidor, cuál es el papel del síndico, que es un Plan de Desarrollo, que dice la Constitución sobre el municipio, cuál es su relación con los demás poderes? ¿Se hace responsable un candidato de sus propuestas de campaña, vigilia su viabilidad, asegura su cumplimiento? ¿Hay una plataforma legislativa y de gestión por cada partido y candidato?
No, salvo contadas y visibles excepciones.
Encontramos por este camino respuestas factibles para que los partidos recuperen la confianza ciudadana, para que sus propuestas legislativas y de gestión substituyan el uso desmedido, pueril y arbitrario de la imagen por encima del discurso y las ideas, para que asuman compromisos viables en vez de diseminar promesas imposibles, para que rindan cuenta de actos, palabras y recursos, para que los medios sean testigos imparciales y no protagonistas frívolos y volubles de una lucha de la que no son participantes sino relatores, para que los candidatos conozcan las leyes y principios que habrán de regir sus actos, para que la política deje de ser circo, farsa y espectáculo, y se transforme en diálogo, ideas, estrategias y debate. Parece tarde.

