Historia Sucinta de Veracruz
HISTORIA
SUCINTA DEL
ESTADO DE VERACRUZ
Juan Zilli
SECRETARIA DE EDUCACIÓN Y CULTURA
VERACRUZS.E.C
Edición corregida y aumentada: 1992
Derechos Reservados
Copyright 1992 por Secretaría de Educación y Cultura
Km 4.5 Carretera Xalapa-Veracruz
Xalapa-Enríquez, Veracruz
ISBN 968-6703-78-0
PRESENTACIÓN
La Secretaría de Educación y Cultura dentro del programa de modernización educativa, en el cual se establece la enseñanza de la historia regional, ha reeditado la obra de Juan Zilli, por considerar que es uno de los estudios más completos para el nivel de secundaria en cuanto a la historia veracruzana se refiere, a la vez que la ofrece como un apoyo didáctico tanto para los maestros como para los alumnos de secundaria.
El libro se divide en seis capítulos que comprenden la conformación geográfica del Estado, y una visión general de la historia veracruzana desde la época prehispánica hasta la participación de México en la Segunda Guerra Mundial.
Al texto se le han actualizado algunos datos y su lenguaje se ha adecuado de tal manera que la lectura resulte ágil y accesible; se han seleccionado ilustraciones que además de dar amenidad, permiten tener una comprensión visual de la época y de los personajes más sobresalientes que han intervenido en los distintos procesos históricos ocurridos a lo largo del territorio veracruzano.
A través del relato el autor nos lleva por el camino histórico que ha recorrido el Estado de Veracruz, y la participación que éste ha tenido en distintos hechos que delinearon no sólo su identidad, sino la del país en general así como la de otros pueblos.
La obra está enmarcada dentro de la llamada historia regional, la cual reconstruye los procesos locales sin perder de vista los acontecimientos nacionales e internacionales; por ello, es importante señalar que el objetivo de esta obra es acercar a maestros y alumnos a la historia de su Estado y mostrarles cómo los veracruzanos han participado en la conformación del México que hoy conocemos.
Capítulo 1
Breve descripción geográfica
del Estado de Veracruz
El Estado de Veracruz comprende casi todas las tierras situadas entre la enorme cordillera conocida con el nombre de Sierra Madre Oriental y el mar, el Golfo de México, y desde los ríos Támesi y Pánuco, por el Norte y el Tonalá, por el Sureste, abarcando un área de algo más de 72,410 (setenta y dos mil cuatrocientos diez) km cuadrados.
Veracruz colinda con los estados de: Tamaulipas, al Norte; San Luis Potosí, al Noroeste; Hidalgo, San Luis Potosí y Puebla, al Oeste; Oaxaca al Sur y Suroeste; Chiapas y Tabasco, al Sureste y al Este con el Golfo de México.
El litoral, con una extensión de alrededor de 800,000 Km, ofrece estas características: el mar es de poca profundidad, el fondo es arenoso y en algunos sitios los depósitos de arena emergen de las aguas formando bancos; no hay bahías apropiadas para establecer puertos; los ríos que desembocan en el mar forman barras; en las tierras inmediatas a la línea del litoral se han formado médanos y en las partes bajas se han estancado las aguas formando lagunas o albuferas, tales como las de Tamiahua y Alvarado.
El relieve del suelo veracruzano es muy variado: desde las bajas llanuras, a pocos metros sobre el nivel del mar, hasta las enormes cimas del Cofre de Perote o Nauhcampatépetl de 4,282 (cuatro mil doscientos ochenta y dos) y el Pico de Orizaba o Citlaltépetl, de aproximadamente de 5,700 (cinco mil setecientos) metros sobre dicho nivel del mar. Primero hay una serie de llanuras inmediatas a la costa, interrumpidas por médanos; estas llanuras se amplían enormemente por el Norte y constituyen una región que se conoce con el nombre de Huasteca, y por el Sur también se ensanchan y se les ha dado el nombre de Llanuras de Sotavento. En medio de estas Llanuras de Sotavento se levanta una región montañosa, recorrida por la Sierra de Los Tuxtlas, en la que destacan el volcán de ese nombre, conocido también por volcán de San Martín.
Hacia el centro y el Oeste el suelo se va haciendo cada vez más escabroso y elevado, está formado por ramales y estribaciones de la Sierra Madre Oriental; esos ramales y estribaciones están separados y divididos por numerosos valles y profundas barrancas. En la parte media Occidental del Estado, donde el relieve adquiere toda su maravillosa e imponente grandeza: las montañas forman un extraño conjunto; las cumbres se escalonan en gigantescas graderías y los picachos parecen querer competir en la altura, y por sobre todos ellos se destacan el Nauhcampatépetl y el Citlaltépetl.
Por los miles de vallecillos que se forman en lo intrincado de la serranía y por los profundos cauces de las barrancas corren innumerables arroyuelos que al unirse originan ríos cada vez más caudalosos, muchos de los cuales se precipitan en saltos pintorescos, en bellísimas y útiles cascadas y después se deslizan lentamente por la llanura hasta el mar. En la estación de lluvias se desbordan, inundan áreas y forman pantanos, ciénegas y lagunas.
Entre los ríos más caudalosos están: el Pánuco y el Tuxpan, en el Norte; en el centro el Nautla, el Actopan, el de La Antigua, el Jamapa y el Blanco y, al Sur, el Papaloapan y el Coatzacoalcos, todos con numerosos afluentes, algunos de gran caudal.
En la mayor parte del suelo veracruzano el régimen térmico es caluroso regular; en las tierras altas es templado y en las cimas de las cordilleras, frío. En el litoral y tierras inmediatas soplan las brisas marinas durante el día y las terrales, por la noche; los alisios, los nortes, que alcanzan casi todo el territorio veracruzano y, a veces, ciclones huracanados. Hay una estación de lluvias: de mayo a septiembre y octubre; en diciembre, enero y febrero, en las zonas montañosas persisten lloviznas, nublados y neblinas.
El suelo veracruzano es fértil y el clima favorece el desarrollo de una abundante y vigorosa vegetación. Existen selvas en la tierra caliente, bosques de coníferas en el suelo montañoso; en las llanuras costeras hay sabanas; las tierras costeras se caracterizan también por sus palmeras. Sin embargo, el progreso tienen sus inconvenientes, y nuestras selvas y nuestros bosques están siendo destruidos, cuidar y proteger nuestro entorno ecológico es deber y compromiso de los veracruzanos.
Muchas tierras están ocupadas con los cultivos agrícolas más variados: maíz, frijol, ajonjolí, caña de azúcar, plátano, café, naranjos, tomate, piñas, frutas, tabaco, chile, sandía, melón, pepino, vainilla; y en las tierras altas: papa, cebada, trigo y aun maguey. Otras tierras están destinadas a la ganadería, especialmente la especie vacuna, y en las alturas la lanar y caprina. También las especies caballar, mular y asnal se hallan diseminadas por todo el Estado. Veracruz ocupa el primer lugar a nivel nacional en la producción de cítricos, de caña de azúcar, mango, piña, arroz; el segundo lugar en la producción de café y uno de los más importantes productores de frijol y maíz. Tiene abundante pesca en el mar, albuferas, lagos y ríos, pues que ocupa el segundo lugar en la obtención de especies como mojarra, langostino y camarón.
Además de estas incalculables riquezas vegetales y animales, el suelo veracruzano es pródigo en otras: yacimientos petrolíferos, localizados en el Norte y en el Sur. Veracruz es uno de los principales productores de petróleo en el país. Cuenta con otra riqueza inacabable en las numerosas caídas del agua, algunas de las cuales se aprovechan ya como fuerza motriz y para general luz, calor y energía.
No solamente en la agricultura, pesca e industria eléctrica trabajan los veracruzanos, sino también en actividades industriales que transforman los productos de la tierra en artículos de consumo como alimentos, vestido, muebles, etc. Algunas industrias se desarrollan en los mismos lugares de producción tal como la industria azucarera; pero otras se fomentan en determinados lugares: donde hay caídas de agua, buenas comunicaciones para conducir ahí las materias primas y para llevar de ahí a los lugares de mayor consumo los productos elaborados. Veracruz cuenta con importantes inversiones en la industria del café, plásticos, turística y hotelera, de la construcción y petroquímica.
Veracruz es uno de los estados que goza con más vías de comunicación. La construcción de carreteras, caminos, puentes, ferrocarriles, aeropuertos, telégrafos, radio, televisión, teléfono, revistas, periódicos locales y nacionales; los cuales comunican y mantiene informada a la población.
El Pánuco, el Papaloapan, su afluente el San Juan Michapan, el Coatzacoalcos y algunos de sus afluentes, son vías de comunicación, puesto que tales ríos son navegables. La albufera de Tamiahua, con el canal de Chijol y la albufera de Tampamachoco constituyen otra red de comunicación para los pueblos ribereños.
En la parte media del litoral veracruzano se estableció el puerto de Veracruz. Como no existía bahía natural, hubo que construirla. Veracruz, pues, un puerto artificial. Dicho puerto es de gran importancia comercial. En el Norte se encuentra otro puerto de altura, el de Tuxpan y en el Sur del Estado otro en la margen izquierda del río Coatzacoalcos: es el puerto de ese nombre, por él se exportan grandes cantidades de petróleo. Se encuentran, además, otros puertos de menos importancia, puertos de cabotaje, como los de Tecolutla, Nautla, Alvarado, Tlacotalpan y Tonalá.
A continuación te diremos que el Estado de Veracruz consta de siete regiones que son: la Huasteca, Sierra de Huayacocotla, Totonacapan, Grandes Montañas, Llanuras de Sotavento, Los Tuxtlas y el Istmo.
La Huasteca es una zona que se extiende más allá de Veracruz; comprende los estados de Tamaulipas, San Luis Potosí, Hidalgo, Puebla y Querétaro. En Veracruz esta área se encuentra delimitada al Norte por el río Támesi y al Sur por el río Cazones; es una zona llana con cerros poco elevados, ríos como el Pánuco y el Tuxpan, las lagunas de Cairel, Tamiahua y Tampamachoco. Algunas de las ciudades más importantes que ahí se encuentran; algunas de ellas son Pánuco, Tempoal, Tantoyuca, Naranjos, Cerro Azul, Alamo y Tuxpan.
La Sierra de Huayacocotla se encuentra ubicada en una zona perteneciente a la Sierra Madre Oriental; casi todo el terreno es montañoso con bosques, cañadas y barrancas que hace difícil y accidentado el trayecto hacia las ciudades que ahí se encuentran; algunas de ellas son Huayacocotla, Ilamatlán, Zontecomapan y Chicontepec.
El Totonacapan se encuentra delimitado por el río Cazones al Norte y la sierra de Chiconquiaco al Sur, la región es llana hasta hacer contacto con la sierra, entonces su relieve se hace accidentado. Los ríos más importantes son Nautla y Tecolutla y algunas de sus ciudades son: Poza Rica, Papantla, Gutiérrez Zamora, Martínez de la Torre y Misantla.
Las Grandes Montañas se localizan en la Sierra Madre Oriental y el Eje Neovolcánico y se constituye de una serie de sierras: Zongolica, Huatusco, Chiconquiaco, Zomelahuacan, cumbres de Acultzingo y Maltrata, el Pico de Orizaba y el Cofre de Perote. En esta región se encuentran las ciudades de Orizaba, Córdoba, Perote, Coatepec, Naolinco, Altotonga, Actopan y la ciudad de Xalapa, capital del Estado.
Llanuras de Sotavento, es la planicie costera que se origina después de las Grandes Montañas, en ésta se originan los ríos que corren a lo largo de Sotavento como La Antigua, Actopan, Jamapa, Blanco y el Papaloapan; sus ciudades más importantes son: Veracruz, Alvarado, Cosamaloapan y Tlacotalpan.
En los Tuxtlas se encuentran situada la sierra del mismo nombre que es un conjunto montañoso, en él está el volcán de San Martín, el cerro del Muerto, el del Pelón y el Campanario. La laguna de Catemaco, el río de los Tuxtlas y el Hueyapan conforman la hidrografía de esta región. Algunas de sus poblaciones son San Andrés Tuxtla, Santiago Tuxtla y Catemaco.
El Istmo es la región más llana de nuestro Estado, sus ríos son el Coatzacoalcos y el Tonalá, éste último es el límite de la región y del Estado, algunas de sus ciudades son Coatzacoalcos, Minatitlán, Cosoleacaque y Nanchital.
El Estado de Veracruz tiene más de 6’200,000 habitantes. Esta población está integrada por indígenas, mestizos, mulatos e inmigrantes.
La mayor parte de la población es de agricultores, y está distribuida en comunidades agrícolas, pequeñas agrupaciones rurales, pueblos, etc.; pero también se concentra en ciudades, como Veracruz, Orizaba, Xalapa, Córdoba, Tlacotalpan, Huatusco, Coatepec, Papantla, Tuxpan, Alvarado, Cosamaloapan, Coatzacoalcos, etc.
El Estado está formado por 207 municipios libres y, a su vez, es parte integrante de una unión de Estados, de una Nación, que se llama Estados Unidos Mexicanos o simplemente México.
Los Municipios son administrados por Ayuntamientos; el Estado es regido por el Gobierno del Estado, conformado por Legislatura, el Gobernador y el Tribunal Superior de Justicia del Estado. Los Diputados son electos por los ciudadanos de los respectivos Distritos; el Gobernador por los ciudadanos del Estado y los Magistrados, que forman el Tribunal Superior de Justicia, son designados por la Legislatura, a propuesta del Gobernador. Los ciudadanos de los Distritos eligen también a Diputados al Gobierno Federal; los ciudadanos del Estado eligen dos Senadores al Congreso de la Unión y emiten su voto en la elección de Presidente de la República.
Capítulo II
Historia del Estado de Veracruz
Los primeros pobladores
No se puede precisar quiénes fueron los primeros pobladores del suelo veracruzano, ni de dónde vinieron. Quizás llegaron a estas tierras perseguidos por otros grupos humanos o acosados por el hambre, en busca de bosques en los que hallaran frutos diversos y caza abundante.
Seguramente no tendrían un lugar fijo para su residencia, vagarían constantemente en busca de lugares mejores y más seguros. Vivirían en los bosques, en las grutas o quizás construirían pequeñas chozas con rama y su alimento consistió probablemente de frutas silvestres, carne cruda de animales y peces o, quizá aprendieron a cocinarla; andarían desnudos o cubrirían su cuerpo con pieles de animales mayores que cazaban; se pintarían el cuerpo como hacen otras tribus primitivas y utilizarían como armas la honda, el arco y la flecha. Serían muy ágiles, astutos, fuertes y valientes. El más fuerte o el más valiente se impondría sobre los demás y se constituiría en jefe. En general, no habría más ley que la fuerza, ni más gobierno que la voluntad del jefe.
En tiempo lejanos existieron pueblos bastante adelantados en lo que hoy es el Estado de Veracruz, ustedes se preguntarán ¿Cómo se sabe que existieron pueblos con determinado grado de cultura?, esto se hace observando, y comparando los restos de utensilios que se han hallado, explorando las ruinas de los edificios que construyeron, estudiando sus artes decorativas, es decir, las pinturas que realizaron en los muros de sus templos esculpidos en piedra, en ellos se puede observar por ejemplo los tipos de indumentaria que usaban. Se completa este conocimiento estudiando las costumbres, tradiciones, y ritos de los grupos indígenas que aún existen y que han permanecido. En Veracruz se han localizado 1,200 sitios arqueológicos en los que se han encontrado restos de todas las culturas mesoamericanas.
Entre los antiguos pueblos que habitaron el suelo veracruzano figuran: los huaxtecas, totonacas, xicalancas, olmecas y aztecas, mexicas o mexicanos.1
Por las investigaciones de los arqueólogos y los historiadores se sabe que en tiempos muy remotos llegó a la región del río Pánuco, una numerosa tribu. Mucho más tarde prosiguió su peregrinación hacia el Sur; unos se establecieron en las orillas del Pánuco y otros prosiguieron hasta la península de Yucatán, donde fijaron definitivamente su residencia: estos fueron los mayas. Se han encontrado figuras de barro de estilo maya en los Tuxtlas, así como algunas lápidas con inscripciones mayas en Tepatlaxco y Alvarado. Los que se encontraron en las riberas del Pánuco se llamaron huaxtecos o huastecos, como decimos hoy.
Los huastecos, cuyo nombre parece derivarse de cuextecos, los de Cuexteca, que después se cambió por Huaxteca o Huasteca y que significa “Tierra del Cuero”, cuyos hombres se denominaban cuechtecatl, “habitantes de la tierra del cuero”, eran del mismo grupo maya. Habitaron, como se dijo, la región llamada Huasteca que comprende partes de los Estados de Veracruz, Tamaulipas, San Luis Potosí e Hidalgo.
Algunos suponen que con ellos se marca el inicio de las civilizaciones mesoamericanas, ya que fueron un pueblo sedentario y los primeros en cultivar el maíz que, según se dice crecía como planta silvestre en aquellas tierras.
Si esto fuese cierto, les deberíamos un gran servicio a aquellos remotos antepasados, pues aquel grano ha sido y es aún el principal alimento de los mexicanos y de otros pueblos.
Esto revela que los huastecas fueron agricultores. Seguramente que también se dedicarían a la caza y a la pesca. Llegaron a cultivar el algodón así como supieron hilarlo y tejerlo. Los que vivieron en las márgenes de los ríos, o de las lagunas, supieron hacer habitaciones lacustres: fijaban estacas en el suelo cubierto por las aguas y sobre estas estacas construían sus viviendas, generalmente de carrizos y palmas, de madera, pues, que circulaba el agua por debajo de las casas; quizás construirían canoas. Los fragmentos de sus utensilios de barro que se han encontrado, están decorados en dibujos lineales de colores; así tenían también las telas de algodón, lo cual revela en ellos el gusto por la belleza y el adorno.
Se han encontrado muchos ídolos de barro cocido y aun de piedra, así como restos de edificios que seguramente fueron templos, los cuales se conocen con el nombre de cúes. El principal cu de la cultura huasteca se localiza en el municipio de Castillo de Teayo (Tzapotitlán); la pirámide se conserva con sus adoratorios rodeada de varias decenas de esculturas.
Eran muy valientes, amantes de su libertad; no trataron de conquistar otras tierras y someter a su dominio otros pueblos; pero pusieron siempre tenaz resistencia a quienes pretendieron sujetarlos, tanto a los mexicas, primero, como a los españoles, después.
Los toltecas fueron grupos indígenas que se distinguieron por el alto grado de cultura que lograron alcanzar. Sobresalieron en los cultivos agrícolas, en la arquitectura, la escultura; también en hacer mosaicos de piedras preciosas así como en las labores de plumas de vivos colores; en la pintura, lo mismo en las telas como en los muros de sus edificios; en el conocimiento de plantas medicinales y, sobre todo, conocieron admirablemente los movimientos de los arcos, a tal grado que llegaron a formar un calendario casi exacto, pues contaban los años de trescientos sesenta y cinco días. El nombre tolteca se hizo sinónimo de arquitecto o artista.
Esta cultura floreció en la Mesa de Anáhuac; esto es, en las altas tierras situadas más allá de la Sierra Madre Oriental. Obligados a salir de allí, quién sabe por qué motivo, quizás por hambre a causa de la pérdida de las cosechas o tal vez por guerra con otros pueblos, lo que los hizo emigrar hacia el Sur. Algunos de los grupos de la cultura tolteca penetraron en lo que hoy son tierras veracruzanas, por las zonas de Huatusco y Orizaba y fueron hasta Coatzacoalcos y más allá.
Los olmecas vivieron en las llanuras de Sotavento particularmente cerca de la costa (sur de Veracruz y norte de Tabasco). Olmeca significa “la gente de donde crece el árbol del hule” ellos se nombraban “olli”.
Fueron agricultores que cultivaron principalmente el maíz, el chile, la calabaza y probablemente el cacao. Con frecuencia se inundaban sus tierras y se destruían sus cosechas a causa de los caudalosos ríos que regaban la región.
Fueron hábiles escultores; las cabezas colosales son muestra de ello; también esculpieron altares, estelas, lápidas y máscaras; lo que nos muestra su desarrollo artístico. Las cabezas colosales probablemente representaban a sus gobernantes o guerreros destacados. Conocieron el sistema de cuenta larga, según revela el hallazgo de una inscripción en Tres Zapotes; otros descubrimientos arqueológicos de inscripciones con jeroglíficos indican que tuvieron un tipo de escritura.
Conocieron el movimiento de los astros determinando la duración del año terrestre y del mes lunar. Le rindieron culto al jaguar, animal que simbolizaba el misterio y la fuerza; posteriormente este culto al jagua fue practicado por otros grupos mesoamericanos como los mayas, zapotecas, teotihuacanos y mexicas. No se sabe con seguridad la causa de su extinción; algunos investigadores creen que fue el descontento de sus propios habitantes a sus sacerdotes que ejercían el poder; otros piensan que fue debido a la presión que ejercieron otros grupos. Por ese rumbo también vivieron los xicalancas o jicalancas.
Entre los pueblos indígenas que más profundas huellas de su cultura dejaron en el suelo veracruzano, están el totonaca y el azteca o mexica.
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1 El plural de estos nombres indígenas se forma con la terminación en a, vgr.: los huasteca, los totonaca, etc.; pero preferimos seguir las reglas gramaticales de nuestro idioma oficial.
Los totonacas
Los totonacas poblaron una gran extensión del territorio veracruzano; desde las márgenes del Tuxpan a las del Papaloapan, extendiéndose, asimismo, por las regiones montañosas del hoy Estado de Puebla. En esta área se encuentran, aun hoy día, grupos indígenas totonacas que hablan el idioma totonaco; y se han hallado ruinas de construcciones, restos de utensilios, ídolos, fragmentos de armas, etc., que atestiguan la existencia de aquel pueblo en esta parte comprendida entre las riberas de los ríos citados.
Vivían dispersos en pequeños grupos, pero también se concentraban en grupo mayores, constituyendo villas y ciudades, de las que había más de cincuenta, siendo las más importantes: Tuzapan, al Norte; Cempoala y Quiahuixtlán al Sureste. Cerca de Papantla existió otra, que debió ser muy importante, pues así lo hace suponer el hallazgo del centro ceremonial del Tajín, pero, seguramente, había decaído anteriormente porque no se sabe gran cosa de ella. Cempoala era la ciudad más importante. Existen de ellas interesantísimas ruinas y se conservan los relatos y descripciones que de ella hicieron los españoles que llegaron allí.
En estas ciudades había edificios de mampostería, o de adobe, donde escaseaba la piedra, blanqueados, distribuidos formando calles. Entre los edificios sobresalían por sus dimensiones y su arquitectura, los de los nobles y los sacerdotes así como los templos. Algunos de estos templos tenían forma de pirámides. Construían una especie de murallas para proteger a la ciudad de ataques de los pueblos enemigos.
Quienes no pertenecían a la nobleza, al clero y al ejército, vivían en casas muy modestas, chozas o jacales, semejantes a las que aún construyen en la región: paredes de palos o de otates, techos de zacate o palma; eran de una sola pieza. Algunos, especialmente en las montañas donde el clima es riguroso por el frío, sobre todo en invierno, revestían con barro las paredes de palos, en tanto que en las tierras bajas no tenían esa exigencia. El mobiliario consistía en bancos de madera labrada, con pies o sin ellos; camas de petates de palma; los utensilios de cocina: vasijas de barro y el metate. Esas vasijas eran, generalmente, en forma de vaso o de taza, a veces con tres picos, de color rojo, amarillo o anaranjado, decoradas con dibujos que representaban animales fantásticos.
Los totonacas eran agricultores, plantaban el maíz que ellos llamaban cuxi, frijol, algunas variedades de chile, camote, jícama, guacamote conocido actualmente como yuca, chayote, chilacayote y frutas como la ciruela, la chirimoya y el aguacate.
Se alimentaban con esos productos: hacían tortillas que llamaban chau y totopos a los que les decían tamahti-chau, tamales de masa de maíz con frijol o carne, atole, jocoatole o sea atole con frutas agrias, y salsas con chiles; además, comían carne de animales y peces.
Para cazar los animales se valían de trampas, flechas; secaban la carne a la lumbre para que se conservaran por varios días. Pescaban con anzuelos de cobre.
Hombres y mujeres gustaban de adornarse. Horadábanse los lóbulos de las orejas y se colgaban aretes con adornos de oro. Muchos se agujereaban el labio inferior y en ellos se ponían unas láminas o rodajas de metal, conchas u obsidiana. Usaban el cabello largo que les caía sobre el cuello y espalda; muchos se tatuaban brazos y cara, o se los pintaban. Llevaban vestidos muy ligeros de tela de algodón; usaban sandalias y cinturones de piel.
Eran hábiles en la confección de trabajos de pluma; combinaban los colores de éstas con verdadero gusto artístico.
Eran diestros alfareros. Hacían, como se dijo, varios objetos de barro: ídolos y ollas, entre otros.
Sabían tallar y pulir la piedra. Se han encontrado objetos de piedra bien labrada, como los llamados yugos, palmas y hachas, ídolos, esculturas de animales. Los yugos son piedras en forma de herradura, de diversos tamaños, y cuyo uso no ha sido bien definido, pero fueron los totonacas los únicos que ejecutaron tales obras.
Las mujeres hacían excelentes trabajos de bordado y eran muy entendidas en el tejer.
Los totonacos sabían hacer papel con a corteza de ciertos árboles.
Cada ciudad totonaca estaba gobernada por un cacique y éstos estaban unidos o relacionados con el propósito de defenderse. El cargo parece que lo heredaba el hijo mayor. Se cree que a veces concedían altos empleos a las mujeres. El cacique se hacía servir y acompañar por un número más o menos grande de nobles ricamente vestidos. Había esclavos; es decir, individuos obligados a trabajar, sin remuneración alguna, para servicio de otra persona. A veces iban hasta la Mesa de Anáhuac a adquirirlos.
Creían en seres tutelares y en nahuales. El nahual era un animal que tenía influjo decisivo en el destino del individuo. Para saber cual sería el nahual de un individuo, se regaban cenizas en derredor de la casa cuando nacía un niño, para que quedaran impresas las huellas del animal que se hubiese acercado. Si acaso aparecían huellas de dos animales diferentes, aquel que se hubiese acercado más a la casa, ejercería su influjo en la vida del niño; cuando no era posible decidir entre uno y otro, esperaban a que el niño creciera para observar sus inclinaciones y ver a cual animal se parecía. Todavía muchos indígenas en la actualidad realizan este rito.
Acostumbraban enterrar a sus muertos acostados o en cuclillas. Los sepulcros tenían forma de túmulos y pirámides, generalmente en los lugares llanos. En otros sitios, especialmente en los montañosos, los hacían en las casas. Ponían ofrendas en las tumbas; también solían cubrirlos con una capa de cal para defender el cadáver de los malos espíritus.
Los totonacas no constituían un pueblo muy aguerrido, sino amante de la paz.
A veces se reunían los de varias comunidades para hacer trabajos de servicio colectivo, o practicar juegos o danzar. El “volador” es una de sus danzas favoritas, que aún practican en algunos poblados de a zona de Papantla y de la sierra de Puebla; éste consiste en que cinco hombres suben a un poste que tiene en la punta un cubo movible; cuatro cuerdas unen a ese cubo con un cuadrilátero de madera que cuelga, y otras cuatro cuerdas se enrollan en espiral alrededor del poste. Cuatro hombres toman las puntas de las cuerdas y se las atan alrededor del cuerpo, saltan del cuadrilátero y, en movimiento giratorio, las cuerdas se van desenrollando y los voladores dan vuelta al poste, en tanto que el quinto hombre danza en el cubo superior del poste. Esta danza reviste un aspecto religioso.
Gustaban de producir música. Entre los instrumentos musicales se sabe que poseían flautas de varias formas, hechas de barro cocido.
Adoraban ídolos de barro cocido, de madera o de piedra, estos ídolos representaban a sus dioses: el Sol, la Luna, la Tierra, el Lucero del Alba. Ofrecían a estas deidades flores, copal, velas. Celebraban fiestas en las que realizaban juegos y bailes, llevaban ofrendas y celebraban ceremonias. En el primer día de las fiestas regaban la tierra con sangre de guajolote que sacrificaban especialmente para ello; el segundo día ofrecían mazorcas y elotes que traían de los campos. Al terminar las fiestas llevaban un poco de tierra regada con la sangre del guajolote y unos granos de maíz y de frijol que sirvieran de ofrenda, y todo lo depositaban en los campos, esperando tener así abundantes cosechas. Cuando escaseaban las lluvias o cuando llovía demasiado, así como cuando se prolongaba alguna enfermedad acudían a sus dioses. En los templos había fuego que nunca debería apagarse. Los totonacas se imponían sacrificios y martirios para parecer más gratos a sus dioses y aplacarlos, pues atribuían las calamidades y desgracia a la cólera de sus divinidades.
Existen como se ha dicho ya, ruinas de las construcciones totonacas e infinidad de fragmentos de sus utensilios, sus armas y sus ídolos.
Los monumentos arqueológicos más notables que se atribuyen a los totonacas son: La pirámide del Tajín, las ruinas de Cempoala y las de Quiahuixtlán. La pirámide del Tajín se halla cerca de la ciudad de Papantla. Está construida por grandes lozas de piedra. Consta de varios cuerpos superpuestos los unos a los otros formando escalones. Cada uno de estos cuerpos está formado por tres partes superpuestas: uno inferior en talud, la media vertical y la tercera a modo de cornisa. La pirámide tiene unos veinte metros de altura; la escalera para llegar al último piso, tienen setenta y una gradas. En el exterior tiene muchos nichos; no se sabe a que usos estaban destinados. Algunos suponen que en cada uno había un ídolo; otros que ahí guardaban los restos de los sacerdotes o de los caciques muertos. Los arqueólogos creen que la pirámide era un templo dedicado al dios de la lluvia, ya que Tajín significa relámpago, trueno, rayo. Ahí se han encontrado también trozos de columnas de piedra primorosamente labradas y esculpidas.
En Cempoala existen las ruinas del Templo Mayor, del Templo de las Chimeneas, del Templo de las Caritas y las del Templo del Dios del Aire. El Templo Mayor consta de dos edificios piramidales: uno es realmente el Templo Mayor y el otro es el de las Chimeneas, llamado así por las columnas que se conservan al frente. El Templo de las Caritas estuvo decorado, tanto interior como exteriormente, con tableros horizontales subdivididos por otros verticales; en estos tableros había y existen aún calaveritas de piedra, de donde le ha venido el nombre al edificio.
En Quiahuixtlán existen ruinas, de casas muy amplias. Cerca de Puente Nacional hay una pirámide; en el Cerro del Astillero, cerca de Misantla, quedan restos de construcciones; parece que allí existió una ciudad. Cerca de Coatepec quedan restos de unas fortificaciones. Se han encontrado restos de vasijas de barro cocido, idolillos de barro y de piedra, en Otates; al Este de Xalapa, en el ranchito de Las Animas, cerca de Actopan, y junto al río de ese nombre, en Cerro Montoso, cerca del mismo río y en Los Ídolos, cerca de Rinconada, se encontraron también algunos objetos de oro.
Los totonacas fueron sometidos por los aztecas y fueron tributarios de ellos, es decir, tenían la obligación de pagar tributos al rey de México. Estos tributos consistían en maíz, hule, vainilla, plumas, algodón, pieles, animales y, sobre todo, esclavos para hacerlos trabajar en sus tierras, en la construcción de sus palacios, o para sacrificarlos a sus dioses. Por eso los totonacas nunca quisieron bien a los aztecas, razón por la cual cuando llegaron los españoles se unieron a éstos para hacer la guerra a los aztecas.
Los aztecas o mexicas
Este grupo indígena vino del Norte, de un lugar muy distante llamado Aztlán por eso se les ha dado el nombre de aztecas. Se llamaban también mexicas, por que adoraban a un ídolo llamado Mexitli o Huitzilopochtli; los mexicas eran, pues, adoradores de Mexitli. Después de largas peregrinaciones, de sostener guerras con los pueblos que encontraban, en las que saldrían algunas veces vencedores y otras vencidos, llegaron a las orillas de unos lagos que existían donde hoy se levanta la ciudad de México. Refiere una leyenda, una tradición que ellos transmitían de padres a hijos, que su dios Mexitli o Huitzilopochtli les había dicho a los sacerdotes que habían de tener su marca en un lugar que el designaría, para que fundara una ciudad que habría de ser grande y poderosa, que les dedicaría ese lugar con una seña particular, que consistió en un águila en un nopal y devorando una serpiente.
Un día, sigue diciendo la leyenda, que dos indios se metieron entre los juncos y carrizales de la orilla del lago, a pescar pecesillos, ranas, y ajolotes, vieron, asombrados, en un islote en medio del lago un nopal y sobre él un águila con una serpiente en las garras y el pico, como se ve en las monedas, en los sellos del Gobierno y en la Bandera Nacional. Corrieron los indios a avisar a los sacerdotes. Todos dieron gracias a su dios y al favor que les hacía de marcar ahí el término de sus desdichas y el principio de sus grandezas.
Lo cierto es que cuando llegaron a las orillas de aquellos lagos, los aztecas llevaban una vida miserable; de cazadores, pescadores y recolectores. Vivían en humildes chozas de carrizo y lodo, mal vestidos y aborrecidos por los demás pueblos por sus habilidades en la guerra; pero decidieron cambiar de vida, quisieron fundar una ciudad y dedicarse a la agricultura. Terraplenaron el islote; construyeron, desde luego, un templo para su dios, de carrizos y adobes, porque aún no sabían construir con paredes de piedra. No cupieron todos en el islote, entonces fijaron postes en el fondo del lago y sobre esos postes construyeron sus casas. Fundada la ciudad, faltaba dedicarla a su dios y ponerle su nombre. En las fiestas de la dedicación sacrificaron víctimas humanas. Pusieron por nombre México, que quiere decir, de Mexitli, y también Tenochtitlan, que significa ciudad de Tenoch. Este era su caudillo y sacerdote principal cuando fundaron la ciudad.
Resueltos a engrandecer y embellecer su ciudad trabajaron con tal entusiasmo que varios años después presentaba un aspecto grandioso. Soberbias construcciones de piedra, magníficos templos, palacio suntuosos, calzadas que la comunicaban con la orilla del lago, un acueducto que introducía agua potable desde lejos, porque la del lago era salada; canoas surcaban el lago en todas las direcciones, trayendo maíz, frijol, legumbres y flores de los huertos inmediatos o de las chinampas 2.
Mientras tanto, otros hacían la guerra a los pueblos vecinos para hacerlos trabajar como esclavos o sacrificarlos en los altares de sus dioses.
Eran diestros en el arte de la guerra y así vencieron a muchos pueblos y la ciudad se engrandecía porque había muchos trabajadores. Habíanse dado ya un Gobierno Monárquico, es decir, obedecían a un rey y los sacerdotes eran muy respetados.
Los jefes del ejército, eran tenidos también en gran estima. El rey y los nobles, los sacerdotes y los jefes del ejército disfrutaban grandes honores y riquezas. Vivían con los productos de las tierras que los aztecas cultivaban y con los tributos que remitían los pueblos sometidos.
Cuando fundaron la ciudad la dividieron en cuatro barrios. Las tierras eran de la ciudad; es decir, ningún individuo era propietario de la tierra. Distribuían parcelas entre los jefes de familia para que las cultivaran y aprovechasen sus productos; pero si alguno no la cultivaba era desterrado; había unas parcelas que las cultivaban entre todos, cuyo producto era para los sacerdotes, el rey y los nobles. A los pueblos vencidos los obligaban a cultivar las tierras y entregarles los productos.
A medida que se engrandecía su ciudad y se ensanchaba su reino, progresaban en las artes, en las ciencias, en las estrategias de guerra y en la región.
Aprendieron a tejer y teñir el algodón; hacían primorosos trabajos de pluma; supieron esculpir en piedra las figuras de sus dioses. Su escritura era de jeroglíficos, esto es, de dibujos que representaban objetos e ideas; escribían, o mejor dicho, pintaban en pieles de venado, y en papel hecho con plantas textiles, como el maguey. Su numeración era sencilla: los números del uno al cinco tenían nombres especiales, lo mismo el diez, el quince y el veinte. Los números seis, siete, ocho y nueve se expresaban: cinco y uno, cinco y dos, cinco y tres y cinco y cuatro; once, doce, trece y catorce eran diez más uno, diez más dos, diez más tres y diez más cuatro; el dieciséis, diecisiete, dieciocho y el diecinueve eran quince y uno, quince y dos, hasta veinte y diecinueve; el cuarenta era dos veces veinte; el sesenta, tres veinte, etc.; el cuatrocientos tenía nombre especial, el ochocientos era dos veces cuatrocientos, el ocho mil tenía también nombre especial. Para escribir cantidades empleaban puntos, rayas, banderas, círculos, cuadrados, saquitos, etc.
Fueron grandes conocedores de la astronomía. Su año era de trescientos sesenta y cinco días, dividido en dieciocho meses de veinte días y cinco días más, que llamaban inútiles. Para sus fiestas religiosas se regían por otro calendario.
En el aspecto religioso adoraban a varios dioses, siendo los principales el Sol, la Luna, la Tierra, el Agua, el Fuego, el planeta Venus, el Aire y el dios de la guerra Huitzilopochtli o Mexitli. En sus fiestas religiosas realizaban juegos, danzas, se practicaban ritos como herirse los labios, la lengua, la orejas, para aplacar a sus dioses; llevaban ofrendas de flores, frutos, copal, pero lo más sobresaliente y que ellos decían le agradaba más al dios, eran los sacrificios humanos. La víctima, generalmente un prisionero de guerra, era llevada a la piedra de los sacrificios en el templo del dios; varios sacerdotes la sujetaban fuertemente, acostada sobre esa piedra y el sumo sacerdote, con un cuchillo de pedernal le abría el pecho y le extraía el corazón que ofrecía al dios, el cuerpo de la víctima era arrojado por las gradas del templo. Cabe mencionar que había otras formas de sacrificar.
Este pueblo, con esa creencia en la promesa de su dios, llevó sus conquistas muy lejos; pero todos los pueblos sometidos le guardaban resentimiento, abrigando un deseo de venganza.
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2 Las chinampas eran hortalizas flotantes en las aguas del lago. Entretejían carrizos, ramas y hojas sobre este fondo ponían una capa de tierra donde sembraban maíz y frijol, chile y calabazas.
Conquistas de los aztecas por tierra veracruzana
Cuando reinaba en México-Tenochtitlan Itzcoatl, por los años 1427 a 1440 hace poco más de 500 años, aseguran algunos historiadores que los ejércitos mexicanos llegaron a la tierra de los totonacas, en la sierra que hoy corresponde al Estado de Puebla, y por Huatusco (Quauhtochco) y Cotaxtla (Cuetlaxtlan) del Estado de Veracruz.
De 1440 a 1469 gobernó en México Moctezuma Ilhuicamina o Moctezuma Primero, el Flechador del Cielo, como le decían los aztecas. En ese tiempo una expedición llegó hasta la Huasteca y fueron sometidos algunos pueblos del Estado, como Tlapacoyan; asimismo, sometieron a su dominio el territorio Sur de los totonacas, por Xalapa y Cempoala; luego, afirman sus conquistas en Huatusco y Cotaxtla; agregan a su dominio la zona de Orizaba (Ahuilizapan). En Cempoala y Cotaxtla pusieron gobernantes aztecas.
En 1454 los aztecas a consecuencia de sequías e inundaciones perdieron las cosechas y hubo hambre. Muchos padres de familia vendían a sus hijos y se vendían ellos mismos para obtener alimentos. Algunos emigraban hacia la costa, sobre todo a la tierra de los totonacas. Éstos daban maíz a cambio de gente mexicana.
Atzayácatl, quien gobernó a los mexicanos después de la muerte de Moctezuma Ilhuicamina, consolidó por la parte de Veracruz, las conquistas de su antecesor y llegó hasta Tuxpan. En tiempo del rey Tizoc (1482-1486), llegaron las fuerzas mexicanas hasta la región de los Tuxtlas.
Ahuizotl llevó sus ejércitos a la Huasteca donde hizo más de veinte mil prisioneros. Se internó también por el territorio de los totonacas, al Sur del Cofre de Perote, por Xico y Teocelo, y por la cuenca del Nautla, hasta la desembocadura de ese río.
Luego sube al trono Moctezuma Zocoyotzin o Moctezuma Segundo. Éste agregó poco a las conquistas de sus antecesores, especialmente en suelo veracruzano. Solamente se consigna la sujeción de las tribus de Amatlán, al Sur de Córdoba, extendiéndose hasta Zongolica.
En menos de cien años habían logrado los aztecas imponer su dominio a casi todos los pueblos que habitaban las tierras que hoy son veracruzanas.
Ya dijimos que exigían tributos: algodón, telas, prendas de vestir, maíz, chile, sal, pieles de coyote, jaguar y venado, plumas, liquidámbar y copal; seguramente chicle, vainilla, cacao y hule, así como otros productos de la costa y, además, esclavos.
Uno de los efectos de la conquista fue el influjo de una cultura sobre otra. La cultura del pueblo conquistador se fue imponiendo en el pueblo conquistado y así lo descubren las investigaciones arqueológicas en los restos de vasijas, por ejemplo, correspondientes a ésta época. También dio como resultado que se fuese imponiendo la lengua del vencedor, y así se observa un gran número de pueblos, cerros y ríos veracruzanos llevan nombres en idioma nahua o azteca, ejemplo de ello: Chicontepec, Xalapa, Macuiltépetl, Citlaltépetl, Huitzilapa.
Los aztecas llamaban Huaxtecapán a la región de la Huasteca Veracruzana, tamaulipeca, potosina e hidalguense; Totonacapan al señorío de los totonacas que se encontraban entre los ríos Tuxpan y del Papaloapan. La costa era designada con el nombre de Chalchiuhcuecan y también con el de Anáhuac-Xicalanco.
Capítulo III
La dominación española
Exploración y conquista de las tierras veracruzanas por los españoles
La vida de los indígenas, que habitaban en el actual Estado de Veracruz, se circunscribía a soportar la esclavitud de los mexicas; unos llevaban una aparente libertad política y religiosa, pero reconociéndose tributarios del monarca azteca y otros luchando aún por mantener su libertad ante la amenaza de los ejércitos de Tenochtitlan; germinando en todos estos pueblos un descontento contra los mexicas, hasta la llegada de los españoles, hecho que vino a cambiar radicalmente este estado de cosas y transformó la estructura y la vida de esos pueblos.
Corría el año de 1518 cuando llegó a las costas veracruzanas una expedición capitaneada por Juan de Grijalva, quien venia mandado por el Gobernador de Cuba, Diego Velásquez; recorrió las costas de Yucatán, llegó al río Coatzacoalcos, luego a la desembocadura del Papaloapan; esto es, donde hoy se encuentra Alvarado. El 24 de junio llegó a un islote que él llamó de San Juan de Ulúa, porque precisamente en ese día del año celebra la Iglesia a San Juan Bautista, y Ulúa pues oyó que decían que era de los colhúas. A otro islote próximo lo designó con el nombre de Isla de los Sacrificios porque ahí era lugar destinado por los indígenas para sacrificar víctimas humanas a sus dioses. Ambos islotes conservan aún esos nombres. Desembarcaron ahí y cambiaron baratijas de vidrio y otras chucherías por oro.
Se embarcaron nuevamente y prosiguieron hacia el Norte y llegaron hasta el río Pánuco. De ahí regresaron a Cuba. Informaron al Gobernador de lo que habían visto, sobre todo de la gran cantidad de oro que poseían los indígenas y el poco aprecio en que lo tenían; todo de la gran cantidad de oro que poseían los indígenas y el poco aprecio en que lo tenían; informaron, además, de la existencia de reinos ricos y poderosos situados en el interior del Continente. El Gobernador de Cuba, ambicioso de riquezas, organizó otra expedición más numerosa que las anteriores, porque antes de la de Grijalva hubo otra, realizada por Hernández de Córdoba, quien no llegó a las costas veracruzanas sino sólo hasta Campeche comandada por Hernán Cortés.
Intempestivamente salió de Cuba, porque el Gobernador se había arrepentido de conferirle el mando de la expedición, pues lo consideró demasiado ambicioso y ladino; siguió casi la misma ruta que los otros exploradores y llegó a San Juan de Ulúa el 21 de abril de 1519.
Con Hernán Cortés venían unos seiscientos españoles y unos doscientos indios de Cuba y de Tabasco. Traía once caballos y cinco yeguas. Los primeros de esta especie que pisaron suelo veracruzano. Traían objetos de vidrio, como espejitos, cuentas de collares, etc., con el propósito de cambiarlos por oro. La ambición por el oro era el principal estímulo de esas empresas.
Los indios fueron en sus canoas a las embarcaciones españolas; les llevaron regalos de los caciques de la comarca. Cortés les dio algunas de las baratijas que traía así como algunos objetos para el emperador de México, Moctezuma Segundo.
Pero ¿cómo se entendían Cortés y los emisarios indígenas?, se preguntarán ustedes.
En la expedición anterior a la de Grijalva había quedado prisionero de los indígenas mayas, en Yucatán, un español de apellido Aguilar, quien aprendió el idioma maya. Cortés pudo libertarlo y entonces le sirvió de intérprete en los lugares donde se hablaba maya. Pero en la playa de Chalchiuhcuecan no se hablaba esta lengua. Cuando Cortés pasó por Tabasco sostuvo barios encuentros con los indios de allí; éstos, en señal de paz, le hicieron varios regalos, entre ellos, varias indias, siendo una de ellas muy inteligente, llamada Malinche y que después fue bautizada con el nombre de Marina. Esta mujer fue fiel a Cortés. Sabía los idiomas maya y náhuatl o azteca. La comunicación de los indios con Cortés se hacía así: hablaban a la Malinche en náhuatl, ésta transmitía en maya lo hablado a Jerónimo de Aguilar y éste en español a Cortés; don Hernando habla en español a Aguilar, éste en maya a Malinche y ella en náhuatl a los indígenas aztecas.
Al día siguiente de la llegada a Ulúa, el 22 de abril Hernán Cortés desembarcó con su gente en la playa, donde hoy está la ciudad de Veracruz. Inmediatamente ordenó que construyeran chozas con troncos, ramas, hojas de palmeras. Los indios que venían con Cortés fueron puestos a trabajar; el cacique del lugar ordenó también que los indios de allí ayudaran a la construcción de las improvisadas viviendas. Otros indígenas llegaban de lugares inmediatos con víveres: maíz, guajolotes, frutas, etc.
Si sorprendidos estaban los indígenas por la presencia de esos hombres tan extraños, rubios, barbados, que hablaban una lengua distinta, su asombro no tuvo límites cuando aparecieron montados a caballo y disparaban sus armas de fuego. Los consideraron como seres sobrehumanos que manejaban el rayo, imaginándose caballo y jinete como un ser fantástico y divino; por lo que mayor fue su respeto y acatamiento.
Fundación de la ciudad de Veracruz. Nuevas exploraciones
Hernán Cortés vino a las playas de nuestro País desobedeciendo las órdenes del Gobernador de Cuba. Procedía, pues, ilegalmente. Así lo comprendió él y supuso que el Gobernador enviaría fuerzas para someterlo. Para legalizar sus actos se valió de una curiosa artimaña. Llamó a los capitanes de mayor confianza y les expuso su proyecto que consistía en lo siguiente: declarar constituida en Villa la serie de chozas que habían levantado; fundada así la Villa, se constituiría un Ayuntamiento. Cortés depondría el mando ante el Ayuntamiento y éste lo designaría Capitán General y Justicia Mayor, apareciendo así con mando legalmente otorgado, independiente del Gobernador de Cuba y dependiente directo del Rey de España. Así se hizo. Se declaró fundada la Villa a la que se le dio el nombre de Villa Rica de la Veracruz. Rica por la abundancia de recursos que notaron había ahí, y de Vera Cruz por haber llegado a esas playas en el día en que la religión católica se llama Viernes Santo día en que en esa religión se conmemora la muerte de Cristo en la Cruz, es decir, día de la verdadera Cruz.
Procedieron luego a designar a las personas que integrarían el primer Ayuntamiento de la Villa Rica de la Vera Cruz. En él figuraron dos alcaldes: Alonso Hernández Portocarrero y Francisco Montejo, los regidores Alonso de Ávila, Pedro de Alvarado, Alonso de Alvarado, hermano del anterior y Gonzalo de Sandoval; maestre de campo, Cristóbal de Olid; alguacil del campo, Ochoa Vizcaíno y Alonso Romero.
Y, según costumbre de la época, se colocó la picota en la plaza y la horca en las afueras de la ciudad. 1
Hernán Cortés entregó el mando militar. El Ayuntamiento celebró sesión y designó, como estaba previamente, Justicia Mayor y Capitán General al propio Cortés, invistiéndolo con autoridad civil y militar y facultándolo para explorar y conquistar tierras para los reyes de España. Así legalizó, en apariencia, el Conquistador su posición, ya que podía sostener que el mando le fue conferido por un Ayuntamiento. Varias causas motivaron que Cortés procediera en esa forma: su ambición de mando, no tener que dar cuenta de sus actos ni al Gobernador de Cuba ni a otros Capitanes, sino solamente a los monarcas españoles y, para aplacar a los partidarios del Gobernador de Cuba que asumían una actitud hostil.
Desde un principio observado que el lugar no era apropiado para establecerse buen puerto, por esta razón ordenó a Francisco Montejo que explorara la costa hacia el Norte para ver si descubría un lugar mejor. Cerca de Quiahuixtla halló un lugar que le pareció bueno y regresó a informar de ello a Cortés. Montejo llamó a ese lugar Bernal.
Pedro de Alvarado recibió ordenes de explorar esas tierras y se proveyese de víveres; posteriormente llegó hasta Cotaxtla.
En esos días llegaron hasta Cortés emisarios de los caciques totonacas, quienes le informaron de su situación; esto es, que estaban sometidos a la tiranía de los aztecas, que éstos les exigían fuertes tributos, que había gran descontento contra los aztecas. Cortés trató de atraérselos, ofreciéndoles ayuda para sacudir el yugo mexica, les dio regalos y les prometió visitar al cacique de Cempoala.
Efectivamente, pocos días después emprendió la marcha hacia la ciudad totonaca y entretanto, los buques navegaban hacia Puerto Bernal.
Los cempoaltecas salieron a recibir a los conquistadores con grandes muestras de júbilo y señales de acatamiento y respeto. El cacique los recibió a las puertas del Templo Mayor. Conquistador y Cacique cambiáronse regalos. Cortés reiteró sus ofrecimientos de ayuda. La ciudad con sus casas blanqueadas causó magnífica impresión a los españoles. La compararon con las ciudades españolas y unos quisieron llamarla Nueva Sevilla, otros Villaviciosa, prevaleciendo la opinión de éstos.
Los españoles salieron de Cempoala rumbo a Quiahuixtla, punto inmediato a Puerto Bernal. Cerca de Quiahuixtla y no lejos de Bernal se instaló la Villa Rica de la Veracruz.
Cortés intervenía en las dificultades que surgían entre los totonacas y las fuerzas aztecas.
En el pueblo de Tizapantzingo, cercano a Cempoala, comenzó la destrucción de los ídolos. Lo mismo ocurrió en Cempoala. Los caciques y el pueblo se oponían, pero doña Marina les habló diciéndoles que si no consentían en ello, no contarían con la ayuda de los blancos y aun los dioses mismos los desampararían, porque los blancos actuaban por voluntad divina y eran dioses ellos mismos; accedieron al fin. Y el templo lavado, blanqueado y adornado con ramas y flores, fue dedicado al culto cristiano y en el altar colocaron una imagen de la Virgen. Muchos indígenas fueron bautizados.
Cortés regresó a la Villa Rica. Para granjearse el favor del Rey de España, envió en uno de sus buques, una comisión con valiosísimos regalos, consistentes en todos los objetos de oro y plata que habían obtenido de los indígenas; todos los españoles cedieron su parte.
Como los partidarios del Gobernador de Cuba seguían fomentando el descontento en las filas de Cortés e insistían en sus propósitos de regresar a la Isla, Cortés tomó una resolución, mandando quitar de las embarcaciones todo lo que pudiera servirle más tarde y luego fueron echadas a pique. Nadie podía volver ya; todos se vieron forzosamente obligados a seguir a Cortés en la arriesgada empresa.
Hecho esto resolvió marchar a Tenochtitlán. Dejó en la Villa Rica de Veracruz a Juan de Escalante con cincuenta hombres, y él, con el resto del ejército, compuesto de unos cuatrocientos españoles, guerreros e indígenas y gran número de tamemes2, inició el viaje. Pasó por Xalapa y Xico, cruzó la sierra, se internó en la altiplanicie, batalló con los tlaxcaltecas, quienes, vencidos en repetidas ocasiones, decidieron unírsele y llegó a Tenochtitlán el 8 de noviembre de ese mismo año del mil quinientos diecinueve, siendo recibido con grandes agasajos por el emperador Moctezuma Segundo.
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1 La picota era una columna al pie de la cual se ataban, expuestos a la vergüenza pública, los reos; a veces se exhibían ahí las cabezas de los ajusticiados. La horca consistía en dos palo, como pilares y otro horizontal sobre esos; ahí el verdugo ahorcaba a los condenados a tal pena.
Derrota de Narváez. Otras exploraciones
Mientras se desarrollaban los acontecimientos que dejamos relatados, otros hechos sucedían en la costa veracruzana.
En Nautla residía un comisionado de Moctezuma Segundo, llamado Cuauhpopoca, encargado de exigir a los totonacas el pago de sus tributos. Cuahpopoca extorsionaba a los tributarios totonacas, los cuales pidieron ayuda a Juan de Escalante, quien, con varios españoles y numerosos totonacas, marchó a Nautla con el propósito de impedir que Cuauhpopoca cumpliera sus amenazas. Este comisionado hizo frente a Escalante, quien fue derrotado y muerto.
Cuando Cortés supo este desastre hizo que Moctezuma llamara a Cuauhpopoca y a los otros jefes indios de la región. Llegados a México fueron quemados vivos por orden de Cortés. El lugar de Escalante fue designado Gonzalo de Sandoval.
El veintitrés de abril de 1520 (un año y un día después del desembarco de Cortés) llegó, al mismo lugar en que había desembarcado Hernán Cortés, una cuadra al mando de Pánfilo de Narváez, enviado por el Gobernador de Cuba, con el propósito de someter a Hernán Cortés. Narváez no encontró resistencia y pasó a Cempoala. Al saberlo Cortés dejó una corta guarnición en Tenochtitlán y violentamente se trasladó a la Costa. Formuló su plan de ataque. Distribuyó dinero y regalos entre los soldados de Narváez, para convencerlos a desistir de su empresa contra él. De este modo le fue relativamente fácil derrotar a su enemigo, hacerse de sus elementos de guerra y aumentar el número de sus soldados y demostrarle a Velásquez (el Gobernador de Cuba) que no era fácil someterle, ya que estaba resuelto a conquistar las vastas tierras del Anáhuac. Narváez fue hecho prisionero, y conducido a Veracruz, y más tarde, lo remitió a Cuba.
Mientras tanto, Juan Velásquez de León había ido a explorar las tierras del Coatzacoalcos.
Frecuentemente llegaban a la costa embarcaciones mandadas por capitanes aventureros, deseosos de conquistas y, de grado o por fuerza, se le unían a Cortés. Así aumentó su ejército, su escuadra, su caballería y se hizo de armas, parque y víveres.
Apresuradamente volvió a México-Tenochtitlán, porque el pueblo se había levantado contra Pedro de Alvarado y éste se encontraba en situación desfavorable.
Los españoles fueron derrotados primero (Noche Triste), pero Cortés, la ayuda de los tlaxcaltecas y otros pueblos indígenas permitieron que el ejército conquistador se rehiciera, volviera a atacar la ciudad de Tenochtitlán y la tomara después que los defensores resistieron al lado de su último rey, el valiente Cuauhtémoc.
Lograda la toma de Tenochtitlán, Cortés envió a sus capitanes a explorar tierras, someter indígenas, rescatar oro y fundar ciudades. Gonzalo de Sandoval exploró las regiones de Huatusco, Orizaba y Coatzacoalcos; fundó la capital de Medellín, cerca de Tuxtepec y después fue trasladada al lugar donde hoy se encuentra, en las riberas del Xamapa, no lejos de Veracruz. Diego de Ordaz había recorrido también las tierras del Coatzacoalcos, hasta su desembocadura, donde halló lugar para establecer el puerto. Sandoval llamó a ese lugar Espíritu Santo.
En 1522 Cortés pasó a la región del Pánuco, esto es, a la Huasteca, para someter a los indígenas antes que lo hiciera Francisco de Garay quien venía de Jamaica con ese fin. Ya había enviado dos expediciones para apoderarse de esas tierras, pero la resistencia de los indios huastecas hizo fracasar sus intentos.
A la tercera vez Cortés le llevó la ventaja. Garay fracasó y sometió a los indígenas soblevados. Gonzalo de Saldoval fundó la Villa de San Esteban del Puerto, población que hoy se conoce con el nombre de Pánuco. En 1553, la ciudad de Veracruz fue trasladada a la margen izquierda del río Colibrí (Huitzilapa), o de La Antigua, como hoy se llama. Más tarde, en 1599, se cambió al lugar donde se encuentra actualmente, al mismo sitio en que la declaró fundada Hernán Cortés en 1519. Hubo, pues, por aquel tiempo y en el territorio en que hoy ocupa el estado de Veracruz, cuatro ciudades: Veracruz, Medellín, Espíritu Santo (muy cerca de donde hoy está Coatzacoalcos) y San Esteban del Puerto (Pánuco).
Hernán Cortés, Pedro de Alvarado, Gonzalo de Sandoval, Cristóbal de Olid, Diego de Ordaz y otros exploradores recorrieron las tierras veracruzanas.
En el Norte, en la Huasteca, después de que el propio Cortés y Gonzalo Sandoval habían logrado sofocar las rebeliones de los huastecas, provocadas por los españoles, fue nombrado el Gobernador don Nuño de Guzmán. Este cometió tantas arbitrariedades y tantos excesos que fue relevado del Gobierno y comisionado en otros cargos, manteniendo una conducta poco favorable con los subalternos españoles e indígenas. Más tarde fue conducido preso a España, donde murió considerado como un hombre cruel.
De este modo la conquista de los pueblos veracruzanos quedó consumada.
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2 Tameme: indio destinado a cargar, indio de carga.
Las culturas española e indígena
Varias circunstancias favorecieron la realización de la conquista por los españoles.
En primer término la lucha entre españoles e indígenas fue el choque de dos culturas muy diferentes, es decir, el encuentro de dos pueblos que habían adquirido maneras distintas para trabajar, vestir, alimentarse, guerrear, etc. poseían distintos medios para explotar la naturaleza y obtener de ella los productos necesarios; tenían diferentes modos de expresar sus sentimientos y pensamientos en obras artísticas y científicas, tenían diversos modos de organización social, y poseían disímiles conceptos de la divinidad y opuestas manifestaciones de servirla y adorarla.
Desde luego, la diferencia capital entre estas dos culturas consistía en lo siguiente: los españoles sabían utilizar los metales, esencialmente el hierro, con el fabricaban sus armas y sus instrumentos de trabajo, en tanto que los indígenas sólo poseían armas y utensilios de piedra. En este aspecto los españoles llevaban ventaja sobre los indígenas.
Además, los españoles usaban en la guerra la pólvora; usaban las llamadas armas de fuego (cañones, arcabuces, pistolas, etc.), que eran de mayor alcance y de efectos más desastrosos que las flechas, las hondas y las macanas de los indígenas.
Los españoles traían caballos; siembre fueron esos animales de gran utilidad en la guerra, ya fuera para atacar y perseguir, o bien para huir. Los indígenas desconocían estos animales y les causaban asombro y pavor cuando los vieron por primera vez, llegando hasta suponer que jinete y caballo eran un solo ser monstruoso y divino, que arrojaba rayos por unos tubos (arcabuces).
Por otra parte, los españoles tenían mayor disciplina; los grupos indígenas se aglomeraban en los combates, en tal forma que se dificultaban sus movimientos y eran blanco seguro de las armas enemigas y fácilmente se dispersaban, considerándose vencidos cuando era muerto su caudillo.
Así pues, en el arte de la guerra tenían todas las ventajas los hispanos, menos una: el número; pero esta desventaja la suplían con su superioridad en todos los demás aspectos.
Otra circunstancia que favoreció a los españoles fue su habilidad para atraerse a numerosos indígenas para pelear contra otros grupos, principalmente contra los aztecas, quienes eran los más poderosos enemigos. Esto lo consiguieron fácilmente, porque entre los pueblos indígenas existían diferencias y una situación descontenta contra los aztecas, que los habían vencido en las guerras y les exigían fuertes tributos y les arrebataban a sus jóvenes para esclavizarlos o sacrificarlos en los altares de sus dioses. Por eso muchos se unieron a los españoles para vengarse de ellos.
La cultura española tenía otras manifestaciones de superioridad a la de los pueblos autóctonos.
Desde luego, el uso del hierro y el empleo de animales domésticos facilitaban los trabajos agrícolas. Los españoles usaban, por ejemplo, el arado con reja de hierro y tirado por bueyes o caballos, los indígenas sólo tenían instrumentos de piedra o punzones de madera. Los españoles tenían bestias de carga y de tiro; los indígenas se veían obligados a hacer ellos mismos las veces de bestias: todo se transportaba en hombros de indios (tamemes); no conocieron la rueda y, por lo tanto, no supieron construir carretillas y otros medios de arrastre que facilitaran el trabajo de transporte.
Los españoles enriquecían su alimentación con la leche y la carne de vaca, la oveja y la cabra y con la carne y la grasa del cerdo. Los indígenas carecieron de estos recursos alimenticios; para proveerse de carne estaban expuestos a las eventualidades de la caza. Su alimentación era pobre: entre sus alimentos figuraban gusanos (de maguey), cierta clase de hormigas y otras sabandijas.
Los peninsulares habían logrado progresos muy considerables en el arte de la navegación, los cuales les permitieron atravesar mares. Usaban, por ejemplo, la brújula para orientarse en el mar. Los indígenas no fueron navegantes, apenas surcaban en débiles canoas los lagos y ríos.
En cuanto a construcciones, los indígenas supieron el uso de la piedra y de la mezcla y dejaron construcciones asombrosas. En las construcciones indígenas las puertas y ventanas no tenían hojas de madera para abrirlas y cerrarlas, sino esteras.
Los indígenas abrieron caminos, pero no supieron construir puentes; los españoles eran hábiles en el trazo de buenos caminos y en la construcción de sólidos puentes de mampostería, muchos de los cuales subsisten aún.
Los españoles tenían una escritura fonética (el alfabeto, aun hoy en uso), un sistema de numeración fácil (el decimal que hoy usamos) y signos sencillos para representar los números (cifras arábigas que aún hoy empleamos). Los indígenas, como los aztecas, los totonacas, los mayas, y otros, tenían escritura jeroglífica y un sistema de numeración también sencillo y los signos para representar las cantidades suficientemente claros para sus cálculos, pero que dificultarían las operaciones aritméticas de una sociedad como la nuestra.
Los españoles sabían hacer papel con trapos y conocían la imprenta. Los indígenas escribían (dibujaban, más bien dicho) en pieles, hojas de maguey o en una especie de papel hecho con corteza de árboles.
Aztecas y españoles habían adoptado sendos calendarios, es decir, sabían medir y dividir el tiempo, contar los años, etc. El calendario azteca resultó ser más exacto que el de los españoles.
Indígenas y europeos tenían distintas concepciones artísticas.
Ambos pueblos poseían creencias y prácticas religiosas absurdas; ambos eran supersticiosos y fanáticos: se sacrificaban por sus dioses y por ellos mataban o se dejaban matar; los aztecas y otros pueblos indígenas sacrificaban víctimas humanas en los altares de sus dioses; los españoles (la Inquisición) quemaban vivos o dejaban morir en las prisiones a los que tenían ideas contrarias en religión.
En ambos pueblos, indígenas y españoles, había dos grupos fundamentales, esto es, estaban formados por dos clases sociales: explotadores y explotados. En el primer grupo los reyes, los sacerdotes, los capitanes del ejército; en el segundo grupo los trabajadores, los soldados y los esclavos.
Capítulo IV
La Colonia
La propiedad de la tierra. Repartimiento y encomienda. La esclavitud
Desde el momento en que el Ayuntamiento de Veracruz reconoció la autoridad real del monarca español y dio a Cortés facultades y poderes para explorar tierras y conquistar reinos para la corona de España, el rey era dueño absoluto de las tierras y de los pueblos sometidos. Pero el rey podía conceder mercedes reales y por ellas el derecho de propiedad de las tierras a sus más fieles vasallos, aquellos que se esforzaron en realizar la obra de la conquista, y los capitanes quedaron facultados para repartir las tierras arrebatadas a los pueblos indígenas. Los indios eran considerados en la categoría de cosas o de bestias y pasaban a depender del poseedor de la tierra, en la triste condición de esclavos.
El conquistados español creía denigrante el trabajo agrícola y no quiso dedicarse a él; tampoco le hubiera sido posible hacerlo, ya que de continuo iban en busca de nuevas aventuras.
Las tierras quedaron así en manos de un reducido número de propietarios que explotaban el trabajo ajeno. Algunos llegaron a tener posesiones tan vastas, como desde Xalapa hasta el mar, por ejemplo. Estas tierras repartidas entre los españoles se llamaron repartimientos, los cuales pasaban por herencia a los hijos, a los nietos o, por donaciones y “mandas” a la iglesia, porque decían, se les encomendaban los indios que habitaban en esas posesiones para que les enseñasen la religión cristiana. Era una encomienda.
Repartimientos y encomiendas fueron, pues, las formas adoptadas para distribuir las tierras y los indios. Pero los encomenderos, lejos de preocuparse por cuidar de los indios encomendados y enseñarles la doctrina cristiana, los explotaban en forma injusta e inhumana, se aprovechaban del producto del trabajo de aquellos, los tenía sujetos a privaciones, con escasos alimentos, mal vestidos, en viviendas humildes, concediéndoles pocas horas de descanso, obligándolos a trabajar bajo la vigilancia de capataces, desde antes de la salida del sol hasta después de que ese astro se hubiese ocultado en el horizonte, utilizaba bebidas alcohólicas para enfocar sus rebeldías y apaciguar sus protestas con prácticas religiosas y con las promesas de disfrutar, en compensación, de bienestar y dicha después de la muerte.
Si angustiosa era la situación de los indios repartidos en las encomiendas, peor aún era la de aquellos que por un acto de protesta o por ansias de escapar a esa condición, se hubiesen rebelado y fueran aprehendidos. Quedaban en la íntima categoría de la esclavitud. Eran marcados con un hierro candente en un muslo o en un carrillo, sin excluir, a veces, ni a las mujeres ni a los niños.
Y para aumentar el número de sus esclavos, los españoles muchas veces inventaban sublevaciones y cazaban a los indios con perros de presa y luego eran marcados. Ante estas persecuciones, muchos indios huyeron a lo más recóndito de las serranías, en donde han permanecido hasta ahora.
Como la población indígena disminuyo por motivo de estas persecuciones y el mal trato en el trabajo y las privaciones a que estaban sujetos, los españoles recurrieron a la compra de negros africanos. Este negocio era permitido y consentido por los gobernantes y aun por la iglesia. Los negreros (españoles, ingleses, franceses, etc.), iban a África, la tierra de los negros, y por medio de engaño o por la fuerza, se apoderaban de los hombres, los metían en un barco y venían a las costas de América a venderlos a los encomenderos.
Los negros lograron obtener cuantiosas fortunas en este negocio.
Tal era, pues, el régimen de la propiedad de la tierra y la situación del trabajador en el campo o en las minas.
Los españoles, que traían una ambición insaciable de oro, le dieron mayor importancia y cuidado a la minería que a la agricultura, pero en el suelo veracruzano hallaron ricas vetas metalíferas, pero sí fértiles tierras y, por lo mismo, la agricultura fue la principal fuente de riqueza en esa parte, especialmente el cultivo del tabaco y de la caña de azúcar.
En resumen: la tierra, arrebatada a los pueblos indígenas, quedó en manos de los encomenderos, los grandes terratenientes y de la iglesia y eran cultivadas mediante el trabajo de los esclavos.
Los misioneros y el clero
Con los conquistadores llegaron al territorio mexicano los primeros sacerdotes de culto católico. Con Hernán Cortés venía el fraile Bartolomé de Olmedo, quien ofició la primera misa en las arenosas playas de Chalchiuhcuecan, dos días después de arribar a ellas. Él bautizó a los primeros indígenas ahí y en Cempoala. Más tarde fueron llegando otros frailes de distintas órdenes. Los indígenas se sorprendían al ver que el propio Cortés y los demás aguerridos capitanes se humillaban ante estos frailes, de aspecto humildísimo. Esto hizo que los indígenas profesaran gran aspecto y veneración a estos varones pacientes abnegados y sufridos, completamente opuestos a los despóticos y voraces encomenderos.
Revestidos de energía recorrieron el territorio explorado, realizando una obra civilizadora que no se puede menos que reconocer. Iban de pueblo en pueblo confortando y socorriendo al indio, defendiéndolo de la voracidad del encomendero, enseñándole a rezar y, con esto, a hablar la lengua castellana, enseñándole también a leer y a escribir, a practicar algunos nuevos oficios y a cultivar nuevas plantas; sin embargo, esta labor, practicada por los sacerdotes, se perdía entre las aplicaciones de los representantes del gobierno y ampliaciones de los encomendados.
Dondequiera construíanse iglesias, capillas, adoratorios, conventos, ejecutando estas obras con el trabajo forzado de los indígenas.
Realizada la conquista de una gran parte del territorio mexicano, el rey de España nombró a los primeros obispos y poco a poco se fue instituyendo el clero, que tanto influjo llegó a tener en los destinos del país, pues llegó a adquirir poderío igual o mayor que el del propio gobierno. Este clero supo, como se dijo, explotar la ignorancia del indio y el fanatismo del hispano; fomentó las supersticiones y estuvo siempre a favor del encomendero, de los hacendados y de los ricos en general, exigiendo al indio obediencia al capataz, al representante del gobierno, pues lo contrario era agraviar a Dios; sostenía que el estado de cosas existente era creado por la voluntad divina y, por consiguiente, estaba bien. La iglesia, por conducto de estos hábiles representantes, fue adquiriendo enormes fortunas: haciendas, fincas, urbanas, minas, etc. Había sabido influir de tal modo en el ánimo de los ricos propietarios que donaban, cedían sus bienes a la iglesia, para obtener el perdón de sus pecados y asegurar la salvación de su alma.
La iglesia llegó a ser, pues, inmediatamente rica y poderosa y sus representantes llevaban una vida de lujo y ostentación.
La iglesia estableció el Tribunal de la Inquisición, creado para seguir y castigar a quienes manifestaran tener ideas religiosas contrarias a las de la iglesia. Los inquisidores fueron crueles; varias víctimas fueron condenadas a ser quemadas vivas, sentencias que se cumplieron en alguna plaza de México.
Gobierno colonial
Todas las tierras que exploraron Cortés y otros caudillos formaron un vastísimo territorio que pasó a pertenecer a España. Ya dijimos que los reyes españoles llegaron a ser los dueños de todas estas tierras. Hernán Cortés dio el nombre de Nueva España a las tierras exploradas y conquistadas por él y por sus capitanes. Con aquel nombre fue conocida durante todo el tiempo en que dominaron los españoles.
Esta Nueva España fue gobernada, al principio, por el propio Cortés, con su carácter de capitán general, esto es, de jefe del ejército.
Después vinieron gobernadores enviados por los reyes de España. Luego fue designada una comisión, la audiencia, cuyos componentes se llamaron oidores, porque tenían que oír las quejas y hacer justicia. Hubo dos audiencias. La primera memoria, pues cometió abusos e injusticias; en ella se encontraba Nuño de Guzmán. La segunda dejó gratos recuerdos, pues estuvo formada por hombres honrados, justicieros y humanitarios. En ella estaba don Vasco de Quiroga, uno de los grandes benefactores de los indios, el civilizador de Michoacán.
Después, los reyes españoles decidieron nombrar una persona que los representase. Esta persona llevaba el nombre de virrey. Los virreyes residieron en México. Pero los virreyes no podían gobernar a su antojo; debían atenerse a las instrucciones que daban los reyes de España. Y en España existía una comisión que aconsejaba el rey en lo que debía hacer en estas tierras descubiertas y conquistadas, que llamaban, en general, Las Indias, por lo que esa comisión se llamó Consejo de Indias.
La Nueva España estuvo dividida en provincias; en cada provincia había un gobernador. Una de esas provincias comprendía casi todo el actual Estado de Veracruz. Otra provincia comprendía la región de Pánuco, es decir, la Huasteca.
Las poblaciones de cierta importancia tenían Ayuntamiento (Veracruz, más tarde Orizaba, Córdoba, Xalapa, etc.).
Vida colonial
La vida en las ciudades veracruzanas, durante la dominación española, pasaba relativamente tranquila, y en calma. Entre los acontecimientos que de cuando en cuando agitaban la vida de los pobladores de esas ciudades, podemos cifrar las fiestas religiosas, que eran frecuentes y muy solemnes, y otros festejos como el recibimiento de un nuevo virrey, la exaltación de un nuevo monarca al trono de España, el nacimiento de un príncipe, etc., o las honras fúnebres que se hacían con gran pompa cuando llegaba la noticia de la muerte del rey, de la reina o del papa.
En la ciudad de Veracruz, cuando se sabía que estaba por llegar la flota que conducía el nuevo virrey, se preparaban las fiestas en su honor. Al desembarcar, el Ayuntamiento le entregaba las llaves de la ciudad; tal ceremonia se hacía en el muelle, a donde habían acudido los munícipes; los soldados formaban valla desde el muelle hasta la parroquia; allí lo esperaba el cura con las vestiduras de las grandes solemnidades. Llegaba la comitiva a la iglesia, cantaban un Te Deum, un cántico religioso para dar gracias a Dios por el feliz arribo del ilustre huésped. Después, la misma comitiva acompañaba al virrey hasta la casa que se tenía dispuesta para su habitación. Había corridas de toros, fuegos de artificio, torneos, bailes, etc. El virrey permanecía varios días en Veracruz, visitaba el Castillo de Ulúa (o la construcción de él, cuando estaba en obra), las fortificaciones, las iglesias, etc. De México venían algunos altos personajes y una compañía de caballería para escoltarlo desde el puerto hasta la capital del virreinato. En Xalapa era recibido con grandes festejos. Hasta ahí venían a encontrarlo dos sacerdotes de Puebla para darle la bienvenida en nombre del obispo de esa ciudad. En Xalapa era hospedado en la casa de un riquísimo comerciante. En el camino era recibido por las autoridades de los pueblos; se barría y adornaba el camino, presentábanle ramos de flores, pronunciaban discursos alusivos. La comitiva se detenía en Perote y de ahí pasaba a Puebla, Tlaxcala y México. En las tres ciudades se hacían imponentes ceremonias religiosas, muy particularmente en la de México.
En todas esas fiestas y otras más, los indios contraían deudas para comprar cohetes, “castillos”, velas de cera, aguardiente y pulque. Una fecha que no podían prescindir de festejar con derecho de alergia, era la del santo patrono del pueblo.
Pero hubo otros acontecimientos que de cuando en cuando sacudían intensamente la vida de la ciudad de Veracruz, de las poblaciones inmediatas y aún de no pocas bastante remotas: fueron los ataques de los piratas a la ciudad.
Como de la Nueva España se remitían a la metrópoli mercancías de muy alto valor, como barras de plata y oro, tabaco, ricas telas de seda que traían de China y que reembarcaban en Veracruz, se habían formado escuadrillas de piratas que intentaban apoderarse de los barcos que llevaban esas mercancías; llegaron a ser temibles, eran el terror de los mares, la navegación era insegura y aun llegaron a atacar las ciudades y puertos de importancia, donde se almacenaban esas mercancías para ser embarcadas.
La ciudad de Veracruz fue atacada varias veces por estos forajidos del mar. Un caso ocurrió el 14 de septiembre de 1568. Una escuadrilla, capitaneada por Juan Aquiles Acle, se apoderó de la isla de Sacrificios y, como la Villa Rica de Veracruz, que estaba aún en las márgenes del río de La Antigua, no contaba con una fuerte guarnición, fue saqueada por los piratas. Al día siguiente se retiraron al tener noticias que se acercaba la escuadra que escoltaba al nuevo virrey.
Otro saqueo, el más horroroso, ocurrió el 18 de mayo de 1683. (Ya la ciudad de Veracruz se hallaba en el lugar que ocupa hoy). Esta vez se presentaron a la vista del puesto once embarcaciones. Los habitantes se regocijaron, pues creían que era una flota que venía a embarcar las mercancías almacenadas. Siempre era motivo de júbilo la llegada de estas flotas, pues traían noticias de España; los colonos, es decir, los españoles radicados aquí, estaban ansiosos de saber algo de sus familiares o de su patria. ¿Cuál no sería la sorpresa y el pánico que se apoderaría de los pacíficos y confiados habitantes cuando, de las embarcaciones atronaron disparos y se oyeron la gritería de los piratas al desembarcar en el puerto? Eran más de mil temibles facinerosos, capitaneados por Agramont y Lorenzo Jácome, conocido por Lorencillo. En unas cuantas horas se apoderaron de la ciudad, que estaba casi indefensa. Entonces comenzó el saqueo. A golpes de hacha abrían las puertas de las casas; asesinaban a quienes osaban oponerse, aprehendieron a casi todas las familias con sus hijos y esclavos y los encerraron en la parroquia. Doce días permanecieron ahí, sufriendo lo indecible: aglomerados hasta casi no poder moverse, con el sofocante calor de mayo, sedientos, continuamente amenazados con que iban a volar la iglesia con barriles de pólvora, insultados muy a menudo. A los doce días se acercó una flota y los piratas se retiraron, llevándose buen número de prisioneros ricos, que pusieron en libertad mediante sumas cuantiosas de dinero. Algunos calculan en más de $4’000,000.00 (cuatro millones de pesos) lo que se llevaron estos piratas; otros autores hacen ascender la suma a unos $7’000,000.00 (siete millones). Se llevaron unas tres mil personas entre mujeres hermosas, mulatos, negros y niños. más de trescientos veracruzanos murieron en esos doce días.
Comercio
Durante la dominación española el comercio tuvo muchas trabas, unas provenientes de la falta de vías de comunicación y de medios de transporte y otras provenientes de disposiciones legales. Desde luego, debemos advertir que el transporte de mercancías, a través del territorio, se hacía con bestias de carga y la arriería llegó a tener mucha importancia. Como las distancias que había que recorrer eran enormes, las mercancías tardaban mucho en llegar a su destino y frecuentemente los arrieros eran asaltados por bandidos que robaban las mercancías. Estas circunstancias hacían encarecer las cosas.
En el mar, ya lo indicamos, los piratas asaltaban los puertos o los barcos que llevaban ricas mercancías a Europa. Los buques mercantes iban escoltados por una escuadra de guerra y muchas veces no bastó esta precaución para impedir que las flotillas de los piratas los asaltaran. ¡Cuantas veces fueron robados ricos cargamentos de oro, plata y sedas! ¡Otras veces fueron a dar al fondo del mar!
Había, pues, inseguridad en los caminos y en el mar. Además de estas trabas hubo otras, como dijimos, de orden legal. No había libertad de comerciar; no todos podían dedicarse a esta actividad; ni podían comerciar con todo género de mercancías. El gobierno se reservaba el privilegio de estancar determinados círculos, es decir, no permitir el libre curso de ellos, sino concediendo autorización para la venta a algunas personas mediante el pago de fuertes sumas de dinero al gobierno. Como estos estanqueros eran los únicos que vendían esos artículos, les fijaban precios elevadísimos y obtenían así fabulosas ganancias, tanto el estanquero como el gobierno, pero el consumidor resultaba muy perjudicado, porque tenía que pagar precio doble o triple del verdadero valor. Los artículos estancados: el papel, la pólvora, el tabaco, las pieles, el azogue, la nieve y aun la sal.
Además, el comercio tenía otros obstáculos: las alcabalas. Se conocían con este nombre ciertos impuestos que había que pagar por la producción de mercancías extranjeras en el país, o por introducir en alguna ciudad cualquiera mercancía, aunque proviniese de algún lugar del país.
Así, pues, los pocos medios de transporte, la inseguridad en los caminos y en los mares, los estancos y las alcabalas dificultaban el comercio, carecían los artículos y obligaban a muchos a vender, de contrabando, sin cumplir con la ley; pero éstos eran perseguidos, encarcelados y sus mercancías decomisadas.
Era costumbre celebrar ferias en México para la venta de mercancías que llegaban de Europa. Años más tarde (1720) se establecieron esas ferias en Xalapa “Ciudad de las Ferias”. Estas ferias le dieron fama y renombre a Xalapa, tanto dentro del país como en Europa. Además, la ciudad cambió mucho con el establecimiento de estas ferias; se agrandó porque los comerciantes tuvieron que construir almacenes y habitaciones, se necesitaron muchos mesones para alojar a numerosos arrieros. Circuló mucho dinero, pues en cada feria se hacían transacciones por veinte o treinta millones de pesos. Estas ferias cambiaron hasta el carácter y las costumbres de los jalapeños, que adquiriendo trajes y modales de Europa, buscaron diversiones más costosas, etc.
Concluidas las ferias, la ciudad se convirtió en centro de recreo, o turístico; muchas familias del puerto de Veracruz iban a pasar a esa ciudad la estación más calurosa del año.
Yanga
El mal trato que los españoles daban a los esclavos, especialmente a los negros que trabajaban en las haciendas azucareras de Veracruz, motivó que algunos de éstos huyeran a refugiarse a las serranías. Este grupo estaba acaudillado por un negro llamado Yanga. Parece que Yanga era hijo de un rey africano. Los europeos lo hicieron prisionero y lo vendieron a algún hacendado de Veracruz. Los negros de Yanga, para poder subsistir, sembraron maíz, frijol, chile y otras plantas, pero también bajaban a los ranchos, a los pueblos y a los caminos y asaltaban y robaban. El grupo se hacía cada vez más numeroso, porque muchos perseguidos, aunque no fuesen negros, se les unían.
Yanga abrigaba la idea de preparar un levantamiento general de los negros en contra de los hacendados y del gobierno que permitía tantos atropellos e injusticias.
El gobierno quiso acabar con aquel grupo que se hacía más terrible y organizó tropas que envió a sofocar esa rebelión. Yanga se había reservado el mando civil y político y encargó el militar a un compañero, negro como él, llamado Francisco de la Matosa. En los primeros encuentros los negros hicieron prisionero a un español y lo llevaron a donde estaba Yanga. Éste le dijo en tono altivo: “no temas, no morirás, pues has visto mi semblante. Vete. Lleva esta carga al jefe que manda las fuerzas que me persiguen”.
En esa carta le decía que se habían retirado a la sierra huyendo de la crueldad de los españoles y querían su libertad. Que no eran ladrones, sino que se veían obligados a apoderarse de lo indispensable para no morir de hambre.
Los negros fueron atacados en su campamento; se defendieron bizarramente con armas y arrojando peñascos a los asaltantes; por fin, los españoles lograron apoderarse del campamento, hicieron numerosos prisioneros, pero muchos lograron escapar y continuaron atacando a los españoles. Yanga, que ya estaba viejo, comprendió que su puñado de valientes no podría prolongar la lucha indefinidamente, pues no tardaría en ser completamente derrotado. Entonces capituló, ofreciendo la completa sumisión de sus compañeros, siempre que les reconocieran su libertad y no fueran objeto de persecuciones y les permitieran vivir en un pueblo; pedían también un juez y un cura.
El gobierno español accedió, porque tampoco le convenía prolongar una lucha sangrienta, y fundaron el pueblo que se llamó San Lorenzo de los Negros. Hoy, en debido reconocimiento al caudillo negro, ese pueblo lleva el nombre de Yanga y está situado no muy lejos de la ciudad de Córdoba.
Fundación de ciudades
Con la conquista los españoles arruinaron las culturas indígenas. Y a medida que iban sometiendo a los pueblos a su obediencia, trataron de imponer la cultura hispánica en todas sus manifestaciones, con todas sus cualidades y todos sus vicios y defectos.
Desde luego fueron estableciéndose colonos en diversos lugares, sea en aquellos preferidos por los indígenas para fincar sus poblados, bien en otros que reunieron condiciones geográficas favorables. Ya quedó explicado cómo, dónde y cuándo fueron fundadas las Villas de Veracruz, Medellín, San Esteban del Puerto y Espíritu Santo. Cerca de Cempoala emprendieron la fundación de la ciudad de Nueva Sevilla, pero dicha ciudad no prosperó y desapareció.
Varias familias españolas se establecieron en Xalapa, población fundada anteriormente por los indígenas y que estaba dividida en tres barrios (Jalitic, Techacapa y Tecuanapa, los cuales después fueron: El Calvario, San José y Santiago). Esta población llegó a adquirir importancia por su situación ventajosa en el camino de México a Veracruz y las condiciones de clima agradable. Muchos comerciantes de Veracruz almacenaban en Xalapa sus mercancías, para que quedaran fuera del alcance de los piratas que amenazaban los puertos; muchas familias de ese puerto se trasladaban a Xalapa en la estación calurosa del año y algunas quedaron ahí definitivamente. Mayor importancia llegó a adquirir cuando se establecieron ahí, como se dijo, las ferias comerciales (1720); entonces era conocida dentro y fuera de la nueva España con el nombre de Xalapa de la Feria. Hasta 1794 obtuvo el título de Villa, aunque se le designaba así desde antes. El rey de España, Carlos IV, le concedió ese título y el escudo de armas que aún hoy ostenta (En 1830, siendo ya México independiente, le fue otorgado el título de ciudad). Xalapa fue la cuarta población veracruzana que tuvo ayuntamiento; la primera fue Veracruz, la segunda Córdoba y la tercera Orizaba.
Hasta 1615 le fue conferido a Veracruz el título de ciudad, por el rey de España Felipe III.
Otros grupos de familias españolas fueron estableciéndose en Atzalan, Papantla, Huatusco, Cotaxtla, Tequila, Los Tuxtlas, Cosamaloapan, Perote y en otros muchos poblados de menor significación.
En 1601 fue fundada la ciudad de Orizaba, con familias indígenas de los pueblos inmediatos; después radicaron ahí algunas familias de españoles. Más tarde se trasladó a esta población la cabecera de la delegación, que se encontraba en Tequila. Este hecho significó mucho en el progreso de Orizaba. En 1774 fue elevada a la categoría de Villa, con escudo de armas, en el cual se ha escrito esta leyenda: “Benigno el clima, fértil el suelo, cómodo el sitio y leal el pueblo” (En 1830 fue considerada como ciudad). Orizaba ha progresado enormemente, gracias a las privilegiadas condiciones de su suelo y a la laboriosidad de sus habitantes.
La ciudad de Córdoba fue fundada el 26 de abril de 1618, por varias familias españolas procedentes de Huatusco. Solicitaron autorización del virrey para fundar una población cerca del camino que entonces conducía a México, para vigilar el trayecto donde eran frecuentes los asaltos y los robos de los productos que se transportaban a México o que de allí se traían a la región o al puerto de Veracruz. Con permiso del virrey se reunieron en Amatlán de los Reyes y determinaron establecerse en las lomas de Huilango (de las palomas) y, años más tarde, la población contaba con su iglesia (indispensable en aquellos tiempos de religiosidad y fanatismo), un hospital, algunas escuelas y con agua introducida de los manantiales de Chocamán y alumbrado público, deficiente como todos los servicios de aquella época (Hasta 1830 fue elevada al rango de ciudad; antes estaba en la categoría de villa). Tomó el nombre de Córdoba en honor del virrey que autorizó la fundación de la villa, don Diego Fernández de Córdoba.
La población de Alvarado fue fundada por familias españolas procedentes de las Islas Canarias y adquirió ese nombre en virtud de que Pedro de Alvarado, cuando vino con Juan de Grijalva, penetró en la laguna que hoy conocemos también con el nombre de Alvarado y aún por el río Papaloapan, que por mucho tiempo se llamó, en la última parte de su trayecto, Río Alvarado. Finalizando la dominación española (1813) llegó a ser cabecera Municipal y tres años después (1816) obtuvo el rango de villa. Como la población era casi en su totalidad española, cuando estalló la Guerra de Independencia, los alvaradeños fueron simpatizadores y partidarios del gobierno virreinal; pero más tarde, en las guerras que México sostuvo contra los Estados Unidos de Norteamérica y contra los franceses, los alvaradeños se distinguieron como valientes patriotas, aguerridos defensores del suelo mexicano.
Varias familias procedentes de Alvarado, de origen español, y otras indígenas, provenientes de lugares comarcanos, se establecieron cerca de la desembocadura del río Papaloapan, por la margen derecha, y fundaron una ciudad que llamaron Tlacotalpan, donde se dedicaron a la pesca. Progresó rápidamente el pueblo y llegó a ser pueblo de importancia, con astillero, donde no solamente se reparaban buques, sino que construían también.
Tampico Alto fue fundado en 1754; Pueblo Viejo, hoy Villa Cuauhtémoc, en 1794, con el nombre de San Luis Obispo.
En el establecimiento de pueblos, villas y ciudades, casi siempre procedían a la división del terreno en manzanas cuadrangulares, separadas por calles. En el centro se edificaba la iglesia, frente a ella una amplia plaza descubierta para efectuar procesiones religiosas y festejos profanos; a los lados se edificaban las casas de las autoridades, los establecimientos mercantiles y las viviendas de las familias más ricas; las habitaciones de los pobres quedaban más retiradas. Muchas casas tenían portales a la calle, como todavía puede observarse en algunas poblaciones. Algunas de estas construcciones fueron tan sólidamente hechas que aún subsisten en muy buen estado. Muchas de las iglesias datan de aquellos tiempos. Empedraban las calles céntricas, pero la limpieza dejaba mucho que desear, pues las aguas sucias corrían por caños descubiertos a la mitad de la calle, que eran criaderos de moscas, mosquitos y de infinidad de gérmenes patógenos, es decir, causantes de enfermedades; no había alumbrado público, pues sólo hasta 1797 se estableció este servicio, y en forma muy deficiente, en algunas ciudades de importancia.
En algunas ciudades como Veracruz, Xalapa, Orizaba y Córdoba, además de las iglesias, los españoles fundaron conventos, hospitales y crearon algunas escuelas.
Por aquel tiempo era costumbre enterrar los cadáveres en las iglesias, lo que era peligroso para la salubridad; esta práctica fue suprimida en 1790, cuando gobernaba el Virrey Juan Guemes Pacheco y Padilla, segundo conde de Revillagigedo. Entonces se hicieron cementerios, generalmente junto a las iglesias.
Caminos
Por mucho tiempo los caminos que establecían comunicación entre las poblaciones de la provincia de Veracruz estaban en pésimas condiciones. Entre todos esos caminos el que tuvo mayor importancia fue el que partiendo del puerto de Veracruz y pasando por La Antigua, Xalapa, Perote, Puebla y Tlaxcala, terminaba en México. Por él se introducían en la Nueva España las mercancías que venían del extranjero o de la metrópoli, y por él se llevaban a Veracruz todos los valiosos productos que se embarcaban para Europa; por él pasaron casi todos los virreyes, obispos, frailes, visitadores. Este camino, por ser el principal, era incómodo y peligroso; los asaltos de bandidos eran frecuentes y muchas veces se apoderaron del rico botín y muchas veces, también, los viajeros perecieron a manos de estos criminales. Fue hasta el año de 1803 cuando se emprendieron trabajos para transformar el camino en carretera; se construyeron magníficos puentes, como el llamado Puente del Rey, hoy Puente Nacional sobre el río de La Antigua, el de Plan del Río y otros.
Hubo otro camino muy importante: el de Córdoba y Orizaba a Puebla y México, pero no llegaba hasta Veracruz; entre este puerto y Córdoba no había sino unos senderos de difícil tránsito.
En aquel entonces hubo el proyecto de abrir un canal entre Veracruz y la laguna Camaronera para establecer comunicación entre aquella ciudad y las de Alvarado, Tlacotalpan, Cosamaloapan. Tal proyecto nunca se vio realizado.
En 1971, se había establecido un servicio de correo entre Veracruz y México, una vez a la semana; a partir del año siguiente el servicio fue de dos veces por semana. Un buque traía cada mes correspondencia de España.
Las obras de defensa y seguridad
Ya se dejó anotado que en aquellos tiempos los piratas atacaban los buques españoles que con valiosísimo cargamento partían de Veracruz para España, y algunas veces atacaban y saqueaban los puertos, como los casos ya referidos de Aquines Acle y de Lorencillo. Para perseguir a los piratas se formó, con varios buques guardacostas, la armada de Barlovento y más tarde se organizó una fuerte expedición que fue a atacar a los corsarios en las Antillas, donde se reunían para guardar los tesoros robados y divertirse a su manera; esta vez fueron derrotados los piratas.
Pero no basta con perseguir a los piratas, era menester poner a la ciudad en estado de defensa de un posible ataque; por esto los virreyes ordenaron la construcción de una fortaleza en el islote de San Juan de Ulúa. En 1582 se comenzaron las obras del Castillo de San Juan de Ulúa y se le fueron haciendo ampliaciones por espacio de cerca de doscientos años, hasta que se le dejó terminado en 1779. en esta fortaleza hubo siempre una guarnición de tropa con artillería, cuyo número se aumentaba cuando amenazaba algún peligro. Además se construyó una muralla, con varios baluartes, como el de Santiago, que todavía se conserva. La muralla tenía de trecho en trecho puertas o garitas. Las demás ciudades tenían también garitas en donde se instalaban los encargados por el gobierno para cobrar la alcabala o impuesto por la introducción de mercancías a la población.
No era la piratería el único peligro que amenazaba la seguridad de las ciudades, especialmente a Veracruz y las demás situadas cerca del litoral.
España estaba en guerra con Inglaterra. Las fuerzas navales de esta ya poderosa nación atacaban a los buques mercantes españoles y a varias ciudades de los dominios hispánicos en las Antillas y el Continente Americano. Se apoderaron de la isla de Jamaica, de la ciudad de la Habana en la isla de Cuba yu se acercaron a Veracruz. Entonces el gobierno virreinal procuró tener siempre disponibles en Veracruz y en Ulúa, regular número de fuerzas militares.
Además, y en previsión de un futuro ataque a la ciudad de Veracruz por las fuerzas navales, se construyó el castillo de San Carlos, en Perote, donde se instaló una fuerte guarnición dispuesta a acudir en auxilio de Veracruz en caso de ataque. La fortaleza de Perote servía también para almacenar la plata y demás riquezas que enviaban a España, en tanto llegaba al puerto el buque que había de conducirlas a su destino. En Perote estaban fuera del amago de los piratas o de las fuerzas enemigas. La fortaleza de Perote se construyó durante los años de 1770 a 1777.
Agricultura y ganadería
Los españoles no sólo cambiaron la manera de cultivar los campos, con el uso de instrumentos de labranza de fierro: el arado, la azada, etc. y el empleo de animales para facilitar las faenas agrícolas, sino que enriquecieron la agricultura introduciendo el cultivo de muchas plantas útiles que eran desconocidas por los indígenas. Ellos introdujeron el cultivo de trigo, de la cebada, el arroz, la lenteja, el garbanzo, el ajo, la cebolla y otras plantas de hortaliza, el melón, el pepino, la sandia, la caña de azúcar, la patata (ésta procedente de América del Sur), la morera, el lino y, mucho más tarde, el café; árboles frutales como el naranjo, el peral, el manzano, el durazno, el mango, el limonero, la higuera; plantas de ornato como la azálea, el rosal, la gardenia, la azucena, el clavel y otras muchas; plantas forrajeras como la alfalfa. Mejoraron e intensificaron el cultivo de las plantas del país, como el maíz, el frijol y el tabaco. El cultivo de la caña de azúcar y del tabaco llegó a revestir gran importancia, particularmente en las tierras veracruzanas, eran las principales fuentes de riqueza en la hacienda de la Provincia de Veracruz; se exportaban grandes cantidades de estos productos. La caña se propagó maravillosamente en las fértiles tierras veracruzanas. Se dice que el propio Hernán Cortés fundó el primer plantío y el primer trapiche por la región de los Tuxtlas. Ya en 1530 había extensos cañales por las cercanías de Cempoala.
El cultivo del café se introdujo en la región de Córdoba, casi al finalizar la dominación española, por el señor Antonio Gómez. Este cultivo se propagó rápidamente y hoy constituye una de las grandes riquezas del Estado.
Los españoles introdujeron en las tierras descubiertas, la cría de animales domésticos: el perro, el gato, la vaca, la oveja, la cabra, el credo, el caballo, el asno, la gallina, la paloma, etc.
Repetimos que estos hechos tuvieron alguna significación en el cambio de régimen de vida de los indígenas. Ciertamente que por las condiciones de esclavitud en que se encontraron, no se beneficiaron grandemente.
Los españoles propagaron en Europa el uso del tabaco, el chocolate (elaborado con cacao), la vainilla, el tomate, el chile, el maíz y la cría del guajolote.
Los españoles dieron siempre mayor importancia a la minería, la agricultura y a la ganadería, pero como en el suelo veracruzano no hallaron ricas vetas metalíferas y sí excelentes tierras de labor, en esta intendencia tuvo importancia la agricultura (entonces no tenía aún aplicaciones industriales el petróleo, ni se habían descubierto los mantos de este combustible).
Respecto a las industrias en aquella época, poco tenemos que decir: se instalaron algunos “obrajes para la fabricación de géneros de lana, frazadas, bayetas y jergas”. En estas fábricas trabajaban los indios en condiciones verdaderamente lamentables doce horas al día, por una jornal excesivamente mezquino, que se les adelantaba en comestibles, cera para los santos, vino y aguardiente para la celebración de sus fiestas. Hecho este anticipo misérrimo, el miserable obrero era encerrado en galerones sin ventilación y sin luz, a devengar con pesados trabajos los anticipos recibidos.
Salubridad y medicina
Las condiciones de salubridad pública durante la dominación española eran muy deficientes. La falta de limpieza en calles y plazas, la ignorancia acerca de las causas que originaban las enfermedades, la carencia de recursos para combatirlas y extirparlas, la falta de medidas precautorias para evitar los contagios, eran causas principalísimas para que las enfermedades se propagaran en forma alarmante y causaran terribles estragos en la población, especialmente entre las clases desheredadas.
Entre las enfermedades que hacían mayor número de víctimas figuraban: la viruela, el vómito negro o fiebre amarilla y el matlazáhuatl.
La viruela era desconocida entre los indígenas antes de la llegada de los españoles. Se asegura que un soldado de raza negra, que venía en la expedición de Pánfilo de Narváez, estaba atacado de tan terrible mal y contagió a algunos compañeros y la viruela se propagó haciendo innumerables víctimas entre los indígenas, quienes la consideraban como enfermedad sagrada y llamada teozáhuatl, que significa grano divino. No había medios eficaces para prevenir el contagio de esta enfermedad ni para curarla, pues no se había descubierto aún la vacuna. Fue hasta 1804 cuando introdujeron en Veracruz las primeras dosis de linfa o vacuna descubierta doce años antes por Eduardo Janner, sabio médico de Inglaterra. Mas para aplicar tan provechoso preventivo hubo que luchar contra la ignorancia, los prejuicios, las supersticiones y los infundados temores; aun hoy día existen poblados donde los individuos se obstinan en no ser vacunados. La introducción de la vacuna antirrabiosa en nuestro país fue obra benéfica que ha salvado a millares de individuos de las garras de la enfermedad, pues cuando no mata deja marcadas a sus víctimas.
Tenesmos, pues, una deuda de gratitud con Eduardo Janner y con el doctor Francisco Javier Balinis, jefe de la expedición que partió de España para propagar la vacuna por nuestras tierras.
La fiebre amarilla, llamada asimismo vómito negro, también era desconocida entre los indígenas. No se sabe con certeza cuándo apareció el primer brote de esta terrible plaga. El historiados veracruzano, Francisco Javier Alegre, quien vivió por los años de 1729 a 1788, asegura que el vómito negro apareció por primera vez en Veracruz, allá por el año de 1669, cuando un buque inglés trajo un cargamento de esclavos negros, entre los cuales venía alguno atacado de ese mal.
Pero tal aseveración no parece verídica, pues otros afirman que antes de aquella fecha se habían presentado casos de esta mortífera enfermedad. Lo que está fuera de duda es que esta epidemia hizo muchísimos y grandes estragos en la ciudad de Veracruz y demás poblaciones costeras, y sólo excepcionalmente apareció en las situadas a la altura de Xalapa. Esta circunstancia fue motivo poderoso para que numerosas familias de Veracruz pasaran a establecerse a Xalapa y Orizaba. La fiebre amarilla desapareció de la costa cuando ejecutaron obras de saneamiento y se tomaron medidas sanitarias tendientes a aislar el mal y evitar su propagación. Esto se consiguió hace apenas unos cuarenta o cincuenta años.
Otro mal que varias veces diezmó a los debilitados grupos indígenas fue el matlazáhuatl.
Indudablemente que otras enfermedades deben haber causado estragos aterradores, dadas las condiciones de miseria en que vivía la mayor parte de la población, la falta de higiene y el atraso de la medicina en aquella época.
Educación pública
Los conquistadores no se preocuparon por difundir la cultura entre los pueblos que sometían a su dominación.
Pero los misioneros, que recorrieron numerosos poblados, fueron positivamente los primeros educadores de los indios. Ya expusimos en otro lugar que su principal preocupación era inculcarles la religión cristiana; pero para conseguir ese propósito hubieron de aprender los idiomas indígenas y, a la vez, enseñar el castellano. Además enseñaban, algunos oficios, ciertas industrias y el cultivo de varias plantas. Algunos crearon escuelas, en donde, además de impartir la enseñanza de la doctrina cristiana y del idioma castellano, enseñaban a leer y escribir, comunicaban conocimientos de aritmética, geometría, historia sagrada, dibujo y música. Los indígenas demostraron siempre poseer buenas disposiciones para asimilar los conocimientos técnicos, y muy especialmente para las artes. Los indígenas imprimieron un sello particular, inconfundible, característico, a las construcciones arquitectónicas, como iglesias, conventos, palacios, etc., así como en las esculturas y relieves, pues en el tallado de la piedra se dejaba ver el influjo de su manera primitiva de hacerlo y las nuevas normas que dieron los españoles.
El gobierno virreinal, los ayuntamientos y los particulares se empeñaron por establecer escuelas públicas en los centros de población y menos aún en las congregaciones rurales. En las ciudades de Veracruz, Xalapa, Córdoba y Orizaba hubo algunas escuelas primarias, sostenidas por los ayuntamientos, por el Clero o por particulares.
Hasta 1640 solamente contaba con escuelas primarias y conventuales; en esa fecha los jesuitas establecieron una educación secundaria y superior. Generalmente las escuelas eran unos grandes escalones, poco iluminados y aireados, con muebles incómodos; la disciplina escolar era rígida; los alumnos tenían que permanecer quietos, en posturas incómodas durante el tiempo de clase, repetían los ejercicios y “lecciones” hasta aprenderlos de memoria. En todas las escuelas rezaban al iniciar las labores y al terminarlas. A pesar de que las ciudades veracruzanas no contaron con colegios importantes, como los de México, Puebla, Guadalajara o Morelia, la ciudad de Veracruz era una de las más cultas de la Nueva España, por el número de sus escuelas que llamaban de primeras letras, y en consecuencia, por la proporción numérica de los habitantes que sabían leer y escribir.
Durante la dominación española, algunos veracruzanos llegaron a distinguirse por su saber, o por sus dotes artistas. Entre otros nombraremos a Francisco Javier Clavijero (1731-1787) de la ciudad de Veracruz, jesuita expulsado del país, como todos los de su Orden; radicó en Italia, donde escribió una historia de México. Francisco Javier Alegre (1729-1788), también de la ciudad de Veracruz y jesuita historiador, filósofo y sabio eminente; los poetas Lucas Álvarez y Joaquín Conde, también de Veracruz, Agustín Castro, de la ciudad de Córdoba; jurista como José María Troncoso, de Veracruz, Juan Oliva Rebolledo, de Coatepec; Francisco García Cantarinas, de Córdoba, educador, y otros que, aunque nacidos en el tiempo en que aún dominaban los españoles, se significaron cuando México obtuvo su independencia, como J. Sánchez Oropeza, de Huatusco, educador, Gabriel Barranco (o de Romero), de Orizaba, notable pintor; Pablo de la Llave, naturalista y médico, de Córdoba, y otros ilustres veracruzanos.
Un medio eficaz para difundir la cultura es la imprenta y por ella el libro y el periódico. Pocos años después de la conquista de México se instaló la primera imprenta en la capital de la Nueva España y años más tarde se instalaron algunas en Veracruz, Xalapa y Orizaba.
Resultados de la colonización española
La dominación española, que duró trescientos años, fue uno de los acontecimientos más trascendentales en la historia de México y, por lo mismo, de Veracruz, porque en ese lapso se modelaron muchos de las caracteres de nuestro pueblo y se formó la gran Patria Mexicana.
Entre las consecuencias más sobresalientes señalaremos las siguientes:
PRIMERA. La formación de una población mexicana con determinadas características. En este proceso intervinieron los siguientes hechos:
a) Muchos colonizadores españoles trajeron sus familias; los hijos y los descendientes de estos colonizadores casaron con hijas de familias españolas. De los hijos de estos matrimonios se formó un grupo español nacido en estas tierras, no venido de España, llamado de criollo. Este grupo tenía el orgullo de ser español, descendiente de los vencedores, de los conquistadores, se creía superior a los demás; pero sentía cariño a la tierra en que había nacido: la Nueva España.
b) Pero hubo también muchas uniones de españoles con indias. De estas uniones nacieron hijos que ya no eran españoles, pero tampoco indígenas, sino que tenían rasgos que los diferenciaban de aquellos, aunque conservaban algunos caracteres semejantes. Este grupo formado por descendientes españoles e indígenas, se llamó mestizo, al cual llegó a ser numeroso. Los mestizos sintieron más que los criollos cariño por las cosas de la Nueva España; por ello fueron factor importante en todos los hechos históricos subsecuentes.
c) Con el comercio de los esclavos, llegaron a radicarse, principalmente en nuestras costas y tierra caliente, muchísimos individuos de la raza negra. Estos formaron hogares con mujeres indígenas; y los hijos de ambos tenían algunas semejanzas con el padre y con la madre; se formó así un tercer grupo, muy distinto del criollo y diferente también del mestizo, grupo llamado mulato, del cual se encuentran muchos representantes en nuestras costas.
d) Los indios que en los campos y serranías conservaron pura su raza, constituyeron otro grupo importante de la población.
En resumen: la dominación española determinó que nuestra población quedara formada por estos cuatro grupos esenciales: indígena, mulato, mestizo y criollo.
SEGUNDA. Al quedar la tierra y los medios de producción, el gobierno y aún los indios en manos de los españoles, los indios debieron ir aprendiendo el idioma castellano para hacerse entender con los españoles. Ya indicamos que papel tan importante desempeñaron los frailes en la enseñanza y propagación del idioma.
En fin, lentamente fue imponiéndose en todas partes como lengua única el castellano, persistiendo solamente los grupos indígenas refugiados en las montañas, en hablar exclusivamente su idioma nativo. En consecuencia, donde se hablaban varios idiomas indígenas, que dificultaban la comprensión y el trato entre los grupos autóctonos, se impuso una lengua común, que facilitaba las relaciones entre los pueblos y estrechaba los lazos de unión. Los maestros de escuela tienen la misión de concluir esta tarea que es obra de comprensión y de unificación.
TERCERA. Hemos visto que con el conquistador recorrieron el territorio los frailes, los jesuitas, los sacerdotes, quienes desarrollaron una labor noble y meritoria en varios aspectos, como hemos indicado, pero también prestaron fuerte apoyo al régimen establecido. Atacaron las religiones existentes con su prácticas y supersticiones, e impusieron, por la persuasión a las veces, por la fuerza y el castigo, otras, una nueva religión, la católica, que no pudo ser bien comprendida, y alimentaron fanatismos, supersticiones, temores; engañaron y explotaron la ingenuidad de los ignorantes. Vimos que se instituyó un Clero rico, poderoso, que ha desempeñado enorme papen en nuestra historia y que fue siempre adverso a los intereses y necesidades apremiantes de la clase trabajadora. En consecuencia, una religión exclusiva fue impuesta por un Clero absoluto.
El influjo de esa religión y de ese Clero ha sido tan hondo que aún persiste en nuestro pueblo; queda por adelante una intensa labor desfanatizadora, encomendada especialmente a los profesores de escuela.
CUARTA. Cuando los españoles llegaron a estas tierras encontraron que las poblaban diversos grupos hostiles, las cuales hablaban diferentes idiomas, y poseían diverso grado de desenvolvimiento cultural, etc. Con la dominación española desaparecieron esos pequeños estados y se constituyó uno solo, grande, fuerte, rico: la Nueva España, del cual Veracruz era una provincia, una intendencia, como se decía.
Hoy subsiste esa nación con el nombre de México, y Veracruz es un estado integrante de ella. México es, pues, una nación fuerte, nacida de la colonización española.
QUINTA. Ya referimos cómo los españoles se apoderaron de las tierras de los pueblos indígenas, cómo crearon así las grandes haciendas, los latifundios, originando con esa distribución de la tierra una profunda división en la población: pocos eran dueños de todo y muchos que no poseían nada. Esta situación fue el origen de revolucionarios que ha sostenido el pueblo mexicano a través de su historia, buscando una mejor y más justa distribución de la tierra: los gobierno revolucionarios han fraccionado esas haciendas, distribuyéndolas entre los trabajadores del campo.
SEXTA. Como consecuencia de la colonización española, contamos con más plantas agrícolas, con especies ganaderas que constituyen hoy una imponderable riqueza. Nuestra cultura intelectual y artística tiene ese origen: la colonización española. Muchas de nuestras costumbres tradicionales y fiestas son españolas (corrida de toros, carreras de caballos, peleas de gallos, los fuegos artificiales, las cucañas, etc.), en tanto que otras son una mezcla o amalgama de fiestas españolas e indígenas. Con la dominación española cambió el régimen alimenticio, la indumentaria, la vivienda, todo, así en la vida material como en la espiritual.
Capítulo V
La Independencia
Los precursores
Debido al maltrato de los indios por los encomenderos y capataces, así como también las autoridades que se hacían sordas a las quejas de los trabajadores, éstos intentaron algunas veces sacudir el yugo, asumiendo actitudes de protesta y rebeldía, como el caso de Yanga y sus negros, ansiando cambiar su situación, acabar con las voraces encomenderos y establecer un gobierno más humanitario y justo. Estos intentos de liberación e independencia eran sofocados.
Pero no eran los únicos que ansiaban un cambio de régimen para mejorar en algo su situación. También los mestizos y criollos fueron alentando la idea de independizar la Nueva España de la metrópoli, pues, juzgaban que había llegado a un grado de desenvolvimiento económico, político y cultural suficiente para constituirse en Nación independiente y gobernarse por sí sola, sin tutela de nadie.
A fines del siglo XVIII y principios del XIX, emprendieron con cautela algunos trabajos para lograr tal propósito. Ciertos acontecimientos ocurridos en España vinieron a favorecer a los partidarios de la independencia de la Nueva España.
España había sido invadida por los ejércitos de Napoleón I, emperador de los franceses. Con engaños, los invasores lograron apoderarse de varias ciudades importantes, aun de Madrid, la capital española. El rey Carlos IV no pudo defender su reino.
Él abdicó a favor de su hijo (Fernando VII), pero con el propósito de hacer nula esa abdicación en cuanto mejoraran las circunstancias. Fernando, para asegurar su estabilidad en el trono, pidió ayuda a los propios invasores; Carlos IV también demandó ayuda a Napoleón, quien se aprovechó de las disputas entre la familia real. Primero hizo que Fernando renunciara al trono a favor de su padre; y el mismo día, por la tarde, hizo que Carlos IV abdicara a favor del mismo Napoleón, quien designó rey de España a su hermano José Bonaparte. Esto provocó un levantamiento general del pueblo español en contra de los ejércitos napoleónicos, y el propio rey José, tras un corto reinado, tuvo que salir huyendo de Madrid, para escapar de la furia del pueblo. En muchas partes se establecían juntas que pretendían gobernar en nombre de Fernando VII, a quien reconocían como rey legítimo, pero éste se encontraba preso en Francia.
Tales acontecimientos provocaron en Nueva España múltiples comentarios y acaloradas discusiones entre las clases populares. Eran una situación poco clara, pues si la Nueva España era una colonia dependiente de España y del rey y aquélla estaba invadida por los ejércitos franceses y éste había abdicado y estaba preso y José Bonaparte, que se decía rey, era un intruso, ¿qué actitud deberían asumir los habitantes de la Nueva España? ¿A quién deberían obedecer? ¿En nombre de qué rey gobernaba el virrey? Surgieron opiniones muy diversas.
Había quienes sostenían que el virrey debía continuar en su puesto, sin entregar el virreinato a nadie ni a Francia ni a España, en tanto no se definieran la situación de aquel reino, es decir, admitían una independencia provisional; quienes afirmaban que, habiendo desaparecido de España la autoridad real legítima, la soberanía había recaído en el pueblo, esto es, el pueblo quedaba facultado para decidir la forma de gobierno que quisiera adoptar y nombrar a sus gobernantes; quienes argüían que el virrey no tenía ya ninguna representación real, ya que había sido designado por un rey que ya no lo era; quienes proponían que el virrey se declarara independiente y soberano; algunos querían proclamar rey de Nueva España al virrey; otros sostenían a Fernando VII; otros acataban las juntas instaladas en ciertas ciudades españolas. Era, pues, una situación confusa; no se sabía propiamente que hacer.
En la ciudad de Xalapa fue donde se trabajó más en serio a favor de la causa de la independencia.
Era procurador general del Ayuntamiento, actualmente el cargo de síndico, don Diego Leño, rico hacendado, dueño de la hacienda de Lucas Martín, próxima a Xalapa, amigo del virrey Iturrigaray. El 20 de julio de 1808 expuso en sesión del Ayuntamiento que “en consideración a las circunstancias en que se mira nuestra Nación, a quien amenaza ruina, así como a la Religión Católica” pedía “que se formara una junta, a la cual concurrieran, además de las personas de primer orden, todos los letrados que se encontraran en la población y que se nombrara una comisión que hiciera presente al virrey los sentimientos de fidelidad de los munícipes, el pueblo y el ejército, y que estas determinaciones fueran comunicadas a todos los ayuntamientos”. Para nada se nombró al rey de España. Se habló de que los soldados y paisanos estaban dispuestos a defender la patria hasta sacrificar sus vidas por sostener estos principios. 1 Presidió la comisión que entrevistó al virrey y el propio don Diego Leño, autor de estos proyectos. La actitud del ayuntamiento de Xalapa, en otras circunstancias, hubiera merecido censura del virrey, pues subvertía el orden establecido y provocaba una rebelión; pero ante la situación que prevalecía fue aprobada por el virrey, quien simpatizaba con la idea de crear un gobierno independiente y abrigaba seguramente la secreta ambición de ser designado rey de la Nueva España.
Los comisionados del ayuntamiento xalapeño llegaron a México, entrevistaron al virrey; después se celebró una junta a la que concurrieron representantes del ayuntamiento de la ciudad de México; en esa junta el licenciado Francisco Primo Verdad, representante del Ayuntamiento de esa ciudad, expuso ideas favorables al proyecto de los xalapeños. Estas proposiciones fueron objetadas por los oidores y los inquisidores. El Ayuntamiento de México y los comisionados del de Xalapa insistían en que se instalara una junta gubernativa independiente. Estando así las cosas, los enemigos de la independencia provocaron un levantamiento en México, aprehendieron al virrey y nombraron otro en su lugar.
Después fueron aprehendidos el licenciado Primo Verdad y otros simpatizadores de la independencia, como el sacerdote Talamantes. El licenciado Primo Verdad murió ahorcado en la celda donde estaba preso; el Padre Talamantes fue encerrado en un calabozo del castillo de San Juan de Ulúa y a los pocos días murió. Diego Leño fue perseguido.
Así terminaron los primeros esfuerzos hechos a favor de la independencia, que comenzaron en la ciudad de Xalapa. Días después se hizo la jura y proclamación de Fernando VII como rey de España; pero éste continuaba prisionero de Napoleón Bonaparte.
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1 Historia de Xalapa por Manuel Rivera Cambas.
Grito de Dolores
Los últimos acontecimientos referidos no dieron fin a la agitación; por el contrario, las actividades en pro de la independencia continuaron, aunque en forma muy discreta.
Las fuerzas reales acantonadas en Xalapa y en la hacienda próxima El Lencero, simpatizaron con la independencia; pero fueron trasladadas al interior del país. Entre los oficiales de esas fuerzas figuraba el capitán Ignacio Allende, partidario de la causa de la independencia. En Guanajuato logró comprometer a sus amigos a que se adhirieran al plan que él iba elaborando para independizar el país. Se reunían en casa de alguno de ellos con el pretexto de bailar, leer o jugar, pero realmente y estudiar un proyecto para realizar la independencia. También en Querétaro se efectuaban juntas semejantes; a ellas concurría el propio Allende. Entre los comprometidos estaba el cura del pueblo de Dolores, don Miguel Hidalgo y Costilla.
Después de muchas deliberaciones formularon el plan que deberían ejecutar; fijaron la fecha del primero de diciembre de 1810 para iniciar una revolución. Mas hubo algunos de los comprometidos que denunciaron tales trabajos a las autoridades. Entonces los dirigentes de esa conspiración, sabiéndose delatados, resolvieron proceder inmediatamente, antes de caer prisioneros. Y así, reunidos en la casa del cura Hidalgo, en Dolores, los principales promotores, Allende, Juan Aldama y otros, en la noche del 15 de septiembre de 1810, resolvieron proceder inmediatamente. Acordaron que sería jefe del movimiento el cura Hidalgo, por su edad y por las simpatías de que gozaba en el pueblo y en toda la comarca.
El día 16, domingo, muy temprano, mandó tocar las campanas de la iglesia llamando a misa. Cuando se había reunido la multitud frente a la iglesia habló el cura y dijo que había llegado el momento de lanzarse a una revolución para arrojar del gobierno a los malos elementos, independizarse de España e instituir un gobierno propio y no extranjero. Con obreros y campesinos armados con algunas carabinas, machetes, instrumentos de labranza, formó el primer ejército libertador. El mismo día salió del pueblo de Dolores, se dirigió a las ciudades de San Miguel, Celaya, Guanajuato; en el camino se le fueron uniendo grupos compactos de campesinos, y el ejército libertador adquirió una fuerza arrolladora, pues venció a los españoles en las primeras batallas. Pero pronto llegaron los días de las derrotas; Hidalgo, Allende y demás caudillos cayeron prisioneros y fueron fusilados.
El movimiento iniciado en Dolores por Hidalgo, cundió rápidamente por la Nueva España. Los indígenas, los negros y demás grupos inconformes, que anhelaban un cambio de régimen en el país, vieron con simpatía ese movimiento y se adhirieron a él.
Las castas privilegiadas, los españoles ricos, el alto Clero, los jefes del ejército español, se opusieron al movimiento libertario; y la lucha fue sangrienta; fue la lucha de los oprimidos contra los opresores.
Después de Hidalgo, Allende y aquellos que iniciaron esa gloriosa revolución, aparecen otros caudillos que alcanzaron brillantes triunfos: José Ma. Morelos y Pavón, Francisco Javier Mina, Leonardo Bravo, Nicolás Bravo, Hermenegildo Galeana, Pablo Galeana, Mariano Matamoros, Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero. Algunos sucumbieron, otros lograron ver al fin a la nación libre de dominación extranjera.
Guerra de Independencia en Veracruz
En 1811 aparecieron los primeros grupos levantados en armas en las tierras veracruzanas y, en 1812, cundía la rebelión por todos los rumbos de la intendencia.
En las regiones montañosas de Perote y Xalapa, Coatepec y Huatusco, Orizaba y Zongolica y de Papantla, aparecieron los primeros grupos armados, pues lo escabroso del terreno, los profundos barrancos, los ricos de las serranías, eran inexpugnables fortalezas que los soldados del rey (realistas) no podían tomar. Cierto que los insurrectos, los insurgentes como se llamaron los soldados libertadores, no contaban con buen armamento: escopetas, machetes, hasta lanzas y hondas, pero disponían de las defensas naturales y el heroico valor de sus corazones y el arrojo que da la defensa de una causa noble y justa. Hasta improvisaban sus armas: un insurgente apellidado Bello, que recorría la zona de Teocelo, Xico y Coatepec, había construido un cañoncito de madera, forrado con piel de toro, por lo que lo llamaron el Toro Pinto. Xalapa se puso a construir obras de defensa, pues se creía inminente un ataque de los insurgentes que operaban en la región. En la propia ciudad y a instancias de una mujer, la esposa de un coronel del regimiento de la corona, doña Teresa Medina de la Soto Riva, se formó una junta de resueltos patriotas; pero descubiertas sus actividades, algunos fueron encarcelados y los demás se pusieron a salvo trasladándose a Naolinco, donde reinstalaron la junta, que denominaron “Junta Gubernativa Americana”. La señora Teresa Medina fue salvada por su esposo, pero obligada a salir de Xalapa. Entre los componentes de la Junta figuraba en primer lugar don Mariano Rincón.
Los insurgentes, en grupos cada vez más fuertes, tenían como principal centro de sus hazañas el camino de Perote a Veracruz, con el fin de impedir el transporte de víveres, ropa, armas y otras mercancías para el interior del país. Muchas veces se apoderaron de ricos cargamentos. El comercio de Veracruz, Xalapa y México, resintió muchísimo con esta continua interrupción; en cambio las fuerzas insurrectas se abastecían. También dominaban ya las sierras de Jalacingo y Teziutlán y las llanuras de Barlovento.
Por ese mismo año de 1811 se inició el movimiento insurgente por las montañas de Orizaba y Zongolica.
Grupos reducidos de rebeldes comenzaron a atacar los poblados y caminos; pero Atzalan, Ver.) armó una guerrilla, formada por campesinos de la comarca.
Pronto se le unieron el cura de Zongolica, don Juan Moctezuma Cortés, quien había sublevado a los del lugar y algunos otros caudillos. Se apoderaron de las Cumbres de Acultzingo, interrumpiendo las comunicaciones de Córdoba y Orizaba con Tehuacan y Puebla. Este fuerte contingente, al mando del cura de la Fuente y Alarcón, atacó la ciudad de Orizaba y, tras breves pero encarnizados combates, logró derrotar al jefe español que defendía la plaza, quien huyó a Córdoba y con él los ricos españoles de la ciudad, la que quedó en poder de los insurgentes el 28 de mayo de 1812. Fue relativamente fácil este triunfo insurgente, porque en la ciudad había muchos partidarios de la insurrección y en las filas insurgentes había muchos orizabeños.
El cura de la Fuente y Alarcón sitió la ciudad de Córdoba, pero después de ocho días tuvo que retirarse, porque tuvo noticia de que el realista del Llano había recuperado Orizaba y marchaba hacia Córdoba. El cura de la Fuente y Alarcón se situó en Coscomatepec y el cura Moctezuma Cortés, en Zongolica.
En Huatusco se había levantado en armas el ranchero Jacinto Roque, quien ocupó la ciudad al abandonarla los españoles. Roque fue muerto por un bandolero que se hacía pasar por insurgente. Después Antonio Bárcena dominó en la ciudad y comarcas vecinas; aquella ciudad fue albergue y refugio de muchos insurgentes. Dos años más tarde, la recuperaron las fuerzas realista del teniente coronel Hevia, quien procedió con tanta crueldad que mandó incendiar la población; el fuego destruyó la ciudad, salvándose únicamente la iglesia parroquial. Cuando Hevia informó al gobierno virreinal de lo ocurrido, dijo que “poco daño había causado a los buenos, porque eran muy pocos”. Más tarde volvió a quedar esa zona en manos de los insurgentes.
Las ideas libertarias se esparcían por todas partes hasta entre los componentes de la guarnición del Castillo de Perote hubo simpatizadores de la causa de la independencia, por lo cual el jefe de aquella guarnición, mandó fusilar a trece individuos, como sospechosos de simpatizar con los ideales de los insurgentes el 16 de junio de 1812.
En las llanuras de Sotavento, varias poblaciones habían caído en poder de los insurgentes: Cosamaloapan, Chacaltianguis, Amatlán (hoy Amatitlán), Tesechoacán y estaban amagadas Tlacotalpan y Alvarado. Pero los realistas lograron recuperar aquellas poblaciones, en ese mismo año de 1812.
La costa de Barlovento y la Huasteca estaban en poder de los insurgentes, excepto Tuxpan y Tampico.
La Junta Gubernativa Americana, establecida en Naolinco, fue perseguida por fuerzas de del Llano, retirándose los componentes de esa junta a las barrancas, después a Misantla, luego a Nautla, hasta que, constantemente perseguidos, tuvo que disolverse.
El mismo realista del Llano logró abrirse paso hasta Veracruz, por el camino real, siempre amagado por los insurrectos. Pero esta empresa le costó muchos sacrificios y la pérdida de numerosos hombres. Apenas se abría paso en un trecho, volvían a cerrarlo los indómitos insurgentes. Para regresar a Xalapa, del Llano tuvo que abrir nuevamente el camino a fuerza de recios combates.
Entretanto el general José María Morelos, después de una serie de deslumbrantes triunfos, se situó en Tehuacan, ciudad próxima a Orizaba. Atacó a esta última ciudad y después de reñidos y sangrientos combates se posesionó de ella, capturando nueve cañones, fusiles, parque; hizo numerosos prisioneros y se apoderó de una gran cantidad de tabaco que el gobierno virreinal tenía allí depositada, valuada en más de catorce millones de pesos. Solamente permaneció dos días en Orizaba; de regreso a Tehuacan sostuvo fuerte combate con los realista en las Cumbres de Acultzingo, y, a consecuencia de ello, los insurgentes se dispersaron y los realistas recuperaron la ciudad de Orizaba.
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2 Cayetano Pérez, Evaristo Molina, Ignacio Murillo, Bartolomé Flores, Ignacio Arizmendi, José Prudencio Silva, tales son los nombres de aquellas víctimas.
Nicolás Bravo
Era uno de los más decididos jefes insurgentes que acompañaban a Morelos en sus campañas. El padre de don Nicolás Bravo, don Leonardo Bravo, también luchador de la independencia, cayó prisionero de los realistas y fue condenado a muerte; el virrey ofrecía perdonarle la vida si su hijo, don Nicolás, deponía su actitud revolucionaria. Para don Nicolás la situación era difícil: su amor filial lo impulsaba a salvar a su padre; su amor a la causa de la independencia, lo impelía a continuar al lado de sus compañeros. Además desconfiaba de la palabra del virrey, pues en otra ocasión había ofrecido la libertad de un prisionero si el hermano de éste se rendía, y una vez que el hermano se rindió fueron muertos los dos.
El general don José María Morelos, estableció en Tehuacan, ofreció un buen número de prisioneros por la vida de don Leonardo Bravo, y advirtió al virrey que si el insurgente era muerto, fusilaría a todos los prisioneros españoles.
Morelos designó a Nicolás Bravo jefe de las fuerzas insurgentes en Veracruz,. En esos días derrotó al capitán Labaqui, en San Agustín del Palmar, obteniendo numerosos prisioneros y apoderándose de víveres; después, volvió a derrotarlo en Puente del Rey (Puente Nacional). Nicolás Bravo estableció su cuartel en Medellín, cerca de la ciudad de Veracruz. Allí supo que el virrey no había aceptado el ofrecimiento de Morelos y había mandado dar muerte a don Leonardo. Morelos ordenó a don Nicolás que, en represalia, fusilara a los trescientos prisioneros que tenía en Medellín. Bravo ordenó que fueran puestos en capilla, para fusilarlos al día siguiente. Pero en la noche caviló la orden; le parecía incorrecto matar a trescientos hombres en venganza por la muerte de su padre, trescientos hombres que no participaron en aquel crimen, trescientos hombres que tendrían hogar e hijos que sentirían su pérdida. Pero pensó también en la orden del general Morelos y las consecuencias que podría acarrearle desobedecerla. En fin, después de meditarlo, tomó una resolución: perdonarlos. En la mañana mandó formar la tropa, como en los casos de fusilamiento. Salieron los prisioneros, que colocó en el centro. Entonces les habló de que, conforme a las leyes de guerra estaban condenados a morir; que el general Morelos había ofrecido sus vidas por la de don Leonardo, pero que tal ofrecimiento no había sido admitido y su padre había sido ejecutado con crueldad. “Tengo órdenes de fusilarlos –dijo-, pero he resuelto perdonarles la vida y darles la libertad; desde este momento quedan libres”. Ante este rasgo, los prisioneros prorrumpieron en ¡Vivas! A don Nicolás, a México y a la independencia; se unieron a las fuerzas de Bravo, excepto cinco que tenían negocios en Veracruz, los cuales, en gratitud, remitieron ropa para los insurgentes.
Después el general Bravo estableció su cuartel general en Huatusco; atacó Xalapa; se situó en Puente del Rey y en Tlalixcoyan, intentó tomar el puerto de Alvarado, pero fue rechazado, ya que los habitantes, casi todos españoles o simpatizadores de ellos, defendieron la plaza. Pasó a Coscomatepec; allí fue sitiado por las fuerzas realistas y después de resistirse, rompió el cerco de las fuerzas enemigas y salió de la ciudad para seguir luchando por la libertad del pueblo mexicano en Huatusco, Puente del Rey, en la costa de Sotavento y después volvió a unirse a las fuerzas que comandaba el general Morelos.
Mariano Olarte
Mariano Olarte fue un indígena totonaca de la región de Papantla. Desde 1813 empezó a luchar por la independencia, sosteniéndose en la parte montañosa de la región, en la sierra de Coyuxquihui, donde con cuatrocientos indígenas resistió todos los ataques de los realistas.
En cierta ocasión las fuerzas de los realistas lograron vencer a las de Olarte, pero este revés no lo desanimó; pasó a Centro Blanco, cerca de la ciudad de Papantla, para seguir resistiendo, en unión con otro insurgente, Joaquín Aguilar. Éste último fue traicionado y muerto por uno que le fingía amistad (de las mismas fuerzas insurrectas). Olarte destacó fuerzas para perseguir al traidor, sin lograr darle alcance, pues se pasó a los realistas.
Por más de cuatro años continuaron los encuentros entre las fuerzas de Olarte y las realistas. Olarte volvió a operar en la sierra de Coyuxquihui; intentó apoderarse de la ciudad de Papantla, pero fue rechazado. No se tienen datos exactos del fin de Olarte; se dice que pereció en una emboscada que le tendieron los españoles y aun se afirma que le cortaron la cabeza al cadáver y la exhibieron en un poste en la loma cercana a Papantla, para que escarmentaran los simpatizadores de la independencia.
Guadalupe Victoria
En 1814, el general Morelos envió a la Provincia de Veracruz al teniente coronel Guadalupe Victoria, para que asumiera el mando de las fuerzas revolucionarias de la provincia. Este insurgente nació en Durango; su verdadero nombre era Manuel Félix Fernández, que cambió por Guadalupe Victoria, porque era devoto de la imagen de Guadalupe y con el apellido de Victoria expresaba su fe absoluta en el triunfo de la causa de la independencia. Estudiaba en México, cuando en 1811 interrumpió sus estudios para unirse a las fuerzas de Morelos.
El primer hecho de armas en que Victoria tomó parte de la provincia veracruzana fue el ataque a un convoy-correo en el Camino Real, cerca de Puente del Rey (Puente Nacional).
Después hizo de esa zona entre Naolinco, Puente Nacional y Huatusco, centro de sus actividades, no dando tregua ni descanso a los realistas. Recibía pertrechos por Boquilla de Piedra.
Imposible sería relatar todos los encuentros que sostuvo con los realistas y las veces que atacó los convoyes; se atrincheró en Puente Nacional.
A veces derrotado y perseguido, hallaba salvación en las barrancas y los bosques, de donde salía para caer otra vez sobre los campamentos españoles y los convoyes. En las ruinas de Palmilla y El Castillo (Zentla) se parapetó para resistir a los perseguidores.
Cuando la guerra de independencia parecía tocas a su fin, porque muchos de sus caudillos habían sido fusilados y algunos se habían rendido, Guadalupe Victoria prefirió ocultarse en los bosques. Por más de dos años llevó una vida completamente montaraz, sin ver a nadie, viviendo de los frutos silvestres. “Se le acabaron los vestidos, no le quedaba más que una frazada. Se le creía muerto. Cuentan que cuando tomó la resolución de internarse por la sierra, al despedirse de un indio fiel, le dijo que si cambiaba la situación, fuese a buscarlo al monte donde lo encontraría vivo o muerto”. Por 1821 cambiaron las cosas; la guerra había terminado.
En indio fue en busca de Victoria. Recorrió la montaña y no halló a nadie. Al fin encontró unas huellas humanas y supuso que serían de su jefe. Colgó de un árbol un tenate con tortillas y se fue al pueblo por más provisiones. El insurgente halló las tortillas, las devoró y resolvió ocultarse. Regresó el indio; Victoria lo reconoció, pero el indio no pudo reconocerlo. ¿Cómo iba a reconocerlo si su cabello y barba había crecido desmesuradamente, sus uñas eran garras, su cuerpo mal cubierto por una vieja frazada, flaco, enfermo, extenuado?
Supo entonces Victoria que Guerrero e Iturbide habían firmado el Plan de Iguala y que a ese Plan se adhirieron muchos insurgentes y los jefes realistas. Salió de su escondite y se puso en acción.
El Plan de Iguala
Por el año de 1817 la lucha por la independencia parecía tocar su fin. Las fuerzas insurgentes habían sido derrotadas y dispersas, los principales caudillos fusilados, otros se habían rendido y sólo algunos, indómitos, sostenían la lucha en diversas partes de la país; entre ellos el general Vicente Guerrero en las montañas del Sur del país, el indio Mariano Olarte en las de Papantla y Guadalupe Victoria en las barrancas de Huatusco y Puente Nacional.
Todo hacía suponer que en poco tiempo el gobierno virreinal lograría exterminar a las partidas insurrectas y pacificar a la Nueva España.
Pero tanto en España como en México ocurrieron acontecimientos que hicieron variar el rumbo de la Guerra de Independencia. Fernando VII, rey de España, había logrado volver a su país, pero se condujo tan despóticamente que el pueblo se rebeló y lo destronó, poniendo en vigor la Constitución de Cádiz que el rey Fernando no quiso acatar.
En México repercutieron esos acontecimientos y sucedió algo semejante a lo ocurrido unos doce años antes Diego Leño y el licenciado Francisco Primo Verdad pretendían la independencia de la Nueva España, pero respetando al virrey. Mas ahora eran los españoles, el alto clero y los ricos quienes fraguaban un plan de independencia traicionando al virrey. El plan consistía en acabar de una vez con los insurgentes que aún permanecían levantados en armas y luego proclamar la independencia, pero con un gobierno autoritario o llamando a Fernando VII para que gobernase. Para realizar este plan necesitaban un hombre capaz. Este hombre fue Agustín de Iturbide. Era hijo de españoles, coronel del ejército realista que había perseguido encarnizadamente a los insurgentes. Iturbide pidió fuerzas bien equipadas para batir a Guerrero. Creía vencerlo fácilmente; pronto se convenció que no era tan sencillo someter al insurgente, pues sufrió varias derrotas por la fuerza de éste. Entonces resolvió atraérselo. Le escribió una carta asegurándole estar dispuesto a que juntos hicieran la independencia. Volvió a escribir en el mismo sentido. Se encontraron en Acatempan. Guerrero, quien no perseguía otra cosa que la libertad de México, ofreció unir sus fuerzas a las de Iturbide.
Días después, 24 de febrero de 1821, se unieron en la ciudad de Iguala; ahí redactaron el Plan, que por eso se llamó Plan de Iguala. Este Plan sostenía la Independencia de México, la unión entre mexicanos y españoles, que no se consentiría otra religión que la católica y se le ofrecería el gobierno a Fernando VII y en caso de que este no aceptara, a alguno de sus hermanos. Adoptaron una bandera con los colores verde, blanco y rojo, simbolizando en cada color uno de los puntos del Plan: Independencia, Religión y Unión. El ejército se llamó Trigarante o de las Tres Garantías.
Al saber esto el virrey se apresuró a enviar tropas para combatir al ejército trigarante. Muchos jefes realistas fueron aceptando el Plan de Iguala; los jefes insurgentes se adhirieron a dicho Plan. En México hubo un motín: el virrey Venegas fue depuesto e interpusieron a Don Juan O’Donojú. El gobierno virreinal se bamboleaba.
Los Tratados de Córdoba. Fin de la Guerra de Independencia
La Provincia de Veracruz estaba casi pacífica. Pero al saberse lo hecho por Guerrero e Iturbide, los simpatizadores de la independencia desplegaron nueva actividad. Xico, Teocelo, Huatusco, Coscomatepec, Actopan y otras muchas poblaciones se declamaron a favor de la independencia. En Xalapa, Orizaba y Córdoba había muchos partidarios de la causa.
Don José Joaquín de Herrera, natural de Xalapa, que había sido teniente coronel del ejército realista, había pedido su baja y se hallaba en Perote; se puso al frente de los simpatizadores del Plan de Iguala y se dirigió a Orizaba, cuya ciudad cayó en su poder.
Don Antonio López de Santa Anna, xalapeño también, quien desde 1916 venía combatiendo a los insurgentes en la Provincia de Veracruz, marchó a Orizaba, atacó esa ciudad, pero pronto se puso de acuerdo con Herrera y se adhirió al Plan de Iguala. Juntos Santa Anna y Herrera atacaron la ciudad de Córdoba, que también cayó en su poder. Quedó al frente de las fuerzas de esta ciudad el independiente Francisco Gómez, pues Santa Anna marchó a la costa de Sotavento donde se apoderó del puerto de Alvarado y Herrera pasó a Puebla.
El realista Hevia atacó la ciudad de Córdoba. En esta ocasión todos los cordobeses tomaron las armas para defender la ciudad y la causa de la independencia, exceptuando tres españoles, que fueron expulsados de la ciudad. Herrera y Santa Anna volvieron a Córdoba. Hevia fue muerto y los realistas, derrotados, se retiraron el 21 de mayo de 1821.
Santa Anna se apoderó de la ciudad de Xalapa. Después atacó la ciudad de Veracruz, pero fue rechazado. Se trasladó a Puebla a conferencias con Iturbide, jefe del ejército trigarante.
Sin embargo, el general Guadalupe Victoria había vuelto a actuar en las abruptas tierras huatusqueñas.
El camino de Perote a Veracruz había sido el lugar favorito de los sublevados. En la provincia veracruzana sólo le quedaba al gobierno realista la ciudad de Veracruz.
En tanto llega a ese puerto el último virrey, don Juan O’Donojú, quien entabló pláticas con Santa Anna, pidió una entrevista con Iturbide. Santa Anna lo escoltó hasta Xalapa; luego pasó a Córdoba, en donde esperó a Iturbide. El 24 de agosto de ese año firmaron ambos unos convenios o tratados. Estos tratados eran, en su parte esencial, semejantes al Plan de Iguala, pero se estipuló que si Fernando VII o alguien de la casa real de España no aceptase venir a gobernar el Imperio Mexicano, las cortes designarían al monarca y entretanto, se nombraría una Junta Provisional Gubernativa.
El 27 de septiembre el ejército trigarante, con O’Donojú e Iturbide, hizo su estrada triunfal en la ciudad de México. Así terminó la Guerra de Independencia que inició don Miguel Hidalgo y Costilla el 16 de septiembre de 1810. Habían transcurrido once años y once días. México era una Nación independiente.
Pero aún quedaban españoles en la fortaleza de Perote, la ciudad de Veracruz y el castillo de San Juan de Ulúa. Santa Anna se apoderó de la fortaleza de Perote y se presentó frente a Veracruz, que defendía el comandante Dávila. Santa Anna pidió la plaza, pero Dávila optó por pasar con sus fuerzas al castillo de San Juan de Ulúa y la ciudad fue entregada al coronel Manuel Rincón el 27 de octubre de ese año.
Sólo en el castillo de Ulúa flotaba la bandera española.
Capítulo VI
Época Independiente
El Imperio. Proclamación de la República
Terminó la Guerra de Independencia, pero como se desvirtualizaron los móviles y fines de ella, que sostuvieron los insurgentes, las condiciones de las clases explotadas continuaron en igual estado, ningún mejoramiento lograron el cambio de gobierno; las clases opresoras continuaron gozando de sus privilegios y prosiguieron los mismos abusos. No se hizo justicia a los verdaderos luchadores, a los proletarios que soportaron todos los sacrificios. El descontento no tardó en manifestarse. Se despertaron las ambiciones de los caudillos de última hora. Y el suelo mexicano, y el veracruzano en particular, pronto sería teatro de otras luchas y la sangre de los mexicanos regaría otra vez sus campiñas, sus montes, sus barrancos.
Se estableció en México un Gobierno Provincial. En las provincias se hizo otro tanto. Pero el 18 de mayo de 1822, un sargento, seguido de numerosa plebe, proclamó a Iturbide Emperador de México y al día siguiente el Congreso lo ratificó.
La provincia veracruzana no vio con agrado la exaltación de Iturbide al trono imperial; la mayoría de los veracruzanos preferían un gobierno democrático y republicano, y los pocos monarquistas que había eran partidarios de Fernando VII o de algún príncipe de la Casa Real Española.
Y mientras tanto el castillo de San Juan de Ulúa continuaba en poder de los españoles y varias veces sus cañones arrojaron metralla sobre la ciudad y otras tantas; el comandante de dicha ciudad de Veracruz intentó apoderarse de la fortaleza, pero los defensores resistían obstinadamente y la defendían a todo trance, pues ni la persuasión, ni las amenazas, ni los engaños intimidaron a esos hombres; preferían sucumbir antes que entregar el último baluarte de la que fuera la más rica colonia hispana. El comandante Dávila fue situado por Francisco Lemour, tan decidido como aquél a seguir defendiendo y retener a toda costa la fortaleza de donde flotaba su bandera.
En el país se manifestaba bien el descontento popular en contra del Emperador. Los masones, entre los que se encontraban muchos generales, iniciaron actividades en contra de Iturbide. Este bajó a Xalapa, con el pretexto de activar la rendición del castillo de San Juan de Ulúa, pero propiamente a quitarle a Santa Anna el mando de sus fuerzas de provincia, pues le tenía ya desconfianza. En Xalapa, Santa Anna se entrevistó con Iturbide, quien lo invitó a que dejara la Comandancia de la Provincia y fuera de México, donde, decía eran más necesarios sus servicios. Santa Anna advirtió la celada que le tenía el Emperador y salió de Veracruz, donde se rebeló proclamando el establecimiento de un Gobierno Republicano. Inmediatamente se le unió Guadalupe Victoria, quien había sido desairado por Iturbide y nunca había visto bien que se hubiese instituido una Monarquía, en nuestro país; siempre había sido ferviente partidario de un Gobierno Republicano. No solo había sido desairado por Iturbide, sino que éste lo puso preso en México, de donde logró fugarse y permanecer oculto en sus favoritas barrancas veracruzanas. El 6 de diciembre de 1822, Victoria y Santa Anna firmaron el Plan de Veracruz, en el cual se sostenía que la única forma de Gobierno para México era Republicano.
La caída del Imperio y establecimiento de la República
Los sublevados pactaron un armisticio con los defensores de San Juan de Ulúa. Alvarado, Tlacotalpan, La Antigua y Puente del Rey y secundaron el pronunciamiento de Veracruz. Guadalupe Victoria se situó en su lugar predilecto, Puente del Rey (que entonces llamaban Puente de la República). Santa Anna intentó apoderarse de Xalapa, pero fue rechazado con las grandes pérdidas. Esta derrota desanimó mucho a Santa Anna, quien llegó a pensar en retirarse a Estados Unidos de América, pero Victoria lo disuadió y lo alentó para que siguiera la empresa. Alvarado y Tlacotalpan volvieron a someterse al Gobierno Imperial.
Iturbide puso al mando del general Echávarri un con contingente de numerosas tropas bien equipadas, para someterse a Santa Anna y Victoria.
Echávarri y los generales Cortázar y Lobato, con fuerzas de Orizaba y Córdoba, sitiaron la ciudad de Veracruz. Después de varios días de asedio se unieron al movimiento republicano, suscribiendo el Plan de Casa de Mata el 1 de febrero de 1823.
Xalapa tuvo que aceptar este Plan, precisamente cuando hacía preparativos para la jura del Emperador.
Echávarri marchó hacía México; Santa Anna fue a Tampico y San Luis Potosí a propagar el movimiento republicano; Guadalupe Victoria quedó al mando de las fuerzas en Veracruz. Iturbide iba quedando solo; los generales que enviaba a combatir a los sublevados, se adherían al Plan de Casa Mata. Comisionó al general Negrete para que fuera a Xalapa a entrar en arreglos con los republicanos y el mismo Negrete optó por pasarse con los sublevados. Trató otra vez de atraerse las simpatías populares, pero ya no fue posible; los republicanos tenían cada día mayor número de adeptos. El emperador no le quedó otro recurso que abdicar el 19 de marzo de 1823, y veintitrés días después salía desterrado para Europa. Las fuerzas de Nicolás Bravo lo escoltaron hasta la desembocadura del río de La Antigua. Al pasar por Lucas Martín, cerca de Xalapa, se fraguó un complot para asesinarlo, pero Bravo impidió que se cometiera el atentado; antes de que embarcara, varios empleados de la Aduana querían registras su equipaje y Bravo lo impidió también. Victoria fue a visitarlo y a despedirse de él, no obstante que había sufrido agravios del Emperador.
A la caída de Iturbide se instaló en México un Gobierno Provisional, del cual formaba parte Guadalupe Victoria. En unos cuantos meses el movimiento republicano había triunfado.
Pero el castillo de San Juan de Ulúa continuaba en poder de las fuerzas españolas. Llegaron dos comisionados españoles para entrar en arreglos con el Gobierno Republicano; sostuvieron algunas pláticas con Victoria en Xalapa, sin llegar a ningún resultado.
Y un incidente insignificante provocó la ira del comandante Lemour, quien disparó sus armas sobre Veracruz, causando muchos estragos y obligando a numerosas familias a salir de allí.
Por más de dos años continuó esta situación del puerto. Se suspendió todo tráfico marítimo por él y el comercio exterior se hacía por Alvarado.
Guadalupe Victoria fue a México a ocupar su puesto en el gobierno, quedando entonces comandante general de la Provincia de Veracruz, el general potosino Miguel Barragán.
Creación del Estado de Veracruz
A fines de 1823 se reunió en México un Congreso Constituyente, llamado así porque iba a estudiar sobre qué bases políticas se constituiría la Nación Mexicana, qué forma de Gobierno adoptaría, cuáles serían los derechos y las obligaciones de los ciudadanos; esto es, formularía una Constitución o Ley Suprema que deberían obedecer todos los mexicanos y aun los no mexicanos que radicaran en el país. El 31 de enero de 1824 se firmó el Acta Constitutiva de los Estados Unidos Mexicanos, en la cual estaban consignados los principios que la Nación adoptara, tales como el sistema federal, un Gobierno dividido en tres Poderes: Legislativo, Ejecutivo y Judicial. El primero depositado en el Congreso de la Unión, el segundo en el Presidente de la República y el tercero en la Suprema Corte de Justicia. Con el sistema federal la Nación se consideraría formada por la unión de entidades independientes unas de otras, libres y soberanas en su régimen interno y con un Gobierno integrado por tres Poderes; Legislativo, Ejecutivo y Judicial, depositados, respectivamente, en la Legislatura o Congreso local, el Gobernador del Estado y el Tribunal Superior de Justicia. Estas entidades se llamaron estado. Veracruz fue uno de ellos. El mismo día 31 de enero puede decirse que nació, como entidad independiente, el Estado de Veracruz.
En febrero fue publicada y jurada el Acta Constitutiva por las autoridades veracruzanas, aceptando así, la forma de organización que se le había dado al país. Era un Gobernador y Comandante Militar el general Guadalupe Victoria.
El 9 de mayo se instaló en Xalapa la primera Legislatura veracruzana; celebraba sus sesiones en la Sala del Ayuntamiento. Estuvo integrada por catorce Diputados y ocho Senadores.1
Fue Presidente de ese Congreso el veracruzano Sebastián Camacho.
El general Victoria volvió a México a formar parte del Gobierno Provisional de la República; lo substituyó en el puesto de Gobernador y Comandante Militar de Veracruz el general Miguel Barragán, quien el 22 de junio juró reconocer y obedecer a la H. Legislatura siendo, pues, el primer Gobernador Constitucional del Estado Libre y Soberano de Veracruz.
En octubre de ese año se expidió la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y fue proclamada y jurada en el Estado de Veracruz en ese mismo mes.
Se hicieron elecciones para Presidente de la República, resultando designado para tan alto cargo el insurgente Guadalupe Victoria, y para Vicepresidente al general Nicolás Bravo, quienes tomaron posesión de sus altos puestos el día 10 de octubre.
Entrando la Legislatura veracruzana estudiaba la Constitución Política del Estado. Esta fue sancionada el 3 de junio de 1825 y promulgada quince días después.
El estado comprendía, aproximadamente, el mismo territorio que en la actualidad. Por el Norte limitaba con el río Tamesí; Chicontepec correspondía al Estado de México (aun no se creaba el de Hidalgo); Tuxpan pertenecía a Puebla, quedando así el territorio veracruzano fraccionado en dos partes; por Sureste se extendía por el actual Estado de Tabasco, hasta Huimanguillo. Se dividió en once Cantones: Tampico (después se llamó Ozuluama y Tantoyuca), Papantla, Jalacingo, Misantla, Xalapa, Córdoba, Orizaba, Veracruz, Cosamaloapan, Los Tuxtlas y Acayucan.
El castillo de San Juan de Ulúa continuaba en poder de las fuerzas españolas que seguían hostilizando la ciudad de Veracruz. El general Barragán se empeñó en arrebatar ese reducto a las tropas hispanas. Comenzó por cortar toda la comunicación con la costa, impidiéndoles proveerse de víveres. Sin embargo, esa guarnición resistió por un año más, recibiendo algunas provisiones por mar. El Gobierno mexicano adquirió una escuadrilla y la destinó a impedir que los del castillo recibieran provisiones. La rendición era inminente. El Comandante de la fortaleza (que era José Coppinger, quien había sustituido a Lemour) entabló pláticas con el general Barragán.
Por fin, el 18 de noviembre de 1825 capituló la guarnición del castillo y el 23 fue arriado el pabellón español, tributándosele honores por las fuerzas hispana y mexicana; y cuando se perdían de vista los buques en que se alejaban, el propio general Barragán izó el pabellón mexicano, que fue saludado con salvas de artillería, repiques de campanas, toques de músicas militares y el desbordante entusiasmo de los veracruzanos. La Legislatura del Estado concedió a la ciudad de Veracruz el merecido título de heroica.
Los años de 1826 y 1827 fueron relativamente pacíficos y el gobernador Barragán pudo dedicarse a mejorar los servicios públicos, establecer la economía del Estado y emprender algunas obras materiales. Parecía que se había entrado por una senda de paz y de progreso. Pero existía una pugna entre los políticos. Siguiendo la moda de entonces, todos se afiliaron a las Logias Masónicas. Estas son de dos órdenes: uno que se llama del Rito Escocés y el otro del Rito Yorkino.
Los políticos afiliados a las Logias del Rito Yorkino iban adquiriendo preponderancia en el Gobierno de la República, por lo que, los del Rito Escocés, descontentos, tramaron una revuelta que pronto fue sofocada. Barragán se manifestó partidario de los rebeldes. Huyó de Xalapa, pero fue hecho prisionero y desterrado. Antonio López de Santa Anna, que era el Vicegobernador, quedó al frente del Gobierno del Estado.
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1 Diputados: Andrés Jáuregui, por Tampico; Teniente Coronel Diego Alcalde, por Jalacingo, Antonio Martínez y Coronel Tomás Illanes, por Jalapa; Lic. Francisco Quintero, Manuel Royo y Francisco Cantarines, por Córdoba; Lic. Rafael Argüelles, por Orizaba; Lic. Sebastián Camacho, Coronel Francisco Hernández y Pedro Echavarría Migoni, por Veracruz; Miguel Espinosa y Francisco Cueto, por Cosamaloapan, y Coronel Luis Ruiz, por Acayucan. Senadores: José de la Fuente, José Antonio Sastré, Ignacio Soria, José Joaquín Cowley, Mariano Ramírez, José María Jáuregui, Manuel Antonio Cabada y José L. Fernández.
Nuevos pronunciamientos. El desembarque de Barradas
En el año de 1828 la opinión pública se agitaba intensamente con motivo de las elecciones para Presidente de la República. Surgieron dos candidatos: El general Vicente Guerrero y Manuel Gómez Pedraza. Resultando electo este último.
Santa Anna que, como se dijo, fungía como Gobernador del Estado de Veracruz, era enemigo de Gómez Pedraza, pero tampoco simpatizaron con Guerrero. Como la Legislatura local se había declarado a favor de Gómez Pedraza, promovió un movimiento de desobediencia a ese Congreso, pero éste lo destituyó del cargo de Gobernador y nombró en su lugar al general Ignacio Mora.
Entonces Santa Anna reunió las fuerzas que había en Xalapa y se dirigió a Perote, en donde se rebeló en contra del Presidente Gómez Pedraza. Lanzó un manifiesto en el que explicaba, a su manera, la causa de su rebeldía y pidiendo que Guerrero asumiera la Presidencia y se expulsara a los españoles que vivían en el País. Marchó a Puebla y Oaxaca; el movimiento fue sofocado y Santa Anna estaba completamente derrotado. Pero en la capital de la República estalló un pronunciamiento de las tropas que la guarnecían, obligando a Gómez Pedraza a renunciar. Guerrero asumió el cargo de Presidente y Santa Anna pudo regresar con sus tropas a Xalapa.
Poco después de los hechos relatados ocurrió un acontecimiento trascendente, pues vino a demostrar cuán arraigado estaba entre los mexicanos el deseo y la voluntad de conservar su Independencia.
El Gobierno de España no aceptó la independencia de la Nueva España y abrigaba el deseo de recuperar tan rica Colonia. El efecto, en Cuba se alistó un ejército para reconquistar a México. Dicho ejército quedó al mando del Brigadier Isidoro Barradas, quien el 27 de julio de 1829 desembarcó en Cabo Rojo y se apoderó de Tampico. Entonces el Gobierno de la República nombró al general Santa Anna jefe del ejército para que fuera a batir a los invasores. Inmediatamente se embarcó en Veracruz en una improvisada escuadrilla. Llegó a Tampico; atacó esa plaza con sus fuerzas y con las del general Mier y Terán. Barradas tuvo que pactar el 10 de septiembre de 1829.
Los españoles tuvieron que volver a Cuba desarmados y prometiendo no volver a México ni tomar las armas nunca en contra de la República Mexicana.
La noticia del triunfo de las fuerzas republicanas produjo en todo el país inmenso entusiasmo y Guerrero, Santa Anna y Terán fueron aclamados como libertadores de la República.
Turbulencias y cuartelazos
El general Anastasio Bustamante, Vicepresidente de la República, estaba en Xalapa con un fuerte contingente de tropas, para que en caso necesario auxiliase a Santa Anna o atacase a otras fuerzas que se decía iban a desembarcar en la costa veracruzana en ayuda de Barradas.
Pero Bustamante, llevado por sus ambiciones personales, se rebeló en contra del Gobierno del cual formaba parte y proclamó el Plan que se llamó de Xalapa el 4 de diciembre de 1829. Santa Anna no aceptó la invitación de adherirse a ese Plan y se dispuso a defender a Guerrero, pero éste salió de la capital de la República y se fue a su pueblo natal.
Bustamante ocupó la ciudad de México y se posesionó de la Presidencia de la República el 1 de enero de 1830. La Legislatura del Estado, que en un principio no había reconocido al Gobierno de Bustamante, acabó por someterse y lo mismo hizo Santa Anna.
Bustamante se valió de un traidor para aprehender a Guerrero y éste fue fusilado en un pueblo de Oaxaca. Bustamante cometió otros crímenes semejantes.
A principios de 1832 la guarnición de la ciudad de Veracruz también se rebeló suscribiendo un Plan, que nunca faltaba en estos pronunciamientos. Santa Anna, que estaba en su hacienda de Manga de Clavo, fue invitado para ponerse al frente del movimiento; aceptó y su llegada fue recibida con grandes muestras de entusiasmo por los jefes y la tropa. Pero el pueblo no tomaba parte activa en estos pronunciamientos, sino que sólo era espectador.
El Gobierno Federal puso a las órdenes de los generales Calderón y Facio tropas suficientes para someter a los rebeldes de Veracruz; las cuales se estacionaron en Xalapa en tanto que el Gobernador del Estado intervenía como mediador entre el Gobierno y los sublevados, sin poder llegar a un arreglo. Facio ofreció empleos y dinero ($25,000.00) al comandante de Ulúa si se sometía; las cartas en que hacía estas proposiciones cayeron en manos de Santa Anna, quien las mandó publicar, desprestigiando así a Facio.
Por fin, las fuerzas del Gobierno sitiaron a Veracruz, pero pronto levantaron el asedio y se retiraron; Santa Anna los siguió y en Tolome se trabó reñida batalla en la que el general Santa Anna fue derrotado y regresó a Veracruz con sus tropas; las fuerzas del Gobierno volvieron a Xalapa. Después de algunos encuentros en el Camino Nacional se pactó un armisticio en Corral Falso, cerca de Xalapa. Las pláticas fracasaron, Santa Anna fue a Puebla. Bustamante obtuvo algunas victorias, pero al fin hubo de renunciar a la Presidencia y volvió a ocuparla Gómez Pedraza.
Hechas las nuevas elecciones resultó electo e general Antonio López de Santa Anna, pero ocupó la Presidencia el Vicepresidente Valentín Gómez Farias. Intentó algunas reformas para restringir los abusos del Clero; esto provocó descontento entre los conservadores y hubo levantamientos en diversos lugares del país. Santa Anna asumió la Presidencia.
En el Estado de Veracruz la Legislatura dictó algunas disposiciones liberales, lo que provocó una sublevación de los retardatarios en Orizaba, que luego se propagó a otras ciudades.
Ya los republicanos estaban divididos en dos partidos: el de los Federalistas y el de los Centralistas. Santa Anna derrotó a los Federalistas en Zacatecas. Con este acontecimiento el Gobierno dejó de ser Federal y se hizo Centralista, hecho que tuvo lugar el 23 de octubre de 1835. El pueblo veracruzano siguió siendo partidario del Federalismo y la misma Legislatura sostenía esta forma de Gobierno. En el castillo de Ulúa hubo una sublevación a favor del régimen centralista. Los alzados hicieron fuego sobre Veracruz, pero pronto fueron sometidos.
Santa Anna fue a batir los tejados, que querían separarse de México, y constituir una República independiente. Tras de victorias y desastres regresó a su hacienda. Las autoridades del Estado tuvieron que aceptar la forma de Gobierno Centralista. Con el cambio del régimen se suprimieron las Legislaturas y se nombraron Juntas Departamentales.
Guerra de los pasteles
Las causas de esos trastornos eran la falta de dinero en la Tesorería del Gobierno para satisfacer a una casta militar ambiciosa, la existencia de un enorme desnivel entre las clases privilegiadas (ricos, clero y generales) y las desposeídas, el afán del clero de apoderarse de los destinos del país; las pugnas entre las Logias Masónicas y la intervención solapada de elementos extranjeros.
Consecuencias de estos trastornos fueron: una mayor pobreza, ya que no era posible dedicarse al trabajo productor; poca atención a los servicios públicos: educación, obras materiales, salubridad, etc., pues todo lo absorbía la guerra.
Estos trastornos sirvieron también para que extranjeros poco escrupulosos se aprovecharan e hicieran fabulosos negocios, al fin que, como dice el refrán: “a río revuelto, ganancia de pescadores”. Y México era entonces un río revuelto. Y así fue objeto de las grandes potencias.
Algunos súbditos franceses radicados en el país se quejaron ante su Gobierno de que habían sufrido pérdidas en sus bienes, durante los continuos pronunciamientos. El Gobierno francés reclamó al de México el pago de una fuerte suma de dinero para indemnizar a los quejosos. El Gobierno francés no se concretó a reclamar esas cantidades, sino que envió una escuadra de diez buques a Veracruz, para amedrentar al Gobierno mexicano y obligarlo a que pagara lo que se le pedía. El comandante de la flota envió al Gobierno Nacional una nota amenazadora en forma altiva, fijándole un plazo para que resolviera favorablemente las demandas. Expirado este sin haber obtenido respuesta, bloquearon el puerto, durante un periodo de siete meses, que ocasionó graves trastornos para la ciudad y el país, ya que no podía efectuarse comercio marítimo por ese puerto.
Otros buques y nuevas tropas francesas llegaron a Veracruz. En Xalapa se entablaron pláticas para un arreglo, entre comisionados por el Gobierno mexicano y francés; pero tales pláticas fracasaron. El contralmirante Baudín declaró la guerra y atacó la fortaleza de San Juan de Ulúa el 27 de noviembre de 1838 que resistió, pero hubo de capitular y los franceses izaron allí su pabellón. Santa Anna, que estaba en su hacienda de Manga de Clavo, al oír el cañoneo se trasladó violentamente a Veracruz y tomó el mando de las fuerzas mexicanas. Con la toma del castillo parecía que los franceses suspendieran su actitud bélica; pero una mañana desembarcaron varios marinos franceses con la intención de apoderarse de Santa Anna, quien despertó sobresaltado y al saber de qué se trataba, rápidamente se puso al frente de la tropa y persiguió a los franceses y los obligó a reembarcarse. En esa acción murieron algunos franceses y otros resultaron heridos. También hubo bajas entre tropas mexicanas, Santa Anna fue herido en una pierna, que le fue amputada. Los franceses bombardearon la ciudad; las fuerzas mexicanas se retiraron a los médanos y los franceses ocuparon la ciudad.
Entonces en Gobierno mexicano comisionó al general Guadalupe Victoria y al veracruzano Manuel Eduardo Gorostiza, para que entablaran pláticas con los franceses. El Gobierno tuvo que aceptar las condiciones impuestas por los representantes de Francia; entre otras cosas se comprometió a pagar $600,000.00 (seiscientos mil pesos) que no había.
Entre los franceses reclamantes hubo un pastelero que exigía sesenta mil pesos, quien decía que en un motín le habían robado pasteles por valor de esa cantidad; cosa imposible, pues hay que pensar qué cantidad de pasteles se necesitaba para representar esa suma.
Y el Gobierno de Francia exigió del mexicano eso y más, al grado que, después de haber dejado satisfechos a todos los reclamantes, sobró dinero.
Esta absurda guerra se ha llamado Guerra de los Pasteles.
Primera invasión norteamericana, la defensa de Veracruz
Continuaron los pronunciamientos, con los más fútiles pretextos, en muchos lugares del país.
Mientras sucedían estos lamentables acontecimientos, se cernía sobre México un peligro mucho más grave.
En el lejano Estado de Texas, algunos mexicanos, en combinación con estadounidenses, pretendieron que aquel Estado se segregara de la Unión y constituyera una República independiente.
México no podía consentir en ello, pues sentaría un funesto precedente que podría conducir a la disgregación de la República Mexicana. Pero como el Gobierno estuvo siempre en situación comprometida por la falta de recursos y los continuos pronunciamientos, hubo de consentir en la separación de Texas. Mas cuando dicho Estado decidió unirse a la República de Estados Unidos de Norteamérica, México no pudo aceptar y estalló la guerra entre ambas naciones.
Los norteamericanos tras haber obtenido algunos triunfos en el Norte de nuestro país a costa de muchas vidas, decidieron invadir a México por el Oriente, y de agosto de 1846 a febrero de 1847 bloquearon el puerto de Veracruz con su poderosa escuadra. Algunas veces intentaron atacar el de Alvarado, pero fueron rechazados por los voluntarios alvaradeños, tlacotalpeños y de otros lugares de la costa de Sotavento.
Después de tan prolongado bloqueo la ciudad carecía de provisiones. Apenas unos cuatro mil hombres defendían la ciudad y el castillo de San Juan de Ulúa, a las órdenes del general Morales.
En marzo de 1847 el general norteamericano Scott, emprendió el desembarque de su tropa en un lugar cercano a la ciudad. Mientras esto ocurría en Veracruz en México hubo motines provocados por el Clero.
La situación de la ciudad de Veracruz era desesperada y el general Morales pidió auxilio a México; el Secretario de la Guerra le contestó que no podía ayudar a Veracruz “ni con un hombre, ni con un peso”.
El 22 de marzo; Scott pidió la rendición de la Plaza, y de no rendirse haría fuego sobre la ciudad. Los defensores se opusieron a la rendición. En consecuencia, comenzó el mortífero cañoneo sobre la ciudad y la fortaleza de Ulúa. Este bombardeo se prolongó durante los días del 23 al 28. Los cónsules de algunas naciones extranjeras pidieron a Scott que suspendiera el fuego mientras se sacaba de la ciudad a los heridos, a los niños, a las mujeres y a los ancianos; Scott se negó a ello y advirtió que dispararía sus cañones sobre los que emprendieran la salida. Se acabaron los víveres y las municiones, la situación se hacía angustiosa. El general Morales se obstinaba en seguir esa lucha desigual; pero comprendió que todo estaba perdido. Entregó el mando de las fuerzas al general Landero.
En Junta de Generales decidieron capitular y el día 29, las tropas mexicanas saludaban al pabellón nacional, que era arriado de Ulúa. Poco después fue izado el de las barras y las estrellas.
El significativo comportamiento de los defensores de la Plaza mereció el respeto y consideración de los vencedores, quienes les tributaron honores militares, cuando, formados, salieron de la ciudad.
En la defensa de Veracruz, muchos fueron los hechos sobresalientes, sin embargo, uno de los más notables fue el escenificado por el joven Sebastián Hozinger, quien estuvo en la defensa del baluarte de Santa Bárbara.
Los invasores avanzan hacia México
Los defensores de Veracruz, lejos de ser considerados por su comportamiento, recibieron mal trato, fueron confinados a distintos puntos, sin impartirles ayuda; fueron censurados acremente, al grado de que un munícipe que permaneció en la ciudad cuatro días después de la ocupación, para ayudar a los habitantes, fue acusado de traidor.
También Santa Anna reprochó la actitud de los defensores y calificó la capitulación como la deshonra de Veracruz y se dispuso a venir para enfrentarse al enemigo para lavar esa deshonra.
Sólo la Legislatura del Estado, en 1849, reconoció los méritos de aquellos y creó una medalla para ellos.
Santa Anna llegó a Xalapa con sus tropas. Aprehendió a los generales Morales y Landero y otros los envió a Perote. Se situó en Cerro Gordo para impedir el paso a los invasores el 18 de abril de 1847, pero fue derrotado en la batalla que ahí se entabló. Allí murió el general Ciriaco Vásquez; Santa Anna huyó a Orizaba.
Dos días después, los yanquis se apoderaron de Xalapa y cuatro días más tarde estaban en Perote. En Xalapa fusilaron a dos jóvenes: Ambrosio Alcalde y Antonio García, quienes había combatido a los invasores. Alcalde había sido hecho prisionero en Veracruz y puesto en libertad bajo la formal promesa de no volver a empuñar las armas contra los norteamericanos. Apenas libre, se incorporó a una de las guerrillas que hostilizaban a los invasores y cayó prisionero con su compañero García. Ambos fueron pasados por las armas, el 24 de noviembre sin que valieran ruegos de sus familiares y de la sociedad xalapeña. El sepelio de estos jóvenes fue una imponente manifestación de duelo y una muda protesta contra el invasor. Cuando los féretros eran bajados a la fosa, uno de los concurrentes lanzó un grito de ¡Viva México! Y todos prorrumpieron ¡Viva México!.
El Gobernador del Estado, don Juan Soto, había trasladado los Poderes a Huatusco, luego a Misantla y después a distintos poblados del Estado.
En el Estado se formaron muchas guerrillas que hostilizaban a los invasores, particularmente a lo largo de los caminos de Veracruz a Perote, y de Veracruz a Orizaba.
Los yanquis entraron a Puebla y se acercaron a México. Allí se registraron varios episodios, como la defensa del castillo de Chapultepec, por los alumnos del Colegio Militar. Pero esta resistencia fue inútil; los extranjeros se apoderaron de la ciudad y en el Palacio Nacional izaron su pabellón. El Gobierno mexicano, que se había trasladado a Querétaro, tuvo que pactar la paz con los invasores. Con esta injustificada guerra le fue arrebatado a México más de la mitad de su territorio.
Firmado ese convenio, los norteamericanos fuéronse retirados del país. El 30 de junio de 1848 entregaron la ciudad de Veracruz y se retiraron los últimos invasores y volvió a izarse la bandera nacional.
Esta fue la más desastrosa guerra que ha tenido que soportar México, pues por ella perdió, como se dijo, más de la mitad de su suelo.
Revolución de Ayutla
Después del tremendo desastre que significó la guerra con los Estados Unidos de Norteamérica, prosiguieron los disturbios entre los mexicanos, continuaron con igual frecuencia los motines, los pronunciamientos, las rebeliones, fomentados por los generales descontentos y ambiciosos de escalar más altos grados en la jerarquía familiar, por el Clero que se oponía a toda idea de innovación y de mejoramiento colectivo, y, en el fondo de todo esto, la perenne miseria de nuestro pueblo por el encantamiento de la producción agrícola, porque la tierra la poseían un grupo de ricos y la Iglesia, y ni ésta ni aquellos tenían por qué empeñarse en hacerla rendir mayor producción.
Esta serie de disturbios condujo precisamente adonde querían los retrógradas: llamar a Santa Anna para que ocupara otra vez la Presidencia de la República.
Consumado este acto, se inició uno de los períodos más oscuros de nuestra historia. Fueron suprimidas todas las libertades, no hobo más ley que la voluntad o el capricho del que se hizo llamar Alteza Serenísima, suprimió el Congreso de la Unión, las Legislaturas de los Estados; en lugar de los Gobernadores impuso Jefes de Departamento (desaparecieron los Estados libres e independientes). Estos Jefes de Departamento eran militares incondicionales, arbitrarios que por el terror mantenían la paz en las provincias. Muchos hombres intentaron sacudir esa brutal opresión, pero eran sacrificados. Algunos pagaron con su vida su anhelo de libertad en esos dos años terribles.
Por fin en 1854 el 1 de marzo se inició una verdadera revolución en el Sur del país (acaudillada por Florencio Villarreal, Juan Álvarez, viejo insurgente, e Ignacio Comonfort). Esa revolución se conoce con el nombre de Revolución de Ayutla, por el lugar donde estalló. Esta revolución desconocía a Santa Anna, restablecía el sistema Federal y convocaba a un Congreso Constituyente para elaborar una Constitución para el país. Esta revolución se propagó por todo el Territorio Nacional. En nuestro Estado abrazó esa causa el general Ignacio de la Llave, de Orizaba, quien con un grupo de paisanos operó por la zona de Córdoba, situándose frecuentemente en la sierra de Chiquihuite.
Santa Anna no pudo sofocar este movimiento nacional y tuvo que salir del país en 1855. El general Ignacio de la Llave, al triunfo de la Revolución, asumió la gubernatura del Estado.
Constitución de 1857. Las Leyes de Reforma
Triunfante la Revolución de Ayutla, el Clero continuó provocando disturbios, fomentando revueltas, motines, defecciones de generales sin pundonor, azuzando al pueblo desde el púlpito y el confesionario, en fin, valiéndose de enorme influjo moral sobre las masas y de sus gigantescos recursos económicos.
Entretanto se elaboraba por un grupo de mexicanos, la Constitución General de la República, sobre bases liberales. Esta Constitución fue promulgada el 5 de febrero de 1857. Ella restablecía el sistema Federal y, por consiguiente, la nueva creación de Estados libres, soberanos e independientes. El Estado de Veracruz quedó con la extensión y límites que actualmente tiene y dividido en dieciocho cantones y éstos en municipios. El Estado elaboró su Constitución particular.
La promulgación de la Constitución no trajo la paz entre los mexicanos; sino por el contrario: los elementos reaccionarios, el Clero en primer término y los viejos generales y, en una palabra, las clases privilegiadas se opusieron a ella. Toda la República fue in vasto incendió que tomó proporciones gravísimas, pues hasta el Presidente de la República, que había protestado respetar y defender la Constitución, la desconoció, pasándose al bando que la atacaba. Entonces, de acuerdo con esa misma Constitución, asumió la Presidencia de la República el licenciado Benito Juárez. Pero el grupo reaccionario sostenía también a su Presidente. Hubo, pues, dos Presidentes: uno, el legítimo, Juárez; otro, el usurpador, Zuloaga y después Miramón.
Las autoridades de Veracruz se declararon partidarias y sostenedoras de la Constitución y de Juárez; era Gobernador entonces el licenciado don Manuel Gutiérrez Zamora.
Al principio la victoria favorecía a los reaccionarios: Juárez y sus colaboradores se vieron en serios peligros y forzados a salir del país. Vinieron a establecerse en Veracruz, donde el Lic. Gutiérrez Zamora les había ofrecido asilo y ayuda.
Juárez estableció, pues, su Gobierno en la ciudad y puerto de Veracruz el 4 de mayo de 1858.
En virtud de que era el Clero, con sus enormes riquezas, el principal sostén de los enemigos del Gobierno, se imponía atacarlo y debilitarlo. Y al efecto, Juárez dictó una serie de leyes trascendentales que se conocen con el nombre de Leyes de Reforma, porque venían a modificar profundamente los regímenes y las instituciones. Hasta entonces todos los gobiernos de la Nación (y por consiguiente los de los Estados y también los Ayuntamientos), aún los más radicales, tenían ligas con la Iglesia; los gobernantes concurrían a las ceremonias eclesiásticas, suspendían sus labores en las festividades religiosas, contribuían con dinero para darle realce a las fiestas; se reconocían como legítimos los bautizos y casamientos religiosos; se reconocía a los cementerios como dependientes de la Iglesia. Juárez comprendió que era menester acabar con las tales prerrogativas, y dictó, como lo dijimos, las Leyes de Reforma.
He aquí algunas de esas leyes: Nacionalización de los bienes eclesiásticos (quiere decir, que todas las riquezas de la Iglesia pasaban a poder de la Nación Mexicana); separación entre la Iglesia y el Estado (quiere decir que ya no mantendría el Gobierno esas relaciones con la Iglesia); institución del Registro Civil (donde se asentarían los nacimientos, matrimonios y defunciones); el matrimonio es un contrato civil y ya no se reconoce oficialmente el matrimonio religioso; la Iglesia y las instituciones religiosas no podrán adquirir bienes raíces; la secularización de los cementerios (es decir, ya no serían de la Iglesia); libertad de cultos.
Estas leyes alentaron a los liberales y crearon una situación de descontento entre los conservadores y clericales, como se llamó a los enemigos de la Constitución.
Cuando Juárez estableció su Gobierno en Veracruz, Miramón sitió la ciudad, pero, no pudiendo tomarla ni rendir a los defensores de ella, se retiró. Un año más tarde emprendió una nueva expedición a Veracruz. Esta vez quiso atacarla por tierra y por mar. Al efecto comisionó al contralmirante Marín para que fuese a Cuba y adquiriese unos barcos, los equipara y atacara al puerto, mientras él, Miramón, lo bombardearía por tierra. Juárez carecía de buques. Al saber que Marín venía a atacarlo, contrató una corbeta norteamericana y mandó que saliese de noche rumbo a Antón Lizardo. La corbeta logró apresar a dos buques de Marín y conducirlos a Estados Unidos. Marín fue encarcelado, bajo el cargo de ser pirata. Miramón intimó rendición a la plaza, pero habiendo obtenido respuesta negativa, bombardeó la ciudad por cinco días consecutivos, al cabo de los cuales se rindió.
La guerra continuó por todo el país y en el Estado. Los liberales, que tantos reveses habían sufrido, fueron obteniendo una serie de señalados triunfos; las ciudades caían en su poder y la misma de México fue tomada por el general Jesús González Ortega el 1 de enero de 1861. Diez días después hacía su entrada triunfal en ella el Presidente de la República, Benito Juárez, considerándose este hecho como el triunfo de la Constitución de 1857.
Intervención Francesa y el Imperio. Los convenios de Soledad
Un nuevo conflicto, de graves proporciones, amagaba el país. Pronto el suelo veracruzano y el de la República serían un vasto campo de guerra.
El partido reaccionario no quedó conforme con su derrota y ya no se concretó a buscar el desquite, provocando motines o sublevaciones, sino que acudió a los gobiernos europeos en demanda de ayuda, comprometiendo no sólo los intereses del país sino la propia Independencia.
Inglaterra, España y Francia decidieron enviar sus escuadras a Veracruz, con el pretexto de reclamar al Gobierno mexicano la satisfacción de ciertos compromisos, en alarde de fuerza y superioridad. El 17 de diciembre de ese mismo año de 1861 llegó a Veracruz la escuadra española. El jefe de la expedición intimó rendición a la Plaza, y el Ayuntamiento le manifestó que estaba indefensa. Efectivamente: el Gobierno, deseoso de alejar todo pretexto para una guerra, ordenó que se suspendieran las obras de la defensa de la ciudad y salieran las fuerzas que la guarnecían. Las mencionadas fuerzas españolas tomaron posesión de la ciudad y del castillo de San Juan de Ulúa. Días después llegaron las escuadras francesa e iglesia.
En los caminos de Veracruz a Xalapa y de aquel puerto a Córdoba se hacían obras de defensa; en todas partes alentaba un vivo entusiasmo nacionalista; en todos los rincones del Estado se formaron grupos decididos a la lucha; otros ofrecían recursos, dinero, víveres, en fin, todos se aprestaban a rechazar al invasor en caso de que pretendiese avanzar; las mujeres ofrecían prestar auxilios, curar a los heridos, confeccionar ropa, etc.
Los invasores enviaron comisionados a México para entregar al Presidente Juárez un pliego en que constaban sus demandas.
Los reaccionarios enviaron comisionados a México para entregar al Presidente Juárez un pliego en que constaban sus demandas.
Los reaccionarios se pusieron de parte de los invasores. En Europa, los comisionados del partido conservador, ofrecían el trono de México a un príncipe.
Mientras tanto, los franceses recibían artillería, tiendas de campaña y esperaban nuevos contingentes de hombres.
El Gobierno de Juárez comisionó a Manuel Doblado, Ministro de Relaciones Exteriores, para que entablara pláticas con los representantes de las tres potencias. Tales pláticas se iniciaron en Purga (hoy Manlio Fabio Altamirano) y continuaron en La Soledad (hoy Soledad de Doblado) y se conocen con el nombre de Preliminares de Soledad Convinieron que los aliados europeos ocuparían las ciudades de Córdoba, Orizaba y Tehuacan (esta última en el Estado de Puebla) mientras duraran las negociaciones que deberían continuarse en Orizaba; también se estipuló que, en caso de que fracasaran las negociaciones, las fuerzas extranjeras se retirarían hasta cerca de Veracruz y que en esta ciudad y en el castillo de Ulúa se izaría el pabellón mexicano. Los españoles pasaron a Córdoba y Orizaba, los franceses a Tehuacan y los ingleses continuaron en Veracruz.
Las tropas mexicanas había sido retiradas de esas ciudades y se había concentrado un fuerte núcleo en Xalapa; después se trasladó el Cuartel General a Huatusco, para acudir pronto en caso de un rompimiento de hostilidades.
Se iba comprendiendo que los extranjeros, particularmente los franceses, tenían intenciones adversas al Gobierno, pues amparaban a los rebeldes que acudían a ellos, como Almonte, Márquez, Haro, Tamariz y otros caudillos.
Guerra con los franceses
Fracasaron las conferencias de Orizaba debido a la inconsecuencia de los franceses, que pretendían que Almonte tomara parte de ella. ¿Cómo había de permitirse, si las negociaciones se entablaban con los representantes de Juárez, o sea el Gobierno legítimo, y Almonte era un rebelde sin autoridad legal? Disgustados por esta actitud de los franceses, los ingleses y españoles optaron por arreglar sus dificultades con el Gobierno y conseguido esto, se retiraron dejando a los franceses embarcados en una aventura en la que perderían muchos hombres, mucho dinero, y sobre todo, el honor y el prestigio que tenían en Europa, como los mejores soldados del mundo.
Las intenciones de los franceses de intervenir en los asuntos mexicanos eran manifiestas; pero quisieron aprovechar las ventajas de su situación en Tehuacan y Orizaba, aunque para ello violaran lo pactado en Soledad.
El propio Salligny, agente diplomático francés que había firmado esos documentos, se expresó en estos términos : “que su firma valía tanto como el papel en que estaba escrita”.
Por fin se rompieron las hostilidades. Los franceses atacaron en Fortín, cerca de Córdoba a una avanzada que mandaba el general Porfirio Díaz y otra en Escamela, cerca de Orizaba, que mandaba Félix Díaz, hermano de don Porfirio. Estas avanzadas correspondían a las fuerzas del general Ignacio Zaragoza, quien estaba en Nogales y con la caballería en Acultzingo.
Estos hechos avivaron los sentimientos nacionalistas de los mexicanos. Nuevas tropas francesas llegaron a Veracruz. El ejército invasor avanzó hacia Puebla, de donde fueron rechazados con grandes pérdidas por el General Ignacio Zaragoza, en la célebre jornada del 5 de mayo de 1862.
El general Ignacio de la Llave, situado en la sierra de Chiquigüite, impedía el paso de los refuerzos franceses.
En Orizaba, los invasores activaban las obras de la defensa de la ciudad, pues temía que las fuerzas de Zaragoza llegasen a atacarlas. Este ameritado general llegó a Acultzingo donde esperó las fuerzas del general Jesús González Ortega, para atacar juntos aquella ciudad. Zaragoza proponía al general francés Lorencez, jefe de las fuerzas invasoras, una honrosa capitulación, que éste no aceptó. González Ortega se posesionó del cerro de El Borrego. Una india reveló a Lorencez, según se dice, la ocupación del cerro. Y durante la noche fueron subiendo fuerzas enemigas. “La sorpresa fue completa; se introdujo el desorden consiguiente en el ejército de González Ortega; ya no hubo lucha posible y el general dejó el puesto a los franceses”. “Fue aquel un revés de importancia, porque echó por tierra el plan de Zaragoza, que consistía en un ataque combinado a la ciudad”. Fallido el plan, Zaragoza cañoneó la ciudad y se retiró.
Las guerrillas republicanas causaban perjuicios a las fuerzas francesas. Porfirio Díaz hizo un recorrido por Huatusco y Xalapa. Tuxpan cayó en poder por los patriotas de Temapache y Tantoyuca y otros lugares de la Huasteca. Don Desiderio Pavón atacaba a las fuerzas expedicionarias francesas en el Norte del Estado e Hizo una brillante defensa de Pueblo Viejo (hoy Villa Cuauhtémoc). El puerto de Alvarado fue ocupado por los invasores, los cuales incendiaron los poblados de Vergara y Boca del Río, cerca de Veracruz, por considerarlos refugios de los guerreros “chinacos” (así eran llamados los guerrilleros costeños que luchaban a favor de la libertad de México).
Las fuerzas francesas al mando del general Bertier entraron en Xalapa, después de haber derrotado a los grupos de patriotas estacionados en el camino.
Las autoridades del Estado se trasladaron a Tlacolulan.
Las poblaciones de Coatepec y Xico cayeron en poder de los franceses.
Por segunda vez marcharon sobre Puebla las fuerzas francesas. La ciudad estaba defendida por las fuerzas que comandaba el general González Ortega (Zaragoza había muerto). Tras un sitio de dos meses y cuando los defensores no contaban ya con víveres ni municiones, destruyeron su armamento y entregaron la ciudad sin capitular ni pedir garantías para su vida.
Tras de la ocupación de Puebla, los franceses se dirigieron a México, mismo que ocuparon también. Juárez se vio obligado a salir de un lugar a otro para mantener incólume la legalidad, pues representaba el único Gobierno legítimo.
Con la toma de la ciudad de México, los invasores y los reaccionarios trataron de establecer un Gobierno, en tanto que en Europa Maximiliano de Habsburgo aceptaba ser Emperador de México, cargo ofrecido por los reaccionarios mexicanos que andaban gestionando la creación de un Gobierno imperial con ayuda de los ejércitos europeos. Napoleón III, Emperador de los franceses, ofreció ayudar a los imperialistas mexicanos y apoyar a Maximiliano.
Entretanto, el ejército invasor ocupaba nuevas ciudades en el interior del país, y en el Estado de Veracruz eran frecuentes los encuentros entre patriotas y enemigos; las guerrillas republicanas operaban principalmente por los caminos de Veracruz a Xalapa y de Veracruz a Orizaba. Dupin con su guerrilla de aventureros era el terror de los campos, incendiaba, asesinaba, “borraba del mapa del imperio” los poblados; operó en la zona de Huatusco y después en la Huasteca.
Maximiliano
El 29 de mayo de 1864 desembarcaron en Veracruz el Emperador Maximiliano y la Emperatriz Carlota.
En el muelle del puerto los recibieron las autoridades civiles y militares imperialistas, les fueron entregadas las llaves de la ciudad y, seguidos de la comitiva oficial, entraron en la ciudad, que estaba engalanada con cortinas, banderolas, arcos, etc. Repiques de campanas, salvas de artillería, cohetes y música festejaban la llegada de esos personajes. Pero en esta recepción faltaba el entusiasmo popular; todos los actos eran oficiales, el pueblo presenciaba silencioso ese recibimiento; tal acogida no era espontánea; los “¡Vivas!” eran obligados. Nunca como en otras ocasiones cuando el pueblo, desbordante de entusiasmo, celebraba algún fasto en el Historia Patria.
Sólo la autoridad civil y los militares parecían estar contentos.
Maximiliano expidió un manifiesto en el que llamaba a la unión a todos los mexicanos; prometía respetar las leyes del país y reconocer el Pabellón Nacional. Era una ironía que él invitase a los mexicanos a que se unieran, ya que era él el motivo de desunión; que ofrecería respetar las leyes del país, ya que con su sola presencia en el territorio mexicano las violaba, y reconocer la bandera mexicana, él, que se apoyaba en una nación extraña.
En Córdoba y Orizaba fueron recibidos con aclamaciones, vítores, repiques, cohetes, ceremonias religiosas muy solemnes, pero tampoco se observó entusiasmo del pueblo; se descubría que todo era oficial y obligado.
En Xalapa se hicieron festejos para celebrar la llegada de la pareja imperial; pero como no pasó por esa ciudad, en el día de la ceremonia colocaron sus retratos en la Casa Municipal y en la iglesia. Cuando, a fines de año, visitó la ciudad, se repitieron las fiestas que habían sido preparadas para la recepción inicial.
Al entrar en la ciudad de México, fueron recibidos con mayor pompa: festejos civiles, solemnidades religiosas.
Los patriotas no se intimidaron por las derrotas, ni por la llegada del Emperador y en todas partes sostuvieron con valor el heroísmo la causa de la República.
En el Estado de Veracruz diversos núcleos de liberales mantenían la causa con suerte variable: unas veces vencían a los franceses y a los traidores y otras eran vencidos. En el Norte del Estado, Pavón, Mascareñas y Jáuregui tuvieron que rendirse. Tlacolulan fue ocupada por los franceses después de la resistencia de los defensores. La Huasteca volvió a insurreccionarse y Pavón ocupó el puerto de Tuxpan; M. Ferrer, con sus patriotas de Papantla, Nautla y Tlapacoyan, persiguió a los franceses en aquellas zonas y ocupó Teziutlán (Estado de Puebla). En la costa de Sotavento ocupaba el general García con sus campesinos.
Maximiliano hizo un recorrido por Orizaba, Córdoba, Coscomatepec, Huatusco, Coatepec y Xalapa.
En 1965 comienza a cambiar la suerte de los republicanos: obtiene sonados triunfos, recuperan ciudades. Napoleón determinó retirar sus tropas. Los puertos de Tuxpan, Alvarado y Tlacotalpan, cayeron en poder de los republicanos y éstos amagaban la ciudad de Xalapa, que al fin cayó en poder de las fuerzas que comandaba el general Alatorre.
La situación era difícil para Maximiliano, quien pensó en abdicar y con tal fin había pasado a Orizaba para de ahí retirarse a Europa.
En 1867 ya se habían retirado las fuerzas francesas y Maximiliano sólo contaba para sostén con sus simpatizadores mexicanos. Éstos fueron de fracaso en fracaso, hasta perder todas las ciudades que había ocupado. A principios de ese año de 1967, sólo les quedaban Veracruz, Puebla, México y Querétaro. Puebla cayó en poder del general Porfirio Díaz; la ciudad de México fue sitiada por el mismo general Díaz; en Querétaro estaba el Emperador con sus esforzados generales Miramón y Mejía. La ciudad fue sitiada y tomada; Maximiliano, Miramón y Mejía fueron hechos prisioneros y fusilados el 19 de junio de 1867.
La ciudad de México se rindió. La de Veracruz estaba sitiada y después de soportar un asedio de cuatro meses, el 28 de junio de 1867, se rindió entrando en ella los generales García, Benavides, Baranda y Larrañaga.
El Presidente Juárez pudo volver a México, vencedor de la reacción y la intervención el 15 de julio.
Progreso material y cultural en el primer cincuentenario de la vida independiente
Al consumarse el triunfo de la República sobre el Imperio en esta segunda Guerra de Independencia, cumplíanse aproximadamente cincuenta años de que México se había independizado de Europa.
En ese lapso, los gobiernos de la República así como los de los Estados tuvieron que dedicar preferente atención a los constantes movimientos de oposición, los cuartelazos, los pronunciamientos, las defecciones y los conflictos como la intentona de Barradas, la Guerra de los Pasteles, la Invasión Norteamericana, la Intervención Francesa y el Imperio de Maximiliano. Fue un período continuo de luchas apenas interrumpido por algunos años de relativa paz, impuesta por las bayonetas de las más odiosas dictaduras. La atención estaba fija en la guerra; la guerra absorbía todos los recursos y todas las energías, no quedaba tiempo ni dinero para otras empresas.
Por lo mismo, al cumplirse el primer medio siglo de vida independiente, la Nación y el Estado de Veracruz también, se encontraban en las propias condiciones que subsistían en la Colonia; quizás hasta se podría marcar un retroceso en algunos aspectos.
Hasta 1829 los únicos medios de transporte eran las recuas, por lo que la arriería era importante oficio; las personas podían viajar en literas por el camino de Veracruz por Xalapa; en ese año se estableció el servicio de diligencias en esa misma ruta, y por la de Córdoba y Orizaba, cuando se construyó el puente sobre el río Jamapa, en Soledad (1854).
Hubo servicio de correos, dos veces por semana hasta 1835; de esta fecha hasta 1850 fue de tres veces por semana y después fue diario.
En 1845 se construyó el primer tramo de ferrocarril en el Estado (que fue el primero también de la República). Este tramo se había tendido de Veracruz a Paso de San Juan. En 1857 dos comisiones de ingenieros estudiaban el trazado de dos ferrocarriles de Veracruz a México, uno por Xalapa y otro por Orizaba. Comenzaron los trabajos en esta última vía y en 1965 llegaba a Soledad y dos años después a Paso del Macho. Fue en 1872 cuando se concluyó la vía y se inauguró el primero de enero de 1873. En 1824 Santa Anna había otorgado una concesión para construir un ferrocarril en el Istmo, de Coatzacoalcos a Salina Cruz, en el Pacífico, pero tal obra no se realizó, sino cincuenta años más tarde.
En 1854 se tendieron las primeras líneas telegráficas, comunicando la ciudad de Veracruz con Xalapa, Perote, Córdoba, Orizaba y ciudades del interior de la República.
Las indispensables obras de introducción de agua potable a Veracruz, proyectada apenas consumada la Independencia, se hicieron en 1866, bajo el régimen de Maximiliano.
Se proyectó un camino de Orizaba a Xalapa, pero nunca se ejecutó esta obra.
Se llevaron al cabo otras obras de menor costo, como la construcción de edificios públicos, arreglos de calles, plazas y jardines, mejoramiento de alumbrado público en algunas ciudades, construcción de algunos puentes en los caminos vecinales, etc. (En Veracruz se introdujo el alumbrado de gas en 1935).
La industria no pudo florecer; era apenas incipiente. En Xalapa y Orizaba existían desde los tiempos de la dominación española, algunas pequeñas fábricas de hilados y tejidos de algodón. En 1810 existía la de Lucas Martín, próxima a Xalapa; en 1836 se instaló El Dique y seis años después La Probidad y en 1852 la de San Bruno. Entre las fábricas de Orizaba la más antigua es la de Cocolapan, pues existía ya cuando llegó Maximiliano.
En cuanto a la educación popular poco se aventajó en el período a que nos estamos refiriendo: los particulares, los Ayuntamientos y la Iglesia sostenían escuelas primarias. En 1825, a iniciativa del educador huatusqueño, Miguel Sánchez Oropeza, se fundó en Orizaba el Colegio del Estado de Veracruz (Preparatorio); en 1843 se fundó el Colegio Preparatorio de Xalapa y en 1850 el Instituto Veracruzano en la ciudad de Veracruz.
Período tan turbulento no fue propicio para el florecimiento de las ciencias, las letras y las artes; no obstante, en el Estado de Veracruz, durante ese período se destacaron algunos hombres en las letras y en las artes. Mencionaremos algunos de ellos: el dramaturgo Manuel Eduardo Gorostiza, los poetas Manuel Díaz Mirón, Manuel Carpio, José Joaquín Pesado, José María Esteva; literatos como Bernardo Couto y Adalberto Esteva; historiadores como Joaquín Arroniz y José F. Tornel y Mendívil; pintores como Gabriel Barranco y Miguel Mata, el jurisconsulto Bernardo Couto, diplomáticos Sebastián Camacho, Miguel Santamaría y Manuel Eduardo Gorostiza, educadores como Miguel Sánchez Oropeza, Alberto López y otros muchos insignes veracruzanos, que supieron honrar con su talento y su esfuerzo a este Estado.
De 1867 a 1877
Triunfante la República, los veracruzanos y los mexicanos todos, comenzaron a restañar las sangrantes heridas con el bálsamo del trabajo.
Juárez continuó en la Presidencia de la República hasta que lo sorprendió la muerte el 18 de julio de 1872.
Desde 1862 era Gobernador del Estado el general José Juan Landero; fueron ocupando tan alto puesto otros ciudadanos, como interinos o suplentes. El primero de diciembre de 1867 tomó posesión el Gobernador Constitucional electo, el orador y Licenciado Francisco Hernández y Hernández. Sus esfuerzos tendieron a mejorar la administración y los servicios públicos, reorganizó el ramo de la justicia, reformó los Códigos del Estado, impulsó la apertura de Caminos y la construcción de obras públicas, amplió la red telefónica.
Hombre considerado de vasta cultura impulsó la educación popular hasta lo permitían las condiciones económicas del erario; fundó el Instituto Literario Veracruzano, la Biblioteca del Pueblo, en Veracruz (hoy Biblioteca Venustiano Carranza).
Al terminar su período constitucional fue designado Gobernador el licenciado Francisco Landero y Coss, cuya labor hacendaria fue realmente notable, ya que logró saldar las deudas del Estado, siendo Veracruz la primera entidad federativa que consiguió tal nivelación en sus presupuestos. El primero de enero de 1873 fue inaugurado el Ferrocarril Mexicano.
Fue electo para sucederle en el Gobierno el licenciado José María Mena, hombre culto e impulsor del progreso y de la educación popular. A su iniciativa se fundaron los colegios Preparatorios de Orizaba, Veracruz, Tlacotalpan y Córdoba y la reinstalación del de Xalapa.
A los pocos días de iniciada la administración del Licenciado Mena, bajo tan buenos auspicios, ocurrió un hecho trascendental para los destinos del país y, por consiguiente, para los del Estado. En enero de 1876 se sublevó en Tuxtepec (Estado de Oaxaca) un general, proclamando un plan en el que se desconocía al Presidente de la República, que era el veracruzano don Sebastián Lerdo de Tejada. El general Porfirio Díaz, que se había radicado en Tlacotalpan, se puso al frente del movimiento rebelde. El general Couttolenne secundó la rebelión en el Estado. La sublevación cundió por muchas partes del país y Lerdo de Tejada se vio precisado a dejar la Presidencia de la República y salir del territorio nacional, en tanto que el general Díaz asumía el cargo.
Esta rebelión de Tuxtepec o porfirista tuvo hondas repercusiones en el Estado. El Gobernador Mena tuvo que dejar el puesto y tras un corto interinato del general Marcos Carrillo, el general Díaz impuso en el Gobierno al general oaxaqueño Luis Mier y Terán.
La Dictadura
Corría el año de 1878. entre los grupos desafectos al régimen que instituía el general Porfirio Díaz, particularmente entre los que simpatizaron con el licenciado Sebastián Lerdo de Tejada, efervescía tal descontento que se manifestaba ostensiblemente en diversos lugares del país.
Ya dijimos que era Gobernador del Estado el general Luis Mier y Terán, partidario fiel y amigo de confianza del general Díaz.
En México se supo que en Veracruz se tramaba un complot para derrocar al general Díaz. El Gobernador ignoraba esas actividades y de quiénes podrían ser los inodados. Por eso, cuando el general Díaz le recomendó que extremara su vigilancia e hiciera abortar ese movimiento, contestó que en todo el Estado reinaba completa calma. Por segunda vez insistió el Presidente en que tenía conocimiento de que se fraguaba un serio complot y le recomendara tomara todas las precauciones, y por segunda vez el Gobernador Mier y Terán informó que no existía el menor indicio de peligro de que la paz y el orden fueran turbados, que en el Estado el Presidente contaba con partidarios fieles.
Cuando el general Mier y Terán supo que la oficialidad y la tripulación del buque de guerra “Libertad” se hallaba anclado en Tlacotalpan, se había sublevado. El Gobernador se sorprendió. Lo que más le preocupaba era que el general Díaz lo calificara de torpe, de inactivo o desleal. Por eso, cuando le informaron que varios vecinos de la ciudad de Veracruz estaban comprometidos en la sublevación y el Presidente le ordenó que procediera enérgicamente contra los inodados, quiso demostrar con hechos su lealtad al Presidente de la República. Cautelosamente, en la noche del 24 de junio, mandó aprehender a los comprometidos, sacándoles de sus casas y conduciéndolos al cuartel donde fueron encerrados. Y entre las sombras de esa noche fueron fusilados en ese lugar y en forma alevosa y villana nueve ciudadanos.
Este hecho causó indignación en todos los veracruzanos y aun en el país.
En general Mier y Terán fue acusado ante el Congreso de la Unión y la Suprema Corte de Justicia de la Nación, pero nunca se llegó a proceder en su contra, puesto que era, como dijimos, amigo del general Porfirio Díaz.
Fue de tal magnitud la tragedia que ni el propio general Mier y Terán, ni el mismo Presidente de la República, general Díaz, quisieron asumir la responsabilidad de aquellos asesinatos. Quienes defendían al general Mier y Terán argüían que éste acató instrucciones del Presidente de la República; este alto funcionario atribuía lo ocurrido a una errónea interpretación de la orden o a exceso de celo en el cumplimiento de esas órdenes.
Pero tal fue la reacción que produjo ese bochornoso acontecimiento que el general Mier y Terán tuvo que dejar el Gobierno del Estado, y todo esto debe haberle producido tan grande impresión, que algún tiempo después perdió el uso de la razón.
Aquellas víctimas son conocidas como “Los Mártires de Veracruz” o “Mártires del 25 de junio”.
El gobierno del general Juan de la Luz Enríquez
Cuando el general Luis Mier y Terán dejó la gubernatura del Estado, lo sustituyó el general Eulalio Vela y el primero de diciembre de 1880 hizo entrega del mando al Gobernador Constitucional electo, don Apolinar Castillo. En los dos años que estuvo al frente de la administración pública del Estado, impulsó las obras materiales, particularmente en Orizaba, que para esas fechas era la Capital del Estado. En 1881 abrió en esa ciudad la Primera Exposición Veracruzana.
No concluyó su período gubernamental, pues la Legislatura del Estado lo reveló del mando, nombrando Gobernador sustituto al general José Cortés y Frías, que completó ese período gubernamental.
El primero de diciembre de 1884 tomó posesión del Gobierno del Estado, el general Juan de la Luz Enríquez, quien por sus antecedentes militares y sus ideas democráticas gozaba de generales simpatías en el pueblo veracruzano. Era natural de Tlacotalpan. Había sobresalido en las luchas que el pueblo mexicano había sostenido contra los franceses y los imperialistas, en cuyas campañas había logrado sus ascensos por sus méritos indiscutibles.
En 1885 trasladó los poderes a Xalapa, convirtiéndola así otra vez en capital del Estado.
El gobierno del general Enríquez, se caracterizó por el fuerte impulso que dio al progreso material y cultural del Estado; por su apego a las instituciones democráticas. Realizó obras materiales de utilidad pública y de ornato en Veracruz y Xalapa y otras poblaciones del Estado, mejoró los caminos; suprimió las alcabalas, con lo que el comercio se desarrolló más libremente en beneficio de las clases populares; estableció la Imprenta del Estado. Pero donde más se destaca el general Enríquez como gobernante fue en su empeño de mejorar y difundir la cultura popular por la Escuela.
La educación pública en el Estado, que había progresado más que en otras Entidades, desde los Gobiernos de Hernández y Hernández y Landero y Coss, con el general Juan de la Luz Enríquez alcanzó mayor desarrollo y fue debidamente organizada. Su obra inmortal fue la creación de la Escuela Normal Veracruzana, que puso bajo la muy acertada dirección del eminente maestro suizo, Enrique C. Rébsamen, y que contó con una selecta plana de Catedráticos, que bien pronto dieron fama a la Escuela, no solamente dentro del Estado, sino en toda la República. El 1 de diciembre de 1886 se inauguró ese establecimiento de enseñanza, de donde irradió por todas partes la reforma de la educación primaria, reforma que había germinado en el Instituto Laubscher que funcionó en Orizaba pocos meses antes de la fundación de la Escuela Normal.
Fue de tal trascendencia la creación de la Escuela Normal, que todos los gobiernos posteriores han reconocido su importancia y la han sostenido y mejorado.
Enríquez creó también las llamadas Escuelas Cantonales, escuelas primarias tipos, establecidas en las cabeceras de los Cantones.
Durante el Gobierno del general Enríquez se rebelaron los indios de la región de Papantla. Esta rebelión fue justificada. Desde que el general Díaz instituyó su gobierno personal, se inclinó siempre a favor de los ricos y desatendió a los pobres; favoreció a sus tierras comunales para formar parcelas de propiedad individual, que fueron cayendo fácilmente en manos de acopiadores.
Este trabajo de fraccionamiento y deslinde fue otorgado a la Comisión Deslindadora, que en compensación a sus servicios, obtenían hasta un tercio de los terrenos baldíos, posesionándose así de grandes extensiones y destruyendo los ejidos. Los indios reclamaron justicia, protestaron por los atropellos, pero no fueron oídos y asumieron una actitud de franca rebeldía. Pronto fueron sometidos por fuerzas de la Federación y del Estado.
En 1890 se concluyó con el tramo del Ferrocarril Interoceánico de Veracruz a Xalapa, terminando la vía entre el puerto y la capital de la República en mayo de 1892.
En 1888 el general Enríquez fue designado para continuar un nuevo período de cuatro años en la gubernatura del Estado; pero el 17 de marzo de 1892 falleció repentinamente.
Teodoro A. Dehesa
Tras cortos interinatos de los señores Manuel Leví y Leandro M. Alcolea, tomó posesión, el primero de diciembre de 1892, como Gobernador Constitucional, el señor Teodoro A. Dehesa, quien rigió los destinos de la Entidad por dieciocho años (19 de junio de 1911).
Su actuación coincidió con la época en que la dictadura del general Díaz estaba más cimentada.
El general Díaz tuvo como primera y principal finalidad de su Gobierno, hacer la paz e imponer el orden en toda la Nación, que había vivido una vida turbulenta y anárquica desde que surgió como Estado independiente. Para lograr este objetivo ahogó las aspiraciones ciudadanas y suprimió las libertades; impuso en los gobiernos de los Estados a personas leales a él y supo aprovechar a las ambiciones de los altos funcionarios; concertó una tregua con el Clero, tregua que fue una violación a los preceptos constitucionales. Hizo la paz, una paz impuesta por las bayonetas y a costa del sacrificio de las libertades.
Lograda la paz, quiso acelerar el progreso material del país. Para esto hizo amplias concesiones a los capitalistas extranjeros, con grave detrimento de los intereses de los trabajadores y de la Nación.
Atraídos por estas concesiones, los extranjeros instalaron grandes industrias, impulsaron la minería, los ferrocarriles, obras en los puertos, etc. Entonces se organizaron las compañías, casi todas extranjeras, que fundaron las fábricas de hilados y tejidos de Río Blanco (1892), Santa Gertrudis (1893), Santa Rosa (1896), san Lorenzo y Cerritos (1899), todas en la región orizabeña. En 1895 se estableció la fábrica de cerveza “Moctezuma”. Simultáneamente se instalaron las plantas hidroeléctricas de Rincón Grande, Barrio Nuevo y Tuxpango, en esa misma región y la de Texcoco en la de Coatepec (1896).
En 1892 se terminó la construcción del Ferrocarril Interoceánico y en 1894 la del Nacional de Tehuantepec, y las obras en el puerto de Coatzacoalcos; los ferrocarriles de Veracruz al Istmo y de Tierra Blanca a Córdoba y de Xalapa a Teocelo.
En 1895 se reanudaron formalmente las obras que transformarían el puerto de Veracruz en un excelente puerto artificial y la ciudad en una de las más limpias e higiénicas de la República; obras en las que el Gobierno Federal invirtió la considerable suma de $35’000,000.00 (treinta y cinco millones de pesos), y que consistieron en diques, rompeolas, malecones, muelles, almacenes, oficinas aduanales, faros, etc., desecación de pantanos, obras de drenaje y de distribución de agua, pavimentación de las calles, etc.
El gobernador Dehesa en su larga actuación y consiguiendo las mismas normas presidenciales, fomentó las obras públicas en el Estado, tales como mejoramiento de caminos, apertura de otros, construcción de puentes, edificios públicos, escuelas, mercados, paseos. En Xalapa levantó los edificios de la Escuela Primaria y de la Industria para Señoritas.
El señor Dehesa vio con simpatía el movimiento revolucionario que encabezó don Francisco I. Madero en 1910, aunque no participó en él porque no pudo o no quiso desprenderse de sus compromisos con el régimen del cual formaba parte y romper sus relaciones con el general Díaz.
La Revolución. Orígenes del Movimiento Obrero
El desarrollo de la industria, organizada sobre bases de la explotación del trabajo del obrero y con miras de procurar al empresario grandes beneficios, creó una situación cada vez más difícil para el trabajador.
El obrero percibía salarios exiguos, insuficientes para satisfacer sus necesidades, por un trabajo agobiador durante diez o más horas diarias, en departamentos faltos de aire y luz, expuestos a accidentes; cuando sufría alguno de estos accidentes, el obrero en vez de ser indemnizado era expulsado de la factoría; igual suerte corría el que envejecía en el trabajo, pues falto ya de fuerzas, imposibilitado para dar rendimiento al patrón era arrojado a la calle. La explotación era completa. Además de la escasa retribución por el trabajo, el obrero percibía ese salario en fichas que solo eran admitidas en las “Tiendas de Raya”, expendios de víveres y mercancías de baja calidad a precios altos y medida y peso escasos. Y allí tenían que proveerse forzosamente los operarios, puesto que eran los únicos establecimientos donde admitían las fichas o “vales” de la empresa.
Los obreros, que sentían todo el peso de esta injusta situación, elevaban sus quejas, pero nunca fueron escuchadas. Algunos, que leían los periódicos cómo se organizaban los obreros de otras partes del mundo para obtener alguna mejoría, comenzaron a difundir entre sus compañeros esas ideas de organización y de lucha.
Comenzaron por agruparse en sociedades Mutualistas. Pronto se convencieron que esa forma de agrupación, si bien les reportaba algunos benéficos resultados, no era la adecuada para remediar su situación, para ir arrancando a los patrones uno a uno los beneficios a que tenían derecho. Entonces comenzaron a formar uniones sindicales, para poder luchar contra las empresas y conquistar por la fuerza de la organización lo que les correspondía y se les negaba.
La huelga de Xalapa. Los Mártires de Río Blanco
Los primeros en organizarse fueron los obreros de la ciudad de Xalapa.
En el mes de febrero de 1905 los tabacaleros que trabajaban en la fábrica de puros “El Valle Nacional”, en Xalapa, manifestaron su descontento por algunas disposiciones de la empresa; pero ésta, como de costumbre, no las modificó. Ante esta actitud intransigente de los patrones, los obreros fueron a la huelga.
La suspensión de labores duró un mes, al cabo del cual la empresa accedió a la demanda de los trabajadores. Esta fue la primera huelga de obreros, no solamente en el Estado de Veracruz, sino en toda la República Mexicana. Y fue el primer triunfo del movimiento sindical.
En vista del éxito alcanzado por los trabajadores de “El Valle Nacional”, los obreros de las fábricas de hilados y tejidos, los ferrocarrileros y otros trabajadores formaron agrupaciones sindicales.
En 1906 las empresas industriales de los Estados de Veracruz y Puebla, queriendo contrarrestar el empuje de los sindicatos obreros, pusiéronse de acuerdo para establecer un reglamento de trabajo en las fábricas, reglamento que sujetaba a los operarios a las condiciones impuestas por las empresas y que lesionaba los intereses de los trabajadores. Ante esta actitud de las empresas, los obreros de la industria textil del Estado de Puebla decretaron una huelga y sus compañeros de Río Blanco y Santa Rosa (hoy Ciudad Mendoza) secundaron el movimiento, es decir, también se declararon en huelga.
Entonces las empresas convinieron en someter la cuestión al fallo del Presidente de la República. Este fallo fue adverso a los obreros. El Gobierno quiso obligar a los trabajadores a que volvieran a sus tareas.
Llegó el 7 de enero de 1907, día en que deberían reanudar sus trabajos. El hambre acosaba ya a las familias obreras; no había pan para sus hijos, porque las tiendas de raya no querían proporcionarlo. Los obreros de Río Blanco asaltaron e incendiaron la tienda de raya a los gritos de “¡Abajo Porfirio Díaz!”, “¡Viva la Revolución Social!”
De Río Blanco los obreros fueron a Nogales y Santa Rosa y unidos a los de las fábricas de aquellas ciudades, incendiaron las tiendas de raya de esos lugares.
Acudieron inmediatamente fuerzas federales al mando del Coronel Rosalino Martínez, las que ametrallaron a los obreros, a mujeres y niños que huían horrorizados. Muchos fueron hechos prisioneros, algunos de los cuales fueron fusilados y otros deportados.
Los cadáveres de los obreros que se recogieron es ese aciago día fueron llevados a Veracruz y arrojados al mar, para que nunca se supiera el número de las víctimas.
Esas víctimas inmoladas en aquel 7 de enero de 1907, las primeras sacrificadas en nuestro Estado para llevar al triunfo la causa de los obreros y de todos los trabajadores, han pasado a la historia con la designación de “Los Mártires de Río Blanco” o “Mártires del 7 de Enero de 1907”.
La Revolución Maderista
Vimos que la situación de los obreros de las fábricas no era nada envidiable; la de los peones del campo era igualmente aflictiva; las mismas duras condiciones de trabajo, doce o más horas de fatigosas faenas diarias, jornales exiguos, las “tiendas de raya”, los tugurios por viviendas, las deudas con el patrón que no podían saldarse nunca, dejaban encadenado al trabajador con el amo para toda la vida y, a su muerte, los hijos heredaban el fardo agobiador de las deudas. Las tierras comunales y muchas pequeñas áreas de propiedad particular fueron arrebatadas por acaparadores que ensancharon con ellas sus ya vastos latifundios.
Reinaba, pues, justificado descontento entre los trabajadores del campo, de las minas, de los ferrocarriles, de las fábricas, de los talleres; el descontento cundió entre los periodistas independientes, entre los escritores libres, entre los estudiantes que anhelaban un porvenir mejor para México, entre los profesionales que se daban cuenta del hondo malestar; en fin, el descontento general. Sólo seguían adictos al régimen de opresión el ejército, por la rígida disciplina a que estaba sujeto, el Clero, porque se le respetaban sus privilegios y los capitalistas que crecían a sus anchas.
En las ciudades y aun en poblados de segunda categoría se instalaron clubes políticos que trabajaban para cambiar el estado de cosas existente, formar un nuevo Gobierno que otorgara mayores garantías a todos los trabajadores y libertades a todos los ciudadanos para ejercitar sus derechos.
Para 1906, en el Sur del Estado de Veracruz Hilario C. Salas con un puñado de hombres había iniciado la empresa de atacar al régimen porfirista. Se sublevó a la sierra de Soteapan, atacó la Plaza de Acayucan donde fue herido. En 1908 Santana Rodríguez (alias Santanón) se rebeló en Acayucan. Pronto fue sofocado el movimiento rebelde.
Tales sublevaciones esporádicas eran indicio claro de que el pueblo agotaba ya su paciencia y acudiría al llamado que le hiciese algún caudillo.
Entre las personas más destacadas que hacían campaña de oposición al Gobierno del general Díaz, apreció Francisco I. Madero, quien recorrió todo el territorio nacional haciendo activa propaganda de las ideas libertarias y con optimismo contagioso convencía a los ciudadanos de que había llegado la hora de recobrar los derechos cívicos, y por todas partes se instalaron clubes antirreleccionistas.
Madero inició su primera gira en Veracruz en junio de 1909 y dejó instalado el primer Club Antirreleccionista. En mayo del año siguiente, en su tercera gira estuvo en Orizaba, Córdoba, Veracruz y Xalapa.
Pero Madero fue encarcelado en San Luis Potosí; logró fugarse a Estados Unidos de Norteamérica. En la ciudad de San Luis Potosí había redactado un plan que sirvió de bandera a los maderistas.
En ese año de 1910 se efectuaron las elecciones presidenciales y el voto popular que había designado para Presidente al señor Madero fue burlado y fue declarado reelecto el general Porfirio Díaz.
Entretanto en todo México se conmemoraron fastuosamente el Primer Centenario de la Proclamación de la Independencia Nacional por el Cura de Dolores, Miguel Hidalgo y Costilla, el 16 de septiembre de 1810.
En vista de que el Gobierno atropellaba a los antirreleccionistas y no respetó el voto del pueblo, los oposicionistas resolvieron conquistar las libertades por medio de las armas. Se trabajó cautelosamente para preparar la lucha armada, que debería estallar el 20 de noviembre de (1910).
Descubiertos en la ciudad de Puebla, los conspiradores maderistas fueron atacados por fuerzas federales; la familia Serdán se batió con los fieles al porfirismo, y Aquiles Serdán, uno de los dirigentes del movimiento maderista, murió en esa lucha el 18 de noviembre.
Fue la señal de la contienda. En el Norte del país, en el Sur, en el Oriente, en el Occidente, en el Centro, en todas partes se levantaron grupos armados.
En nuestro Estado el señor Gabriel Gavira preparó el movimiento de rebelión, en Orizaba. Rafael Tapia, con unos obreros de Río Blanco, se levantó en armas el propio día veinte de noviembre; atacado por la fuerza gobiernistas se retiró a las sierras en los límites con el Estado de Puebla. Gavira tuvo que huir (se refugió en la Habana), su familia fue aprehendida. El día 29 de ese mes se levantó en armas Enrique Colmenares, en Paso del Macho. Cándido Aguilar, con un grupo de campesinos de las cercanías de Atoyac y Córdoba, asumió igual actitud. Después reorganizó sus fuerzas y Rafael Tapia las que tenía a su mando, y ambos jefes recorrieron casi todo el Estado.
Otros antirreleccionistas que en el Estado de Veracruz empuñaron las armas fueron: los hermanos Pedro y Clemente Garibay, Heriberto Jara, Agustín Millán, Camerino Z. Mendoza, Miguel Alemán, Juan Rodríguez Clara, Guadalupe Sánchez, Adolfo G. García, Adalberto Palacios, Manuel H. Morales, Ramón Caracas, los hermanos Manuel y Ricardo Hernández del Moral y otros que forman la legión. Y cosa semejante ocurrió en los demás Estados de la República.
Ante el empuje de la Revolución, el general Díaz se fue al extranjero; otro tanto hubo de hacer el Gobernador del Estado don Teodoro A. Dehesa.
Tras los interinatos de Eliécer Espinoza y Francisco Delgado fue nombrado Gobernador Emilio Léycegui.
Se convocó a nuevas elecciones para Presidente y Vicepresidente de la República y para Gobernador del Estado. Para los primeros cargos fueron electos don Francisco I. Madero y don José María Pino Suárez; para Gobernador del Estado de Veracruz, el licenciado Francisco Lagos Cházaro.
El Nuevo Régimen
México comenzaba a vivir una nueva vida; entraba en una nueva etapa de su Historia. Interrumpida la paz para alcanzar por la fuerza de las armas la libertad, parecía que después del derrocamiento de la dictadura, todos reconocieran el legítimo triunfo de la Revolución y todos volverían a empuñar los instrumentos del trabajo.
Pero los vencidos no pudieron quedar conformes con su derrota y aceptar el nuevo estado de cosas que, en verdad, en nada o en muy poco los había afectado, ya que el ejército conservó su jerarquía, el clero sus privilegios y los capitalistas sus riquezas; pero no obstante, comenzaron a luchar contra lo establecido.
Comenzaron por sembrar la división entre los mismos revolucionarios, a hacer mofa de los hombres y de las instituciones por medio de la prensa, que casi toda estaba a favor, o asumir actitudes abiertamente desafiantes y de rebeldía.
Así fue como en la Huasteca se rebeló el ex federal Celso Acosta y fácilmente ocupó las poblaciones de Ozuluama, Tantoyuca y Chicontepec y otras de menor importancia. Pronto fue sofocado este movimiento (1911).
El 16 de octubre de 1912, el general Félix Díaz, que en la Habana había tramado una conspiración, por sorpresa se apoderó de Veracruz y del castillo de San Juan de Ulúa. Lanzó un manifiesto esperando que otros secundaran la rebelión en otras ciudades del país; pero nadie se adhirió a su plan. El Gobierno Federal envió tropas al mando del general Joaquín Beltrán para recuperar la plaza Veracruz. Félix Díaz se vio obligado a capitular y, prisionero, fue internado en el castillo. Un Consejo de Guerra lo condenó a muerte, y sólo se libró de ser fusilado, gracias a la oportuna intervención del Presidente Madero. Fue conducido a México donde, en la prisión misma en que se internó, fraguaba un complot para derrocar al Presidente de Madero, no obstante que le había salvado la vida.
El primero de diciembre de 1912 había tomado posesión del Gobierno del Estado el señor Antonio Pérez Rivera; pero hubo de renunciar por exigirlo así Victoriano Huerta y fue impuesto el general Eduardo C. Cáuz. La República entera tuvo que soportar la dictadura de Victoriano Huerta.
La Revolución Constitucionalista
Los trágicos sucesos de la capital de la República provocaron indignación en los revolucionarios.
Don José María Maytorena, en Sonora, y don Venustiano Carranza, en Coahuila, asumieron la actitud de no reconocer como Presidente de la República a Victoriano Huerta y encabezaron una revolución para derrocar al usurpador y volver al país a las normas constitucionales.
Venustiano Carranza proclamó el 26 de marzo de 1913, el Plan de Guadalupe, llamado así por el nombre de la hacienda donde fue firmado.
Pronto la Revolución, como un incendio, se propagó por el territorio nacional. En el Norte del país los principales caudillos eran Carranza, Álvaro Obregón y Francisco Villa; en el Sur, Emiliano y Eufemio Zapata, y en Veracruz secundaba el movimiento revolucionario Cándido Aguilar, Heriberto Jara, Adolfo G. García, el Profesor Marcelino M. Murrieta, Adalberto Palacios, Guadalupe Sánchez, el Profesor Francisco R. Bertani, Silvino García, Miguel Alemán, Adalberto Tejeda y muchos más.
Los triunfos de los revolucionarios repercutieron en el Gobierno de Huerta, el cual, para sostenerse, recurrió a toda clase de crímenes, asesinatos, atropellos y vejaciones. El Gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica había enviado buques de guerra a Tampico y Veracruz. En Tampico ocurrió un incidente entre las fuerzas que guarnecían la Plaza y algunos marinos norteamericanos. Con este motivo, el disgusto entre el Gobierno de aquella Nación y Huerta se hizo más grave. El Gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica ordenó que las fuerzas que navegaban en aguas de Veracruz desembarcaran y ocuparan esa ciudad. Sin previa declaración de guerra a las once de la mañana del día veintiuno de abril de 1914 comenzaron a desembarcar. Las fuerzas huertistas que guarnecían la Plaza recibieron instrucciones de retirarse. Entonces el pueblo, los presos, los alumnos de la Escuela Naval hicieron defensa de Veracruz en esa fecha. Desde los buques, los cañones metrallaban sobre la ciudad para proteger el desembarque de los marinos.
En la defensa de la Escuela Naval se distinguieron los alumnos: Eduardo Colina, Virgilio Uribe, Ricardo Ochoa, José Azueta y Jorge Alacio Pérez; así como, todos los Jefes, Oficiales, alumnos y hasta los modestos empleados de la servidumbre.
Los norteamericanos se apoderaron de la ciudad y en ella permanecieron hasta noviembre de aquel año.
Entretanto, la Revolución iba de triunfo en triunfo, lo mismo en la República que en el Estado.
El general Cándido Aguilar, que operó en el Norte del Estado, ocupó las ciudades de Tuxpan, Papantla y otras y entró triunfante en Xalapa, en agosto de ese año.
Huerta había huido al extranjero y Carranza había ocupado la capital de la República.
Carranza en Veracruz. El gobierno del general Cándido Aguilar
Pronto surgieron desavenencias entre los principales jefes revolucionarios; Villa, con una parte considerable del Ejército Constitucionalista, se rebeló contra Carranza y ocupó importantes Plazas de la República y amagaba a la ciudad de México. Carranza abandonó dicha ciudad y se hizo fuerte en la de Veracruz en diciembre de 1914.
Las fuerzas constitucionalistas ocupaban las poblaciones de alguna importancia, pero los caminos y los campos eran recorridos por gavillas de villistas, zapatistas (partidarios de Emiliano Zapata) y felicistas (simpatizadores del general Félix Díaz).
En Veracruz, Carranza dirigía la campaña en contra de los desafectos e inició importantes reformas sociales y políticas. Comprendió que una de las causas más serias que empujaban a los hombres a la Revolución, fueron los abusos de los Jefes Políticos, amigos de los Gobernadores enviados a Cantones a ejercer la autoridad y procurarse manera fácil de enriquecerse; por eso Carranza expidió un decreto por el cual quedaban suprimidas dichas jefaturas y se creaban los Municipios libres.
Comprendió también que los campesinos fueron a la lucha no sólo para recuperar su libertad, sino para mejorar sus condiciones económicas y recuperar las tierras que les habían sido arrebatadas, y Carranza expidió la famosa Ley del 6 de enero de 1915, en la que ofrecía la restitución de ejidos a aquellos pueblos que los habían tenido y la dotación de ellos a los que los solicitasen; prometían también el fraccionamiento de los latifundios entre los trabajadores del campo.
Entendió que los obreros de las fábricas fueron a la guerra civil para asegurar sus derechos y obtener por su trabajo remuneración suficiente para atender a las necesidades de la familia.
Se dio cuenta, en fin, que era menester reformas radicales en todas nuestras leyes, de la Constitución, inclusive, y crear otras que garantizaran los derechos de los trabajadores. Convocó entonces a un Congreso para que estudiara una nueva Constitución. Este Congreso de reunión en Querétaro y expidió la Constitución General de la República el 5 de febrero de 1917.2
Entretanto, el general Obregón, al frente del Ejército Constitucionalista, alcanzaba sonados triunfos diezmando y dispersando los fuertes núcleos villistas. Carranza había vuelto a la ciudad de México. En el territorio veracruzano, como casi en todo el país, continuaban incursionando las gavillas rebeldes, con los nombres de villistas, zapatistas, felicistas.
Desde 1914 fue designado Gobernador del Estado el general Cándido Aguilar, sustituyéndolo interinamente, entre otros, los generales Agustín Millán, Heriberto Jara, Adalberto Palacios, Doctores Mauro Loyo y Delfino Victoria y Licenciados J.M. Mena y Juan J. Rodríguez. Durante la gestión del general Aguilar, la Legislatura estudió las reformas a la Constitución del Estado y, el 16 de septiembre de 1917, fue promulgada la nueva Constitución Política del Estado de Veracruz.
En 1915 el general Aguilar convocó a un Congreso Pedagógico, que sentó las bases de una organización escolar, con planes de estudios y programas, de conformidad con las ideas revolucionarias. Expidió la primera Ley del Trabajo (14 de enero de 1918), en la que se garantizaban los derechos del obrero, se reglamentan las horas de trabajo, el salario, que debe percibir el trabajador, la responsabilidad del patrono por accidentes del trabajo y enfermedades profesionales; reconoce plenamente los derechos de los obreros para formar sindicatos y para declarar huelgas, etc.; Ley revolucionaria y aventajada que sirvió de modelo a otras Entidades para legislar en materia de trabajo. También expidió la Ley del Orgánica del Municipio de Libre el 11 de enero de 1915.
En 1919 comenzaron las actividades electorales para elegir Presidente de la República. Se definieron dos candidaturas: la del ingeniero Manuel Bonillas y la del general Álvaro Obregón. Carranza apoyaba a la primera. Obregón contaba con grandes simpatías en el Ejército, entre los obreros y campesinos y aun entre muchos de los jefes de las gavillas de alzados en armas, diseminados en el país. Ante la actitud del señor Carranza, la mayor parte del Ejército se sublevó. Carranza tuvo que salir de la ciudad de México y se dirigió a Veracruz, donde pretendía hacerse fuerte, como lo hizo en 1914 cuando se rebeló Francisco Villa. Pero el general Guadalupe Sánchez, Jefe de las Operaciones Militares en el Estado que, por lo mismo, tenía el mando de las fuerzas militares de esta Entidad, secundó el movimiento de insurrección y se interpuso en el camino del Presidente. Éste fue derrotado y con un reducido grupo de partidarios y amigos se internó por la sierra del Estado de Puebla, donde fue traicionado y asesinado. Fue nombrado Presidente Sustituto don Adolfo de la Huerta.
El Gobernador Cándido Aguilar, que había permanecido leal al señor Carranza, fue destituido por la Legislatura y ésta designó en su lugar al Diputado Profesor Antonio Nava.3
Muchas gavillas rebeldes se rindieron; en la Huasteca, el general Peláez se sometió al Gobierno; Félix Díaz se rindió en el Rancho de “El Jobo”, cerca de Martínez de la Torre y el Gobierno le permitió salir del territorio nacional.
Se efectuaron elecciones para Gobernador del Estado, en ellas triunfó el coronel Adalberto Tejeda, quien tomó posesión de su cargo el primero de diciembre de aquel año de 1920. en la misma fecha tomó posesión del cargo de Presidente de la República el general Álvaro Obregón.
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2 Representando el Estado de Veracruz, asistieron al Congreso Constituyente del Querétaro, los ciudadanos Cándido Aguilar, Saúl Rodiles, Enrique Meza, Benito Ramírez G., Eliezer L. Céspedes, Adolfo G. García, Josafat F. Márquez, Alfredo Solares, Alberto Román, Silvestre Aguilar, Ángel S. Juarico, Heriberto Jara, Victorio E. Góngora, Carlos L. Gracidas (Suplente), Marcelo Torres, Juan de Dios Palma, Galdino H. Casados, Fernando A. Pereyra.
3 Durante el período revolucionario se habían trasladado los Poderes del Estado de Veracruz a Orizaba y Córdoba. El Gobernador, profesor Nava, los reinstaló en la ciudad de Xalapa, que recuperó así categoría de capital del Estado de Veracruz.
Progresos en la segunda mitad de los primeros cien años de vida independiente
En páginas anteriores se hizo una síntesis de los progresos materiales y culturales alcanzados por el pueblo veracruzano en los primeros cincuenta años de vida independiente. Veamos ahora cuáles fueron esos progresos en la segunda mitad de ese siglo.
A pesar de que la paz se vio interrumpida, fue notable el progreso material y cultural del Estado. Se construyeron grandes obras materiales, como ferrocarriles, los puertos de Veracruz y Coatzacoalcos, edificios públicos en todas las poblaciones de importancia, se ampliaron las redes telegráficas y telefónicas, se inauguró el servicio cablegráfico en Veracruz y Coatzacoalcos, estableciendo así comunicación directa con Estados Unidos de Norteamérica e indirecta con Europa y el resto del mundo; se levantaron las estaciones de telégrafos en Veracruz, Coatzacoalcos y Tuxpan, se introdujo el alumbrado eléctrico en las principales poblaciones, se fomentó la industria, aprovechándose las caídas de agua de nuestros ríos en la generación de energía eléctrica; se aumentó la producción agrícola y ganadera, así como la explotación petrolera.
En ese segundo lapso de vida independiente se incrementó la educación popular, pues se fundaron escuelas, liceos, academias, el Instituto Laubscher de Orizaba y la Escuela Normal del Estado, en Xalapa. Se construyeron edificios escolares. Las artes gráficas y el periodismo tuvieron un gran impulso.
Este segundo período de cincuenta años fue fecundo para Veracruz en hombres que se destacaron en todas las formas de la cultura humana. En las ciencias se distinguieron Francisco Díaz Covarrubias, Manuel R. Gutiérrez, Rafael Lucio (Medicina), Ildefonso Trigos; en la Pintura Salvador Fernando, Alberto Fuster, Luis Muñoz Pérez, en Historia y Arqueología, Manuel Rivera Cambas, Francisco del Paso y Troncoso, Julio Zárate; en la Literatura y la Poesía, Adalberto Esteva, José María Esteva, Josefa Murillo, José Del Valle, José María Roa Bárcena, Rafael Delgado, Salvador Díaz Mirón, Enrique González Llorca, Luis J. Jiménez, Ignacio M. Luchichí, Miguel Hernández Jáuregui, Roberto Argüelles Bringas, José de Jesús Núñez y Domínguez, Cayetano Rodríguez Beltrán, Benito Fentanes, María Enriqueta Camarillo de Pereyra.
Se destacaron los educadores Carlos A. Carrillo, Cayetano Rivera, Graciano Valenzuela, Rafael Valenzuela, Antonio Franceschi, Enrique Herrera Moreno, José Abraham Cabañas, Delfino Valenzuela, Manuel C. Tello, Luis Hidalgo Monroy, Benito Fentanes y otros muchos que difundieron cultura por los ámbitos del Estado y de la República.
Se distinguieron como juristas Silvestre Moreno Cora, Juan Manuel Betancourt, Rafael Roa Bárcena; como oradores: Francisco Hernández y Hernández, Diódoro Batalla, Salvador Díaz Mirón; en la política Manuel Gutiérrez Zamora, Francisco Landero y Coss, Miguel Lerdo de Tejada, Sebastián Lerdo de Tejada, José María Mata; y como filántropos Bernardo Sayago, Domingo Bureau, Francisco M. Prida.
Otros se distinguieron en la carrera de las armas, en la industria y el comercio; todos contribuyeron a dar renombre y esplendor al Estado de Veracruz.
El coronel Tejeda y el general Heriberto Jara
El Gobierno del Coronel Adalberto Tejeda se singularizó por tres hechos fundamentales: primero, por una intensa labor social traducida en la legislación revolucionaria en pro de los obreros y campesinos y sus esfuerzos para robustecer las uniones sindicales de aquellos y obtener la unificación de los campesinos; segundo, por su empeño en aplicar en beneficio del proletario de la ciudad y particularmente del campo las promesas de la Revolución, procediendo a restituir, dotar o ampliar ejidos, según los casos, y afectar los latifundios; tercero, por una amplia labor educativa, dando marcada preferencia a la educación normal y a la primaria, especialmente rural.
Su acción reformadora se dejó sentir en todos los órdenes. El líder agrarista Úrsulo Galván cooperó con la organización de los campesinos hasta dejas constituida la Liga de Comunidades Agrarias en el Estado. Herón Proal, en Veracruz, logró congregar a los inquilinos de viviendas para protestar, con la suspensión del pago de rentas, por las injusticias y la explotación de los dueños de esas casas. Esto motivó que el Gobierno del Estado se avocara al problema y dictara la primera Ley de Inquilinato, enteramente favorable a los inquilinos.
En 1921 se sublevó en la Huasteca el general Herrera Martínez, pero fácilmente fue sometido.
En septiembre de ese año se conmemoró el Primer Centenario de la Consumación de la Independencia de México.
A fines de 1923, el general Guadalupe Sánchez, Jefe de las Operaciones Militares en el Estado, se levantó en armas en contra del general Obregón, Presidente de la República, participando en una sublevación de muchos generales del Ejército. El móvil de ese levantamiento fue que, decían, el general Obregón apoyaba al general Plutarco Elías Calles en las elecciones para Presidente de la República, y los sublevados eran simpatizadores del señor Adolfo de la Huerta.
De la Huerta fundó su llamado Gobierno Provisional en el Puerto de Veracruz. Las fuerzas sublevadas combatieron con las leales al Gobierno en Esperanza (Estado de Puebla, más allá de las Cumbres de Maltrata), y en varios puntos del país, particularmente por el Occidente.
Derrotados en Esperanza los insurrectos y recuperadas por las fuerzas federales las ciudades de Orizaba, Córdoba y Xalapa, que dominaban aquellos, de la Huerta y los principales caudillos huyeron de Veracruz, que ocuparon inmediatamente las fuerzas gobiernistas.
En coronel Tejada permaneció leal al Gobierno y actuó al lado de las fuerzas de éste con elementos campesinos que se opusieron a los rebeldes.
Hechas las elecciones para designar sucesor del coronel Tejeda al terminar su período constitucional, fue electo el general Heriberto Jara, quien tomó posesión de su cargo el primer de diciembre de 1924.
La actuación del general Jara en el Gobierno del Estado se caracterizó por: una amplia obra legislativa obrera y agraria, que garantizaba las conquistas de los trabajadores; el fuerte impulso a la educación popular, especialmente a la normal y a la primaria, y por las grandes obras materiales de utilidad pública, llevadas a cabo durante su administración, particularmente en Xalapa, donde mejoró las calles y construyó el monumental Estadio Xalapeño.
No le fue posible vencer la crisis económica que sobrevino a causa de una administración en la producción de petróleo, que originó un déficit en los presupuestos. Sus enemigos aprovecharon esta situación difícil y provocaron su caída en septiembre de 1927.
Fue nombrado gobernador substituto el profesor Abel S. Rodríguez, quien impuso fuertes economías en las erogaciones del Gobierno y logró equilibrar la economía del Estado.
En octubre de 1927 se rebeló en contra del Gobierno Federal que presidía el general Plutarco Elías Calles, el Jefe de las Operaciones Militares en el Estado, general Francisco R. Gómez. Pronto fue derrotado y fusilado en Coatepec, el 5 de noviembre.
El Coronel Adalberto Tejeda fue electo por segunda vez Gobernador del Estado y tomó posesión el primero de diciembre de 1928.
En el segundo período gubernamental prosiguió su tarea revolucionaria: dictó leyes que favorecieron a los trabajadores, dotó y restituyó ejidos, fomentó las organizaciones obreras y campesinas; impulsó la obra educativa en la ciudad y en el campo; convocó a un Congreso Pedagógico, el cual elaboró reformas fundamentales en la educación; emprendió una intensísima campaña anticlerical y desfanatizadora; reformó los Códigos del Estado, adaptándolos a las orientaciones de la Revolución; emprendió enérgica campaña contra el alcoholismo y otros vicios; se esforzó por mejorar la salubridad pública, etc.
En 1929 se sublevó el general Jesús Aguirre, que era Jefe de Operaciones Militares en el Estado, en contra de la pretendida reelección del general Obregón a la Presidencia de la República. El coronel Tejeda permaneció leal al gobierno y luchó contra los sublevados. Aguirre fue vencido y fusilado.
Los gobiernos de Gonzalo Vázquez Vela, Miguel Alemán y Jorge Cerdán
El primero de diciembre de 1932 se hizo cargo del Gobierno del Estado el licenciado Gonzalo Vázquez Vela, quien había venido colaborando en el gobierno del coronel Tejeda y, por lo mismo, estaba capacitado para continuar la obra revolucionaria emprendida por aquel gobernante.
Dedicó preferente atención al ramo educativo, creando un mayor número de escuelas rurales, dotando a muchas de ellas de edificios adecuados y mandó a construir el nuevo edificio para la Escuela Normal del Estado.
Llamado a colaborar en el gobierno del general Lázaro Cárdenas le fue encomendada la Secretaría de Educación Pública. Entonces renunció al Gobierno del Estado el 31 de mayo de 1935.
La Legislatura del estado designó gobernador substituto al licenciado Guillermo Rebolledo, quien renunció en septiembre de 1936, siendo substituido por el licenciado Ignacio Herrera Tejeda.
En junio de ese año fue asesinado en México el licenciado Manlio Fabio Altamirano, propulsor de la revolución, quien había sido electo gobernador del Estado para que tomara posesión el primero de diciembre de 1936. Hubo que convocar a nuevas elecciones y fue declarado triunfante el licenciado Miguel Alemán, quien tomó posesión en esa fecha.
La actuación del Gobernador Alemán se significó por la decisión con que afrontó el problema agrario en el Estado, dotando de tierras a los pueblos y a las organizaciones campesinas en proporción mayor que en otros períodos gubernamentales; por la justicia con que resolvió los problemas de las colectividades obreras; por el respeto que guardó a esas organizaciones y el apoyo que dio a ellas; por el ritmo acelerado que imprimió a la educación popular, aumentando en los presupuestos del Estado las cantidades asignadas a este ramo; por la actividad en la construcción de carreteras, caminos y otras obras materiales en beneficio de la colectividad.
Debido a que las empresas extranjeras que venían explotando los yacimientos petrolíferos del país (que en su mayor número se encuentran en el territorio veracruzano –Huasteca y región del Istmo de Tehuantepec-), no quisieron acceder a las justas peticiones de los obreros que trabajaban en esa industria y no acataron los fallos de las altas autoridades de la República, el ciudadano presidente, que entonces era el general Lázaro Cárdenas, decretó la expropiación de los bienes de aquellas empresas el 18 de marzo de 1938. El gobierno y el pueblo veracruzanos aprobaron y apoyaron esa trascendental determinación presidencial.
A consecuencia de esa medida disminuyeron temporalmente los ingresos del Estado, porque la producción petrolera mermó muchísimo. Nos obstante esto, el gobernador Alemán supo salir airoso de la crisis económica, sin menoscabo de su programa constructivo y educacional.
El licenciado Miguel Alemán solicitó de la H. Legislatura del Estado autorización para separarse del cargo de gobernador; concedida ésta, el propio cuerpo legislativo designó gobernador constitucional interino al Licenciado Fernando Casas Alemán.
Con la actuación de los gobernadores Aguilar, Tejeda, Jara, Vázquez Vela y Alemán puede asegurarse que en el Estado de Veracruz quedaron sólida y definitivamente fincadas las conquistas revolucionarias y despejada la ruta hacia un brillante porvenir de progreso, bienestar y de justicia social.
En 1940 se efectuaron elecciones para nombrar nuevo gobernador; el pueblo veracruzano, por abrumadora mayoría, como quizás nunca se había presenciado, eligió al licenciado Jorge Cerdán, quien tomó posesión de su alto puesto el primero de diciembre de ese año, entre aclamaciones jubilosas del pueblo, que parecía tener la intuición de que su obra sería fecundada en beneficios para todas las clases sociales; confiaba en que el licenciado Cerdán sabría escribir con sus hechos una página más en la historia del Estado de Veracruz.
Desde el comienzo de su administración se reveló como un gobernante activo, progresista e impulsor de la cultura. Emprendió obras materiales importantes y benéficas: escuelas, carreteras, introducción de agua potable a diversos poblados y a la Capital del Estado, obras de saneamiento y de embellecimiento, etc.
La agresión de los gobiernos totalitarios contra México. La participación de la nación mexicana en la contienda mundial (1942)
En el año de 1942 ocurrió un acontecimiento que vino a poner de manifiesto una vez más, que los veracruzanos profesan grande temor a la patria y siguen dispuestos a cualquier sacrificio para salvarla y defender su honor cuando alguien intenta ultrajarla.
Sucedió que, encontrándose en guerra los Estados Unidos de Norteamérica con Alemania, Italia y Japón, el pueblo mexicano simpatizó con el estadounidense, porque éste se defendía de una agresión, luchaba por su libertad y la de otros pueblos de la tierra, algunos ya subyugados por los ejércitos de esas naciones y otros en peligro de caer bajo sus dominios.
Submarinos alemanes navegaban por las aguas del Golfo de México con el propósito de hundir barcos norteamericanos. Pero una noche de mayo dispararon contra un buque mercante mexicano (Potrero de Llano), sin que mediara provocación alguna; el buque fue hundido y perecieron varios mexicanos. El gobierno protestó por ese atentado y exigió a los gobiernos de aquellas potencias una amplia satisfacción, la debida indemnización por las muertes habidas y los daños ocasionados por la pérdida de la embarcación y la promesa formal de que no se repetirían actos semejantes. Los gobiernos de Italia y Alemania no accedieron a lo que el Presidente de México demandaba. Y otro barco fue atacado alevosamente y hundido (Faja de Oro) y otros marinos mexicanos perdieron la vida. Ante esta nueva agresión, el gobierno mexicano proclamó estado de guerra entre México y Alemania, Italia y Japón. Esta actitud del gobierno mexicano fue apoyada y aplaudida por todos los mexicanos. En las ciudades, villas y pueblos veracruzanos hubo entusiastas manifestaciones populares (como en las poblaciones de todo el país) a favor de la declaración de guerra a los gobiernos de Alemania, Italia y Japón.
El Gobernador del Estado solicitó la cooperación económica para ayudar a los gastos de la guerra y todos respondieron a este llamado: propietarios, empleados, obreros y profesores, y en breve tiempo se reunió más de un millón de pesos. Además, todos los ciudadanos en edad militar y también muchas mujeres se inscribieron para recibir instrucción militar, para estar preparados a defender la Nación si las circunstancias así lo ameritaran. Y mientras tanto, trabajaban por Veracruz y México haciendo producir sus campos, impulsando la industria, explotando los variados productos que tenía en ese momento el territorio veracruzano; intensificando la labor de las escuelas y las oficinas.
Y así trabajando todos, honraremos a los veracruzanos que lucharon y murieron por hacer de Veracruz y de México, tierra de libertad. A nosotros nos toca conservar la herencia que nos legaron y enaltecer el nombre de Veracruz.
Apéndice I
Gobernantes del Estado de Veracruz
Al consumarse la independencia nacional con la entrada de las fuerzas trigarantes en la ciudad de México y al establecerse el gobierno provisional, primero, y el imperial, después, la Provincia de Veracruz estuvo regida por gobernadores designados por el Gobierno Central. Entre esos gobernadores figuraron los generales Manuel Rincón, José María Calderón, José Antonio Echávarri y Antonio López de Santa Anna.
A la caída del Imperio a causa de la revolución republicana, las provincias se eligieron en estados libres, soberanos e independientes en su régimen interno, designado a sus propios gobernantes. Era gobernador entonces el general Guadalupe Victoria, que aunque no electo por los ciudadanos veracruzanos, en virtud de que aún no se expedía la Constitución del Estado, fue, de hecho, el primer gobernador que tuvo el Estado de Veracruz desde que se instituyó como tal.
Elaborada la Constitución del Estado, fue designado gobernador, de acuerdo con esa ley, el general Miguel Barragán, siendo el primer Gobernador Constitucional del Estado de Veracruz el 22 de junio de 1824.
Desde aquella fecha hasta nuestros días han desempeñado la gubernatura del Estado las personas que se mencionan en la lista que va a continuación, en mayúsculas se remarcan los constitucionalmente electos y en minúsculas los interinos, sustitutos o provisionales. Las fechas señalan el día de la toma de posesión.
Durante la Invasión Norteamericana, la Intervención Francesa y el Imperio de Maximiliano, fueron designados gobernantes civiles o militares por las altas autoridades que dominaban a la sazón. Tales gobernantes no pueden considerarse como legítimos, por tal razón no se incluyen en la lista. Tampoco se incluyen, por idéntico motivo, los que ostentaban tal jerarquía entre los diversos grupos rebeldes que actuaron en diversas épocas de su historia.
Fechas en que tomaron posesión
Nombre de los gobernantes
Con qué carácter gobernaron
1824, 1° de enero
Gral. GUADALUPE VICTORIA
Depositario del Poder Ejecutivo
20 de mayo
Gral. Miguel Barragán
Provisional
1825, 18 de junio
Gral. MIGUEL BARRAGÁN
Manuel Montes Argüelles
Constitucional
Vicegobernador
1826, 20 de julio
Gral. MIGUEL BARRAGÁN
José Antonio Martínez
Gral. Antonio López de Santa Anna
Gral. Ignacio de la Mora
Lic. Sebastián Camacho
Constitucional
Substituto
Vicegobernador
Vicegobernador Int.
Vicegobernador Int.
1829, 23 de enero
Lic. SEBASTIÁN CAMACHO
Manuel Montes Argüelles
Constitucional
Vicegobernador
23 de marzo
Gral. ANTONIO LÓPEZ DE SANTA ANNA
Manuel Montes Argüelles
Vicente Segura
Constitucional
Vicegobernador
Depositario del Poder Ejecutivo
1830, 9 de marzo
Lic. SEBASTIÁN CAMACHO
Manuel María Pérez
Constitucional
Vicegobernador
1831, 18 de febrero
Lic. SEBASTIÁN CAMACHO
Constitucional
1832, 20 de noviembre
Gral. ANTONIO LÓPEZ DE SANTA ANNA
Antonio Juille Moreno
Constitucional
Vicegobernador
1833, 28 de abril
ANTONIO JUILLE MORENO
Gral. Ciriaco Vázquez
Constitucional
Interino
23 de noviembre
ANTONIO JUILLE MORENO
Constitucional
1834, 1° de febrero
JOSÉ JOAQUÍN PESADO
Francisco Fernández
Constitucional
Vicegobernador
1834, 7 de julio
Francisco Troncoso
Joaquín de Muñoz y Muñoz
Interino
Interino
1835, 5 de febrero
JOAQUÍN DE MUÑOZ Y MUÑOZ
Juan Francisco Bárcena
Constitucional
Vicegobernador
3 de diciembre
JOAQUÍN DE MUÑOZ Y MUÑOZ
Constitucional
1837, 1° de abril
Juan Francisco Bárcena
Vocal de la Junta Departamental, Encargado del Ejecutivo
1838, 16 de octubre
Lic. Antonio María Salonio
Interino
13 de diciembre
Lic. ANTONIO MARÍA SALONIO
Constitucional
1839, 12 de julio
Juan Francisco Bárcena Vocal de la Junta Departamental, Encargado del Ejecutivo
8 de octubre
Lic. ANTONIO MARÍA SALONIO
Constitucional
1841, 12 de agosto
JOAQUÍN DE MUÑOZ Y MUÑOZ
Constitucional
1842, 2 de abril
General Benito Quijano
Ventura Mina
Gral. Benito Quijano
Gobernador y Comandante General Interino
Gobernador y Comandante General
1844, 21 de abril
4 de diciembre
Gral. BENITO QUIJANO
Ramón de Muñoz y Muñoz
Constitucional
Vocal de la Asamblea Departamental, Encargado del Gobierno
1845, 4 de agosto
Gral. Juan Soto
Lic. Antonio María Salonio
Interino
Interino
3 de octubre
Lic. ANTONIO MARÍA SALONIO
Constitucional
1846, 4 de febrero
Lic. Sebastián Camacho
Juan Francisco Bárcena
Gral. Juan Soto
Vocal de la Asamblea Departamental, Encargado del Gobierno
Interino
Interino
2 de diciembre
Gral. JUAN SOTO
Constitucional
1849, 25 de junio
Miguel Palacio
Interino
1850, 29 de enero
MIGUEL PALACIO
Constitucional
1853, 6 de enero
JOSÉ DE ARRILLAGA
Constitucional
25 de enero
JOSÉ EMPARAN
Constitucional
20 de mayo
Gral. Antonio Corona
Gobernador y Comandante General
1855, 26 de agosto
Gral. Ignacio de la Llave
Gral. Juan Soto
Interino
Interino
1856, 28 de enero
Gral. Ignacio de la Llave
Lic. Manuel Gutiérrez Zamora
Gobernador y Comandante General
Interino
1857, 23 de junio
Lic. MANUEL GUTIÉRREZ ZAMORA
Constitucional
1861, 23 de marzo
Lic. Fernando J. Corona
Presidente del H. Tribunal, Enc. del Ejecutivo
27 de junio
Gral. IGNACIO DE LA LLAVE
Constitucional
1862, 4 de julio
Gral. Juan José Landeros
Gral. Ignacio de la Llave
Coronel Manuel Díaz Mirón
Gobernador y Comandante General
Gobernador y Comandante General
Comandante Militar del Estado
1863, 8 de febrero
Francisco de P. Millán
Coronel Mariano Camacho
Lic. Francisco Hernández y Hernández
Comandante Militar del Estado
Gobernador y Comandante Militar
Gobernador y Comandante Militar
1865, 9 de mayo
Gral. Alejandro García
Gobernador Político y Militar
1866, 22 de noviembre
Gral. Rafael Benavides
Gobernador y Comandante Militar
1867, 22 de marzo
Gral. Alejandro García
Gral. Ignacio R. Alatorre
Gobernador y Comandante Militar
Gobernador y Comandante Militar
1867, 1° de diciembre
Lic. FRANCISCO HERNÁNDEZ Y HERNÁNDEZ
Constitucional
1868, 21 de enero
Lic. Fernando J. Corona
Presidente del H. Tribunal, Enc. del Ejecutivo (tres veces en el periodo Const. del. Lic. F. Hernández y Hernández)
1871, 1° de enero
Lic. FRANCISCO HERNÁNDEZ Y HERNÁNDEZ
Constitucional
1872, 8 de agosto
Lic. Manuel Núñez Guerra
Magistrado del H. Tribunal, Enc. del Ejecutivo
15 de noviembre
Lic. FRANCISCO DE LANDERO Y COSS
Constitucional
1874, 24 de abril
Lic. Ramón María Núñez
Presidente del H. Tribunal, Enc. del Ejecutivo
3 de junio
Lic. FRANCISCO DE LANDERO Y COSS
Constitucional
1875, 1° de diciembre
Lic. JOSÉ MARÍA MENA
Constitucional
1876, 22 de marzo
Gral. Marcos Carrillo
Gral. Luis Mier y Terán
Gobernador y Comandante Militar
Gobernador y Comandante Militar
1877, 15 de marzo
Gral. LUIS MIER Y TERÁN
León Malpica y Terán
Lic. Manuel Villegas
Gral. Eulalio Vela
Constitucional
Interino
Presidente del H. Tribunal, Enc. del Ejecutivo
Interino
1880, 1° de diciembre
APILINAR CASTILLO
Lic. Pablo Mendizábal
Gral. José Cortés y Frías
Constitucional
Provisional (4 veces en el período Constitucional del C. Apolinar Castillo)
Provisional
1884, 1° de diciembre
Gral. JUAN ENRÍQUEZ
Lic. Mariano Rivadeneyra
Lic. José Manuel Jáuregui
Lic. Francisco de P. Pasquel
Lic. Alonso Guido y Acosta
Constitucional
Provisional
Provisional (6 veces)
Provisional
Provisional (2 veces)
1888, 1° de diciembre
Gral. JUAN ENRÍQUEZ
Lic. Alfonso Guido y Acosta
Constitucional
Provisional (6 veces en el 2° período del Gral. Enríquez)
1892, 17 de marzo
Manuel Leví
Lic. Leandro M. Alcolea
Provisional
Interino
25 de agosto
Lic. LEANDRO M. ALCOLEA
Constitucional
1° de diciembre
TEODORO A. DEHESA
Modesto L. Herrera
Julián F. Herrera
Leandro M. Alcolea
Lic. Silvestre Moreno Cora
Lic. Eliécer Espinosa
Constitucional (hasta el 17 de mayo de 1911)
Provisional
Provisional
Provisional
Provisional (4 veces)
Provisional (18 veces, de 1898 a 1911)
1911, 19 de junio
Francisco Delgado
Emilio Léycegui
León Aillaud
Miguel Ángel Hudobro de Azúa
Antonio Pérez Rivera
Manuel M. Alegre
Provisional
Provisional y después Interino
Interino
Provisional
Provisional
Interino
1912, 15 de febrero
Lic. FRANCISCO LAGOS CHÁZARO
Jacobo Rincón
José Ma. Camacho
Manuel Leví
Lic. José E. Domínguez
Constitucional
Provisional
Provisional
Provisional
Provisional
1912, 1° de diciembre
ANTONIO PÉREZ RIVERA
Lic. José E. Domínguez
Enrique Camacho
Gral. Eduardo M. Cáuz
Alonso Guido y Acosta
Lic. Guillermo Pasquel
Constitucional
Provisional
Provisional (2 veces)
Provisional
Provisional
Provisional
1914, 1° de julio
Gral. Cándido Aguilar
Gobernador y Comandante Militar del Gobierno Constitucionalista
1915, 15 de octubre
Gral. Agustín Millán
Lic. Manuel García Jurado
Gobernador y Comandante Militar del Gobierno Constitucionalista
Enc. del Poder Ejecutivo del Gob. Constitucionalista
1916, 6 de enero
Gral. CANDIDO AGUILAR
Gral. Heriberto Jara
Teniente Coronel Miguel Aguilar
Gral. Adalberto Palacios
Dr. Mauro Loyo
Dr. Delfino Victoria
José María Mena
Armando Deschamps
Lic. Juan J. Rodríguez
Gobernador Constitucionalista
Provisional
Provisional
Provisional
Provisional
Interino (2 veces)
Provisional (2 veces)
provisional y luego Interino
Provisional y luego Interino
1920, 14 de junio
Profr. Antonio Nava
Ing. Carlos Méndez Alcalde
Interino
Provisional
7 de julio
Dr. Gabriel Garzón Cossa
Lic. Gustavo Bello
Interino
Provisional
1920, 1° de diciembre
Coronel ADALBERTO TEJEDA
Ing. Carlos Méndez Alcalde
Ángel Casarín
Lic. Gonzalo Vázquez Vela
Constitucional
Provisional (5 veces)
Provisional (varias veces)
Provisional (varias veces)
1924, 1° de diciembre
Gral. HERIBERTO JARA
Lic. Gonzalo Vázquez Vela
Lic. Manuel Maples Arce
Constitucional
Provisional (varias veces)
Provisional (varias veces)
1927, 15 de octubre
Profr. Abel S. Rodríguez
Lic. Enrique Rosas
Interino
Provisional
1928, 1° de diciembre
Coronel ADALBERTO TEJEDA
Lic. Gonzalo Vázquez Vela
Lic. Miguel Aguillón Guzmán
Constitucional
Provisional (varias veces)
Provisional
1932, 1° de diciembre
Lic. GONZALO VÁZQUEZ VELA
Lic. Francisco Salcedo Casas
Lic. Guillermo Rebolledo
Lic. Ignacio Herrera Tejeda
Constitucional
Provisional (varias veces)
Interino
Interino
1936, 1° de diciembre
Lic. MIGUEL ALEMÁN
Lic. Fernando Casas Alemán
Adolfo Ruiz Cortines
Constitucional
Interino
Provisional
1940, 1° de diciembre
Lic. JORGE CERDÁN
Lic. Edgardo José Luengas
Juan Cerdán
Lic. Miguel Aguillón Guzmán
Constitucional
Provisional
Provisional
Provisional
1944, 1° de diciembre
C. DOLFO RUIZ CORTINES
Lic. Ángel Carvajal
Constitucional
Interino
1950, 1° de diciembre
Lic. MARCO ANTONIO MUÑOZ
Lic. Eduardo Lucio
Lic. Fernando Gamundi
Constitucional
Sustituto
Sustituto
1956, 1° de diciembre
Lic. ANTONIO M. QUIRASCO
Lic. Mario G. Rebolledo
Constitucional
Interino
1962, 1° de diciembre
Lic. FERNANDO LÓPEZ ARIAS
Lic. Rómulo Campillo Reynaud
Constitucional
Sustituto
1968, 1° de diciembre
Lic. RAFAEL MURILLO VIDAL
Lic. Francisco Berlín Valenzuela
Constitucional
Interino
1974, 1° de diciembre
Lic. RAFAEL HERNÁNDEZ OCHOA
Constitucional
1980, 1° de diciembre
Lic. AGUSTÍN ACOSTA LAGUNES
Constitucional
1986, 1° de diciembre
C. FERNANDO GUTIÉRREZ BARRIOS
Lic. Dante Delgado Rannauro
Constitucional
Interino
Apéndice II
Veracruzanos distinguidos
Veracruz se enorgullece de los hombres y mujeres que le han dado renombre. Ya a través de las páginas precedentes se han consignado los nombres de algunos veracruzanos. En este apéndice se incluirán algunos más, sin que por ello consideremos completa la nómina de veracruzanos ilustres, pues ésta sería larguísima; varios no figurarán aquí por omisión involuntaria.
Muchos se destacaron porque defendieron a la patria, otros destacaron en la política, algunos supieron representar dignamente a México en el extranjero, fueron hábiles diplomáticos, quiénes brillaron en el campo de la ciencia, así como en la literatura, poesía, música, la pintura y la oratoria, otros se distinguieron por su labor educativa o como benefactores, otros como talentosos jurisconsultos, periodistas y algunos como progresistas creadores y fomentadores de las industrias, etc.
MILITARES Y DEFENSORES
Acuña, Vicente (1825-1867). Cordobés defensor de la causa liberal; luchó contra los invasores franceses; murió en el asalto a Puebla el 2 de abril de 1867.
Alcalde, Ambrosio (1827-1847). Xalapeño que combatió contra los invasores norteamericanos; hecho prisionero fue fusilado en Xalapa, el 24 de noviembre de 1847.
Altamirano, Manlio Fabio. Infatigable revolucionario misanteco; orador, periodista. Asesinado el 25 de junio de 1936 en México, D.F.
Azueta, José. De Veracruz, alumno de la Escuela Naval; murió luchando contra los invasores norteamericanos en 1914.
Cabañas Lorenzo. Xalapeño, alumno del Colegio Militar; combatió contra los franceses en la batalla del 5 de mayo de 1862 en Puebla y en acciones posteriores.
Dehesa, Teodoro A. De Veracruz, Gobernador Constitucional del Estado de 1887 a 1911.
Díaz, José de Jesús. Xalapeño, abanderado del Ejército Trigarante cuando entró en México. Dejó el servicio militar y se dedicó a la literatura.
Echegaray, Domingo (1825-1854). General xalapeño, luchó contra los invasores norteamericanos.
Echegaray, Francisco J. Diputado xalapeño, Ministro de Hacienda varias veces. Presidente Interino de la República.
Echegaray, Miguel María. Xalapeño, defensor contra los invasores norteamericanos; estuvo en batalla de Molino del Rey. Fue Gobernador del Estado de Puebla.
Ferrer, Manuel. Cordobés, luchó contra los imperialistas franceses dentro del Estado y fuera de él.
Fuente y Alarcón, Mariano de la. Sacerdote de Atzalan que luchó por la independencia; murió en Las Vigas.
Galván, Úrsulo. Huatusqueño entusiasta y esforzado unificador de los campesinos veracruzanos, creador de la Liga de Comunidades Agrarias. Murió en 1929.
Gutiérrez Zamora, Manuel (1813-1861). Oriundo de Veracruz, tomó participación en la defensa de Veracruz cuando la atacaron fuerzas norteamericanas en 1847; liberal se afilió al Plan de Ayutla. Siendo Gobernador del Estado protegió y ayudó al Presidente Benito Juárez, quien estableció su gobierno en la ciudad de Veracruz.
Hernández y Hernández, Francisco (1834-1882). Abogado cordobés, Gobernador del Estado.
Herrera, José Joaquín de. Militar xalapeño, realista; uno de los primeros en adherirse al Plan de Iguala; tomó la ciudad de Córdoba. Luchó contra la intervención norteamericana. Fue Diputado, Ministro de la Guerra y Presidente de la República.
Landero y Coss, Francisco de (1828). Veracruzano, uno de los mejores gobernadores del Estado de Veracruz. Fue Ministro de Hacienda.
Leño, Diego. Miembro del Ayuntamiento de Xalapa; preparó el primer movimiento a favor de la Independencia de México.
Leño, Joaquín. Hijo del anterior. Fue el primero el adherirse al Plan de Iguala en Xalapa.
Lerdo de Tejada, Miguel (1812-1861). Distinguido estadista veracruzano; Subsecretario de Fomento, Ministro de Hacienda y de Relaciones Exteriores, Magistrado de la Suprema Corte de Justicia; autor de algunas Leyes de Reforma.
Lerdo de Tejada, Sebastián (1823-1889). Abogado xalapeño, Ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Acompañó a Juárez, quien lo nombró Ministro de Relaciones Exteriores. Presidente de la República, además de un gran político y orador.
López de Santa Anna, Antonio (1795-1876). Xalapeño que tuvo una vida interesante. Su actuación no fue siempre inspirada por el amor a la patria o por otros altos ideales. Su papel en la Historia de México es tan importante que, aunque por su conducta, no se le puede excluir de ella. Se adhirió al Plan de Iguala; proclamó la República; rechazó a los franceses en la primera invasión (Guerra de los Pasteles); derrotó a Barradas en Tampico; vendido por los norteamericanos en el Norte y en Cerro Gordo; fraguó conspiraciones y cuartelazos muy a menudo. Fue Gobernador del Estado, Presidente de la República varias veces; se hizo llamar Alteza Serenísima. Desterrado muchas veces. Murió en México ciego y en la mayor pobreza.
Llave Ignacio de la (1818-1863). Abogado orizabeño, dejó la profesión y empuñó las armas en contra de Santa Anna; luchó contra los norteamericanos; proclamó el Plan de Ayutla en Orizaba, Gobernador del Estado, Ministro de Gobernación, Ministro de Gobernación del Sr. Juárez, cuando éste instaló su gobierno en Veracruz. Ministro de la Guerra, combatió contra los franceses, fue hecho prisionero en Puebla logró fugarse y continuó luchando. Unos asaltantes lo hirieron y murió a consecuencia de las heridas.
Mata, José María (1819-1895). Xalapeño que en la acción de Cerro Gordo fue hecho prisionero por las tropas norteamericanas y conducido a los Estados Unidos de Norteamérica. Volvió al país; pero por sostener sus ideas liberales fue desterrado; volvió nuevamente a México en Estados Unidos de Norteamérica. Murió siendo Presidente Municipal de Martínez de la Torre.
Mendoza Z., Camerino. Uno de los líderes obreros que dirigieron la Huelga de Río Blanco a fines de 1906 y que culminó con la tragedia del 7 de enero de 1907. en 1910 empuñó las armas contra el Gobierno del General Díaz. Murió asesinado.
Moctezuma Cortés, Juan. Sacerdote indígena, insurgente que luchó por la zona de Zongolica, Córdoba y Orizaba.
Olarte, Mariano y Olarte, Serafín. Indios totonacas insurgentes.
Rincón, Manuel (1784-1849). Militar oriundo de Perote. Se adhirió al Plan de Iguala. Combatió contra los norteamericanos y franceses. Estuvo en la defensa del Convento de Churubusco. Fue Gobernador del Estado.
Rincón, Mariano. Insurgente que operó en la Provincia de Veracruz. Estableció en Xalapa la Junta Gubernativa Americana. Instaló su cuartel en Naolinco y su campo de operaciones se extendía desde Nautla hasta Huatusco. Fue asesinado en Misantla.
Sánchez, Rafael Platón. De Tantoyuca, alumno del Colegio Militar. Combatió contra los invasores, distinguiéndose en la batalla de Puebla. Fue Presidente del Consejo de Guerra que sentenció a Maximiliano.
Soto, Juan. Militar veracruzano, defensor de la integridad nacional. Diputado, Gobernador y Comandante Militar del Estado.
Tapia, Rafael. Artesano orizabeño que secundó la revolución maderista en Orizaba. Fue muerto por los esbirros de Victoriano Huerta en 1914.
Uribe, Virgilio. Alumno de la Escuela Naval de Tlacotalpan. Murió heroicamente durante la agresión norteamericana en 1914.
Vázquez, Ciriaco (1794-1847). Militar veracruzano que acompañó a Santa Anna para atacar a Isidro Barradas en Tampico. Murió en la batalla de Cerro Gordo.
Vélez, Francisco. Militar xalapeño. Se distinguió en la defensa de Veracruz cuando la atacaron las fuerzas norteamericanas en 1847. También luchó contra los franceses. Fue Gobernador de Guanajuato, de Puebla y del Distrito Federal.
Yanga. Negro que se rebeló contra los españoles.
DIPLOMÁTICOS
Calero, Manuel. De Paso del Toro, Ver., abogado, Diputado al Congreso de la Unión; Secretario de Fomento y de Relaciones Exteriores; Magistrado de la Suprema Corte de Justicia. Fue Embajador de México en los Estados Unidos de Norteamérica.
Camacho, Sebastián (1791-1847). Abogado veracruzano, Vicegobernador y Gobernador del Estado, Ministro de Relaciones Exteriores y Ministro Plenipotenciario de México en la Gran Bretaña. En París logró que el Gobierno francés reconociera la Independencia de México.
Covarrubias, Miguel (1856-1924). Diplomático veracruzano; Secretario de varias Embajadas de México en países extranjeros; también fue Embajador y Ministro de Relaciones.
Gorostiza, Manuel Eduardo (1789-1851). Originario de Veracruz. Expulsado del país por sus ideas libertarias; volvió al país y la defendió cuando los franceses atacaron la ciudad de Veracruz (Guerra de los Pasteles). Ministro Plenipotenciario de México en Gran Bretaña y Francia. También fue Ministro de Relaciones Exteriores y de Hacienda. Gorostiza fue literato, dramaturgo y poeta.
Santa María, Miguel (1789).diplomático y estadista veracruzano. Diputado al Congreso Constituyente de Colombia, a donde se había retirado por no estar conforme con Iturbide. Ministro de Colombia en México. A la caída de Iturbide adoptó otra vez la ciudadanía mexicana y fue Ministro de Relaciones Exteriores y Ministro Plenipotenciario de México en la Gran Bretaña y España.
PERIODISTAS
Almanza, Juan Mariano. De Veracruz, fundador del “Diario Mercantil de Veracruz”.
Arias, Francisco S. Director del periódico “La Opinión” de Veracruz.
Hoz, Santiago de la. Incansable escritor veracruzano; se distinguió por sus artículos en contra del Gobierno del general Porfirio Díaz. Murió ahogado en el Río Bravo.
López Bueno, Manuel. Fue el primer impresor veracruzano de que se tienen noticias. Fundó el primer periódico de Veracruz “El Jornal de Veracruz”. Empuñó las armas contra los franceses y los norteamericanos, cuando invadieron por primera vez al país. Murió en 1856.
Rodríguez, Joaquín María. Dirigió varios periódicos en Xalapa, su ciudad natal.
Toro, Luis del. Veracruzano que colaboró en varios periódicos; fundó “El Globo”; fue Director de “La Nación”; en el que atacó al régimen del general Díaz. Después atacó con sus escritos a Victoriano Huerta. Salió del país; murió en España (1920).
Troncoso, Juan N. (1779-1830). De Veracruz. Fundó el primer período de Puebla “La Abeja Poblana”. En él publicó el Plan de Iguala, por lo que el Gobierno virreinal lo expulsó de la ciudad.
Zayas Enríquez, Rafael. Abogado, escritor, periodista, poeta y literato.
HISTORIADORES
Alegre, Francisco Javier (1729-1788). Jesuita veracruzano escribió varias obras de Historia y de otros asuntos. Expulsado de la Nueva España, murió en Italia.
Arróniz, Marcos. Hermano del anterior; historiador y poeta orizabeño.
Clavijero, Francisco J. (1731-1787). Jesuita veracruzano; escritor; uno de los más distinguidos historiadores del México antiguo; su obra más famosa es la “Historia de México”, escrita en italiano, pues fue expulsado del país por el gobierno virreinal y radicó en Italia.
Paso y Troncoso, Francisco del (1842-1916). Arqueólogo e historiador veracruzano; publicó gran número de escritos.
Rivera Cambas, Manuel (1840-1917). Originario de Xalapa; escribió varias obras, entre ellas la “Historia de Invasión Norteamericana y la Intervención Francesa” y la “Historia Antigua y Moderna de Xalapa y de los Revolucionarios del Estado de Veracruz”.
Zárate, Julio (1844). Historiador xalapeño; escribió varias obras. Ocupó varios cargos como Diputado por Veracruz y por Puebla, Senador por el Estado de Campeche. Fue miembro de varias sociedades científicas.
HOMBRES DE CIENCIA
Díaz Covarrubias, Francisco (1833-1884). Ingeniero, matemático y astrónomo xalapeño. Desempeñó altas comisiones en el país y en el extranjero.
Garay, Francisco de (1825-1896). Ingeniero xalapeño; proyectó obras para el desagüe del Valle de México.
Gutiérrez, Manuel R. (1852-1904). Xalapeño, abogado, ingeniero, hombre de ciencia, se destacó principalmente en la física y la filosofía. Catedrático de la Escuela Preparatoria y de la Escuela Normal, Director del esta última.
Gutiérrez Villanueva, José (1805-1877). Médico veracruzano.
Jiménez, José de Jesús (1835-1875). Abogado orizabeño, Gramático ; Profesor de Filosofía.
Lucio, Rafael (1819-1886). Médico xalapeño, hábil cirujano y catedrático.
Llave, Pablo de la (1773). Naturalista, hombre de ciencia y patriota de Córdoba.
Mendizábal, Gregorio. Médico orizabeño competente y orador distinguido.
Pérez Milicua, Luis. Geógrafo de Tlacotalpan. Publicó varias obras.
Senties, Pedro J. En París recibió el título de Ingeniero Geógrafo. Dirigió las obras de introducción de agua potable en Veracruz y en Puebla; autor del proyecto de iluminación del litoral del Golfo de México.
Tornel y Mendivil, José Julián (1801-1860). Originario de Orizaba, una de las personas más ilustradas de su tiempo. Desempeñó diversos cargos; catedrático, magistrado, jurisconsulto de renombre.
Trigos, Ildefonso (1872-1807). Matemático y químico xalapeño.
EDUCADORES
Bravo Emilio (1862-1923). Orizabeño que dedicó casi toda su larga vida a la educación; fue redactor de varios periódicos; miembro de varias Sociedades.
Carrillo, Carlos A. (1855-1893). Abogado cordobés. Uno de los más importantes pedagogos veracruzanos y educador que ha tenido México. Escribió numerosos artículos pedagógicos y creó la Sociedad Mexicana de Estudios Pedagógicos. Pugnó por la reforma escolar.
Coronel, Eduardo R. Médico xalapeño; orador, catedrático, director de la Escuela Normal del Estado.
Franceschi, Antonio. Originario de Xalapa. Desarrolló fecunda labor docente en su larga vida de maestro.
Gracia Cantarines, Francisco (1767-1847). De Córdoba; abrazó la carrera eclesiástica y llegó a ser obispo de Oaxaca; pero realizó notable labor educativa.
Herrera Moreno, Enrique (1854). Médico cordobés, hombre de ciencia y gran educador. Director del Colegio Preparatoriano de Xalapa. Desempeñó varias elevadas comisiones. Uno de los altos exponentes del Congreso Pedagógico reunido en 1915. Escribió numerosos artículos científicos y algunas obras: “El Cantón de Córdoba”, “Historia de la Educación Secundaria en el Estado de Veracruz”.
Jiménez, Luis J. (1864-1909). Profesor xalapeño, graduado en la Escuela Normal de Xalapa. Además una importante labor docente en Escuelas Primarias y catedrático en la Normal de Xalapa y en la de México, escribió composiciones poéticas y tradujo otras, sobresaliendo en obras para la niñez.
Mena, José María. Abogado cordobés, Gobernador del Estado. Fundó los Colegios Preparatorios de Córdoba, Orizaba, Veracruz y Tlacotalpan.
Rebolledo, Antonio Matías (1832-1905). Profesor coatepecano, director de la Escuela de Varones; colaborador del pedagogo Carlos A. Carrillo; fue impresor e imprimió la obra del maestro Carrillo “La Reforma de la Escuela Elemental”. Fundó los periódicos para los niños: “El Faro” y “Antorcha de la Niñez”.
Rivera, Cayetano. Director y catedrático de la Escuela Preparatoria de Veracruz donde desarrolló una labor muy meritoria e inolvidable.
Sánchez Oropeza, José Miguel (1780-1838). De Huatusco, abrazó la carrera sacerdotal; se graduó de abogado. A su constancia y esfuerzo se fundó el Colegio Nacional de Orizaba el 17 de marzo de 1825, de donde Sánchez Oropeza fue Rector. Desempeñó otras comisiones.
Sherwell, Guillermo A. De Paraje Nuevo; educador literato, orador, jurisconsulto y Doctor en Filosofía, profesor normalista, abogado. Pasó sus últimos en Estados Unidos de Norteamérica y desempeñó comisiones en Washintong, Buenos Aires, Lima, La Habana y Santiago de Chile. Miembro de varias sociedades. Entre sus obras figuran biografías de Bolívar y de José Antonio Sucre.
Valenzuela, Graciano (1862-1914). Director de Escuelas Primarias, catedrático de la Escuela Normal, colaborador de la “Revista Intelectual”; oriundo de Chicontepec.
Valenzuela, Rafael. Hermano del anterior. Catedrático, Director General de Educación en el Estado. Dejó publicadas algunas obras didácticas.
PINTORES Y MÚSICOS
Barranco Gabriel (Gabriel Romero 1796-1886). De Orizaba; uno de los más destacados pintores veracruzanos.
Cordero, Juan N. (1824). Nació en Teziutlán (en aquel entonces Teziutlán formaba parte de Veracruz). Éste pintor siempre se consideró veracruzano, por eso se le incluye en esta lista.
Fernando, Salvador (1830-1908). Pintor de Tlacotalpan.
Fuster, Alberto. Pintor Tlacotalpeño.
Manrique de la Fraga, María (1885-1916). Cantante de Huatusco.
Mata, Miguel (1814-1870). Pintor de renombre, originario de Naolinco.
Villaseñor, Alberto (1885-1909). Pianista y compositor musical, orizabeño, muerto prematuramente.
Yánez, Octaviano. De Orizaba. Compositor musical; destacado concertista de guitarra.
LITERATOS Y POETAS
Álvarez, Lucas (1689-1760). Fue médico y catedrático y se destacó como inspirado poeta, oriundo de Cosamaloapan.
Delegado, Rafael (1853-1914). Catedrático cordobés, Director de la Escuela Preparatoria de Xalapa y de la de Orizaba. Es el más insigne literato veracruzano y uno de los mejores novelistas de México. “La Calandria”, “Los Parientes Ricos”, “Historia Vulgar”. Escribió también bellos cuentos y poemas.
Díaz Covarrubias, Juan (1837-1859). Estudiante de medicina, xalapeño, acudió a curar heridos en una batalla, fue hecho prisionero y fusilado en Tantoyuca. Es uno de los “Mártires de Tacubaya”. Dejó escritos muchos versos.
Díaz Mirón, Manuel. Poeta y periodista veracruzano.
Díaz Mirón, Salvador (1853-1928). Hijo del poeta Manuel Díaz Mirón. Se destacó como orador, escrito, periodista, catedrático. Es la figura más grandiosa de la poesía mexicana.
Esteva, José María (1818-1904). Veracruzano que desempeñó cargos políticos en el Gobierno de Maximiliano. Se distinguió como escritor y poeta; describió admirablemente las costumbres de la tierra veracruzana.
González Llorca, Enrique (1870-1929). Poeta y periodista, catedrático veracruzano.
González Llorca, Francisco. Orador y poeta tlacotalpeño.
Gorostiza, Manuel Eduardo. Incluido en la lista de diplomáticos, es figura de primer relieve entre los literatos veracruzanos.
Hernández Jáuregui, Miguel. Abogado de Tuxpan, orador, poeta y literato.
Luchichi, Ignacio M. Poeta y periodista de Tlacotalpan.
Murillo, Josefa (1860-1898). Poetista, la llamaron “La Musa de la Perla del Papaloapan”.
Peón del Valle, José (1866-1924). Fecundo poeta orizabeño.
Pesado, José Joaquín (1801-1861). De San Agustín del Palmar, aunque nunca pudo concurrir a la escuela, adquirió vasta cultura. Llegó a ser Vicegobernador del Estado. Ministro del Interior de Relaciones Exteriores. Es uno de los mejores poetas veracruzanos.
Prado, José María (1857-1915) Poeta veracruzano.
Roa Barcena, José María (1827-1908). Periodista e historiador, literato y poeta xalapeño.
Rodríguez Beltrán, Cayetano. Destacado literato de Tlacotalpan, autor de bellos cuentos y artículos en los que pinta las costumbres de la gente de su terruño. Fue, además, periodista y educador, director de la escuela de comercio de Tlacotalpan y de la secundaria y preparatoria de Xalapa. Murió en esa ciudad en 1939.
JURISCONSULTOS
Betancourt, Juan Manuel (1860-1898). Abogado y orador veracruzano; catedrático y periodista.
Couto, José Bernardo (1803-1862). Orizabeño; fue catedrático, diputado y senador. Se destacó como literato y uno de los más grandes jurisconsultos veracruzanos.
Moreno Cora, Silvestre. Aunque nació en México, se consideraba de Orizaba, ya que sus padres eran de allí, vivió temporalmente en la capital de la República y su familia regresó a Orizaba. Hombre de vastos conocimientos; jurisconsulto.
Roa Bárcena, Rafael (1832-1863). Jurisconsulto xalapeño además de literato.
BENEFACTORES
Boza, Manuel. Vivió en Xalapa. Dejó fondos para la creación de una escuela primaria la cual lleva su nombre. Murió en 1967.
Bureau, Domingo (1834-1903). Veracruzano quien realizó obras benéficas en ese puerto.
Corro, Antonio. Jesuita cordobés; realizó actividades benéficas, particularmente a los indígenas.
Sayago, Bernardo. Originario de Naolinco; legó fondos para la creación y sostenimiento de un asilo para ancianos en la ciudad de Xalapa.
INDUSTRIALES
Antuñano, Esteban. De Veracruz; introductor de la industria textil en el país.
Cerdán, Agustín. Empresario xalapeño, fundador de varias industrias.
Escandón, Agustín. Hombre de empresas orizabeño.
Apéndice III
Hombres originarios de otros lugares del país y del extranjero que radicaron en nuestro Estado
Así como muchos veracruzanos prestaron sus servicios, no sólo a sus coterráneos sino a México y a la humanidad, así también algunos hombres originarios de otras partes de México o de otros países, que radicaron en Veracruz donde coadyuvaron eficazmente con nuestro pueblo a la conformación de lo que hoy es nuestro Estado, y por ello se les recuerda.
Barragán, Gral. Miguel. Potosino que arrebató el castillo de San Juan de Ulúa a los españoles. Comandante militar en el Estado y primer Gobernador Constitucional.
Bernardet, Juan. Pintor español que vivió muchos años en Xalapa donde desplegó intensa actividad artística. Falleció en 1932. Dejó numerosos cuadros, retratos, paisajes, etc.
Castillo, Apolinar. Originario de Oaxaca. Gobernador del Estado de 1880 a 1884.
Cristina, R. Di. Italiano, introductor del cultivo de la naranja “Washington Mavel”, en la zona de Coatepec.
Cross Buchanan, Guillermo. Ingeniero inglés en jefe de los que trazaron y dirigieron las portentosas obras del ferrocarril mexicano en el tramo de la región montañosa de Atoyac hasta la Altiplanicie.
Fuentes y Betancourt, Emilio. Cubano, Doctor en Filosofía y Letras, graduado en las Universidades de Madrid (España) y Lima (Perú). Catedrático de la Escuela Normal y Director de ella.
García Figueroa, Agustín. Poblano, médico, periodista, literato, filósofo; catedrático; Director de la Biblioteca Nacional.
Gómez, Juan Antonio. Nació en España, introductor del cultivo del café en el Estado.
Kerlegand, Teodoro. De Pensylvania, Estados Unidos de Norteamérica. De la Habana se trasladó a Veracruz, donde fundó un colegio y después radicó en Xalapa, donde continuó desplegando su labor docente por muchos años.
Laubscher, Enrique. Pedagogo suizo fundó la escuela Modelo de Orizaba donde se inició la reforma educativa de México.
Macías, José Miguel. Cubano que desde joven llegó a Veracruz y allí consagró su vida a la educación. Catedrático y Rector del Colegio Preparatorio. Colaboró en varios periódicos y revistas y publicó algunas obras científicas y literarias. Nació en 1831 y murió en 1905.
Méndez García, Manuel. Escritor originario de Campeche; destacado jurisconsulto.
Morales, Esteban. Hijo de españoles; nació en alta mar. Radicó en Veracruz. Fue Secretario Particular de don Benito Juárez, después se dedicó a la enseñanza. Fue Director del Instituto Veracruzano por más de treinta años.
O Marie, Isidoro. Francés que inició nuevos métodos para el cultivo de la vainilla; propagó el procedimiento de la polinización artificial, obteniendo así mayores cosechas.
Pagaza, Joaquín Arcadio. Del Estado de México, Obispo de Veracruz, gran poeta.
Rébsamen, Enrique C. Educador suizo; primer Director de la Escuela Normal. Alma de la reforma educativa en el país. Murió en Xalapa el 8 de abril de 1904.
Salas, Hilario C. De Oaxaca. Uno de los primeros en levantarse en armas contra el gobierno del Gral. Díaz, en el Sur de Veracruz, donde radicaba.
Topf, Hugo. Notable naturalista alemán, hombre de ciencia, catedrático de la Escuela Normal.
Victoria, Gral. Guadalupe. De Durango. Infatigable insurgente, compañero de Morelos; guerrillero en las tierras veracruzanas; republicano, gobernó la provincia con el carácter de Encargado del Poder Ejecutivo. Fue el primer Presidente de la República.
Revisores
José Agustín Ronzón León
Ana Ma. Graciela Gutiérrez Rivas
Ángela del Rocío Ruiz Rangel
Corrección
Saúl Ramírez Orozco
Ma. Roselia Alarcón Camarillo
Formación
Rafael Alarcón Mortera
Diseño de la portada
Trazo Diseño
HISTORIA SUCINTA DEL ESTADO DE VERACRUZ, se terminó de imprimir en el mes de noviembre de 1992, en Litográfica Riespa, S.A. de C.V., José Toribio Medina 112, Col. Algarín, 06680 México, D.F. La edición consta de 110,000 ejemplares.





